Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Convengamos que hay tres tipos de lectura.
Está la del académico, el crítico o el editor, por ejemplo, que debe ser analítica, aunque sea llevada a cabo con diversos métodos y finalidades. Sin menoscabo de que pueda generar disfrute, esta lectura es más bien contraria a lo lúdico, aunque no niega esta posibilidad.
También está la del que anda en el proceso de adentrarse en el oficio de escribir, que es una lectura interesada, casi parasitaria, conducente al aprendizaje de un oficio que no puede estudiarse en Escuela, Facultad o Colegio alguno y que apenas puede adquirirse mediante la propia lectura y el ejercicio continuo, disciplinado y fruto casi en exclusiva de la voluntad, acudiendo a referencias cuyo valor es indudable, tales como otros autores y la lectura de obras consagradas. “Roben si es necesario”, decía Juan Carlos Onetti (1909-1994) en su célebre "Decálogo (más uno) para escritores principiantes". Es una práctica que exige entrar en el texto de forma no erudita ni intelectual sino llena de afán devorador, hambrienta de elementos en que expresar la propia intención escritora, y que por lo general conviene llevar a cabo mediante la orientación de alguien en quien se deposita la propia confianza como facilitador, asesor o maestro.
Y, como es natural, está, de igual modo, la lúdica, que es la lectura común, y si bien las otras dos no están reñidas con el placer de leer, la que en exclusiva es por placer y no tiene intención más que la de pasar el tiempo es esta, en mi opinión la más grande todas, aquella por la que en verdad merece la pena adentrarse en un libro.
La panoplia de posibilidades, como se ve, es muy amplia. No se está, por otra parte, en condiciones de desdeñar ninguna lectura. Hay quienes desprecian unas en favor de otras, e incluso quienes descalifican o califican a las personas en función de las obras que leen. Para gustos, los colores, como diría el castizo. Sin embargo, el clima no está para exquisiteces, al menos a nivel de calle, en esta cosificación a la que estamos siendo sometidas las personas. Otro asunto es que se hablara de circuitos o círculos culturales, una gran parte de los cuales –a qué mentirnos– son “de salón”, o sea, frívolos, insustanciales, mundanos, como torear sin toro, teóricos, carentes de esfuerzo y riesgo. Aún así, en algunos sí entra en juego el rigor, el criterio, la selección, la capacidad de jugársela, que, en todo caso, deben ser coherentes y que en un universo ideal tendrían que ser asunto de todos. Pero se dista mucho –y mucho más que nunca– de ese mundo.
Para el lector lo importante es encontrar obras y acceder a ellas, y ahí toma protagonismo, por cuanto facilitador y por su responsabilidad moral, la importancia del oficio de escribir, pues no podemos olvidar que de manera necesaria se escribe para los otros. Hoy existe una corriente de autores que dicen que los lectores no les interesan, y yo siento que eso es venderse de algún modo al poder y a las cadenas, porque si uno escribe es para ser leído, no para su vanidad personal, y si cualquiera lo hiciera por éste último motivo no tiene sentido que se presente al público diciendo que escribe solo para sí mismo, pues con esa ordinariez y falta de respeto a los demás se descalificaría a sí mismo. Mejor sería en este caso que no se anunciara. Esos autores que desprecian al lector dan la razón a quienes controlan las cosas. Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra. Y lo cierto es que hay que leer. Como sea. Igual no tanto como las campañas se empeñan en hacernos ver, y en vano todas ellas transmiten la sensación de que son un exceso que no sirve para nada.
