Revista

Cajón de rubores. 16. Aún puedo vomitar. Antonio Florido

Fisonomía 16 
Aún puedo vomitar

Por Antonio Florido

     
Huele a tejido recién pintado, a trazos deshechos, rugosos, a líneas desleídas en el fondo del lienzo imitando una atmósfera de ceniza irrespirable; apesta a muerto ya descompuesto, a gente huida a toda prisa, a túneles cerrados por sorpresa y sin motivo aparente; los escalones se derriten en la cuesta que baja hasta el andén; mi cuerpo, absorto y desconocido, avanza solo, sin que nadie ⎯ni yo mismo⎯, se lo ordene, en un progreso hacia ninguna parte, hundiéndose en un ambiente lechoso de sofoco y de ausencia; llego al último escalón, un pasillo mugriento se abre a la derecha; otro, igual de sucio y pestilente, lo hace hacia el otro lado ⎯estúpida armonía de los pasillos callados, sosa simetría del mundo⎯, nada en el aire, solo silencio…y las pisadas ahuecadas en las losas podridas; avanzo tocando las paredes, rozando con la punta de mis dedos los últimos escombros de esta tierra que se hunde sin remedio; fuera quedan pocas cosas, acaso algún ser viviente que todavía no se ha enterado de qué va la película; hace frío, el viento del norte que desgaja las alheñas se convierte en un gélido aliento aquí adentro, bajo tierra, entre estos infinitos callejones por donde la gente solía caminar cabizbaja, ¡qué tiempos!

Antes éramos muchos, decenas, cientos, miles de personas las que caminábamos por aquí, cada uno a su destino, todos mirando hacia el suelo, cada uno apresado en su propia envoltura, como un cascabullo, igual que un cascarón que protege la individualidad y la sacraliza; todos íbamos deprisa, las bolsas colgadas de los hombros, los billetes en las manos cerradas, pintando un mosaico multicolor lleno de impaciencias y vacíos, pero esos días desaparecieron, ahora no me encuentro con los amigos ausentes de todos los días, soy el único que continúa esperando la llegada del tren de las 7:30, el que pasa por Candem y llega hasta Kennington para luego girar al oeste en busca de Morden; allí me bajaba a diario, tomaba el camino de las piedras brunas junto a las últimas casitas de madera y me iba al centro de la tierra para arañar los últimos restos de carbón; la tierra por dentro es dura como el alma de un desesperado; recuerdo que cavábamos todo el día sin parar, hasta llenar nuestros pulmones de humo negro, se oían toses por todos lados pero nadie hablaba, nadie cruzaba una sola palabra con el obrero de al lado porque, perder el tiempo en aquellos años, significaba desaprovechar toda esperanza de vida y de futuro; hoy ha pasado ya la hora, arrecia el aliento de la cueva, la brisa, dulcificada por las paredes gravitadas, acaricia mi rostro y una pincelada de pintura, de grumo acumulado en mi cara, se desliza hacia abajo borrando mi sonrisa; llego al andén; no hay nadie; en efecto, la soledad de este sitio es tan densa que hasta el sonido se atemoriza y huye de aquí; oigo el lamento de las paredes, de los techos curvos, de los pasillos infinitos, de las esquinas ansiosas; el desequilibrio de todo un mundo de estertores se funde con mi alma y me siento el ser más solo del planeta; por la derecha se abre una garganta oscura con el techo arqueado; parece que no puede con el peso de los años y por eso las líneas verticales, grises, opacas, se doblan hasta darse la mano por encima del cielo; en lo alto reina la oscuridad, nadie sube hasta allí para limpiar los hedores de los cientos de miles de personas que respiramos allí durante tanto tiempo; por el otro lado se abre una escalera transversal que en tiempos servía para que los pasajeros saliésemos al exterior, no sin antes cruzar infinidad de pasillos y escaleras eléctricas; hoy aparece tapiado; lo han hecho con ladrillos de cobre herrumbroso, verdes, ocres, rojizos; la pared asoma a medio acabar, ya no había tiempo para tan delicada tarea, ya nadie pasa por allí y ya ningún suspiro se quedará atrapado en las juntas de los azulejos; sin embargo, en el centro de la garganta sigue horadado el hueco con los raíles; me acerco y compruebo que las culebras continúan con la postura elegante de siempre, paralelas, calmas, cansinas, sin ganas de moverse y sin motivo tampoco para hacerlo; dos metros, casi, de espacio vertical insalvable que me separa de la pared de enfrente, un abismo abierto en el suelo a base de martillazos, arrancando los dolores de un parto que excavó esta línea de metro con miles de brazos sudorosos; me pregunto por qué sigo viniendo aquí todas las mañanas, y yo mismo me digo que tal vez sea para recordar la podredumbre que cubría la tierra por aquel entonces; luego, cuando el tiempo pasó, alguien cogió en sus manos un pincel alargado, de muelles hebras y con él dibujó el rostro y la silueta que me da la vida; ese pintor lo hizo sacando del alma el dolor que nos acompaña toda la vida, respirando quedamente, procurando con la muñeca giros misteriosos, alejándose, acercándose al lienzo, sonriendo cuando una cualquiera de esas pasadas quedaba a su agrado; parece que yo mismo le veo en su estudio, intentando expulsar de su pecho las contradicciones de sus días, dudando si seguir con el rostro o por un brazo, extraviando sus miradas en las líneas difusas lanzadas al lienzo que tiene delante; yo no soy más que un figurante de un cuadro ocre y mohoso, una escasa y diminuta efigie apenas trazada con cuatro o cinco pinceladas; no tengo cara, mi perfil es abierto, para que todo el que lo vea se imagine lo que quiera; me gusta así; no quiero destapar mi carne ante cualquier idiota que se detenga frente a mí a tratar de desnudarme; me gusta tanto que desde este plano misterioso le doy las gracias al artista y recojo los restos de hiel que él mismo desparrama por el lienzo; aunque me hubiera gustado estar acompañado ⎯no deseo negarlo⎯, quizás con alguien más joven, con alguien que aún tuviera algo que añadir a esta historia sin principio y sin final; quién sabe, al fin y al cabo, quién soy yo para decidir si este cuadro está acabado; puede que mañana, a las 7:30 en punto, se acerque mi tren y deba de nuevo llegar hasta el camino de piedras para seguir arañando con mis dedos los estratos podridos; oigo el latido del túnel, desde el banco donde me encuentro sentado percibo el zumbido ancestral de las capas del suelo, de esas alfombras dormidas que los hombres se afanaron un día en despertar; es un sonido sordo, profundo, armónico, acompasado con el latido de mi propio corazón; me distraigo olvidando a la gente que conocí allí afuera, intentando recordar una a una todas las caras cercanas para luego lanzarlas al mar del olvido, escupiendo cada vez que a mi mente se asoma un ser estúpido al que conocí un buen día; quizás por eso vengo aquí a diario; fuera, ¿qué hay que pueda servirme de algo?, ¿tal vez alguna esperanza sincera, algún anhelo diferente que llene más que todos los que pasaron por mi vida?; ya no resisto más a la gente ni aguanto la vulgaridad de sus risas, ni las locuras de sus pensamientos; ahora soy yo el que manda: lo he decidido.

Después de varias horas deambulando como un espectro por estos pasillos, asomándome a la fosa que tengo delante, esperando en vano la llegada del tren que no viene, salgo a la calle a respirar el aire frío del invierno; llueve, llueve en esta ciudad de cristal, de acero y de ladrillos; la atmósfera es rojiza, tenue, difuminada; no se ve a diez pasos de distancia pero me conozco cada uno de los edificios de memoria y sé, supongo, colijo y barrunto que están allí, altos, hieráticos, orgullosos, mirando desde lejos las diminutas hormigas que somos los hombres; algún despistado pasa junto a mí a toda prisa y continúa calle adelante; no se miran ya los hombres, todos callan, tal vez por la vergüenza de saberse semejantes; ese animal tan lacrado que nació como una excrecencia sobre la tierra, que se levantó vanidoso durante algunos años esperando la llegada de la vejez, ese mismo ser que volvió a la tierra y enmudeció para siempre…; no hay nadie más a mi alrededor, solamente la boca oscura del metro de donde salí hace unos momentos, el mismo orificio que me tragará pronto cuando vuelva a esconderme en las entrañas de la nada. 

