Revista

Líneas de desnudo. 65. Brillar en la oscuridad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 65

Brillar en la ocuridad
Por Manuel Pérez-Petit

Antes de ayer fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte y pasado mañana es Navidad en todo el planeta. Entre éste último día y hoy, 23 de diciembre, media la Nochebuena, roja y brillante en la oscuridad como carbunclo, símbolo de luz, que tanta falta hace hoy.
            A comienzos del milenio pasado se puso muy en boga peregrinar a Compostela –’campo de estrellas’; otra vez la luz– desde los más remotos lugares del centro y el norte de Europa. En aquellas tierras el pan es de centeno desde siempre, y este cereal sufría por aquellos tiempos de una plaga causada por un gorgojo que lo parasitaba.  Ese pan de centeno, al ser comido, provocaba un oscurecimiento de la piel que derivaba en una especie de gangrena, la cual, como es lógico, generó la alarma entre la población. Por esa razón se intensificaron las peregrinaciones al sepulcro del apóstol Santiago el Mayor, en busca de un milagro curativo.
            Fue por entonces que se trazaron los diversos caminos compostelanos europeos, desde la remota Rusia o los países escandinavos, las cercanías del mar Negro o desde Las orillas del Danubio o del Elba o del Rhin, y, desde luego, desde la península itálica, Francia o las islas británicas, para entrar al camino principal por Jaca o por el mítico Roncesvalles, lugar en que habían tenido lugar tres siglos antes los acontecimientos legendarios de la retaguardia del ejército de Carlomagno del que nació el “Cantar de Roldán”, el cantar de gesta más antiguo en lengua romance, escrito en francés antiguo por esas mismas fechas. 
            De este modo, todo el mundo se dirigía a Galicia a venerar la tumba del apóstol de Jesús, pero fueron especialmente relevantes las peregrinaciones del centro y norte de Europa, que veían en ese viaje la posibilidad de curarse del mal que les aquejaba cuyo origen por entonces desconocían. Y, en efecto, conforme viajaban hacia el sur y comenzaba a comer pan de trigo, los efectos de la plaga se iban mitigando, hasta desaparecer ya en la península ibérica..., de tal modo que al postrarse ante la tumba estaban curados por completo. La plaga del centeno desapareció en no mucho tiempo, y todo el mundo creyó de buena fe que fue por la intercesión del santo, agrandando de manera universal la devoción por recorrer ese camino, que hoy está vigente. Al fin y al cabo, es un camino hacia la luz.
            Desde el siglo XII, los años en que el 25 de julio, festividad católica de Santiago Apóstol, cae en domingo se celebra un Año Santo Jacobeo. Cada siglo tiene lugar esto catorce veces. Por causa de la p. pandemia, en 2021 y 2022 se está celebrando dos años seguidos, por lo que estamos a mitad de una celebración doble. 
            Podemos tener fe o no tenerla, pero no podemos desdeñar celebración alguna de la luz, dada la oscuridad de los tiempos que corren. Antes de ayer, decía, fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte, que se celebra de muy diversas formas y en muy diversos lugares como fecha de purificación y ofrenda, de resurgimiento y de luz. Y pasado mañana, se celebra la Navidad, de la que huelga contar cualquier cosa en cualquier lugar del mundo.
            Y, por eso, hoy, 23 de diciembre, a mitad de camino entre el solsticio de invierno del hemisferio norte y la Navidad, podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón.
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Nota del autor
Con mis mejores deseos de paz y luz para todos en estas fechas. ¡Feliz Navidad!
 
   
 Sobre una foto de la artista mexicana Norma Ascencio, el autor del presente artículo hizo esto, con el lema «Es posible hacer posible lo que parece imposible» en 2013
Fuente de la fotografía: Retrato de M. P.-P. junto al Via Lattea, en el corazón de la colonia Roma de la Ciudad de México. 2013. © de la foto: Norma Ascencio.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 64. Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 64

Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente
Por Manuel Pérez-Petit

Literatura y periodismo eran la misma cosa, pero éste se desgajó por diversos motivos del tronco del arte: lo efímero, la actualidad, la trascendencia práctica. Ambos son sistemas opuestos de aproximación a lo real. El lenguaje del periodismo es denotativo, más directo y simple que el de la literatura. Ésta es inútil en el sentido de la vida práctica, pero aquel no.
            Lingüistas y teóricos literarios llevan decenios dándole vueltas a lo mismo. Para el búlgaro francés Tzvetan Todorov (1939-2017), lo que distingue al relato literario del que no lo es es la ‘literariedad’, esto es, la propiedad por la que un discurso verbal entra a formar parte de la literatura o no, elemento a través del cual se distingue, pues, el relato literario del que no lo es, como también afirmó el ruso Roman Jakobson (1896-1982) en su “Lingüística y poética” (Madrid, Cátedra, 1988, pp. 14 y 16). La noticia, elemento esencial del periodismo y su lenguaje, no es una ficción: es el relato de un punto de vista. En ella no puede entrar en juego la imaginación, pues la noticia periodística es inviolable por su naturaleza, pese a lo cual se ve amenazada por múltiples peligros, el más notable de los cuales es el ruido, cuya principal característica es que anula la información. Sin embargo, ¿podría ser, como escribió el semiólogo ruso Yuri Lotman (1922-1993), que el ruido, según qué tipo de cultura se observe, se pueda transformar en información artística? El reflejo en el espejo que es la información periodística no es insondable, al contrario que los múltiples espejos de múltiples resonancias que es la obra de arte.
            Es misión del periodismo expresar la realidad, y la realidad, aquello que es dado a la mirada cotidiana, se trata en sí misma de la intersección de los todos los puntos de vista que permite superar las limitaciones de cada uno de ellos, por lo que es inalcanzable. Por tanto, la objetividad no existe, puesto que nadie puede abarcar todos los puntos de vista posibles. Lo que existe es la honestidad con el propio punto de vista, elemento clave para entender, por otra parte, el mundo contemporáneo. 
            Todo arte de la escritura se establece entre dos torres desde que en Platón (circa 427-347 a. C.) se librara la batalla entre el logos de la poiesis y el logos del pensamiento filosófico, triunfando éste último sobre aquel, que quedó condenado al destierro en Occidente desde entonces, como nos cuenta en su “Filosofía y poesía” María Zambrano (1904-1991) (México, FCE, pp. 9 y ss.). Sin embargo, es posible una filosofía poética, como lo es un periodismo literario. Pero el lenguaje periodístico –o en apariencia periodístico, que es el predominante hoy– puede terminar matando la literatura. 
            La actitud y la repercusión de los modos generales de comunicarse hoy –en lo que influyen de manera determinante las redes sociales– están en condiciones de aportar de forma decisiva a la consecución práctica de uno de los peores augurios de Nietzsche: que en el futuro solo existieran una veintena de libros. ¿Podría evitarse esto, que desapareciera el lenguaje de la literatura por simple aplastamiento por parte del lenguaje “informativo”? Teniendo en cuenta que el periodista –o el supuesto nuevo “periodista” que se hace pasar por tal– no es en sentido estricto un escritor literario, dado que debiera expresar la realidad que ve en los justos términos de su punto de vista, que la sociedad Occidental tiende cada vez más a la sobreinformación, que incluso el habla de las personas está cada vez más influenciado por todo ello, que se tiende a escribir como se habla o como se piensa, que la capacidad de generar ficción va en retroceso general –causa del auge de los subgéneros–, que se estereotipan los modelos, las conductas y el lenguaje –desterrándose de forma progresiva con cada vez mayor generalidad el rigor, la autoexigencia y la disciplina–, el paisaje resultante es desalentador. 
            Hoy se olvida con mucha facilidad que la literatura es el ejercicio de la mentira capaz de hacerse más verdad que la verdad que de forma individual cada uno conoce. Que sin ella la vida se agota y corre hasta el peligro de desaparecer.
 
