Revista

Líneas de desnudo. 92. Guerra y literatura: Contra la parálisis. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 92

Guerra y literatura: Contra la parálisis
Por Manuel Pérez-Petit

El horror paraliza y escribir acerca de la guerra al ser esta un horror es paralizante, y, sin embargo, tendríamos que estar más familiarizados con ella de lo que estamos en realidad, verla, en consecuencia, con mayor naturalidad, y afrontarla con otra madurez, pues todos, al menos en el mundo Occidental, hemos crecido leyendo obras literarias que tratan de la guerra.
            Desde los tiempos de Homero con la Ilíada, que, escrita en griego antiguo, nos cuenta la cólera de Aquiles, que dio lugar a la guerra de Troya, origen de la Grecia clásica, e incluso antes, la guerra ha sido y es uno de los grandes temas de la literatura universal, y no solo eso: todas las naciones de la tierra son, de algún modo, “hijas” de la guerra, como puede constatarse en los cantares épicos y de gesta clásicos y medievales, que precedieron al nacimiento de las grandes naciones y culturas europeas. Anterior al ciclo artúrico y escrito en inglés antiguo, el Beowulf, con el que los académicos no se ponen de acuerdo, datando su escritura en diferentes fechas que van del siglo VIII al XII, es una historia de la guerra en que se habla de las invasiones nórdicas y germánicas que están en el origen de Inglaterra. La Canción de Roldán, escrita en francés antiguo bien avanzado el siglo XI, el cantar de gesta escrito en lengua romance –esto es, derivada del latín– más antiguo, narra la emboscada que, por parte de los vascones, en Roncesvalles, Navarra, España, sufrió la retaguardia del ejército de Carlomagno en el siglo VIII, que es la gran gesta conformadora de Francia. El Cantar de Mío Cid, compuesto en español antiguo alrededor del año 1200 d.C. y que está en el origen de la nación española, relata el proceso de recuperación de la honra de su protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, que se dirime al final con fuertes actos de guerra y de violencia. El Cantar de los nibelungos, epopeya nacional alemana escrita alrededor del siglo XIII en alto alemán medio –una especie de protoalemán– es un poema que nos traslada a los orígenes de lo germánico, también basado en la guerra y la lucha por el poder.
            Todas estas obras y otras tenían por objetivo preservar la historia o la mitología y, sobre todo, los conflictos originarios de cada identidad a fin de reforzar la memoria colectiva del pueblo y no solo no lo paralizaban sino que los motivaban para emprender en favor de sus ideales. Desde la Alta Edad Media y el comienzo del Renacimiento, la literatura de la guerra abandonó en gran medida su tradicional pedagogía identitaria y su narrativa histórica para convertirse en fuente de debate, ficción y pensamiento, y desde entonces –hablamos de los comienzos de la denominada Edad Moderna– la guerra nos es tan familiar como el amor. Por ello, la podemos percibir como natural, aunque nos horrorice. Y por esta misma razón no debería paralizarnos, sino activarnos, movilizarnos, y no solo con testimonios. Porque podemos hacer mucho, pero lo que no podemos de ningún modo es abandonar nuestras vidas por esa parálisis. Dediqué mi “Dolor ejemplificante” “A Manuel de Luque Soult, amigo de la infancia, y a su hija ucraniana, que ojalá llegue pronto a casa”, y en relación a ello hacía referencia a una información publicada por el periódico español Diario de Sevilla, “​Familias de acogida sevillanas piden ayuda para rescatar a los niños en Ucrania”. Bien, al cabo de los días y habiéndose desplazado a la zona de conflicto su mujer y su hijo, Manuel y los suyos han conseguido rescatar no solo a su hija ucraniana sino a tres menores más del horror de la guerra, y todos volarán mañana de Varsovia a Barcelona. 
            Si nos paralizáramos tanto ante la guerra no sería posible que tuvieran lugar milagros como éste.
Bandera de Ucrania




*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 91. El regreso de la radio. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 91

El regreso de la radio
Por Manuel Pérez-Petit

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria (1863-1914) visitó Sarajevo, la capital de Bosnia. Allí, un grupo de seis militantes de la organización revolucionaria Joven Bosnia, grupo juvenil de la organización secreta Mano Negra, se habían reunido en la calle donde estaba previsto que pasara la caravana del archiduque con la intención de asesinarlo. La historia parece sacada de un cómic o del Universo Cinematográfico de Marvel, pero fue real, y desencadenó la I Guerra mundial, hace poco más de un siglo. La “Gran Guerra”, como la llamaron en su momento, que tuvo lugar entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918, la primera de la historia que tuvo carácter global, pues contó con la participación de todas las grandes potencias industriales y militares del mundo, dejó la escalofriante cifra de entre nueve y diez millones muertos, y supuso el desarrollo definitivo de un medio de comunicación: la radio.
            Durante la “Gran Guerra”, que marcó el paso de los conflictos bélicos antiguos –caballerosos, en los que el vencedor compensaba al vencido, por ejemplo– y los modernos que hoy conocemos, tuvo la radio un desarrollo que supuso que a partir de hace ahora un siglo pasara a estar en millones de hogares en el mundo como un medio de entretenimiento e información insustituible y entrañable.
            Hubo una época en mi juventud en que fui muy aficionado a la radio, y hasta tuve varios receptores multibanda y captaba señales de muchos lugares del mundo, tanto de onda media como, sobre todo, de onda corta, y eso me apasionaba, dejando en mí una devoción definitiva por ese medio de comunicación que luego, de manera profesional he tenido y tengo la oportunidad de hacer desde el otro lado, el de la emisión, primero en España y luego, sobre todo, en México. Hacer radio hoy es para mí tan sorprendente y apasionante como lo ha sido desde hace muchos años escucharla. Era excitante imaginar cómo eran físicamente las personas que nos hablaban desde ese aparato extraño y familiar, cuyas tripas eran de bombillas y que luego evolucionaron a ser circuitos, y cada vez se hizo más pequeño y hasta portátil y de bolsillo... Ese romanticismo, como muchos otros, ya se ha perdido. 
            Pero hoy, Miércoles de ceniza, día santo cristiano de oración y ayuno, en que, en el comienzo de la Cuaresma, los creyentes reconocemos ser polvo y que en polvo nos convertiremos, la British Broadcasting Corporation, conocida por todos como la BBC, ha informado de la reactivación de su servicio de radio en onda corta para informar de Ucrania, recuperando un medio analógico que ya se creía obsoleto por sus costes y la implantación de internet desde hace más de un decenio, y eso me ha retrotraído a mi infancia, en que aún habiendo televisión la radio me apasionaba, aunque sobre todo me lleva a reflexionar acerca de la transformación del mundo, incluso en un posible regreso a cierto tipo de romanticismo, que puede suponer esta guerra absurda y cruel que nos atañe a todos, y ante la que nadie puede ser indiferente.
Mapa difundido hoy, miércoles 2 de marzo de 2022, por la BBC del alcance de sus emisiones en el territorio de la guerra Ruso-ucraniana, en que ha iniciado el reinicio de sus emisiones de onda corta en Ucrania.
https://www.bbc.com/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 90. La metáfora de la navaja. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 90

