Voces ensortijadas. 16. Los susurros en la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 16

Los susurros en la noche

María Gabriela López Suárez

Quizá les haya sucedido, a veces una no presta tanta atención a lo que nos rodea, por ejemplo, a los momentos que tiene el día. Me refiero a lo que va caracterizando  el amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la madrugada. Si nos detenemos a contemplar el cielo, hallaremos rasgos particulares, y también en todo el ambiente que nos rodea. Me he percatado que, normalmente, los gallos comienzan a cantar a eso de las seis de la mañana. Las aves trinan casi a esa hora. Y también es agradable escuchar las parvadas de loros por las mañanas o las tardes, cuando se acerca la puesta del sol. La algarabía de los loros es inmensa en ambos momentos.

La gente que ha crecido en el campo sabe distinguir la hora con ver la posición que tiene el sol. También es asombroso cuando al echar un vistazo al cielo saben si hará calor, si es segura o no la lluvia y si habrá frío o mal tiempo, como suelen decir.

Las tardes también tienen su encanto, las puestas de sol son un deleite. En cada espacio donde estemos tiene su elemento a destacar, aún cuando sean días de lluvia. Y qué decir de la noche, tiene magia que vale la pena descubrir, en algunos espacios urbanos aún se tiene la fortuna de escuchar el canto de los grillos, o en época de lluvias el croar de los sapos. 

Sin embargo, estar en el campo o en la selva, alejado de los ruidos propios de espacios citadinos, hace que nuestros oídos puedan disfrutar o conocer otros paisajes sonoros y nuestras pupilas contemplen  el cielo estrellado, o una noche llena de relámpagos después de la lluvia.

Entre los susurros en la noche además de los grillos, está el ladrido de los perros que toma cierto ritmo primero ladra uno, dos, luego más adelante se escuchan más. El sonido del viento crea atmósferas que  dan efectos diversos, es una especie de silbido agudo que luego si se presta atención va cargado de mensajes, sumado a el movimiento de los árboles que se mecen a su compás. Los patos suelen ser animales nocturnos que no cesan de caminar y el crash crash de su paso sobre las hojas de los árboles puede hacernos pensar que hay alguien ahí deambulando en la noche. Y sí en efecto, son ellos que de vez en cuando aletean y emiten un sonido particular. 

La noche tiene silencios que sumados a los susurros le dan un encanto especial. Esos sonidos que nos permiten descubrir lo bello de la naturaleza.

Cada que tengan oportunidad les invito a prestar atención e identificar qué les susurra la noche.

Fotografía:  Pixabay.

Voces ensortijadas. 15. Historias cotidianas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 15

Historias cotidianas

María Gabriela López Suárez

Leonor revisó la alacena, el refrigerador y comenzó a tomar nota de lo que faltaba en la despensa. También se habían terminado algunas cosas para hacer limpieza. Escribió en un post un mensaje para Patricio, Hijo, regreso al rato, voy  a comprar la despensa. Adentro del refrigerador hay licuado. Besos. Dejó el letrero sobre el comedor.

Con la cuarentena a Patricio y a ella les había cambiado el reloj biológico, más a él, aprovechando que no iba a la primaria se dormía profundamente hasta después de las 9  de la mañana. Leonor, trabajaba en línea, desde casa, en diferentes horarios del día.  

Hizo su ritual para salir, se colocó playera, pants, tenis, gorra, lentes para sol, cubrebocas. Dejó el gel antibacterial cerca de la entrada y salió al mercado. En las últimas semanas sus compras las hacía ahí, era importante apoyar la economía local. 

Observó las calles, había pocos autos. Las personas que transitaban no todas iban con cubrebocas, ni todas mantenían la sana distancia.  Iba algo apresurada. En su paso vio a una vecina del barrio, de avanzada edad caminando con dificultad, tratando de sostenerse de su bastón y la pared. Pasó a su lado pensando qué complicado sería para la señora enferma andar saliendo por el mandado, además se dio cuenta que no llevaba cubrebocas. La vecina hizo una pausa y Leonor también. Decidió regresar y preguntarle si le podía apoyar en algo. Por su mente pasó lo de sana distancia, sin embargo, era importante  ayudar a la señora. 

