Apunte de oído, 6Tres referencias librescas en "Invisible", de Aute
Héctor Cortés Mandujano
Luis Eduardo Aute Gutiérrez (Manila, Filipinas, 1943-Madrid España, 2020) hablaba muchas lenguas y tuvo varios oficios artísticos: pintor (vivió como tal en París e hizo varias exposiciones; las portadas de algunos de sus discos son obras suyas), cineasta (estuvo detrás de cámaras, como codirector en largos y cortometrajes, y escribió guiones. Su película más conocida la hizo en 2001: Un perro llamado dolor), poeta (publicó La matemática del espejo, La liturgia del desorden, Templo de carne, entre otros), pero es conocido fundamentalmente como cantautor.
Son suyos los éxitos: Rosas en el mar, La belleza, Sin tu latido, Pasaba por aquí, Al alba, De alguna manera, Siento que te estoy perdiendo… Sus canciones fueron y son grabadas por muchos intérpretes, y dejó para la posteridad muchísimos trabajos discográficos.
La canción “Invisible” es parte del disco Aire/Invisible, de 1998, y en ella, como en muchas de sus composiciones, podemos notar las lecturas, el sólido conocimiento de Aute en materia de escritura y composición. La pieza tiene tres estrofas y un estribillo final que se repite. Dice:
“Si yo tuviera el aro de Giges, y le pidiera desaparecer, sólo lo haría para camuflarme de algunos espías, que no quiero ver. Nunca sería para sorprenderte bebiendo de otras ambrosías. Me excita más la alevosía brutal de no verte, cuando no eres mía, cuando no eres mía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El anillo de Giges hace referencia al mito que cuenta Platón, en La república (publicado en el año 370 a. C.). Giges era un pastor que encontró en un abismo (que se abrió frente a sus ojos por un terremoto) un caballo de bronce; dentro estaba un cuerpo muerto, que en uno de sus dedos tenía un anillo de oro. Giges lo tomó y se dio cuenta que cuando le daba vuelta se volvía invisible. Con ese poder se hizo soberano del reino de Lidia: sedujo a la reina y con ayuda de ésta mató al rey.
“Si me tomara la mezcla de Griffin, y me esfumara para no volver, sólo lo haría para liberarme de mi biografía, sin dejar de ser. E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía. Y ya entrados en herejías, tu concupiscencia me reencarnaría, me reencarnaría. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
Griffin es el protagonista de la novela El hombre invisible, publicada en 1897 y escrita por H. G. Wells. Griffin es un científico que inventa una fórmula que primero aplica a un gato y luego a él mismo para hacerse invisible. Ese poder lo vuelve asesino y loco.
“Si fuera el gato burlón de Cheshire, haría un trato con mi creador: No sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror. Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible, si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza, tu melancolía, tu melancolía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El gato de Cheshire es uno de los tantos personajes estrambóticos que Alicia en el país de las maravillas, célebre novela de Lewis Carroll, publicada en 1865, se encuentra en su loco viaje. El país tiene un rey y una famosa reina roja que a cada momento ordena: “¡Que le corten la cabeza!”. El gato de Cheshire desaparece paulatinamente. En su imagen más icónica, sólo se ve su risa colgada en el aire. Luego, nada.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Antes de encenderse la noche, mientras la bruma vespertina decae, agotada, para dar paso al esplendor de un cielo estrellado, Marina cruza la calle por el paso de peatones abstraída en sus pensamientos y caminando rauda sobre sus tacones ajados. Aún falta una hora para que los comercios se vayan a dormir los sueños profundos. Marina lo sabe, pero a pesar de todo siente su pecho intranquilo y lo único que desea es llegar lo antes posible. La dama alcanza el acerado y empuja con sus dedos diminutos el cristal de la puerta de entrada. Por fin ha llegado, piensa; por fin sus piececitos nacarados pisan alegres la suave alfombra haciendo silbar la musiquilla de aviso. Dentro no hay clientes. La sala, amplia, sobria y acogedora, muestra mil estanterías repletas de zapatos. Las baldas rodean las paredes como lágrimas que lloran. Son de cristal. Relucen y reflejan un mundo imaginario creando en el espacio dos naturalezas: la real, matizada de olores intensos a cuero, a metal, a tela vaporosa, y la brillada, imitación de lo verdadero y lo denso. Marina, una damita recogida, delgada y elegante, pasa junto al estante de chapines y ni siquiera se digna echar una mirada. Más adelante, a la derecha, unos zuecos canela muestran sus empellas anchas y altaneras rebosantes de hermosura. Aquí nuestra dama se ha detenido y ha cogido un par de zapatos dorados; los mira, entorna los ojos, los vuelve a observar y les da la vuelta para detener sus ojos en las suelas color caramelo que aparecen desnudas bajo las yemas de sus dedos. Marina hace un mohín, duda. Suelta el par y toma otro con sus manos blancas y suaves. Este segundo par es del color del brezo, similares a dos grandes hojas de la Erica cinerea. Los amorea escrupulosamente. La mujer parece un cirujano que se decide y no se decide, que intima en su interior la necesidad de abrir una fina epidermis. Se turba la dama, se ahoga, se desmaya. Luego, cuando el vapor doloroso huye de su alma sus manos los deposita con cuidado sobre el reflejo del cristal, que los acoge formando un todo indisoluble. ¿Qué busca la señora Marina? ¿Qué deseo llama a la puerta de su entendimiento?
Huele a glamur, a seda flotante en el espacio. Todo aquí es sutil y delicado. Los zapatos duermen esperando que alguna mano femenina los tome con ternura y los elijan. Desean ser ahijados de hermosas damas adineradas. Los escarpines vigilan sedientos el turno de ser tomados y subidos al aire. También las sandalias, más humildes y austeras, muestran sus encantos sin apenas moverse de las bases de cristal. La damita avanza, camina, se detiene, fija su mirada en unos, en otros. No tiene prisa Marina, la dejó afuera, en el acerado, junto al ajetreo de la calle donde bulle la gente que va y viene comprando sus regalos de Navidad.
En la sala hay dos dependientas. Son como dos maniquíes perfectos, trajeadas, acolchadas, hechas para estar allí, como si hubieran nacido al calor del cuero y de la gasa que allí se almacena. Nada dicen a la señora. La dejan hacer. La ven desde la distancia, en su ir y venir, por entre los destellos fugaces y las imágenes que aparecen y se desvanecen al ritmo de sus pasitos. Marina toma unas manoletinas plateadas, roza con sus dedos la superficie suave; las toca, las acaricia, comprende que son bellas y sonríe. Sigue caminando entre los diseños esparcidos. Los mocasines no llaman su atención. Aunque son hermosos, aunque su apariencia grácil, esponjosa y mullida, llama desesperadamente a la damita, ésta no acude, sino que avanza, decidida, hacia adelante, buscando la luz mortecina del fondo.