La metáfora de la navaja
Por Manuel Pérez-Petit

A mi padre no le gustaba la playa, pero mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí todos los veranos de vacaciones a alguna. No recuerdo bien si en la playa de Matalascañas, Huelva, o Chipiona, Cádiz, o en ambas, alguna vez alguien me llevó, coincidiendo con la hora de la bajamar, pertrechado con un saquito de sal gruesa y una cesta con palo largo que a mí me recordaba a un cazamariposas, a la misma orilla del mar.
            —Manolo, agáchate y mira la arena. ¿Ves ahí una especie de ocho?
            —Sí, sí… 
            —Pues toma un pellizco de sal de la bolsa y échalo encima.
            Tomé diligente un puñadito de sal con mis dedos índice, corazón y pulgar, la eché en el sitio indicado y me quedé mirando con fijeza, como si se tratara de un pastel que dijera ‘cómeme’ pero al que aún no me atrevía a hincar el diente. Enseguida, aquel ‘ocho’ se puso a escupir algo como una salivita medio espumosa y zas: surgió de la arena un prodigio. 
            —Cógela como te dije antes, ¡cógela, rápido! —escuché, pero me quedé inmóvil, por lo que mi amigo reaccionó con rapidez y con un movimiento veloz de su mano la agarró con fuerza y la extrajo. 
            —Es que si no, se vuelve a esconder, ¿sabes?
            Repetimos la ‘operación’ varias veces y en alguna de ellas ya sí me atreví, superada la mezcla de pudor y asco inicial, a coger alguna. Al cabo de un rato, teníamos la cesta llena y yo mostraba entre orgulloso e impactado por mi proeza mis dedos llenos de leves arañazos. Esa misma noche, antes de acostarnos, diluimos en una cubeta una buena cantidad de sal en agua e introdujimos en ella las navajas en vertical. Esa noche me costó dormir. Me imaginaba a mí mismo entre dos conchas curvas, no como si fuera una de ellas sino siéndolo, y me excitaba pensar que la arena de aquella playa me protegía del mundo y aseguraba mi libertad.
            A la mañana siguiente, repetimos la operación en la misma cubeta pero con agua y sal renovadas por una hora más. De esa forma, quedaron limpias de arena. Las pusimos en una fuente cubierta por un paño húmedo y las dejamos reposar. Ese mediodía las comimos a la plancha con ajo y perejil. Y esa tarde me quedé absorto imaginando que la libertad de la navaja tenía sentido por su posibilidad de terminar siendo una delicia para el paladar.
            La navaja es un molusco lamelibranquio –”tiene simetría bilateral, región cefálica rudimentaria, branquias foliáceas y pie ventral en forma de hacha”, según dice el Diccionario de la Lengua Española (DLE)– bivalvo –esto es, que tiene dos valvas (conchas, para entendernos), que las protegen y, a la vez, son frágiles–, que habita en fondos marinos poco profundos enterrada en la arena. Yo diría que es un milagro del mar y, más allá de una delicatessen –rica, por si fuera poco, en proteínas, pobre en grasas, abundante en vitamina B12, potasio, fósforo, sodio, hierro y selenio–, una metáfora, porque yo me pregunto si seríamos capaces de echarnos sal a nosotros mismos para ver si lo mucho bueno que atesoramos cada uno surge del fango de nuestras propias vidas y entre dos conchas curvas que nos protejan, en apariencia fuertes pero delicadas, al modo de una navaja, podamos expandir tanta luz como en realidad, seamos conscientes o no de ello, albergamos en pos de hacer un mundo mejor. Y entonces, desprendernos de las valvas y expandir como nunca aquello que está llamado a hacer solo el bien: la libertad.
January Matalascanas Parc Natural Donana – Master Mythos Spain Photography 1990. (Publicado bajo licencia 
Creative Commons Atribución 3.0 Unported).
Fuente de la fotografía: http://www.panoramio.com/photo/106906130.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 110. Los detalles cotidianos. María Gabriela López Suárez

Los detalles cotidianos

Por María Gabriela López Suárez

Pilar había tenido una semana nada grata, el estrés laboral le había provocado una especie de migraña con la que lidiaba por momentos. Trabajaba de cajera en una tienda de autoservicio, de lunes a sábado, solo tenía espacio para ir a comer y tenía libre el domingo. Ese fin de semana se había despertado tarde, tratando de recobrar un poco las  energías. Sin embargo, se sentía cansada.

Ruth, su compañera de casa, se sentó a platicar con ella al mediodía, tenía un par de semanas que no coincidían ni para el saludo. Ella era enfermera y por sus horarios solían verse poco. A excepción de estas semanas en las que no se habían encontrado para nada. 

