Líneas de desnudo/ 61

Reivindicación del lector hedonista
Por Manuel Pérez-Petit

No lean nada de lo que se ha escrito sobre Fulano de Tal. Shakespeare no leyó una línea escrita sobre él y escribió la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha escrito sobre Shakespeare. Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien; si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes, pero algún día Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto, no hay que apresurar las cosas”. Es decir, yo aconsejaría ante todo la lectura y la lectura hedónica, la lectura del placer, no la triste lectura universitaria hecha de referencias, de citas, de fichas.

(Extracto de una entrevista incluida en la película Borges para Millones, de Ricardo Wullicher. 1977)
Acerca de leer –entiendo yo– se trata de ver qué dice qué y cómo y qué nos dice qué, no, por ejemplo, quién es quien lo dice ni por qué. Jorge Luis Borges, en una famosa reseña a la Introduction à la Poétique, de Paul Valéry, publicada en la revista El Hogar del 10 de junio de 1938, escribió: “Valéry –como Croce– piensa que todavía no tenemos una Historia de la Literatura y que los vastos y venerados volúmenes que usurpan ese nombre son una Historia de los Literatos más bien. Valéry escribe: ‘La Historia de la Literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar ni un solo escritor. Podemos estudiar la forma poética del Libro de Job o del Cantar de los Cantares, sin la menor intervención de la biografía de sus autores, que son enteramente desconocidos’.” 
            En los estertores de 2021 –en realidad, del año 2 de la nueva Era Distópica–, la cuestión es aún más vigente: ¿De verdad interesa que a un tal Miguel, aburrido en la Cárcel Real de Sevilla, en donde penaba por estar acusado de robar los impuestos que recaudaba por Andalucía, le diera un día por escribir o idear lo que fue el pistoletazo de salida de la más grande obra escrita en español de todos los tiempos? ¿Importa de verdad si fue manco o su mano izquierda quedó tullida a causa de un trozo de plomo que le seccionó un nervio en la batalla de Lepanto? No seamos pedantes, por Dios. ¿Qué se necesita saber de él para leer su obra? Nada en absoluto.
            El punto de partida de la obra de arte no es la teoría sino la vida vivida. Se puede saber qué es una metáfora pero ello no capacita a nadie para lograr una, y eso pese a que toda obra literaria, en tanto ficción o no ficción pero de naturaleza comunicable, es metáfora, esto es, designación de algo con el nombre de otra cosa por analogía. Y sabiendo que la metáfora apela al intelecto pero también a los sentidos, ningún lector –sea cual sea la obra o el tipo de su lectura– está exento de ser eso que Borges decía: un lector hedonista. Esa metáfora que es toda obra literaria puede estar al alcance de muchos o de pocos, y esto depende de múltiples factores. Si se comprende que el mismo problema es experimentado de manera diferente por distintas personas, y lo que supone un drama para unas no pasa de anécdota para otras, puede comprenderse que los niveles de exigencia y capacidad de los lectores varían según quién sea éste. Incluso se podría proponer la lectura como oficio. Un arduo oficio innecesario en apariencia y por lo cual fabuloso, solo dependiente de la voluntad, pero generador de satisfacciones poco comunes que, además, tiene la consecuencia –incluso por cada página leída– de agrandar la vida. Pese a todo, sin llegar a ello, ahora que la lectura está mal vista –a qué poner paños calientes–, lo que habría que hacer es leer, con dos narices, con hambre y sed, afán de mejorar las cosas. Y a este efecto, ¿qué nos importa nada que no sea la obra en sí, el texto en definitiva, sea cual sea su naturaleza y condición, quién la haya escrito y/o por qué, lo que opine nadie acerca de ello o incluso las sensaciones que nos provoca lo mal que anda el mundo, tan inhóspito, tan cruel, tan contraindicado para cumplir nuestras ilusiones, de lo que nos quejamos a diario?
            ¿Qué hacemos al respecto? No se puede seguir esperando a que llueva; hay que ponerse en marcha: iniciar uno mismo la tarea de transformar la sociedad, hacerla más habitable. A este efecto, pocas actividades hay como la lectura, y es mejor leer que no leer, por lo que es mejor leer cualquier cosa que ninguna. Ya se crecerá en el hábito y poco a poco cada cual tendrá mayores exigencias y, por consiguiente, mayor capacidad de crecer. Lo que toque llegará cuando toque, como todo. Permanecen ahí quienes quieren ponernos cerco, clasificarnos, humillarnos o pontificar desde posiciones de supuesta superioridad, pero los demás, los que somos mortales –léase normales–, sabremos enfrentarnos a ello, pues seremos más completos, íntegros, irreductibles y hermosos, y tendremos la ventaja de que no nos importa ni nos importará si aparecemos o no en ningún libro de historia. 
            Interpretar o preguntar por las causas primeras y/o últimas del poema o de la narración o por el autor y/o el tiempo que le tocó vivir es un alarde innecesario y carece de sentido, salvo en estudiosos de la materia, al menos en el simple hecho de leer, condición necesaria para ser y crecer. Máxime teniendo en cuenta tanto como hay hoy en juego. Por ello, si se trata de leer, sentir –y no tanto pensar, que también, pero en su justa medida– es lo básico. Lo demás es pedantería.
            (Continuaremos hablando de la lectura...)
 Cartel de Borges para millones, de Ricardo Wullicher. 1977.
Fuente de la imagen: https://cinenacional.com/pelicula/borges-para-millones

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.