Líneas de desnudo/ 67

Alegato contra la tiranía
Por Manuel Pérez-Petit

No existe el mundo sin personas, por mucho que algunos se empeñen en reunirnos en rebaños dóciles con los que ejercer su poder con la excusa esta vez de una pandemia que les viene que ni pintiparada para cumplir sus sueños de dominio. La esclavitud siempre existió, al fin y al cabo, y lo que ha venido cambiando con el paso de los siglos son los medios de dominación con que unos pocos han buscado y buscan el control de todo y la negación de la libertad. Pero la libertad es inherente al ser humano, y esto suelen olvidarlo. De ahí, los procesos revolucionarios, por ejemplo, y como tal ninguno ni tan humano como el arte.
            “El arte, realmente, no existe. Existen los artistas”, nos decía Ernst Gombrich (1909-2001) al comienzo de su famosa “Historia del arte”. En un estado adánico y primigenio, nadie necesitaría del arte ni de las palabras. Sin embargo, no es el caso, y, ante la realidad, el artista representa la rebeldía, traspasando las fronteras de lo cognoscible, llegando al deber ser y lo inasible, y, asentándose en la vida vivida, sin la que nada es posible, crea –o recrea, si se prefiere– en, con, contra y frente a todo. La creación artística y la experiencia de la obra de arte “se dan en la historia, son historia y niegan la historia”, según defendió Octavio Paz (1914-1998). Da igual –de verdad– como se llamen los artistas ni cuándo vivieron o cuáles fueron los avatares de sus vidas, pero algunos, por alguna circunstancia desconocida y misteriosa, ahondan tanto en lo suyo –con mayor o menor grado de consciencia– que llegan a ese lugar incognoscible pero reconocible en que se halla la misteriosa razón por la cual sus obras se convierten en ‘clásicos’ y llegan, a través de la historia, a nuestras manos.
            Es un proceso que no conoce la prisa pero que ocurre, y eso explica que a veces se tarden siglos en otorgar a ciertas obras artísticas el lugar que les corresponde en nuestras vidas. Obras que, al entrar en el subconsciente colectivo, aportan con determinación a la visión general del mundo, y lo agrandan, y hacen más difícil que podamos ser esclavizados. 
            Bien es cierto que la historia no es lineal ni constante y que se ve sometida a procesos de muy diversa intensidad y ritmo, en los que los relojes sólo hacen fe práctica de una convención muy poco viva e incapaz de medir más allá de la física: la medición del tiempo, a la que le ocurre como a la mayoría de las convenciones. Sin ir más lejos, como al metro: principal unidad de longitud del Sistema Internacional de Unidades, que en su origen se estableció como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre a su paso por el ecuador, y hoy, con más precisión, tras muchas idas y venidas, se define como la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo, lo cual está muy bien, pero, ¿qué pasa cuando uno está a un metro de algo, de que vale saber lo que es el metro o el segundo cuando, a veces, de un metro o de un segundo depende la propia vida, la emoción o el deseo? 
            Federico García Lorca (1898-1936) le dijo en una ocasión a su compañero de la llamada ‘Generación del 27’ Gerardo Diego (1896-1987) que el poeta muestra el fuego que tiene en las manos, pero yo creo que ese fuego lo tenemos todos. La presente es una época llena hasta el hartazgo de mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, que son sacralizadas y negadas de manera sistemática, pues cada cual tiene sus propias mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, y así, el relativismo, el afán de experiencias y de conocimientos, el exceso de información y el determinismo construyen una sociedad desorientada y pseudoerudita, en la que prima la acción por la acción. Una sociedad propicia para que lleguen iluminados a establecer sus tiranías. Y con cualquier excusa. Una sociedad en la que todas las manos y las voces que se alcen son pocas para reivindicar un universo abierto y libre, en el que los seres humanos seamos de carne y hueso y tengamos hambre y ganas de vivir y, sobre todo, amemos. Y amemos el fuego que baila en nuestras manos como reivindicación de nuestra naturaleza creadora y antídoto frente al rebaño que nos asignen.
 «Expo», noviembre de 2009.
Fotografía: ©Isabel Roblas.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.