Después de haber conversado un buen rato, Ruth le propuso a  Pilar que salieran por la tarde a correr, tenían un parque cercano a donde vivían. Aunque Pilar estaba conocedora que su condición no era tan buena porque no solía hacer ejercicio, aceptó. La idea de hacer algo diferente le pareció encantadora. 

Salieron después de las seis de la tarde. El parque les quedaba cerca, alrededor de ocho cuadras de distancia. Era un espacio bello, arbolado, con algunas bancas para tomar descanso y una especie de repisas para compartir alimentos o sentarse cómodamente a leer. A Ruth le parecía una especie de pulmón en la colonia. Ese domingo varias familias se habían dado cita ahí, algunas personas corrían, otras llevaban a sus hijas e hijos a montar triciclo o bicicleta. 

Pilar guió la rutina de calentamiento, luego comenzaron a correr juntas, pero cada una a su ritmo. Después de la primera vuelta Ruth sintió que no podía más. Le dijo a Pilar que haría una pausa y luego continuaría. Pilar asintió y siguió corriendo.

—¡Vaya condición la mía! Necesito venir a correr más seguido—expresó Ruth en un tono fatigado.
Se sentó en una de las bancas, al tiempo que iba moderando su respiración para recuperar el aliento y seguir corriendo. Observó el árbol que le daba cobijo, era grande y con mucho follaje. De pronto, su mirada se detuvo en la jardinera de cemento que rodeaba al árbol.

—Pero qué tenemos por acá—dijo en tono de sorpresa, mientras se agachaba para observar mejor.

Descubrió a un gusano con colores verde y naranja, que se desplazaba tranquilamente siguiendo el contorno de la jardinera, no lejos de ahí iban las hormigas en perfecto orden haciendo una especie de camino, llevando consigo trocitos de hojas que seguramente habían recuperado del piso. Se quedó contemplando unos minutos el paisaje. Su respiración iba más tranquila, ahí estaba frente a los detalles cotidianos, esos en los que vale la pena deleitarse y que recuerdan que la naturaleza sigue su ritmo y en ese no hay prisas.
 
Su rostro dibujó una sonrisa. Se puso de pie, comenzó a hacer algunos movimientos para regresar a correr, trataría de hacer un par de vueltas más, haciendo su mejor esfuerzo. Sin duda, esa visita al parque la había motivado. Se percató que Pilar ya venía cerca, la esperaría para irse acompañada. 

Photo by Tirachard Kumtanom on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 17. El general Obando. Antonio Florido

Fisonomía 17 
El general Obando

Por Antonio Florido

     
La carta llegó al campamento con la crecida silenciosa y traicionera del Putumayo, de modo que hasta transcurridas dos horas el General no pudo leerla; el Putumayo no juega y Obando lo sabe; cuando las aguas del río se remueven turbias y caprichosas junto a los juncos, todos en el campamento acuden como culebras, rápidos y resueltos, hasta dejar los alrededores más limpios que la cabeza del Gringo.

Obando abrió la esperada carta despacio hasta la desesperación; barruntaba desde días atrás que aquello se acababa; para su desgracia las cuatro primeras letras que leyó provocaron el latigazo involuntario de su codo izquierdo, la señal de que el General se ahogaba en la humillación.

Obando leyó hasta el final el papel sucio y amarillento y se quedó mirando las aguas del Putumayo que ya habían alcanzado los troncos más gruesos de la barraca; con el corazón lleno de mierda y de rabia arrugó la hoja y la arrojó donde nadie pudiera verla; llamó entonces al Cabo con su voz aguardentosa y desagradable; el Cojo apareció de la nada y al ver la cara del General supo que a la mañana siguiente abandonarían la maldita selva.
Aquel mismo día, bajo la penumbra de su choza y sin dar tiempo a que el vómito le traicionara, Obando ordenó preparar la marcha; esa noche, densa y misteriosa como pocas, las estrellas se le cruzaron entre ceja y ceja y no pegó ojo; después de treinta años en la trocha con el fusil al hombro, cuatro mujeres, once hijos conocidos y veintitantos hombres muertos a su costa, cómo podría vivir en adelante; Obando, Don José María Obando, hijo adoptivo de Don Ramón Obando del Campo, no sabía que la vida pudiera echársele encima con tanto peso, aplastando su orgullo y su destino antojadizo, y todo en nombre de la dichosa democracia.

 Los Yaguas caminaban de regreso con la caza de una semana, entre árboles centenarios, altos como el orgullo de sus ancianos, mientras el General pasaba revista a los pocos soldados de su regimiento; al cabo se despidió de todos, mirando a los ojos de cada uno; sólo se llevaba con él al Gringo, que conocía los senderos misteriosos de la selva y era medio indio. 
Mientras Obando y el Gringo enseñaban sus espaldas camino de Cali, en busca de la sinrazón del presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo, que se quedaba al mando del campamento, esbozó una sonrisa estúpida y pasajera que no contagió a ninguno de sus subordinados; ni el Chusco, ni el Chamizo, ni el Cojo, ni el Niño sonrieron; ni siquiera la Chana se alegraba de la marcha del General que maldito el día en que se iba quizás para siempre.

Cuatro semanas a lo más; eso fue lo que el General dejó dicho, pero ya habían pasado dos y lo único que se oía era la indomable Seca golpeando los rostros cansados por la lucha; los Yaguas no se divisaban desde el campamento, aunque más que por la distancia porque ver un Yagua y no ver nada era lo mismo; los ojos secos de los soldados alcanzaban hasta poco más allá de las aguas del Putumayo; la Chana cumplía años sin decir nada a nadie y se avergonzaba en silencio de su cara mustia y poco agraciada; a la mujer también se le acabarían los buenos tiempos, al menos eso es lo que todos se decían continuamente con la mirada; ninguno deseaba ver entrar al General por el camino de los charcos, porque verle entrar y acabar la lucha contra los insurgentes era cosa segura, pero ninguno deseaba tampoco que su General faltase para siempre, ninguno menos Sarmientos, para quien la ausencia de su superior era la mejor noticia que pudiera conocerse. 

