Hay días como hoy en que a uno o le llueven las ideas o no se le ocurre nada o le pasan ambas cosas en simultáneo. Se sienta y se levanta, como a cámara lenta unas veces como rayo a punto de volar otras; en todo caso como autómata, una y otra vez. Se rasca la cabeza, se asoma por la ventana, y como uno ya no fuma se pone a jugar y a tropezarse con las canicas de sus ideas y sentimientos. A mí me pasa que los pensamientos viajan en esos casos como en tren de carbón, alborotados, hechos prisma, y no hay varita mágica que espante sus cabellos. No hay bloqueo por defecto sino por exceso, y ahí uno empieza a recordar, en su soledad, qué dijo quién...
* * *
Rainer María Rilke (1875-1926) definió el amor como un homenaje mutuo de dos soledades que se cercan y se dan calor, y confesó: “Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad”. El praguense despreciaba el paso del tiempo y exaltaba la virtud de la paciencia. Dejó una estela de incalculables dimensiones, hasta el punto de influir en gran parte del pensamiento contemporáneo. Martin Heidegger (1889-1976) partió de su obra, entre un par de fuentes más, para establecer su filosofía, que en nada es amorosa.
Le preguntaron una vez al novelista argentino Osvaldo Soriano (1943-1997) que por qué escribía y contestó: “Para compartir la soledad”. Tiempo después, el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009) se hizo eco de esta respuesta y publicó el 1 de noviembre de 1987 en el diario español 'El País' “La soledad comunicante”, un artículo a cuyo final se inquiría: “¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al prójimo?”
El francés argelino Albert Camus (1913-1960) aseguró: “No puedo vivir sin mi arte” y partía de ideas filosóficas para elaborar su obra. Gloria Fuertes (1917-1998), poeta española extraordinaria y quizá por ello, aún poco reconocida, hizo constar también que no podía “vivir sin escribir”. El Nobel colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014) comentó en cierta ocasión que para escribir sólo necesitaba sentir calor y tener el estómago lleno.
Friedrich Nietszche (1844-1900) apuntó: “La sociedad necesita de poetas como el cielo de estrellas”, poco después de que Isidore Lucien Ducasse, más conocido como ‘Conde de Lautréamont’, francés aunque uruguayo, predijera que un día la poesía sería hecha por todos, claro que el sentido –que no el origen– de ambas afirmaciones es antagónico. Si bien el alemán apelaba a la necesidad de los poetas verdaderos, el francés nacido en Uruguay se reía de la realidad de una sociedad en que proliferaban escribidores de poemas.
El diccionario ideológico de Casares define la literatura como el “Arte que tiene por objeto la expresión de las ideas y los sentimientos por medio de la palabra”. Ideas y sentimientos... El debate entre filosofía y literatura, sin menoscabo de que cada una pueda contener ideas y sentimientos, es tan antiguo como el conocimiento humano, jugoso debate al que siempre me he sumado y al que aportaba algún apunte el pasado 21 de diciembre en mi Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente. Se trata, como decía ahí, de una batalla que ya en Platón (circa 427-347 a. C.) se resolvió a favor del logos del pensamiento filosófico, aunque, con posterioridad, en el Renacimiento italiano y a partir del siglo XIX, con Goethe (1749-1832), Kierkegaard (1813-1855) o el propio Nietzsche, volvió a un primer plano. Ya en el siglo XX, Alfonso Reyes (1889-1959), poeta y ensayista mexicano sin el que no se entiende la literatura ni el pensamiento en español del siglo XX, distinguió en su “La experiencia literaria” entre filosofía y literatura, tras lo cual concluyó: “No nos importa la realidad del crepúsculo que contempla el poeta, sino el hecho de que se le ocurra proponerlo a nuestra atención, y la manera de aludirlo”.
* * *
Y en ello estoy... En que a nadie le importan mis asuntos ni mi soledad sino el hecho de que se me ocurran cosas y proponerlas a la atención de los demás... Mi manera de aludirlas es otra cosa. Hoy, concatenando jirones de lecturas. Mañana, quién sabe...
Por cierto, me quedaron muy ricas las lentejas. Espero que a ustedes también.
M. P.-P. en un evento de Sediento Ediciones en el café Via Lattea, en pleno corazón de la colonia Roma de la Ciudad de México, en julio de 2013.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva.
Los oídos del joven creyeron comprender desde su rincón apartado. Y esas palabras, revoloteando en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo. Así llegó a crecer, convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo, en una afonía perpetua, con la indiferencia generalizada en su rostro. Nació así un ser extraño. Melancólico, a ratos. Frío e impasible. A veces, apático. Aunque no siempre, porque la inocencia, esa fuerza tan vasta y vigorosa, también puede lo suyo. Por aquel entonces nadie comprendía sus maneras. En el hogar sus padres le observaban en silencio, cuando entonces. Luego, en un amor encerrado en las vidas paralelas, también ellos se miraban, como si tal cosa, y torcían a veces el gesto, en una busca del camino certero y voluble. Una obsesión hundida en el ardor por ese hijo que había comprendido, desde muy pequeño, las enseñanzas del maestro. El hijo cambiaba su aspecto con el paso del tiempo. La mudez de las cosas. Los sentimientos arrugados, queriendo desaparecer en la veladura de los años, tiempos que se sucedían sin que los padres pudiesen hacer nada. También esos padres cambiaban. Envejecían. Pero seguían creyendo que la tristeza de su hijo era como era, una cierta ironía de la vida, una impasible cochura del alma. Un día el hijo llegó tan alto que tuvo que confesar sus verdaderas emociones. La gente no le atraía. Notaba en ellos, en esos extraños de la vida, que todos mentían. Como una fachada herida, ingrata, soez, maleducada. Los padres, en el calor de la estufa, con las enaguas sobre las piernas, sólo tuvieron fuerzas para callar comprendiendo. A veces es mejor el silencio que una respuesta inoportuna, pensaban. Nuestro hijo es así. No hay más. De tanto, los meses pasaron a la velocidad del rayo. Días fugaces, repetitivos, cansinos. Y en ese tiempo la soledad se le fue clavando en la mente cada vez con más fuerza. Una soledad encarnada, hecha vida, como si un enorme despoblado le venciera los nervios, doblándolos, volviéndolos sumisos. Paul comenzó a notar que sus padres habían encanecido. Y sintió una pena y un dolor intensos. Muy fuertes. Tan fuertes que el alma se le partía. Y la voluntad se le dividía entre su padre y su madre. ¡Tanto esfuerzo en la vida! En el barrio el niño de los Radford seguía siendo el solitario. Sólo los mayores pasaban de lado, pero los otros jovenzuelos dedicaban a Paul toda la carga de injusticia que anida