Por Ilse Ibarra Baumann

Al borde de la ironía

            

Cuando se habla de verdad se está en tierra firme. No hay dobleces ni disimulos; no hay burlas o engaños. Esta zona pertenece a la formalidad, a los valores que ocupan un lugar real. 

Cuando la ironía se presenta con toques de verdad el valor de lo dicho se ha fragmentado, representa la imagen de un espejo roto. Esta posibilidad fuera de orden no puede ser absoluta, por lo tanto, está en el borde de que su “verdad” carezca de seriedad. “La seriedad del serio no le conviene a la seriedad de la ironía: en la medida en que ésta emprende otro camino, su verdad será de distinta naturaleza.” (Schoentjes, 2003, p. 179). 

El lenguaje es asombroso, cuando se habla se remueve desde el interior; a veces se altera la significación y cambia el rumbo pero siempre se está en constante vaivén, si el decir en serio es estabilizar una idea, el irónico tratará de modificarla; mejorará su agilidad mental de dualidad al paso del tiempo y de la práctica para terminar siendo un irónico agudo, sus acciones se tornan inmanentes a su modo de expresar y muchas veces pasarán inadvertidas en el ámbito exterior, apenas si dejarán rastro; pero por dentro se ha configurado; él es producto de una disciplina.

No hay manera de evitar que sus acciones se labren. Él es por lo que hace y se retroalimenta regresando a su verdad oculta. Para el crítico literario canadiense Northrop Frye: 

“El término ironía designa una técnica que consiste en mostrarse inferior a lo que en realidad se es; esto en literatura se convierte casi siempre en una técnica que consiste en decir lo menos para significar lo más, o, de manera más general, se trata de una disposición verbal que se aparta de toda afirmación directa o de su propio sentido manifiesto” (Schoentjes, 2003: 182)

Northrop regresa en su definición a la antigua ironía socrática: “yo sólo sé que no sé nada”. El significado, en resumen, que dio Helena Beristaín sobre la ironía es: oponer el significado para burlarse. Se podría decir que el fin último de la ironía es dejar en ridículo a alguien. 

Pero dentro de esta figura que afecta la lógica del pensamiento se han adosado otras que pueden componer una estructura parecida. “La ironía cuenta con muchas prácticas, como la sátira, el humor y lo cómico, el sarcasmo y el cinismo, y la parodia.” (Schoentjes, 2003, p. 183). 

La sátira, que viene del latín y etimológicamente hablando proviene de satura, representa algo colmado, saturado. El fin de los versos satíricos era poner a alguien en ridículo por sus defectos morales o las causas que éste origina infringiendo abusos a la sociedad. 

La diferencia que estriba entre estas dos figuras como lo menciona Pierre Schoentjes sería: “Mientras que la ironía propone una pregunta y se esfuerza por poner en entredicho las verdades, la sátira impone una respuesta inferida de una norma moral rígida”. (Schoentjes, 2003, p. 185). 

El satírico se siente poseído de una moral superior, hoy día está tan adolecida la moral que es difícil encontrar a la sátira como un ejercicio literario en crecimiento. “La ironía es siempre (…) una adhesión, se muestra más lúcida y menos moralizadora que la sátira. El irónico puede ser crítico, pero cuando lo es, se expresa al menos en una cierta comunión de espíritu con su víctima.”  (Schoentjes, 2003, p. 186). 

Este servicio que le presta la víctima es necesario para salir un momento de su mundo, se ríe de lo que lo frustra pero sin hacer evidente su desilusión. El irónico no critica para dar una retroalimentación, anda buscando los errores de los demás en los que él pueda tener una cabida de solidaridad disimulada. “La ironía es mejor pedagogo que la sátira en tanto pide la participación del que interpreta. (…) la agresividad de la sátira va mucho más allá que la de la ironía.” (Schoentjes, 2003, p. 186). 

El sarcasmo es una cierta ironía pero en sentido cruel o ridículo. Un ejemplo de la diferencia entre estas dos figuras que se asocian lo da Hugo Pratt en su obra en voz de uno de sus personajes: “«Tú quisieras ser irónico, pero sólo llegas a sarcástico (…) y entre los dos hay la misma diferencia que entre un eructo y un suspiro.»” (Schoentjes, 2003, p. 193).

El cinismo es un acto fuera de las normas, es el desprecio hacia los convenios sociales que resalta sobre lo demás. Para la escuela cínica liderada por Diógenes, el hombre virtuoso es aquel que satisface su vida con las modestas necesidades que da la naturaleza. Si el hombre se apega al poder, a la riqueza, a los placeres… entonces se vuelve despreciable y lo harán entrar en razón arguyendo el desvarío de sus ideas de manera peyorativa hasta llevarlo a la insolencia. 

“La maldad del cinismo no se explica por una animosidad hacia una persona, pues los ataques más bien se dirigen para socavar los cimientos convencionales de la moral de los hombres para encontrar una ética que estaría próxima a la naturaleza. (…) el cinismo vuelve todas las verdades del revés y se procura su satisfacción viendo la ruina que deja tras de sí” (Schoentjes, 2003, p. 194).

El pastiche representa la imitación de una obra ya sea por su fondo o su forma. Se sustenta en el intertexto y reincide en el acercamiento y la verosimilitud hacia el texto literario. Esta práctica se puede concebir de dos maneras: por la admiración al autor que lo lleva a una imitación fiel (podría lindar con el plagio) o por señalar (irónicamente) los defectos en las que incurre el autor. 

“La ironía del pastiche es, pues, una ironía obtenida mediante el acrecentamiento de las particularidades estilísticas y la exageración de los juicios aceptados. Mediante la hipérbole, la ironía se apoya en un ejercicio de expansión (…) utiliza la antífrasis cuando, so pretexto de magnificar a un autor, lo que hace es mostrar sus defectos” (Schoentjes, 2003, p. 196-197).

La parodia es imitación de una obra, de un género, de un estilo, de un tema en forma de burla. A diferencia del pastiche, permite que la imitación que realiza sea adivinada. Cuando el autor logra transmitir esta exhibición de su dominio dentro de obras clásicas (aunque no siempre tiene que recurrir a cánones de la literatura), demuestra sus conocimientos sobre los demás. 

Don Quijote de la Mancha es una parodia a las novelas de caballería. “el término parodia se usa mucho hoy día para referirse a las ironías que tienen relación con la intertextualidad, desde la alusión concreta hasta la reescritura, pasando por las (seudo-)citas de longitud variable” (Schoentjes, 2003 p. 200), y siendo irónicos y congruentes con todo este apartado.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Fotografía: cottonbro

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Sobre el artículo:

Los textos de las serie corresponden al volumen <<La ironía, esencia de Juan José Arreola, con énfasis en La parábola del trueque>>.