Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Bulmaro, hijo adoptivo de Adrián Vidal y Nicacia, tenía harta a su mamá con su comportamiento. Ésta lo colgó de una red, le puso debajo fuego y chile. Sobrevivió a la tortura, con algunas quemaduras que nunca se le borraron (p. 14): “Los jóvenes que conocían a Bulmaro le clavaron el apodo de ‘Talega frita’ ”. Este es un fragmento de las vidas que relata Personajes populares de Chiapa (Conaculta-Coneculta, 2006), de José Alegría Nandayapa.
El libro está lleno de apodos. A doña Amelia Flores Alcántara, que adonde iba se (p. 21) “acompañaba de una gran manada de perros callejeros” le decían la “Turca”; al músico Ángel Regalado (p. 25) “le gritaban Ángel de Gorra” y a Antonio Penagos Corzo, quien (p. 39) “se estaba ahogando en el Río Grande de Chiapa por sacar un jocote que se había sumergido”, lo rebautizaron como “Cacha floja”, por varias caídas que tuvo; hay el (p. 55) “Mingo Choco”, el (p. 63) “Hambre canina”, el (p. 68) “Muchocansa”, el (p. 70) “Perlático”, el que tiene dos apodos (p. 71): “el Satanás o el Cochi” (una frase maravillosa en su biografía, p. 72: “El Satanás era católico”) y el (p. 219) “Tranca de golpe”.
Me encantaron del libro, también, la anotación de las profesiones. Berzaín C. y Alfredo Hernández Corzo son (p. 33) “comerciantes y chapuceros”; don Cheque es (p. 56) “poeta y bolo antiguo”; “El Matagato” fue (p. 66) “menesteroso” y “El Mechicano” (p. 66), “alcohólico”; Elpidio Hernández, Pillo Cochi, es definido como (p. 75) “Comelón de tamales y sastre”, Ernestina como (p. 84) “Niña vieja”, Juana Cameras como (p. 131) “Mujer adinerada”, Juana Solita como (p. 133) “Bruja”, que “en las noches de luna llena se convertía en guajolota” (qué elemental, en lugar de convertirse en cisne, por ejemplo), Tanislao Rodas como (p. 196) “Asaltante” y Tío Manuel Estudillo como (p. 214) “Herrero y loco”.
La tía Tanchi entra al cine de don Conrado Coutiño Godoy; cuando el interventor le quiere cobrar, ella le dice que no paga. ¿Por qué?, le pregunta, y ella contesta (p. 47): “¡Soy su querida de don Conrado!”.
Don Lacusón llamó a sus hijos Robinsón y Edisón; éste le reclama, porque (p. 57) “esos pendejos de la escuela siempre me gritan ‘Jonisón’ ”; “El Mechicano” cantaba entre otras canciones ésta (p. 68): “Del otro lado del río/ suspiraba un tiburón,/ y en el suspiro decía:/ callate vos, no sabés”.
Florinda Lazos León era (p. 93) “mujer que no medía ni metro y medio de estatura y además muy fea, pero con un carácter digno de mejor estuche”; Guillermo, el “Tasajo”, platicaba con sus amigos de cantina (p. 106) “de amores, traiciones y enculamientos” y después, borracho, se roba a la Chonita; cuando ella le cuenta al otro día de cómo se huyeron, él le reclama (p. 107): “Pero, ¿qué no viste que estaba yo bolo? ¿Qué, no tenés juicio? ¿Cómo te vas a huí con un bolo?”.
Ah, cuánta diversidad humana.
Leonor revisó la alacena, el refrigerador y comenzó a tomar nota de lo que faltaba en la despensa. También se habían terminado algunas cosas para hacer limpieza. Escribió en un post un mensaje para Patricio, Hijo, regreso al rato, voy a comprar la despensa. Adentro del refrigerador hay licuado. Besos. Dejó el letrero sobre el comedor.
Con la cuarentena a Patricio y a ella les había cambiado el reloj biológico, más a él, aprovechando que no iba a la primaria se dormía profundamente hasta después de las 9 de la mañana. Leonor, trabajaba en línea, desde casa, en diferentes horarios del día.
Hizo su ritual para salir, se colocó playera, pants, tenis, gorra, lentes para sol, cubrebocas. Dejó el gel antibacterial cerca de la entrada y salió al mercado. En las últimas semanas sus compras las hacía ahí, era importante apoyar la economía local.