Fotografía: ©Omar Medina González, 10 de agosto de 2012.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 100. Noche de luna llena. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 100

Noche de luna llena

Por María Gabriela López Suárez

El sábado había sido un día algo ajetreado para Ximena, buena parte de la mañana y tarde lo había dedicado   junto con Soledad, su hermana, para preparar tamales de hierba santa y  anís. Tenían un pedido grande por entregar para las seis de la tarde. Después de esa laboriosa tarea ambas decidieron tomar un descanso. 

Soledad prefirió tomar una siesta. Ximena se sentó en su mecedora, entrecerró los ojos y le llegó un aroma de manzanillita, como le llamaba a los tejocotes. Recordó que había dejado una canasta con las frutas para hacer una ensarta con ellas, lo pondría de decoración en su nacimiento. Se levantó y fue por la canasta. Reservó algunas frutas. Tomó asiento nuevamente y comenzó la labor.  Hizo alrededor de tres ensartas y las colocó alrededor del nacimiento.

Con las manzanillitas que quedaron se dispuso a hacer un ponche, el clima le hizo apetecer la bebida. Además tenía manzanas, guayabas, canela, jengibre y clavo, justo los ingredientes necesarios. El aroma del ponche era uno de los elementos que recordaban a Ximena la época decembrina. Llamó a Soledad para que tomaran juntas el ponche. Después de conversar un rato y degustar la infusión se despidieron para irse a dormir. 

Ximena se percató que había luz en el patio, pensó que Soledad o ella, por error, había dejado prendida alguna lámpara. Salió y observó que la luz provenía de la luna lunera. Se quedó contemplándola un gran rato, era la última luna llena del año y estaba sumamente hermosa.

Se fue a su cuarto y decidió descansar. No pudo conciliar pronto el sueño. Le pareció extraño. Por un momento pensó que podría ser el efecto de la noche de luna llena. En eso estaba cuando escuchó el aleteo de un pato, un rato después hizo su aparición el kikiriki del gallo madrugador que  solía cantar antes de medianoche. Luego puso atención al coro de los grillos que, puntualmente, arrullaban su sueño todas las noches. Se quedó pensando si ella fuera pato, probablemente, no estaría aleteando a altas horas de la noche como queriendo volar; si fuera gallo quizá no  cantaría tan afinada y no sería tan madrugadora. Y en el caso de ser grillo ahí si le pondría todo el ánimo y energía para entonar sus melodías acompañando los sueños de las personas y agradeciendo a la naturaleza la vida. Poco a poco los ojos de Ximena se fueron cerrando al compás de las melodías entonadas por los grillos.


PD. Muchas gracias a Letras, ideaYvoz® y al público lector, ésta es la publicación número 100 en este espacio. Gracias por ser parte de las Voces ensortijadas.

Photo by Ron Lach on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Líneas de desnudo. 63. Todo por comenzar. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 63

Todo por comenzar
Por Manuel Pérez-Petit

“Adiós, adiós, Recuérdame” La frase con que el fantasma padre de Hamlet aparece y desaparece, casi simultáneamente, es el gatillo de la tragedia. Hamlet duda porque recuerda. Actúa porque recuerda. (…) Don Quijote, en cambio, surge de una oscura aldea en una oscura provincia española. Tan oscura, en verdad, que el aún más oscuro autor de la novela no quiere (o no puede) recordar el nombre del lugar. Allí mismo, con el olvido de Cervantes, empieza la novela moderna…

Carlos Fuentes, En esto creo, 2002.*
Al nivel de un lector simple, e incluso al de un lector interesado, ¿es más importante la información que leer por nosotros mismos sin filtros ni textos que hagan las veces de supuestas guías de lectura? La experiencia vital influye en todos y escribir es un ejercicio de resolución de problemas, de indispensable prueba y error, de pericia técnica y a la vez emoción –incluso cuando se trata de plasmar ideas–, que solo es posible enfrentar desde la experiencia y las experiencias, las cuales “viajan” tanto hacia adentro como hacia afuera de cada uno. Al final, escribimos sin excepción sobre nosotros mismos, acerca de nuestras propias vidas, a partir del recuerdo, condicionados por el olvido, desde la memoria, en el tiempo, aquello que es la duración de las cosas sometidas a mudanza... El conocimiento de nuestras existencias sería imprescindible en función del grado de exigencia de los lectores, que a este nivel son muy pocos, incluso incluyendo a eruditos, académicos y especialistas. En realidad, para la inmensa mayoría es un enorme ejercicio pedante –divertido si se quiere, insisto–, que de forma lamentable en demasiados casos sustituye a la lectura, pues sacia por sí misma, pese a que no nos dice nada acerca del interés que puede tener o no leer sus obras. Autores con una biografía apasionante serían generadores de obras apasionantes según este planteamiento tan extendido, pero por lo mismo, por ejemplo, no merecería la pena leer los poemas de Emily Dickinson, porque su vida fue aburrida hasta decir basta, y esto es una aberración todavía mayor que aquella.