La zapatería se reparte en dos cuerpos distintos. El más profundo, el más alejado de la entrada, pequeño, coqueto y recogido, guarda el tesoro de la empresa, el calzado femenino por excelencia en esta temporada: el escarpín taconado. La damita camina por el pasillo. Su pisar es silencioso. El peso de su cuerpo apenas si remueve los pelillos alfombrados sobre el suelo. La luz, atenuada, relaja la respiración y las clientas, al alcanzar la pequeña estancia, sienten su alma tranquila, quieta, preparada. Una de las dependientas la ha seguido en silencio. Se diría que van a un templo. Las dos mujeres están mudas. Cada una sabe a lo que va, de forma que no hacen falta las palabras. En el centro de la pared aterciopelada, de un verde esmeralda, hay un rectángulo embutido, como si fuese una capillita parroquial. Las paredes de ésta están forradas con láminas de madera clara y veteada, y la puerta que la cierra es de cristal puro, nítido, rodeado por una fina línea dorada. La empleada, atenta, se adelanta y abre la puertecita. Nuestra dama permanece cabizbaja, con los párpados entornados. Apenas respira. La muchacha le ofrece, de pronto, el par de zapatos que ha sacado y Marina los toma con las palmas de sus manos sedientas. La dejan sola. El silencio la acompaña y se puede oír, en este rincón de la tienda, el roce de sus yemas sobre la piel del calzado. Es la primera vez que sus dedos acarician la piel, casi viva, de un zapato de categoría. Marina observa un escarpín, luego el otro, cierra los ojos y suspira. Cuando su pecho se afloja les da la vuelta y comprueba las suelas negras, finas, límpidas. El par de zapatos que tiene en sus manos es rojo, un rojo como nunca había visto. Brillan los zapatos bajo la tenue fosforescencia de las lámparas del techo. Son suaves, elegantes, distinguidos. Perfectos para ella. Junto al rojo maravilloso se descuelgan, en el otro confín de la materia, los tacones alargados. Son infinitos –se dice. Como simas que se hunden entre los altos picachos. Transcurren varios segundos en los que la damita recupera el alma. Luego se sienta, se descalza y viste sus pies con las dos maravillas. Cuando vuelve a estar de pie, frente al espejo, intuye que el desmayo está cerca. Deliciosos los escarpines. La hermosura trabajada y conseguida por las máquinas y el amor de los hombres. Pero, aun así, a pesar de reconocer el valor de lo que sostiene con sus manos, duda, nuestra damita siempre duda. ¿Estará dispuesta a gastar todos sus ahorros en este capricho?
De pronto, entre los titubeos que la azoran y le remueven la conciencia por lo que va a hacer, le asalta una idea, una tremenda y demencial idea. “¡Sí!”, es la palabra que estalla en su cabeza. “¡Sí!”, golpea de nuevo en su sien. Marina se duele, no quiere ni pensar. Pero su cuerpo se mueve, sin querer, sin comprender, avanzando hasta la entrada, retrocediendo el camino de ida.
La dama ha llegado al mostrador. Allí, frente a las dependientas silenciosas y elegantes, los coloca a modo de ofrenda y asiente con la cabeza. Ya está todo hecho.
En el camino a casa no deja de pensar en lo atroz de su conducta. Todos los ahorros, todos, por un capricho, por una veleidad infantil, por un desconsuelo de su alma. Pero no hay vuelta atrás. Trata de consolarse, de serenar su espíritu y de justificar lo injustificable, aunque use para ello razones peregrinas, inventadas y locas. Marina llega a su casa. Abre el armario. Se sienta en el borde de la cama. La bolsa donde viajan los zapatitos es de papel de fantasía, de aspecto lábil y grávido. Libera los escarpines y los coloca sobre la colcha de crespón. Luego Marina se pone de pie y su vestido, fino y vaporoso, cae al suelo como si llovieran los hilos que lo sostienen. El espejo vertical refleja el cuerpo desnudo de la damita. Se vuelve a sentar sobre el acantilado de la cama y forra sus pies con el fino calzado. De nuevo contempla su cuerpo expresado. Desnuda, sonriente y lasciva, observa la curva suave de sus senos, de su vientre. Sus ojos bajan luego hasta las caderas, justo donde comienzan sus piernas infinitas y armoniosas. Los tacones, los altos e interminables tacones, dan a la dama una elegancia inefable, elevan su garbo, respiran belleza. “Le gustarán”, se dice. Su pensamiento va escribiendo palabras en el espacio mientras la mujer, sola con su desnudez, con su intimidad, se place en mirar, solo en mirar, ―de lado, de frente, del otro lado―, su cuerpo y sus piececitos de nácar.
Jamás la soledad de una viuda se ha sentido tan encarnada y viva como en estos instantes de placer y de gozo en los que se encuentra Marina. La dama camina despacio alrededor de su cama, llega hasta el galán de noche, lo acaricia, se vuelve y continúa avanzando con sus pasitos menudos. De vez en cuando detiene su cuerpo frente a la ventana. Allí, donde las atrevidas luces de neón traspasan los finos encajes de las cortinas, recorre su cuerpo con las manos, acariciándose, recordando su vida pasada. La dama sonríe, se siente divina, feliz. Echa su cuerpo sobre la colcha, apoyando sobre la tela la espalda arqueada. “Si mi marido, el pobre, estuviese aquí, a mi lado…”, rumia en voz queda la damita encantadora. Eleva entonces sus piernas al cielo, y desde allí, desde abajo, desde el abismo de su cuerpo, advierte sus zapatos brillantes llenando con sus rojos y dorados destellos el espacio cóncavo. Nuestra damita goza por vez primera. Le invade la grata sensación de saber que ya no está sola. Que tiene algo por lo que sentirse dichosa. Se cree tan feliz y tan hermosa que sus ojos, sus negros y enormes ojos, se acristalan y dos perlas transparentes bajan por sus mejillas, raudas, buscando el camino del consuelo.