La vecina no reconoció a Leonor,  y menos como iba vestida, pero sintió confianza, le tomó la mano  y se fue apoyando en ella para caminar. Al principio, a Leonor, le costó seguir el paso de la señora, mientras cruzaban la calle y avanzaban se fue acoplando a él. La llevaba a una caseta telefónica. Fueron conversando. El rostro apacible y la voz tranquila de la vecina le hizo parecer a Leonor como si hubieran platicado desde siempre. En realidad, era la primera vez que lo hacían, había visto a la señora muchas veces en las actividades de la iglesia a la que ambas asistían, solo habían intercambiado miradas y saludos. Tenía rato de no verla, ahora la salud de su vecina estaba muy deteriorada.

Llegaron a la caseta, Leonor la ayudó a subir un escalón y a sentarse mientras la señora daba el número telefónico a la empleada. Se despidió de ella y siguió su recorrido. Su mente y su corazón iban con un mar de sentimientos. Se le hicieron varios nudos en la garganta, pensó en tantas personas mayores que estaban solas. El rostro de agradecimiento de la vecina se le vino a la mente. Siguió su paso.

Cerca del mercado la sana distancia se había olvidado, mucha gente sin cubrebocas. Un auto se detuvo a mitad de calle ante un vendedor ambulante, a preguntar por unos tines. – Vaya ocurrencia- pensó Leonor. Más adelante en otro puesto se dejaba escuchar la canción Help, ayúdame, de Tony Ronald, pero en versión de música de banda. El calor estaba en su apogeo.

A la entrada del mercado había un señor colocando gel antibacterial a quienes ingresaban. Leonor sacó su lista, hizo su ruta, compró su despensa. Era una odisea salir de ahí, mucho comercio ambulante, parecía que la gente había olvidado la cuarentena. ¿Acaso era la quincena que había ocasionado tal aglomeración? La economía local estaba bastante precaria ante la contingencia sanitaria, la gente necesitaba vender, ése podría ser otro motivo. Buscó la acera menos congestionada, guardó distancia del señor que iba delante de ella, alcanzó a escuchar que hablaba por teléfono y con tono alto decía: ¡Aquí en el centro hay mucha gente! ¡Vinieras!

Al pasar por un puesto de tacos vio a una mesera y un mesero en la entrada, la chica con el cubrebocas en la garganta, como tomando un receso de él y el chico portándolo bien.  A donde quiera que volteara encontraba diferentes situaciones. Iba pensando, cuántas realidades en las historias cotidianas, ésas de a pie, y ahora en tiempos de cuidado de la salud afloraban más. Patricio vino a su mente, ojalá ya se hubiera levantado, eran casi las 12 del día.

Fotografía:  Anna Shvets .

Voces ensortijadas. 14. ¡Paletas, paletas! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 14

¡Paletas, paletas!

María Gabriela López Suárez

El calor en la temporada de abril era bastante seco, la lluvia no parecía querer asomarse. Eva y Julieta tenían muchas ganas de salir a comer helados a la plaza central de su ciudad. La cuarentena no se los permitía. No era fácil para Belén y Matías explicarles a sus hijas pequeñas que debían mantenerse en casa y esperar a que la contingencia sanitaria pasara. Hacían el intento por distraerlas, pero continuaban insistiendo.

A Belén se le ocurrió que jugaran a ir a la paletería, ante esa idea Julieta, la mayor de sus hijas, dijo,

—Pero juguemos de verdad. ¡Yo quiero comer paletas de hielo!

El rostro de Belén se puso rojo, mientras Matías sonreía disimuladamente. Acordaron que el juego sería una tarde de fin de semana. Matías se comprometió con Belén a que cuando fuera por la despensa, compraría frutas de temporada para que les hicieran a sus hijas las anheladas paletas. Y así fue, mangos, fresas, duraznos y moras fueron las frutas elegidas para preparar las paletas. No les dijeron nada a las niñas, sería su sorpresa.

El sábado por la tarde, mientras Julieta y Eva jugaba a armar rompecabezas, Belén y Matías prepararon las paletas, sin que ellas los vieran. Belén preguntó qué hora era, las 6 de la tarde le dijo Matías. Hora de tirar la basura, esta vez le tocaba a Belén esa tarea. Juntó las bolsas, se puso el cubrebocas y salió a la calle.