en los corazones pequeños. El aislamiento pugnaba, de esta manera, con la inocencia. Una lucha sin par y atroz, tal vez desmedida. (Hablamos de dos formidables sentimientos enloquecidos por las esquinas de los días). Paul creció. Un bozo sobre el labio, apuntando hacia adelante. Una ligerísima sombra bajo la nariz. Y todo el amor para sus padres, que seguían con las enaguas sobre las piernas, en otro invierno, apurando el amor que se escapaba, como la vida, del cuerpo, de toda el alma. Su madre en un suspiro pensando en el hijo. Pronto se encontraría de frente con el verdadero desierto, pensaba. La mujer no deseaba un campo yermo y abandonado para su hijo. Pero ¿qué hacer? El padre, sumido en la inconsciencia que otorgan los años, amaba a su mujer y trataba de ocupar en ella el vacío. Llenar con su amor de hombre esa cordura desleída, ese cuajarón de sangre. Y así pasaban las tardes, mirando a través del cristal empañado, acariciándose las manos sobre el tapete escogido, en el salón que gozaron desde que su hijo, por aquel entonces, les vino al mundo. Por la calle la gente caminaba sin detenerse. Siempre las mismas caras, en su tediosa envoltura de inopia, en su terrible ignorancia, gentes temerosas de Dios que por las noches rezaban en silencio, en un rosario inacabable de murmullos, bajo las cálidas sábanas de sus hogares. Pasó el tiempo. Paul había quedado por vez primera. En el puente. O sobre él, encima de la piedra biselada, como él había supuesto. Se agarró el cuello y se abrochó hasta el último de los botones del abrigo. El viento había estallado al mediodía. Y por la tarde podía oírse aún el grito del aire chocando con los salientes. Los árboles, acostumbrados a esas bravuconerías, doblaban sus tallos creando siluetas inclinadas. Era otoño. ¡Ya el frío tan cerca! Paul cerró la puerta tras despedirse de sus padres. El mundo, ante él, con la misma soledad que de niño. Volvieron a revolotear las palabras del maestro en la mente del joven. “La soledad es peligrosa, adictiva”. La última palabra se le trastabillaba. Y volvía a pensar en ella. “Adictiva”. Pero el joven llevaba consigo una ilusión comprensible y apabullante. Nunca hubo imaginado que algún día… Pero sí, ese día había llegado. Ella estaría ahora saliendo de su casa. Debía darse prisa. En alguna ocasión, recordaba, alguien le dijo que nunca se debe llegar tarde. Y hoy se trataba de una cita. Con ella. Su primer encuentro. A solas. El mundo y él. Ella y él. Desde el colegio los ojos de ambos. Siempre cruzando unas miradas cómplices. Y unas sonrisas eternas. Por el aire, sin que nadie, salvo ellos, notase la ausencia de sus voluntades y de sus corazones. Clara siempre se le había clavado. Era hermosa. Rubia y alta. Distinta. Con un algo misterioso muy adentro que nunca pudo ni supo ni quiso explicarse. Hasta ese momento la vida se le había mostrado a través del aspecto más vulgar de la materia. Lo otro, lo que sus padres afirmaban en esas horas pasadas al fuego, aún no lo había llegado a conocer. ¿Qué sería eso otro de que ellos tanto hablaban? Paul pensó en sus padres. Mientras tanto, avanzaba por las calles retorcidas, con el cuello bien alto. Caminaba con las manos encerradas en los bolsillos, soportando el soplo violento del aire de otoño, anticipo de las primeras nevadas. Clara en su pensamiento. Nítida esbeltez. Definida locura de su amor. Amor anidado en un pecho excesivamente joven. Demasiado acostumbrado todavía a las antiguas palabras del maestro. Alcanzó la vista que le arrastraba como si fuera un perro de tiro. Llegó jadeando. Nervioso. Su cuerpo temblaba bajo la ropa adherida. Una silueta definida. Sobre el pretil de piedra, sí. Dentro del apartadero. Protegida con una capa gruesa. El gorro le cubría la cabeza. Luego, Paul junto a ella. Había llegado a la hora exacta. Una campanada sonó violenta en el cielo plomizo. Las siete y media. La hora en que comienza el sol a escurrirse por el horizonte.
Tras él… Viajando a no se sabe qué lugar misterioso… Las nubes lloran débilmente sobre los jóvenes…
Clara le miró con sus ojos verdes, en un destello desconocido y profundo. Paul se quedó paralizado por la hermosura de la joven. Recordaba la gracia de sus manitas de niña, cuando entonces. ¡Hacía tanto! Ahora, esa niña de ojos vivos se había transformado en una tierna mujercita. A Paul el corazón le palpitaba. Y se cubrió el pecho con las manos para ocultar ese atroz golpeteo, sordo y cadencioso. Con la mirada se dijeron muchas cosas. Hasta que ella soltó su dulce sonrisa y le pasó la mano por la cara para quitarle unas gotas caprichosas. Habían quedado citados allí, pero la tarde, el día, la lluvia… Paul estaba feliz. Clara estaba feliz también. El joven había descubierto una abertura en su vida, a través de su corazón que chorreaba ilusión y esperanza. Sacó del bolsillo un bulto pequeño cubierto con un papel colorido, de flores. Ella lo tomó, sorprendida. Al abrirlo, el papel crujió bajo sus dedos nerviosos. Un pequeño y primoroso librito de versos. De Carolin Schwab, la poetisa que a ella siempre le hubo fascinado. La chica se quedó observando el obsequio y no fue capaz de levantar la mirada. Sus ojos, acuosos. También el amor viaja en los libros. Pronto decidieron apartarse de allí. Pero antes…
…Antes necesitaba confesarle algunos secretos. Pesares que siempre había llevado prendidos en la quietud de su desprendimiento. Y la duda. Ese eterno y angustioso recodo de la confianza y amistad…
Pensaba Paul en la dichosa palabra cuando de pronto, en un arranque inesperado, casi de furia y de amor excitado, aprovechó la lluvia que les caía sobre los hombros y la invitó a continuar junto a la senda, donde la esquina separaba el puente de la calle cercana. Entraron en el restaurante. Desde siempre a los jóvenes como ellos The Fox Den les había subyugado. Por la atmósfera creada en el interior. Como una caldera que aviva los corazones. Así el lugar escogido. Paul, adelantado, eligió una de las mesas más apartadas, lejos del bullicio del principio, donde la gente, de pie, tomaba cervezas y reía y cantaba. Más allá, sobre el cuadrado verde, un filo aterciopelado formaba un paisaje de madreselva. Se sentaron. Clara enfrente de él. Con sus miradas al suelo, por la timidez y porque los dos eran conscientes de que de esta cita podía depender no sólo sus destinos, sino el propio devenir de sus vidas, el azaroso fluir de todo el mundo. Paul pidió una cerveza. Clara hizo lo mismo. Y luego, cuando el camarero desapareció, un hundimiento de las voluntades, un precipicio entre ambos que solamente la luz de la joven alumbraba en silencio. Clara, sin saber qué hacer, abrió el librito y comenzó a leer mirando a Paul de vez en cuando. Había elegido uno de los poemas más hermosos: “Green is the colour of hope”.