La Natividad(Aprox. 1437). Fra Angelico (1387-1455)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Antes de la medianoche de Nochebuena, en la vigilia de la Navidad, se celebra, desde hace más de mil quinientos años, la misa que llamamos “del Gallo”. En su origen se trataba de una vigilia con la oración “mox ut gallus cantaverit”, ‘después de cantar el gallo’, que era el comienzo del día para los romanos.
La Nochebuena y la Navidad son fuente de muchas obras literarias, pero para mí que nadie ha recreado nunca el milagro de esas horas como el poeta sevillano, vecino mío del barrio de mi infancia, San Lorenzo, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). En 1868, perdió sus “Rimas” y gracias a su memoria y las publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruirlas. Fueron publicadas a título póstumo junto a sus "Leyendas" en 1871. Poco después, siendo ya su obra reconocida en toda Europa, nació el movimiento simbolista francés. Hoy se le considera el primer poeta moderno en español y es incuestionable su influencia en la literatura posterior y contemporánea universal.
Una de sus leyendas es “Maese Pérez el organista”, con quien, como veremos en unas líneas, tan intensa relación tengo. De pequeño no me llevaron nunca, pero ya con doce o trece años había ido varias veces. Me daba por aquella época por aprenderme de memoria cada rincón de Sevilla, el nombre de cada calle, el detalle de cada esquina, cada balcón, cada patio... A veces creía descubrir sitios, y hasta estaba convencido de que nadie los había visto antes. Miraba sin descanso y no dejaba de ver, y dedicaba mis solitarias horas en mis tareas de aventurero en una ciudad que me parecía inacabable. En aquel tiempo, ecléctico, me adentraba por la ciudad, como esta misma pasada noche.
Siempre me llamó la atención el convento de Santa Inés. Me gustaba ir allí a misa, y siempre que lo hacía miraba con curiosidad de bibliófilo el órgano. Cerraba los ojos y veía allí al ciego, tocando aquel órgano prodigioso. Como pasó anoche cuando acudí a la misa del Gallo en ese mismo lugar, y volví a pasear, como hace más de cuarenta años, con el mismo pasmo, y saludé de forma leve con la mano, como me daba por entonces, justo antes de cerrar los ojos, a mi viejo amigo Maese Pérez –al fin y al cabo mi probable pariente–, el organista. Y sé que al maestro le dio una vez más por hacer una excepción y tocó solo para mí.
Se puede ir volando a Santa Inés, pero anoche mi camino fue a pie, desde el barrio de San Bernardo, extramuros, donde se ubicó desde tiempo inmemorial el matadero de la ciudad. Entre sus muros se alanceaban toros desde el siglo XVII. Allí nació por estas mismas fechas de ahora pero del siglo XVIII el pase llamado “Verónica de frente”, que se hace con el capote, el trapo que se utiliza en el primer tercio de la lidia de un toro. Frente a San Bernardo se encuentra la puerta de la Carne, uno de los múltiples accesos a la ciudad, que estuvo amurallada hasta mediados del XIX, tiempos de Gustavo Adolfo. Nace ahí la calle Santa María La Blanca, a la que accedí por la del Aire, donde nació Luis Cernuda (1902-1963), quien comenzó a leer poesía –gracias a Dios– a los nueve años de edad con motivo del traslado de los restos de Bécquer a Sevilla. Caí a la calle de San José. A la derecha quedó la auténtica judería de Sevilla, en donde naciera Miguel Mañana (1627-1679), a quien dediqué uno de mis últimos artículos, Una exageración más de los poetas, a colación de haber sido confundido con quien pudo haber inspirado el personaje mítico de Don Juan. A mi izquierda se fue alejando el Alcázar y sus arrabales, desde comienzos del XIX conocidos como barrio de Santa Cruz, en donde Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fundara un convento de su reforma carmelita a finales del XVI y dijera aquello de que Sevilla era una ciudad imposible (sic). Llegué enseguida a San Nicolás, un cruce de calles, y de allí a San Pedro, una plaza frondosa que transité hacia la parroquia del mismo nombre. Perderse en el ínterin está permitido. Yo mismo lo hice esta noche. Al costado derecho de la iglesia conforme se mira a sus pies, o sea, su fachada, nace la calle Doña María Coronel (1334-1409), llamada así en honor de la señora que se hizo quemar el rostro con aceite al no querer corresponder a los amores que le profesaba el rey Pedro I de Castilla (1334-1369), allá por el siglo XIV, y que fundó el convento de Santa Inés, para terminar de preservarse del monarca, a quien por cierto sucedió en el trono su hermano bastardo Enrique II de Castilla (1334-1379), fundador de la dinastía de Trastamara y antepasado directo de Isabel I de Castilla (1451-1504), mejor recordada como “La Católica”...
Y es que el mundo es un pañuelo... Por eso, esta noche pude desplazarme hasta allá. Enseguida encontré a mi derecha la puerta del convento, y tras cruzar el ‘compás’ –busquen qué es el ‘compás’ de un templo, aunque les adelanto que para mí es el comienzo de la inspiración de todo milagro–, llegué al templo en que, según Bécquer, tocaba Maese Pérez, después de muerto y como en vida, de manera maravillosa, el órgano, todas las nochebuenas. Pero un día, ése órgano, ya demasiado deteriorado, tuvo que ser sustituido por otro nuevo. Y a partir de entonces, según afirman todos, no ha vuelto.
Sin embargo, yo sé que eso no es cierto, y siempre que voy cierro los ojos y lo veo y oigo su música... Como anoche, justo después de cantar el gallo.
Primera página de la leyenda «Maese Pérez el organista», de Gustavo Adolfo Bécquer, publicado, con las obras completas de éste, por Librería de Fernando Fe, Madrid, en 1885.
La imagen está libre de derechos.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Antes de ayer fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte y pasado mañana es Navidad en todo el planeta. Entre éste último día y hoy, 23 de diciembre, media la Nochebuena, roja y brillante en la oscuridad como carbunclo, símbolo de luz, que tanta falta hace hoy.
A comienzos del milenio pasado se puso muy en boga peregrinar a Compostela –’campo de estrellas’; otra vez la luz– desde los más remotos lugares del centro y el norte de Europa. En aquellas tierras el pan es de centeno desde siempre, y este cereal sufría por aquellos tiempos de una plaga causada por un gorgojo que lo parasitaba. Ese pan de centeno, al ser comido, provocaba un oscurecimiento de la piel que derivaba en una especie de gangrena, la cual, como es lógico, generó la alarma entre la población. Por esa razón se intensificaron las peregrinaciones al sepulcro del apóstol Santiago el Mayor, en busca de un milagro curativo.