Observó las calles, había pocos autos. Las personas que transitaban no todas iban con cubrebocas, ni todas mantenían la sana distancia. Iba algo apresurada. En su paso vio a una vecina del barrio, de avanzada edad caminando con dificultad, tratando de sostenerse de su bastón y la pared. Pasó a su lado pensando qué complicado sería para la señora enferma andar saliendo por el mandado, además se dio cuenta que no llevaba cubrebocas. La vecina hizo una pausa y Leonor también. Decidió regresar y preguntarle si le podía apoyar en algo. Por su mente pasó lo de sana distancia, sin embargo, era importante ayudar a la señora.
La vecina no reconoció a Leonor, y menos como iba vestida, pero sintió confianza, le tomó la mano y se fue apoyando en ella para caminar. Al principio, a Leonor, le costó seguir el paso de la señora, mientras cruzaban la calle y avanzaban se fue acoplando a él. La llevaba a una caseta telefónica. Fueron conversando. El rostro apacible y la voz tranquila de la vecina le hizo parecer a Leonor como si hubieran platicado desde siempre. En realidad, era la primera vez que lo hacían, había visto a la señora muchas veces en las actividades de la iglesia a la que ambas asistían, solo habían intercambiado miradas y saludos. Tenía rato de no verla, ahora la salud de su vecina estaba muy deteriorada.
Llegaron a la caseta, Leonor la ayudó a subir un escalón y a sentarse mientras la señora daba el número telefónico a la empleada. Se despidió de ella y siguió su recorrido. Su mente y su corazón iban con un mar de sentimientos. Se le hicieron varios nudos en la garganta, pensó en tantas personas mayores que estaban solas. El rostro de agradecimiento de la vecina se le vino a la mente. Siguió su paso.
Cerca del mercado la sana distancia se había olvidado, mucha gente sin cubrebocas. Un auto se detuvo a mitad de calle ante un vendedor ambulante, a preguntar por unos tines. – Vaya ocurrencia- pensó Leonor. Más adelante en otro puesto se dejaba escuchar la canción Help, ayúdame, de Tony Ronald, pero en versión de música de banda. El calor estaba en su apogeo.
A la entrada del mercado había un señor colocando gel antibacterial a quienes ingresaban. Leonor sacó su lista, hizo su ruta, compró su despensa. Era una odisea salir de ahí, mucho comercio ambulante, parecía que la gente había olvidado la cuarentena. ¿Acaso era la quincena que había ocasionado tal aglomeración? La economía local estaba bastante precaria ante la contingencia sanitaria, la gente necesitaba vender, ése podría ser otro motivo. Buscó la acera menos congestionada, guardó distancia del señor que iba delante de ella, alcanzó a escuchar que hablaba por teléfono y con tono alto decía: ¡Aquí en el centro hay mucha gente! ¡Vinieras!
Al pasar por un puesto de tacos vio a una mesera y un mesero en la entrada, la chica con el cubrebocas en la garganta, como tomando un receso de él y el chico portándolo bien. A donde quiera que volteara encontraba diferentes situaciones. Iba pensando, cuántas realidades en las historias cotidianas, ésas de a pie, y ahora en tiempos de cuidado de la salud afloraban más. Patricio vino a su mente, ojalá ya se hubiera levantado, eran casi las 12 del día.
Muchas gracias, buenos días dicen. Dicen
oiga, de casualidad, disculpe, dónde. Señorita dicen.
Son Guadalupes o Rodríguez, Hernández o dolientes,
señoras con el suéter al estilo de la tía,
viejos cabizbajos, González grises de silencio.
Dicen bueno, pues ya qué, pero, ni modo. Ven la hora:
su espíritu anda ya en las últimas. Respiran fuerte
y suena su nariz a cascabel de agua. Se voltean
para ver si pasa Dios y sólo pasa la que barre. Sólo
pasa La que Barre. Se acomodan, ponen en la silla
su pobreza, descansan el bastón. Dicen Diosito.
Rascándose los ojos, gravitan de cansancio. Todos a la [espera. Tosen,
hacen cola, tosen. Todos con carnet en mano.
Entran. Médico severo, gordo, bata blanca. Salen.
Van por sus vendajes, su piridoxina, sus ungüentos,
hacen cola, tosen. Tienen pena. Yo no sé
quién lleva más atroz la quebradura: los felices
van de menos a tristísimos. Qué bostezo
cavernoso su bostezo, qué puntual su pulmonía,
qué silenciosa maldición sus cataratas,
qué delicadeza de la muerte
que los va besando
poco a poco.