De nuevo respiro la profunda emoción de este oculto subterráneo, mis nervios se agitan moviendo los brazos, las piernas, los músculos, en un intenso vaivén donde las contracciones son las que mandan y las que dirigen mis movimientos; las paredes, estáticas, me miran por los cuatro costados y experimento la soledad del huérfano, del que se sabe aislado de todos, del indolente que un buen día renunció a la vida y a esta sucia rutina que constituyen los días repetidos; oigo de nuevo el zumbido de la tierra bajo mis pies, de las piedras que se remueven, que se rozan unas a otras a cientos de metros hacia abajo, hacia la sima más profunda y oculta; ahora aguzo el oído y creo escuchar a mi lado unas pisadas suaves que avanzan hacia mí; mi cabeza se mueve y, aunque me faltan algunos trazos para poder reafirmarme, mi cuello voltea sobre mis hombros y observo con ansia el origen de estos sonidos; una luz difusa se contonea en el borde del último escalón, alguien se acerca, me tiembla el pulso, no quisiera por nada del mundo que la gente de fuera volviera a esta alcantarilla donde sólo las ratas, las miserias y yo mismo debemos estar; los sonidos aumentan, la luz se define, alguien está abandonando ya la bajada que le separa del mundo; pero lo primero que veo no son los pies o las manos de ese alguien; una escuadra de madera asoma suspendida en el aire, soportada por alguna fuerza desconocida, la forma se concreta, se vuelve definida, nítida, clara; es un rectángulo de tela extendida en un marco de pino; por el borde percibo unos dedos encorvados que sostienen el peso de esa masa extraña; en pocos instantes aparecen los pies bajo la tela inflamada; por encima vuelan cabellos ligeramente encrespados y morenos; es un hombre ⎯me digo⎯, un hombre el que transporta una especie de caballete al fondo mismo de la cueva ⎯algo totalmente sin sentido, la locura misma libremente expresada, el mundo excéntrico que retorna⎯; yo continúo sentado y ansioso, me extraña tanta elegancia en el porte del bulto; miro el reloj que anuncia la llegada de los trenes; nada, como siempre, parado en el mismo minuto, en el mismo segundo, eternamente esperando la llegada de un tren que nunca me llevará a mi destino; el desconocido se ha colocado a tres metros de mí; es relativamente joven, y sus manos son enérgicas, vivaces; todo su cuerpo se contorsiona mientras coloca el caballete a mi lado; luego coloca una bolsa sobre el extremo de mi banco y extrae de ella pinceles, botes de pintura irregulares, una paleta muy usada…

No cesa el misterio; espero a que por lo menos tenga la deferencia de saludarme, espero y espero y me cargo de paciencia, pero es como si estuviésemos en planos distintos, en universos diferentes, paralelos, aislados; el hombre se atusa el cabello y mira hacia los lados como si estuviese buscando algo, no sé si la inspiración que no llega o alguna sensación que sólo él conoce; de pronto se aparta a un lado igual que cuando alguien se cruza contigo y te toca sin querer un brazo, momento en el que sientes la violencia del que inunda tu espacio y te apartas, pero allí no hay nadie, nadie salvo él y yo; coloca ahora el caballete en la posición deseada, toma un pincel desnudo entre sus dedos, lo aleja, lo acota, como si estuviese midiendo alguna distancia, después mira hacia la escalera; se ha quedado observando la pared a medio levantar, seguro que los ladrillos herrumbrosos le causan, como a mí, desasosiego; deja el pincel en el banco y toma otro con su mano derecha; la paleta la sostiene con la otra mano, acerca las cerdas a la pintura y comienza a desplazar el pincel por el aire, después sobre la tela extenuada; de pronto y de manera muy suave la luz del túnel comienza a deshacerse en pequeñas fibras desnudas, observo las lámparas y compruebo que no son ellas las causantes de este nuevo colorido, todas siguen igual, pendientes del cielo, oteando desde la altura los sucesos del suelo,  las miserias de lo profundo y divisando desde la distancia la negrura que sale de las bocas del metro; todo se vuelve gris, un gris nauseabundo que inunda el espacio donde nos encontramos; los ladrillos de enfrente adquieren una tonalidad más rojiza, más real, como si unos obreros invisibles los estuviesen ahora mismo colocando, y los ojos del túnel nos observan ahora con más fulgor y con más hondura que antes; el hombre pinta un cuadro y lo hace con dolor, parando de vez en cuando para respirar, para apartar la mirada de las pinceladas marcadas a fuego sobre la tela, se ve que el artista sufre con su labor; me levanto, intento ver qué paisaje lleva entre manos, cuál es su estilo, por qué pintar en este sitio tan olvidado, pero cuando me acerco a su figura el artista parece alejarse y alejarse; y pienso que posiblemente sea una sensación mía, un efecto personal de mi propio ser ⎯de tanto tiempo como llevo esperando a que me saquen de aquí⎯, porque sin duda que sus dedos continúan dibujando extrañas figuras, densas capas, signos y líneas confusas; me retiro a un lado y trato de colocarme detrás de él para ver así mejor la obra; sobre sus hombros observo el mismo paisaje que tengo delante y que tanto conozco; a un lado el hueco perfecto del túnel que se expande como un sufrimiento hacia el otro lado, desapareciendo en lo negro; delante la pared infinitas veces analizada por mis ojos cansados, en medio la zanja insalvable y, además, todos los detalles que rodean el escenario de este cuento sin principio y sin final, de este cuento de la desesperación que intenta salvar un alma perdida de las inmundicias de lo que no comprende; el virtuoso ha expresado hasta el aire inerte que respiro, impregnando con extraña técnica todo el ambiente de un color ceniciento y sucio, como si toda la tela estuviese manchada por algo ruin y malévolo; admiro la destreza de esos dedos ágiles, de esas manos obedientes que se mueven al impulso del corazón, pero me desazonan sus ojos muertos, sus labios tirantes, su alma agrietada que intenta sepultar en la tela todo el odio que siente hacia el mundo; ¿seré acaso yo una figura más de su cuadro?, ¿es que la realidad no es más que eso, una farándula de colores donde nadie es libre y donde todo lo llevamos marcado en la sangre? 

Me duele la cara, la toco con los dedos y compruebo que mi silueta se disuelve, se ahoga en este aire gélido de realidad creada; siento miedo; por primera vez el terror invade mi alma y encoge mi cuerpo; quisiera poder hablar con este pintor para decirle que no me borre del mapa, que aunque yo sea solamente una figura, quiero seguir estando; que me conformo con ese poco de calor que me ofrece con sus suaves pinceladas; ¡quisiera decirle tantas cosas!, pero la realidad es la que es y el artista sigue pintando y yo continúo transformándome sin remedio.

Al cabo de un buen rato el pintor recoge todos sus bártulos y se va como vino, lanzando al aire sus suaves pisadas, sus tímidos coqueteos con el espacio, en un avance decidido y ligero; me duermo; el banco sostiene la parte de mi rostro que aún conservo, también mi espalda, mis brazos y mis piernas descansan; el túnel está iluminado e irradia una eterna vigilia sobre mis párpados; me duermo sin remedio, al fin, agotado por el cúmulo de emociones vividas; sueño con mi trabajo, me veo, desde fuera, bajando a la mina, erosionando con la pica y el martillo la frágil pared de azabache; y oigo toser a mis compañeros de fatigas; un cuerpo cae de pronto al suelo; el sonido es sordo, un cuerpo laxo no deja apenas huella cuando cae al fondo del esfuerzo, esas piernas y esos brazos no cavarán más las entrañas de la materia, no sufrirán más por todos nosotros; me duelen los huesos, cambio de postura y entonces, al girar la cara me hundo en el banco, despertándome; me falta ⎯lo noto⎯, un lado del rostro, apenas soy una silueta abstracta, una línea difusa, una pincelada obscena; mis ojos atraviesan los listones del asiento y veo perfectamente el suelo con las hormigas andando y alguna que otra cucaracha que busca un lugar para cobijarse; miro de nuevo el reloj y compruebo desesperado que no avanza, que el tiempo se ha detenido, que la infinitud me ha tomado en sus brazos y me lleva lejos de mi mundo; quiero morir, morir de una vez por todas, quizás para no mendigar un poco de vida sin sentido durante el resto de la eternidad. 

Aún me queda la boca para poder vomitar, y los recuerdos para conformar y rehacer el ambiente que me envuelve a su capricho; mientras nos queden bolsas de hiel que expulsar de nuestro interior seguiremos vivos, aunque este tipo de vida no sea más que una farsa, un problema sin solución, una esperanza quemada; ha transcurrido el tiempo; lo sé por la cantidad de desesperanza que llena mi alma; el reloj continúa parado en la hora eterna, las 7:30; pero ya he olvidado el día en que vivo, la semana, el año; ignoro si soy viejo o joven, porque en este esófago oscuro de hierro soy incapaz de valerme por mí mismo y camino de un lugar a otro como un recién nacido, desequilibrado y abstraído; lo único que parece real es la materia que me rodea y que da forma y sustancia al espacio concreto; si no fuera por la mecánica elasticidad de las formas nada tendría sentido, porque los pensamientos se esfuman, se moldean, se transforman, y en el mejor de los casos, desaparecen; ¡qué dolor! ¡qué dolor más infinito el de ver volar ante ti una esperanza que te cobijó durante toda la vida!; es el momento de enfrentarte a la existencia y al misterio de su fin, de su definida distancia, el momento de mirarte sin el espejo de siempre y de confesarte que has sido constantemente un iluso sin los pies en la tierra; por qué pensar cuando un simple pensamiento no es más que un jirón de tu propia piel, una tira arrancada que alimenta los sueños de los demonios; ¿quién ha querido que pensemos ⎯me pregunto⎯, que reflexionemos a lo largo de los años?, ¿quién puede haber deseado esta perversa ilusión de los deseos que nos embriagan y nos mienten?; tal vez la vida misma con sus grises matices, con sus grumos y pinceladas gratuitas; o quizás la imperiosa necesidad que todos hemos albergado de sabernos a salvo de la mediocridad, de ese insulso estado donde todo lo que hacemos o pensamos es semejante, armonioso, carente de originalidad, donde cualquier idea muere nada más haber nacido, sin haber tenido la oportunidad de rebelarse a los demás, sin haberse hecho un hueco en la masa mísera del mundo.