Y la realidad es la que nos toca. Se habla más que lo que se lee. Alguna cita o algún comentario suele bastar para ilustrar a muchos –no son pocos los que recitan de memoria quedándose en las primeras frases de las obras, y casi nadie se sabe fragmentos ubicados a mitad de cualquier libro o poemas completos–. Se lee bien poco. Se habla más por referencias –y mejor si breves– que por la propia lectura. Un terrible signo de nuestro tiempo es la impostura. Cualquiera puede “conocer” cualquier tema con “San google”: son los “wikiexpertos” de encefalograma plano, carentes de criterio y rigor, acumuladores de datos para "certificar" su aptitud a la hora de afrontar planteamientos discursivos que no requieren de recuerdos y a los que no afectan los olvidos, y con los que muestran a los demás de manera voluntaria su “suficiencia” e involuntaria su mediocridad.
No juzgo, válgame Dios, solo me faltaba eso, pero con más que notable frecuencia, insisto no sin cierta tristeza, confundimos información con conocimiento. Dirán que me repito más con esto que el chorizo de Cantimpalos, pero solo indico una realidad observada –o realidades– por largo tiempo en multitud de casos y situaciones, que me preocupa, y no poco.
Leer poco o mucho o algo es condición imprescindible hoy en nuestro mundo para poder vislumbrar algún horizonte posible, y es muy molesto para quienes dirigen con mano de hierro y sin disimulo el deambular de nuestras sociedades a su antojo y capricho, por lo que lo proscriben y, por si fuera poco, aplauden a los que no leen, pues ello facilita de manera determinante la fertilidad incontestable de su discurso finalista de manipulación, dominio y control acérrimos.
Pero lo cierto es que los que no leen son la inmensa mayoría –por más que de manera tan patética a veces quieran parecer eruditos de panfleto y/o mientan como condenados diciendo que se leen hasta los prospectos de las medicinas, y es que esto se percibe en la pobreza expresiva y de vocabulario: no es posible que lea quien no sabe hablar–, lo que hace aún mas necesario el grito que deberíamos alzar todos para que el mundo deje de ser cada día más hostil y más pequeño.
Ay, si la mitad de la gente que presume de ser lectora lo fuera de verdad...
Colección casi completa a junio de 2014 de los títulos publicados por Sediento Ediciones (archivo de M. P.-P.), proveniente de una biblioteca particular.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
(…) Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. (…)
Son cosas que pasan. El club de los descubrimientos tardíos es excepcional. A la lengua española, sin ir más lejos, le costó tres siglos reconocer a dos poetas: Juan de Yepes Álvarez (1542-1591) –más conocido como San Juan de la Cruz– y Luis de Góngora y Argote (1561-1627) como lo que hoy son de forma definitiva a la poesía universal. Lo mismo le pasó a Diego Rodriguez de Silva y Velázquez (1599-1660), pues hasta bien avanzado el siglo XIX no era su obra sino la de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) la considerada como la cumbre de la pintura barroca española. Dos sevillanos en disputa por el trono del arte, que al final quedó en posesión del autor de “Las Meninas”, considerado hoy una cumbre universal, sin desdoro alguno para el otro. Son solo casos, y quizá habría que dedicarle cientos de páginas al libro de los olvidos o de los descubrimientos fuera de su tiempo.
Y es que el tiempo tiene estas cosas. Para todos. Conviene recordar que la primera definición de la voz ‘tiempo' en el Diccionario de la Lengua Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”, aunque también significa muchas otras cosas, sobre todo para darnos cuenta de que, al final, el tiempo es subjetivo, por lo que con él se caen todas las teorías racionalistas. Incluso más aún en estos tiempos que vivimos.
No estamos para perder el tiempo, y en todo caso habrá que sentar el tiempo, dado lo que tenemos no cerca sino, de manera literal, encima, y más aún en la sospecha, cierta como castaña, de que no podemos dejar al tiempo que ponga las cosas en su sitio. O lo hacemos todos y cada uno, y ya, o estamos con exactitud perdidos. En nuestra situación, lo que hay nos obliga a capear el tiempo con alma, corazón y vida, con los seis sentidos –o cinco, que son los comunes–, pero sobre todo con voz y manos, pues acomodarse al tiempo a día de hoy es tarea mucho más que ruinosa. Allá cada cual, pero nos podría pasar que en un tiempo no sepamos no solo quién fue Góngora o Velázquez o Maricastaña, que es lo de menos, sino quiénes somos nosotros mismos, todos y cada uno, reducidos como empezamos a estar a las cenizas de ser número y cosa.