El 11 de julio de 1841 amaneció sin avisar; en el cielo de la selva donde viven los Yaguas raras veces se ve el sol allá arriba, por entre los árboles; sólo donde las calvas han hecho de la arboleda un tapiz húmedo y verdoso florecen plantas caprichosas en busca de los tímidos y cálidos fuegos del cielo.

El 11 de julio de 1841, el mismo día en que el General Obando se negaba a pactar la rendición con el presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo se sentía con el mundo dentro del pecho y hacía y deshacía a su antojo; la Juárez le colocó bajo las narices el segundo plato de estofado que, aun ardiendo, el coronel relamía con sus ojuelos achinados; la Juárez se retiró y dejó a su coronel tranquilo en medio de aquel sofoco de verano, que maldito si llegó el calor aquel año; Piedelobo torció el gesto a la primera engullida y, con la cara roja como el tomate, escupió un trozo de carne; luego tomó la jarra de chicha, fría como el alma de una viuda, y bebió para dejar sitio a otro golpetazo de ardiente estofado; de cuando en cuando el coronel maldecía el día en que vio al de la Enara entrar por la puerta de su casa para decirle que se pusiera la charretera; desde entonces su maldito dolor de barriga le enredaba el vientre a golpes de bocado; el coronel llamó a la Juárez a voces: “¡Chana, venga usted acá con su amorcito!”; la Juárez o la Chana, como al coronel le gustaba clavarle al oído, aparecía de golpe y entonces el Piedelobo le frotaba el trasero delante de todos, como si nada; los demás, ante la ausencia de su General, callaban como muertos; hasta el Niño, pese a su juventud asquerosa y repulsiva callaba miserablemente y aguantaba el tirón.

   El calor húmedo de la selva del Tarapoto entraba a todos por los ojos, secando el alma cansada ya de tantos años de lucha sin causa y sin fin; el Piedelobo seguía estrechando con sus manazas las entrepiernas de la Juárez mientras mascaba como un cerdo el último bocado de carne; a ver quién era el guapo en levantarse sin el permiso del coronel, pero el guapo fue el Niño que harto ya de tragar bilis sacó la faca y amenazó con ella al dueño de la Chana; el silencio se espesó cuando los demás vieron pararse las quijadas del coronel; el Niño tragó la poca saliva que le quedaba y, de no estar la Chana todavía en la falda del Piedelobo, habría salido de allí como alma que se come la Seca, el parón cálido y salino de la selva; hasta las moscas dejaron de zumbar; el coronel, envalentonado, se quitó a la Chana de encima, dejó el cucharón sobre la mesa y levantó su enorme espinazo buscando la voz silbante de la faca en el aire; el Niño no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya el coronel le aferraba la garganta con la fuerza de un arco de acero; pero no apretó para que los demás viesen el espectáculo de ver a un hombre morir a su voluntad; el Niño maldijo al coronel y fue lo último que hizo en su corta vida; el aire, espeso como la leche de la Facunda, humedecía los rostros del coronel, de la Chana y de los demás; el tiempo, temeroso de que a él también le tocase parte, paró su ritmo, hasta que un antojo del Piedelobo le hizo soltar el peso que cayó al suelo como un fardo.

   Sarmientos Piedelobo pidió a la Chana un cubo de agua y lo echó sobre la sangre vertida a dos palmos de sus botas; las moscas comenzaron de nuevo a revolotear; algunos disparos lejanos atronaron en los oídos de los hombres quienes aprovecharon la ocasión para salir de allí por patas; el coronel echó de nuevo sus manazas sobre las cachas de la Chana y, mirándola como un enamorado, comenzó a reír a carcajadas; la Chana le imitó por hacer algo y ambos acabaron enlazados en un juego sucio de sudor y sofocos; en la estancia calenturienta y húmeda del Tarapoto no había ocurrido nada en realidad; la lucha seguía como seguía el sofocante calor golpeando los rostros cobrizos de los Yagüas; fuera oíanse disparos de arcabuces cruzando el enrarecido aire de mediodía; el Piedelobo acabó su comida echado sobre una destartalada yacija, sucia como su alma gringa; pensaba qué suerte que aún faltase bastante para que por la puerta apareciera el maldito General; pero mientras tanto el mundo estaba dentro de su pecho y no había fuerza de la selva que se le opusiese a su coraje; la Chana continuó con su brega y, agachada en el suelo, sobre sus carnosas rodillas de hembra aún joven, restregaba con fuerza sobre la mancha rojiza de quien la quiso en mal día para ella; el Piedelobo miró a la Juárez y ambos sonrieron; Sarmientos Piedelobo escupió lejos el cigarro ensalivado y se dio la vuelta para dormir; las moscas continuaron revoloteando sobre los restos de sangre aún fresca.

Amaneció; la selva, aún en silencio, comenzó su acostumbrado carillón de trinos y gorjeos mientras los primeros clarores del día inundaban lentamente los poros de la tupida arboleda; el coronel Piedelobo roncaba; la Chana movía su denso cuerpo zambullida en un delirio de pesadillas, acordándose del Niño, aún caliente; los demás esparcían sus lacios y desmedrados cuerpos hasta que llegasen los primeros rayos del sol abrasador; el aire soplaba tímidamente, cobardemente, como todo lo que se movía allí, en el campamento, sin el beneplácito atrabiliario del Coronel.
Piedelobo abrió los ojos como pudo; la garganta, aprisionada por un cerco de hierro, no escupió ningún sonido inteligible; sólo sus pupilas y su escaso entendimiento llegaron a comprender que el General había llegado un par de semanas antes de lo previsto; al momento los hombres del campamento, pillados de medio pie, formaron con sus arcabuces, mirando al suelo; el General era el General y la cosa no era para bromas; varias gargantas tragaron salivas; la Chana acudió presta con una cesta de sonrisas y con las manos retorciendo su delantal en señal de servidumbre y nerviosismo; el General preguntó poco y a los mismos de siempre, a los de lengua mansa y dadivosa; sacaron entonces al Niño y arrojaron su cuerpo en medio de todos; el General, hombre al fin de pocas palabras, les miró uno a uno; esa era su forma de dar órdenes.

