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Parábolas del uroboro. 3. Juan José Arreola, Algunos datos biográficos. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola, Algunos datos biográficos

Por Ilse Ibarra Bauman

La vida de Juan José Arreola, su nacimiento, su niñez, su juventud y su edad adulta invita a conocer un poco más sobre su entorno: su familia, sus amigos, sus experiencias, fracasos, logros, gustos, deseos personales para poder desentrañar, partiendo de fuera, parte de su identidad. Y así lograr un enfoque más puntual en su narrativa. Hablar de sus sentimientos a través de sus entrevistas, en su narrativa, es muy riesgozo; ya que él es el maestro de la ironía y, por lo tanto, se puede especular y caer en lo contrario: espejismo de una demostración verosímil. 

El 21 de septiembre de 1918 nace el cuarto hijo de Felipe Arreola y Victoria Zúñiga: Juan José Arreola. La Revolución Mexicana estaba llegando a su fin. Zapotlán el Grande hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, fue la cuna que lo vio nacer. Un pueblo católico ubicado en las faldas del Nevado de Colima. 

El lector se acerca a su biografía al leer De memoria y olvido ( ), tomarla al pie de la letra es dejar que el autor dé el recorrido de lo que fue el inicio de su historia a la que ficcionaliza; aunque se corre el riesgo de caer en una ironía. 

A diferencia de Juan Rulfo, él pinta a su pueblo en tonos tenues, se antoja tanto por el olor y el color, como por el sonido de su gente. Es una sinestesia musical donde converge la raíz indígena y las usanzas contemporáneas: “Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo a diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas.” (Arreola, 2012, p. 47). 

El primer cronistas que hubo en Zapotlán, poco tiempo después de la llegada de los españoles, se refiere a esa zona como “Una tierra de buen temperamento”. Juan José cuenta que uno de los conquistadores fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien escribió el libro Naufragios. No hubo dificultades con los indígenas de ese territorio, eran pacíficos, no tenían minerales y debían trabajar en la siembra. (Entrevista Juan José Arreola en la Universidad de Granada, España, 1993)

Don Felipe Arreola tuvo la sabia prudencia de no obligar a sus hijos a leer, sino que les leía fragmentos de lo que le gustaba como párrafos del Quijote, las décimas de Gaspar Núñez de Arce, los versos de Manuel Gutiérrez Nájera, de Gustavo Adolfo Bécquer entre otros. 

Estas formas verbales (a lo que muchos años después llamó Jorge Luis Borges “objetos verbales”) hicieron que Juan José amara el ritmo del verso o de la prosa antes que la letra. Los nombres extravagantes en lengua castellana, tan sonoros llamaron su atención  desde temprana edad. Las palabras que eran incomprensibles a la vez se volvían exequibles en su sonoridad. Como dijo, las letras me entraron por los oídos.

Algunos de sus personajes dan la pauta para entender el gusto que tuvo en adoptarse a nombres poco comunes en su lengua: Arpad Niklaus (de En verdad os digo), Heinz Wölpe (de Eva), Nabónides entre otros. Como bien lo dijo en la entrevista de la Universidad de Granada: la literatura empezó por la sonoridad verbal. Entre estas oraciones cotidianas como un “buenos días”, “¿qué tal amaneció?”; aparecía este otro lenguaje acompasado en lengua castellana. 

El aporte de la madre también tuvo otro sabor a su ya acentuado y creciente conocimiento, con canciones vernáculas como: “Soy un pobre venadito que habita en la serranía” o  “Ya la Marcela, ya entristecida porque el galán que ella quiere traidor le ha sido”, este otro lenguaje le arrullaba y lo ponía feliz. 

En su casa tuvieron la sabia virtud de comunicarse, como lo cuenta en la entrevista de la Universidad de Granada. Antes de saber leer, a los cuatro años, ya recitaba el poema “El Cristo de Temaca” del padre Plasencia (cura errante que su poesía era brusca con un dejo a Cesar Vallejo). 

El gusto por las letras se le hacía melodioso, entre más intrincado estaba el nombre, más encanto le tenía a la sonoridad. En sus primeros años no conocía la significación de la palabra, pero sí su armonía y la conjunción de unas entre otras. Su arte, sin saberlo, venía formándose entre una mixtura de voces. 

Aprendí el poema como un loro, oyéndoselo a los muchachos de quinto año, quienes, a su vez, se empeñaban en memorizarlo. Sentado en el mesabanco de la escuela (no estaba ni siquiera inscrito, me llevaban mis hermanos mayores) escuché aquellas palabras armoniosas, aquel lenguaje distinto al que oía en las calles. (…) adquirí la manía de memorizar los pasajes que me entusiasman. Me acuerdo que curiosamente yo no aprendí a leer: las letras me entraron por los oídos. (…) me encantaban los nombres extraños (…) nombres extranjeros, nombres que amé por su sonoridad. (Carballo, 1994, p. 430)

A los cuatro años conoció a José Luis Martínez . Era el mejor escritor en prosa de toda la escuela. A muy corta edad, a los cinco o seis años, Juanito (como cita Arreola que lo llamaban de pequeño), asistía a las funciones de cine, junto con su hermano Rafael, que daban en casas de familias dueñas de películas francesas o por el cinema Tour (ellos le decían el Cine Matour). 

La pasión que tuvo por la pantalla grande lo hizo faltar a clases (tiempo después al trabajo). Como lo menciona Ignacio Ortiz Monasterio en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro, agosto-septiembre de 1998. 

Estudió en el colegio San Francisco que era de monjas francesas. La madre Bertha le dejó un aura poética aunque no de santidad. Una de las hermanas de Juan José lleva su nombre. 

La forma tradicional de la educación fue un tormento. Sintió que el método firme divide y separa el placer del conocimiento; lo vuelve impersonal. Ese tipo de enseñanza nunca va al ritmo y al deseo de cada individuo. En Memoria y olvido (conversación con Fernando del Paso) Juan José revela su repugnancia a la escuela:

Me negué a regresar a la escuela. Y no hubo manera de llevarme. Me pegaban y me pegaban una y otra vez y yo nada, me rebelaba y pateaba y era inútil que volvieran a pegarme… Mi padre me agarró un día y me llevó arrastrando a la escuela, sí, materialmente arrastrando delante de toda la gente. Entre el maestro y mi padre me metieron a la fuerza a la escuela y cerraron las puertas con aldabas de cruz. (1994, p.33)  

Para los ocho y diez años ya manejaba a la perfección la idea del “objeto verbal”. El primer libro que le lleva su padre fue “Cantos de vida y esperanza” de Rubén Darío. De niño se mecía en esa música de palabras. Se aprende de memoria:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

Al repetir estos versos sólo por el placer de la sonoridad, pues carecían de significado, crea un símil en la entrevista que da en la Universidad de Granada con una anécdota de un general de la Revolución Mexicana cuando le citan una estrofa del “Responso a Verlaine” de Rubén Darío cuando dice: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” y el general dijo, “de esto sólo entiendo el que”. Su hermana Elena y él aprendían los textos pero no el sentido. 