Layin´ down In the Green Green grass Eyes closed Darkness in your mind
Hopes’s only in The colour around you But not for your own…
Calló. Cerró el libro y lo volvió a poner sobre la mesita. No fue capaz de continuar declamando unos versos tan bellos. Paul acercó su mano a la mano de Clara. Los dos comprendieron de inmediato. No en vano se había tratado de un propósito gestado en el calor de la estancia. Adivinaba en su rostro una emoción desconocida. Profunda. Sincera. Y le dio miedo al joven. Un terror oculto desde siempre y que ahora nacía, resuelto, y se colaba entre ambos, como una daga bien afilada, como una lengua sedosa y húmeda sobre la piel fría.
Adictiva…
La palabra, envuelta en su verdadero significado, alcanzó la frente de Paul. Y se acordó de nuevo cuando en el aula sus ojos volaban a los ojos acristalados e infantiles de la amiga, sobre los rostros apáticos y vulgares del resto, cruzando el espacio como hilos que enlazan las voluntades. Allí, en ese sagrario espacioso, se sentía enorme el pequeño. Enorme y libre. Sumido en una paz en remanso, como la calma de un día sin viento. Ahora, sin embargo, al oír los versos de la joven traspasando el velo que les cubría, apareció en su pecho el horror a perder esa libertad y calma soñadas. Simple cuestión de saber, de poder y de estar dispuesto a la renuncia definitiva. El encanto del principio dio paso, lentamente, a una indiferencia disfrazada de pereza, de temor, de miedo a perderlo todo, a perderse él mismo, miedo a dejar de ser una persona inopinada, un individuo ramplón y solitario, un ser acomodado en su colchón de ignorancia, bajo el manto fugaz y necesario del amor de sus padres. Paul observó la candidez y la encantadora figura de Clara. Sin el abrigo, la muchacha había eclosionado en un estallido primaveral de hermosura, mostrándose ante él en toda su esencia, casi desnuda, abierta al hombre que pronto surgiría rabioso de la carne. Y se alejó el joven de esa lujuria que le estaba apuñalando, notando en sus gestos que el cuerpo y los sentimientos se le iban de allí, muy lejos… La noche apareció ante ellos en una cúpula de cristal. Fría. Silenciosa. Tremendamente cercana. A peso sobre las espaldas de los jóvenes que salieron a la calle cuando ya sus corazones habían enloquecido. Se despidieron con la certeza clavada de una separación para siempre. Clara apretó el librito muy fuerte, aprisionándolo entre sus dedos. El amor empaquetado siempre volaría con ella por muy lejos que ambos se encontrasen. Era lo que le quedaba de esa noche transparente y cruda, bajo las estrellas, cuando ya el viento del otoño moribundo había huido de la ciudad. Paul llegó a su casa bastante tarde. Anduvo luchando con el tiempo, paseando por las calles desiertas, meditabundo, reflexionando en el sentido de sus actos, intentando comprender los motivos, los sucesos, los fracasos, los temores, sus propias ausencias y vaguedades. El joven debía madurar. Los años le esperaban, pacientes, más allá de su vida. Al otro lado de la adolescencia, cuando el amor te llega o cuando te quedas esperándolo sin esperanzas.
Pero había decidido...
Alcanzó de nuevo el puente, después de una vuelta alrededor de la ciudad. Se quedó allí parado, mirando la piedra exacta sobre la que Clara había colocado sus manos. Y pensó en ella con una pasión exacerbada y extraña, como si el arrepentimiento le hubiese abrasado, de pronto, la garganta. Se llevó los dedos a los ojos. Respiró hondo. Contrajo el pecho, el dolor. Giró el cuerpo y dirigió sus pasos hacia la casa donde sus padres seguramente estarían despiertos. La salita ardía. Los viejos permanecían en silencio junto a la mesa, con sus manos inquietas. Esperaban al hijo con los ojos perdidos, en una mudez compartida. Paul, al entrar, besó a la madre sobre la frente. Luego el padre cruzó con él una leve sonrisa. Y los esposos, a su vez, cruzaron sus pensamientos. Habían sospechado que el hijo sufría. Por sus maneras de andar, por sus gestos sombríos. Se sentó junto a ellos y guardó un mutismo respetuoso. La madre le sirvió una taza de caldo y el joven lo tomó suavemente, sumido en sus propios temores. Luego les dio las buenas noches y subió las escaleras hasta su cuarto. Vemos al joven sobre la cama sin deshacer. Mira al techo con los ojos cerrados, envuelto en una especie de cordura que se le escapa lentamente. Clara sobre el puente. Clara sentada frente a él, con los labios apretados, bajo unos ojos verdes que le siguen atrayendo. Vuelve ahora sobre sí mismo, dobla la voluntad. De pronto regresa la palabra anclada desde siempre.
Soledad…
Cada vez el sonido más violento, más diáfano en la hechura del cuarto, vibrando en sus oídos, en su piel, en su mente.
Adictiva…
Otro sonido que golpea las paredes como si la tormenta de antes hubiese penetrado hasta él, sin permiso. Más tarde la paz, la separación exclusiva, el odio al resto del mundo. Paul gime sobre la colcha desnuda. Y siente un frío tremendo. Arrugado, con los brazos rodeando sus rodillas, el joven continúa pensando en la terrible decisión de cuando entonces, frente al carácter tibio y elocuente de la joven. Sueña que están casados. Con sus vidas donadas. Extraños en sí mismos. Juntos y felices, pero con la cortadura de la prisión que a veces ese estado supone. Cree ser feliz. También le parece ver en la frente de Clara ese dibujo suave que nace cuando la felicidad te ha desnudado. Paul busca la paz. Ansía alejarse del mundo. Desprenderse del deseo, de la carne, de sí mismo si esto fuese posible.
Pero Paul es tan joven…
Sus padres han subido los escalones tratando de no hacer ruido. Pero el hijo los conoce tan bien, los ama con tanta potencia, que no puede evitar un temblor en el alma.
Envejecen...
Pronto, sobre sus rostros, unas arrugas de amor, en una piel adelantada en el tiempo. Y Paul comprende que llegado ese momento debería vivir sólo con los recuerdos prendidos, con ese amor de niño sobre la falda de su madre, con ese juego fugaz alrededor del padre que corre, corría tras él y reía y reía. La noche cruje, crujió sobre la ciudad. La llovizna de la tarde se convirtió, de manera insospechada, en un aguacero, en una tremenda corriente que arrastró todo cuanto encontró a su paso. Paul ha quedado dormido en su tierna envoltura de hombre, en su tibia inocencia. Se ha dormido pensando en la chica. Y Clara, con sus enormes y bellos ojos verdes, se le aparecerá en los sueños eternos de una noche sin fin, clavando el puñal de su amor sobre la carne blanda y decisiva. Los últimos salen del restaurante con las esperanzas y temores renovados, esperando la llegada de un nuevo día. The Fox Den apagó las luces y cerró.
La autómata(1927). Edward Hopper (1882-1967).
