Del amor como maldición del tiempo

Por Alejandro Aldana Sellschopp

para: Luz y Emiliano

   

Tuve la fortuna de editar La lluvia en las hojas del platanar. En el lejano 2007, Héctor Cortés me llamó para contarme de la novela y su autor; pronto tuve el manuscrito, lo leí con calma, sopesando cada línea, marcando el ritmo de su prosa limpia, ubicando personajes y líneas argumentales, inmediatamente supe que estaba frente a un texto interesante; no podía creer que se tratara de una primera novela, la complejidad de la estructura me cautivó una vez que comprendí su detallada construcción. Publicamos el libro y pasé algunos meses regalándolo a amigos, escritores y lectores de toda estirpe. Los años pasaron, vinieron nuevos títulos, otros rostros y estilos literarios, hasta que una mañana Roger me llamó para contarme que se reeditaría su novela y me solicitaba una especie de prólogo o introducción. Volví al libro, nuevamente lo leí con atención, calibrando ritmos y tonos, tramas y subtramas; sin duda el libro merecía la reedición, reafirmé mi idea original, Roger Gómez Espinosa era un escritor talentoso, y me preguntaba, me sigo preguntando, por qué se alejó de la literatura, qué pudo ser tan fuerte para apartarlo del huracán de la creación. ¿Miedo disfrazado de prudencia? ¿Terror oculto en el consabido respeto al silencio? Y me pregunté una y través, me lo pregunto ahora, ¿Cómo te puedes curar del fuego?

            Heráclito Gonzáles nació porque así lo quiso, la voluntad se impuso al destino, la existencia no es más que retornar siempre, parece que nos dice el personaje desde su limbo eterno, el ser gira en torno a un punto concéntrico, se revoluciona en una espiral ascendente, la luz y la oscuridad se confunden en la vertiginosa levedad del tiempo. 

            Heráclito es el hijo de un panteonero, los trabajos de la muerte le son tan cercanos que no la teme, aprende a convivir con ella. Heráclito es un espíritu, un alma que vaga por las veredas de las montañas, es una historia que se cuenta en pueblos olvidados, un eco prolongado y oscuro.

            Roger Octavio Gómez crea un personaje que contiene muchas vidas, una diversidad de significaciones, la transliteratura se desarrolla al resignificar varias tradiciones: la griega, la prehispánica, las leyendas coloniales. El nombre mismo de Heráclito nos recuerda al filosofo presocrático Heráclito de Éfeso, conocido como El oscuro, quien afirmó: “Se unen: completo e incompleto, consonante-disonante, unísono-dísono, y de todos se hace uno, y de uno se hacen todos”, y la vida de Heráclito Gonzáles no es más que la búsqueda de los contrarios, la eliminación de la pluralidad para retornar a lo Uno. 

            En los pueblos infestados de moral cristiana y pequeño-burguesa, Heráclito es la parte negativa, se trata de un hombre pobre, que no tiene ni el consuelo del destino; por el contrario Alejandra es la luz, lo elevado, la sublimación de la existencia, el amor. El binomio dialéctico se establece desde su primer encuentro. 

            Roger Octavio, centra la posición económica y social del desventurado Heráclito, en su calzado; la primera vez que éste va a pedir la mano de Alejandra se presenta con huaraches, la segunda calza huaraches de cuero cocido y la tercera botines de cuero negro, “…hasta parecía un señor.” Lo negativo y lo positivo se buscan eternamente, no pueden ser sino en la unión, es por ello que el eterno retorno se convierte en un elemento de profunda significación. 

            El nombre Heráclito, nos lleva también al héroe griego Heracles, hijo de Zeus, que lo procrea con Alcmena haciéndose pasar por Anfitrión. Hera la mujer del jefe de los dioses, no soporta la infidelidad, una entre mil, de su consorte y trata, por todos los medios, de vengarse en la humanidad del desdichado Heracles, que en la cultura romana paso a llamarse Hércules. 