Gracias a ella y a su padre, que amaban la lectura y la leían en voz alta, se hace buen lector. Igualmente influyó en su formación literaria el profesor José Ernesto Aceves. También leyó “Corazón diario de un niño” de Edmundo de Amicis. 

Eran varios hermanos, primos y tíos que juntaban entre todos una colección numerosa. En cada ciclo escolar adquirían una media docena de libros de lectura que abarcaban distintos grados, aproximadamente unos cien autores. Entre ellos estaba: José Gorostiza, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet. Para esa edad ya había leído un número considerable de escritores.

Tuvo dos tíos curas liberales. Su tío José María que dejó la iglesia para ser científico y Librado, de Tamazula, que siguió de sacerdote bajo los cánones de los agustinos sin espantarse del “Cantar de los Cantares” pero con un gran amor a la poesía. 

A esa misma edad (diez años) uno de sus tíos lleva a su casa La Divina Comedia de Dante Alighieri, todos la leyeron pero no pasaron del infierno. Él aprendió a citarlo en italiano. Después, a sus doce años, el tío Librado le pone a leer la biblia. Cuando se entera su tía, la hermana del sacerdote, le dice ¡pero qué monstruosidad es esta! A lo que el tío le responde Si Juanito va a vivir, de una vez que empiece. En alguno de sus sermones decía aquí está mi sobrino Juanito y sabe recitar muy bien. Lo subió al púlpito y recitó “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Otra vez recitó (lo mismo en el púlpito que en el presbiterio) “La suave patria” de Ramón López Velarde.  

A la edad de once o doce años influenciado por su tía, a la que la edad la había imposibilitado como oradora, la reemplazó como declamador oficial de Zapotlán. Y así empezó su carrera de recitador, no sólo en el templo, también en las fiestas cívicas y escolares. La vena familiar: el padre, los tíos, la tía, la hermana, el hermano y más, fueron sus precedentes para forjarlo.

            Comenzó un nuevo conflicto político-religioso: la Guerra Cristera que dejó marcados a los pueblos de México. El llamado de los pueblos católicos era “¡Viva Cristo Rey!”. Hubo una guerra civil donde se vivían fusilamientos, asaltos, ahorcados y más atrocidades. Para generar sumisión el gobierno se secundó en sucesos trágicos: exhibían la cabeza de algún hombre para que tuvieran miedo de su porvenir. Las exigencias que aplicó la constitución de 1917 para con el clero fueron drásticas y afectaron a una gran parte de la sociedad mexicana, entre ellos estaba Juan José.  

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. (Arreola, 2012, p. 48)

En estos años tiene uno de los recuerdos inaugurales de su primer acercamiento con la poesía. Al no ir a la escuela, don Felipe Arreola que, como señala el escritor en De memoria y olvido “Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar” (Arreola, 2012, p. 48). Los mandó a trabajar en el campo a todos los hijos. Un día su madre los puso a barrer, a Juan José y a uno de sus hermanos. Este oficio le molestó, pues debía recaer la escoba en manos de mujer, sin embargo lo hizo. El aburrimiento de este trabajo mecánico le arrancó el primer verso:

Mirad al buen sultán

contemplando las currucas

compungido y derrotado

por el ejército alemán.

Su hermano lo escuchó y le dijo: “esos son versos, tú eres un poeta, Juan”. No tuvo límites para seguir absorbiendo y mejorando sus conocimientos de forma autodidacta. A los doce años leyó a Baudelaire, Henrik Ibsen, Walt Whitman, Marcel Schwob, Silvio Pellico, Alessandro Manzoni, Giuseppe Giusti, Anatole France, Jean Lorrain, Catulle Mendes, Paul Fort, Gabriela Mistral entre otros.

Como se ha señalado anteriormente, desde los trece años comenzó a buscarse una ocupación y con esto le sobrevino un ingreso “Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista: mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.” (Arreola, 2012, p. 49). 

A sus quince años, actuó en varias obras teatrales, fiestas civiles y religiosas de su pueblo. El espectáculo taurino también influyó en su vida personal, fueron costumbres que quedaron ligadas a su obra. 

En 1934 partió a Guadalajara, donde estuvo dos años y aprendió a sacarle provecho a la biblioteca del estado. En esta estadía compra su primer libro adquirido con su sueldo de empleado de mostrador en una tienda de abarrotes; le costó $50 centavos, este libro ya no pertenece a la colección de los escolares que pertenecieron a sus hermanos y primos, es de cuentos de Leónidas Andréiev que inicia en sus lecturas a la par de Giovanni Papini y van marcando sus 17, 18 y 19 años de edad. 

Al regresar a su tierra natal en el treinta y seis, volvió a sentarse detrás de un mostrador en la tienda de ropa el “Puerto de Veracruz” de don José Guizar Torres, no le duró mucho. Ese periodo de tiempo lo llenó de ocupaciones laborales y lo aprovechó para darle un sentido a lo que lo rodeaba, el vivir de las cosas lo hizo que las relacionara a otras para dotarlas de forma y libertad. 

En la entrevista que le hace Emmanuel Carballo cuenta que estando detrás del mostrador dio rienda suelta a sus primeros versos escritos en el papel que servía de envoltorio a los comestibles. “en un cuarto de kilo de piloncillo se fueron mis primeros trabajos literarios” (Carballo, 1994, p. 431). 

En 1937 parte a la Ciudad de México, para pagar el viaje vendió su máquina Olivetti (que tiempo después recuperó) por $13 pesos y una escopeta Remington calibre 24 en $18. De los $31 pesos se gastó $15.5 en el camión. Se hospedó en casa de Rosita (hermana de Roberto Montenegro) que estaba en la avenida Cinco de Mayo, el mes le salía en 12 pesos. Era un cuarto lleno de agujeros que pronto reparó (con periódico y engrudo) gracias a uno de sus anteriores oficios: de encuadernador. Estas escaseces las cuenta Juan José Arreola en “Con Juan José Arreola” en De viva voz (entrevistas con escritores):

Viendo el diario El aviso oportuno hallé un empleo de vendedor ambulante. Me alimentaba mal. Desayunaba cualquier cosa, comía con 10 centavos dos tacos, y en la noche, una cocinera maravillosa que tenía Rosita, me deslizaba un pan y un vaso de leche. (Campos, 1986, pp.130-131) 

Ese mismo año, 1937, se inscribió en la Escuela Nacional de Teatro en el Palacio de Bellas Artes (INBA) con el director Fernando Wagner  (le descubrió a Rilke) quien le decía que le iba a dar un par de cachetadas para que dejara de hablar; sin embargo Arreola se justifica y lo puntualiza en su entrevista “yo hablo para pensar, no pienso para hablar”. 