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
mis pupilas sobrias sin drogas añejas + mis pupilas niñas de olvido perpetuo + mis pupilas santas de espejo rotos + mis pupilas suaves de ásperas miradas + mis pupilas extrañas de edulcoradas memorias + mis pupilas necias de reacios aprendizajes + mis pupilas volátiles afincadas en tierra + mis pupilas nacientes de blancura absoluta + mis pupilas crepusculares de amores violetas + mis pupilas vivas de furor estremecido + mis pupilas muertas de ayeres conclusos
[Compré en Puebla la Poesía completa, de Alejandra Pizarnik; la comencé a leer allí y la terminé en Guerrero. Leí “Vagar en lo opaco” y en la misma página escribí a mano y casi en automático la derivación que publico. Con Nadia, Alfredo, Dalí, Roger y Víctor Hugo compartimos lugares para dormir, funciones de teatro, desayunos, comidas, tragos e interminables conversaciones, de modo que, aunque ellos no leyeran a Pizarnik conmigo, se volvieron parte de mi experiencia lectora, de la mixtura que siempre hago con leer, escribir, vivir, como si no estuvieran (no están, en mi caso) separadas… Por eso mi vagar se volvió colectivo y mis pupilas, como peces jesuíticos, se multiplicaron.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Mi estofado de lentejas para hoy
Por Manuel Pérez-Petit
En algunas regiones de Italia como Nápoles, Sicilia y Calabria se conserva en Nochevieja una milenaria tradición que consiste en tirar muebles viejos por la ventana, costumbre fundamentada en la creencia de que al hacerlo se liberan de las cosas malas del año que termina. Hay quién cree de manera errónea que de ahí viene la expresión “tirar la casa por la ventana”, que es de origen español y tiene que ver con la lotería: los agraciados con premios gordos, ya desde el siglo XIX, tiraban todas sus cosas por la ventana a fin de comenzar una nueva vida. Sin embargo, todo está relacionado entre sí.
Llegar al 31 de diciembre de cada año supone, de algún modo, haber terminado ese recuento de lo que ha sido el año y tener claros los propósitos para el año nuevo, que apenas se encuentra ya en ese momento a unas pocas horas. Hay quien hace su análisis en términos de éxitos y fracasos y quien lo lleva a cabo en relación a los objetivos que se marcó para los doce meses anteriores. Quien ve el vaso medio lleno y quien lo ve medio vacío. Quien se lame más que nunca sus heridas en estos días y quien los vive con aparente indiferencia.
Diciembre tiene esas cosas: Por ejemplo, las listas –de mejores libros, películas, fallecidos…– que, a veces, nos sobresaturan incluso llegando en no pocas ocasiones a ser hasta ridículas. Pero las necesitamos y nos sentiríamos extraños si no las hubiera. Como la Navidad y el fin de año comienzan, por mor de la sociedad consumista que vivimos, cada vez antes, nadie debería sorprenderse que lleguemos a conocer listas de resumen del año que comiencen en octubre, con cientos de destacados, y en las que nunca apareceremos nosotros, por mucha expectativa que pongamos en el asunto, ni aunque hayamos publicado una novela de campanillas. El mundo está así, y así debemos aceptarlo.
Volviendo al 31 de diciembre, hay pocas tradiciones para este día como las lentejas. Esta legumbre simboliza muchas cosas. Por ejemplo, la abundancia, y en muchas regiones del mundo. Las lentejas tienen mucha historia. En la cultura judía, en las cenas de duelo de la víspera del ayuno del Ab, aniversario de la destrucción de los dos templos, son imprescindibles. Esaú, hijo mayor de Isaac y de Rebeca, vendió a su hermano Jacob su primogenitura por un plato de lentejas –de ahí viene la expresión “venderse por un plato de lentejas”–, como nos cuenta el primer libro de la Biblia, el Génesis. Los antiguos egipcios y los griegos comían lentejas en los rituales funerarios al creer que este guiso transformaba a los hombres en más alegres y confiados.
Se trata de un platillo caliente que combate con eficacia el frío, que es más ligero que el que se pueda cocinar con cualquier otra legumbre, que es muy barato y que en Italia es tradición comer junto a las uvas a medianoche.
La primera vez que comí lentejas en Nochevieja fue en Venecia en la madrugada del 31 de diciembre de 1983 al 1 de enero de 1984. Fue entonces que descubrí esa costumbre italiana y la sumé a mis hábitos. Desde entonces, en muchas ocasiones en esta misma fecha me he hecho mi estofado, como hoy lo haré.
Ya lo tengo todo preparado: Un cuarto de kilo de lentejas, una patata, un chorizo rojo, unos trozos de tocino blanco y otros de jamón curado, un tomate, varias hojas de laurel, una cebolla, una zanahoria, dos dientes de ajo, pimentón dulce, pimienta negra, orégano, comino molido y, como es natural, la sal gruesa y el aceite de oliva. Todo tiene su razón de ser.
Remojaré las lentejas con agua fría por un ratito, no más de media hora. Pelaré, lavaré y cortaré la patata y la zanahoria, aquella en trozos grandes y ésta en rodajas. La haré unos leves cortes al tomate, que debe ser maduro, y también lavaré solo con agua el chorizo –y lo trocearé–, el ajo y el laurel. Pondré la olla a fuego lento con un fondo de aceite de oliva. Agregaré el pimentón. Esperaré a que se caliente, momento en el cual llenaré la olla de agua. Echaré las lentejas, los trozos de patata y zanahoria, el tomate, la cebolla, los dientes de ajo, el tocino, el jamón, el chorizo, un par de pellizcos de pimienta negra entera y pimienta negra partida, un pellizquito de orégano y otro de comino molido, el laurel y, por último, un puñadito de sal. Taparé la olla y dejaré que se vaya haciendo. No hay que remover. Los buenos platos no merecen ser mareados. Lo importante es que haga ‘chup, chup’ –esto es, que nunca hierva–. En unas tres horas tendré mi estofado, siempre a fuego lento. Al terminar, lo dejaré reposar y esta noche será mi delicia.
Quedan todos invitados. Buen provecho. Feliz año nuevo.
Ya tengo las lentejas en casa, aún en su envoltorio, y las prepararé enseguida.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Entre los siglos XV y XVI, Paracelso (1493-1541) interpretó que Dios creó el mundo incompleto y encomendó al hombre la tarea de completarlo, para lo cual era necesaria la Piedra filosofal, elemento clave e ignoto. La buscó durante gran parte de su vida, pero nunca la encontró, y por eso concluyó que tal cosa no existía.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274), en el XIII, sistematizó el conocimiento y creado una síntesis de Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) y otros pensadores clásicos, islámicos, judíos y escolásticos, poniéndola al servicio de la fe. Un siglo más tarde, el franciscano inglés Guillermo de Ockham (circa 1285-1349) echó por tierra su obra negando los universales, la posibilidad de unir fe y razón, de demostrar la existencia de Dios y apostando frente al conocimiento abstracto por el conocimiento intuitivo: “aquel en virtud del cual sabemos que una cosa es, cuando es, y que no es, cuando no es”. Con base en su pensamiento, en el siglo XVI, Martín Lutero (1483-1546) inició y promovió la Reforma protestante.
En tiempos mucho más recientes, Albert Einstein (1879-1955) revolucionó las estructuras del universo con la Teoría de la relatividad, cuya certeza se encuentra en la actualidad en debate.