            *            *            *

            Dejo a un lado en este instante el río de las aberraciones y, a modo de punto de giro, me centro en dos casos muy concretos. Cientos de miles de páginas se han escrito acerca de Shakespeare y de Cervantes, y el consenso universal los sitúa en la cumbre de las cumbres. Pese a ello, hay enormes lagunas acerca de sus vidas, que siendo muy diferentes tuvieron en común estar envueltas en el misterio, aunque esas dudas nos dan igual cuando leemos “El mercader de Venecia” o “El Quijote”.
            Hay quien dice que es posible que llegaran a conocerse, en la primavera de 1605, en Valladolid, donde estaba la corte, en que el autor de “La tempestad” pudo haber sido integrante de la delegación que Jacobo I de Inglaterra envió a España para sellar la paz con Felipe III, pero esto es algo que nadie ha podido demostrar. El ‘Bardo de Avon’ vio publicadas varias de sus obras entre 1590 y 1620, pero su obra completa no fue compilada en un volumen hasta 1623, ocho años después de su muerte: 11 tragedias, 15 comedias y 10 obras históricas, en una edición que llevaron a cabo dos actores de su compañía. El “Príncipe de los ingenios” publicó entre 1585 y 1616, saliendo su último libro un año después de que muriera. En 1605 vivía, en efecto, en Valladolid, el año en que salió la primera parte del Quijote. No es descabellado, pues, imaginar un posible encuentro. El de Stratford-upon-Avon escribió “Cardenio”, inspirada en una de las historias de El ingenioso hidalgo, cuyo manuscrito original se perdió en el incendio del teatro El Globo, en 1611. Sabemos, pues, que el inglés leyó o conoció la obra cumbre del de Alcalá de Henares. No disponemos de sus manuscritos, como tampoco se conserva el del Quijote. También desconocemos sus rostros verdaderos, al no habernos llegado ningún retrato autentificado de ninguno. ¿Los necesitamos de verdad? 
            Shakespeare murió rico y Cervantes, pobre. Aquel vivió de la representación de sus obras y éste de lo que pudo. Comparten el abandono aparente de sí mismos en sus obras, escritas hace más de cuatrocientos años pero cuya virtud reside en su tremenda actualidad, como puede verse, en el caso del inglés, en el monólogo de Hamlet, príncipe consciente de Dinamarca –en mi opinión no tan pleno como el primero de Segismundo, príncipe ensoñado de Polonia, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca-, o en la figura de Yago, el manipulador paradigmático, en Otelo, o como, en el caso del español, sin ir más lejos, en el capítulo XIV de la primera parte de Don Quijote, el que relata la historia de Marcela y Grisóstomo, que incluye el monólogo de aquella reivindicando su libertad y su identidad como mujer... Y podría parecer que estas obras hubieran sido escritas la semana pasada, de tanta actualidad como desprenden. 
            Confieso no conocer a fondo a ninguno de los dos. Los traté siempre más o menos tanto como a Montaigne, Galdós o Marlowe, aunque menos que a Séneca, Rilke o Manrique, pero con sus obras siempre tuve relación. Sin embargo, esto no le importa a nadie, y escribirlo aquí es otra vez pedantería. ¿Para qué requiero yo, aun siendo un lector más interesado que simple, volviendo por los mismos fueros, saber tanto de ellos? Después de conocer tanto de tantos, Shakespeare, el que recuerda, y Cervantes, el que olvida, se me hacen misteriosos, pues los conozco menos, y eso me encanta, porque, sin embargo, no me lo son. A lo mejor todo tiene que ver con que el recuerdo y el olvido son relativos. O con que con todo lo vivido siempre está todo por comenzar. 
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*Leído el 26 de octubre de 2001 en el diario El País: (https://elpais.com/diario/2001/10/27/babelia/1004140216_850215.html)
 
   
 Portada de la parte primera de la edición de Lisboa en español de 1775 desaparecida y descubierta por el profesor Aurelio Vargas Díaz-Toledo, de próxima publicación por Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval.
Vida y hechos del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. (Lisboa, à custa de los hermanos du Beux, Lagier y Socios, Mercaderos de Libros, 1775). 
Serán 5 tomos ya registrados (dos facsimilares, uno de estudio crítico y dos de transcripción), a publicar en 2022. Edición, estudio crítico y transcripción de Aurelio Vargas Díaz-Toledo. ISBN (obra completa): 978-84-123907-4-2. ISBN (facsímil, parte primera): 978-84-123907-5-9. ISBN (facsímil, parte segunda): 978-84-123907-6-6. ISBN (estudio crítico): 978-84-123907-7-3. ISBN (transcripción parte primera): 978-84-123907-8-0. ISBN (transcripción parte segunda): 978-84-123907-9-7.
Esta edición en español de 1775 fue llevada a cabo en Lisboa, Portugal, por impresores franceses de gran relevancia en el mercado editorial portugués, los hermanos Du Beux, Jean Joseph y Claude, y Valentín Lagier y compañía.
Contiene elementos lingüísticos y narrativos que la diferencian de la edición canónica actual de la obra.
Recoge en sus páginas ilustraciones de ediciones anteriores y nuevas ilustraciones.
La edición ha permanecido en el olvido durante siglos y no aparece documentada en ninguno de los proyectos más importantes en lo que al estudio de esta magna obra, considerada cumbre de la literatura universal, se refiere, como, por ejemplo, el Banco del Imágenes del Quijote, dirigido por el profesor José Manuel Lucía Megías, o el Proyecto Cervantes, auspiciado por la Texas A&M University, Estados Unidos, y la Universidad de Castilla-La Mancha, España. 
Solo se conservan dos ejemplares en el mundo de esta edición en dos volúmenes. Uno en la Hispanic Society of America, de Nueva York, Estados Unidos, y otro en la biblioteca particular de Carmen y Justo Fernández, bibliófilos de Madrid, España.
El proyecto cuenta con un patrocinador, la Universidad Complutense de Madrid, España, y está en la búsqueda de al menos un socio americano.
Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval cuenta con tres colecciones, entre las que está Kolavalik, ediciones especiales de Kolaval, destinada a publicar proyectos magnos como el presente. Se puede pedir información en el correo electrónico: kolavalporhispanoamerica@gmail.com 
Dedicaré pronto un artículo al Quijote de Lisboa, un gran descubrimiento de nuestro tiempo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 100. Sí. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 100