Y si no, al tiempo (“expresión para manifestar el convencimiento de que los sucesos futuros demostrarán la verdad de lo que se afirma, relata o anuncia”). Claro que no cabe duda de que es irrefutable aquello de Ortega y Gasset (1883-1955): “Yo soy yo y mis circunstancias”, que también categorizamos hasta la histeria, porque esa regla de tres nos lleva a abundar de forma indiscriminada en muchas ocasiones, demasiadas, en el anecdotario vital de aquellos que consideramos figuras –y hay pocas cosas como esta tan carentes de sentido a nivel de calle y/o en nuestras circunstancias actuales– o en aquello de “tiempo al tiempo”, justificando de ese modo, que todo es relativo y que el tiempo “da y quita razones”, planteamientos que a estas alturas son monumentales tonterías de bulto redondo.
Como no lo resolvamos no tendremos remedio. Y haremos un flaco favor de gigantescas dimensiones a la más terrible expresión que hoy podamos tomar por bandera: "Qué más da".
Mañana del 1 de enero de 2020. Desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, terminal 2.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Después de unos días de descanso, regreso a mi encuentro con los lectores en este mi ‘Líneas de desnudo’. La breva cayó en el caso Djokovic: con exactitud como lo había previsto en mis textos precedentes, Homogéneos, ¿Qué más podría haber hecho este hombre? y Está al caer la breva, de tan buena acogida general. Estamos, por otra parte, asistiendo al enésimo episodio de la tensión Rusia-Occidente con Ucrania como campo de pruebas, cuestión en que se demuestra que pese a la homogeneización que supone para los gobiernos del mundo la nueva Era distópica de la que nos encontramos en el año 3 esto no es incompatible con que se mantengan reminiscencias del pasado. En fin, les ahorro más cuestiones, como la de que García Márquez fue vigilado por el servicio de espionaje mexicano por muchos años al ser considerado “pro-castrista”, noticia a la que ayer mismo, domingo, hemos tenido acceso, o que el Betis del alma mía está que se sale en la liga española. Tonterías, que diría el castizo, pues lo que importa son otras cosas, y ésta es la razón por lo que hoy regreso por otros fueros por fin, cansado –y no menos agradecido– también de recibir reclamaciones por mi ausencia. No deja de ser cierto que mi columna es para mí un ejercicio de salud mental. La locura no tiene cura, al menos la mía, pero puede aliviarse, y aunque escribo porque me da la gana es verdad que también escribo porque, como a Emily Dickinson, “se me saltan las tapas de los sesos”. Reconozco de igual modo que me llevo por días rumiando a la vez varios artículos, en paralelo, y que escribir justo antes de que se publique es algo que me lleva la adrenalina a cotas maravillosas. No pueden imaginarse, por tanto, cómo he tenido la olla exprés –sí, la misma que denosto en la cocina pero que confieso tener encima en mis hombros– durante estos días de ausencia. Setenta y cinco llevo y he tenido casi otros tantos madurándose en estas pasadas jornadas extrañas, durante las cuales he cumplido un capicúa único, 55. Es la vida: sin duda, el misterio más grande que podamos conocer, esto en lo que lo único que con certeza sabemos es que vamos a morir. Y si de morir se trata, de alguna forma nos morimos a diario, y quizá por ello concuerdo con quien piense que en la vida son más importantes las despedidas que los encuentros. Pero también con quien afirme que la vida es un monumental reconocimiento a la soledad.
El autor
Ea, volviendo a las andadas, esto es todo por hoy. Pasado mañana, miércoles 26, volveremos a encontrarnos.
Sin más, se despide de ustedes su seguro servidor, Manuel.