En todos los ámbitos, el mundo cambia, pero son las personas las que cambian el mundo, lo completan, lo reformulan, lo revisan, lo ponen “al día”. Estos hitos que cuento y muchos otros más no suelen ocurrir en exclusiva por vía de la razón sino también, en mayor o menor medida, por la de la pasión, y suelen ser fruto de cierto amor, en su más amplio sentido. Paracelso, movido por su soberbia, pensaba en concluir la labor creadora de Dios. Santo Tomás lo hizo todo por su fe, lo mismo que Ockham, aunque a éste le influyó más un cierto afán de evolucionar las cosas y, en efecto, influenció la Reforma que impulsó Lutero. Einstein abogó con fervor por las libertades individuales y el pacifismo.
El poeta español Gabriel Celaya (1911-1991) dejó escrito en 1944: “Para salvar la poesía, como para salvar cuanto somos, lo que hay que transformar es la sociedad. Y a esto debemos consagrarnos con todo y, por de pronto, si damos en poetas, con la poesía como arma cargada de futuro”.
Los mortales, esto es, los artistas, todos nosotros, hagamos 'obras de arte' o no, los que tenemos la capacidad de transformarnos y transformar la sociedad, tendríamos sin excepción que aspirar a la luz, a ser la zarza ardiente que no se consuma y que se renueve, en este incendio pavoroso e inevitable que es vivir y que hoy está amenazado. Las personas deberíamos convertirnos, de este modo, en vidrieras –es más, en vitrales sin medida–, para dejar pasar la luz a través de nosotros mismos y multiplicarla y esparcirla sin límite, en esta realidad más real que la realidad que nos toca vivir y que nos tendría que estar contagiando a todos. Con más razón aún en este mundo oscuro. Al cabo, solo se trata de amar. Yo creo que con ello seremos capaces no solo de sobrevivir sino de salir triunfantes frente a los poderes del mundo que pretenden quitarnos la vida.
Todos somos creadores, poetas en el sentido más amplio. Libérrimos y soberanos, capaces de levantarnos hasta de la más terrible adversidad, de unirnos en nuestra soledad y crear una soledad de soledades transformadora y fértil. Todos somos capaces de impedir que hagan con nosotros lo que quieran, aunque parezca lo contrario. Nos podrán quitar todo pero si no queremos no dejaremos nunca de ser lo que somos, por lo que hoy deberíamos creer más que nunca en nosotros mismos.
Torre campanario de la catedral de Sevilla, España, conocida por «La Giralda».
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
No existe el mundo sin personas, por mucho que algunos se empeñen en reunirnos en rebaños dóciles con los que ejercer su poder con la excusa esta vez de una pandemia que les viene que ni pintiparada para cumplir sus sueños de dominio. La esclavitud siempre existió, al fin y al cabo, y lo que ha venido cambiando con el paso de los siglos son los medios de dominación con que unos pocos han buscado y buscan el control de todo y la negación de la libertad. Pero la libertad es inherente al ser humano, y esto suelen olvidarlo. De ahí, los procesos revolucionarios, por ejemplo, y como tal ninguno ni tan humano como el arte.
“El arte, realmente, no existe. Existen los artistas”, nos decía Ernst Gombrich (1909-2001) al comienzo de su famosa “Historia del arte”. En un estado adánico y primigenio, nadie necesitaría del arte ni de las palabras. Sin embargo, no es el caso, y, ante la realidad, el artista representa la rebeldía, traspasando las fronteras de lo cognoscible, llegando al deber ser y lo inasible, y, asentándose en la vida vivida, sin la que nada es posible, crea –o recrea, si se prefiere– en, con, contra y frente a todo. La creación artística y la experiencia de la obra de arte “se dan en la historia, son historia y niegan la historia”, según defendió Octavio Paz (1914-1998). Da igual –de verdad– como se llamen los artistas ni cuándo vivieron o cuáles fueron los avatares de sus vidas, pero algunos, por alguna circunstancia desconocida y misteriosa, ahondan tanto en lo suyo –con mayor o menor grado de consciencia– que llegan a ese lugar incognoscible pero reconocible en que se halla la misteriosa razón por la cual sus obras se convierten en ‘clásicos’ y llegan, a través de la historia, a nuestras manos.
Es un proceso que no conoce la prisa pero que ocurre, y eso explica que a veces se tarden siglos en otorgar a ciertas obras artísticas el lugar que les corresponde en nuestras vidas. Obras que, al entrar en el subconsciente colectivo, aportan con determinación a la visión general del mundo, y lo agrandan, y hacen más difícil que podamos ser esclavizados.
Bien es cierto que la historia no es lineal ni constante y que se ve sometida a procesos de muy diversa intensidad y ritmo, en los que los relojes sólo hacen fe práctica de una convención muy poco viva e incapaz de medir más allá de la física: la medición del tiempo, a la que le ocurre como a la mayoría de las convenciones. Sin ir más lejos, como al metro: principal unidad de longitud del Sistema Internacional de Unidades, que en su origen se estableció como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre a su paso por el ecuador, y hoy, con más precisión, tras muchas idas y venidas, se define como la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo, lo cual está muy bien, pero, ¿qué pasa cuando uno está a un metro de algo, de que vale saber lo que es el metro o el segundo cuando, a veces, de un metro o de un segundo depende la propia vida, la emoción o el deseo?
Federico García Lorca (1898-1936) le dijo en una ocasión a su compañero de la llamada ‘Generación del 27’ Gerardo Diego (1896-1987) que el poeta muestra el fuego que tiene en las manos, pero yo creo que ese fuego lo tenemos todos. La presente es una época llena hasta el hartazgo de mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, que son sacralizadas y negadas de manera sistemática, pues cada cual tiene sus propias mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, y así, el relativismo, el afán de experiencias y de conocimientos, el exceso de información y el determinismo construyen una sociedad desorientada y pseudoerudita, en la que prima la acción por la acción. Una sociedad propicia para que lleguen iluminados a establecer sus tiranías. Y con cualquier excusa. Una sociedad en la que todas las manos y las voces que se alcen son pocas para reivindicar un universo abierto y libre, en el que los seres humanos seamos de carne y hueso y tengamos hambre y ganas de vivir y, sobre todo, amemos. Y amemos el fuego que baila en nuestras manos como reivindicación de nuestra naturaleza creadora y antídoto frente al rebaño que nos asignen.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Hortensia salió antes del mediodía para comprar los ingredientes que faltaban para preparar la cena de fin de año. Se había ofrecido con su familia que ella iría por el mandado. No era tan puntual en sus salidas, así que su intención de ir al mercado a las 8 de la mañana se vio aplazada. Finalmente salió con destino al puesto de frutas secas y especias. El día estaba sumamente soleado y cálido, ni señas del invierno.