Héctor Cortés Mandujano

Lennon (Alfaguara, 2010), de David Foenkinos, con traducción de César Aira, es una novela biográfica dividida en sesiones terapéuticas en las que el célebre exBeatle nos cuenta su vida. Foenkinos, gran fan, dice que la música de los Beatles lo (p. 9) “acompaña desde siempre”, aunque “por momentos no sé qué pienso de John Lennon”.
	El libro, salvo en el epílogo, cede la voz al John Lennon (1940-1980) que, se supone, está hablando con su sicoanalista. Dice en la primera sesión (p. 14): “Una parte de mí mismo está persuadida de que soy un pobre diablo, y la otra piensa que soy Dios”.
	Nació en plena guerra (p. 21): “Al comienzo mismo, oí el ruido de los bombardeos. Yo no vine al mundo. Vine al caos. Liverpool era el blanco de las bombas alemanas”. Sabe, sin embargo, que lo que diga ya lo sabrá quien lo escucha: “Soy tan famoso que mi vida pertenece a todos”.
	Apenas nacer, como las bombas caían (p. 23), “mi tía Mimí me dijo que de inmediato me pusieron debajo de la cama. Como si una cama pudiera atenuar el derrumbe de un techo”.
	Dice en la quinta sesión (p. 49): “El futuro del hombre es volverse mujer. Se van a invertir los roles. Y eso a mí me viene bien. Me siento mujer. Y me siento niño también. No soy adulto”.
	Su infancia no fue fácil. Primero lo abandonó su padre y luego su madre. Vivió con su tía Mimí hasta que encontró a Paul, George y Ringo (me salto al famoso quinto Beatle), que fueron su más cercana familia. George era el más pequeño de todos y el único célibe (p. 84): “Todos asistimos al desvirgamiento de George. No había visto que estábamos ahí. Cuando terminó, encendimos la luz y aplaudimos”.
	La fama del grupo fue tremenda y ellos experimentaron con mucho sexo (había mujeres que hacían fila para compartir instantes de placer) y muchas drogas, hasta que conoció a Yoko (p. 133): “Millones de personas comenzaban a reducirse y a desaparecer, a hundirse en el vacío, a ser olvido en el amor que sentía por una sola persona, una sola persona que reducía el mundo a nada, y ésa es la definición suprema del amor: una persona que reduce el mundo a nada”.
	Paul le pidió que fuera a la exposición de Yoko. Ella no conocía a los Beatles, pero sabía que el millonario John podía financiar su obra. Llegó y la vio, se saludaron y lo dejó solo para que recorriera la muestra de su trabajo (p. 136): “En la primera sala había una escalera que conducía a una lupa. Había que subir y observar la palabra escrita en lo alto. Subí, con miedo de descubrir algo cínico o negativo, pero pude leer: SÍ. Nada más que la palabra ‘sí’ ”.
	Cuando se casaron él tomó el nombre de Yoko (p. 153): “Me llamo John Ono Lennon. […] Yoko es yo”. Ella, dice, le dio la fuerza para divorciarse de los Beatles (p. 161): “Me tomó de la mano y me dijo: la vida está en otra parte”.
	El epílogo cuenta, ya no desde su voz, su asesinato. Hay una foto donde (p. 191) “Lennon firma el álbum del que lo asesinará unas horas más tarde”.
	Después de los cinco tiros a quemarropa (cuatro dan en el blanco), en el coche de policía donde lo llevan al hospital, para que no se duerma le preguntan (p. 192) “ ‘¿Usted es John Lennon’. La respuesta: ‘Sí’. Y será su última palabra”. La misma palabra que leyó cuando conoció a Yoko.

***
Lector, lectora, llegamos juntos  a la columna número cien. Muchas gracias por leerme, por ser mi imagen en el espejo, los ojos del sueño, la otra vida donde me multiplico y donde somos tú, yo, nosotros, todos, todas…
 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 6. Vieja en una noche de nieve. Antonio Florido

Cajón de rubores / 6

Fisonomía 6 
Vieja en una noche de nieve

Por Antonio Florido

       

VIEJA EN UNA NOCHE DE NIEVE

¿Cómo así?

Azul, negro, gris piedroso, gris lejano, huidizo, blanco, sombra difusa sobre un blanco pálido, como una vida que se apaga. Adivinamos un trazado de bastón en la mano aviejada de la abuela. Sólo eso, una breve y fugaz alusión al recuerdo, a esa infantil fantasía, a la utopía martillada del adulto. Querer ver donde no se puede. Desear el regreso cuando ya el camino está bien trillado. Un lloro de impotencia por arrancar el terrible suceso, de poder alcanzarlo con las manos. El fervor de la sangre que dice que todavía han de cambiar tantas cosas…

¿Adónde irá esta mujer, a sus años, adónde pisará con tiento en la cuesta, abajo en la Rúa dos Douradores, con los ojos de Nando observando al través de la ventana? 

De pequeña subía y resbalaba bajo las sombras del baño, en un estío cansado de quemar. En la primavera con los olores vivos, los de sus labios, los de sus dedos que palpan un delicado ramo de flores (tal vez, de nuevo, nos viene a las mientes esa lograda floresta que el enamorado entregó a la muchacha del banco). De cuando cae al suelo la hoja muerta, clara, crujiente, pisada por los pueblerinos, esto es, el otoño de sus años, la madurez en calma, la mirada flagelada por el vidrio y las quejas.
 
-Nando, esa es la viejita de la que te hube hablado en aquel entonces. La que me recibió a la entrada del pueblo, ya comprendes, y me enseñó, me dijo aquellas cosas lindas de la linda señorita, la que esperaba y esperaba, recuerda, has de hacerlo, amigo.

Nando fuma por encima de un bigote negro, echa el ala hacia arriba, un solo toque de la mente, el dedo crispa, ¡chas! Luego sorbe y queda mirando la línea negra del café, analizando el acto premeditado. Goza del instante, piensa. Tuerce el gesto. Dice algo…

-Sí, claro, la trémula muchachita del cuento. La recuerdo. De tanto me enamoré de ella, le quise quitar el novio, el minero sin mina que llegó para llevarse a la Añañuca, para vaciar de oro los cerros y chanzar a los conquistadores. Claro que me acuerdo.

-De ahí en más te lo fui declarando, que esa muchacha era de las grandes, que sería alguien algún día…, y ya ves que se nos convirtió en la flor de los cerros, rojo explosivo, rojo de amor, rojo para unos ojos muertos que ya no son capaces de nada, sólo de oler la miseria de haberlo perdido todo. 

-Porque el minerito no fue capaz de ganar al duende que lo volvía loco.

-Sí, y el pueblo, que es como es, la tomó con ella, y ella no fue valiente para salir a la calle. En sus adentros se volvió rosa, roja, amapolada virgen, grana de reventar las envidias. 

-Ahora se nos aviejó, ya ves su cuerpo, la espalda en curva, la ropa sosa, el bastón asegurado por una zarpa uñosa. Baja la cuesta todos los días. Engancha sus zapatos en las piedras rotas. Mira al suelo. Una fachada le cuenta algo, la mujer duda, pero no gira el cuerpo, continúa con su terco avance. Tal vez al final de la calle encuentre la primavera escarlata…

-Sin embargo, la nieve me recordó a la manzana muerta. Ocre sobre verde, sangre almidonada, con el molde de unos dientes jóvenes. La manzana de la cena. Navidad en copos. Sí, fue gozoso escribir aquella historia. Comían y bebían, charlaban de esto y aquello, por la ventana un globo frío caía sobre las copas de los árboles dormidos. Luego se rompía en mil millones de diminutos copos, lavaba el suelo de la plaza. Mientras tanto ellos seguían cenando al calor de los criados y sirvientas. Postres en el centro. Frutas y arcadas, triángulo que sube casi al techo.

-La joven estaba ahíta, pero la había descubierto desde el comienzo. Dijo, ésta es mía. Después los platos pasaron volando, uno tras otro, como en aquella cena olvidada del señor Stepelthon y su querida. Postre, anunció el más viejo de los criados. Su mano se abalanzó de manera ofensiva. Una irritante delicadeza la de esa niña. Al primer mordisco la fruta gritó. Fue un dolor insoportable. De ahí que cayese al suelo, bajo la trinchadora, detrás de una de las patas, oculta, muda, sobre un charco de verde sangre.