El coronel cruzó sus ojos con los ojos del General pero éste le aplastó con su mirada; en un acto fatal Sarmientos se postró de rodillas e inclinó su espalda como un perro estúpido y miedoso; los demás no respiraban; el destino estaba escrito y de allí a la noche alguien no llegaría; ese alguien lo sabía, como lo sabían muy bien todos los del campamento; el coronel izó sus manos rogatorias de dedos entrelazados sin levantar la cabeza; de sus labios salieron algunos lamentos que pronto se convirtieron en gemidos; Obando alzó su negra bota de cuero y con cara de profundo asco golpeó el costado del cobarde una vez y otra; a cada golpe Sarmientos Piedelobo retorcía sus fibrosos miembros, se echaba las manos a la cabeza y lloriqueaba como un cerdo pidiendo clemencia; el General, un militar que sólo había conocido el sonido ululante de las balas al cruzar sinuosas el aire, cesó en su furia y afirmó su gastado cuerpo recuperando el aliento perdido; la Chana le sirvió otra cesta de sonrisas adornada esta vez con un manojo de guiños; los demás, inmóviles, no cerraban los párpados; el General miró a uno de ellos y con un movimiento de su cabeza le indicó que aquella piltrafa estaba allí de más; entre todos levantaron el bulto de carne deshecha; el coronel, todo hinchado, comprendió que por esta vez llegaría al final del día y este pensamiento extrajo de su boca una leve y extraña mueca mezcla de felicidad, odio y rencor. 

La Chana tomó la mano yerta del Niño y la besó; sería la última vez; las moscas este año han venido a la selva más empalagosas que nunca; las moscas siempre traen malos aires; mientras, los Yagüas, ajenos a todo, hasta de los disparos de la sinrazón, continuaban con su afanosa tarea de desentrañar los misterios de la selva.

A las tres de la tarde las piedras sudaban en el campamento, tan espesa era la humedad que las frentes del Chamizo, del Chusco, del Cojo y del Gringo goteaban efluvios verdosos de cobardía y de miseria; cuando el Relamío y el Balas acabaron por fin de socavar el terreno la Seca, el parón cálido y salino de la selva, comenzó a levantar un fino hilo de brisa que relamió los silenciosos rostros de los presentes; la Chana se acercó al cuerpo del Niño y, para sorpresa de todos, escupió una, dos y hasta tres veces en la boca del desdichado; el coronel volvió a condenar el puto día en que al de la Enara le dio por decirle que se pusiera la charretera; la tierra húmeda cayó sobre el cuerpo del Niño a peso, como con odio; los presentes se fueron retirando lentos y perezosos; la Seca ululó, cansina, como si de verdad lamentase aquella pérdida.

El General, serio y con la cara desgastada y descosida por la guerra, echó la última mirada a la escena fúnebre y entornó de nuevo sus rugosos párpados adormilados.

Un poco más allá, apartados de la vista de los ojos maliciosos, el Peinao, el más joven ahora en el campamento tras la muerte del Niño, ha mirado a la Juárez con ojos de perro en celo; la Chana, embragada y sugerente, le ha devuelto la mirada a medias, pues debe asegurarse de que el General no se ha dado cuenta.

En el campamento la vida sigue como siguen los Yaguas viviendo en las entrañas de la selva del Tarapoto, sin descanso, en silencio, muellemente; pero algo ha cambiado; desde que llegó el General una nube negra le cubre la cara; no hay quien le hable, ni nadie se atreve a desentrañar los oscuros misterios de su rostro callado y serio; nadie sabe lo que ocurrió en Cali pero todos lo adivinan en su fuero interno; es un secreto a voces que el General se empeña en aplazar hasta el infinito; la guerra se ha acabado; se ha acabado por la cobardía del presidente José Ignacio de Márquez; el muy imbécil claudicó y llevó la deshonra a todos; en el campamento los soldados miran al General esperando una señal para abandonar ya la lucha eterna; todos lo esperan menos la Chana que sabe que su General no abandona.

Han pasado días, semanas; todo continúa igual, como si la guerra siguiera su curso inexorable; los soldados se mueven con desidia, de acá para allá; el Putumayo mueve sus aguas buscando el camino que nunca encuentra, entre los árboles compuestos y frondosos; es media mañana; el General ha llamado a reunión; todos acuden prestos; en medio de sus soldados comunica lo que todos desean oír; se marchan; abandonan el campamento; todo se ha terminado; Obando suelta las palabras como quien se desprende de un fardo de cincuenta kilos; la Chana se equivocó y siente que su General haya tomado esta decisión; la partida se hará a la mañana siguiente; el destino, la Chanca; una vez allí se dispersarán y cada uno buscará a su familia o hará lo que le venga en ganas.