Fue por entonces que se trazaron los diversos caminos compostelanos europeos, desde la remota Rusia o los países escandinavos, las cercanías del mar Negro o desde Las orillas del Danubio o del Elba o del Rhin, y, desde luego, desde la península itálica, Francia o las islas británicas, para entrar al camino principal por Jaca o por el mítico Roncesvalles, lugar en que habían tenido lugar tres siglos antes los acontecimientos legendarios de la retaguardia del ejército de Carlomagno del que nació el “Cantar de Roldán”, el cantar de gesta más antiguo en lengua romance, escrito en francés antiguo por esas mismas fechas.
De este modo, todo el mundo se dirigía a Galicia a venerar la tumba del apóstol de Jesús, pero fueron especialmente relevantes las peregrinaciones del centro y norte de Europa, que veían en ese viaje la posibilidad de curarse del mal que les aquejaba cuyo origen por entonces desconocían. Y, en efecto, conforme viajaban hacia el sur y comenzaba a comer pan de trigo, los efectos de la plaga se iban mitigando, hasta desaparecer ya en la península ibérica..., de tal modo que al postrarse ante la tumba estaban curados por completo. La plaga del centeno desapareció en no mucho tiempo, y todo el mundo creyó de buena fe que fue por la intercesión del santo, agrandando de manera universal la devoción por recorrer ese camino, que hoy está vigente. Al fin y al cabo, es un camino hacia la luz.
Desde el siglo XII, los años en que el 25 de julio, festividad católica de Santiago Apóstol, cae en domingo se celebra un Año Santo Jacobeo. Cada siglo tiene lugar esto catorce veces. Por causa de la p. pandemia, en 2021 y 2022 se está celebrando dos años seguidos, por lo que estamos a mitad de una celebración doble.
Podemos tener fe o no tenerla, pero no podemos desdeñar celebración alguna de la luz, dada la oscuridad de los tiempos que corren. Antes de ayer, decía, fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte, que se celebra de muy diversas formas y en muy diversos lugares como fecha de purificación y ofrenda, de resurgimiento y de luz. Y pasado mañana, se celebra la Navidad, de la que huelga contar cualquier cosa en cualquier lugar del mundo.
Y, por eso, hoy, 23 de diciembre, a mitad de camino entre el solsticio de invierno del hemisferio norte y la Navidad, podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón.
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Nota del autorCon mis mejores deseos de paz y luz para todos en estas fechas. ¡Feliz Navidad!
Sobre una foto de la artista mexicana Norma Ascencio, el autor del presente artículo hizo esto, con el lema «Es posible hacer posible lo que parece imposible» en 2013
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente
Por Manuel Pérez-Petit
Literatura y periodismo eran la misma cosa, pero éste se desgajó por diversos motivos del tronco del arte: lo efímero, la actualidad, la trascendencia práctica. Ambos son sistemas opuestos de aproximación a lo real. El lenguaje del periodismo es denotativo, más directo y simple que el de la literatura. Ésta es inútil en el sentido de la vida práctica, pero aquel no.
Lingüistas y teóricos literarios llevan decenios dándole vueltas a lo mismo. Para el búlgaro francés Tzvetan Todorov (1939-2017), lo que distingue al relato literario del que no lo es es la ‘literariedad’, esto es, la propiedad por la que un discurso verbal entra a formar parte de la literatura o no, elemento a través del cual se distingue, pues, el relato literario del que no lo es, como también afirmó el ruso Roman Jakobson (1896-1982) en su “Lingüística y poética” (Madrid, Cátedra, 1988, pp. 14 y 16). La noticia, elemento esencial del periodismo y su lenguaje, no es una ficción: es el relato de un punto de vista. En ella no puede entrar en juego la imaginación, pues la noticia periodística es inviolable por su naturaleza, pese a lo cual se ve amenazada por múltiples peligros, el más notable de los cuales es el ruido, cuya principal característica es que anula la información. Sin embargo, ¿podría ser, como escribió el semiólogo ruso Yuri Lotman (1922-1993), que el ruido, según qué tipo de cultura se observe, se pueda transformar en información artística? El reflejo en el espejo que es la información periodística no es insondable, al contrario que los múltiples espejos de múltiples resonancias que es la obra de arte.
Es misión del periodismo expresar la realidad, y la realidad, aquello que es dado a la mirada cotidiana, se trata en sí misma de la intersección de los todos los puntos de vista que permite superar las limitaciones de cada uno de ellos, por lo que es inalcanzable. Por tanto, la objetividad no existe, puesto que nadie puede abarcar todos los puntos de vista posibles. Lo que existe es la honestidad con el propio punto de vista, elemento clave para entender, por otra parte, el mundo contemporáneo.
Todo arte de la escritura se establece entre dos torres desde que en Platón (circa 427-347 a. C.) se librara la batalla entre el logos de la poiesis y el logos del pensamiento filosófico, triunfando éste último sobre aquel, que quedó condenado al destierro en Occidente desde entonces, como nos cuenta en su “Filosofía y poesía” María Zambrano (1904-1991) (México, FCE, pp. 9 y ss.). Sin embargo, es posible una filosofía poética, como lo es un periodismo literario. Pero el lenguaje periodístico –o en apariencia periodístico, que es el predominante hoy– puede terminar matando la literatura.
La actitud y la repercusión de los modos generales de comunicarse hoy –en lo que influyen de manera determinante las redes sociales– están en condiciones de aportar de forma decisiva a la consecución práctica de uno de los peores augurios de Nietzsche: que en el futuro solo existieran una veintena de libros. ¿Podría evitarse esto, que desapareciera el lenguaje de la literatura por simple aplastamiento por parte del lenguaje “informativo”? Teniendo en cuenta que el periodista –o el supuesto nuevo “periodista” que se hace pasar por tal– no es en sentido estricto un escritor literario, dado que debiera expresar la realidad que ve en los justos términos de su punto de vista, que la sociedad Occidental tiende cada vez más a la sobreinformación, que incluso el habla de las personas está cada vez más influenciado por todo ello, que se tiende a escribir como se habla o como se piensa, que la capacidad de generar ficción va en retroceso general –causa del auge de los subgéneros–, que se estereotipan los modelos, las conductas y el lenguaje –desterrándose de forma progresiva con cada vez mayor generalidad el rigor, la autoexigencia y la disciplina–, el paisaje resultante es desalentador.