Aunque el sol comenzaba a ocultarse el calor era aún fuerte. Al llegar a la esquina se percató que las calles estaban desoladas. Mientras volteaba del otro lado, se dio cuenta que el único que iba a casi una cuadra de distancia de ella era un señor mayor empujando un carrito de  paletas de hielo. Un sombrero pequeño, como de palma, un pantalón color beige y una playera acompañaban la silueta y el andar cansado del vendedor.  Recordó que la mayor parte de quienes vendían paletas de hielo eran adultos mayores. En plena emergencia sanitaria seguro las ventas estaban muy bajas y ellos necesitaban el salario y tenían que vender. —De haber salido antes lo habría visto y comprado paletas para hacerle el gasto— pensó.

Regresó a la casa. Se lavó las manos, rocío su ropa y zapatos con gel antibacterial casero y fue a la cocina. Entusiasmado, Matías le mostró un letrero que había diseñado de manera creativa,  para jugar a la paletería con las niñas. Al observarlo Belén imaginó al señor paletero gritando: ¡Paletas, paletas! Y a mucha gente a su alrededor, comprándole para mitigar el calor de la temporada.

Fotografía:  Annelies Brouw.

Voces ensortijadas. 13. Gardenias, jazmines y sicqueté. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 13

Gardenias, jazmines y sicqueté

María Gabriela López Suárez

Eloísa había terminado de hacer sus compras en el mercado, la emergencia sanitaria hacía que algunas personas como ella realizaran sus actividades de manera rápida en la calle. En la medida de lo posible trataba de quedarse en casa, solamente salía para abastecer la despensa por varios días.  

Iba de regreso a casa cuando vio una señora que llevaba envueltas en papel periódico flores de coyol, propias de la temporada de Semana Santa. Las reconoció de inmediato, por la textura y también por el dulce aroma que estas flores desprendían. Pensó por un instante en comprar algunas para llevar y colocar en casa, buscó rápidamente con su vista y no halló.

Caminó unos pasos más y una deliciosa mezcla de aromas de flores hizo volver su vista, ahí estaba una señora y dos niñas vendiendo flores de jazmín, gardenias y collares de sicqueté. Eloísa había olvidado que era la temporada en que vendían las flores de sicqueté en forma de collares, así como las ensartas de flores de mayo. Aunque no vio estas últimas a la venta en el único puesto ambulante de flores.

No pudo resistir la tentación de comprar unos ramitos de gardenias, el aroma era tan agradable, que le hacía evocar la naturaleza,  la frescura del campo y le dio una sensación de alegría. También se animó a llevar  collares de sicqueté, estaban muy fresquitas, eso avivaba el color naranja y el tamaño pequeño  de sus flores.

Mientras le envolvían sus gardenias Eloísa observó a la señora vendedora y a sus niñas, tenían sus bandejas con flores, listas para partir por si las autoridades las llegaban a mover del lugar donde estaban vendiendo. Ninguna usaba cubrebocas. La vendedora pidió a una de las niñas, Lupita, que pusiera los collares de sicqueté en una bolsita. Lupita, una niña con no más de diez años, estaba ataviada con un pequeño mandil de cuadritos donde colocaba las monedas de las ventas, tenía una sonrisa que le transmitió alegría, paz y entusiasmo a Eloísa, quien les agradeció los productos y se fue.

Rumbo a casa vino a su mente la imagen de Lupita y su familia, sin duda, no podían hacer caso a la  petición de quedarse en casa, eso era un lujo. Y aunque quizá sabían que se exponían, necesitaban salir y vender para obtener ingresos, así como ellas, había muchas personas más. Agradeció la oportunidad de haber aportado al menos con un granito de arena en la economía de aquella familia.

Llegó a su domicilio, se lavó muy bien las manos, dejó las bolsas con el mandado y fue a colocar las flores de gardenias en un jarrón. Los collares de sicqueté los puso alrededor del jarrón y cerró los ojos para percibir de nueva cuenta el aroma de gardenias, jazmines y sicqueté.  

Fotografía: Rk Preetham.

Voces ensortijadas. 12. El celofán color amarillo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 12

El celofán color amarillo

María Gabriela López Suárez

Era domingo de Pascua, Alba se había propuesto cocinar ejotes capeados rellenos de quesillo. Abrió el refrigerador, sacó los ejotes que previamente había lavado y se dispuso a cortarles las orillas (siguiendo la receta de su mamá). Al terminar recordó que no había sacado el quesillo. Buscó al interior del refrigerador y se dio cuenta que no había.  Sin embargo, al fondo vio un trozo cubierto con papel celofán amarillo que le salvó la comida, era queso crema.