El día siguiente no amaneció; una manta de agua caía sobre el campamento convirtiendo las aguas del Putumayo en una simple broma; el primero en abandonar el campamento fue el coronel, que lo hizo solo y cabizbajo; luego el Chusco, el Chamizo, el Cojo, el Gringo y el Peinao se despidieron del General y tomaron el camino de la trocha principal en dirección al sur, donde todos habían oído escuchar que se encontraba la Chanca; la última en salir de allí fue la Chana que miraba hacia atrás cada dos pasos para ver si su General tomaba el mismo camino que los demás; pero el General no se levantó de su sillón de madera vieja y nudosa; se quedó observando las espaldas de los que le habían acompañado y obedecido durante largos años; el agua caía como si fuesen chorros de plomo derretido, a peso, socavando la tierra y formando arroyos de aguas sucias y enlodadas; el día seguía sin amanecer, de oscuro que se mostraba; las nubes formaban una bóveda de agua en la selva del Tarapoto y sólo se oía el crujir horrísono de alguna rama o tronco que cedía a la fuerza del agua; la soledad y el General eran los únicos que permanecían en el campamento, bajo la barraca principal; los Yaguas estaban allí cerca, invisibles, quietos, callados, observando el agua que caía cada vez con más fuerza; los Yaguas sabían esperar pacientemente a que llegara la calma y comenzaran de nuevo a brotar la vida, las flores y los insectos; el General parecía una rama inmóvil y silenciosa; sentado en su sillón nudoso y de madera envejecida, rumiaba el sentido que había tenido su vida; años dedicados a la lucha contra la injusticia para nada; el presidente José Ignacio de Márquez le había decepcionado; Obando jamás aceptaría la democracia, eso quedaba para los de la ciudad, porque la ley de la trocha era su ley y nunca la cambiaría por una memez semejante.

La selva, obcecada en la pertinaz lluvia, parecía opinar como Obando y se mostraba rebelde, obstinada, meliflua, derramando sobre el campamento y sobre la barraca del General todas las aguas del planeta; el Putumayo continuaba su crecida gradual alimentado por miles de brazos acuosos y amenazaba con desbrozar la barraca; Obando se levantó de su sillón de madera envejecida y nudosa; allí solo, en medio del diluvio universal, levantó la cabeza, miró al frente, a los árboles viejos y mudos como él y, empapado como estaba hasta la médula de sus huesos, levantó los brazos al cielo y con su voz bronca y desagradable lanzó un grito atronador que enloqueció aún más los acordes de la selva. 

Joven en la ventana (1875). Gustave Caillebotte (Francia 1848-1894)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 6. El mar de la tranquilidad. Erik García Briones

El mar de la tranquilidad

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 110. Pequeñas odiseas. Héctor Cortés Mandujano

Pequeñas odiseas

Héctor Cortés Mandujano

Pero tampoco quiero la paz mientras a mi alrededor

se hacinen las tumbas de los otros

«Oráculo de cenizas», de Jaime Augusto Shelley



Tuve la suerte de encontrarme y conversar con Jesús Morales Bermúdez. Me regaló su libro Variaciones poéticas de Jaime Augusto Shelley (Unicach-Juan Pablos Editor, 2018), que es un ensayo sobre los libros de Shelley, quien junto con Óscar Oliva, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos y  Jaime Labastida, formó parte del célebre grupo La espiga amotinada.
	Escribió Jesús Morales un primer acercamiento a la poesía de Shelley, “De realidad, invención y deseo”, en (p. 15) “el número 171 de la revista Plural, el año de 1985”. Años después, en Variaciones… escribe sobre cuatro ejes temáticos en la poesía de Jaime Augusto: “De esta tierra”, “Conjuraciones a la amada”, “Fruto de tormenta” y “La ciudad”.
	Shelley dijo sobre su trabajo poético que (p. 23) “cada poema que he escrito ha tomado la forma de una pequeña odisea”, y abundan en el libro de Jesús varias precisiones de Shelley sobre su escritura. Dice de “Anacusia”, uno de sus poemas (p. 30): “Este poema me cambió muchísimo mi concepción de la relación amorosa. Le quitó ese manejo lírico, decimonónico y falso para convertir a la mujer en una mujer de carne y hueso, convirtió a la mujer en persona y desde entonces yo no me he apartado de ese hallazgo”.
	Hay una larga cita de “Anacusia”, de la que tomo este fragmento (p. 29): “—No te conozco –pensé, tocándola./ Ella sonrió, bellísima, quitándose el suéter, agitando crines,/ con un salto feliz hacia la cama./ Besé con impaciencia sus labios, la desnudé:/ era, como todos los días, mi mujer”.
	Escribe Morales Bermúdez, en su análisis puntual (p. 24): “Formalmente los poemas estructuran su inicio, su entremedio, cubriendo un ciclo, una circularidad: enuncian versos del inicio, con su en medio, con su final, un hilo de luz entretejido para el logro de la emoción, de la belleza, finamente sostenida”; y más: (p. 25): “A par de la circularidad formal, de sus recursos experimentales y de movimientos inusitados, esta poesía pareciera entregarnos asuntos de la cotidianidad, en exclusiva”. 
	La escritura de Shelley está influida, entre otras formas literarias, por el cine. Él lo reconoce (p. 36): “Desde niño veía tres veces al día una misma película durante una semana entera, que es lo que duraba la cartelera. Empecé a aprenderme los diálogos, los cortes de cámara, las secuencias. Cómo movían las manos, todo, los gestos […] No, lo que más me ha gustado es el cine”.
	Escribe Shelley, en un fragmento de “Postludium. Antes del primer compás” (p. 38): “A las sílabas no les gusta pensar;/ les encanta estar, entremetidas,/ jugando a vivir./ Cuando crecen, tienen hijos,/ cumplen años, se hacen cosa”.
	Morales Bermúdez es dueño de una amplia obra novelística, ensayística, narrativa; este libro de ensayos dedicados a un poeta “difícil”, (p. 172), “un poeta marginal, excéntrico él mismo de los merecimientos céntricos” y poco atendido por la crítica tiene un origen que Jesús explicita (p. 168): “Pensado el libro, como un homenaje de amistad hacia el poeta, su propuesta de ensayo intenta ser, también, un aporte a los trabajos de crítica literaria en México”. 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)

Líneas de desnudo. 89. Dolor ejemplificante. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 89

Dolor ejemplificante
Por Manuel Pérez-Petit

A Manuel de Luque Soult, amigo de la infancia, y a su hija ucraniana, que ojalá llegue pronto a casa