Dejo a un lado mis sueños recurrentes y me levanto del banco para comprobar una vez más que todo sigue igual y que las sombras recorren el túnel, los sonidos profundos continúan emergiendo de las entrañas de la tierra y que continúo estando solo, solo en medio de esta brisa amortiguada que entra por la escalera vecina; mi cuerpo eterniza la forma de una simple silueta dibujada con leves trazos confundidos en el aire; ¿es esto la muerte?, ¿una espera eterna?, ¿un vacío lleno de sollozos?; creo que ya no es hora de lamentarse sino de remontar el vuelo y vivir de nuevo, aunque esta vida sea creada por otro; y pienso en el artista, en su apartada distancia, en su trabajo obcecado, en la ilusión que acumula en cada trazo; pienso en él y le echo de menos y deseo que su cuerpo asome por la boca de entrada, rompiendo el equilibrio de luces y de sombras, creando, él mismo, una nueva realidad, una sustancia distinta, un momento diferente que anule todos los anteriores y me salve de esta eterna vigilia; espero sentado de nuevo sobre el banco; miro las lámparas altísimas, los techos ocultos en la negrura, la garganta del túnel que se acerca y se aleja formando con esta dicotomía una absurda paradoja de todo lo que es, de todo lo que se levanta para luego morir; y grito en medio de la nada, grito hasta que el pecho me duele, hasta que mis nervios se aploman y el aire se me acaba; luego llega el reposo y callo, miro hacia el suelo, observo las diminutas hormigas en procesión bajo mis pies, y me sacude una envidia terrible de no poder ser como ellas, civilizadas, trabajadoras, condenadas de por vida a un esfuerzo en el que no deben valorar nada más, sólo el trabajo, la tarea rutinaria, el pensamiento yermo y el sentido de sus días vacíos y sin esperanza; al menos ellas tendrán la oportunidad de morir aplastadas un buen día por cualquier trozo de materia o simplemente engullidas por otro ser de mayores dimensiones; pero tienen un último día, una postrera ráfaga de luz que entrará por sus ojillos y que será la señal tantas veces esperada; yo, sin embargo, sólo dispongo de la espera sin fin, del perpetuo incomprensible hecho realidad, materia, algo tangible; y por eso, la única esperanza que me queda es que el artista me salve; sólo él dispone de mi vida; lo único que necesito es que un buen día, mientras esté ultimando este cuadro inmundo y sin apenas sentido, decida que todo ha sido un sueño asqueroso; y en ese estado de comprensión y de generosidad ⎯un estado en el que las almas, cuando lo alcanzan, se muestran en plena disposición de amor hacia el hombre⎯, tome el pincel y deshaga todo lo hecho, rompiendo la tela en pedazos, destrozando las formas y disolviendo las líneas y los colores; sólo de esta manera mi realidad será liberada y podré descansar en paz, sin encarnar una pesadilla de nadie, sin dejar de ser yo mismo…

El artista pinta; no me he dado cuenta de nada; puede que lleve un buen rato coloreando las fantasías y los miedos de su alma; puede incluso que lleve allí de pie, junto a mí, toda una vida pintando y mostrando la vanidad y la arrogancia en cada pincelada; el experto deshace sus miedos en cada trazo, en cada vahído sacado de dentro; sus miedos, al fin, pueden ser expuestos plásticamente a la vista de todos; y luego, cuando la obra esté terminada, el pintor descansará como un niño hasta que de pronto otra angustia asalte su alma y se yerga sobre sí misma impidiéndole respirar, sembrando sus noches de pesadillas y de sueños insufribles; entonces habrá llegado el momento de bajar a la tierra con otro lienzo bajo el brazo para intentar recoger sobre la tela desmayada todas las miserias del hombre; asomo mis ojos de nuevo tras su figura; el corazón me late frenético; sus hombros mueven los brazos armados con el pincel azul de la desgracia; su mano perfila un ser anónimo sin ojos, sin rostro, sin figura donde la esperanza de ser reconocido pueda aferrarse; este ser mira hacia una mesa transversal donde cuatro o cinco siluetas examinan su paso por la tierra; un tribunal de odio y de herejía que abre sus fauces tragando la libertad y la cordura de los hombres; un episodio que se repite una vez y otra llenando las existencias terrenales de sombras alargadas, de nichos abiertos, de fosas húmedas, cálidas, vaporosas; son como tributos a un más allá venidos de pronto; los trazos se marcan suaves, rozando, acariciando la tela reticulada, apenas unas líneas difuminadas en forma de hombre; y cuando compruebo que ahora se trata de una obra nueva me echo a temblar y siento odio por este ser que me mata sin remedio, condenando mi espíritu, anclándolo en el seno mismo de unos hilos cruzados y sucios; siento odio por mí mismo, por todo lo que me rodea, por este hombre que busca en el arte una mejor forma de vivir y de morir, un camino expedito hacia la nada, una esencia sin fondo que le salve de la rutina que constituyen sus días y sus noches, una manera distinta de salvarse o al menos de intentarlo; y le aborrezco sobre todo por no darse cuenta de que lo que él crea con el color esparcido es otra materia real, con vida, con alma, con sabores dulces y amargos, por todo esto le odio y por saber que la ignorancia la lleva prendida en cada matiz expresado, en cada misterio que le procuran los colores con todos sus matices; miro de nuevo el reloj de mis noches a la luz tenue de los faroles encendidos, y me sorprendo pensando que ahora ya la eternidad se comprime en medio de su propio ser, ahora la infinitud deja un resquicio a la esperanza; el rectángulo numerado, vivo y elocuente ⎯con su plateada elegancia, con sus dígitos esquinados, rojos, dolientes, encendidos en medio del negro aroma de la muerte⎯, marca por fin la hora esperada: las 7:31.

El vuelo de las golondrinas (1913). Giacomo Balla (Turín 1871-Roma 1958)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 109. Rocas anónimas. Héctor Cortés Mandujano

Rocas anónimas
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos

William Blake, en Los Proverbios del infierno

Un día dejó de tener interés en correr detrás de las mariposas y comenzó a ayudar a su papá en las rudas tareas de campo. Dejó de ser niño. Su papá no hizo comentarios.
	Su mamá murió de parto y su padre cuidó de que él, de pequeño, no muriera en las tierras más bien yermas de aquella montaña que fue en lo sucesivo su hogar. Fuera de su progenitor, alguna vez vio a otras personas cuando lo acompañó a la ranchería donde eventualmente conseguían víveres. Le llamó la atención que algunos, algunas hablaran a gritos, que rieran a carcajadas. No le gustó y casi no acompañaba al padre hasta el caserío.
	El hombre que lo trajo a la vida envejeció y murió. Lo enterró sin avisar a nadie.
	Siguió trabajando, como si nada, con los harapos de siempre, hasta que un día decidió ir al caserío y se compró una camisa, un pantalón, zapatos, ropa interior…; con la menor cantidad de palabras logró saber hacia dónde debía ir para tomar el tren que lo llevara a la ciudad.
	Llegó. El ruido lo aturdió y las manadas de gente le parecieron extrañas. ¿Por qué había ido? Por un sueño.
	Decidió volver a su montaña lo más rápidamente posible; antes, se sentó en la banca de un parque y desde allí vio a una mujer de extensos cabellos, piernas largas y ojos enormes. La vio encandilado, como si todo hubiera desaparecido y ella fuera la única habitante de un planeta que venía al suyo. 
	Se acomodó a su lado, le tocó el hombro y le dijo:
	—¿A qué hora nos vamos? 
	Este había sido su sueño.

Subieron al tren, él no pudo dormir en el trayecto y ella recostó la cabeza en el hombro de su hombre. Llegaron a su destino provisional: había que caminar mucho para llegar a la montaña.
	—Espera –dijo ella, cuando ya estaban en un trecho solitario.
	Él nada dijo cuando ella se trasformó en yegua. La montó y llegaron a la casa. De nuevo se volvió mujer.
	En la noche ella lo guio para que conociera el sexo. No supo cómo se halló desnudo y qué hizo. Sólo sintió que ya no era humano, sino una hoja volando en un abismo, una piedra cayendo al infinito, una muerte de mil cuchillos que lo hacían desangrar con lentitud hasta morir mil veces, un espejo hecho añicos... Le pareció sorpresivo que, después de esas sensaciones limítrofes, volviera a ser el mismo. El misterio no estaba en la vida ni en la muerte, sino en el sexo.
	No recordaba tener un nombre ni sabía su edad, ella nada preguntó. Iban juntos al campo (a veces ella como yegua, a veces como mujer), hasta que un día, bañándose en el río, ella se volvió cocodrilo, y luego, como a él parecieran agradarle las transformaciones, tornó sucesivamente en árbol, en pájaro, en serpiente.
	Él se dio cuenta que la vida era un entramado de emociones que no podían decirse y que en esa mujer habitaba todo lo que había soñado. Callaba, entonces, y ella, silente también, parecía descifrar la chillante mudez. Una noche ella se volvió una laguna de agua, dentro de la choza, y él la poseyó, líquidamente, de muchas formas. Una vez ella se metió en él y sintió lo que era vivir como mujer, porque ella, en un desdoblamiento mágico, se volvió un hombre.
         Vivieron mucho tiempo juntos, hasta que él, con ayuda y paciencia, también pudo convertirse en algunas cosas, aunque le costaba mucho. Después de años innúmeros se convirtieron en dos rocas que, abrazadas, sobresalen en la punta de la montaña.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Alejandro Nudding:

**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo a muerto.» (Fuente: artelista)

Absenta 5. Justicia y Venganza. Erik García Briones

Justicia y Venganza

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Líneas de desnudo. 87. Literatura y periodismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 87

Literatura y periodismo
Por Manuel Pérez-Petit

Autores de la talla de G. García Márquez reconocen que del periodismo pueden utilizar ciertos recursos que legitiman la verosimilitud de la historia que se narra: «A un escritor le está permitido todo, siempre que sea capaz de hacerlo creer. Eso, en general, se logra mejor con el auxilio de ciertas técnicas periodísticas, mediante el apoyo en elementos de la realidad inmediata». La emoción de lo real impregna la obra literaria, que de presentar una historia verosímil pasa a ofrecer un hecho real con todos sus detalles, potenciando inevitablemente el interés del lector. La idea de unir periodismo y literatura no es nueva. Daniel Defoe en su Diario del año de la peste (1722) construye un impresionante relato a partir de entrevistas a supervivientes, datos y encuestas reales de la epidemia de peste que asoló Londres en 1665, aunando de este modo la exactitud y rigor informativo con el conseguido valor literario. El otro gran ejemplo clásico de novela reconstruida retrospectivamente a modo de reportaje es la Historia de la columna infame (1842) de Alessandro Manzoni, que narra un memorable caso judicial. En ambos casos, la invención está excluida.

Encarnación García de León: Literatura periodística o periodismo literario, http://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_4_039.pdf
En efecto, y siguiendo con la línea de mi artículo anterior, “De lo que se trata”, ‘arte’ es la palabra, pero aterrizo en una de las artes, la ‘literatura’. El elemento fundamental que diferencia a la literatura de otros medios de la escritura es la connotación, que para el lingüista y teórico literario búlgaro francés Tzvetan Todorov (1939-2017) es un concepto en el que cabe todo, que engloba “todas las significaciones no referenciales”. Sin embargo, esto resulta impreciso, aunque puede completarse con la observación de niveles semánticos. 
            A comienzos del siglo XX, el semiólogo suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) afirmó que puede “concebirse una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social; formaría una parte de la psicología social, y, por consiguiente, de la psicología general; la denominaremos semiología (del griego sēmeîon, signo). Ella nos enseñaría en que consisten los signos, qué leyes los rigen”1. El lingüista danés Louis Hjelmslev (1899-1965) explicitó esto en su teoría lingüística, llamada glosemática, estableciendo los límites del concepto en una relación entre el plano de la expresión y el plano del contenido que, cuando llega a funcionar como plano de la expresión o significante de un segundo sistema, hace que el primer sistema constituya el plano de denotación y el segundo el plano de connotación, que es la definición que asumió como suya el semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980), así como un buen número de críticos y teóricos literarios, aunque no ha sido aceptada por el consenso general de los lingüistas.
            Todo ello nos lleva a la relación entre literatura y periodismo. Ambas son disciplinas de la palabra, y se establecen en mayor o menor medida en la retórica. Por principio teórico, el periodismo no es ideológico. Barthes lo aclara: “La ideología sería, en suma, la forma (en el sentido de Hjelmslev) de los significados de connotación, en tanto que la retórica sería la forma de los connotadores”2. No hay que olvidar que toda actividad retórica es también pragmática... 
            Podríamos seguir y seguir –y seguiremos– reflexionando en torno a la literatura y al periodismo –y no es teoría aunque pudiera parecerlo–, porque da de sí –y no se imaginan cuánto–, y máxime en nuestro tiempo en que ambas disciplinas se encuentran, en mayor o menor grado, en entredicho, y ambas porque todos creen poder ejercerlas y de cualquier modo. De ahí, por ejemplo, las noticias falsas o la muy grave sustitución real de la verdadera creación por el facilismo ingenioso, y ambos casos son realidades de una gravedad extrema. 
            En mí se dan ambas condiciones, la de escritor y la de periodista, y muchas veces escribo como periodista y hago periodismo como escritor, lo cual en mí no es un problema, pero a la vista de lo que vemos y observamos hoy se trata de una fuente de problemas que dinamitan incluso conceptos como la libertad de expresión, lo cual le viene muy bien a los nuevos “dueños” del mundo, y mucho más en nuestra Era distópica, para la realización de sus planes de dominación de las personas.
 __________
1 Curso de lingüística general, Madrid, Akal, 1994, pp. 42-43.
2 La aventura semiológica, Barcelona, Paidós, 1990, p. 77.
11 de marzo de 1702. Portada del primer ejemplar de The Daily Courant, primer periódico diario de la historia. En aquellos tiempos, periodismo y literatura iban de la mano.
Fuente de la fotografía: Archivo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 86. De lo que se trata. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 86

De lo que se trata
Por Manuel Pérez-Petit

No es la verdad aunque la transmita. No la contiene, pero abre las puertas a visiones más completas que las visiones que puedan darse al alcance de los ojos. Es un ejercicio de la mentira cuya tarea es generar mentiras que lleven al momento en que cualquiera puede encontrarse y que permitan descubrir y reconocer verdades inmutables1.
            No es necesario para el ser humano, de igual modo que éste no necesita construir casas para habitar o vestirse para ser. Es más, a veces hasta goza de amplio desprestigio.
            No puede definirse, es paradigma de la polisemia. Por esta razón posee incontables denominadores comunes con otras muchas otras disciplinas, a todas las cuales puede expandirse. Su condición de posibilidad es la ficción, vía de acceso a su opción de completar la creación del mundo o incluso de generar un universo nuevo. Existe desde siempre, y en todas partes. Es hijo directo y legatario universal del pensamiento mágico, que hasta hoy existe gracias a él. 
            No es comunicación. Informa de lo informe de forma semántica. Es un “suceder imaginario”, como afirmó el poeta y pensador mexicano Alfonso Reyes (1889-1959)2. Se trata de un sistema modelizador secundario compuesto de signos icónicos, figurativos, no convencionales, como podemos confrontar con el semiólogo ruso Yuri Lotman (1922-1993). Contiene una enorme información en una “superficie” reducida, que ofrece a cada uno una información nueva, pues su connotación es múltiple y multiforme y no conoce límites. 
            Con todo, el descubrimiento de su naturaleza puede producir una y otra vez la revolución total de los métodos de conservación y transmisión de la información y el conocimiento, pero supera tanto a la información como al conocimiento por el mero hecho de existir, pues por el mero hecho de existir es pórtico de la sabiduría. 
            Retuerce y sublima todo lo que toca. Un elemento fundamental en él es lo que se podría denominar como ‘grado de penetración’, dado que hay todo un universo de subcódigos histórico-culturales que aunque sea negado por su propia existencia no puede negar ni niega, dada su evidencia. 
            Ernst Gombrich (1909-2001) nos dijo que, en realidad, no existe, que los que existen son sus hacedores3. Dijo “los artistas” cuando en realidad quiso decir “los seres humanos”, pues todos y cada uno estamos llamados al arte –que es de lo que se trata en estas líneas– en todas y cada una de las facetas de nuestras vidas. 
            No necesita vocación, por mucho que digan los pedantes o los indolentes, pues está en nuestra condición original y, por tanto, todos y cada uno tenemos per se esa vocación, que es imposible de desgajar de nosotros mismos y que aunque se niegue existe. Exige rigor, autocrítica, afán de superación, disciplina, un ejercicio de la voluntad descomunal, humildad, compromiso, coherencia, que estemos despiertos. La tarea de crear a la que todos y cada uno estamos llamados exige creer y crecer. Total, requiere de muchas cosas incómodas para vivir en nuestro tiempo de la comodidad, la ocurrencia, el rechazo a la creatividad, la esclavitud y la deshumanización. Y depende de un intangible universal que no ha podido ser ni será nunca desentrañado: el amor.  
            Y si todos y cada uno asumiéramos de verdad nuestra condición inevitable e incondicional, que es al amor y a la luz, y, por tanto, a la creación, y fuéramos, en consecuencia, auténticos creadores, en el más amplio sentido artistas, no con la visión romántica del artista arrebatado –que puede que también– sino asumiendo en todo caso en plenitud nuestra condición de personas, de seres humanos palpitantes que tienen alma, corazón y vida, el mundo, nuestro mundo, sería diferente. Fíjense, incluso mejor, y los horizontes se nos abrirían como nunca hayamos conocido. Y todo se nos llenaría de luces, incluso en medio de la oscuridad. Y cualquier anochecer será un presagio cierto de un día que no será otro sino nuevo.
 __________
1 El poeta español Luis Rosales escribió en un artículo que es “una mentira que nos permite aproximarnos a la verdad” (Un cuadro profético, diario ABC de Sevilla, 20/02/1989, p. 3).
2 La experiencia literaria, Barcelona, Bruguera, 1985, p. 85.
3 En su Historia del Arte.
Atardecer como promesa. (Imagen cortesía de su autora)
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 85. El amor existe. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 85