Abrió el papel celofán, enseguida se topó con la capa de papel aluminio y después sacó el queso. No pudo evitar cortar una rebanada  y saborearla antes de iniciar la labor de cocinar. El queso crema era de sus favoritos. Observó la etiqueta, provenía del municipio de Ocozocoautla, mejor conocido por la población chiapaneca como Coita.

Comenzó a preparar los ejotes, la parte que menos le parecía divertida era cuando tenía que costurarlos  para evitar que el queso se saliera y el capeado quedara bien. En esa labor estaba cuando el papel celofán atrapó su atención. El color amarillo le traía muchos recuerdos.

Su memoria se remontó a la niñez, veía los quesos en casa, sus papás solían obsequiarlos a los familiares que les visitaban. Recordó las charlas que escuchaba, en ellas siempre mencionaban que los quesos chiapanecos eran deliciosos, por eso eran tan preciados por quienes los recibían. Había una diversidad de ellos, desde el queso fresco, el crema, el de doble crema, el quesillo, el que tenía verduras y chile, el queso asadero hasta el famoso queso bola. Entre los nombres de algunos municipios  donde los producían recordó  Cintalapa, Rayón, Pijijiapan, Villaflores, Villacorzo, Ocosingo, Ocozocoautla.

En su imaginario el celofán color amarillo con el que cubrían los quesos era representación de un sabor muy grato al paladar y un sabor para compartir con los seres queridos.

– Comprá el del papelito amarillo, del que viene de Pijijiapan, ése sale bueno – . Solía decir la tía Inés a doña Gloria, mamá de Alba, cuando ella le preguntaba qué queso le sugería comprar.

Alba se puso contenta de haber terminado de costurar los ejotes, capeó los huevos y bañó ahí cada montoncito de ejotes. Se dispuso a freírlos, los escurrió del aceite y luego los dejó cocinar en caldillo de tomate, agregó hierbas de olor para que la comida tomara sabor.

Mientras tapaba la olla y percibía el aroma de la comida se quedó pensando, cuántas historias tenían las cosas más comunes, como el celofán color amarillo.

Fotografía: Lukas.

Voces ensortijadas. 11. ¡Al agua patos! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 11

¡Al agua patos!

María Gabriela López Suárez

Enfrascada en el trabajo en línea que estaba haciendo desde casa Dinora no había reparado que el viento estaba soplando de manera distinta. Las gallinas, pollitos y patos estaban tranquilamente en el patio. Se asomó por instantes y percibió la sensación de frescura, como cuando se anuncia la lluvia. Alzó la vista al cielo, vio nubarrones grises. Ella quería aprovechar al máximo el tiempo, avanzar con las actividades que tenía pendientes. El ritmo de su cotidianidad había cambiado desde el inicio de la cuarentena por el Covid-19.  Así que regresó a lo suyo.

Se preguntaba si todas las personas que estaban trabajando desde sus hogares habían encontrado la forma de organizarse ante esta crisis de salud. Ahora entendía que no es lo mismo hacer algún pendiente laboral en casa que estar trabajando ahí de continuo.  De pronto sentía que la tarde ya había caído y ella seguía en el trabajo. Hacía sus espacios de receso, no precisamente para hacer lo que deseaba sino para atender tareas en casa. Recordó nuevamente que los roles de las mujeres eran distintos, siempre estaban ocupadas en algo que hacer.

Sin embargo, no todo era tan angustiante, valoraba mucho su trabajo, se sentía afortunada y bendecida de poder estar en casa con sus familiares, haciendo caso a la frase más recomendada de esos días: Quédate en casa.

La parte que más le causaba cierta incomodidad era a la hora de estar informándose por la televisión, en los diferentes noticieros y cadenas televisivas la información era similar. Seguían anuncios de prevención, entrevistas con especialistas en salud, eso era importante, pero también percibía que la sensación de infundir miedo no dejaba de estar presente. En otros espacios informativos, no precisamente noticiosos, hacían la recomendación de no consumir aquellos mensajes que infundieran el miedo, la preocupación, el pánico. Las personas especialistas en terapias de sanación sugerían mantenerse en alta vibración.

Seguía concentrada en la revisión de un presupuesto económico cuando escuchó que las gotas de agua caían fuertemente. Salió al patio y observó que las gallinas corrían a guarecerse, cuidando a sus polluelos. Los truenos comenzaron a escucharse fuertemente y de manera continua. La lluvia se intensificó en instantes.

