Voces ensortijadas 18

Nutrir el alma

María Gabriela López Suárez

Josefina estaba terminando de cepillarse los dientes cuando escuchó  el claxon, era el colectivo de don Genaro que había llegado para llevarla al trabajo. Se apresuró a ver el reloj, eran las 7:20 de la mañana. –¿Y ahora qué le habrá pasado? Vino 20 minutos antes, sin avisar. ¡Ay, no! –Dijo en tono desesperado.

Tomó su bolsa, jaló su refrigerio. Salió corriendo, no sin antes cerciorarse de cerrar bien la puerta.

Subió al carro y saludó a don Genaro. El conductor explicó a Josefina que había llegado antes porque había un retén en el camino que siempre tomaban. Ahora necesitaba recorrer otro tramo y le llevaría unos minutos más.

–¡Muy bien! Gracias por preverlo don Genaro, usted siempre tan cuidadoso –señaló. Por dentro su corazón aún estaba agitado por la prisa de los últimos minutos.

Revisó el reloj nuevamente, 7:27, faltaba un rato para llegar al rumbo donde vivían Corina y Mateo, sus colegas del trabajo. Josefina era quien vivía más lejos, fuera de la ciudad. Por eso pasaban primero por ella. Pensó que aún le daba tiempo para dormitar unos minutos. Se dio cuenta que no podría, don Genaro iba escuchando música y tarareando alegremente la canción Buenos días señor sol, del cantante Juan Gabriel. 

En realidad la canción no le disgustaba a Josefina, por el contrario, el ritmo le fue contagiando y decidió observar el paisaje,  era un rumbo que no conocía. Se percató que aún llevaba entre las manos la bolsa del refrigerio. No recordaba qué se había preparado para comer ese día. Con la actitud de niña curiosa revisó rápidamente, granola, fruta picada, panecillos de cacao que le habían quedado de la cena y su bote con agua. Nada mal para amortiguar el hambre y también, son cosas nutritivas, pensó.

 Volvió la vista al paisaje, el sol comenzaba a asomarse detrás de  las montañas,  lo nutritivo quedó resonando en su mente. ¿Y qué hay de nutrir el alma? Alguna ocasión se lo había preguntado,  últimamente lo tenía en el olvido.  Estuvo a punto de preguntar a don Genaro qué pensaba de nutrir el alma,  pero él seguía cantando,  ahora le hacía coro a Joaquín Sabina. 

Así que Josefina empezó a tener un diálogo interno. ¿Para qué nutrir el alma? Para estimular el caminar cotidiano, ése lleno de vicisitudes, de ires y venires, de alegrías y tristezas, para continuar con nuevos bríos después de tropezar o caer. ¿Qué nutre mi alma? Con la vista puesta en los árboles floreciendo en primavera fue respondiéndose, estar en contacto con la naturaleza, amar a mi familia, mi pareja, mis amistades, enlodarme las manos mientras remuevo la tierra para apapachar las flores, viajar en autobús y a través de la literatura, cocinar para compartir, oler flores, guardar pétalos y hojas en la mitad de los libros, respirar conscientemente, escuchar anécdotas de mis ancestros y mi pueblo, hacer las libretas con hojas recicladas que me pide Corina y su hijo Joshua…

–Lic. Jose, ¿le molesta el volumen de la música? Hasta ahora me di cuenta que no le pregunté y nomás me puse a cantar –comentó don Genaro.

–Para nada don Genaro, hay que empezar alegres el día. Sabe, cantar es una manera de nutrir el alma. ¡Mire qué rápido llegamos! Ahí están ya en la puerta Corina y Mateo saludando con su mano, listos  para ir al trabajo –dijo entusiasta Josefina, mientras agitaba la mano afuera de la ventana respondiendo al saludo.

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Fotografía:  Aldo Picaso