Tuvo que desviarse de la ruta que había trazado, algunas calles estaban en reparación. En ese trayecto observó a un señor mayor vendiendo de manera informal sobre una banqueta, tenía sonajas de plástico y diversas figuras de animales elaboradas con palma. Estas últimas llamaron su atención. El señor portaba un sombrero de palma, camisa de color blanco, manga larga arremangada, estaba sentado muy entretenido tejiendo una figura. Ella no alcanzó a ver su rostro. Lo primero que le pasó por la mente fue, quién iba a comprar sonajas de plástico y las piezas de palma. Sintió una sensación de nostalgia, recordó la Canción de Navidad de Silvio Rodríguez.
Mientras seguía su camino se hizo el propósito de pasar por la misma calle, de regreso a casa y comprarle alguna pieza al señor. Apresuró su paso. Como era de esperarse a esa hora el comercio estaba en su apogeo, las calles transitadas por gente caminando y muchos carros en circulación a vuelta de rueda. Recordó una frase que solía decirle su mamá, ‘te gusta salir a la peor hora’. Hortensia sabía muy bien que tenía razón, aunque delante de ella se negaba a admitirlo. Llegó a la tienda, revisó cuidadosamente la lista de ingredientes que requería, le surtieron los productos y se encaminó a su casa.
Nuevamente pasó por la calle donde estaba el señor con su vendimia, continuaba sentado tejiendo la palma, parecía que no se había movido desde cuando lo vio. Ella se acercó y observó con atención las piezas. Como un chispazo se le vino a la mente que podría integrar algunas de ellas para decorar el nacimiento en la casa. El vendedor se levantó y comenzó a ofrecerle la diversidad de animalitos que tenía, perritos, chivos, borregos, hasta jirafas, de diversos tamaños. Hortensia eligió cuatro piezas, entre pequeñas y medianas. Las tomó entre sus manos y se percató del acabado tan fino. Aparentemente eran iguales, pero al observarlas tenían algo diferente, eso les daba un toque más bonito.
Mientras el señor le comentaba sobre las figuras de palma, Hortensia se percató que el vendedor reflejaba en su mirada, su tono de voz y su actitud el entusiasmo y gusto por lo que hacía. Eso era palpable. Imaginó que cada pieza tenía un trocito de corazón de su autor. Eso le llenó de alegría, no solo había aportado al trabajo de un creador adquiriendo parte de sus piezas sino que él le había dado a ella un bello regalo de fin de año, recordarle la alegría de vivir. Le pagó las figuras y se despidió, guardó cuidadosamente los perritos y chivos que en un momento más pasarían a formar parte del nacimiento en su hogar.
PD. Al público lector de estas Voces ensortijadas y a la Revista Letras, idea y voz, les agradezco su compañía en este año que está por culminar, que tengan un cierre del 2021 con paz y amor en sus hogares. Y les deseo un año 2022 pleno de salud, bienestar, amor, bendiciones, trabajo y gozo por la vida.
Foto: MGLS
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Apunte de oído, 6Tres referencias librescas en "Invisible", de Aute
Héctor Cortés Mandujano
Luis Eduardo Aute Gutiérrez (Manila, Filipinas, 1943-Madrid España, 2020) hablaba muchas lenguas y tuvo varios oficios artísticos: pintor (vivió como tal en París e hizo varias exposiciones; las portadas de algunos de sus discos son obras suyas), cineasta (estuvo detrás de cámaras, como codirector en largos y cortometrajes, y escribió guiones. Su película más conocida la hizo en 2001: Un perro llamado dolor), poeta (publicó La matemática del espejo, La liturgia del desorden, Templo de carne, entre otros), pero es conocido fundamentalmente como cantautor.
Son suyos los éxitos: Rosas en el mar, La belleza, Sin tu latido, Pasaba por aquí, Al alba, De alguna manera, Siento que te estoy perdiendo… Sus canciones fueron y son grabadas por muchos intérpretes, y dejó para la posteridad muchísimos trabajos discográficos.
La canción “Invisible” es parte del disco Aire/Invisible, de 1998, y en ella, como en muchas de sus composiciones, podemos notar las lecturas, el sólido conocimiento de Aute en materia de escritura y composición. La pieza tiene tres estrofas y un estribillo final que se repite. Dice:
“Si yo tuviera el aro de Giges, y le pidiera desaparecer, sólo lo haría para camuflarme de algunos espías, que no quiero ver. Nunca sería para sorprenderte bebiendo de otras ambrosías. Me excita más la alevosía brutal de no verte, cuando no eres mía, cuando no eres mía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El anillo de Giges hace referencia al mito que cuenta Platón, en La república (publicado en el año 370 a. C.). Giges era un pastor que encontró en un abismo (que se abrió frente a sus ojos por un terremoto) un caballo de bronce; dentro estaba un cuerpo muerto, que en uno de sus dedos tenía un anillo de oro. Giges lo tomó y se dio cuenta que cuando le daba vuelta se volvía invisible. Con ese poder se hizo soberano del reino de Lidia: sedujo a la reina y con ayuda de ésta mató al rey.
“Si me tomara la mezcla de Griffin, y me esfumara para no volver, sólo lo haría para liberarme de mi biografía, sin dejar de ser. E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía. Y ya entrados en herejías, tu concupiscencia me reencarnaría, me reencarnaría. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
Griffin es el protagonista de la novela El hombre invisible, publicada en 1897 y escrita por H. G. Wells. Griffin es un científico que inventa una fórmula que primero aplica a un gato y luego a él mismo para hacerse invisible. Ese poder lo vuelve asesino y loco.
“Si fuera el gato burlón de Cheshire, haría un trato con mi creador: No sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror. Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible, si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza, tu melancolía, tu melancolía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El gato de Cheshire es uno de los tantos personajes estrambóticos que Alicia en el país de las maravillas, célebre novela de Lewis Carroll, publicada en 1865, se encuentra en su loco viaje. El país tiene un rey y una famosa reina roja que a cada momento ordena: “¡Que le corten la cabeza!”. El gato de Cheshire desaparece paulatinamente. En su imagen más icónica, sólo se ve su risa colgada en el aire. Luego, nada.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Antes de encenderse la noche, mientras la bruma vespertina decae, agotada, para dar paso al esplendor de un cielo estrellado, Marina cruza la calle por el paso de peatones abstraída en sus pensamientos y caminando rauda sobre sus tacones ajados. Aún falta una hora para que los comercios se vayan a dormir los sueños profundos. Marina lo sabe, pero a pesar de todo siente su pecho intranquilo y lo único que desea es llegar lo antes posible. La dama alcanza el acerado y empuja con sus dedos diminutos el cristal de la puerta de entrada. Por fin ha llegado, piensa; por fin sus piececitos nacarados pisan alegres la suave alfombra haciendo silbar la musiquilla de aviso. Dentro no hay clientes. La sala, amplia, sobria y acogedora, muestra mil estanterías repletas de zapatos. Las baldas rodean las paredes como lágrimas que lloran. Son de cristal. Relucen y reflejan un mundo imaginario creando en el espacio dos naturalezas: la real, matizada de olores intensos a cuero, a metal, a tela vaporosa, y la brillada, imitación de lo verdadero y lo denso. Marina, una damita recogida, delgada y elegante, pasa junto al estante de chapines y ni siquiera se digna echar una mirada. Más adelante, a la derecha, unos zuecos canela muestran sus empellas anchas y altaneras rebosantes de hermosura. Aquí nuestra dama se ha detenido y ha cogido un par de zapatos dorados; los mira, entorna los ojos, los vuelve a observar y les da la vuelta para detener sus ojos en las suelas color caramelo que aparecen desnudas bajo las yemas de sus dedos. Marina hace un mohín, duda. Suelta el par y toma otro con sus manos blancas y suaves. Este segundo par es del color del brezo, similares a dos grandes hojas de la Erica cinerea. Los amorea escrupulosamente. La mujer parece un cirujano que se decide y no se decide, que intima en su interior la necesidad de abrir una fina epidermis. Se turba la dama, se ahoga, se desmaya. Luego, cuando el vapor doloroso huye de su alma sus manos los deposita con cuidado sobre el reflejo del cristal, que los acoge formando un todo indisoluble. ¿Qué busca la señora Marina? ¿Qué deseo llama a la puerta de su entendimiento?