-Fue una tragodia, lo reconozco; empero, observa bien el sufrimiento acumulado en esta dulce mujer. La esbozaron como se nace. De cuajo vivió y de cuajo llegó a ser vieja. Sólo el color de la pintura me puede recordar a la ausencia de toda voluntad. Ella duerme eternamente sobre un lienzo cama. Jamás comprobaremos sus facciones, tantas como miradas, como tiempos suenen, tantas como la imaginación nos arroje. Esta es una señora que se merece todo. Una gota, un lamido de amor, una esquina de nuestro tiempo, una señora de todo respeto. Añañuca, roja, disimulada en gestos, abandonada por un minerillo que jamás se atrevió a ser un hombre, un campo de terciopelo grana, o una joven irritante que, con su pose provocadora, insoportable, asesinó la fruta, la misma niña que pisó la hoja seca, la misma joven que rechazó el ramo de florecillas porque se moría sin remedio y en secreto.

La calle nunca pasa. Un vacío en el blanco manto. El tiempo congelado. Sólo las grises piedras alfombran los zapatos viejos de esta vieja entrañable.
Corre un aire silbo. Oigo, desde mi asiento, el terrible crujir de la nieve. Siento frío.



Vieja en una noche de nieve. Artista desconocido




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 62. De cosas sujetas a mudanza. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 62

De cosas sujetas a mudanza
Por Manuel Pérez-Petit

En torno a la memoria y los recuerdos es razonable llegar a la conclusión de que todo es conflicto, convergencia o divergencia pero nunca convención, aunque siempre quedará la posibilidad de establecer un pacto con la realidad, que es aquello que va a su aire mientras cada cual hace lo que puede. Al final, lo que queda es el propio punto de vista. La memoria es identitaria y a ella se le puede aplicar aquello de quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. Poco tiene que ver con los recuerdos, los cuales son muy reducidos en relación a la vida real vivida, y en gran medida subjetivos. De hecho, los que los demás tienen de uno no coincide muchas veces con lo que uno tiene, de tal manera que la historia personal se va conformando con base en recuerdos encontrados en una suerte de transversalidad en que se puede resumir lo que hay, que siendo grandioso no es gran cosa, aunque ilumina y genera un cierto tipo de certeza. Por ello, un ejercicio de reconstrucción de la memoria no puede basarse en recuerdos, sino en algo más profundo, fluido y sólido: la conciencia. El olvido, por su parte, tiene mucho de bruma, fatalismo y dimisión, y está relacionado con la voluntad. La memoria no, pero los recuerdos y los olvidos tienen que ver con el paso del tiempo, eso tan fugaz, pleno e inevitable.
            La primera acepción de la voz ‘tiempo’ en el Diccionario de la Lengua Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”... “Sujetas a mudanza”..., qué interesante, porque se trata de la vida, y ésta, por mucho que se quiera, no puede meterse en un frasco, pese a que el “frasco” del tiempo la limite.
            Vuelvo por los mismos fueros de mi último ‘Líneas de desnudo’, “Reivindicación del lector hedonista”, dada la cierta correspondencia que ha suscitado en relación a si es necesario o no saber del autor para leer su obra. Son bien conocidos los periplos vitales de Dante (circa 1265-1321), Goethe (1749-1832), Zorrilla (1817-1893), Milton (1608-1674) o Rilke (1875-1926), por ejemplo. Tenemos tantas certezas acerca de sus avatares existenciales como de las de muchos otros que otros tantos se han encargado de recopilar, documentar, confrontar y difundir con la eficacia suficiente como para que lleguen a nuestros días, incluso a veces con la vitola de “imprescindibles”. Conocemos de manera razonable las de otros, como Marlowe (1564-1593), Montaigne (1533-1592), Séneca (4 a.C.-65 d.C.), o Jorge Manrique (circa 1440-1479), por acción de esos mismos eruditos divulgadores, e incluso la de Aristóteles, con el tiempo que ha pasado... Se han escrito cientos de miles de páginas sobre cualquiera de ellos. 
            Pero yo insisto: me trae sin cuidado si tal o cual menganito o zutanito, gran figura de la literatura universal, comió en la taberna de no sé quién o tuvo un amorío con fulanita, que era sobrina de un arquitecto real o hija del músico de la corte que se acostaba con la reina, si luchó como soldado raso o almirante en una u otra batalla, si se casó con una rica heredera o perdió su fortuna en el juego... Me resisto a la categorización de la anécdota que, de algún modo, es también la consagración de la pedantería, aunque resulte divertida.
 
            *            *            *

            Zorrilla era por 1844 un muerto de hambre por las calles de Madrid que iba de teatro en teatro suplicando la limosna del encargo de una obra cuando un empresario le encargó una que debía estar escrita en poco más de veinte días. Escribió “Don Juan Tenorio” en veintidós. 
            La vida de Dante fue un extraordinario compendio de intrigas en que casi siempre fue víctima o estuvo en el bando derrotado... ¿Cómo no iba a describir la ascensión al Cielo que sería para él como una liberación?
            Rilke murió al pincharse con la espina de una rosa. La herida se le infectó y le produjo una septicemia. El epitafio que escogió para sí mismo, “Rosa, oh contradicción pura, deleite/ de ser sueño de nadie bajo tantos/ párpados, parecería proverbial en su caso.
            Milton quedó ciego por un glaucoma y concluyó “El paraíso perdido” memorizando los versos por la noche y dictándolos por la mañana a sus asistentes, no en vano había estudiado en Cambridge, máximo exponente en su momento de la memorización como método de estudio. ¿Han leído la obra?
            “Fausto” tuvo una concepción compleja y una realización larga y dubitativa, y Goethe tardó sesenta años en escribirla. La primera parte de la obra fue escrita en 1773 y publicada en 1808. La segunda no apareció hasta 1832, después de su muerte. ¿Cómo no va a resultar una obra contradictoria si le llevó toda la vida?
 
            *            *            *

            Solo tirando de memoria, podría seguir así por páginas y páginas, pero, ¿de qué nos sirve como simples lectores? En realidad son cosas sujetas a mudanza, y, por tanto, sometidas al tiempo, pero no deja de ser cierto que son divertidas. Por ello, dedicaré algunos artículos a pasar el rato en las fechas festivas venideras, y para dar gusto a mis lectores más curiosos.
            En tanto, lean un poquito de vez en cuando, que leer no tiene contraindicaciones, al menos en la mayor parte de los casos. Al fin y al cabo, todo está sometido al tiempo y, por tanto, tiene cura.
Ciudad de México, 15 de octubre de 2010. 7ma jornada del 5to Recital Chilango Andaluz, organizado por la Plataforma de Artistas Chilango Andaluz (PLACA). M. P.-P. recitando.
Fotografía: © Alejandra Proaño.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 61. Reivindicación del lector hedonista. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 61

Reivindicación del lector hedonista
Por Manuel Pérez-Petit

No lean nada de lo que se ha escrito sobre Fulano de Tal. Shakespeare no leyó una línea escrita sobre él y escribió la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha escrito sobre Shakespeare. Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien; si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes, pero algún día Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto, no hay que apresurar las cosas”. Es decir, yo aconsejaría ante todo la lectura y la lectura hedónica, la lectura del placer, no la triste lectura universitaria hecha de referencias, de citas, de fichas.