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Posdata:
Siempre nos quedará París, perdón, el arte. Para los egipcios, el sol –puro fuego– era un ser viviente, más viviente, incluso, que los hombres, por su no sometimiento a la historia. El mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió que la obra de arte “es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia” y la filósofa española de larga radicación en México María Zambrano (1904-1991) afirmó: “Escribir es defender la soledad en la que se está, es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”.
No deberíamos confundir información con conocimiento, pero en la sociedad del aislamiento, la depresión y la soledad en que vivimos es lo habitual, y en el fondo hasta nos da igual. Hoy sobra más información y falta más conocimiento que nunca, pese a todos los supuestos avances de la sociedad comunicada, pero al final por las treinta monedas simbólicas de la vanidad y la autosatisfacción mal entendidas vendemos con una facilidad pasmosa nuestra libertad, sin ir más lejos, a las redes, que son capaces de hacer con nosotros lo que les venga en gana, incluso reservándonos el inútil derecho a la queja. Las redes son, además, adictivas y, por tanto, determinadoras de nuestras vidas. Un día hablaré de las redes, pero de lo que hoy se trata es de la soledad, la que nos toca.
En 2009 recorrí en auto toda España en un mes, sin saber que en el fondo era una despedida. Es solo un ejemplo.
Fuente de la fotografía: Archivo personal M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Mientras realizaba sus compras en la plaza del pueblo Rosalía encontró a un vendedor de flores, ella no llevaba en su lista la compra de alguna flor. Sin embargo, el señor insistió hasta convencerla, se decidió por un pequeño rosal. El vendedor aseguró que el color de las rosas era rojo, que ya lo vería cuando florecieran.
Rosalía llegó a casa y comenzó a indagar cómo plantar rosales y el cuidado que debía darles. Adaptó el espacio en su patio, ocupó como macetera una cubeta de tamaño mediano. Estaba al pendiente de cuándo florecerían, cuando observó que tenía botones se alegró. Llegó el día que pudo ver las rosas en su pequeño jardín. Para su sorpresa no eran color rojo sino amarillo. Lejos de incomodarla le gustó mucho observar el colorido brillante de los pétalos.
Fueron pasando los meses sin que dejara de estar al pendiente de su rosal, fue acostumbrándose a verlo florecer varias veces en el año. Sin embargo, en alguna de esas etapas observó que ya había pasado el tiempo esperado y el rosal no tenía botones nuevos. Revisó la tierra, la removió, le agregó abono y la regó como solía hacerlo, tanteadito para que no la fuera a ahogar. Recordaba muy bien los comentarios que el exceso de agua a veces no ayuda mucho a las flores.
En una ocasión don José, su papá, la sorprendió en plática con el rosal.
—¿Qué haces hija? ¿Estás hablando con la rosa?
–Sí, a ver si se anima a dar más flores, ya ves que sienten el cariño y cuidado que uno les brinda. Ya no sé qué más quiere esta rosita.
–El día que menos lo esperes la verás floreciendo de nuevo. Dale tiempo, sin dejar de cuidarla.
—¡Ojalá tengas boca de profeta!
Rosalía no perdía la esperanza de contemplar de nuevo el amarillo de las flores. Un día se percató que tenía botones nuevos y eso la emocionó. Y tal como lo dijo don José, una mañana con toque invernal Rosalía se acercó para regar el rosal y observó que de los 8 botones que tenía 5 habían reventado y tres estaban por hacerlo. Su corazón se alegró. Agradeció al rosal el bello regalo.