Huele a glamur, a seda flotante en el espacio. Todo aquí es sutil y delicado. Los zapatos duermen esperando que alguna mano femenina los tome con ternura y los elijan. Desean ser ahijados de hermosas damas adineradas. Los escarpines vigilan sedientos el turno de ser tomados y subidos al aire. También las sandalias, más humildes y austeras, muestran sus encantos sin apenas moverse de las bases de cristal. La damita avanza, camina, se detiene, fija su mirada en unos, en otros. No tiene prisa Marina, la dejó afuera, en el acerado, junto al ajetreo de la calle donde bulle la gente que va y viene comprando sus regalos de Navidad.
En la sala hay dos dependientas. Son como dos maniquíes perfectos, trajeadas, acolchadas, hechas para estar allí, como si hubieran nacido al calor del cuero y de la gasa que allí se almacena. Nada dicen a la señora. La dejan hacer. La ven desde la distancia, en su ir y venir, por entre los destellos fugaces y las imágenes que aparecen y se desvanecen al ritmo de sus pasitos. Marina toma unas manoletinas plateadas, roza con sus dedos la superficie suave; las toca, las acaricia, comprende que son bellas y sonríe. Sigue caminando entre los diseños esparcidos. Los mocasines no llaman su atención. Aunque son hermosos, aunque su apariencia grácil, esponjosa y mullida, llama desesperadamente a la damita, ésta no acude, sino que avanza, decidida, hacia adelante, buscando la luz mortecina del fondo.
La zapatería se reparte en dos cuerpos distintos. El más profundo, el más alejado de la entrada, pequeño, coqueto y recogido, guarda el tesoro de la empresa, el calzado femenino por excelencia en esta temporada: el escarpín taconado. La damita camina por el pasillo. Su pisar es silencioso. El peso de su cuerpo apenas si remueve los pelillos alfombrados sobre el suelo. La luz, atenuada, relaja la respiración y las clientas, al alcanzar la pequeña estancia, sienten su alma tranquila, quieta, preparada. Una de las dependientas la ha seguido en silencio. Se diría que van a un templo. Las dos mujeres están mudas. Cada una sabe a lo que va, de forma que no hacen falta las palabras. En el centro de la pared aterciopelada, de un verde esmeralda, hay un rectángulo embutido, como si fuese una capillita parroquial. Las paredes de ésta están forradas con láminas de madera clara y veteada, y la puerta que la cierra es de cristal puro, nítido, rodeado por una fina línea dorada. La empleada, atenta, se adelanta y abre la puertecita. Nuestra dama permanece cabizbaja, con los párpados entornados. Apenas respira. La muchacha le ofrece, de pronto, el par de zapatos que ha sacado y Marina los toma con las palmas de sus manos sedientas. La dejan sola. El silencio la acompaña y se puede oír, en este rincón de la tienda, el roce de sus yemas sobre la piel del calzado. Es la primera vez que sus dedos acarician la piel, casi viva, de un zapato de categoría. Marina observa un escarpín, luego el otro, cierra los ojos y suspira. Cuando su pecho se afloja les da la vuelta y comprueba las suelas negras, finas, límpidas. El par de zapatos que tiene en sus manos es rojo, un rojo como nunca había visto. Brillan los zapatos bajo la tenue fosforescencia de las lámparas del techo. Son suaves, elegantes, distinguidos. Perfectos para ella. Junto al rojo maravilloso se descuelgan, en el otro confín de la materia, los tacones alargados. Son infinitos –se dice. Como simas que se hunden entre los altos picachos. Transcurren varios segundos en los que la damita recupera el alma. Luego se sienta, se descalza y viste sus pies con las dos maravillas. Cuando vuelve a estar de pie, frente al espejo, intuye que el desmayo está cerca. Deliciosos los escarpines. La hermosura trabajada y conseguida por las máquinas y el amor de los hombres. Pero, aun así, a pesar de reconocer el valor de lo que sostiene con sus manos, duda, nuestra damita siempre duda. ¿Estará dispuesta a gastar todos sus ahorros en este capricho?
De pronto, entre los titubeos que la azoran y le remueven la conciencia por lo que va a hacer, le asalta una idea, una tremenda y demencial idea. “¡Sí!”, es la palabra que estalla en su cabeza. “¡Sí!”, golpea de nuevo en su sien. Marina se duele, no quiere ni pensar. Pero su cuerpo se mueve, sin querer, sin comprender, avanzando hasta la entrada, retrocediendo el camino de ida.
La dama ha llegado al mostrador. Allí, frente a las dependientas silenciosas y elegantes, los coloca a modo de ofrenda y asiente con la cabeza. Ya está todo hecho.
En el camino a casa no deja de pensar en lo atroz de su conducta. Todos los ahorros, todos, por un capricho, por una veleidad infantil, por un desconsuelo de su alma. Pero no hay vuelta atrás. Trata de consolarse, de serenar su espíritu y de justificar lo injustificable, aunque use para ello razones peregrinas, inventadas y locas. Marina llega a su casa. Abre el armario. Se sienta en el borde de la cama. La bolsa donde viajan los zapatitos es de papel de fantasía, de aspecto lábil y grávido. Libera los escarpines y los coloca sobre la colcha de crespón. Luego Marina se pone de pie y su vestido, fino y vaporoso, cae al suelo como si llovieran los hilos que lo sostienen. El espejo vertical refleja el cuerpo desnudo de la damita. Se vuelve a sentar sobre el acantilado de la cama y forra sus pies con el fino calzado. De nuevo contempla su cuerpo expresado. Desnuda, sonriente y lasciva, observa la curva suave de sus senos, de su vientre. Sus ojos bajan luego hasta las caderas, justo donde comienzan sus piernas infinitas y armoniosas. Los tacones, los altos e interminables tacones, dan a la dama una elegancia inefable, elevan su garbo, respiran belleza. “Le gustarán”, se dice. Su pensamiento va escribiendo palabras en el espacio mientras la mujer, sola con su desnudez, con su intimidad, se place en mirar, solo en mirar, ―de lado, de frente, del otro lado―, su cuerpo y sus piececitos de nácar.