Advierto que voy a evitar los adjetivos en el presente ‘Líneas de desnudo’ porque si los empleara sería una locura. Dejaré esa tarea a los amables lectores que tengo, que no son pocos por lo visto. No puedo garantizar los datos, entre otros motivos porque mantener la cabeza fría, y para hablar de esto, en nuestra tesitura es complicado, pero desde 1899 y hasta el día de hoy, viernes 25 de febrero de 2022, se han desarrollado al menos 206 conflictos armados o guerras en el mundo, que han afectado a la práctica totalidad del planeta. He estado llevando a cabo una búsqueda lo más pormenorizada posible. Solo en el siglo XX he podido registrar 135..., pero al llegar al siglo XXI... Nada menos que 71 guerras han tenido lugar en los poco más de 20 años de la presente centuria, y esto sin contar la guerra que comenzó antes de ayer en Ucrania. Bien es cierto que unas han tenido mayor trascendencia y/o magnitud que otras, que en algunas no ha tenido ni muertos, pero todas tienen en común el haber sido confrontaciones bélicas, basadas en el uso de las armas, que, en el fondo, es una manera nada inteligente pero muy humana de resolver divergencias.
            Usar la fuerza ha sido a lo largo de la historia, y no solo en tiempos recientes, uno de los primeros recursos en emplearse, con lo cual hasta podríamos estar acostumbrados a ver la guerra como algo natural. Los medios de comunicación nos lo permiten y en la mayor parte de las ocasiones esos conflictos tienen lugar lejos de nuestras casas, no nos afectan. Podemos hasta comer mientras vemos atentados a la vida en la pantalla. La mayor parte hemos crecido con ellos en calidad de espectadores, y aunque tuvieran lugar a unos pocos cientos de kilómetros de donde nos encontráramos siempre nos eran ajenos. Algunas veces nos han apelado y obligado a tomar postura y otras hemos sentido cierta repulsión o sentimientos o nos hemos sentido espantados. En alguna ocasión, incluso, hemos sentido la necesidad de participar en defensa de nuestros ideales o de la identificación que hayamos experimentado con alguna de las partes.
            Hablábamos el pasado miércoles en mi “¿Todo vale?” de la publicidad. Desde siempre toda conflagración ha otorgado a la propaganda un papel protagonista, y no es menos cierto que cada vez las contiendas armadas han sido más complejas, por el simple mecanismo de sumar diversos tipos de guerra preexistentes en la última que tiene lugar. Ahora, toda guerra es preventiva, psicológica, tecnológica y, si me apuran, santa. Podemos suponer que también biológica, pero ante toda guerra existe el temor a que se convierta en nuclear, con tantas miles de ojivas atómicas como existen dispersas por el mundo. 
            Lo único que sabemos a ciencia cierta hoy es que la Rusia de Putin ha invadido Ucrania, y la gente muere de manera impune. Hay una herida sangrante en el centro de Europa, que amenaza con convertirse en hasta una III Guerra mundial, pues esta vez no deja indiferente a casi nadie. Y esta vez, como en algunos otros casos, genera dolor. 
            Hay varios tipos de dolor. Pero quiero centrarme en un caso concreto, publicado hoy en el periódico español Diario de Sevilla. La información lleva por título: “​​Familias de acogida sevillanas piden ayuda para rescatar a los niños en Ucrania”. Léanlo, por favor, porque es ejemplificante. Se trata de un dolor que despierta la fe en la compasión humana y la esperanza, ese balcón que se abre a la luz desde la oscuridad, que es algo que nos falta, y mucho, en nuestros días.
            No es algo nuevo y se ha manifestado en la historia de diferentes modos y en diversas circunstancias. Sin ir más lejos, en mi amado México, el presidente Lázaro Cárdenas –a través de su esposa, Amalia Solórzano Bravo, integrante del ‘Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español’–  consiguió rescatar, en 1937, a casi medio millar de niños de la atrocidad de la Guerra civil española, conocidos como los “Niños de Morelia”.
            Pero estamos en el siglo XXI, que es –y a los datos me remito– el más belicoso de la historia, lo cual nos debería apelar a fin de que nos llenemos de razones no para justificar la sinrazón sino para negarla y hacerla desaparecer de nuestras vidas.
Hacienda Micuautla, en Tepeyehualco, estado de Puebla, México. (Imagen cortesía de su autora)
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 88. ¿Todo vale? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 88

¿Todo vale?
Por Manuel Pérez-Petit

La dictadura militar argentina tenía la costumbre de enviar a muchas de sus víctimas al fondo del mar. En abril de 1998, la fábrica de ropas Diesel publicó en la revista Gente un aviso que probaba la resistencia de sus pantalones a todos los lavados. Una fotografía mostraba a ocho jóvenes encadenados a bloques de cemento en las profundidades del agua, y debajo decía: “No son tus primeros jeans, pero podrían ser los últimos. Al menos dejarás un hermoso cadáver”.