Hoy se olvida con mucha facilidad que la literatura es el ejercicio de la mentira capaz de hacerse más verdad que la verdad que de forma individual cada uno conoce. Que sin ella la vida se agota y corre hasta el peligro de desaparecer.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
El sábado había sido un día algo ajetreado para Ximena, buena parte de la mañana y tarde lo había dedicado junto con Soledad, su hermana, para preparar tamales de hierba santa y anís. Tenían un pedido grande por entregar para las seis de la tarde. Después de esa laboriosa tarea ambas decidieron tomar un descanso.
Soledad prefirió tomar una siesta. Ximena se sentó en su mecedora, entrecerró los ojos y le llegó un aroma de manzanillita, como le llamaba a los tejocotes. Recordó que había dejado una canasta con las frutas para hacer una ensarta con ellas, lo pondría de decoración en su nacimiento. Se levantó y fue por la canasta. Reservó algunas frutas. Tomó asiento nuevamente y comenzó la labor. Hizo alrededor de tres ensartas y las colocó alrededor del nacimiento.
Con las manzanillitas que quedaron se dispuso a hacer un ponche, el clima le hizo apetecer la bebida. Además tenía manzanas, guayabas, canela, jengibre y clavo, justo los ingredientes necesarios. El aroma del ponche era uno de los elementos que recordaban a Ximena la época decembrina. Llamó a Soledad para que tomaran juntas el ponche. Después de conversar un rato y degustar la infusión se despidieron para irse a dormir.
Ximena se percató que había luz en el patio, pensó que Soledad o ella, por error, había dejado prendida alguna lámpara. Salió y observó que la luz provenía de la luna lunera. Se quedó contemplándola un gran rato, era la última luna llena del año y estaba sumamente hermosa.
Se fue a su cuarto y decidió descansar. No pudo conciliar pronto el sueño. Le pareció extraño. Por un momento pensó que podría ser el efecto de la noche de luna llena. En eso estaba cuando escuchó el aleteo de un pato, un rato después hizo su aparición el kikiriki del gallo madrugador que solía cantar antes de medianoche. Luego puso atención al coro de los grillos que, puntualmente, arrullaban su sueño todas las noches. Se quedó pensando si ella fuera pato, probablemente, no estaría aleteando a altas horas de la noche como queriendo volar; si fuera gallo quizá no cantaría tan afinada y no sería tan madrugadora. Y en el caso de ser grillo ahí si le pondría todo el ánimo y energía para entonar sus melodías acompañando los sueños de las personas y agradeciendo a la naturaleza la vida. Poco a poco los ojos de Ximena se fueron cerrando al compás de las melodías entonadas por los grillos.
PD. Muchas gracias a Letras, ideaYvoz® y al público lector, ésta es la publicación número 100 en este espacio. Gracias por ser parte de las Voces ensortijadas.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
“Adiós, adiós, Recuérdame” La frase con que el fantasma padre de Hamlet aparece y desaparece, casi simultáneamente, es el gatillo de la tragedia. Hamlet duda porque recuerda. Actúa porque recuerda. (…) Don Quijote, en cambio, surge de una oscura aldea en una oscura provincia española. Tan oscura, en verdad, que el aún más oscuro autor de la novela no quiere (o no puede) recordar el nombre del lugar. Allí mismo, con el olvido de Cervantes, empieza la novela moderna…
Carlos Fuentes, En esto creo, 2002.*
Al nivel de un lector simple, e incluso al de un lector interesado, ¿es más importante la información que leer por nosotros mismos sin filtros ni textos que hagan las veces de supuestas guías de lectura? La experiencia vital influye en todos y escribir es un ejercicio de resolución de problemas, de indispensable prueba y error, de pericia técnica y a la vez emoción –incluso cuando se trata de plasmar ideas–, que solo es posible enfrentar desde la experiencia y las experiencias, las cuales “viajan” tanto hacia adentro como hacia afuera de cada uno. Al final, escribimos sin excepción sobre nosotros mismos, acerca de nuestras propias vidas, a partir del recuerdo, condicionados por el olvido, desde la memoria, en el tiempo, aquello que es la duración de las cosas sometidas a mudanza... El conocimiento de nuestras existencias sería imprescindible en función del grado de exigencia de los lectores, que a este nivel son muy pocos, incluso incluyendo a eruditos, académicos y especialistas. En realidad, para la inmensa mayoría es un enorme ejercicio pedante –divertido si se quiere, insisto–, que de forma lamentable en demasiados casos sustituye a la lectura, pues sacia por sí misma, pese a que no nos dice nada acerca del interés que puede tener o no leer sus obras. Autores con una biografía apasionante serían generadores de obras apasionantes según este planteamiento tan extendido, pero por lo mismo, por ejemplo, no merecería la pena leer los poemas de Emily Dickinson, porque su vida fue aburrida hasta decir basta, y esto es una aberración todavía mayor que aquella.
* * *
Dejo a un lado en este instante el río de las aberraciones y, a modo de punto de giro, me centro en dos casos muy concretos. Cientos de miles de páginas se han escrito acerca de Shakespeare y de Cervantes, y el consenso universal los sitúa en la cumbre de las cumbres. Pese a ello, hay enormes lagunas acerca de sus vidas, que siendo muy diferentes tuvieron en común estar envueltas en el misterio, aunque esas dudas nos dan igual cuando leemos “El mercader de Venecia” o “El Quijote”.
Hay quien dice que es posible que llegaran a conocerse, en la primavera de 1605, en Valladolid, donde estaba la corte, en que el autor de “La tempestad” pudo haber sido integrante de la delegación que Jacobo I de Inglaterra envió a España para sellar la paz con Felipe III, pero esto es algo que nadie ha podido demostrar. El ‘Bardo de Avon’ vio publicadas varias de sus obras entre 1590 y 1620, pero su obra completa no fue compilada en un volumen hasta 1623, ocho años después de su muerte: 11 tragedias, 15 comedias y 10 obras históricas, en una edición que llevaron a cabo dos actores de su compañía. El “Príncipe de los ingenios” publicó entre 1585 y 1616, saliendo su último libro un año después de que muriera. En 1605 vivía, en efecto, en Valladolid, el año en que salió la primera parte del Quijote. No es descabellado, pues, imaginar un posible encuentro. El de Stratford-upon-Avon escribió “Cardenio”, inspirada en una de las historias de El ingenioso hidalgo, cuyo manuscrito original se perdió en el incendio del teatro El Globo, en 1611. Sabemos, pues, que el inglés leyó o conoció la obra cumbre del de Alcalá de Henares. No disponemos de sus manuscritos, como tampoco se conserva el del Quijote. También desconocemos sus rostros verdaderos, al no habernos llegado ningún retrato autentificado de ninguno. ¿Los necesitamos de verdad?