(Extracto de una entrevista incluida en la película Borges para Millones, de Ricardo Wullicher. 1977)
Acerca de leer –entiendo yo– se trata de ver qué dice qué y cómo y qué nos dice qué, no, por ejemplo, quién es quien lo dice ni por qué. Jorge Luis Borges, en una famosa reseña a la Introduction à la Poétique, de Paul Valéry, publicada en la revista El Hogar del 10 de junio de 1938, escribió: “Valéry –como Croce– piensa que todavía no tenemos una Historia de la Literatura y que los vastos y venerados volúmenes que usurpan ese nombre son una Historia de los Literatos más bien. Valéry escribe: ‘La Historia de la Literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar ni un solo escritor. Podemos estudiar la forma poética del Libro de Job o del Cantar de los Cantares, sin la menor intervención de la biografía de sus autores, que son enteramente desconocidos’.” 
            En los estertores de 2021 –en realidad, del año 2 de la nueva Era Distópica–, la cuestión es aún más vigente: ¿De verdad interesa que a un tal Miguel, aburrido en la Cárcel Real de Sevilla, en donde penaba por estar acusado de robar los impuestos que recaudaba por Andalucía, le diera un día por escribir o idear lo que fue el pistoletazo de salida de la más grande obra escrita en español de todos los tiempos? ¿Importa de verdad si fue manco o su mano izquierda quedó tullida a causa de un trozo de plomo que le seccionó un nervio en la batalla de Lepanto? No seamos pedantes, por Dios. ¿Qué se necesita saber de él para leer su obra? Nada en absoluto.
            El punto de partida de la obra de arte no es la teoría sino la vida vivida. Se puede saber qué es una metáfora pero ello no capacita a nadie para lograr una, y eso pese a que toda obra literaria, en tanto ficción o no ficción pero de naturaleza comunicable, es metáfora, esto es, designación de algo con el nombre de otra cosa por analogía. Y sabiendo que la metáfora apela al intelecto pero también a los sentidos, ningún lector –sea cual sea la obra o el tipo de su lectura– está exento de ser eso que Borges decía: un lector hedonista. Esa metáfora que es toda obra literaria puede estar al alcance de muchos o de pocos, y esto depende de múltiples factores. Si se comprende que el mismo problema es experimentado de manera diferente por distintas personas, y lo que supone un drama para unas no pasa de anécdota para otras, puede comprenderse que los niveles de exigencia y capacidad de los lectores varían según quién sea éste. Incluso se podría proponer la lectura como oficio. Un arduo oficio innecesario en apariencia y por lo cual fabuloso, solo dependiente de la voluntad, pero generador de satisfacciones poco comunes que, además, tiene la consecuencia –incluso por cada página leída– de agrandar la vida. Pese a todo, sin llegar a ello, ahora que la lectura está mal vista –a qué poner paños calientes–, lo que habría que hacer es leer, con dos narices, con hambre y sed, afán de mejorar las cosas. Y a este efecto, ¿qué nos importa nada que no sea la obra en sí, el texto en definitiva, sea cual sea su naturaleza y condición, quién la haya escrito y/o por qué, lo que opine nadie acerca de ello o incluso las sensaciones que nos provoca lo mal que anda el mundo, tan inhóspito, tan cruel, tan contraindicado para cumplir nuestras ilusiones, de lo que nos quejamos a diario?
            ¿Qué hacemos al respecto? No se puede seguir esperando a que llueva; hay que ponerse en marcha: iniciar uno mismo la tarea de transformar la sociedad, hacerla más habitable. A este efecto, pocas actividades hay como la lectura, y es mejor leer que no leer, por lo que es mejor leer cualquier cosa que ninguna. Ya se crecerá en el hábito y poco a poco cada cual tendrá mayores exigencias y, por consiguiente, mayor capacidad de crecer. Lo que toque llegará cuando toque, como todo. Permanecen ahí quienes quieren ponernos cerco, clasificarnos, humillarnos o pontificar desde posiciones de supuesta superioridad, pero los demás, los que somos mortales –léase normales–, sabremos enfrentarnos a ello, pues seremos más completos, íntegros, irreductibles y hermosos, y tendremos la ventaja de que no nos importa ni nos importará si aparecemos o no en ningún libro de historia. 
            Interpretar o preguntar por las causas primeras y/o últimas del poema o de la narración o por el autor y/o el tiempo que le tocó vivir es un alarde innecesario y carece de sentido, salvo en estudiosos de la materia, al menos en el simple hecho de leer, condición necesaria para ser y crecer. Máxime teniendo en cuenta tanto como hay hoy en juego. Por ello, si se trata de leer, sentir –y no tanto pensar, que también, pero en su justa medida– es lo básico. Lo demás es pedantería.
            (Continuaremos hablando de la lectura...)
 Cartel de Borges para millones, de Ricardo Wullicher. 1977.
Fuente de la imagen: https://cinenacional.com/pelicula/borges-para-millones

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 60. ¿Adónde vas, FIL? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 60