«Clinica 19» es parte de la colección Lotería del baladro, Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Editado por Instituto Cultural de Aguascalientes, 2017.
**Sobre el autor:
Luis Flores Romero . Nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió Letras Hispánicas en la unam. Ha publicado poesía en algunas revistas impresas y electrónicas. Ha impartido talleres de versificación y creación poética. Es autor del poemario Gris urbano, publicado en 2013 por la uacm, y de Sonetos ñerobarrocos, publicado en 2016. Becario, en el área de poesía, de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2010-2011 y 2011-2012, y del fonca en el periodo 2015-2016. Desde 2014 conduce un programa de literatura en Radio unam. Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2017. En redes sociales, con el heterónimo de Lufloro Panadero, comparte versos satíricos.
Las ruinas de Troya
Todas las mañanas
los pájaros me miran en los espejos,
devoran mi sombra y mi negro destino;
dejan sobre la mesa el lápiz duro
y la verdad muerta,
el canto disecado de las aves:
¿sólo los caballos sabrán de mi muerte?
En el estudio donde todas las noches escribo
siguen los libros abiertos
en las mismas páginas,
en los mismos planos,
las calles de la ciudad de altos muros.
Ahora estoy postrado en la cama,
no recuerdo nombres
ni fechas.
La luz se filtra entre las flores,
las hiere
hasta envejecerlas
y
arrancarles su perfume:
fin último de la naturaleza.
La oscuridad es una vela que juega con el viento,
quiere contarme el secreto de la geometría,
imagen negándose
en la luz.
Ahora que no puedo ver
sólo existen las sombras
de los objetos que nombro.
Todo dentro de mí gira:
estoy en Argos,
soy la ciudad de Príamo;
tengo las joyas de Helena,
estoy casado con una griega,
no me permiten seguir escavando en tu nombre
Homero.
¿Cuál es la medida exacta de mis ojos?
Ahora me veo con el cuerpo herido
lleno de llagas
a punto de morir.
Quién no ha muerto en el hilo de Ariadna,
en el violín ciego y oscuro;
tantas horas leyendo las mismas fojas,
buscando algo que me acercara a tu verdad;
pero tú te alejas como los albatros
por el mar que borra huellas y ciudades.
Nadie me recuerda,
¿y si me recodaran? Qué sabrían de mí:
¿todos los idiomas en que te busqué?
¿Las figuras de barro?
¿Esa sed de dromedario sin palabras?
¿En qué desierto me curé de tu piel?
Agua y fuego el alfabeto
que marcó mi destino,
oráculo de noche sin estrellas,
días que calan los huesos.
Fotografía: Shitterphoto.
*Sobre el autor:
David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.
**Sobre el poema:
«Las ruinas de Troya», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.
El calor en la temporada de abril era bastante seco, la lluvia no parecía querer asomarse. Eva y Julieta tenían muchas ganas de salir a comer helados a la plaza central de su ciudad. La cuarentena no se los permitía. No era fácil para Belén y Matías explicarles a sus hijas pequeñas que debían mantenerse en casa y esperar a que la contingencia sanitaria pasara. Hacían el intento por distraerlas, pero continuaban insistiendo.
A Belén se le ocurrió que jugaran a ir a la paletería, ante esa idea Julieta, la mayor de sus hijas, dijo,
—Pero juguemos de verdad. ¡Yo quiero comer paletas de hielo!
El rostro de Belén se puso rojo, mientras Matías sonreía disimuladamente. Acordaron que el juego sería una tarde de fin de semana. Matías se comprometió con Belén a que cuando fuera por la despensa, compraría frutas de temporada para que les hicieran a sus hijas las anheladas paletas. Y así fue, mangos, fresas, duraznos y moras fueron las frutas elegidas para preparar las paletas. No les dijeron nada a las niñas, sería su sorpresa.
El sábado por la tarde, mientras Julieta y Eva jugaba a armar rompecabezas, Belén y Matías prepararon las paletas, sin que ellas los vieran. Belén preguntó qué hora era, las 6 de la tarde le dijo Matías. Hora de tirar la basura, esta vez le tocaba a Belén esa tarea. Juntó las bolsas, se puso el cubrebocas y salió a la calle.