Shakespeare murió rico y Cervantes, pobre. Aquel vivió de la representación de sus obras y éste de lo que pudo. Comparten el abandono aparente de sí mismos en sus obras, escritas hace más de cuatrocientos años pero cuya virtud reside en su tremenda actualidad, como puede verse, en el caso del inglés, en el monólogo de Hamlet, príncipe consciente de Dinamarca –en mi opinión no tan pleno como el primero de Segismundo, príncipe ensoñado de Polonia, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca-, o en la figura de Yago, el manipulador paradigmático, en Otelo, o como, en el caso del español, sin ir más lejos, en el capítulo XIV de la primera parte de Don Quijote, el que relata la historia de Marcela y Grisóstomo, que incluye el monólogo de aquella reivindicando su libertad y su identidad como mujer... Y podría parecer que estas obras hubieran sido escritas la semana pasada, de tanta actualidad como desprenden.
Confieso no conocer a fondo a ninguno de los dos. Los traté siempre más o menos tanto como a Montaigne, Galdós o Marlowe, aunque menos que a Séneca, Rilke o Manrique, pero con sus obras siempre tuve relación. Sin embargo, esto no le importa a nadie, y escribirlo aquí es otra vez pedantería. ¿Para qué requiero yo, aun siendo un lector más interesado que simple, volviendo por los mismos fueros, saber tanto de ellos? Después de conocer tanto de tantos, Shakespeare, el que recuerda, y Cervantes, el que olvida, se me hacen misteriosos, pues los conozco menos, y eso me encanta, porque, sin embargo, no me lo son. A lo mejor todo tiene que ver con que el recuerdo y el olvido son relativos. O con que con todo lo vivido siempre está todo por comenzar.
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*Leído el 26 de octubre de 2001 en el diario El País:(https://elpais.com/diario/2001/10/27/babelia/1004140216_850215.html)
Portada de la parte primera de la edición de Lisboa en español de 1775 desaparecida y descubierta por el profesor Aurelio Vargas Díaz-Toledo, de próxima publicación por Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval.
Vida y hechos del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. (Lisboa, à custa de los hermanos du Beux, Lagier y Socios, Mercaderos de Libros, 1775).
Serán 5 tomos ya registrados (dos facsimilares, uno de estudio crítico y dos de transcripción), a publicar en 2022. Edición, estudio crítico y transcripción de Aurelio Vargas Díaz-Toledo. ISBN (obra completa): 978-84-123907-4-2. ISBN (facsímil, parte primera): 978-84-123907-5-9. ISBN (facsímil, parte segunda): 978-84-123907-6-6. ISBN (estudio crítico): 978-84-123907-7-3. ISBN (transcripción parte primera): 978-84-123907-8-0. ISBN (transcripción parte segunda): 978-84-123907-9-7.
Esta edición en español de 1775 fue llevada a cabo en Lisboa, Portugal, por impresores franceses de gran relevancia en el mercado editorial portugués, los hermanos Du Beux, Jean Joseph y Claude, y Valentín Lagier y compañía.
Contiene elementos lingüísticos y narrativos que la diferencian de la edición canónica actual de la obra.
Recoge en sus páginas ilustraciones de ediciones anteriores y nuevas ilustraciones.
La edición ha permanecido en el olvido durante siglos y no aparece documentada en ninguno de los proyectos más importantes en lo que al estudio de esta magna obra, considerada cumbre de la literatura universal, se refiere, como, por ejemplo, el Banco del Imágenes del Quijote, dirigido por el profesor José Manuel Lucía Megías, o el Proyecto Cervantes, auspiciado por la Texas A&M University, Estados Unidos, y la Universidad de Castilla-La Mancha, España.
Solo se conservan dos ejemplares en el mundo de esta edición en dos volúmenes. Uno en la Hispanic Society of America, de Nueva York, Estados Unidos, y otro en la biblioteca particular de Carmen y Justo Fernández, bibliófilos de Madrid, España.
El proyecto cuenta con un patrocinador, la Universidad Complutense de Madrid, España, y está en la búsqueda de al menos un socio americano.
Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval cuenta con tres colecciones, entre las que está Kolavalik, ediciones especiales de Kolaval, destinada a publicar proyectos magnos como el presente. Se puede pedir información en el correo electrónico: kolavalporhispanoamerica@gmail.com
Dedicaré pronto un artículo al Quijote de Lisboa, un gran descubrimiento de nuestro tiempo.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Lennon (Alfaguara, 2010), de David Foenkinos, con traducción de César Aira, es una novela biográfica dividida en sesiones terapéuticas en las que el célebre exBeatle nos cuenta su vida. Foenkinos, gran fan, dice que la música de los Beatles lo (p. 9) “acompaña desde siempre”, aunque “por momentos no sé qué pienso de John Lennon”.
El libro, salvo en el epílogo, cede la voz al John Lennon (1940-1980) que, se supone, está hablando con su sicoanalista. Dice en la primera sesión (p. 14): “Una parte de mí mismo está persuadida de que soy un pobre diablo, y la otra piensa que soy Dios”.
Nació en plena guerra (p. 21): “Al comienzo mismo, oí el ruido de los bombardeos. Yo no vine al mundo. Vine al caos. Liverpool era el blanco de las bombas alemanas”. Sabe, sin embargo, que lo que diga ya lo sabrá quien lo escucha: “Soy tan famoso que mi vida pertenece a todos”.
Apenas nacer, como las bombas caían (p. 23), “mi tía Mimí me dijo que de inmediato me pusieron debajo de la cama. Como si una cama pudiera atenuar el derrumbe de un techo”.
Dice en la quinta sesión (p. 49): “El futuro del hombre es volverse mujer. Se van a invertir los roles. Y eso a mí me viene bien. Me siento mujer. Y me siento niño también. No soy adulto”.
Su infancia no fue fácil. Primero lo abandonó su padre y luego su madre. Vivió con su tía Mimí hasta que encontró a Paul, George y Ringo (me salto al famoso quinto Beatle), que fueron su más cercana familia. George era el más pequeño de todos y el único célibe (p. 84): “Todos asistimos al desvirgamiento de George. No había visto que estábamos ahí. Cuando terminó, encendimos la luz y aplaudimos”.