Dinora dejó su trabajo para apreciar la lluvia, sintió el olor a tierra mojada. Se quedó pensando que un par de días antes había deseado que lloviera, los árboles lo necesitaban, los percibía tristes y la tierra estaba agrietada de tanta sequía. El llamado de su mamá la hizo volver al presente.

– ¡Dinora, ven, mira!- dijo doña Patricia.

-¡Qué bonito! ¡Al agua patos!- exclamó Dinora.

Ante ellas estaba un paisaje natural tan bello, además de la lluvia, mientras las gallinas y pollitos huían del agua, los patos disfrutaban al máximo la caída torrencial de agua. Se habían formado pequeños charcos que les servían de estanques para nadar. Y ahí estaba la comunidad de patos, sin dejar de zambullirse y aletear, se veían muy felices. 

Dinora agradeció desde su corazón la lluvia de esa tarde. Esos pequeños detalles eran regalos y el recordatorio que cada instante en la vida es importante. Que hacer las pausas necesarias permite darle sentido a la vida. 

Deseó que las personas que tenían la oportunidad de estar en casa por el Covid-19, además de cuidarse, pudieran encontrarle los lados lindos del permanecer sin salir. Para Dinora también era una oportunidad de volver la vista a su interior, de sentirse, reconocerse y amarse, para poder estar en armonía con los seres que la rodeaban.

Comenzó a oscurecer. La lluvia siguió y los patos continuaron disfrutando estar bajo el agua.

Fotografía: Nur Andi Ravsanjani Gusma.

Voces ensortijadas. 10. Puros cuentos los de José. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 10

Puros cuentos los de José

María Gabriela López Suárez

El calor se dejaba sentir desde la mañana, la primavera había llegado desde hace algunos días, el sol alumbraba con intensidad y el trinar de los pájaros era más alegre. 

Mónica tenía destinado el fin de semana para leer por placer, lo necesitaba, eso alimentaría su espíritu, ansioso de conocer otras historias. Tenía varios días que en casa solo estaban pendientes por lo que publicaban los medios  de comunicación sobre la pandemia del Covid-19, Coronavirus.

El viento comenzó a soplar sin que por eso disminuyera el calor, Mónica fue al estante de los libros, comenzó a buscar por títulos. Halló varios. Eligió uno de narrativa, de un autor paisano, chiapaneco, el maestro José Francisco Nigenda Pérez. El título de la obra Puros cuentos los de José, había sido editado por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. 

Se sintió atrapada por el texto desde el inicio al leer el mensaje del autor, “Representa la oportunidad de expresar evocación y sentimiento, una manera íntima de externar lo profundamente guardado en el corazón. Y es así porque cada suceso es real. Porque cada acontecimiento forma parte de mi vida personal. Porque cada línea me sigue produciendo felicidad o dolor. El título no es más que una manera de decir que los textos son cotidianos de una persona común y corriente, de vivencia  nada extraordinaria, de personajes como tú o yo, como cualquier persona que ha vivido a plenitud la vida, sin que esto signifique ausencia de dolor y de extravíos en las emociones del alma”.

Mónica buscó su rincón favorito para leer, se acomodó e inició la lectura de los cuentos. A medida que avanzaba fue sintiéndose identificada con algunos escenarios y personajes, recordó algunos sitios que había visitado desde niña, la calidez de la gente de la zona costa de Chiapas, su manera tan peculiar de hablar, las expresiones coloquiales. Vino a la mente una de sus tías que había vivido en Arriaga, la alegría que siempre tenía ella y sus amigas, acompañadas del sentido del humor tan característico de la gente de esa región chiapaneca.

Cada cuento estaba impregnado del sentir de experiencias personales del autor, encontró también historias que le hicieron varios nudos en la garganta; algunas más  exponían datos históricos, esos que hallan su riqueza cuando son compartidos a través de la literatura. La descripción y narrativa en cada cuento daba un toque peculiar a la obra,  invitaba a quien leía a situarse en las historias y espacios donde se vivían. 

Se sintió muy afortunada de saber leer y escribir, la lectura era una manera de adentrarse en conocer y reconocer historias, mundos, personajes, sentimientos, sueños, nostalgias, alegrías, tristezas. Indudablemente Puros cuentos los de José, había dejado en Mónica un grato sabor de boca.  La tarde se asomaba y el viento ahora se percibía con frescura, qué mejor regalo de fin de semana.

