Líneas de desnudo/ 66

Después de cantar el gallo
Por Manuel Pérez-Petit

Antes de la medianoche de Nochebuena, en la vigilia de la Navidad, se celebra, desde hace más de mil quinientos años, la misa que llamamos “del Gallo”. En su origen se trataba de una vigilia con la oración “mox ut gallus cantaverit”, ‘después de cantar el gallo’, que era el comienzo del día para los romanos.
            La Nochebuena y la Navidad son fuente de muchas obras literarias, pero para mí que nadie ha recreado nunca el milagro de esas horas como el poeta sevillano, vecino mío del barrio de mi infancia, San Lorenzo, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). En 1868, perdió sus “Rimas” y gracias a su memoria y las publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruirlas. Fueron publicadas a título póstumo junto a sus "Leyendas" en 1871. Poco después, siendo ya su obra reconocida en toda Europa, nació el movimiento simbolista francés. Hoy se le considera el primer poeta moderno en español y es incuestionable su influencia en la literatura posterior y contemporánea universal.
            Una de sus leyendas es “Maese Pérez el organista”, con quien, como veremos en unas líneas, tan intensa relación tengo. De pequeño no me llevaron nunca, pero ya con doce o trece años había ido varias veces. Me daba por aquella época por aprenderme de memoria cada rincón de Sevilla, el nombre de cada calle, el detalle de cada esquina, cada balcón, cada patio... A veces creía descubrir sitios, y hasta estaba convencido de que nadie los había visto antes. Miraba sin descanso y no dejaba de ver, y dedicaba mis solitarias horas en mis tareas de aventurero en una ciudad que me parecía inacabable. En aquel tiempo, ecléctico, me adentraba por la ciudad, como esta misma pasada noche. 
            Siempre me llamó la atención el convento de Santa Inés. Me gustaba ir allí a misa, y siempre que lo hacía miraba con curiosidad de bibliófilo el órgano. Cerraba los ojos y veía allí al ciego, tocando aquel órgano prodigioso. Como pasó anoche cuando acudí a la misa del Gallo en ese mismo lugar, y volví a pasear, como hace más de cuarenta años, con el mismo pasmo, y saludé de forma leve con la mano, como me daba por entonces, justo antes de cerrar los ojos, a mi viejo amigo Maese Pérez –al fin y al cabo mi probable pariente–, el organista. Y sé que al maestro le dio una vez más por hacer una excepción y tocó solo para mí. 
            Se puede ir volando a Santa Inés, pero anoche mi camino fue a pie, desde el barrio de San Bernardo, extramuros, donde se ubicó desde tiempo inmemorial el matadero de la ciudad. Entre sus muros se alanceaban toros desde el siglo XVII. Allí nació por estas mismas fechas de ahora pero del siglo XVIII el pase llamado “Verónica de frente”, que se hace con el capote, el trapo que se utiliza en el primer tercio de la lidia de un toro. Frente a San Bernardo se encuentra la puerta de la Carne, uno de los múltiples accesos a la ciudad, que estuvo amurallada hasta mediados del XIX, tiempos de Gustavo Adolfo. Nace ahí la calle Santa María La Blanca, a la que accedí por la del Aire, donde nació Luis Cernuda (1902-1963), quien comenzó a leer poesía –gracias a Dios– a los nueve años de edad con motivo del traslado de los restos de Bécquer a Sevilla. Caí a la calle de San José. A la derecha quedó la auténtica judería de Sevilla, en donde naciera Miguel Mañana (1627-1679), a quien dediqué uno de mis últimos artículos, Una exageración más de los poetas, a colación de haber sido confundido con quien pudo haber inspirado el personaje mítico de Don Juan. A mi izquierda se fue alejando el Alcázar y sus arrabales, desde comienzos del XIX conocidos como barrio de Santa Cruz, en donde Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fundara un convento de su reforma carmelita a finales del XVI y dijera aquello de que Sevilla era una ciudad imposible (sic). Llegué enseguida a San Nicolás, un cruce de calles, y de allí a San Pedro, una plaza frondosa que transité hacia la parroquia del mismo nombre. Perderse en el ínterin está permitido. Yo mismo lo hice esta noche. Al costado derecho de la iglesia conforme se mira a sus pies, o sea, su fachada, nace la calle Doña María Coronel (1334-1409), llamada así en honor de la señora que se hizo quemar el rostro con aceite al no querer corresponder a los amores que le profesaba el rey Pedro I de Castilla (1334-1369), allá por el siglo XIV, y que fundó el convento de Santa Inés, para terminar de preservarse del monarca, a quien por cierto sucedió en el trono su hermano bastardo Enrique II de Castilla (1334-1379), fundador de la dinastía de Trastamara y antepasado directo de Isabel I de Castilla (1451-1504), mejor recordada como “La Católica”...  
            Y es que el mundo es un pañuelo... Por eso, esta noche pude desplazarme hasta allá. Enseguida encontré a mi derecha la puerta del convento, y tras cruzar el ‘compás’ –busquen qué es el ‘compás’ de un templo, aunque les adelanto que para mí es el comienzo de la inspiración de todo milagro–, llegué al templo en que, según Bécquer, tocaba Maese Pérez, después de muerto y como en vida, de manera maravillosa, el órgano, todas las nochebuenas. Pero un día, ése órgano, ya demasiado deteriorado, tuvo que ser sustituido por otro nuevo. Y a partir de entonces, según afirman todos, no ha vuelto.
            Sin embargo, yo sé que eso no es cierto, y siempre que voy cierro los ojos y lo veo y oigo su música... Como anoche, justo después de cantar el gallo.
 Primera página de la leyenda «Maese Pérez el organista», de Gustavo Adolfo Bécquer, publicado, con las obras completas de éste, por Librería de Fernando Fe, Madrid, en 1885.
La imagen está libre de derechos.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.