La fama del grupo fue tremenda y ellos experimentaron con mucho sexo (había mujeres que hacían fila para compartir instantes de placer) y muchas drogas, hasta que conoció a Yoko (p. 133): “Millones de personas comenzaban a reducirse y a desaparecer, a hundirse en el vacío, a ser olvido en el amor que sentía por una sola persona, una sola persona que reducía el mundo a nada, y ésa es la definición suprema del amor: una persona que reduce el mundo a nada”.
Paul le pidió que fuera a la exposición de Yoko. Ella no conocía a los Beatles, pero sabía que el millonario John podía financiar su obra. Llegó y la vio, se saludaron y lo dejó solo para que recorriera la muestra de su trabajo (p. 136): “En la primera sala había una escalera que conducía a una lupa. Había que subir y observar la palabra escrita en lo alto. Subí, con miedo de descubrir algo cínico o negativo, pero pude leer: SÍ. Nada más que la palabra ‘sí’ ”.
Cuando se casaron él tomó el nombre de Yoko (p. 153): “Me llamo John Ono Lennon. […] Yoko es yo”. Ella, dice, le dio la fuerza para divorciarse de los Beatles (p. 161): “Me tomó de la mano y me dijo: la vida está en otra parte”.
El epílogo cuenta, ya no desde su voz, su asesinato. Hay una foto donde (p. 191) “Lennon firma el álbum del que lo asesinará unas horas más tarde”.
Después de los cinco tiros a quemarropa (cuatro dan en el blanco), en el coche de policía donde lo llevan al hospital, para que no se duerma le preguntan (p. 192) “ ‘¿Usted es John Lennon’. La respuesta: ‘Sí’. Y será su última palabra”. La misma palabra que leyó cuando conoció a Yoko.
***
Lector, lectora, llegamos juntos a la columna número cien. Muchas gracias por leerme, por ser mi imagen en el espejo, los ojos del sueño, la otra vida donde me multiplico y donde somos tú, yo, nosotros, todos, todas…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Fisonomía 6 Vieja en una noche de nieve
Por Antonio Florido
VIEJA EN UNA NOCHE DE NIEVE
¿Cómo así?
Azul, negro, gris piedroso, gris lejano, huidizo, blanco, sombra difusa sobre un blanco pálido, como una vida que se apaga. Adivinamos un trazado de bastón en la mano aviejada de la abuela. Sólo eso, una breve y fugaz alusión al recuerdo, a esa infantil fantasía, a la utopía martillada del adulto. Querer ver donde no se puede. Desear el regreso cuando ya el camino está bien trillado. Un lloro de impotencia por arrancar el terrible suceso, de poder alcanzarlo con las manos. El fervor de la sangre que dice que todavía han de cambiar tantas cosas…
¿Adónde irá esta mujer, a sus años, adónde pisará con tiento en la cuesta, abajo en la Rúa dos Douradores, con los ojos de Nando observando al través de la ventana?
De pequeña subía y resbalaba bajo las sombras del baño, en un estío cansado de quemar. En la primavera con los olores vivos, los de sus labios, los de sus dedos que palpan un delicado ramo de flores (tal vez, de nuevo, nos viene a las mientes esa lograda floresta que el enamorado entregó a la muchacha del banco). De cuando cae al suelo la hoja muerta, clara, crujiente, pisada por los pueblerinos, esto es, el otoño de sus años, la madurez en calma, la mirada flagelada por el vidrio y las quejas.
-Nando, esa es la viejita de la que te hube hablado en aquel entonces. La que me recibió a la entrada del pueblo, ya comprendes, y me enseñó, me dijo aquellas cosas lindas de la linda señorita, la que esperaba y esperaba, recuerda, has de hacerlo, amigo.
Nando fuma por encima de un bigote negro, echa el ala hacia arriba, un solo toque de la mente, el dedo crispa, ¡chas! Luego sorbe y queda mirando la línea negra del café, analizando el acto premeditado. Goza del instante, piensa. Tuerce el gesto. Dice algo…
-Sí, claro, la trémula muchachita del cuento. La recuerdo. De tanto me enamoré de ella, le quise quitar el novio, el minero sin mina que llegó para llevarse a la Añañuca, para vaciar de oro los cerros y chanzar a los conquistadores. Claro que me acuerdo.
-De ahí en más te lo fui declarando, que esa muchacha era de las grandes, que sería alguien algún día…, y ya ves que se nos convirtió en la flor de los cerros, rojo explosivo, rojo de amor, rojo para unos ojos muertos que ya no son capaces de nada, sólo de oler la miseria de haberlo perdido todo.
-Porque el minerito no fue capaz de ganar al duende que lo volvía loco.
-Sí, y el pueblo, que es como es, la tomó con ella, y ella no fue valiente para salir a la calle. En sus adentros se volvió rosa, roja, amapolada virgen, grana de reventar las envidias.
-Ahora se nos aviejó, ya ves su cuerpo, la espalda en curva, la ropa sosa, el bastón asegurado por una zarpa uñosa. Baja la cuesta todos los días. Engancha sus zapatos en las piedras rotas. Mira al suelo. Una fachada le cuenta algo, la mujer duda, pero no gira el cuerpo, continúa con su terco avance. Tal vez al final de la calle encuentre la primavera escarlata…
-Sin embargo, la nieve me recordó a la manzana muerta. Ocre sobre verde, sangre almidonada, con el molde de unos dientes jóvenes. La manzana de la cena. Navidad en copos. Sí, fue gozoso escribir aquella historia. Comían y bebían, charlaban de esto y aquello, por la ventana un globo frío caía sobre las copas de los árboles dormidos. Luego se rompía en mil millones de diminutos copos, lavaba el suelo de la plaza. Mientras tanto ellos seguían cenando al calor de los criados y sirvientas. Postres en el centro. Frutas y arcadas, triángulo que sube casi al techo.
-La joven estaba ahíta, pero la había descubierto desde el comienzo. Dijo, ésta es mía. Después los platos pasaron volando, uno tras otro, como en aquella cena olvidada del señor Stepelthon y su querida. Postre, anunció el más viejo de los criados. Su mano se abalanzó de manera ofensiva. Una irritante delicadeza la de esa niña. Al primer mordisco la fruta gritó. Fue un dolor insoportable. De ahí que cayese al suelo, bajo la trinchadora, detrás de una de las patas, oculta, muda, sobre un charco de verde sangre.