            Roger Gómez traslada al héroe mitológico al tiempo moderno, lo inserta en una tradición diferente, llena de rezos, velas, santos y supersticiones. Heráclito nos recuerda, al igual que Hércules, que la verdadera hazaña del hombre es superarse a través del trabajo, el esfuerzo personal es tan importante como la protección de los dioses. Es por ello que cuando Heráclito es “tentado” por el ingeniero agrónomo, que le promete ayudarlo a producir la tierra, éste le contesta: “No, señor, a mí me gusta esforzarme, así siento que las tortillas son mías. No me gusta que me regalen nomás por regalar, ni firmar cosas que no sé leer. Dígale al señor Anónimo, dígale que eso dijo Heráclito Gonzáles”, (Gómez Espinosa, 25:2007). 

            Hércules vive en un impasse, goza al mismo tiempo de la naturaleza divina y humana. Heráclito es el ahijado de los dioses, santos que desde lo alto observan su devenir en el mundo. La novela nos presenta un conciliábulo de santos chocarreros y, como los dioses griegos, llenos de todas las pasiones humanas. Estos benefactores guían y protegen a su ahijado, interceden por él, le enseñan el camino de la virtud, hasta que trágicamente lo abandonan. Heráclito queda a merced de su humanidad y se pierde, se ahoga. 

            Hércules representa al héroe que bebe sortear una serie de pruebas, doce trabajos, para liberarse de la nefasta influencia de Hera. Heráclito a su vez se presenta frente al finquero César, para resarcir la deuda de su abuelo, para ello realiza una continuidad de trabajos, para conseguir la ascesis, el mismo Heráclito pide la imposición de pruebas: “Usted dirá. El abuelo ya no puede y yo tengo fuerza para trabajar. Nomás que no me quiero quedar vendido como él. Póngame trabajos fuertes para pagarle pronto”, (Gómez Espinosa, 40:2007). 

            La primera tarea fue tan sencilla que pareció una broma de tan baladí, sin embargo, fue la más comprometedora de todas, ya que en su cumplimiento el muchacho se condenó al amor. Don César lo mandó a comprar azúcar a la tienda del pueblo, ahí conoció a Alejandra y le dijo con la desfachatez de la juventud que se casaría con ella. 

            La relación que se establece hacia la liberación de Heráclito es la siguiente: 

            Pobreza—Trabajos—encuentro con Alejandra—Trabajos—Amor realizado—Muerte—-Divinización.

            Pobreza: Heráclito es un joven que vive paupérrimamente, parece que su sino es vivir y morir pobre; sin embargo, la deuda contraída por su abuelo lo obliga a cambiar su situación, ahora deberá trabajar duro para resarcir la deuda. 

            Trabajos: Las pruebas comienzan con una sencilla tarea: comprar azúcar. Conseguir la dulzura de la vida lo conduce a edulcorar su relación, a transformar su mundo, al conocer a Alejandra. Ahora su situación es otra, buscará merecer a la muchacha, hija de un poderoso finquero. 

            Las pruebas colocan a Heráclito en una franca lucha con elementos mágicos. Naturaleza y magia se combinan. La segunda prueba fue la limpieza de los establos. No es más que la limpieza de los establos de Augías, donde la fuerza de Heráclito se hace patente.  

            La tercera prueba fue dominar a un jabalí, Roger Octavio Gómez Espinosa logra mimetizar dos correlatos: la mitología griega y la leyenda chiapaneca. El texto abandona su cualidad realista, para situarnos en una narración alimentada por el realismo mágico: los animales hablan, los muertos siguen vivos, los santos intervienen en la vida de los hombres. Heráclito coloca un freno en el hocico de la cerda, jabalí, para que no siga dañando las milpas. Estamos frente al mítico Jabalí erimantio y la cerda enfrenada.  

