Líneas de desnudo/ 54

¡Jag Jánuca Sameaj!
Por Manuel Pérez-Petit

En este 2021 (p. año II de la Era de la p. pandemia), desde el pasado domingo 28 de noviembre y hasta el próximo lunes 6 de diciembre el pueblo judío celebra el Janucá, fiesta de las luces o luminarias, más necesaria que nunca, si cabe, en la desolación en que el mundo se ha convertido de no mucho tiempo a esta parte.
            Se trata de una fiesta movible, una celebración hebrea que inicia el 25 de kislev según el calendario judío, y se extiende por ocho días corridos, hasta el día 2 de tevet, y con la que se conmemora la derrota de los helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos y la purificación del templo de Jerusalén de los iconos paganos, de la que se recuerda de manera especial el milagro del candelabro, que se mantuvo prendido durante ocho días con una exigua cantidad de aceite. Eso ocurrió hace más de dos mil doscientos años. Acerca de esta historia, sus antecedentes, su desarrollo y su trascendencia, se puede consultar y leer una gran cantidad de textos y documentación de bastante fácil acceso, y la verdad es que merece la pena.
            En 2009 celebré por primera vez el Janucá. Aunque soy católico –y convencido– debo reconocer mi afecto y simpatía por el pueblo judío. La misma Iglesia Católica reconoce al judaísmo como "el hermano mayor" del cristianismo, pero de manera independiente de ello, observo en la intimidad y celebro con humildad, admiración y respeto desde entonces las principales celebraciones judías. He tenido y tengo grandes amigos que son judíos y hasta en mis proyectos editoriales he dedicado especial atención a ellos, al punto de que incluso presumo de ser editor de muchos de ellos, que me han concedido el honor de confiarme siempre brillantes obras literarias. 
            En aquella ocasión, hace ahora doce años, estuve prendiendo una vela diaria –más la central del candelabro, januquilla o menorá, que se prende siempre–, y escribiendo un pensamiento, que recogí en mi poema “Prendí ocho velas y ocho pensamientos durante ocho días para conmemorar la luz”, perteneciente a mi serie “Mi pensamiento”, escrita entre 2005 y 2010, que solo fue publicada de manera fragmentaria en mi libro “Creo en los milagros, antología personal 1985-2009 (primera edición, Cascada de palabras; segunda edición ampliada y revisada, Morvoz, Hyperversos y Trajín, 2011, México), y que releído y revisado, traigo aquí. 

Prendí ocho velas y ocho pensamientos durante ocho días para conmemorar la luz 

A Marcos-Ricardo Barnatán y a Armando Felipe Soltanovich Goldman, por diferentes razones y la misma.

            Primera vela: Vivir con fe
            Manuel Pérez-Petit cree que tantas cosas por las que merece vivir al final se convierten en lo mismo: en despedida, y cree que toda despedida es un encuentro, por lo que se mantiene a la espera, y encenderá… por primera vez en su vida, con todos los respetos y lleno de fe, las ocho velas que recuerdan el milagro.

            Segunda vela: Amar a la pareja
            Paciencia es lo que ahora tengo, pero también sufrimiento. Por lo que me ha pasado, por mi propia vida. Por mi impotencia, mis limitaciones..., por ser tan asequible a las sirenas. Me conozco mejor, pero ando sin rumbo y sin asiento. Ya no me lamento por los errores. Me asumo como nunca. No estoy derrotado, pese a que me cubre un manto de derrota. Ahora prendo luces. Y cada vela me recuerda que mi patria está en la mujer que amo.

            Tercera vela: Amar a los hijos
            No escribo para que me leas. Escribo porque no quiero no escribir. Y escribo, por ejemplo, para que podamos pasear tomados de la mano, asomarnos a este mar, y sentir el vértigo y el fuego de mirarte..., y también por eso enciendo cada día una vela, y la prendo en mí, porque yo mismo soy, de alguna forma, el candelabro que me recuerda que, en realidad, escribo para que me quieras. Y dado que el amor es la fertilidad, doy a mis hijos mi vida.

            Cuarta vela: Ser buena persona
            Busco la luz que sólo en el fuego que agrando cada día habita, como habita en los silencios que siendo impuestos hago míos y a los que derroto con esfuerzo. Busco la luz y hay treguas que estorban, pero nunca me estorbará la vela que es fuego, que es silencio, que está en mí, que vive en ti y que hoy, por cuarto día, al comenzar la noche, me abre de nuevo los ojos, pese a que aún ando ciego.

            Quinta vela: Amor a la familia
            La vida dirigida desde fuera de la vida sólo puede ser dirigida hacia la destrucción de la misma vida. Al que disiente se le tilda de exótico, se le aparta, condena y reprende. ¿Por qué no cejan en su empeño de dirigir las vidas y se rinden al hecho de que la vida nunca acaba? Hay pánico a la vida, a la luz, al amor, a la familia... Pero hoy, por quinto día, me reafirmo en la familia como base de mi vida y lo simbolizo en la vela que he de prender por todos los milagros.

            Sexta vela: Alegría
            Recuerdo lo de T. S. Eliot: "¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo, dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento, dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?", y me doy, una y otra vez, con el mismo muro, y aun sabiendo que tengo todas las batallas perdidas de antemano me considero ganador... Hoy prendo la vela para no perder mi ignorancia, mi inocencia, mi visión y mi vivencia de la alegría.

            Séptima vela: Amor a la vida
            No sé qué haré con mi vida, mientras tomo los limones que son cada uno de mis días, ni sé que haré con el fuego, con esta zarza ardiente que me mantiene en pie, incansable, sólido como mástil invencible, con el candelabro que soy y me recuerda el milagro, con mi manifiesta inutilidad y este desierto... Si acaso sé que seguiré entregándome a la tarea de aceptarme, seguiré mirando al mar, seguiré de pie, seguiré andando…, solidificando mi fe y mi amor innegociables.

            Octava vela
            Creo en los milagros, y en que los milagros son fruto de la fe, el amor, la voluntad... y de ser traslúcido...

            Hasta aquí el poema. Que la luz reservada para los justos pueda mantenerse en todas nuestras vidas y sea para que seamos sanos y aumenten en nosotros las bendiciones. En la era de la desolación cobra más sentido que nunca que la fiesta de la luz sea en nosotros mismos y con los nuestros, para todo el pueblo de Israel, que en realidad somos todos, y que nuestras lágrimas sean instrumento del encuentro con el amor. Y es nuestra tarea: Iluminar al mundo.
            
 Mi januquilla de 2017
Fotografía:  Al no tener januquilla, hice esto en 2017. ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.