Por Ilse Ibarra Baumann

El zorro en el espejo

Al analizar el sentido irónico se determina su carácter de ser. Equiparar a la ironía con otros objetos es fijarla a la fama que se ha hecho a lo largo de su historia. Este disimulo manipulado por el hombre, que a la vez es lineal-perfecto y secreto-imperfecto ha sido relacionado con el zorro. 

es la tradición popular la que atribuye a este animal las mismas cualidades y defectos del irónico: los dos son inteligentes y hábiles, pero al tiempo simuladores y peligrosos. La ironía es astucia y toda la ambigüedad de esta palabra, sus connotaciones positivas y negativas se encuentran encarnadas perfectamente en la figura del zorro. (Schoentjes, 2003, p. 169)

La astucia del zorro lleva a la desconfianza. En el momento en que se emplea a este animal como objeto de artimaña para sus propios fines, se puntualiza en que el ejecutor de la fábula parte de unos conocimientos verdaderos incapaces de generar consideración. 

A lo largo de la literatura se encuentra este tipo de comparación dando una doble vía al significado ya que encajonar a la ironía en una sólo idea resulta insuficiente. Tomar al zorro como ícono de artimaña ha sido usado por muchos escritores, entre ellos está Shakespeare: “Falso de corazón, ligero de oído (…) en astucia, un zorro” (Shakespeare, 1982, p. 43). 

El creador de los dobles sentidos siente la obligación de enseñanza a su adversario, lo hará ver sus errores partiendo de un hecho real. Familiarizado con los yerros que lo han vuelto más consciente de su realidad, hará que los malos momentos aparezcan en boca de otros o en situaciones de otros. 

La espada, con su doble filo, actúa también como un emblema más de la ironía. La lengua también se considera una espada de doble filo. Por un lado hiere y por el otro se protege ¿se miente o se dice enserio? ¿Cómo se puede conocer el bien sin haber probado el mal? 

Lo irónico se encuentra cuando se exhibe el bien y trata de alcanzar la maldad. Sin embargo, si se expusiera el mal (que llama más la atención) se caería a la impotencia de la realidad. En la vil flaqueza humana cargada de errores, el necio rumbo del hombre. Pierre Schoentjes dice: 

Mientras que la imagen del arma acentúa la agresión en la ironía, la de la máscara recuerda el disimulo que le es propio. Este cambio de acento no significa que haya desaparecido toda idea de violencia: la caperuza del verdugo es una máscara e, incluso fuera del contexto del castigo, se reconoce la superioridad del enmascarado sobre el que va a cara descubierta. (Schoentjes, 2003, p. 172)  

La máscara actúa como un instrumento que se coloca antes de, muchas veces se adapta tanto que su fingimiento se vuelve casi real, digamos que dentro existe una doble influencia: positiva y negativa o real y ficticia. 

Como dice Octavio Paz en Máscaras mexicanas “En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla” (Paz, 1972, p. 26) pero es una muralla de desdicha, porque se ha optado por no respetar la condición humana y trata de figurarla. “¿hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es así mismo a quien se engaña? El mentiroso se miente a sí mismo: tiene miedo de sí.” (Paz, 1972, p. 30) 

Pero la máscara no puede ser perene, una y otra vez se superpone y poco a poco va revelando esa realidad oculta que trata de confundir.

            Otra de las representaciones de la ironía es el espejo que desarrolla una o más imágenes a la ya existente. Para Schoentjes a diferencia de la máscara que cubre la cara, el espejo pone una misma cara que es un doble. Lewis Carroll en Al otro lado del espejo cita la palabra clave con la que Alicia dice la mitad de sus cosas que es “Finjamos…” por lo tanto va a fingir que la imagen que aparece en el espejo recobra una vida distinta a la que es, sin embargo le dice a Kitty: “los libros son más o menos iguales a los nuestros, sólo que las palabras corren a la inversa. Lo sé, porque he acercado uno de nuestros libros al espejo, y luego sostienen otro en la otra habitación.” (Carroll, 1972, p. 121) 

            Aquí existe un juego de analogía, que si bien es lo mismo, su posición es relativa. “La inversión irónica que realiza el espejo no abarca sólo el yo, sino también el mundo. Por eso trastorna la jerarquía entre el arte y la naturaleza, entre la representación y la realidad” (Schoentjes, 2003, p. 176) 

El espejo actúa como un medio virtual para mirar la representación mejor de un objeto, nos lo duplica. Se sabe que no son dos, sino que la superficie plana ha robado la imagen para generar nuevos estímulos.   

            El zorro, la espada, la máscara y el espejo son parte de los artificios con los que cuenta el irónico en su turbación al haber enfrentado este mundo real, le permite distanciar lo que es de lo que desea. Muchas veces es preferible abdicar detrás de, que enfrentar. Se ha engañado él mismo y será mejor aparentar modestia que vanagloriarse. Por eso, cuando Pierre Schoentjes menciona la cita del Diario de Jules Renard: “La ironía es el pudor de la humanidad” (Schoentjes, 2003: 172) no se sabe si es preferible conmoverse del irónico que condenar sus burlas. Entre su ser y su parecer ha puesto un muro; al fallarse internamente trata de redimir su culpa insertando a la vida el sueño ideal o mofándose de él. Faltándole al respeto lo ve de cerca en la informalidad.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Fotografía: cottonbro

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Sobre el artículo:

Los textos de las serie corresponden al volumen <<La ironía, esencia de Juan José Arreola, con énfasis en La parábola del trueque>>.