El amor existe
Por Manuel Pérez-Petit

Aunque pudiera parecer anacrónico, todavía en algunos lugares del planeta sale la gente a la calle gritando tierra y libertad –no amor, por cierto–, portando sus estandartes de autoafirmación, e incluso dispuestos a celebrar la guerra más que la paz, ante la tesitura de que esta pudiera estar condicionada por agentes externos o internos que pretendan someter y hasta desnaturalizar a sus naciones a sus designios de grandeza y tiranía geopolítica o tribal.
            No me estoy refiriendo, que también, a Burundi, el país más pobre del mundo, ubicado en las entrañas de África, con esa guerra civil cainita entre hutus y tutsis que de 1993 a 2005 nos impactó a todos y a donde aún no ha llegado la paz del todo, pese a lo cual, en estos mismos días, la Unión Europea ha decidido derogar su decisión de 2016 de suspender las ayudas financieras a la administración política del país por el “proceso político pacífico que comenzó con las elecciones generales de mayo de 2020 y que ha abierto una nueva ventana de esperanza para el pueblo de Burundi” y los avances observados en materia de derechos humanos. Pero en ese país, en el momento más terrible de su tragedia, emergió una figura de amor: Marguérite Barankitse, llamada por muchos “El ángel de Burundi”, cuya historia les invito a leer. El suyo es un amor motivado por la fe, un amor inquebrantable y capaz de superar todo tipo de humillaciones y adversidades. Un amor de los que no salen en los periódicos.
            Tampoco me estoy refiriendo, que también, a Colombia, en el centro de nuestra América, el país con el conflicto armado interno actual más duradero del mundo, que se libra nada menos que desde 1960 –con la friolera a cuestas, pues, de 62 años a fecha de hoy– entre extrema izquierda, extrema derecha, Gobierno y varios otros grupos, por no hacer referencia a los cárteles del narcotráfico, con mayor o menor grado de intensidad de manera ininterrumpida. El jueves 25 de agosto de 2016, tras casi cuatro años de conversaciones en La Habana, Cuba, el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) culminaron las negociaciones de paz que pusieron fin a la guerra, pero el referéndum del 2 de octubre de ese mismo año para ratificar los acuerdos tuvo un no por respuesta… En esta Colombia querida y hermosa sigue habiendo hoy zonas calientes de conflicto a las que no conviene acercarse... Sin embargo, en medio de todo el drama inhumano de la guerra, con toda la crueldad que genera, el amor tuvo lugar. Un caso es el que nos contó la periodista colombiana Vanessa de la Torre en su libro "Historias de amor en campos de guerra" (Grijalbo, 2019), que también conviene leer. 
            No me refiero, desde luego, a las historias que pueden ocurrir en selvas recónditas e infranqueables del mundo, o a lugares escondidos e inaccesibles, que también. Todo esto pasa hoy, por ejemplo, en pleno corazón de Europa, donde Ucrania, tras Moldavia el segundo país más pobre del llamado “Viejo continente” pese a ser rico en petróleo y energía, que vive en conflicto hace años y que desde hace unos días está rodeado por todas partes de miles de tropas extranjeras. Tras la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y el consecuente desmoronamiento del bloque soviético, que dio lugar al surgimiento de un puñado de nuevas naciones independientes, una de ellas en concreto, Ucrania, quedó en el punto de mira de los rusos como una fijación especial. Y desde entonces siempre ha sido objeto, de igual modo con mayor o menor intensidad según el momento, de conflicto. Son treinta años ya de tensiones, a veces olvidada o pasada a un segundo plano, como durante la llamada “Guerra de los balcanes”, aquel conflicto fratricida y terrible que duró de 1991 a 2001. Pero incluso en esa época Ucrania se mantuvo en tensión, y yo creo que es insoportable vivir así y que en ese entorno, en el que la desconfianza y la mentira campan por sus fueros, el amor es de difícil existencia. Sin embargo, el caso de Sergey y Natasha, y que, del mismo modo, merece la pena ser leído. 
            ¿Se acuerdan de Siria? ¿Saben que sigue vigente en la actualidad la guerra en ese país de medio oriente? Quizá lo hayan olvidado, pero ese conflicto sigue generando montañas de sangre... Y, sin embargo, también hay hueco para el amor. ¿Qué sucede cuando el amor nace entre dos personas de distinto bando? Léanlo, porque se llenarán de esperanza. Y es que es verdad que el amor todo lo puede, con su poder transformador, e incluso cambiar el mundo, que tanta falta hace. Pese a lo que pueda parecernos, el amor existe, y no es una campaña comercial. Solo falta que, en medio de la espiral y el túnel en que vivimos, lo podamos ver y lo hagamos realidad en nosotros mismos.
Chacuaco de la mina de Acosta en Real del Monte, estado de Hidalgo, México. 16 de febrero de 2020. (Cortesía de su autora)
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 108. Una fiel compañera. María Gabriela López Suárez

Una fiel compañera

Por María Gabriela López Suárez

A Vladimir, radialista apasionado

Escucho que el viento silba con fuerza, se mueven las hojas de los árboles, se combina con el canto de los grillos, mis oídos perciben el caer de las gotas de lluvia, imagino que la llovizna es leve. Tengo los ojos cerrados, el paisaje sonoro de la noche, antes de dormir, me hace comenzar a crear historias a partir de los sonidos.  No puedo dejar de evocar a la radio.

Febrero es el mes de la radio,  la celebración del Día Mundial de la Radio es el 13 de febrero. Para mí es el medio que no pasa de moda y que se ha transformado y adaptado a través del tiempo, de los espacios y de las necesidades de los grupos, de las sociedades. 

Para quienes tenemos la oportunidad de estar en cercanía con este medio, sea como audiencia, o en la producción radiofónica, locución, operación técnica, edición, etc., sabemos de las bondades que tiene, de sus características que la hacen un medio no solo consentido sino que forma parte de la vida cotidiana.

¿Qué importancia le damos a la radio en nuestra vida cotidiana? Se han preguntado eso alguna ocasión. En mi caso la considero como una fiel compañera, tengo muchas historias con ella, está ahí cuando la necesito, en los días grises, fríos o nublados, pero también en los días soleados y radiantes de luz. Gracias a mis compañeras, compañeros radialistas por las enseñanzas y los compartires. Larga vida a la radio y a sus radialistas, desde todos los espacios de Chiapas, México y el mundo.

Aprovecho este espacio para felicitar al equipo que integra actualmente  y  a quienes  han formado parte del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz, que en este mes de febrero cumple su 16 aniversario. Gracias a quienes se han sumado a este proyecto colectivo, estudiantes, docentes, gente egresada, autoridades académicas, colaboradores y colaboradoras desde distintos espaciosa académicos, culturales, institucionales, radiofónicos y por supuesto, a la XERA, del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía por el espacio para difundirlo.

Hago un reconocimiento especial a mis colegas radialistas de Los Colores de la Voz que desde el 2020 se sumaron a continuar haciendo radio en otras condiciones, adaptándonos a la contingencia sanitaria y dejando que esos tintes de magia que tiene la radio se impregnaran más en nuestro quehacer para poder continuar, con entusiasmo y compromiso, haciendo de ella una fiel compañera para el público radioescucha.

¡Qué viva la radio! 


Photo by Pixabay on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Absenta 4. El amor. Erik García Briones

Interior

Por Erik García Briones

Me enamora una corza ligera,

en el mundo no hay nada tan lindo y hermoso ;

con mis dientes y zarpas de fiera

destrozara su cuerpo sabroso…

Hermann Hesse «Un poema sólo para locos» en El lobo estepario
 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Cajón de rubores. 15. Tannhäuser. Antonio Florido