Aunque el sol comenzaba a ocultarse el calor era aún fuerte. Al llegar a la esquina se percató que las calles estaban desoladas. Mientras volteaba del otro lado, se dio cuenta que el único que iba a casi una cuadra de distancia de ella era un señor mayor empujando un carrito de paletas de hielo. Un sombrero pequeño, como de palma, un pantalón color beige y una playera acompañaban la silueta y el andar cansado del vendedor. Recordó que la mayor parte de quienes vendían paletas de hielo eran adultos mayores. En plena emergencia sanitaria seguro las ventas estaban muy bajas y ellos necesitaban el salario y tenían que vender. —De haber salido antes lo habría visto y comprado paletas para hacerle el gasto— pensó.
Regresó a la casa. Se lavó las manos, rocío su ropa y zapatos con gel antibacterial casero y fue a la cocina. Entusiasmado, Matías le mostró un letrero que había diseñado de manera creativa, para jugar a la paletería con las niñas. Al observarlo Belén imaginó al señor paletero gritando: ¡Paletas, paletas! Y a mucha gente a su alrededor, comprándole para mitigar el calor de la temporada.
Natividad y Lorenzo de Monteclaro Héctor Cortés Mandujano
Conservo el alma llena de grillos, tengo canicas en los bolsillos
“La vida”, canción de Alberto Cortez
Por unas reparaciones, hay albañiles en casa. Traen celulares con sus canciones favoritas y las oyen a todo volumen. En uno de esos días, en la mañana, cuando salí al trabajo, oían la clásica “Me dejaste abrazado de un poste”, con la maravillosa y campirana voz de Lorenzo de Monteclaro.
Cuando era niño, en El Ciprés, la finca en que nací, sólo oía música ranchera, y me gustaban, claro, las canciones y las interpretaciones de Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa, Lola Beltrán, Amalia Mendoza, Antonio Aguilar y una larga nómina. Pero mi favorito, por sobre todos ellos y ellas, era el gran Lorenzo de Monteclaro, de quien, además, ponían su versión de “La paloma” cada vez que alguien moría en el pueblo cercano, es decir, casi a diario.
También, como los albañiles, la soltaban a todo volumen y por la magia de la bocina nos llegaba hasta el rancho. Esa canción, si la oyera de nuevo, con seguridad me daría tristeza. Como soy hedonista, no la oigo: siempre he preferido el placer al dolor.
Una de las presencias amadas de mi infancia fue mi prima Natividad. Me oía, conversaba conmigo, contestaba con paciencia mis preguntas y, cuando ya no estuvo en la finca, me escribía. Las cartas de Naty (las perdí en una de mis muchas mudanzas) son uno de los tesoros de mi memoria.
A ella le dije una vez, recuerdo, que Lorenzo era el mejor cantante del mundo. Naty me vio con atención y me dijo algo que a mí me pareció enigmático: “Eso piensas ahora; cuando seas grande vas a cambiar de opinión”.
Me pareció una idea horrible: ¿De modo que ser grande sería traicionar al niño que era? No, me dije, y le respondí a Naty: No, yo seguiré pensando que Lorenzo de Monteclaro es el mejor cantante del mundo.
Mi amada prima sonrió: “Tal vez, pero para ese entonces habrás oído a muchos cantantes, habrás oído otros tipos de música y sentirás que Lorenzo de Monteclaro te gustaba, pero ya no. La mayoría de las veces, a los adultos ya no les gustan las cosas de la infancia. Cambiamos. Así es la vida, primito”.
Pues qué vida tan hija de la chingada, tan traidora, pensé, y me alejé de Naty, meditabundo, rumiando lo que me había dicho.
Y ahora que oigo de nuevo a Lorenzo de Monteclaro (los albañiles se están clavando en los oídos y el alma “El señor de las canas”), me doy cuenta que muchas cosas de la infancia me siguen gustando mucho, que no me he alejado del niño que fui, que soy todavía aquel que se alegra con el viento, que le gusta ver la luna y las estrellas, que se siente feliz sólo con cerrar los ojos y soñar, y que también sueña con los ojos abiertos, fascinado del aire nomás, de la lluvia, de la vida…
Y que sigo queriendo tanto, como cuando era niño, a mi prima Natividad, a quien abrazo en estas líneas.
En esta ironía lo que interviene es el origen de un hecho concreto en un tiempo y un espacio preciso; sujeto al juego de la contradicción. Estas colocaciones se vuelven manipulables en el ámbito periodístico. El escenario que pudo ser lineal se trueca para ganar mayor público.
Hay frases que dentro de momentos inesperados aluden a mejorar estas contradicciones que pudieron ser propicias como: “no hay mal que por bien no venga”.
