Líneas de desnudo/ 60

¿Adónde vas, FIL?
Por Manuel Pérez-Petit

Como decíamos ayer mismo en mi “Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL”, estoy comprometido a escribir un artículo acerca de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, en cumplimiento, además, en efecto, de lo escrito en mi “Universal Almudena” del pasado 28 de noviembre, en que entre el obituario y la crónica de la memoria homenajeaba a la recién fallecida escritora española Almudena Grandes, y de paso prometía hacerlo en estos mismos días. En mi artículo de ayer, incluso, adelantaba que en su trigésimo quinto aniversario la FIL, el más grande y trascendente evento de promoción del libro y la lectura del ámbito del idioma español en el mundo, ha sido en esta edición “deprimente y malograda”, conclusión a la que he llegado después de leer y conversar en abundancia acerca de la misma. Y añadía un “Y ya les explicaré por qué”, en apariencia mistérico. Ha llegado la hora, y para ello avanzo por estas líneas. Fíjense qué pronto. Les advierto que este artículo es más largo que los habituales, y es que no quiero convertirlo en seriado sino zanjar mi promesa de una tacada.
            Escribo esta crónica más de una semana después del cierre de la FIL 2021, exactamente una semana y un día, que bien pudiera parecer una condena. Y lo hago con un sabor agridulce y más turbación que claridad en mi perspectiva del asunto. No en vano también me pesa mi experiencia de seis ediciones como expositor y mis otras dos como profesional, acumulada desde aquella no tan lejana pese a lo que parezca FIL de su 25 aniversario, la de 2011, cuando tuve la fortuna de ser invitado como Sediento Ediciones por primera vez por el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Estado de México (CEAPE) a estar en su siempre admirable pabellón y comenzó mi particular romance con Mariano Otero –la avenida zapopana, no me piensen mal los desconocedores de esta fugura de la historia de México– y el complejo emblemático que es la Expo Guadalajara, que está a una orilla de la misma, en esas fechas de finales de noviembre y primeras de diciembre de cada año. En fin, debo confesar que me conozco bien la FIL, sus realidades a ras de suelo más que a las alturas, sus entresijos de pueblo llano, los monumentos efímeros que erige y hasta, si me apuran, los ratones del subsuelo de la misma...
            Todo tiene que ver en el plano más esencial con los niveles de exigencia y en el más básico con la imaginación y la grandeza de miras. Me debo en este punto remontar al 23 de diciembre de 2014, ​​en que publiqué mi artículo “Los niveles de exigencia de la FIL” en la prestigiosa revista 'Rick's Café' del escritor y periodista español Manuel Carmona, como inicio de una serie que luego no continué por desidia –y lo lamento–, y en cuyo decurso reflexioné acerca de la FIL como punta de lanza de la industria editorial en español, al comienzo del cual expresaba solo poder llegar a la conclusión de que lo que venía distinguiendo, al menos en ese último lustro, a la FIL era una “franca y determinante decadencia”. La deriva del magno evento ya en esos años daba en mi opinión mucho para pensar...  
            Y es que a la FIL le sobra gestión y le falta humanismo. La necesidad de ser viral, la preponderancia imperial de la mercadotecnia, la repetición hasta la ataraxia de la misma fórmula sin innovaciones relevantes, la falta de imaginación, el facilismo... Lo que no sé es si debería combinarse esto con vestir casual y “saber” de maquillaje, pues, como señalaba en mi artículo de la revista 'Rick's Café', la gran estrella de la FIL de aquel año –2014– fue una quinceañera por entonces, llamada Yuya, video blogger viral de medias rotas capaz de atraer a masas derretidas de gente que lloraba emocionada cuando conseguía su autógrafo y que colapsó el recinto más que nadie y más que nadie que se recuerde en años, vendiendo en tan solo dos días más de dos mil quinientos ejemplares de su libro “Los secretos de Yuya”, y nada menos que en el estand de la multinacional barcelonesa Planeta... Y es que eso era y es la nueva industria editorial, la del consumo por el consumo. Han pasado siete años y todo sigue igual. Es más, va a peor. Eso sí, con un minuto de silencio se despacha a la figura de turno que suele morirse en fechas de fil o cercanas a la FIL.  
            Desde siempre hemos leído grandilocuentes comentarios acerca de la FIL, normalmente enfocados, eso sí, a sesudos y destacables datos estadísticos, volúmenes de negocio, logros, éxitos, fracasos, homenajes y perspectivas. A nivel personal siempre se usaron adjetivos para expresar la experiencia de haber vivido una FIL, pero lo de la FIL de este año ha sido de premio, y de los gordos. Yo nunca había leído tanta ñoñería como este año al respecto. La emoción de encontrarse con la gente no era nunca el tema destacado en las crónicas ni periodísticas ni personales, por ejemplo, más bien lo era el relato de experiencias más completas y este año ha sido un enfoque principalísimo, al menos en lo que he tenido la oportunidad de leer –verbigracia: no es lo mismo decir ‘qué feliz soy’ que contar un relato que transmita esa felicidad, que fue lo que ocurrió siempre y que este año ha brillado por su ausencia–. Claro que se entiende que tras el paso por lo solo virtual por causa de la pandemia, el reencuentro con la FIL ha enardecido, emocionado y enternecido a muchas y valiosas personas que antes no lo hacían de este modo y esta vez se han dejado llevar por el efecto somático de seguir vivos, y así se ha podido leer lo que se ha podido leer... Tontería tras tontería. Hablo de publicaciones de libre acceso, por lo que me ahorro desgranarlas, y, de paso, evito los efectos siempre nocivos para mí que tiene mi paradigmática capacidad de hacer amigos.