Mientras percibía el aroma de las rosas se le vino a la mente don José, vaya que tenía razón. La espera había valido la pena. Se quedó pensando que tal como había pasado con las rosas, florecer en la vida es un proceso que lleva tiempo, cada persona lo vive y lo asume de forma distinta, solo hay que saber esperar.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Fisonomía 11 El amor inconcuso
Por Antonio Florido
Samuel tiene nueve años. Está jugando. Pasando su tarde con el amigo. El otro es rubio. Y pecoso. Y gordo. Y estúpido. Y arrogante. No todos los gordos son simpáticos. Él no lo es. Y nunca lo será…
La tarde se ha desmayado sobre las espaldas de los niños. El frío avanza. Samuel arroja la pelota hacia el amigo. Pero cae al suelo. El amigo es torpe de movimientos. Y como lo sabe se enerva. Prefiere jugar a las chapas. Sentados. Así jadea menos. Por las carnes, que le tiemblan. El gordo se mira al espejo. Luego su madre le lava la cara. Con la manopla. Tarda un tiempo. Sus pecas se alejan unas de otras. Y brillan. Parecen rosadas estrellitas en el cielo. La pelota la toma el gordo y la devuelve. Samuel la atrapa al instante. Muchas veces repiten el inútil juego de lanzar y recoger. Samuel lo hace con desgana. Pero no quiere herir a su amigo. Es su único amigo. Ahora le toca de nuevo al gordo. No controla bien el impulso. La pelota sube al cielo. Huye. Se aleja. Se convierte en un punto diminuto. Como un planeta encendido. Al volver no llega al suelo. Quedó en el tejado. Entre dos tejas. Apretada. Sufriendo. Samuel mira al amigo con odio. Con el odio que sólo conocen los niños. El gordo agacha la cabeza. No se despide. Se va. Samuel queda solo. Y triste. Y aburrido. Ahora está sin su pelota. Mira hacia el tejado. Está lejos. O él es aún demasiado pequeño. Como un gusano. O una rata. Piensa en su madre. Y en su padre. Alguno de los dos deberá ayudarle. Pero, quién. Es difícil decidirlo. Su madre estaría dispuesta. Su padre tal vez pusiese mala cara. Un gesto huraño. Al fin se acerca a la baranda. ¡Madre!, llama. Mamá sube deprisa. Al oír el grito se puso en lo peor. ¡Estos niños! Samuel señala con el dedo. La pelota se ha dormido. Ya está cansada de esperar. La madre comprende. Y por dentro sonríe. Hace falta una escalera, dice. Voy a por ella. Samuel se queda solo. Otra vez. El frío avisa. Se le cuela por el cuello. Y llega a su espalda. Se encoge. El tiempo tarda. Casi se detiene. El tiempo es una masa de plastilina. Ahora Samuel se acuerda de su abrigo. Pero lo tiene colgado en su cuarto. Mejor no bajar. Algún pajarillo aventurero podría picotear su pelota. Oye un suspiro, de lejos. Se asoma y ve a su madre. Carga con la escalera. Al ser de hierro, pesa. Al fin llega. El último escalón se comportó como un viejito. Dulce. Tierno. Acolchado. Silencioso. La escalera apoyada sobre la pared. Si tuviese valor subiría. Y su madre quedaría abajo. Muy abajo. Debería ser valiente. Debe ser valiente. Seguro que lo hará. Su madre le pregunta, insegura. Samuel responde con aplomo. No tiene miedo. Ya es casi un hombre. La escalera se agarra a la pared como una sabandija. No quiere volcarse. Se rompería. Y Samuel la coloca como puede. Disimulando, porque le pesa demasiado. Su madre como espectadora. Samuel sube el primer peldaño. Ahora, sin embargo, tiene un problema. El mismo problema de todos los perfeccionistas. Él salió en esto a su padre. Uno de los pies lo ha colocado torcido. Habrá que enderezarlo. Pero si lo intenta puede venir el desequilibrio. Y teme. Y siente más frío que antes. Ha asomado la primera estrella. El filo del horizonte arde, aún. Es hermoso. Su cuerpecito está quieto. Y su madre no respira. Le conoce. Samuel, inténtalo, le dice. Su madre es joven