Fisonomía 15 
TANNHÄUSER

Por Antonio Florido

     
El señor Arthur acaba de despertar. Ya anda el día reclamando su despedida. Por lo azul de las nubes, que se vuelven grises al paso por la ciudad. El sol, escondido, disimula su cansancio y de vez en cuando asoma sus débiles y últimos rayos entre los huecos esponjosos. Una sombra adelantada y enorme va cubriendo las casas, resbalando por los infinitos tejados en declive, hasta tocar con sus flecos las puntas de los árboles. El olor de las aceras sube hasta las ventanas semiabiertas y entra en los hogares. Un aroma a viejo, como de moho enfurecido por el transcurso del tiempo. A esta hora de la tarde la criada suele cerrar los ventanales, corriendo las cortinas hacia el centro, adormeciendo las estancias. Y luego, cuando la oscuridad ciega los ojos enciende los candelabros, creando un espejismo de siete llamitas repetidas, en una doble escalera, hasta que todas alumbran al compás mientras la mujer viaja por los pasillos comprobando la aceptable armonía de la vivienda. A eso de las ocho la mesa primorosa con su vestido de gasa, calada en los extremos. Una cena en la esquina espera la llegada del viejo, que se roza los párpados, aún recostado. Sucede así todos los días. De lunes a lunes. Pero hoy, en la noche del sábado, los señores salieron al teatro. Ahora estarán en el palco, con los brazos sobre el borde en curva, rojo y aterciopelado. No se acuerdan, embelesados, del anciano que dejaron entre las sábanas, como un recién nacido, enroscado entre sus pliegues, los brazos arrugados, el cabello ligeramente rubio, aunque escasísimo, por la edad, que ya maduró hasta los noventa bien adentrados. El matrimonio respira hondo hinchando sus pechos cuando, al fondo, el telón comienza a subir lentamente. La orquesta silba sus primeros acordes y el silencio es total, sólo abortado por algún que otro inoportuno carraspeo. 
     Arthur abre por fin sus ojos viajeros, que tantas escenas han vivido. Está el hombre a punto de claudicar de la vida. Pero aún le quedan al anciano algunas ansias encerradas en lo más profundo de su mente. El filo de la cama se muestra arisco, elevado, formando una cresta alrededor del valle donde el cuerpo aviejado ha estado descansando toda la noche y buena parte del día. Huele a carne podrida, a cieno encalado en unas paredes floreadas, a ligerísima humedad en lo alto, donde el techo, lejano, permanece quieto en actitud esperanzada. Arthur no es capaz de hilvanar dos pensamientos seguidos. Eso era antes, cuando aún los años no habían descarnado su cuerpo. Ahora, en el retiro indolente, su pensamiento aparece alumbrado por unos escasos vaivenes inopinados, como en un sueño, adormecido en el transcurso de las horas. Esta tarde, sin embargo, el viejo soñó. Y en el sueño se notó fortalecido, como en sus tiempos mozos, viajando por esos países de lenguas extrañas, por esas modalidades irreconocibles, de gentes crudas en el rostro, encendidos algunos, atractivas las hembras que le miraban como al señor que vino desde tan lejos, con la maleta reservada, en una mano pendiente. A Arthur siempre le sedujeron los viajes en tren. Trenes llenos de gentes sin nombre, de niños raquíticos y de mujeres golosas, de hombres con sus hatillos, de perros ladrando, de revisores que no revisaban apenas, a él siempre, repito, le atrajeron esos viajes, como si fueran unas despedidas de mentira, ir y no ir, huyendo del trasiego de la rutina, que también ella se torna a veces resuelta y protestona. Esta tarde el viejo se esfuerza por sacar las piernas sin la ayuda de nadie. Sólo se trata de un esfuerzo simple, aunque gigante para sus años. Elvira estará en cualquier parte del mundo. Para Arthur la casa es enorme, inabarcable, despedida hacia lo lejos igual que el horizonte se nos adelanta cuando avanzamos. Siempre escuchó el rumor del uniforme cuando ella fregaba en la cocina o cuando caminaba lenta, salvajemente, por los pasillos. Hoy solo hay silencio. Roto ahora por el roce de sus piernas que doblan el ángulo buscando una posible salida. El suelo está tan bajo que al hombre se le dispara en lo que puede su débil corazón. Ya sus pies retorcidos apoyan el suelo. La alfombra le acaricia unos dedos conchosos, como los dedos de mi abuela, cuando vivía, recuerdos que no me abandonan, que los llevo prendidos hasta el fin, hasta que todo este misterio esté resuelto. El anciano siempre duerme con el pijama. Una sencilla camisa abotonada y unos pantalones que se le suben hasta las rodillas en el instante en que Elvira le cubre con la sábana. Ese detalle nadie lo averiguó jamás. Tampoco tuvo nunca su importancia. Porque hay minucias tan engreídas que alzan el cuello hasta alcanzar el límite exacto de su elasticidad, intentando subir en la escala, para pasar de pequeña insolencia a una pincelada más gruesa. Hoy, ya casi de noche, la sombra en la habitación. Encharcando los muebles, las paredes, el techo de fatigada lámpara, la puerta de molduras enervadas, el arcón, la cama, la percha, las sillas, el galán hierático y orgulloso. Arthur, el anciano, despega la sábana, retira esa piel que le cubre desde hace ya tanto y busca la perilla blanca. Sus dedos se muestran torpes, temblorosos, y por los labios, finos y cárdenos, fluye una baba transparente que nunca se atreverá a secar porque nunca se dará cuenta de su existencia. Hay características que son indudables. Ese peinado primerizo de los adolescentes, cuando embadurnan sus cuellos con el perfume que les regaló su amada. La postura erguida de los maduros, entrados en años, años disimulados porque todavía un bozo ligero de la pasada juventud asoma a sus rostros. Y la tímida inclinación, disimulada, de los viejos que apenas escuchan lo que otros declaman, por la sordera, que les entró lentamente, como un gusano ondulando sus movimientos por los oídos, hasta el fondo, hasta que logran sentir esa cálida ternura de los huecos ocultos. Arthur logró levantar el tronco. Ahora permanece sentado sobre el filo escarpado y rocoso de la cama, con la sábana a un lado, arrugada, caliente, callada. Descansa el viejo. Su respiración se va calmando poco a poco. La luz, ya encendida, marca unas sombras opuestas a las terribles realidades. Siempre tuvieron esos ángulos las mismas aberturas, desde el principio, cuando su hijo propuso lo que propuso. Ahora ya era un poco tarde para cambiar las cosas. Las piernas perdieron sus vellos. Flacas, colgadas hacia el suelo, por la piel que se le adormece. En la mente del viejo asoma en estos momentos un pensamiento fugaz. Se siente perdido, alejado de toda posible aquiescencia, lejos de todos, apartado como Elvira, cuando la mujer se oculta tras las puertas cerradas.
     Tal vez si pudiera…
     Agarrado al arco curvo de la cama el anciano se ha puesto de pie. Intenta mantener el equilibrio, recordando cómo lo conseguía cuando aquello de tan lejos. Ahora el cuello le respondía cruelmente. Si movía más de la cuenta la cabeza, o simplemente los ojos en direcciones cruzadas, el vértigo aparecía en redondo alrededor de su cuerpo, y luego la caída. Por eso Arthur se movía muy lentamente. No había prisa. Ninguna. Esa eterna compañera de la vida que se mueve empujándote, reclamando de ti una mayor desenvoltura, ahora estaba, como él, casi dormida. Los pantalones se le fueron cayendo desde la cintura estrecha. El viejo con la camisa doblada, los dos botones de arriba desabrochados, aparentaba una especie de decrepitud, sólo evaluada con los ojos de la renuncia y del recuerdo, cuando a mi cabeza llegan ahora esas otras imágenes perdidas en la consciencia de mi vida. Arthur pensaba caminar. Hacia alguna parte. Todavía no había decidido el destino, pero al viejo le apetecía cambiar el rumbo de sus rutinas, esparcir por el suelo su destino cercano, viajar de nuevo, conocer otra vez a esas gentes de antes con las que apenas cruzaba de vez en cuando una mirada furtiva, deseaba el hombre salir de su cuerpo, ser el señor Arthur de siempre… y el tren en su retina, con el sonido metálico de sus ruedas macizas, observando desde la ventanilla paisajes inventados, horizontes que nunca más volvería a ver, como todos esos ojos de enfrente, ojos dirigidos a los suyos, como de niños y de ancianos, tan lejos aún para él en la distancia, tanta osadía guardada en la frente de los otros, cuando se levantaba a estirar las piernas o simplemente cuando dejaba desocupado su asiento para una señora entrada en años. Añoraba así, de esta manera tan insospechada, esos viajes antiguos. Ahora el hombre, esta tarde de oscura presencia, necesitaba viajar de nuevo, sentirse útil en su desenvoltura, atravesar con sus piernas las lejanas praderas de los salones, salvar los puentes apasillados de puertas cerradas. Dejó la luz en una tenue fosforescencia crepuscular. Un ocaso en el interior de la habitación. Miró hacia atrás y sintió una leve pesadumbre al tener que abandonar el espacio de sus últimas tardes. Sin embargo, Arthur se había decidido al fin. Con sus dedos agarrotados sostuvo el picaporte que cedió rápidamente en una curva hacia el fondo, suave, silenciosa, un giro que le abrió quedamente la ancha planicie moldurada y blanca. 
     Mientras tanto…
     El señor Stepelton y su esposa aparecen sentados, extáticos, como ausentes de sus pensamientos cotidianos cuando el telón, sobrio y de un verde agua maravilloso, con algunas tesituras en declive, va subiendo lentamente frente a un público expectante. Un patio de butacas silencioso. Únicamente podríamos oír, de poder, los latidos incesantes por el comienzo de la obertura que claman ya las trompas, los fagots, los clarinetes impolutos en sus brillantes apariencias, todos los instrumentos cantando en grupo, una armonía in crescendo al principio, acelerando las pulsaciones de la gente embelesada, que no se atreven a mover sus cuerpos de los asientos. Luego alcanzan los oídos el decrescendo majestuoso que deja limpio el espacio, antesala de lo que pronto sucederá en el escenario. Y esos coros, a ambos lados, como presencia articuladora del drama, lanzando al aire las voces de Los Peregrinos, voces empastadas, dúctiles, explosivas… El matrimonio, como dos figuras de cera, ha vuelto al principio de todos los tiempos, cuando esta historia de la vida hubo comenzado. El anciano quedó atrás en sus pensamientos, absorbidos ahora por la dulzura y la presencia de las cuerdas, con sus sutiles y brillantes pasajes, y los metales, poderosos, deslumbrando por encima de los invitados, ya en el concertante. 
      Arthur ha movido uno de sus pies, adelantando el movimiento, atrevido en su esencia, con el carácter que le quedó al hombre de cuando entonces. El otro pie, observado desde la altura de sus ojos desea también seguir al primero y, en un arrebato juvenil, se adelanta hasta conseguir establecer un paralelismo casi patético. El cuerpo apijamado ya se encuentra en el pasillo, la puerta tras él quedó abierta, como si nada en su mundo estuviese sucediendo, solamente el sonido crujiente de los muebles encerados de caoba, y el polvo en el ambiente, cuando choca insensible con los planos inventados. Arthur se anima y el anciano repite el movimiento de antes, avanzando siempre su pie derecho, mientras sus manos, huesudas y articuladas, se aferran a la pared más cercana, la cabeza siempre al frente, con la mirada acompañando, el temblor de sus rodillas que, ante semejante singladura, se resisten al avance. Una pequeña infantería de tejidos y de arterias sofocadas camina ahora buscando al enemigo en la batalla, en su propia ofensiva comprendida, porque el viejo desea ser un hombre de nuevo, igual que al principio, cuando era un pequeño renacuajo enjuto y rubio, junto a la falda de su madre, en el olor grato de esos tules, ansiando aquellos días pasados en la tibieza de un hogar que le atrapaba. Sin embargo, el recuerdo viene y va de su mente, así como a lo tonto, jugando con el devenir de su dueño y el viejo pierde la consciencia de lo que hace y de lo que quiere. Mira a lo lejos, a esos reflejos en el suelo, donde las losas ajedrezadas alternan sus colores, y nota en el alma un miedo a lo lejano, dudando en ese instante si seguir con su locura, que le llora en los oídos, o si regresar y echarse otra vez en esa sepultura con forma de cama. Ahora se le apagó al viejo la cordura y la comprensión de los hechos y sus piernas le avanzan el cuerpo hasta la mitad del pasillo, cuando la criada se cruza con él y le roza con desgana, mirando la cara del anciano con asco y con un cierto regusto podrido, como avergonzado, y la mujer, rebosando una juventud insolente, entra en la