            Me quedo con ello y me evito exponer mis opiniones diversas acerca del clima guerracivilista entre las administraciones públicas y las alturas de la organización, el carácter “tan político que le vimos en esta edición” en palabras de la gran Mónica Maristain en su atinada crónica, cuyos puntos de vista comparto, la felicidad causada en muchos por los premios recibidos con justicia por Margo Glantz o el periodista Miguel de la Cruz, entre otros, el muy discutible programa virtual –qué manera de desaprovechar con dosis de populismo el medio digital–, que haya sido la FIL con menos expositores, más espacio libre entre los mismos, menos eventos –y todos en la planta baja– y menos público de la historia... Esto último es comprensible en principio por las medidas de sana distancia, aunque también por el ingente ejército de enemigos que la organización acumula y que crece no ya en progresión aritmética sino geométrica año tras año... Imagínense el tipo de terremoto apocalíptico y las consecuencias del mismo si se hubiera desatado una crisis sanitaria por dar rienda suelta como siempre a la gente, que es en lo que toda la vida radicó gran parte de la magia y que este año, por tal diversas razones y quizá otras, no se ha dado...
            Sí, la FIL va mal, viene yendo mal desde que la conozco, y cada vez va a peor. No por por la institución que tiene detrás, la Universidad de Guadalajara (UDG), admirable de principio a fin, sino quizá, y es mi teoría, por los niveles de exigencia, tanto de gestores como de editoriales y lectores, entre otros actores del medio, cuestión de fondo y base que de igual modo prometo desarrollar un día no muy lejano. La sensación que tengo es que la FIL, a la que le sobran pelotas, si me permiten, y le falta valentía, está desgastada, desnortada, desorientada, carente de propuestas imaginativas, ciega ante la posibilidad de que existan nuevos horizontes, sin frescura, incapacitada para innovar, vacía de autocrítica, llena de autosatisfacción, impotente ante la posibilidad de renovarse y encantada en exceso de conocerse, quizá porque hace ya mucho que tocó techo y, tal como es hoy por hoy, ya no puede romper más moldes. Quizá llegó la hora de redefinir la llamada a ser feria de las ferias y, por extensión, hasta el propio concepto de feria del libro. Como entenderán, esto se puede debatir, sí, analizar, confrontar, proyectar, hacer todo eso que no está de moda, aunque debiera llevarse a cabo con el concurso de nuevos ojos, nuevas sensibilidades, nuevas visiones, porque los de siempre, a base de petrificarse, se han vuelto ciegos, insensibles, prepotentes e ineficaces. Como el comer, la FIL requiere con urgencia una inclusiva, abierta y profunda renovación, en la que tanto los de siempre como nuevos agentes se reúnan alrededor de la misma mesa a decirse qué, cómo, cuándo, por qué y hasta dónde.
            Porque, sin ir más lejos, a tal paso van las cosas que me atrevo a afirmar que no sería extraño que la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO) o de Buenos Aires (FILBA) le comieran la tostada a nuestro gran acontecimiento de tan solo tres letras (FIL) si no fuera por nuestro espíritu hispánico cainita que en ambos casos se encargan de joderla –si me permiten la expresión– haciendo coincidir en varias jornadas sus fechas de celebración, como ya viene siendo de manera lamentable habitual...   
            Pero siempre cabrá proponer al detestable Amazon la organización de una FIL que rompa con todas, y que desde cualquier lugar del mundo nos envíen a casa en 24 horas con enormes descuentos cuantos ejemplares físicos queramos de todos y cada uno de los libros del universo mundo o en un dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones, conversaciones personalizadas con grandes figuras de la literatura muy bien remuneradas y muy amables y coloquios tempestuosos acompañados de bailes de salón. Y eso será el fin de muchas cosas por las que muchos, muchísimos, nos hemos partido la cara y dejado la piel y el alma con toda nobleza, humildad –virtud ésta de bajo predicamento en nuestra tesitura– y olímpicas dosis de buena fe en batallas que ahora sabemos perdidas. O casi, que la esperanza es lo último que se pierde. 
            —De acuerdo, Manuel, pero, ¿no afirmó usted siempre que las ferias del libro y, en especial, la FIL, eran su locura?
            —¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, mi amigo?
            —Nos está pintando un panorama bien negro. 
            —Soy honesto con mi punto de vista, que es la única manera de ser objetivo que existe. Mire usted, el invitado de honor de este año ha sido Perú, y de lo que se ha hablado de Perú en la FIL ha sido de gastronomía, folclor, etnografía y, eso sí, nuevos autores, aunque poquitos...
            —Supongo que también de sus grandes figuras literarias. 
            —Pues no tanto, y tampoco ha acudido ninguna. Eso sí, mucha cultura, historia y pueblos originarios, que está muy bien, por otra parte. Pero es la FIL, y aunque la FIL presume de ser festival cultural su objetivo principal son los libros. ¿Sabe usted, por cierto, que el invitado de honor de la próxima edición es el emirato árabe de Sharjah, que ya lo era en la edición de 2020 pero que por la pandemia no pudo?
            —¿Sharjah?
            —Sí, y de paso “el mundo árabe”. Sharjah es una de las siete entidades que conforman lo que se conoce como Emiratos Árabes Unidos. Se rige por las leyes de decencia como las llaman más estrictas de todo ese país. Allí se exige un código de vestimenta conservador y es ilegal que se mezclen hombres y mujeres solteros... Eso sí, el emirato fue nombrado por la Unesco Capital mundial del libro en 2019. Y ojalá salga todo bien, al menos para las arcas de la FIL. Porque hoy, de tan bajo que caemos, todo es resultadismo. 
 Anuncio en la página de internet de la FIL de la edición de 2022.
Fuente de la imagen:  https://www.fil.com.mx/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.