Ahí conoce, trabaja y representa piezas, también bajo la dirección de Rodolfo Usigli  y Xavier Villaurrutia. Ganaba su sueldo de maestro de teatro pagado por el Sindicato Nacional de Electricistas. Daba clases en el sótano de su casa. También tuvo contacto, aunque no directo, con Octavio Paz, Alí Chumacero, Alberto Quintero Álvarez entre otros.

            De 1931 a 1955 ha representado piezas teatrales de Anton Chéjov, Upton Sinclair, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Luis G. Basurto y Neftalí Beltrán. Antes que dedicarse al cuento de lleno, escribió teatro en 1940. 

Después de esa experiencia de cuatro años, a principios de los cuarenta regresó a su Zapotlán sintiéndose desamparado de amor y sin fortuna. Se gana la vida como maestro de secundaria. Ahí escribirá su primer cuento: “Sueño de navidad” publicado por el periódico local El vigía. Está inspirado en Leónidas Andréiev . 

Arreola vivió a lo largo de su vida con un sentimiento de culpabilidad. La razón y la educación religiosa estarán siempre presentes para juzgarlo. De esta época recordará el mayor tiempo que le dedicó a la literatura y con mejor resultado. En este periodo aprende a jugar ajedrez y no por su padre (que le gustaba), al que le reprocha su experiencia tardía. Fue gracias al papá de una de sus primeras conquistas. 

Era el padre de una muchacha a la que yo pretendía: iba a su casa diario con el pretexto del ajedrez, y en una ocasión me lo encontré frente al tablero. “¿Tú no juegas ajedrez?”, me dijo. Contesté que no, “pues yo te enseño”. Dicho y hecho, la señora y la muchacha desaparecieron casi de la escena y él y yo nos pusimos a jugar ajedrez. El hombre me ganaba todas las noches, interminablemente; hasta que encontré la forma de defenderme y empezar a ganarle, a tal grado, que nunca volvió a ganarme una sola partida. (“Desde la torre del Rey, la dama escucha. Arreola y el ajedrez.” En la revista Tierra Adentra)

Si le hubieran preguntado “¿qué quieres ser de grande?” hubiera dicho que ajedrecista. Llegó a ser un gran jugador, mas no notable, para llegar a ese nivel debió de aprender de niño. Años después le ganaría a su padre.

            Conoció a Jorge Luis Borges en 1942 y 1943 en Guadalajara, Jalisco, junto a Arturo Rivas Sáinz y Antonio Alatorre, ahí se encontraba Juan Rulfo quien en ese momento no escribía. En ese año, 1943, publica en la revista Eos, de Guadalajara “Hizo el bien mientras vivió” (está en su libro Varia invención de 1949). Al poco tiempo fundan, Juan José Arreola y Antonio Alatorre la revista Pan. Todo esto sucede antes de que Arreola se marche a París. 

Estando en Guadalajara conoce a Luis Jouvet  (actor, director y escenógrafo francés) en 1943. La primera vez que habló en francés lo hace con él. Lo había escrito, pero la necesidad de expresarse lo hace hablar (entrevista Universidad de Granada). Jouvet lo incita a irse con la compañía pero viaja a París hasta 1945, justo cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial. Para partir tuvo que deshacerse de sus libros y poder comprar ropa de invierno. (“Conversación con Antonio Alatorre”, en la revista Tierra Adentro, p. 17). Ahí estudió declamación y actuación; también fue acompañamiento en comedias francesas.    

“De París volví prematuramente: enfermé de una dolencia capital en mi vida, tan importante como el amor. He sido durante más de veinte años un enfermo imaginario. De las características y altibajos de mi enfermedad han dependido el tono de mi vida y el tono de mi obra. Ya en México, no serví en empleos de mostrador: ingresé, gracias a Antonio Alatorre, al Fondo de Cultura Económica” (Carballo, 1994, p. 431)

Estando en el Fondo de Cultura se hizo amigo de Alfonso Reyes, quien lo trataba como a un hijo, incluso lo reprendía como tal y lo ayudaba económicamente. Fue becario del Colegio de México ayudado por Alfonso Reyes. 

En 1952 apareció su primera obra Confabulario editada por el Fondo de Cultura Económica. El quince de diciembre de 1958 entrega los textos en la Universidad Nacional Autónoma de México para la edición de Bestiario

A finales de los cuarenta, Juan José Arreola forma parte del grupo Los presentes. Al quedarse solo frente a la colección, decide continuar y en los seis meses siguientes a su apertura, publicó veinticinco obras. Más tarde cambiará el nombre a Cuadernos del unicornio.

Recibió el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1955. En 1956-1959 se integró a la Casa del Lago, fue su director fundador. 

Por parte de la Fundación Rockefeller recibió una beca. Tuvo acercamiento a Margaret Shedd. Ella era una de las promotoras del Centro Mexicano de Escritores. Ahí inicia con sus primeros talleres literarios, más tarde continuará dándolos en su casa de Río Elba 32. 

Viajó a Cuba y a su regreso se reincorporó a la escuela de Teatro del INBA y al Centro Mexicano de Escritores (CME). En 1963 lo operan del píloro y le quitan medio estómago. “Lástima que no hayan operaciones para quitar los males de la cabeza. Estos ningún psiquiatra me los ha podido quitar” (“Memorias de Juan José Arreola. La revista Mester” en Tierra Adentro, agosto-septiembre, 1998, p.21). 

A su regreso al CME trabajó con Juan Rulfo y Francisco Monterde, en ese periodo tuvieron como becarios a escritores como Fernando del Paso, Salvador Elizondo y Jaime Sabines. En 1963 recibió el Premio Xavier Villaurrutia con su obra La feria.

En 1964 imparte talleres para el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJUVE) aunque sólo fueron tres o cuatro clases por el espacio inadecuado, pero de ese taller surgió el de Mester; posteriormente algunos de los talleristas continuaron yendo a su casa. También fueron algunos que iban de la escuela de teatro y del Instituto Politécnico. 