todavía. Samuel es ella. Y ella Samuel. Los dos en uno. El pie derecho tiembla. Busca la derechura. El paralelismo con el pie izquierdo. Sus dedos curvan los lados de la escalera. Abiertos por igual. Formando el mismo espacio entre ellos. ¡La perfección! Han salido otras estrellitas en lo oscuro. Ahora están todas juntas. Un árbol de navidad. Encendido. La mamá le apremia. Y se abrocha el abrigo al cuello. Su hijo no está tan abrigado. Pero la pelota aún en lo alto. Sola. Desconsolada. Triste. Samuel continúa temblando. De miedo. De impotencia. Y de frío. Pero no baja del peldaño. Es tozudo. El gordo estará cenando, piensa. Junto a sus padres. En el calor. Sólo los cobardes no atrapan pelotas embarcadas. Él lo hará. El tiempo pasa. No se detiene. Lo siente en las palpitaciones de su corazón. Persiste en su esfuerzo. Intenta escalar al siguiente peldaño. Sin embargo, duda. ¿Qué pie debería subir primero? ¿El izquierdo? ¿El derecho? Una duda terrible. De su decisión pueden cambiar muchas cosas. Hasta el mundo. La madre sostiene la escalera. La asegura con la fuerza de sus manos. De ello obedece el destino de Samuel. Pero los segundos se desgranan. Y los minutos. Una estrella gira en el cielo. Y arrastra a las demás. El cielo, todo, se retuerce. Hay silencio. La gente cena. Algunos ya duermen. Sobre todo los más pequeños. Mañana hay colegio. Deberán levantarse temprano. La pelota entre dos tejas. Que no cae, la dichosa. Es posible que la pierda. Pero es su pelota. La única que tiene. La quiere. La ama. Pero a su madre también la quiere, piensa. Mas, de otra manera. Más primitiva. Más ideal. Es un amor indefinible. Tántrico. Piensa en su padre. Al que también ama. Aunque de otra forma. Hay muchos amores, se dice. Su padre le sirve de modelo. Intenta imitarle. Se le figura el espejo de la niñez. El padre está abajo. Sentado. Cena. Y ve la tele. Luego recoge lo suyo. Se vuelve a la salita. Y lee. Se acuerda de Samuel. Y de su esposa. Los dos tardan. Algo debe ocurrir. Deja el librito sobre la mesa. Con el piquito de una hoja doblado. Piensa dar una voz para llamarles. Pero decide subir. Es mejor. Así se despejará un poco. Arriba se encuentra con ella. Y con él subido a la escalera. El padre observa la escena. Es extraña. Luego, al mirar al tejado, comprende. Y sonríe. Los esposos se miran en silencio. Hablan sin palabras. El padre se apoya en la baranda. Y mira hacia el oeste. Al cielo rocoso y negro. Luego busca a Orión. Allí está. Con su cinturón ladeado. Y sus cuatro esquinas, que brillan. ¡Cuánta inmensidad! Los dos esperan a Samuel. A que sea el niño quien decida. Sólo una decisión. Pero fundamental. Es importante la espera. Radical en sus vidas. Los esposos se abrazan. Hace frío. La noche con su vahído. La embriaguez de sus vidas. Samuel debe, deberá crecer. Madurar. Vencer. Hacerse hombre. La pelota es ahora la que manda. Desde arriba le llama. Desnuda. Sobria. Aterida. Le sigue llamando. Sólo con su forma. Con su presencia. Solamente le basta con ser. Samuel, sin embargo, quedó quieto. Asustado. Tal vez convertido en piedra. O en sal. O en granito. Duros sus huesos. Sus músculos, tensos. Samuel respira. Piensa en sus padres. Los dos allá abajo, esperando. Los ama con pasión. Sin ellos, ¡qué haría! Samuel tiembla. Su cuerpecito se estremece. ¡Si tuviese el abrigo! ¡Su abrigo! De vez en cuando eleva los ojos. Clava en la pelota su mirada. ¡Qué lejos! Le gustaría tener elásticos sus brazos. Y alargarlos. Pero esa idea sólo es un sueño de niño. O de adulto. Que nadie sabe. El misterio le envuelve. Orión le mira desde la distancia. Betelgeuse alumbra la escena. Tenue. Frágil. Está demasiado lejos. A mil millones de pensamientos de distancia. Un cuadro familiar. En la tesitura. Dentro