Jamás la soledad de una viuda se ha sentido tan encarnada y viva como en estos instantes de placer y de gozo en los que se encuentra Marina. La dama camina despacio alrededor de su cama, llega hasta el galán de noche, lo acaricia, se vuelve y continúa avanzando con sus pasitos menudos. De vez en cuando detiene su cuerpo frente a la ventana. Allí, donde las atrevidas luces de neón traspasan los finos encajes de las cortinas, recorre su cuerpo con las manos, acariciándose, recordando su vida pasada. La dama sonríe, se siente divina, feliz. Echa su cuerpo sobre la colcha, apoyando sobre la tela la espalda arqueada. “Si mi marido, el pobre, estuviese aquí, a mi lado…”, rumia en voz queda la damita encantadora. Eleva entonces sus piernas al cielo, y desde allí, desde abajo, desde el abismo de su cuerpo, advierte sus zapatos brillantes llenando con sus rojos y dorados destellos el espacio cóncavo. Nuestra damita goza por vez primera. Le invade la grata sensación de saber que ya no está sola. Que tiene algo por lo que sentirse dichosa. Se cree tan feliz y tan hermosa que sus ojos, sus negros y enormes ojos, se acristalan y dos perlas transparentes bajan por sus mejillas, raudas, buscando el camino del consuelo.
La Natividad(Aprox. 1437). Fra Angelico (1387-1455)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Antes de la medianoche de Nochebuena, en la vigilia de la Navidad, se celebra, desde hace más de mil quinientos años, la misa que llamamos “del Gallo”. En su origen se trataba de una vigilia con la oración “mox ut gallus cantaverit”, ‘después de cantar el gallo’, que era el comienzo del día para los romanos.
La Nochebuena y la Navidad son fuente de muchas obras literarias, pero para mí que nadie ha recreado nunca el milagro de esas horas como el poeta sevillano, vecino mío del barrio de mi infancia, San Lorenzo, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). En 1868, perdió sus “Rimas” y gracias a su memoria y las publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruirlas. Fueron publicadas a título póstumo junto a sus "Leyendas" en 1871. Poco después, siendo ya su obra reconocida en toda Europa, nació el movimiento simbolista francés. Hoy se le considera el primer poeta moderno en español y es incuestionable su influencia en la literatura posterior y contemporánea universal.
Una de sus leyendas es “Maese Pérez el organista”, con quien, como veremos en unas líneas, tan intensa relación tengo. De pequeño no me llevaron nunca, pero ya con doce o trece años había ido varias veces. Me daba por aquella época por aprenderme de memoria cada rincón de Sevilla, el nombre de cada calle, el detalle de cada esquina, cada balcón, cada patio... A veces creía descubrir sitios, y hasta estaba convencido de que nadie los había visto antes. Miraba sin descanso y no dejaba de ver, y dedicaba mis solitarias horas en mis tareas de aventurero en una ciudad que me parecía inacabable. En aquel tiempo, ecléctico, me adentraba por la ciudad, como esta misma pasada noche.
Siempre me llamó la atención el convento de Santa Inés. Me gustaba ir allí a misa, y siempre que lo hacía miraba con curiosidad de bibliófilo el órgano. Cerraba los ojos y veía allí al ciego, tocando aquel órgano prodigioso. Como pasó anoche cuando acudí a la misa del Gallo en ese mismo lugar, y volví a pasear, como hace más de cuarenta años, con el mismo pasmo, y saludé de forma leve con la mano, como me daba por entonces, justo antes de cerrar los ojos, a mi viejo amigo Maese Pérez –al fin y al cabo mi probable pariente–, el organista. Y sé que al maestro le dio una vez más por hacer una excepción y tocó solo para mí.
Se puede ir volando a Santa Inés, pero anoche mi camino fue a pie, desde el barrio de San Bernardo, extramuros, donde se ubicó desde tiempo inmemorial el matadero de la ciudad. Entre sus muros se alanceaban toros desde el siglo XVII. Allí nació por estas mismas fechas de ahora pero del siglo XVIII el pase llamado “Verónica de frente”, que se hace con el capote, el trapo que se utiliza en el primer tercio de la lidia de un toro. Frente a San Bernardo se encuentra la puerta de la Carne, uno de los múltiples accesos a la ciudad, que estuvo amurallada hasta mediados del XIX, tiempos de Gustavo Adolfo. Nace ahí la calle Santa María La Blanca, a la que accedí por la del Aire, donde nació Luis Cernuda (1902-1963), quien comenzó a leer poesía –gracias a Dios– a los nueve años de edad con motivo del traslado de los restos de Bécquer a Sevilla. Caí a la calle de San José. A la derecha quedó la auténtica judería de Sevilla, en donde naciera Miguel Mañana (1627-1679), a quien dediqué uno de mis últimos artículos, Una exageración más de los poetas, a colación de haber sido confundido con quien pudo haber inspirado el personaje mítico de Don Juan. A mi izquierda se fue alejando el Alcázar y sus arrabales, desde comienzos del XIX conocidos como barrio de Santa Cruz, en donde Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fundara un convento de su reforma carmelita a finales del XVI y dijera aquello de que Sevilla era una ciudad imposible (sic). Llegué enseguida a San Nicolás, un cruce de calles, y de allí a San Pedro, una plaza frondosa que transité hacia la parroquia del mismo nombre. Perderse en el ínterin está permitido. Yo mismo lo hice esta noche. Al costado derecho de la iglesia conforme se mira a sus pies, o sea, su fachada, nace la calle Doña María Coronel (1334-1409), llamada así en honor de la señora que se hizo quemar el rostro con aceite al no querer corresponder a los amores que le profesaba el rey Pedro I de Castilla (1334-1369), allá por el siglo XIV, y que fundó el convento de Santa Inés, para terminar de preservarse del monarca, a quien por cierto sucedió en el trono su hermano bastardo Enrique II de Castilla (1334-1379), fundador de la dinastía de Trastamara y antepasado directo de Isabel I de Castilla (1451-1504), mejor recordada como “La Católica”...
Y es que el mundo es un pañuelo... Por eso, esta noche pude desplazarme hasta allá. Enseguida encontré a mi derecha la puerta del convento, y tras cruzar el ‘compás’ –busquen qué es el ‘compás’ de un templo, aunque les adelanto que para mí es el comienzo de la inspiración de todo milagro–, llegué al templo en que, según Bécquer, tocaba Maese Pérez, después de muerto y como en vida, de manera maravillosa, el órgano, todas las nochebuenas. Pero un día, ése órgano, ya demasiado deteriorado, tuvo que ser sustituido por otro nuevo. Y a partir de entonces, según afirman todos, no ha vuelto.
Sin embargo, yo sé que eso no es cierto, y siempre que voy cierro los ojos y lo veo y oigo su música... Como anoche, justo después de cantar el gallo.
Primera página de la leyenda «Maese Pérez el organista», de Gustavo Adolfo Bécquer, publicado, con las obras completas de éste, por Librería de Fernando Fe, Madrid, en 1885.
La imagen está libre de derechos.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.