Líneas de desnudo/ 47

San Borondón como consuelo
Por Manuel Pérez-Petit

A la memoria de Manuel Pereda de Castro y a todos los suyos
Con tanto aún por compartir de mis “monstruos internos” –qué lucidez la de mi querido editor, Roger Octavio, a la hora de describir mi ‘Líneas de desnudo’– y por desplegar de mis “disertaciones seriadas” que, en efecto, son parte esencial de mi bitácora por el mundo y, de manera especial, Hispanoamérica, mi pese lo que pese casa, puestos a regresar a las andadas me inflamo como nunca y aunque hubiese deseado elaborar un articulito de saludo y para anunciar que he vuelto a esta revista admirable, ‘Letras, ideaYvoz’, y que en adelante podrán volver a leerme miércoles y domingo, me veo obligado, sin anestesia y envuelto en dolor, a hablar de fuego, pero del fuego que viene del centro mismo de la tierra, del que, convertido en lava, destruye todo lo que toca, sin hacer distingo de ninguna clase.
            A la hora de la comida del pasado 19 de septiembre entró en erupción el volcán Cumbre Vieja de La Palma, una de las siete islas conocidas del archipiélago canario, ubicado frente a las costas de Marruecos en el océano Atlántico. Digo que La Palma es una de las “conocidas” porque existe la leyenda de la isla de San Borondón, que, de manera mítica, ha aparecido y desaparecido a lo largo de los siglos, llegando a ser llamada «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida» o «la Encantada» y que hasta tiene carácter y origen hispanoamericano, al ser vinculada a la leyenda de la bahía de Samborombón (Provincia de Buenos Aires, Argentina), bautizada durante la expedición de Magallanes en marzo de 1520, en la creencia de que había sido formada por el desprendimiento de la isla de San Borondón del continente americano. Desde la Edad Media, los cartógrafos que la han documentado ubican San Borondón cerca de La Palma. He leído en estos apocalípticos y tristérrimos días de lava y sismos que existe una posibilidad real de que con la erupción de La Palma, que ya ha supuesto una ampliación de su propia extensión geográfica, puedan emerger nuevas ínsulas que sumar a las Canarias. No sé si la posibilidad es real –no hay que olvidar que en situaciones como éstas la imaginación se dispara–, pero seguro que si se diera este hecho, una de ellas sería San Borondón, aunque fuera para darle la razón a quienes creyeron en su existencia durante este último milenio.
            Entendamos la posibilidad de que emerja San Borondón como un consuelo ante el dolor inconcebible que estos dos últimos meses nos viene deparando. Sobre todo porque me imagino que San Borondón, en realidad, es una escultura del muy querido Manuel Pereda de Castro (1949-2018), escultor extraordinario, cántabro de nacimiento y palmero de adopción, cuya casa-estudio ha sido sepultada por la lava. Gracias a los esfuerzos de su mujer, la pintora Gloria Viña, y de sus hijos, no sin apoyo de las autoridades locales –no en vano la obra de Pereda de Castro no solo cuenta con gran predicamento en Canarias sino que es reconocida en el mundo internacional del arte– antes del terrible acontecimiento y cuando se vislumbraba inevitable se pudieron recuperar muchas de las piezas del legado de Manel, como le conocíamos allegados y amigos. He tenido el honor y la fortuna de convivir con los Pereda de Castro, con los que me unen lazos de amistad perenne. Conocí a Manel, hermano de mi muy querida Rosa Pereda, y su familia, en paseos por Santander o por Madrid. De igual modo conocí a su hija Lilith, artista excepcional, quien también ha estado y está al pie del cañón en estos días, en una velada memorable de hace ya unos años en casa de Rosa y Marcos-Ricardo Barnatán, acompañados de nuestra común y entrañable amiga Soledad Orozco. 
            La destrucción de la casa de Manel y Gloria me ha traído a la memoria la obra del pintor del barroco español Juan de Valdés Leal (1622-1690), y sobre todo sus dos más famosas pinturas, ‘Finis gloriae mundi’ (El fin de las glorias mundanas) e ‘In ictu oculi’ (En un abrir y cerrar de ojos), en las que sobre la destrucción hay, de forma paradójica, una vida. En el caso de la primera, sobre el obispo muerto una mano viva sostiene una balanza. En el de la segunda, un esqueleto en pie mira al observador del cuadro. Se podría abundar en ello, y no me detendré más en la alocada sinonimia que se me ocurrido entre el drama de La Palma y estas pinturas… Con lo que me quedo es, una vez liberado el monstruo interno de mi tristeza por el desastre, con el monumento que podría emerger de las aguas, la isla de San Borondón, escultura definitiva de Manel. Y en última instancia, inflamado como estoy, con la certeza de que el monumento es su obra, que en realidad jamás podrá ser sepultada.
            Aunque lo cierto es que ni San Borondón ni nada me consuela –aun siendo posibilidad aún no se ha dado–. En todo caso, saber que hay afectos que duran siempre y son inextinguibles.
 
   
 
Imagen: © Desiree Martin / AFP 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.