Eduardo Galeano: Patas Arriba. Siglo XXI de España, Madrid, 1998. Pág. 213
El 13 de mayo de 1977 en la primera plana del diario L‘Observatore Romano destacaba un titular: “Nadie puede escapar a la influencia de la publicidad”. La frase, que había sido acuñada el día anterior por el Papa Pablo VI (1897-1978) en su mensaje con motivo de la Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales, adquirió pronto notoriedad y hoy, más de cuarenta años después, pertenece al acervo general y sigue vigente. En la actualidad, lo publicitario ya no solo es un espejo que abarca el mundo, sino el propio aire que se respira, y el lenguaje de la publicidad es un discurso mucho más que dominante.
            El sofisma y la retórica de la aldea, en la nueva tribu global de hogares cableados y vigilados, como el editor y escritor de ciencia ficción estadounidense Frederik Pohl (1919-2013) nos describe en su famoso ensayo “La guerra de los mercaderes”, en un mundo que cada día es más selvático y, a la vez, monolítico, y en el que lo subliminal domina todo sin límite de ningún tipo, es lo que impera. Para llegar a ello, a la sociedad de la comunicación total y totalizante, la que vivimos y más aún en plena Era distópica, de la que nadie escapa y en la que a la postre la ética se reduce a una simple “buena convivencia” cuyas normas son dictadas por decreto desde arriba, en la que todo es relativo y el lenguaje de la persuasión implanta su dictadura global, sirviéndose de todo lo que encuentra a su alcance, que es todo lo que hay, y mezclándolo a su antojo, en lo cual ha tenido mucho que ver el arte y la literatura, y no solo como fuente inspiradora, la evolución del “todo vale” ha sido y es granítica y demoledora.
            La finalidad esencial de la publicidad es seducir mediante la difusión de la información específica con la que trata de convencer al receptor de las bondades de un producto o servicio. Es el marketing el que tiene como función principal la venta, y las relaciones públicas, la imagen, como bien se sabe. Estas tres disciplinas van muy de la mano pero también están muy diferenciadas, aunque suele haber confusión en cuanto a su entendimiento en general. Toda creatividad publicitaria debe estar sometida a unos límites que, en muchos países, se establecen en forma de códigos de autorregulación, los cuales se cumplen en mayor o menor medida en la práctica en función de la prioridad que cada uno otorgue a la cuenta de resultados de las empresas, cuyo saldo positivo es el objetivo principal por el que nacieron en su día estas profesiones. Por esta razón, no ha sido extraño encontrar escritores dedicados a la publicidad. Un buen escritor es un buen mentiroso. Y para ser un buen seductor hay que serlo también.  
            Desde siempre, tanto la literatura como el arte en general han servido a la publicidad como fuente de inspiración e, incluso, como referencia y, a veces, modelo. Puesto que la finalidad principal de la publicidad es conseguir el enriquecimiento de las compañías y, al final, en mayor o menor sentido, el control del mercado, que, ahora, es el control político, no es de extrañar que los creativos recurran a las técnicas que aseguren el más estético y eficaz cauce de transmisión de ideas. 
            El publicista no genera obra sino material creativo técnico encaminado a conseguir un objetivo, para lo cual se sirve de cualquier cosa que le sea útil, digamos que de una forma “bruta”, sin límite, pero aceptada por el conjunto de la sociedad, que es la que de manera supuesta marca normas con las leyes... De ahí la cita que encabeza el presente artículo: una verdadera aberración, un famoso encarte publicitario denunciado en su día por el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), que fue publicado en la revista argentina Gente y que llegó a los tribunales, no requiere mayores comentarios pero que hace pensar que el mundo que vivimos hoy ya lo veníamos viviendo desde hace mucho tiempo. 
            La consagración del “todo vale” es la negación de la esperanza. ¿De verdad merece la pena?
Monumento Contra el Terrorismo de Estado, Costanera Norte, Buenos Aires, Argentina (publicado bajo licencia 
Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic).
Fuente de la fotografía: https://www.flickr.com/photos/22463945@N00/5827429164

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 109. Nostalgia al atardecer. María Gabriela López Suárez

Nostalgia al atardecer

Por María Gabriela López Suárez

Matilde se organizó bien el fin de semana, dejó a sus hijos con Renato, su esposo, para poder ir a visitar a su tío Alfonso, quien había tenido una fractura en el pie. Se fue tempranito para que estuviera de regreso a casa por la tarde, le daba pendiente viajar sola en carretera. Sus familiares vivían en otra ciudad, aproximadamente a 3 horas de donde ella estaba. 

La visita fue recibida con mucho gusto por el tío Alfonso y la tía Mica. La esperaban con alegría. Compartieron el desayuno. Les llevó una canasta con frutas, eligió entre ellas las favoritas del tío, las peras y las uvas. Por fortuna, la salud de don Alfonso iba mucho mejor. Las indicaciones médicas eran tener reposo y posteriormente, iniciar una terapia. El ánimo del tío ayudaba mucho.

Matilde ayudó a cocinar la comida a doña Mica, el tiempo les alcanzó para degustar los alimentos de nueva cuenta, antes de que ella regresara a casa. Fue un buen pretexto para recordar anécdotas y ponerse al día con algunas noticias de la familia. Luego les abrazó con mucho cariño y se despidió de ellos, prometiendo que les visitaría nuevamente con su esposo e hijos.

De regreso a casa Matilde decidió que la música de Nora Jones la acompañara, mientras la escuchaba iba deleitándose con los paisajes, el sol estaba por ocultarse, en sus últimos rayos del día iluminaba de bella manera las montañas, las nubes por su parte hacían lo suyo asomándose, como algodones en la parte alta de las montañas, semejando fugaces copos de nieve. Para cortar camino decidió tomar una ruta que tenía mucho tiempo no transitaba,  hasta donde recordaba solía estar más despejado por ese tramo.

Uno de los atractivos del camino elegido era la vegetación que observaba en los costados de la carretera y en los camellones con árboles de matilisguate.  Todo iba bien hasta que llegó un punto en donde pensó que había tomado un tramo incorrecto, los camellones estaban vacíos, sin árboles. Fue disminuyendo la velocidad para observar si era el camino que la llevaría a casa, con tristeza se cercioró que no había confusión, ésa era la ruta, solo que los árboles habían sido cortados. Alcanzó a observar los pequeños troncos que quedaban, naturaleza muerta,  el paisaje era desolador, al menos para ella.

Mientras trataba de recuperar el ánimo, comenzó a recordar las veces que disfrutó observar las flores de esos árboles, ¿por qué los habrían derribado? ¿Y ahora qué harían en esos espacios? ¿Sembrarían otros árboles? En eso estaba cuando, como en una película, se observó en la carretera ya sin rayos de sol con las montañas frente a ella cubriéndose de neblina, el clima había bajado de temperatura. El ambiente se tornaba con nostalgia al atardecer. Prendió las luces del coche, de fondo seguía sonando "I want to talk with you in a cloudy day…"

Photo by Milada Vigerova on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.