habitación del señor y se cruza de brazos sin saber a ciencia cierta qué debería hacer en ese caso. La joven, en su noche libre, ha sido obligada a cuidar del anciano, solamente estando allí, que no hace falta ningún acto definitivo, porque todos saben que el viejo duerme como un niño cansado y la joven, pensando en la noche fugitiva que se escapa de sus manos, en las estrellas del paseo, donde seguro que los señores caminaron con las manos enlazadas, para hacer tiempo, allá en el Lenchenberg, bajo los tilos olorosos y mullidos, junto al teatro, al lado de otras parejas maduras, arrastrando ellas los velos de los vestidos y ellos con los cuatro dedos introducidos en los bolsillos de sus chaqués. Sin embargo, el tiempo sigue con su apático progreso y ya el anciano ha tocado el filo postrero del pasillo, donde se rompe la compostura y comienza lo doblado, formando un ángulo desconocido para él hasta ese momento, ya que Arthur lo ha olvidado casi todo, en su casa de tantos años, resuelto como él era no hacía mucho, tan joven, en sus viajes, cuando regresaba y la difunta señora le recibía con la alegría en los labios, ahora su hijo, el señor, el distinguido señor Stepelton, figura con el labio inferior colgando, de la mano inseparable de su esposa, embobados ambos con el primer acto en un andante majestuoso, con una estructura enrevesada pero grata para los oídos ignorantes. Ambos esposos embelesados, casi en una salvaje salida del alma, oyendo desde su palco las violas y los chelos que se afanan en lo cromático, en esa peregrinación antesala del perdón con el que termina la primera ofensiva, en sus ochenta compases clavados en los asistentes, cuando el telón del principio, ahora, con mayor majestuosidad si cabe, surge del cielo bajando con una lentitud exasperante, y la gente, en sus asientos, se llevan los pañuelos a los dedos, por si acaso, aunque los más mesurados han decidido la espera, por el qué dirán los compañeros de asiento, que ya se sabe.  
     El señor Arthur se aproxima al salón. La mesa dibuja un centro ovalado y sobre ella una sutil vestimenta preparada para la cena. Esta noche los señores, ausentes, abandonaron los asientos y las tres sillas de costumbre aparecen desocupadas, arrimadas a la mesa, bajo ella, casi escondidas. Solamente una de ellas, la del fondo derecho, muestra su ancha lamia figurada, suave y tersa.  Elvira espera sentada mientras observa la aventura de su amo en el trajín viajero de esa tarde. Nota la sirvienta un denso desajuste en su interior, como un pequeño temblor que comienza lentamente a surgir. Un temblor, casi mudo, que se va transformando en un tenso y agrio sentido del deber. Elvira imaginaba su paseo por el parque bajo la crepuscular escultura de las nubes, soñando con una vida pasajera, una vida inventada con el anhelo de salir corriendo hacia algún sitio desconocido. Mira al señor acercándose escandalosamente lento, y ese tardo y pausado avance enciende el rostro de la damita, tan bello y delicado. Elvira sabe que la sopa se enfría y que su trabajo apenas ha servido de nada. Pero los señores no están en casa y probablemente, por otros días similares, llegarían ya bien anochecido, cuando la madrugada abriera la puerta de la casa y se notaran por los pasillos las risas afortunadas de los pequeños burgueses, risas y caprichos de dos viejos bobos que creían a pies juntillas que habían conseguido comprender el verdadero secreto de sus vidas. Pero la doncella, ajustada como siempre a la rutina, sueña y sueña, en un viaje onírico, en mitad de la tarde que huye, que se fue, bajo la noche desesperada, mientras ella queda allí, junto al viejo, sepultada de por siempre, cuando sus padres le dijeron, la casa de esos señores es una de esas de cierto abolengo, hija mía, y ella por aquellos días, miraba el rostro de su madre que apartaba los ojos hacia un lado, y luego hacía lo propio oyendo los consejos de su padre, matices que en el centro de su adolescencia aún no comprendía. Sin embargo, asintió como una buena hija y desde aquel entonces el viejo señor Stepelton maduraba en su mente sin poder remediarlo, y soñaba con él, que se moría el viejo, en un arrebato de locura y en el centro de un horrible alarido. 
     El anciano se había quedado quieto. La abertura del salón le hubo tomado la escasa cordura y los recuerdos se le escaparon, evaporados en la estancia ricamente adornada. Elvira, sentada y esperando, volvió de pronto a la realidad y en un arranque inopinado, sin razón alguna que así lo justificara, en un volcán de su pecho que le había sacado la rabia del alma, se levantó bruscamente y tomó con descaro el cuerpo del viejo y lo arrastró, tirando de sus hombros, con arrojo y violencia, con un desconsuelo impropio, como si el viejo fuese sólo un saco de patatas. Tiró de él con un ímpetu rencoroso y vengativo, por la noche desertora enmarañada en sus pensamientos. El viejo abandonó las escasas fuerzas de sus pies, y las piernas comenzaron a desplazarse hacia la mesa como si fuesen dos ridículos hilos de carne. Deberíamos comprender la actitud de la doncella si, como ella, tuviésemos la certeza de que nuestra vida se nos va de las manos. Comprender sin justificar, por supuesto, aunque la moza, joven y fuerte, seguía con el cuerpo del anciano entre sus brazos y con un vaivén definitivo lo acomodó sobre la silla apoyando los pies del viejo en el suelo, poniéndole las zapatillas que tal vez el anciano nunca se había colocado, apoyando la espalda deshecha sobre el dibujo misterioso y enigmático de la lamia de caoba. Luego le colocó el babero, de una tela blanca, impoluta, hasta la cintura, apretado ligeramente a un cuello diminuto y con la cuchara en la mano comenzó a meterle el caldo a empujones, cucharada tras cucharada, con prisa, con la rabia todavía en el cuerpo, llorando quedamente por su desventura, mirando al viejo de rostro granulado, donde la nariz, respingona y las orejas enormes colgando de los lados, daban al señor una apariencia un tanto ridícula y esperpéntica. 
Comenzaron los sátiros, las sirenas y las ninfas en su clamoroso despliegue, creando una escena sensual y atractiva, en un despertar del Venusberg majestuoso. Los esposos, que ya habían descansado en el entreacto, se miraban de hito en hito, intentando cada uno aparentar un delicado y delicioso entendimiento de lo que en el escenario estaba sucediendo. Pero en el fondo de sus almas que, como todas las almas, permanecen siempre en completo mutismo, ambos eran conscientes de que su sitio no era aquel, y los dos se sentían desubicados y a destiempo, como en otra realidad creada para los entendidos, tal vez para esa otra clase de señoras y señores más ricos y más encopetados. Sin embargo, solamente se trataba de la pura ignorancia encarnada en la convicción de los señores Stepelton. Ahora sonaba en el teatro el coro de los peregrinos, a cuatro voces sobrias y fervorosas, hombres cantando a capella, en el extremo desconocido y más alejado de los esposos, pero hasta donde alcanzaba ese característico motivo sincopado donde la cuerda convierte al oyente en uno más de la ida y la venida, que se acerca y se aleja por el camino. El éxtasis más puro y sincero en los esposos. Casi un lloro disimulado. Él se quitó el guante de cabritilla y aferró con más fuerza los delicados deditos de la esposa, en una convulsión del alma, intentando comunicar a la señora Stepelton lo exagerado de su emoción. La esposa volvió la mirada hacia el marido cuando el coro femenino inoculó en ella los ecos idílicos y sensuales del sottovoce, cuando la entrada de los Invitados creó en el público la sensación de que los artistas pasaban por unos momentos comprometidos, pero luego, al final, cuando llegó la hora del concertante, la técnica impecable les mostró a todos la enorme y verdadera precisión del libreto de Wagner.
     Arthur Stepelton siente los labios abrirse por la presión de la cuchara. El caldo se le escurre por los filos arrugados buscando el cuello. Elvira ni siquiera le mira cuando toma del plato las repetidas y rutinarias cucharadas que introduce en la boca del viejo con una desgana incomprensible. Arthur no piensa en que el caldo le quema la lengua. No siente nada. Tampoco piensa en sus recuerdos, porque aquello tan lejano y tan denso, aquello que llenó toda su vida introduciéndose en el cerebro, ha desabrochado las emociones y, éstas, alocadas y libres, se alejan del anciano para no volver a él nunca más. Las manos le tiemblan y no es capaz de percibirlo. No logra controlar esos movimientos pequeños, ridículos, eléctricos, que dibujan a su alrededor una calcomanía grotesca. Un hedor sube a lo alto, mezcla de rencor y de insana alegría, de miedo y de ganas de salir corriendo, miedo a todo lo que a ambos ahora les rodea, con la insulsa y tal vez inútil tarea de alimentar a un viejo que pronto dirá adiós a este mundo. Ella lo sabe y lo sufre en silencio. Solamente se manifiesta esa terrible venganza en la boca y en el cuello del viejo que aparecen de un rojo intenso, ardiendo por el calor excesivo y despreocupado de la sustancia. El caldo se acaba. Casi todo cayó sobre el pecho hundido, empapando el babero, manchándolo, escurriendo por esas arrugas que ni siquiera los ojos de Arthur le prestan atención. Traga y traga desposeído casi de la vida. Ya se terminó la sopa. Pero todavía permanecen sobre la encimera de la cocina el puré de carne con tuétano de buey, solea u vin blanc, el faisán y la piña, manjares que Elvira elaboró con esmero sabiendo que ella misma sería la encargada de saborearlos. De pronto, el viejo, tal vez agarrado a un ligero y fugaz rayo de cordura, se levanta y comienza a dar vueltas a la mesa sin objetivo alguno, al menos sin ningún fin comprensible, salvo, quizás, rememorar ese vaivén cuando en los viajes el cuerpo se le iba de un lado a otro, en el pasillo, mientras caminaba alegremente, por aquellos entonces. Elvira, asediada por esa dura costra de coraje que de vez en cuando todos sentimos, también se levantó abandonando la mirada del viejo y se fue a la cocina para untar un poco de tuétano de buey sobre una porción de panecillo espolvoreado con sal.  La locura y la desidia anidaron desde ese instante en la casa de los señores Stepelton. Hasta que a la sirvienta se le cruzaron los panecillos en la frente y, en el seno de una furia descontrolada, asió al viejo que en esos momentos todavía caminaba pausadamente alrededor de la mesa y lo arrojó sobre el sofá de terciopelo azul. El cuerpo del anciano cayó sobre el mullido tejido y cerró los ojos, por las comisuras de la boca fluyó, entonces, un líquido viscoso, oscuro, de una compacta apariencia. El pijama totalmente arrugado frente al pecho de Elvira que de tanto subir y bajar, le estallaba en la conciencia. 
     En otra parte de esta historia, sin embargo, los señores Stepelton continuaban paladeando la ignorancia del arte que, sin entenderlo, intentaba introducirse en el pensamiento de ambos. Había comenzado ya el último acto. Casi terminada la obra. Wolfram contemplaba a Elisabeth que rezaba a la virgen. El amado no aparece. La resignación en un rostro bello, rosado, como de hada en sus sentidos. También, como en la casa, en el escenario ha caído ya la noche. Unos acordes sutilísimos del arpa, que surgen en el aire, invisibles y tímidos. Las luces se apagan y nace un cortejo, con el ataúd sobre los hombros… Ya el final. El coro de nuevo, esta vez acompañado por las bellezas de las maderas, otorgando a la escena una sonoridad más mística, si cabe. Los dos coros cantan ahora al unísono, en una explosión orquestal elevada y cautivadora. Y en este momento los dedos enlazados de los esposos aprietan con fuerza mientras el viejo Stepelton es apaleado por Elvira, en una violencia dulce, fina, elegante, en un canto divino como las voces de los coros, un tono voraz, el engendro y el desengaño, tal vez la propia apariencia de la eterna burguesía henchida de un gozo profundo. 
      La noche desleída obliga a que tanto la señora Stepelton como su marido, se abriguen bien a la salida del teatro. Van paseando bajo las luces tenues y tontas de las estrellas que el frío del cielo ha dejado al descubierto. Pronto llegarán a su destino. Y lo primero que harán será entrar donde el viejo Stepelton duerme. La sábana le cubrirá el cuerpo que poco a poco se va difuminando en el misterio al que nosotros llamamos vida.  Tal vez la luz del techo se haya quedado prendida. Pero ese diminuto detalle, insignificante en el mar de las dudas de nuestros días, sólo extraerá de ambos una leve sonrisa burguesa y hedionda de complicidad.



Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 108. De la tranca milpera a los múltiples caminos del mundo. Héctor Cortés Mandujano

De la tranca milpera a los múltiples caminos del mundo

Héctor Cortés Mandujano


Don Javier Espinosa Mandujano hizo el favor de enviarme de regalo su nuevo libro: La caverna iluminada en la que vivo (Pez Vela Editores, 2021).
	El suyo es un ensayo sobre las mentiras de la historia, dado que representan no la verdad necesariamente, sino el punto de vista subjetivo de quien escribe, y sobre el engaño de las palabras, porque éstas no son cosas, sino abstracciones de las cosas. Hay lucidez, inteligencia y conocimiento en los meandros de este pequeño libro que recorre el mundo de las ideas y los territorios disímbolos de la geografía mundial, que van desde las sociedades más iluminadas hasta los (p. 75) “grupos conocidos de Chiapas cuya noción del mundo termina en la tranca de su milpa, donde nacieron”.
	Dice sobre los textos históricos (p. 20): “La ‘realidad’ de ayer sufre, digamos, el abordaje de la ‘realidad’ de ahora, por intermedio de su descriptor-relator, que escribe y ofrece en su relato una ‘realidad’ que no es de ayer ni de ahora, sino una ‘realidad’ postulada por él, fruto de su aptitud e intereses, tal vez creativos o tal vez no, quién sabe con qué fuerza ilusoria y con qué artificio expresivo”.
	Los libros de historia tienen (pp. 25-26) “la estricta posibilidad de usar los tropos del lenguaje escrito para traer de todo lo lejos que se quiera, sometidos por mis propias puntas de lanza, desde mi presente, o del presente que represento, cosas que supongo sucedieron ayer, imantadas ahora por mi voluntad, preferencias e intereses, que conforman una formidable mecánica de ocultamientos, arbitrariedades, invención de significados, interpretaciones y profetismos ineludibles, que se acomodan en tropos del relato escrito como obra culminante del historiador que alguien imagina ser”.  
	Y eso ocurre, además, porque (p. 58) “el escritor (el que usa la escritura) es una cosa y lo que escribe es otra; que lo escrito por alguien puede o no alcanzar a decir lo que el escritor quiso decir o pensó que decía”.
	Cita al Octavio Paz de El mono gramático que apunta, dice don Javier (p. 70) “algo casi siniestro: ‘Los ojos que miran lo que escribo ¿son los mismos ojos que yo digo que miran lo que escribo?’ ”. Los oráculos, los adivinadores del futuro, siguen existiendo, dice, pero ahora no son magos brujos o hechiceras, sino (p. 77) “los grandes capitales, los dueños de la tecnología más inclusiva”.  
	Cita a Martinet, citado a su vez por Derrida (p. 85): “Es de la oralidad de donde proviene el entendimiento de la naturaleza real del lenguaje humano”. Y más (p. 90): “El lenguaje es la tercera mano que sustrae todas las posibilidades de comprender nuestra vida y existencia”, y (p. 105): “Ningún relato escrito deja de ser siempre un relato hablado”.
	Cerca del final se hace una pregunta inquietante (p. 108): “Si la historia no existe ni siquiera como representación del pasado […], si tan sólo alcanza a ser una imagen (o muchas imágenes) fabricadas cada una por distinto historiador […], si esto es así, ¿qué clase de utilidad es la que podemos obtener de la obra escrita desde, cuando menos, los días en que se inventó la escritura?”.
	Sin embargo, es concluyente en el último párrafo de su libro (p. 117): “Sin las palabras es absolutamente imposible ninguna relación con la realidad”. 




Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)