Pronto se integraron más y más interesados en la literatura. Hubo como cincuenta aspirantes a escritores, algunos lo lograron; entre ellos se publicó la revista Mester que salía a la luz cada tres meses. 

Uno de los recuerdos que cuenta Orso Arreola sobre las memorias de su padre en la revista Mester de esa época es: “Algunos de los talleristas, en lugar de llevarme cada semana una botellita de vino, se bebían a escondidas mi vino”. 

Los talleres (en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto Politécnico Nacional, del Departamento del Distrito Federal y de la Secretaría de Relaciones Exteriores) fueron un aliciente a lo largo de su vida. 

Dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de la Américas. Consideró que el maestro no debe forzar el conocimiento, más bien debe provocar con una dialéctica sutil para agitar las ideas, debe ser un gran conversador. Tenía una capacidad de comprensión y de memoria que dejaba sorprendidos a los que lo escucharan. 

Dio clases en la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, fue maestro en la Universidad de California, en Berkeley. De 1961-1966 estuvo a cargo de la coordinación de ediciones de la Presidencia de la República. 

Ganó numerosos premios, entre ellos están: el “Azteca de Oro” en 1975; el Premio Nacional de Periodismo en 1977; el Premio Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y Literatura) en 1979; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1987, por su aportación artística y extensión de la cultura; el Premio Jalisco de Letras en 1989; el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo en 1990; el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1992; el Premio Internacional Alfonso Reyes en1995. 

También le entregaron el Doctor honoris causa en 1996, por la Universidad de Colima y por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en el 2000. Recibió una de las 17 medallas a los sabios de fin del siglo XX por la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm y por el Centro Universitario de Integración Humanística y de Estudios Universitarios de Londres. 

Actuó y dirigió programas culturales televisivos y de radio como “Vida y voz”, “Aproximaciones” y “Sábados con Saldaña”. Fue jefe de circulación de “El Occidental”. Tradujo del francés temas artísticos como la importante traducción de Francis Thompson.

Hablar de su vida privada es eso, en vista y oídos de pocos. De manera muy escasa se hace referencia de su esposa Sara, como lo menciona José Agustín en la revista Tierra Adentro “era la mujer más misteriosa del mundo y que muy raras veces se aparecía por ahí” (P. 11). Tuvo tres hijos: Fuensanta, Claudia y Orso. Éste último escribe parte de las memorias de su padre para la revista Mester. Ve a la vida como una serie de tropiezos que más que saltarlos los percibe como errores de la ingenuidad “el alma se me ha ido envenenando poco a poco pero sin resentimiento” (Carballo, 1994, p. 443). 

Algunos detalles que nos marcan la vida del escritor y que se mezclan dentro de su línea del tiempo citado por: “Juan José Arreola por José Agustín. Retrato hablado” en la revista Tierra Adentro, dan una muestra clara de lo que en Juan José se llama retentiva:

“Una vez estábamos en Bogotá y dejó estúpido a todo el mundo citando de memoria poemas enteros de autores colombianos del siglo pasado, poemas que ni los mismos colombianos se sabían de memoria. Así me ha tocado verle muchos prodigios memoriosos increíbles” (p. 15) 

Estar enfermo, para Arreola es ese llamado de la enfermedad, un temor a la muerte. No sólo se refleja en el cuerpo sino en el más allá que incita la vida. Como si el quejarse fuera el grito desesperado de decir ¡Estoy vivo! Sus padecimientos (muchos imaginarios) son la exaltación del cuerpo humano, de su achacoso espíritu. Esta llamada de atención se hizo latente en los que estuvieron cerca de él, como lo señala Juan Enrique Espinoza en “Juan José Arreola, el escritor-maestro de las letras mexicanas, conversación con Antonio Alatorre.” en la revista Tierra Adentro:

Cuando yo conocí a Juan José, hace más de cincuenta años, siempre andaba quejándose de mala salud. Ahora sigue igual: se queja de mala salud, pero él sigue platicador y entusiasta y está muy metido en la vida. Por eso la respuesta sería que el Juan José Arreola es el mismo de antes. Naturalmente uno se hace viejo (…). Juan José tiene una cierta pose de quejumbroso, pero en el fondo tiene muy buena salud, yo diría que él tiene una forma de salud muy extraña, pues a sus ochenta años se encuentra muy bien (p. 20)   

Hizo una de sus confesiones en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro: “soy un hombre que busca siempre un confidente y que muchas veces a una persona que acaba de conocer le arroja todo el tonelaje, como un camión de volteo, de lo que lleva adentro y ya no puede tolerar”. Este confidente cambia, puede ser uno o múltiples, también la necesidad de contar traspasó su lengua materna. Dio una conferencia en la Sorbona que estaba programada en cuarenta y cinco minutos y él la hizo en dos horas.  

Arreola murió el 3 de diciembre del 2001 de ochenta y tres años por un paro respiratorio. Vivió tres años de enfermedad siendo víctima de una hidrocefalia. Ese lapso de padecimiento lo salvó en casa de su hija Claudia.   

A temprana edad estuvo rodeado de esa aura celestial que desprende su familia y repica en su obra: siempre Dios, siempre el diablo;  el pecado latente. Más tarde, al salir de su pueblo y recorrer Guadalajara, la capital, París…; al conocer a más gente con nuevas ideas, con mayores aperturas, desarrollará una narrativa donde convergan sus deseos prohibidos y sus dogmas de fe. Tiene la sensibilidad de intuir y mezclar estos incompatibles sentimientos.

Su vida fue un variar de trabajos, de ideas. La falta de interés por un empleo fijo, al que siente monótono, donde el soñar no tienen cabida, hacen que su economía esté en vilo. La salud, pese a vivir tantos años, también se hace notar en el cuerpo y en el alma. Siempre imaginando un amor eterno pese a dominar el sentimiento humano. 

Vivió con ésta incertidumbre del soñador absorto en una vida de fantasía que pudo recrear a través del teatro y de la narrativa.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic

Parábolas del uroboro. 2. Juan José Arreola, contexto histórico /2. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola. Contexto histórico

Ilse Ibarra Bauman

Contexto histórico 

La historia de México lleva un desarrollo que se amalgama entre una imitación y una creación ondulante. Para llamarse mexicanos y representarse como tal han tenido que negar su estado anterior sin separarse definitivamente de él. Es por eso que el mexicano busca señalar en su historia los abusos y las faltas que marcan su desigualdad, pero no se pueden comprender sin el trasfondo pese a su ignorancia indígena con sus usos y costumbres, con sus leyendas y sus mitos. Un ejemplo de esto está en La feria

Antes la tierra era de nosotros los naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos. Desde que los de la Santa Inquisición se llevaron de aquí a don Francisco de Sayavedra, porque puso su iglesia aparte en la Cofradía del Rosario y dijo que no les quitaran la tierra a los tlayacanques. (Arreola, 1995, p. 471)

El movimiento más significativo previo y durante el nacimiento de Juan José Arreola fue La Revolución Mexicana; a principios del siglo XX, el país avanza discriminadamente, por un lado estaba la clase alta y media que crecían apuntaladas al progreso de empresas que venían del extranjero y recreaban un panorama de crecimiento. 