Fotografía: UNICACH.

Voces ensortijadas. 9. Té de limón. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Té de limón

María Gabriela López Suárez

La vista de Roberta estaba posada sobre las llamas de las quince veladoras blancas que hacían una especie de semicírculo, depositadas frente al féretro de su vecino. Alrededor había flores de distintos colores.

Se sentía perpleja, estaba consciente que la muerte era una etapa de la vida en toda persona. Sin embargo, esos instantes repentinos del fallecimiento de alguien cercano siempre le hacían recordar lo efímero de la vida terrenal y le traían de vuelta el ejercicio obligado de vivir al máximo cada instante.  Ejercicio que ella solía olvidar al entrar en el ajetreo cotidiano.

Esta ocasión no pensó en el dolor que siempre le asomaba ante la sola idea de imaginar a sus seres queridos en ese estado, esta vez pensó en cómo sería su funeral. En eso estaba cuando le ofrecieron té o café, aceptó el té, era de sus favoritos, de limón.

Mientras su vista permanecía frente a las veladoras, dio un sorbo al té y el sabor la hizo regresar a distintos momentos en su vida. El primero fue el de la infancia, en su casa el té de limón era conocido como té de zacate. Así le llamaba su familia. A ella le gustaba tomarlo con dulce, desde esa época le pareció un sabor tan agradable, suave, aromático, relajante.

Los momentos con sus abuelitos estaban también impregnados del sabor y olor del té de zacate, esos instantes tan cálidos con la familia, sentados alrededor  del fogón de la cocina eran acompañados de esta bebida con pan o tortillas hechas a mano.

La infusión era parte de los recuerdos que tenía de las salidas con sus amistades, cuando iban a acampar. No faltaban los termos con café y té de limón para la noche o por la mañana.

El sabor del té de zacate con canela lo había conocido gracias a su suegra, cuando le ofreció por vez primera esa mezcla de sabores que gustó a Roberta, endulzada ligeramente con miel de abeja.

Di otro sorbo a su bebida, no cabía duda que los sentidos del olfato y el gusto eran evocadores de memorias. El olor del té de limón la hizo regresar al presente, en ese instante comenzaría la oración en el funeral. Dejó su vaso en el piso y se dispuso a escuchar con atención, sin perder de vista los destellos de luz de las veladoras.

Fotografía: Sankalpa Joshi.

Voces ensortijadas. 8. Aires de primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Aires de primavera

Isis se apresuró a elegir la ropa que llevaría esos días de vacaciones, sus familiares vivían en un lugar con clima cálido. Guardó sus blusas de manta, mientras las doblaba observó los bordados, qué hermosos tejidos, bella combinación de colores y formas. Se quedó pensando en el tiempo que invertían las mujeres bordadoras para hacer cada prenda y que su trabajo, en la mayoría de ocasiones, no era valorado, cayendo en el regateo constante.

Echó un vistazo a la gama de colores de blusas de manta que tenía en el guardarropa, cada una le era significativa, las que ella compró, las de obsequio, las de ocasiones especiales. Algunas eran de regiones que no conocía, otras de producción local. Recordó la primera blusa de manta que se compró, era color blanca, manga larga y muy fresca. Desde pequeña se sintió atraída por ese tipo de prendas.
Escuchó que su familia la llamaba, ya estaban por salir, cerró su mochila y se dirigió a la sala. Tomaron dos taxis que los llevaron a la terminal de autobuses. Percibió el aire que corría, ya se avizoraba el atardecer.

Abordaron y el recorrido comenzó. Isis se sentó en la ventanilla, negoció con su primo Humberto que le cambiara el asiento, inicialmente ella tenía pasillo.
Aún iba acalorada, la mañana había sido intensamente calurosa, deseó que el camión tuviera la ventana abierta y seguir percibiendo ese aire tan agradable. Observó los tonos en naranja muy tenue con los que se coloreaba el cielo.

Recordó esas tardes en las que le tocaba llevar a sus mascotas caninas en la ventanilla del carro, les fascinaba sacar la cabeza y que el aire acariciara sus orejas, podían permanecer así gran rato. Suspiró profundamente. Vinieron a su mente lindos atardeceres como el que ahora apreciaba, indudablemente esos paisajes y el vientecillo que se dejaba sentir eran las señales que los aires de primavera estaban llegando y habría que darse el tiempo para disfrutarlos.

