Cajón de rubores / 4

Fisonomía 4 
El viejo guitarrista ciego

Por Antonio Florido

       

Digamos sí, que “el color es el punto de partida de la pintura moderna”, como afirmara Francastel, y a la vista del cuadro nos zambullimos en un doble o triple significado, tal vez más. Una vida que termina en lánguida apariencia, que se resiste agarrada a la forma femenina. Una vida en azul, en azul analogía, variable en gracia, viva de contento, como el cielo amplio y liso de un día tranquilo y luminoso. ¿Acaso el añil no es precioso y calmo, no es quizás el azur una alocada melodía, no es tal vez lo marino símbolo de nuestros sueños más profundos, no es, díganme, el cerúleo pigmento del amor apasionado la madreselva de las esperanzas?

Azul intenso en la mirada fosca, azul lechoso en su brazo trémulo, azul blanco, sí, blanco, en los huesos y cabeza, azul de miedo, en la trasera de lo oculto, azul en fuga, hasta alcanzar la nauseabunda colchada de un azul de muerte y, sobre este color de alegría, escondida entre sus brazos, mírenlo, la hermosa figura, la curva quieta, la espera eterna de unos dedos cultos… La columna erguida, como la muchacha del lejano verso, la que miraba absorta la altura hecha palmera…

No es un cuatro ni un requinto, de charango nada, es la curva perseguida y larga, el comienzo de la poesía que viaja por el aire, el brazo lacio que se agita, la frente seria, los ojos muertos, vivos, es la pierna que tembleca, el zapato que de pronto salta, no, no se trata de silencios…

Cuatro paredes, techo, suelo, la tarima que se yergue, una silla teatrera, un paseo largo con la mirada baja, el pecho comprimido, el poder de la palabra, la punzada en la cuerda que se atreve, el chillido vuela…

Suenan los latinos en la sala acompañada. El guitarrista ha despertado, mueve los dedos, pide, reza, piensa en la siguiente cuerda, una, tres que enlaza a la primera. Avanza la mirada, piensa, reta, dedos que pulen el dolor de la ignorancia. Así una, varias veces, en ocasiones claman, observan las butacas muertas, la gente bulle, estudia la apolínea majestad de esas manos, sangran las miradas.

¿Música que suena como música? No. Busco llegar a algo que no resulte conocido, el misterio de la cuerda, la caja que me llama, los nudillos golpeando; las olas en lontananza suben, bajan, arrastran los sentimientos, llueve sobre el tablao de la guitarra, caen cintas de colores, suben cuerpos en la plaza…

Estás tú y la música, debajo no hay nada.

“Los colores se corresponden con su música y la música con sus colores”.
Guitarra azul, mirada zarca, zarcos dedos en el azul moribundo de una noche fría. Camina con su mujer al hombro, la cabeza baja; los brazos, verdaderos sufridores del silencio. Le veo en la lejana calle, se va marchando, se va perdiendo, espalda curva, curva acera, paso lento, suave agonía en su rostro, mansa risa en las hendiduras.

La noche pura, fría, silenciosa, mira al hombre que tocó en un azul desmayado.


 
 

El viejo guitarrista ciego (1903). Picasso (1881-1973).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.