Por el otro lado, estaban los obreros que trabajaban numerosas horas por míseros sueldos en estas nuevas industrias y los campesinos que habían quedado abandonados en manos de los caciques. 

Las demandas de educación, de salud, de tierras, de desarrollo en el campo, de democracia, de justicia social entre tantas, se hicieron notar. Huelgas como la de Cananea y Río Blanco (1906 y 1907) representan estas injusticias aunque fueron acalladas por la fuerza. Los acontecimientos de marcada desigualdad se hacían presentes en los estudiantes, es cuando surge la clase media. El pueblo necesitaba reconstruirse, estaban cansados de una dictadura a la francesa con Porfirio Díaz, como lo señala Octavio Paz: 

Y más tarde los obreros decidirían uno de los episodios más importantes de la lucha civil: sus líderes se alían con Carranza (…) A cambio de una legislación obrera, se ligaba el proletariado a una de las facciones en que se dividió el movimiento revolucionario. Desde entonces la clase obrera ha dependido, más o menos estrechamente, de los gobiernos revolucionarios, circunstancia de capital importancia para entender al México de nuestros días. (1972, p.p. 124 – 125)

Dentro de la historia mexicana, Madero representa una democracia menos cruenta. La solución que ponía a tantos años de despotismo era conservar la paz de su patria encaminándola a unas elecciones limpias. Pero el idealismo de Madero es inútil para otros aspirantes al poder. 

La Revolución dejó un país más desequilibrado. No sólo existe una pérdida de vidas en un periodo de diez años (1910-1920) de lucha armada, sino que quedó cercenado en todos sus aspectos: político, religioso, económico y social. 

El desánimo se volvió notorio e inminente ante tanta arbitrariedad como lo hace ver Javier Garciadiego en Introducción Histórica a la Revolución Mexicana, publicado por la SEP y El Colegio de México: 

“… la desilusión de las clases medias… con el cambio y las rebeliones zapatista y orozquista, terminaron por hacer insostenible el gobierno de Madero. En rigor, Madero fracasó porque destruyó el régimen porfiriano pero fue incapaz de crear un gobierno nuevo que pudiera alcanzar la estabilidad mediante un proyecto adecuado para el país: su propuesta política –la democracia– resultó prematura, y su proyecto socioeconómico –liberal– era insuficiente. (S/A, 52)

El panorama social, extinto dentro de la beligerancia política, queda inscrito en las novelas de la Revolución. El papel de la literatura es fundamental, se unen tres factores que se vuelven inseparables: lo político, lo social y lo cultural. Grandes intelectuales fundan el Ateneo de la juventud, entre ellos está Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henriques Ureña, Antonio Caso entre otros.  

Si las huelgas y revuelta campesinas minaban la estructura social de la Dictadura y la inquietud política en las ciudades hacía vacilar la confianza de Díaz en el apoyo popular, en la esfera de las ideas dos jóvenes, Antonio Caso y José Vasconcelos, emprendían la crítica de la filosofía del régimen. Su obra forma parte de la vasta renovación intelectual iniciada por el grupo llamado Ateneo de la Juventud. (Paz, Octavio, 1972, p.p.125 – 126)

La historia dio material trágico para edificar una nueva literatura regionalista, indigenista y de vanguardia. Para adentrarse a esa etapa nada mejor que Martín Luis Guzmán con su texto La fiesta de las balas, una de las hazañas de la División del Norte comandada por Francisco Villa con su lugarteniente Rodolfo Fierro. En este país tan disímil y en aquellos momentos de guerra civil se funda este grupo que observa. Unos señala los errores sin embargo otros no se adhieren a ésta crítica, pero ninguno se escapa de la influencia que ha dejado en ellos la tragedia de la Revolución.  

            El Ateneo fue el crisol en el que se forja un brillante grupo de ensayistas, pensadores, críticos y creadores mexicanos cuya contribución es decisiva, aunque la entidad sólo durase poco para el desarrollo intelectual del país moderno. 

“Entre los fuegos iniciales de la Revolución y el estallido de la Primera Guerra Mundial, se forman allí las mentes más claras, hondas y creativas de la hora. Su aparición fue estimulada por el clima nacionalista que empezaba a sentirse por esos años” (Oviedo, 2001, p. 128)

            El gobierno de Venustiano Carranza no disminuyó las necesidades del pueblo, paradójicamente se incrementaron a las del dictador. La inflación, el desempleo, los bajos salarios se extendieron como peste en el país. Las privaciones eran muchas, los obreros de la capital se declararon en huelga. La solución de Carranza fue la pena de muerte para el que se levantara contra su poder. El país se encontró inestable y para rectificar el rumbo que tomaba, Carranza elaboró una nueva constitución donde formuló cuatro artículos: 3°, 27, 123 y 130 que caracterizaban su espíritu liberal y revolucionario. Pese a que el poder recaía a última instancia sobre el ejecutivo.

Se vivía en total confusión, por un lado estaban los estudiantes liberales, por otro los porfiristas, los zapatistas, los huertistas, los carrancistas. Al poner en uso estos florecientes artículos dieron lugar a nuevos abusos. 

Ejemplos de estas arbitrariedades están marcados en la literatura mexicana. Juan José Arreola marca puntualmente en “La feria”, Obras (FCE), muestras  que no pueden ser ignoradas:

El señor don Cristóbal se nos ha introducido arbitrariamente de un año acá, y nosotros sin poderle impedir. Él, valiéndose de la Revolución, pidió al señor juez que lo pusiera en posesión. Y visto él que no le impedimos nada, nos cerró la entrada de la laguna, y reconoció años de rentas de tierras de nuestras propiedades. Se valió del gobierno actual diciendo que nada nos debía, y nos hizo infelices sin tener de que echar mano. Nos quitó las sementeras de este año y no nos deja ni sembrar. (Arreola, 2012, p. 490) 

En materia de culto religioso, Carranza tenía cierta consideración. Estableció los artículos en la nueva constitución aunque los que estaban relacionados con el clero no se pusieron en vigor. La religión era algo delicado en un país altamente católico y en suma: fervoroso. Esto será el inicio de lo que más tarde llegaría a ser la Guerra Cristera. “El primer brote ocurrió en Jalisco a mediados de 1918. Ante la restricción oficial a los ministros religiosos, se organizó un vasto y efectivo boicot comercial.” (Krauze, 2014, p. 249). Ante esta hostilidad anuló el precepto y volvió a la paz. Quedó latente el conflicto para más tarde. Ese mismo año nace Juan José Arreola.