            El cuarto trabajo fue dominar a un puma que había matado al ganado de don César. Sin duda se establece la traslación del momento cuando Hércules mata al León de Nemea. Heráclito mata al león ahorcándolo con sus propias manos, lo cual nos da una idea de la fuerza del personaje. Fuerza física y determinación de carácter se unen en la hibrys de Heráclito.

            El quinto trabajo fue dominar al toro cimarrón, una portentosa bestia que comenzó a hacer estragos en la propiedad del patrón. Heráclito lo enfrentó toreándolo, la fuerza y velocidad del “héroe” logró cansar al animal hasta hacerlo desfallecer. Sin embargo, Heráclito no salió incólume, el toro lo hirió en el estómago. Una vez curado fue a la iglesia para agradecer a los santos por su recuperación, y ahí volvió a encontrarse con Alejandra. El Toro de Creta condujo a nuestro “héroe” a reencontrarse con la persona que se ha convertido en su verdadero destino.  

            El sexto trabajo fue atrapar una recua de yeguas. Se trata de Las Yeguas de Diomedes. Heráclito logra dominar a un tordillo que era el líder de las yeguas, lo domó con muchos esfuerzos, pero finalmente pudo llevar las yeguas a la finca. El caballo aquel se convirtió en su aliado, hasta que tuvo que cambiarlo por una mancuerna de bueyes, para lograr el amor de Alejandra; siempre el amor tras cada una de las pruebas, el amor como salvación y condena. 

            Heráclito cumple con seis de los doce trabajos de Hércules. Vendrán después nuevas pruebas, aquellas que el padre de Alejandra le impondrá como requisito para concederle la mano de su hija. Trabajar el huisachal hasta hacerlo producir. 

            Las pruebas o trabajos representaron para Hércules una forma de liberación, en el caso de Heráclito fueron su perdición, sin que éste se diese cuenta, ya que gracias a su cumplimiento se unió cada vez más a Alejandra, condenándose a la inmortalidad, a regresar eternamente a buscar su amor. 

            Heráclito muere y se diviniza, sin embargo, repetidas veces pide, exige regresar. El eterno retorno se platea como una dicotomía entre la necesidad que se establece en la naturaleza y el libre arbitrio del hombre. Aún cuando la idea del eterno retorno, podemos encontrarla en los griegos, Roger se apoya en las consideraciones de Federico Nietzsche, en el sentido de que volverán a suceder las mismas cosas, en los mismos momentos y en las mismas formas sin intervención externa. Cuando hablamos de intervención externa, nos referimos a la acción de dios; aquí Roger se aparta de Nietzsche, ya que sí existe intervención externa y es la de los santos que permiten el regreso constante. Es curioso que en el mundo de Heráclito dios pasa a formar parte de una realidad aparte, la autoridad divina la tienen los santos, y es que la sociedad que Roger nos muestra está construida con base a una religiosidad profunda, muy propia de los pueblos latinoamericanos, por lo que la relación con lo trascendental se establece desde la superstición: encender velas, rezar, pedir y agradecer. Los muertos no mueren del todo, siguen relacionados con los vivos de muchas maneras. Es por ello que en la novela percibimos la presencia marcada del mundo de Juan Rulfo, no es casualidad que uno de los personajes se llame Eduviges, cuya genealogía se remonta a Eduviges Dyada. 

            El lector tiene una novela interesante, con una estructura arriesgada, bien equilibrada, donde la polifonía apoya y enriquece el tejido narrativo. Narran los vivos y los muertos, el pueblo entero en un coro griego, que nos lleva por los caminos del infierno del amor, narra el alma de Heráclito, los testigos, los chismosos.             

Heráclito muere de una forma profundamente simbólica, se ahoga en un río, y de qué otra manera podía morir alguien con ese nombre, ahogado en el río del tiempo, ese tiempo que eternamente se muerde la cola.   

Fotografía: Tobias Rehbein.

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).