de poco el cuadro irá cambiando. El frío viste a los esposos. Se abrazan con más fuerza. El chico nota un hilillo de vergüenza. Sabe que es cobarde. Y sabe que sus padres lo saben. Quisiera cambiar. Pero él es como es. Un niño. Abierto al mundo. Al azar. Al destino. Cruje el cielo. La negrura se ha juntado. Forma copitos negros que atemorizan. Los copos envejecen muy rápido. Se vuelven canos. Albinos. Blancos hasta el resplandor. Y duros. Y fríos. Los copos pesan. El cielo ya no los quiere. Y los deja abandonados en el aire. Entonces comienzan a caer. Van volando muelles sobre el amor del vacío. Caen desmayados. Como plumas vaporosas. Las tejas del techo los reciben. Y la gente de la calle cierra sus abrigos. Y se cubren las cabezas. Nieva. Es hermosa la escena. Los tres continúan en la azotea. El gordo lleva una hora dormido. Caliente. Entre las sábanas. Tal vez esté soñando con la pelota. Y la vea subir al cielo, altísimo. Samuel maldice al amigo. Otro día no jugarán a la pelota. Los padres no claudican. Deberá ser él mismo el que tome la decisión. Su hijo maduro. Hecho ya un hombrecito. El esposo ama a su hijo. Daría la vida por él. Está seguro de ello. Siempre lo estuvo. La madre siente lo mismo. Y con más fuerza, aún, si cabe. No es asunto para discutir. En su actitud mayéutica los padres no hacen preguntas. Mas, esperan que la verdad de su hijo aparezca. Debe hacerlo. Es necesario. De ese surgimiento depende, repito, un destino. Toda una vida. Samuel es aún un niño. Débil. Tierno. Indeciso. ¡Pero tan perfeccionista! No sube al segundo peldaño. Tampoco baja hasta el suelo. Poner sus pies en el suelo sería una deshonra. Le marcaría de por vida. El peldaño que le sostiene se convierte en su morada. Las piernas derechas. Rectas. Tensas. Dolientes. Todo él resuena en el cóncavo misterio del Tiempo. Sus padres se miran. En los ojos de ambos brilla una idea. Una idea sencilla. Atroz. Última y clara. Los dos se acercan a Samuel. Abrazan las piernas del hijo. Sostienen su cuerpo tan lábil. Han decidido viajar con el hijo. Adonde él mismo decida. No importa el precio. Ellos ya han vivido lo suyo. La nieve cae lenta sobre los tres. Sus cabezas blanquean. Y sus hombros. Y sus brazos. Los tres cuerpos envueltos. Níveos. Tres cuerpos que resplandecen en lo negro. Tres cuerpos que arden. El mundo sigue rodando. Las ratas comen. Roen. Amamantan. Los gusanos inventan curvas infinitas. Y la nieve continúa lloviendo sobre la circunstancia. Una pelota en lo alto. Lejana. Sola. Inalcanzable. Los tres abajo. Agarrados. Formando un ovillo de amor. Las tres figuras se tornan claras, blancas. Como de sal. Como de azúcar. El amor es blanco, tal vez. O rosa. O de color miel. Nadie lo sabe. Hace ya mucho que el amor fue. Sólo en esta casa resiste. Y esta noche el amor no duerme. Ha decidido abrigarlos. Hacerlos suyo. Una masa blancuzca en el suelo. Enhiesta. Firme. Inconcusa. Un dolor, un deseo, un ansia, una frenética necesidad de abandonar la escritura. De descansar. La nieve golpea con fuerza. El viento, despierto, se volvió loco. Violento. Engreído. Casi un energúmeno. Los tres corazones dejan lentos de palpitar. El silencio estalla. Nadie se ha dado cuenta. La inopia nos ciega. Cuando el tejado se apura no puede más. Y la nieve cae a golpes. Con nervio. Enfadada. Entonces toco la pelota con mis dedos. Y noto la dureza de su superficie. ¡Tanta, que la esfera pesa! Y entonces comienza un movimiento. Un temblor. Un diminuto terremoto. Levísimo. Sutilísimo. La esfera se ha movido. Nerviosa, comienza a rodar. La cuesta abajo le puede. La pendiente es cruda. Y resuelta. El suelo la llama desde abajo. Al fin llega al espacio. Y gravita. Alocada. Ufana. Tonta. Tan tonta como todas las pelotas.