            En 1920 reinician las revueltas al lanzar el Plan de Agua Prieta donde se señala que se desconoce el gobierno de Carranza. Álvaro Obregón se aloja en la silla presidencial. México permanecía atado, silenciado; como si la Revolución fuera el momento naciente en que se le ha dado voz. “toda revolución pretende crear un mundo en donde el hombre, libre al fin de las trabas del viejo régimen, pueda expresarse” (Paz, Octavio, 1972, p.129). 

Obregón coloca a Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública, ese momento es fundamental para la historia, organizan una campaña mesiánica para alfabetizar la Nación. La mentalidad de ambos dirigentes era tan divergente que muchas veces Obregón no se explicaba el para qué serviría leer a los antiguos griegos en un mundo como ese, donde lo que se necesitaba era aprender ingeniería, matemáticas, su identidad nacional entre otras. Se crearon escuelas rurales, técnicas, indígenas y elementales. Así lo cita Krauze: 

Daniel Cosío Villegas, uno de los escuderos intelectuales de Vasconcelos en aquella cruzada de la cultura y la educación, escribiría mucho tiempo después, con nostalgia: <Entonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y escribir al prójimo; entonces sí se sentía, en el pecho y en el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan apremiante y tan cristiana como saciar la sed o matar el hambre. (…) Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y apartado parecía tener tanta significación como levantar una iglesia (…) Entonces el teatro fue popular, de libre sátira política, pero, sobre todo, espejo de costumbres, de vicios, de virtudes y de aspiraciones>. (2014, p. 300 y 3001)

Además de crecer en el terreno de la educación, se sumaron a ésta las bellas artes. En literatura, Ramón López Velarde fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria. Se mantuvo apartado del ajetreo revolucionario que vivía el país, y claramente se lee en sus poemas la influencia católica de su formación. Tras la muerte de Madero se opuso al gobierno de Victoriano Huerta, conocido como “El usurpador”. “Asistió a la violencia revolucionaria y vio morir a su tío cura como consecuencia de ella.” (Oviedo, 2001, p. 40). 

Al final de su corta vida escribe el poema Suave Patria “Sin traicionar su propios modos, el poeta alcanzó a crear un canto de exaltación autóctona que refleja bien la ola nacionalista que agitaba a la cultura mexicana.” (Oviedo, 2001, p. 54). 

En la pintura surgieron los grandes muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros entre otros y dan muestra de lo que está ocurriendo en la Nación. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central es el retrato explícito de lo que se vivía en el país.

En el ámbito social, Obregón, intentó continuar la obra de Carranza y se apegó a la constitución. Se mantuvo firme en los artículos que afectan al clero. Aunque no fue tan severo como su ex ministro de Gobernación, Plutarco Elías Calles, que sostuvo una tensa avenencia. Franqueó el compromiso para con el clero y se dedicó a que el gobierno americano lo reconociera, en buenos términos, como el mandatario del gobierno mexicano para no tener que enfrentarse más tarde con el país vecino. 

             Para el General Calles no existió libertad de religión. Tenía aberración hacia el culto religioso, él sí hizo cumplir la constitución en lo referente a la iglesia católica, pese a que representaba a la madre de la mayoría de los mexicanos, con esto da paso a la Guerra Cristera que duró tres años. Los cristeros operaban como un ejército de guerrillas y el ejército federal no podía entrar a cada pueblo establecido en un rincón del país. Morrow, quien fue embajador de los Estados Unidos en México durante la Guerra Cristera dice “los pobres no tienen casi otra cosa que el consuelo de la Iglesia” (Krauze, 2014, p. 352)  

Los pueblos de México estaban constituidos en torno al perímetro de la iglesia, desde su construcción hasta su vida litúrgica que dictaba cada día del calendario. Era esta fe la que dirigía sus acciones más que el régimen político. 

Durante la Guerra Cristera los pueblos pequeños fueron evacuados y los concentraron en los más grandes (como lo menciona Juan Rulfo en la entrevista hecha por Joaquín Soler en 1977), muchas familias perdieron todos sus bienes. 

Ante las exigencias que aplicaba la constitución de 1917 para con el clero, hubo disconformidad de parte de los sacerdotes y cerraron las iglesias y con ellas el culto. El pueblo protestó y se levantó en armas a defender “la Santa causa de Dios”. Las nuevas bases que se habían puesto en marcha influyeron en todos los ámbitos. Así lo recuerda Juan José Arreola en “De memoria y olvido”, Obras (FCE)

“Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No puede seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar.”(Arreola, 1995, p. 48) 

El origen de esta guerra fue matriarcal, como lo describe Juan Rulfo en la entrevista. Fueron ellas las que dentro de la familia le decían al hermano, al hijo, al padre “ve a luchar por la causa de Dios”, no hacerlo era un ultraje. Tuvo gran parte la mujer en esta guerra. Los federales lucharon contra hombres, sin embargo las mujeres anduvieron entre el campo repartiendo armamento, fue una cruzada difícil de acabar. Todos se levantaron en armas. 

Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar (Revueltas, 1979, p. 11)

Fue una guerra absurda, si se observa a distancia el conflicto, el gobierno no derogó sus leyes por pretensión de un grupo que había mantenido al pueblo en total control e ignorancia. Los obispos tuvieron la esperanza de que Calles pasara por alto la constitución, su intención fue arrancar de raíz el fanatismo.

            Había cerca de cincuenta mil cristeros alzados en armas. Otros veinticinco mil habían muerto en combate. Aquella guerra no sólo costaría a México, en total, setenta mil vidas; sobrevendía, además, una caída fulminante de la producción agrícola (el 38 por ciento entre 1926 y 1930) y la emigración de doscientas mil personas. <Fue>, en palabras de Luis González, <una guerra sangrienta como pocas, el mayor sacrificio humano colectivo en toda la historia de México.> (Krauze, 2014, p. 351)

            Putarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Republicano (PNR) que será lo que hoy se conoce como el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Manifestó su apoyo y controló tanto a candidatos como al gabinete. 

De 1928–1930 gobernó Emilio Portes Gil bajo el amparo del ex presidente Calles. De 1930–1932 continuó Pascual Ortiz Rubio bajo la misma tutela protectora. A estos años de dominio se les conoce como el Maximato. Para que se cumpliera la democracia, que es uno de los grandes pilares de la Revolución, pasaron diez años y se formó un partido opositor, el Partido Acción Nacional (PAN). Lo encabezó Manuel Gómez Morín. 

