Líneas de desnudo/ 58

Una exageración más de los poetas
Por Manuel Pérez-Petit

Miguel Mañara Vicentelo de Leca nació en Sevilla, España, en 1626. Caballero de la Orden de Calatrava, veinticuatro de Sevilla –lo que equivaldría hoy a edil, regidor o concejal–, miembro de una familia piadosa y rica del siglo XVII, nunca participó en las algaradas públicas que se dieron en la ciudad en su época. Tampoco hay base histórica para deducir que fuera un seductor de mujeres. Es más, no consta en ningún documento que hiciera ni lo uno ni lo otro. Estuvo casado durante 13 años y enviudó sin hijos. Dedicó los últimos dieciocho años de su vida a la oración y al servicio de enfermos y pobres, tarea en la que implicó a una gran parte de la nobleza y el mundo artístico sevillano. Tal día como ayer, 9 de diciembre, pero de 1663, ingresó en la sevillana y piadosa hermandad de la Santa Caridad, que se dedicaba a asistir a los pobres, y propuso una reforma de la misma que incluía la creación de un hospicio, que más tarde se convertiría en hospital. Al frente de la hermandad fue un gran mecenas del arte y la cultura al servicio de la fe. Murió en 1679, a la edad de 52 años. Su proceso de beatificación por parte de la Iglesia Católica fue iniciado en 1680, y para ello se publicó una biografía, escrita por el padre jesuita Juan de Cárdenas, quien no escribió casi nada en aquel momento de los primeros treinta y tantos años de su vida. Nunca ha llegado a ser beatificado.

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            En 1962, el diario español ‘Arriba’ publicaba una información del periodista Jaime Campmany fechada en Roma. Bajo el titular “Más de mil causas de canonización o beatificación esperan la decisión de la Iglesia”, el artículo, entre otras cosas, contaba: “los sevillanos no podrán adorar a Miguel Mañara. La legendaria figura del Don Juan penitente y caritativo, de disipada juventud y piadosa vejez, seguirá viviendo y renaciendo en el eterno retorno del mito literario más fecundo de la humanidad y en el ejemplo de caridad de su hospitalaria fundación; pero a la niebla que envuelve su biografía, no se unirá el incienso de las canonizaciones”. Por esas mismas fechas, se pudo leer en ‘Paris Match’ un texto titulado “Don Juan contrito, candidato al cielo”, y unos años antes, en 1955, un artículo publicado en el diario madrileño “Ya” levantó tal alboroto que incluso Radio Vaticana emitió un resumen del mismo, pues muchos entendían que con la de Miguel Mañara se trataba de promover la beatificación del mismísimo Don Juan Tenorio. Nadie quería –o podía– reparar en un hecho por aquellas fechas irrefutable: el modelo en que se inspiró, más de trescientos años antes, Tirso de Molina –o quien fuera el autor del drama– nunca pudo ser Mañara.
            Leyendas donjuanescas y sobre el convidado de ultratumba tenían vigencia, desde tiempos medievales, por toda Europa, cuando, hacia 1630, fue impreso “El Burlador de Sevilla o convidado de piedra”, cuya primera representación teatral data de 1616. A partir de entonces –e incluso desde antes, pues las referencias al mito en Dante y en Marlowe son incontestables–, una especie de fiebre crónica de don Juan ha inundado las literaturas europeas, teniendo como resultado una incontable lista de obras de todas las disciplinas artísticas, sobre todo literarias, cada una de las cuales refleja diferentes vidas del mismo protagonista. 
            En 1665, fue estrenada la versión de Molière en el Palacio Real de Francia. En 1734, en Italia, Goldini publicó “Juan Tenorio o el libertino castigado”, que sirvió en parte de base a Lorenzo Da Ponte para redactar el libreto con el que Mozart compuso “Don Giovanni”, aclamada en Praga en su estreno en 1787 y repudiada por la relamida Viena del momento pocos meses después. Tanto en el XVII como en el XVIII el personaje se llama Don Juan Tenorio o Don Juan a secas, y acaba siempre condenado al infierno. Sin embargo, la eclosión de los movimientos románticos marcaron un cambio casi definitivo en el tratamiento del héroe –o antihéroe, si se prefiere, pues en su carácter próximo, transplantable a cualquier ser humano, radica parte de su éxito–. Lord Byron compuso entre 1819 y 1824 el poema “Don Juan”, presentándolo como un humorista sarcástico. En 1834, Próspero Mèrimèe le otorga dos personalidades enfrentadas en “Las almas del purgatorio o los dos don Juan”, pero fue Alejandro Dumas padre quien acuñó, dos años más tarde, el nombre de Don Juan de Mañara, “hallazgo” al que pronto se apuntaron quienes, en sus viajes por Andalucía, conocieron también leyendas atribuidas al personaje –histórico– de Miguel Mañara por la imaginación popular. En esta nueva tradición, en 1844, Zorrilla escribió en veintiún días su famoso drama, retornando a la historia de siempre, la de don Juan Tenorio, dándole a éste la piadosa oportunidad de redimirse en el último suspiro por el amor que le nace por Doña Inés. Luego, otros autores han dado nuevos o antiguos o renovados tratamientos al relato, como casi todos los escritores españoles o la mayor parte de las grandes figuras de la literatura universal desde el siglo XIX, en una secuencia cuya terminación no se vislumbra todavía. 
            Sin embargo, el conflicto de los apellidos de don Juan quedó vivo, servida la confusión hasta hoy mismo. En 1913, el escritor y diplomático franco-lituano Oscar Milosz publicó “Miguel Mañara. Misterios en seis cuadros”, más o menos en la misma época en que el poeta español Antonio Machado escribió “Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido...” en su poema “Retrato”, incluido en su imprescindible “Campos de Castilla”... Podría seguir y seguir en este relato de esta tormenta particular, pero como muestra quede lo ya expuesto, pese a que cabe añadir: derivado del ciclo y mito de Don Juan –y más que derivado, plenamente enmarcado en él– se encuentra todo el ciclo fáustico... 
            Hoy por hoy, con o sin apellidos, demoníaco o humano, maleable como el oro o la plata, con su virtud de metáfora casi de piedra filosofal, con sus innumerables nombres, versiones y posibilidades, Don Juan, un don juan camaleón incluso, inacabable, inabarcable y pleno, sigue vivo..., más potente, común, joven, lleno de tormentas que nunca, en su deambular imprevisible por todo Occidente, y más allá. 
            Y otrosí les digo: Don Juan anda por la calle, y parafraseando al narrador español Gonzalo Torrente Ballester, cabe decir que aunque el personaje de Don Juan fuera inventado por un teólogo, “no es más que una exageración de los poetas”.
 Miguel Mañara, en 1681, por Juan de Valdés Leal. (la imagen es de dominio público”)
Imagen: Miguel Mañara lee la regla de la Hermandad de la Caridad (1681), por Juan de Valdés Leal. (la imagen es de dominio público”)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.