¿Adónde vas, FIL?
Por Manuel Pérez-Petit

Como decíamos ayer mismo en mi “Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL”, estoy comprometido a escribir un artículo acerca de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, en cumplimiento, además, en efecto, de lo escrito en mi “Universal Almudena” del pasado 28 de noviembre, en que entre el obituario y la crónica de la memoria homenajeaba a la recién fallecida escritora española Almudena Grandes, y de paso prometía hacerlo en estos mismos días. En mi artículo de ayer, incluso, adelantaba que en su trigésimo quinto aniversario la FIL, el más grande y trascendente evento de promoción del libro y la lectura del ámbito del idioma español en el mundo, ha sido en esta edición “deprimente y malograda”, conclusión a la que he llegado después de leer y conversar en abundancia acerca de la misma. Y añadía un “Y ya les explicaré por qué”, en apariencia mistérico. Ha llegado la hora, y para ello avanzo por estas líneas. Fíjense qué pronto. Les advierto que este artículo es más largo que los habituales, y es que no quiero convertirlo en seriado sino zanjar mi promesa de una tacada.
            Escribo esta crónica más de una semana después del cierre de la FIL 2021, exactamente una semana y un día, que bien pudiera parecer una condena. Y lo hago con un sabor agridulce y más turbación que claridad en mi perspectiva del asunto. No en vano también me pesa mi experiencia de seis ediciones como expositor y mis otras dos como profesional, acumulada desde aquella no tan lejana pese a lo que parezca FIL de su 25 aniversario, la de 2011, cuando tuve la fortuna de ser invitado como Sediento Ediciones por primera vez por el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Estado de México (CEAPE) a estar en su siempre admirable pabellón y comenzó mi particular romance con Mariano Otero –la avenida zapopana, no me piensen mal los desconocedores de esta fugura de la historia de México– y el complejo emblemático que es la Expo Guadalajara, que está a una orilla de la misma, en esas fechas de finales de noviembre y primeras de diciembre de cada año. En fin, debo confesar que me conozco bien la FIL, sus realidades a ras de suelo más que a las alturas, sus entresijos de pueblo llano, los monumentos efímeros que erige y hasta, si me apuran, los ratones del subsuelo de la misma...
            Todo tiene que ver en el plano más esencial con los niveles de exigencia y en el más básico con la imaginación y la grandeza de miras. Me debo en este punto remontar al 23 de diciembre de 2014, ​​en que publiqué mi artículo “Los niveles de exigencia de la FIL” en la prestigiosa revista 'Rick's Café' del escritor y periodista español Manuel Carmona, como inicio de una serie que luego no continué por desidia –y lo lamento–, y en cuyo decurso reflexioné acerca de la FIL como punta de lanza de la industria editorial en español, al comienzo del cual expresaba solo poder llegar a la conclusión de que lo que venía distinguiendo, al menos en ese último lustro, a la FIL era una “franca y determinante decadencia”. La deriva del magno evento ya en esos años daba en mi opinión mucho para pensar...  
            Y es que a la FIL le sobra gestión y le falta humanismo. La necesidad de ser viral, la preponderancia imperial de la mercadotecnia, la repetición hasta la ataraxia de la misma fórmula sin innovaciones relevantes, la falta de imaginación, el facilismo... Lo que no sé es si debería combinarse esto con vestir casual y “saber” de maquillaje, pues, como señalaba en mi artículo de la revista 'Rick's Café', la gran estrella de la FIL de aquel año –2014– fue una quinceañera por entonces, llamada Yuya, video blogger viral de medias rotas capaz de atraer a masas derretidas de gente que lloraba emocionada cuando conseguía su autógrafo y que colapsó el recinto más que nadie y más que nadie que se recuerde en años, vendiendo en tan solo dos días más de dos mil quinientos ejemplares de su libro “Los secretos de Yuya”, y nada menos que en el estand de la multinacional barcelonesa Planeta... Y es que eso era y es la nueva industria editorial, la del consumo por el consumo. Han pasado siete años y todo sigue igual. Es más, va a peor. Eso sí, con un minuto de silencio se despacha a la figura de turno que suele morirse en fechas de fil o cercanas a la FIL.  
            Desde siempre hemos leído grandilocuentes comentarios acerca de la FIL, normalmente enfocados, eso sí, a sesudos y destacables datos estadísticos, volúmenes de negocio, logros, éxitos, fracasos, homenajes y perspectivas. A nivel personal siempre se usaron adjetivos para expresar la experiencia de haber vivido una FIL, pero lo de la FIL de este año ha sido de premio, y de los gordos. Yo nunca había leído tanta ñoñería como este año al respecto. La emoción de encontrarse con la gente no era nunca el tema destacado en las crónicas ni periodísticas ni personales, por ejemplo, más bien lo era el relato de experiencias más completas y este año ha sido un enfoque principalísimo, al menos en lo que he tenido la oportunidad de leer –verbigracia: no es lo mismo decir ‘qué feliz soy’ que contar un relato que transmita esa felicidad, que fue lo que ocurrió siempre y que este año ha brillado por su ausencia–. Claro que se entiende que tras el paso por lo solo virtual por causa de la pandemia, el reencuentro con la FIL ha enardecido, emocionado y enternecido a muchas y valiosas personas que antes no lo hacían de este modo y esta vez se han dejado llevar por el efecto somático de seguir vivos, y así se ha podido leer lo que se ha podido leer... Tontería tras tontería. Hablo de publicaciones de libre acceso, por lo que me ahorro desgranarlas, y, de paso, evito los efectos siempre nocivos para mí que tiene mi paradigmática capacidad de hacer amigos.
            Me quedo con ello y me evito exponer mis opiniones diversas acerca del clima guerracivilista entre las administraciones públicas y las alturas de la organización, el carácter “tan político que le vimos en esta edición” en palabras de la gran Mónica Maristain en su atinada crónica, cuyos puntos de vista comparto, la felicidad causada en muchos por los premios recibidos con justicia por Margo Glantz o el periodista Miguel de la Cruz, entre otros, el muy discutible programa virtual –qué manera de desaprovechar con dosis de populismo el medio digital–, que haya sido la FIL con menos expositores, más espacio libre entre los mismos, menos eventos –y todos en la planta baja– y menos público de la historia... Esto último es comprensible en principio por las medidas de sana distancia, aunque también por el ingente ejército de enemigos que la organización acumula y que crece no ya en progresión aritmética sino geométrica año tras año... Imagínense el tipo de terremoto apocalíptico y las consecuencias del mismo si se hubiera desatado una crisis sanitaria por dar rienda suelta como siempre a la gente, que es en lo que toda la vida radicó gran parte de la magia y que este año, por tal diversas razones y quizá otras, no se ha dado...
            Sí, la FIL va mal, viene yendo mal desde que la conozco, y cada vez va a peor. No por por la institución que tiene detrás, la Universidad de Guadalajara (UDG), admirable de principio a fin, sino quizá, y es mi teoría, por los niveles de exigencia, tanto de gestores como de editoriales y lectores, entre otros actores del medio, cuestión de fondo y base que de igual modo prometo desarrollar un día no muy lejano. La sensación que tengo es que la FIL, a la que le sobran pelotas, si me permiten, y le falta valentía, está desgastada, desnortada, desorientada, carente de propuestas imaginativas, ciega ante la posibilidad de que existan nuevos horizontes, sin frescura, incapacitada para innovar, vacía de autocrítica, llena de autosatisfacción, impotente ante la posibilidad de renovarse y encantada en exceso de conocerse, quizá porque hace ya mucho que tocó techo y, tal como es hoy por hoy, ya no puede romper más moldes. Quizá llegó la hora de redefinir la llamada a ser feria de las ferias y, por extensión, hasta el propio concepto de feria del libro. Como entenderán, esto se puede debatir, sí, analizar, confrontar, proyectar, hacer todo eso que no está de moda, aunque debiera llevarse a cabo con el concurso de nuevos ojos, nuevas sensibilidades, nuevas visiones, porque los de siempre, a base de petrificarse, se han vuelto ciegos, insensibles, prepotentes e ineficaces. Como el comer, la FIL requiere con urgencia una inclusiva, abierta y profunda renovación, en la que tanto los de siempre como nuevos agentes se reúnan alrededor de la misma mesa a decirse qué, cómo, cuándo, por qué y hasta dónde.
            Porque, sin ir más lejos, a tal paso van las cosas que me atrevo a afirmar que no sería extraño que la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO) o de Buenos Aires (FILBA) le comieran la tostada a nuestro gran acontecimiento de tan solo tres letras (FIL) si no fuera por nuestro espíritu hispánico cainita que en ambos casos se encargan de joderla –si me permiten la expresión– haciendo coincidir en varias jornadas sus fechas de celebración, como ya viene siendo de manera lamentable habitual...   
            Pero siempre cabrá proponer al detestable Amazon la organización de una FIL que rompa con todas, y que desde cualquier lugar del mundo nos envíen a casa en 24 horas con enormes descuentos cuantos ejemplares físicos queramos de todos y cada uno de los libros del universo mundo o en un dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones, conversaciones personalizadas con grandes figuras de la literatura muy bien remuneradas y muy amables y coloquios tempestuosos acompañados de bailes de salón. Y eso será el fin de muchas cosas por las que muchos, muchísimos, nos hemos partido la cara y dejado la piel y el alma con toda nobleza, humildad –virtud ésta de bajo predicamento en nuestra tesitura– y olímpicas dosis de buena fe en batallas que ahora sabemos perdidas. O casi, que la esperanza es lo último que se pierde. 
            —De acuerdo, Manuel, pero, ¿no afirmó usted siempre que las ferias del libro y, en especial, la FIL, eran su locura?
            —¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, mi amigo?
            —Nos está pintando un panorama bien negro. 
            —Soy honesto con mi punto de vista, que es la única manera de ser objetivo que existe. Mire usted, el invitado de honor de este año ha sido Perú, y de lo que se ha hablado de Perú en la FIL ha sido de gastronomía, folclor, etnografía y, eso sí, nuevos autores, aunque poquitos...
            —Supongo que también de sus grandes figuras literarias. 
            —Pues no tanto, y tampoco ha acudido ninguna. Eso sí, mucha cultura, historia y pueblos originarios, que está muy bien, por otra parte. Pero es la FIL, y aunque la FIL presume de ser festival cultural su objetivo principal son los libros. ¿Sabe usted, por cierto, que el invitado de honor de la próxima edición es el emirato árabe de Sharjah, que ya lo era en la edición de 2020 pero que por la pandemia no pudo?
            —¿Sharjah?
            —Sí, y de paso “el mundo árabe”. Sharjah es una de las siete entidades que conforman lo que se conoce como Emiratos Árabes Unidos. Se rige por las leyes de decencia como las llaman más estrictas de todo ese país. Allí se exige un código de vestimenta conservador y es ilegal que se mezclen hombres y mujeres solteros... Eso sí, el emirato fue nombrado por la Unesco Capital mundial del libro en 2019. Y ojalá salga todo bien, al menos para las arcas de la FIL. Porque hoy, de tan bajo que caemos, todo es resultadismo. 
 Anuncio en la página de internet de la FIL de la edición de 2022.
Fuente de la imagen:  https://www.fil.com.mx/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 99. Pan de pulque. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 99