            La plataforma revolucionaria que tomó Cárdenas en su gobierno en gran medida estuvo influenciadas por Francisco J. Múgica. Una de estas bases es el socialismo. Declaró que “resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo agrícola” (Krauze, 2014, p. 402).

            La reforma agraria, la expropiación petrolera, la protección al obrero, fueron los puntos en que forjó su estructura gubernamental. Pero no sólo de buenas intenciones vive el hombre. Un pueblo fanático e ignorante restará a su bienintencionada causa en más de una ocasión. Trató de liberar a la población de esa formación espiritual tan enquistada apoyado por el socialismo y el comunismo, pero fue imposible. ¿Cuántos siglos le había llevado a la iglesia conquistar el espíritu mexicano para que llegaran hacer a un lado su labor? 

‘Nosotros no habíamos pedido eso del ejido, ni sabíamos qué era eso. Por eso cuando llegaron los del gobierno pensamos que otra vez andaban buscando cristeros y no les creíamos nada y no queríamos aceptar lo del ejido … Pero ellos ahí estuvieron hable y hable, cantándola finito, que si el gobierno era esto, que si el gobierno era esto otro … Hasta dos o tres días se quedaron y nos dejaron los papeles’ …

‘Vino a un convivio y les habló que qué era lo que querían; pero como aquí todos éramos católicos, rehusaron ese reparto de tierras, sin saber si serían beneficiarios o no … La gente lo trató bien pues en realidad la gente no sentía odio … el pueblo aclamó mucho a don Lázaro y la gente estaba quieta … Frente a él no se vido [sic] ninguna manifestación mala … [aunque era natural que] toda la gente que trabaja a gusto tenía que estar disconforme con la proposición, con lo que venía a ofrecer él (…) la multitud en los pórticos gritaba: Nosotros no queremos tierra sino culto.’ (Krauze, 2014, p. 415-416)

El mundo se volvía poco a poco capitalista, mientras que ellos habían regresado al origen de hombre-naturaleza cumpliendo sus necesidades básicas en un mundo lleno de tradiciones donde se bifurcaba su sincretismo religioso. Encerrados en su ignorancia, el desalojo de haciendas y de la repartición de éstas vino a deteriorar la productividad del país. 

Los grandes pintores muralistas se venían abajo, su obra maestra ya había pasado. Y los jóvenes que venían despuntando comenzaron a brillar: Rufino Tamayo, Pedro Coronel entre otros. 

Sin embargo, en este espacio de paz revolucionaria volvió a brillar la literatura. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas dirigían El Colegio de México y daba acogida a los exiliados españoles. Entre los mexicanos jóvenes estaba José Revueltas, Efraín Huerta, Octavio Paz. 

Los sindicatos se volvieron un fracaso para el obrero y para el país. La Confederación de Trabajadores de México (CTM) era liderada por Vicente Lombardo Toledano y más tarde por Fidel Velázquez. Estos acabaron favoreciendo su bolsillo y el de sus líderes y no las necesidades de los obreros. El país había quitado la hegemonía militar pero ahora se enfrentaba a estas confederaciones.

1942 es el momento del cine de oro mexicano. María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova, Mario Moreno Cantinflas entre otros fueron los que se encontraban en la cúspide. “El cine se realizaba con lo que ahora puede considerarse verdadera inocencia (…) La industria no se hallaba tan contaminada por la vulgaridad de la búsqueda de la máxima ganancia a través de la mínima inversión” (Ramírez, 2006, p. 28) En música florecía Agustín Lara, Lucha Reyes, Pedro Infante, Pedro Vargas, Cri-crí entre otros.

A raíz de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) las exportaciones aumentaron y el país se encontró en una holgura que propició gran desarrollo en el país. Pero no por ello las comunidades alejadas pudieron disfrutar de ese progreso. Los pueblos aún se observaban arcaicos contra el esplendor. 

El “dogma” revolucionario de la entrega de tierras aún era “sagrado” y Ávila Camacho también hizo sus repartos, sólo que estos fueron de tierras pésimas, cerriles, o de plano inservibles. Por si fuera poco, los trámites de acreditación llegaban a demorarse hasta 35 años. Muchos campesinos de plano rechazaban los predios otorgados. (…)

En cambio fortaleció la oficina de la Pequeña Propiedad, y con esto regresó, cada vez con más fuerza, el latifundismo: bastaba con dividir una inmensa extensión en pequeños predios y ponerlos a nombres de familiares o prestanombres. Estos “pequeños propietarios” pronto crearon sus propias guaridas blancas, en el más puro estilo Pedro Paramo (Ramírez, 2006, p. 51)

Las fiestas religiosas seguían siendo el alma y júbilo del pueblo. México vivía al amparo de los Estados Unidos, al declararse éstos en contra del comunismo, el gobierno y todo lo que dentro de él se gestionaba, tuvo que ser radicalmente anticomunista.

            La devaluación que más tarde golpea al país es el producto de estas decisiones hechas sin antes hacer un análisis: el reparto de tierras careció de visión; los líderes estaban faltos de un razonamiento justo, equitativo y lógico para sus obreros y campesinos; y además estaba el cáncer de todo político: la corrupción, que siempre había existido, con Miguel Alemán se desencadenó más. Favoreció a los empresarios que muchas veces sus negocios estaban fuera de la ley, hizo caso omiso. Sin embargo, los más necesitados, siguieron inadvertidos.

Pedro Infante se vuelve el ídolo de México. Tin Tan representa al pachuco en El rey del barrio, El ceniciento, Calabacitas tiernas…que como dice Paz es: 

este obstinado querer ser distinto, en esta angustiosa tensión con que el mexicano desvalido –huérfano de valedores y valores– afirma su diferencia frente al mundo. El pachuco ha perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias. Sólo le queda un cuerpo y un alma a la intemperie, inerme ante todas las miradas. Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe. (Paz, Octavio, 1972, p. 14) 

En todos los salones se bailó el mambo de Pérez Prado. Luis Buñuel participa en el festival de Cannes e impacta con su película: Los olvidados. En el teatro figura Emilio Carballido con Los signos del zodiaco. Pablo Neruda llega a México desterrado. Salvador Novo arrastrado por el capitalismo crea eslóganes para empresas extranjeras. José Revueltas critica a los líderes del comunismo mexicano. Octavio Paz continuó su trascendencia con Águila o sol

En 1949 apareció un nuevo y dotadísimo autor, Juan José Arreola, que con Varia invención hizo ver que México contaba con un estilista sofisticado, cosmopolita, que se hallaba al día y que hablaba un francés irreprochable. Actor, mimo, declamador, Arreola lucía sus sacos-de-pana-gastados-por-la-luna (faltaban muchos años para que el Maestro apareciera en las pantallas televisivas con lucidores casimires) e introdujo un aire enteramente nuevo en la literatura mexicana. (Ramírez, 2006, p. 98)

Las siguientes elecciones fueron arregladas para que el PRI resultara ganador. Y así llegó a la silla presidencial Adolfo Ruíz Cortines. Durante los años cincuenta a la mujer se le permitió votar; no por ello la ceguedad social cambió las costumbres, la jerarquía del hogar y su autoritarismo recaía en el patriarca. 