Humberto la sacó de su contemplación, estaban proyectando uno de los documentales que Isis tenía pendiente por ver, Llévate mis amores. Isis volteó nuevamente a la ventana, el sol se había ocultado, era hora de ver el documental.

Fotografía: Roxanne Shewchuck.

Voces ensortijadas. 7. El reto cotidiano. María Gabriela López Suárez

El reto cotidiano
María Gabriela López Suárez

A mis amigas, compañeras, colegas, estudiantes, maestras en la vida,

 en especial a mi mamá y abuelitas.

Romelia decidió que esa tarde llegaría puntual a su cita, salió de casa y se dirigió a la zona centro de la ciudad. Como llevaba tiempo a su favor fue caminando sin prisa,  deseaba disfrutar el paisaje.

El clima era muy frío, a lo lejos Romelia alcanzaba a observar las montañas,  no tardaría mucho en bajar la neblina; alzó la vista y parecía que las nubes viajaban con prisa, qué contradicción, justo el día en que ella iba con calma. Ya casi se acercaba la primavera.

– No cabe duda, febrero loco y marzo otro poco-  pensó.

En la calle principal por la que transitaba iba una diversidad de personas, por un lado, la gente local como transeunte, por otro, los comerciantes informales locales y externos, así como los turistas nacionales y extranjeros. En ese mar de gente de todas las edades se percató que,  la mayoría, eran mujeres. 

En cada una de esas mujeres había un mundo de historias, sueños, necesidades,  alegrías, tristezas, miedos, esperanzas, luchas internas, luchas colectivas. Recordó que pronto sería 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, un día de conmemorar las luchas que otras mujeres habían iniciado con anterioridad y que se continuaba haciendo para la reivindicación de los derechos de las mujeres.

Llegó al punto de reunión, se sentó en una banca a esperar a Liliana,una de sus mejores amigas. Ella siempre era puntual. Revisó el reloj, faltaban diez minutos para la hora fijada del encuentro. Una señora vendiendo pastelitos caseros le ofreció su vendimia, Romelia, preguntó el precio de uno con relleno de fresa, lo compró y le dio las gracias. Observó el rostro de la vendedora, sus ojos se habían alegrado cuando le hizo la compra, siguió su camino cargando su canasta, le faltaban muchos por vender, al momento de tomar su pastelito Romelia se percató de ello.

Mientras llevaba el pastel a su boca, Romelia se quedó pensando cuántas mujeres luchaban a diario, de manera distinta, unas en silencio, callando por miedo a más violencia, mujeres en contextos y dinámicas diferentes; algunas mujeres sin saber siquiera la existencia de la conmemoración de un 8 de marzo, pero resistiendo a sus situaciones, sin darse por vencidas; otras más con la ardua tarea de visibilizar los derechos de las mujeres y la violencia ejercida por una sociedad machista y quizá algún grupo con cierto grado de indiferencia ante estas luchas. 

Vinieron a su mente sus ancestras, las abuelitas que habían resistido expresiones de violencia, mujeres fuertes a las que admiraba y que también eran maestras en su vida. Visualizó a su mamá, un ejemplo de fortaleza en medio de la tempestad, sin saber del feminismo le había inculcado valores que Romelia llevaba presentes, el respetarse, el amarse, el valorar su ser mujer, el luchar por sus metas, el no callar ante el menor indicio de violencia, el saber alzar la voz. 

Para Romelia era indudable que las tareas de estas luchas no estaban resueltas, menos en la sociedad actual con la violencia desbordada en diversos sectores. El 8 de marzo no era el único día en que se debía visibilizar esta situación sino que era el reto cotidiano para trabajar desde lo individual, en colectivo, en lo institucional, en cada sector de la sociedad. Una sociedad que buscara ser incluyente, que respetara los derechos de todas las personas y garantizara una vida libre de violencia, con justicia, más allá de los discursos. Era una tarea de todas las personas.

Su mirada siguió el trayecto de la vendedora de pastelitos, había caminado casi una cuadra y se había detenido, otra chica se acercaba a comprarle.  La reconoció de inmediato, era Liliana con su inconfundible boina color ladrillo y su cabello suelto.

-¡Hey Lili!! Esta vez llegué antes que tú. – Gritó desde la banca Romelia.

– Esa Rome. ¡Una vez al año no hace daño!- Le respondió Liliana sonriente.

Fotografía: Agung Pandit Wiguna.