Pan de pulque

Por María Gabriela López Suárez

En esta entrega les quiero compartir parte de mi sentir, vinculado con mi labor como docente. Estar al frente de grupos en tres semestres en una contingencia sanitaria,  de una manera distinta, no presencial, haciendo uso de plataformas en línea, ha significado una serie de retos para cada estudiante y para mí como acompañante en su formación profesional. Sin duda alguna, he tenido diversos aprendizajes y lo agradezco en el corazón.

Acostumbrada a realizar dinámicas presenciales en las clases, escuchar a estudiantes e interactuar con los grupos, añoro poder llevar a cabo estas actividades. Recuerdo que el año pasado, cuando me correspondió dar la bienvenida a los grupos de nuevo ingreso en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), donde laboro, lo hice a través de la computadora, dando mi mensaje sin poder ver a nadie, tuve una sensación de nostalgia. Me acomodé frente a la computadora, miré fijamente a la cámara y realicé mi encomienda; luego de dar mi mensaje me quedé pensando cómo serían las clases, no imaginé del todo lo que vendría después. 

En este periodo de clases una de las añoranzas que más tengo es poder conocer a cada estudiante, no todas las personas prenden su cámara y micrófonos, por diversos motivos. De esa forma, la interacción con los grupos es distinta, si bien como docente mantengo la cámara encendida, me genera la intención de poder conocer a quienes están del otro lado de las pantallas de las computadoras o celulares. 

Desde agosto de 2020 a la fecha solo he tenido la oportunidad de conocer alrededor de siete estudiantes de los grupos de nuevo ingreso en la licenciatura en Comunicación Intercultural en que he dado clases, cada encuentro ha sido distinto, todos hasta este 2021 con el protocolo sanitario. El primero a quien conocí es Ángel, porque fue el contacto para entregar un libro que había ganado una amiga de él al responder una pregunta en el programa radiofónico Los Colores de la Voz de la UNICH, fue una coincidencia. Otra ocasión saludé a cinco estudiantes más que estaban en una práctica de fotografía en la universidad, los vi de lejos, a uno ya lo conocía de semestres anteriores y solo pude identificar a otro de los cuatro restantes, aún con el cubrebocas, era de los que a veces prendían su cámara. Recuerdo que esa vez una de las estudiantes me reconoció por mi voz. Posteriormente conocí a Víctor, quien asistió a una exposición fotográfica colectiva de la que formo parte. Y finalmente, conocí a Citlalli, en un evento en la universidad.

Les confieso que muchas veces ha pasado por mi mente que podría coincidir con estudiantes en algún espacio sin saber que son ellas y ellos, porque no nos conocemos físicamente y portamos el cubrebocas.  Eso me sucedió con Citlalli, llegamos al mismo tiempo al evento, me llamó la atención su vestimenta, muy colorida y bella. No era un traje regional de Chiapas, la blusa me pareció con bordados semejantes a algunas prendas de la región Selva. Pasé a su lado sin saber que era ella, yo llevaba prisa y seguí mi camino. Momentos después, se sentó delante de mí, y fue hasta cuando saludé a Rosita, otra estudiante a quien ya conozco, quien se colocó al lado de ella, cuando Citlalli me saludó. De nueva cuenta me reconocían por la voz. Me dio mucho gusto conocerla,  intercambiamos algunas palabras antes que iniciara el evento. Recordé que es originaria de Nochixtlán, Oaxaca, de ahí que la vestimenta no me resultara común.

Al término del evento, me despedí de Citlalli, quien tuvo el detalle de obsequiarme pan de pulque, ese pan que me generó curiosidad por su nombre y elaboración, que conocí como parte del contenido de su informe de proyecto integrador, justo hace más de un año cuando le di clases en primer semestre. Agradezco a Citlalli por el gesto de compartir ese producto de su terruño y a cada estudiante con quien he coincidido de manera presencial y en línea, gracias por permitirme ser parte de esta nueva etapa de educación a la distancia y gracias también por recordar el timbre de mi voz.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.