Líneas de desnudo/ 48

'Feels so good'
Por Manuel Pérez-Petit

Retomando mi ‘Líneas de desnudo’ y teniendo aún pendiente releer todo lo publicado en mi anterior etapa colaborativa, me está llegando en estos días una gran cantidad de ideas y tormentas que redimir por medio de la palabra en este ‘Letras, ideaYvoz’ de tan grata realidad para mí. Antes de ayer, una vez publicado mi ‘San Borondón como consuelo’, estremecido aún por la interminable tragedia de La Palma, decidí dejar de pensar en ello, y para ello me puse ese ‘Feels so good’ de Chuck Mangione en mi teléfono –extraño aparato éste, que cada vez sirve menos como teléfono, por cierto, y más para controlarnos–, y me dejé ir…
            Comenzó a fluir mi cabeza como agua mansa que alimentara una laguna llena de juncos torcidos por el aliento de la brisa acuosa de un valle… Qué vida tan complicada ésta… Ya no marca la diferencia la experiencia, que ya ni nos sirve, dada la velocidad de crucero en que todo cambia de forma tan vertiginosa y continua, que asusta, tan impropia del fluir de una laguna en el valle… Lo que marca la diferencia es el espíritu –fíjense, con lo tan desprestigiado que está–, sí, el espíritu con el que las cosas, cada acción, cada gesto, cada decisión, se afrontan; la capacidad de llenar de vitalidad y frescura cada momento, de crear esperanza, de asumir con ímpetu la tarea de ser libres, de encontrar el encanto de lo cotidiano, de transformar el mundo y la misma vida, incluso, si se quiere, en poesía, aunque bastaría con transformarla en vida, lo cual, en el fondo, es lo mismo.
            Es mi convencimiento: estamos obligados a transmitir valores, al menos si alcanzamos un cierto grado de consciencia, asunto cada día, por otra parte, más complicado. Hoy la trivialidad nos inunda con marchas triunfales y victoriosas. El tuerto, si es, además, miope del otro ojo, es el rey indiscutible. Hoy, mientras menos se ve más se mira, y mientras más se mira menos se ve. Vivimos sobrevalorando lo superficial, y, si nos vamos hacia dentro de nosotros mismos, sufrimos lo indecible. Adoramos el ruido y nos espanta el silencio. Sobrevaloramos el hecho de pensar y nos perdemos en diatribas inútiles. Por lo general, nos hemos olvidado de los principios de creer, crecer y crear. Ya casi todo es mímesis, fatuidad, vacío, pero, eso sí, también discurso panfletario. 
            Cierto es que cada día es más complejo el ejercicio de la propia libertad, tan desquiciada en la práctica, violada por nosotros mismos una vez tras otra, pero que es el gran tesoro que donado al ser humano le hace serlo, pese a lo cual es lo que ponemos de manera temeraria en juego cada día. Muchas veces me pregunto si somos conscientes de esta desgracia, aunque incluso podamos generar opinión y hasta convencer a otros de lo contrario. De la responsabilidad que tenemos respecto a nosotros mismos y a los otros –que, por cierto, existen–, de si seremos capaces de ofrecer soluciones a un mundo perdido o peor, como el que estamos construyendo de un tiempo a esta parte, o, al menos, de sobrevivir a la hecatombe. 
            Asistimos, unos con más estupefacción que otros, al espectáculo al que quienes tienen la batuta del mundo quieren que asistamos... ¿De verdad que la gran noticia que deberíamos conocer es que a Messi no le va tan bien como era de esperar en el PSG, que el presidente chileno Piñera vaya a terminar en la cárcel por tener una fortuna escondida en un paraíso fiscal, que la novia de Jeff Bezos –uno de los hombres más ricos del mundo, propietario de Amazon– se haya deshecho en ojitos con Leonardo DiCaprio...? ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Es eso más importante que el interminable proceso de paz de Colombia o el empobrecimiento no solo de México sino de toda Latinoamérica, y todo lo que ello representa, merced, sin ir más lejos, entre otros factores, a la política monetaria de Estados Unidos? ¿No lo es la sangre ya olvidada de Siria o la nueva realidad de Afganistán? ¿La reelección de Ortega al frente de nuestra amada Nicaragua, afirmando que los presos políticos que hay –y no son pocos– son “hijos de perra de los imperialistas yanquis”, y esto sin entrar en considerar la limpieza o no de las elecciones mismas?...
            Podría seguir y seguir. Y es cierto que puede que seamos pendejos, todos nosotros, sí, pues nos dejamos embaucar con alegría por aquellos que gobiernan en realidad con puño de hierro y guante de seda, contra los más elementales principios de Montesquieu, nuestras vidas, negando, de entrada, nuestra propia libertad. 
            Quizá pensar sea peligroso. Y así lo entienden desde luego los que mandan, que no siempre son los que aparecen en los periódicos. Y los que tenemos la oportunidad de crear, en mayor o menor medida, con más o menos acierto, estados de opinión, debemos conocer a fondo lo que nos rodea. Yo en particular creo que lo que falta en el mundo es amor, dicho sea sin emocionalidad alguna –y mucho menos ñoñería, y es que nos estamos jugando mucho–, pero es mi problema y ya veré cómo lo atiendo. En cualquier caso, lo que falta, y ahí sí se podría alcanzar cierto consenso, es silencio, el silencio del valle bajo la lluvia fina, inmersos como estamos en el ruido orquestado por quienes nos manejan a su antojo –versión actual del antiguo “pan y circo”–. Es un ruido brutal que se manifiesta de manera flagrante, e incluso hasta la grosería, en aquellas “noticias” que ellos mismos entienden que debemos atender y asumir como principales en nuestras vidas y que deben afectarnos. Y, además, nosotros les hacemos el juego, y hasta con gusto. Al fin y al cabo esto es el mercado, la droga que con generosidad nos administran. Fue un mal de siempre me dirán, pero quizá, y ojalá no tenga yo la razón, les pido que reflexionen acerca de ello, porque a día de hoy parece más exacerbado que nunca.
            Dan ganas de irse a otro planeta, porque cada vez éste da más pena. Lo que es seguro es que nadie me quitará de la cabeza que lo que falta en el mundo es espíritu y capacidad de amar. Hoy, además, que todos estamos más cerca que nunca, y nos felicitamos por ello, aunque quizá estemos en realidad más lejos que jamás antes hayamos concebido... Qué vida tan complicada ésta… Y como el junco que se mece al paso de los pelos de gato en forma de lluvia de la laguna de un valle cualquiera, me siento en esta piedra y contemplo el mundo, con ayuda del célebre tema de Mangione, trazando ya no líneas de desnudo sino de escape...
 
   
 
Imagen:  Primera página de la partitura original del tema 'Feels so good', compuesto por Chuck Mangione en 1977.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.