Para Schoentjes, la ironía del destino (o situación) se encuentra en la vida cotidiana, sin embargo estas situaciones han dejado huellas trascendentales en muchos eventos: “Este sentimiento se observa hasta en las historias más simples que se pueden resumir en algunas palabras: desde Guillotin guillotinado (…) ladrón robado…” (Schoentjes, 2003, p. 47).
Estos eventos se producen precisamente dentro de la línea de la fatalidad. Uno de los ejemplos que da Schoentjes en su libro de Poética de la ironía dentro de este contexto y, a su vez, intrínsecamente dentro de la narrativa, es el cuento de El patito feo de Andersen, que ha dejado su imagen grotesca para convertirse en un hermoso cisne.
A lo largo de la historia de la literatura se encuentran estos accidentes o peripecias del destino: Edipo Rey, Don Quijote de la Mancha, La vida del buscón, Lazarillo de Tormes… son algunos ejemplos que se encuentran dentro de la narrativa.
la ironía de situación pervierte la relación entre el ser y el parecer de los personajes. Nuestra visión convencional del mundo nos demanda la identidad de apariencia y realidad y supone que lo que parece es. La ironía es precisamente la que desmiente esa verdad (…) para la ironía no es oro todo lo que reluce. (Schoentjes, 2003, p. 53)
El mal y el bien se mezclan en la vida cotidiana, los convencionalismos están diseñados para todas las sociedades y el bien común, pero ¿qué pasa cuando brincan destellos de simulación o de situación con el fin de gozar las carencias o caer en los yerros del destino?
La persona, en este caso el autor, está consciente de su chanza y usa una técnica que está acostumbrado a manejar cotidianamente. Para manejar la ironía es necesario tener el pensamiento fijo a una base condicionada por el contexto social en donde se vive y requiere un desarrollo amplio de diferentes informaciones, incluyendo los significados del hablante que llevan una intención. Dentro de estos intercambios están las convenciones afectivas, sociales y culturales. Estas informaciones se complementan y crean una ironía más minuciosa.
La tragedia encendida de los hombres es al mismo tiempo un espacio expresivo: el poema, y un espacio geográfico: Grecia. Sin duda no hay una cultura más citada y reelaborada que la griega, Jorge Abarca regresa a Itaca para observar con sus modernos ojos el mundo de Pericles del siglo V a.C., camina por las empolvadas veredas de los pueblos donde surgió parte de la filosofía presocrática, relee sus preceptos, y escucha a lo lejos las rapsodias homéricas.
Jorge escribe sus poemas entendiendo que Occidente debe los puntales más profundos de su civilización a Grecia, por lo que ubica a los griegos como uno de los padres de las artes y las ciencias; pero sobre todo del humanismo.
Abarca explora los conceptos antiguos: poema y poeta. Si bien, para Platón el más grande poeta es Homero, Jorge posa su mirada tanto en la épica homérica, como en la lírica de Arquíloco:
“Su nombre lleva el peso de un demonio
con la llama en la punta de su lanza,
quemante partitura con que avanza
en los inmensos mares de los Jonios».
Vemos al poeta rebelde, su lanza mata al enemigo; pero también destila versos rabiosos, ahí va cruzando el mar de los Jonios dispuesto a contribuir a la colonización de tasos. Arquíloco es pieza fundamental en el libro, ya que conjuga los dos oficios que alimentan a su vena poética: Arquíloco fue a la vez soldado y poeta.
En Arquíloco podemos ubicar al poeta que se constriñe a su individualidad, canta su sentir desde su propia experiencia; sin embargo, Jorge Abarca nos muestra la otra cara, la voz épica en Homero:
“Soy Homero, la nota más brillante
del alfabeto y su música de aliento,
en los amaneceres palpitantes
de toda la amplitud del firmamento”.
En ambos poemas, los versos fluctúan en aproximaciones silábicas al endecasílabo; los ritmos se modulan a partir de la temática y la naturaleza del lenguaje elegido. Al hablar de Arquíloco, el autor lo hace a través de una voz poética que se ubica en la omnisciencia, observa y retrata; por el contrario en Homero la voz enuncia desde la primera persona, su grandeza se describe en la fuerza de los versos. Homero se presenta como la nota más brillante del alfabeto, un alfabeto creado desde las florituras de los Fenicios; pero también a partir del lenguaje primigenio del poema.