-Fue una tragodia, lo reconozco; empero, observa bien el sufrimiento acumulado en esta dulce mujer. La esbozaron como se nace. De cuajo vivió y de cuajo llegó a ser vieja. Sólo el color de la pintura me puede recordar a la ausencia de toda voluntad. Ella duerme eternamente sobre un lienzo cama. Jamás comprobaremos sus facciones, tantas como miradas, como tiempos suenen, tantas como la imaginación nos arroje. Esta es una señora que se merece todo. Una gota, un lamido de amor, una esquina de nuestro tiempo, una señora de todo respeto. Añañuca, roja, disimulada en gestos, abandonada por un minerillo que jamás se atrevió a ser un hombre, un campo de terciopelo grana, o una joven irritante que, con su pose provocadora, insoportable, asesinó la fruta, la misma niña que pisó la hoja seca, la misma joven que rechazó el ramo de florecillas porque se moría sin remedio y en secreto.
La calle nunca pasa. Un vacío en el blanco manto. El tiempo congelado. Sólo las grises piedras alfombran los zapatos viejos de esta vieja entrañable.
Corre un aire silbo. Oigo, desde mi asiento, el terrible crujir de la nieve. Siento frío.
Vieja en una noche de nieve. Artista desconocido
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
En torno a la memoria y los recuerdos es razonable llegar a la conclusión de que todo es conflicto, convergencia o divergencia pero nunca convención, aunque siempre quedará la posibilidad de establecer un pacto con la realidad, que es aquello que va a su aire mientras cada cual hace lo que puede. Al final, lo que queda es el propio punto de vista. La memoria es identitaria y a ella se le puede aplicar aquello de quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. Poco tiene que ver con los recuerdos, los cuales son muy reducidos en relación a la vida real vivida, y en gran medida subjetivos. De hecho, los que los demás tienen de uno no coincide muchas veces con lo que uno tiene, de tal manera que la historia personal se va conformando con base en recuerdos encontrados en una suerte de transversalidad en que se puede resumir lo que hay, que siendo grandioso no es gran cosa, aunque ilumina y genera un cierto tipo de certeza. Por ello, un ejercicio de reconstrucción de la memoria no puede basarse en recuerdos, sino en algo más profundo, fluido y sólido: la conciencia. El olvido, por su parte, tiene mucho de bruma, fatalismo y dimisión, y está relacionado con la voluntad. La memoria no, pero los recuerdos y los olvidos tienen que ver con el paso del tiempo, eso tan fugaz, pleno e inevitable.
La primera acepción de la voz ‘tiempo’ en el Diccionario de la Lengua Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”... “Sujetas a mudanza”..., qué interesante, porque se trata de la vida, y ésta, por mucho que se quiera, no puede meterse en un frasco, pese a que el “frasco” del tiempo la limite.
Vuelvo por los mismos fueros de mi último ‘Líneas de desnudo’, “Reivindicación del lector hedonista”, dada la cierta correspondencia que ha suscitado en relación a si es necesario o no saber del autor para leer su obra. Son bien conocidos los periplos vitales de Dante (circa 1265-1321), Goethe (1749-1832), Zorrilla (1817-1893), Milton (1608-1674) o Rilke (1875-1926), por ejemplo. Tenemos tantas certezas acerca de sus avatares existenciales como de las de muchos otros que otros tantos se han encargado de recopilar, documentar, confrontar y difundir con la eficacia suficiente como para que lleguen a nuestros días, incluso a veces con la vitola de “imprescindibles”. Conocemos de manera razonable las de otros, como Marlowe (1564-1593), Montaigne (1533-1592), Séneca (4 a.C.-65 d.C.), o Jorge Manrique (circa 1440-1479), por acción de esos mismos eruditos divulgadores, e incluso la de Aristóteles, con el tiempo que ha pasado... Se han escrito cientos de miles de páginas sobre cualquiera de ellos.
Pero yo insisto: me trae sin cuidado si tal o cual menganito o zutanito, gran figura de la literatura universal, comió en la taberna de no sé quién o tuvo un amorío con fulanita, que era sobrina de un arquitecto real o hija del músico de la corte que se acostaba con la reina, si luchó como soldado raso o almirante en una u otra batalla, si se casó con una rica heredera o perdió su fortuna en el juego... Me resisto a la categorización de la anécdota que, de algún modo, es también la consagración de la pedantería, aunque resulte divertida.
* * *
Zorrilla era por 1844 un muerto de hambre por las calles de Madrid que iba de teatro en teatro suplicando la limosna del encargo de una obra cuando un empresario le encargó una que debía estar escrita en poco más de veinte días. Escribió “Don Juan Tenorio” en veintidós.
La vida de Dante fue un extraordinario compendio de intrigas en que casi siempre fue víctima o estuvo en el bando derrotado... ¿Cómo no iba a describir la ascensión al Cielo que sería para él como una liberación?
Rilke murió al pincharse con la espina de una rosa. La herida se le infectó y le produjo una septicemia. El epitafio que escogió para sí mismo, “Rosa, oh contradicción pura, deleite/ de ser sueño de nadie bajo tantos/ párpados, parecería proverbial en su caso.
Milton quedó ciego por un glaucoma y concluyó “El paraíso perdido” memorizando los versos por la noche y dictándolos por la mañana a sus asistentes, no en vano había estudiado en Cambridge, máximo exponente en su momento de la memorización como método de estudio. ¿Han leído la obra?
“Fausto” tuvo una concepción compleja y una realización larga y dubitativa, y Goethe tardó sesenta años en escribirla. La primera parte de la obra fue escrita en 1773 y publicada en 1808. La segunda no apareció hasta 1832, después de su muerte. ¿Cómo no va a resultar una obra contradictoria si le llevó toda la vida?
* * *
Solo tirando de memoria, podría seguir así por páginas y páginas, pero, ¿de qué nos sirve como simples lectores? En realidad son cosas sujetas a mudanza, y, por tanto, sometidas al tiempo, pero no deja de ser cierto que son divertidas. Por ello, dedicaré algunos artículos a pasar el rato en las fechas festivas venideras, y para dar gusto a mis lectores más curiosos.
En tanto, lean un poquito de vez en cuando, que leer no tiene contraindicaciones, al menos en la mayor parte de los casos. Al fin y al cabo, todo está sometido al tiempo y, por tanto, tiene cura.
Ciudad de México, 15 de octubre de 2010. 7ma jornada del 5to Recital Chilango Andaluz, organizado por la Plataforma de Artistas Chilango Andaluz (PLACA). M. P.-P. recitando.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.