Nacieron los melodramas televisivos que cautivaron y entorpecieron el razonamiento en la vida de un gran número de mexicanos. En los años sesenta se institucionalizaron en cada familia, las pocas empresas publicitarias, que hasta hoy dominan la vida política, social y económica del país. “Los campesinos manifestaron su descontento (…) sólo se acordaba de ellos cuando requería grandes contingentes de acarreados, y a cambio de una torta y un refresco” (Ramírez, 2006, p.155)     

El rasgo característico de México contemporáneo, el que lo distingue del pasado reciente, es la constitución de un grupo social que domina el Estado y, a través del Estado, a la vida política, económica y cultural de la nación. Este grupo está compuesto por políticos, tecnócratas e intelectuales. Surgió después de que cesó la lucha armada entre las facciones revolucionarias; su involuntario fundador fue un caudillo, Plutarco Elías Calles, con el que comienza el México contemporáneo. (Paz, Octavio, 1989, p. 159)

Han pasado los años y el control de México aún sigue estando en manos de pocas empresas. Gobiernan al país junto con el Estado. El narcotráfico, el crimen organizado permanecen enredados entre las esferas más altas del gobierno. La impunidad es parte de la historia de este país. Nada se condena. México es un país libre de protección. Ellos hacen de este México actual una nación cada vez más corrupta, más desigual y con menos principios.  

(Continúa en la siguiente entrega…)

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Parábolas del uroboro. 1. Sobre Juan José Arreola /1. Ilse Ibarra Baumann

Antecedentes de Juan José Arreola

Ilse Ibarra Bauman

Para hablar de Juan José Arreola es necesario detenerse en precedentes históricos de México, que si bien él no vivió, han servido para certificar la influencia de éstos en su obra. Enlaza a sus personajes con un pasado basado en tradiciones religiosas, políticas y sociales, así marca su mexicanidad. 

Estos modelos del ser humano instituyen distintos roles y dan forma a su trayectoria literaria. El mexicano hizo la independencia por su emancipación; cansados de la hegemonía española, decepcionados de la desigualdad ellos se liberaron. 

Las expectativas de esta actual nación para separase del viejo mundo, obraron como dice Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México, publicado por Espasa Calpe mexicana, en 1979: “No hacíamos otra cosa que emanciparnos de España a la española.” (Ramos, 1979, p. 32) 

Esta lucha contumaz, reincidió. México ha tenido años de reposo más no de una apacible dignidad humana. Los vencedores gobernaron y dilapidaron por cincuenta años con cierta moderación hasta culminar las pugnas entre liberales y conservadores. Las guerras de Reforma dieron paso a Porfirio Díaz hasta culminar las pugnas. 

La herencia católica con la que contaron los mexicanos representaba el dogma de fe sobre el que se edificó la familia mexicana. El clero era una fuerza política inmanente al estado, su participación conjunta (político-religioso) pugnaba en la dirección del país. 

El abuso del poder se instaló como base, pocos fueron los favorecidos y muchos ignorantes cayeron en la trampa. En relación con esto, “La feriaObras publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), Juan José Arreola nos da un ejemplo:

“–¿Vender? ¿Vender, señor cura? ¿Pero qué es lo que yo tengo aquí para vender? Ni modo que venda la casa en que nacimos ni la del santuario que nos viene desde quién sabe cuántas generaciones. ¿Vender? Con todo respeto, sépalo usted, señor cura, desde que yo tengo uso de razón nosotros no hemos vendido nada… Nada que no sean las cosechas, el queso y los puercos gordos. (2021, p. 512) 

Ante esto los liberales debían frenar la fuerza de la iglesia. Leopoldo Zea en El positivismo en México: nacimiento, apogeo y decadencia, menciona a los que representan el grupo triunfador: “los liberales, los que encabezaron el movimiento llamado de Reforma, fueron hombres pertenecientes a una determinada clase social que Sierra llama burguesía.” (Zea, 2011, p. 46). 

Este grupo selecto había alcanzado su status quo durante el porfirismo, se hacían llamar los jacobinos y es en esta clase  “Comprendiendo (Juárez) –nos dice Sierra– que las burguesías, en que forzosamente se recluta la dirección política y social del país, por la estructura misma de la sociedad moderna” (Zea, 2011, p. 47) donde, “los hombres de ciencias” importaban una nueva ideología para México: el positivismo. 

Este grupo burgués que venció a los conservadores (clero y milicia), impuso un pensamiento imitado sobre esta plataforma pluricultural. No favorecía en nada a la clase desamparada, al contrario, la alejaba más. “La Reforma es, ante todo, una negación y en ella reside su grandeza. Pero lo que afirma esa negación –los principios del liberalismo europeo–eran ideas de una hermosura precisa, estéril y, a la postre, vacía.” (Paz, Octavio, 1972, p.p. 115–116). 

El mexicano tiende a mimetizarse en otras culturas, adoptó nuevas maneras según su circunstancia política, social y cultural. Continuó edificando sobre lo que los países modernos habían decretado viable: París los cautivó. Como lo cita Samuel Ramos: 

El espíritu revolucionario de Francia ofrece a la juventud avanzada de México los principios necesarios para combatir el pasado. Contra la opresión política, el liberalismo; contra el Estado monárquico, la república democrática; contra el clericalismo, el jacobinismo y el laicismo.  (1979, p. 42)

París fue, es y será el culmen donde muchos autores alcanzaron una nueva visión que se suma a su origen; entre estos escritores estaban Amado Nervo, José Juan Tablada, entre otros. Ellos se establecieron en Europa por un tiempo. Otros escritores como Manuel Gutiérrez Nájera y Ramón López Velarde nunca estuvieron en París sin embargo se advierte la influencia francesa en su obra. 

(Continúa en la siguiente entrega…)

Felicidades, hás leído 2 cuartillas.

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