El soneto que abre el poemario centra su temática en la guerra, una constante en todo el libro. El poema lucha desde los recursos de la estética contra la inmisericorde guerra a grado tal que la convierte en sujeto, ésta se desenvuelve en toda su ferocidad, se yergue en el ritmo de los versos para llenarse de contenidos semánticos. La Guerra es ahora un ser que se individualiza, adquiere personalidad y nueva fuerza. Abarca nos muestra el siguiente terceto:
“Profundo es el latido de la Tierra,
del insaciable músculo de Guerra
encerrado en la música que nombro”.
Jorge Abarca realiza sus prolegómenos anunciándonos la naturaleza estética de su libro, el músculo de Guerra está encerrado en la música de los poemas. Y es menester decir que nuestro autor construye su poesía desde una rigurosa elaboración de estructuras musicales, tonos y semitonos, metros clásicos y versos libres que se armonizan para conseguir excelentes pasajes poéticos. Sus sonetos y tercetos encadenados parten de tonos altos, rozando en muchas ocasiones los ecos del canto.
Jorge Abarca escribe sobre Grecia sabiendo que los filósofos y héroes que aparecen en sus versos han sido soñados por miles de hombres y mujeres durante siglos, entiende que sus creaturas son parte de ese sueño inmemorial, y esa es su apuesta, invitarnos a soñarnos en la Grecia antigua. En el poema Los minoicos nos aproxima a la grandeza griega, es decir el poeta tiene una organización cronológica de su material, los minoicos aparecen como ese pueblo prehelénico que habitó la isla de Creta, la siguiente estrofa es ejemplar:
“En todo el esplendor del firmamento
de los antiguos cretenses, como Minos,
una forma de luz su pensamiento:
sobre el olivo, los vinos y el trigo”.
Jorge Abarca encuentra su respiración “natural” en el endecasílabo, este tipo de verso lo encontremos en todo el poemario, por momentos recurre a las rimas asonantes y en otras a las consonantes. Abarca refiere a la cultura minoica como un momento de esplendor, Minos representa a los antiguos habitantes de la isla de Creta, y realiza la comparación trópica al decirnos que el pensamiento de dicho pueblo era luminoso, y el remate del cuarteto goza de singular belleza en su construcción de enumeración, colores y texturas, sonidos, tonos y semitonos. Los sustantivos: olivo, vinos y trigo, tienen la combinación fonética parecida, fijando los sonidos rectores en dos vocales, la i y o, el orden a su vez es preciso, primero la i y después la o.
Jorge Abarca presenta al poema a la manera de Antonio Quillis, al comprender al poema como un texto lingüístico en el cual el lenguaje, tomado en su conjunto de significante y significado como materia artística, alcanza una nueva dimensión formal, que, en virtud de la intención del poeta, se realiza potenciando los valores expresivos del lenguaje por medio de un ritmo pleno.
La combinación de significante y significado y sus diversas implicaciones estéticas se encuentran sumamente cuidadas por Abarca, jamás pierde de vista que, a pesar de las rigurosas estructuras que utiliza, está frente a una materia artística, sentimiento, visión sensual y técnica logran acoplarse para generar una forma nueva de expresión. Abarca potencializa los valores expresivos del lenguaje mediante el cuidado de los ritmos. Nuestro autor marca su tonalidad en lo alto, la partitura se compone desde ese primer acorde.
La tragedia encendida de los hombres es una invitación para viajar por un sueño, recorrer en la cresta del ritmo lugares ignotos y familiares, ver nuestro propio rostro en el brillante escudo de los héroes homéricos, observar a la humanidad en los ojos de Príamo y en el noble gesto de Aquiles, escuchar el eco de la luz en el profundo pensamiento de los filósofos y sus elucubraciones. Este libro es una puerta de excelentes versos hacia el infinito.
Encadenados al fuego**
A Alejandro Aldana
El fuego se devora a sí mismo,
verdad encadenada rebelándose:
llama doble.
Sombras salen de las cavernas
del monte Helicón,
armonía de dioses ciegos
que saben y dominan todo.
Como los hombres ahogados
dejan su rastro en la noche,
asesinan el cielo,
cazan buitres en la roca del Cáucaso:
naturaleza herida de nombrar las cosas,
vacío de llenar la oscuridad.
Nada los detiene, ni la misma Nada,
ni la tierra ni su nombre
que niega sus pasos.
¿De qué dioses están hechos,
que siguen encadenados al fuego?.
Fotografía: Shitterphoto.
*Sobre el autor:
David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.
**Sobre el poema:
«Encadenados al fuego», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.