Cayó, al fin. Sobre la masa amorfa y blanca. Sobre el inmaculado e inocente amor de una pequeña familia.
Les amants(1928). René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967).
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Vi en 2021, entre series y películas, 362 obras cinematográficas/televisivas. De ellas hice la complejísima tarea de una lista recomendable de doce (varias están en Netflix), con distintas temáticas, de distintos lados. Esto quedó. Ojalá te interese, lector, lectora.
El teléfono (2020), de Lee Chung-hyun, con Park Shin-hye, Jun Jong-seo y Kim Sung-ryoung. Película sucoreana donde dos mujeres, de tiempos y espacios distintos, interconectan sus destinos a partir de una llamada telefónica. El pasado y el presente se vuelven una y la misma peligrosa línea. Tiene una trama compleja, mucho suspenso y terror sicológico, y los actores seguramente ganaron, y se lo merecen, premios por su desempeño. Súper recomendable.
Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020), documental dirigido por Carlos Pérez Osorio. Marisela Escobedo, de Chihuahua, se vuelve investigadora, luchadora social y líder a partir de que su hija de 16 años, Rubí, es asesinada por su novio. Lo terrible de esta historia de crímenes, injusticias y complicidad evidente entre el narco y el gobierno mexicano es que no es ficción, sino realidad. Es una historia, cuyo dolor, coraje, valentía trasmina al espectador. Marisela fue asesinada el 16 de diciembre de 2010, por pedir justicia, en una plaza pública.
Nomadland (2020), de Chloé Zhao, quien ganó el Oscar como mejor directora (es la primera china que lo gana), con Frances McDormand, Gay DeForest y Patricia Grier. La historia, escrita por Zhao, se centra en una mujer que ha renunciado a la normalidad que supone una casa, una familia, un empleo estable, y encuentra en su periplo a muchos nómadas como ella. De gran introspección, esta peli también hace un duro apunte sobre la deshumanización a que hemos llegado.
Supongamos que Nueva York es una ciudad (2021), serie de siete programas de entrevistas a Fran Lebowitz, presentada por Martin Scorsese. Lebowitz es una escritora norteamericana, nacida en 1950, inteligente, divertida, que no se calla la boca ante ningún tema. Es simpático ver cómo Scorsese, normalmente serio, se desternilla de risa ante las respuestas de Fran. Con suficiente material de archivo para que podamos notar la evolución de esta mujer, “profundamente superficial”, como se define, Supongamos que Nueva York es una ciudad es una conversación imperdible.
Oasis (2002), de Chang-dong Lee, es otra película surcoreana, con Kyung-gu Sol, Moon So-Ri y Nae-sang Ahn, que cuenta la rarísima historia de amor entre un malandrín insoportable, con cierto retraso mental, y una muchacha con parálisis cerebral. Al margen de los vericuetos de la historia, del trabajo impecable de guion y dirección (de Chang-dong, quien dejó el cine y se volvió ministro de cultura en su país), es sorprendente el nivel de verosimilitud de los actores; su trabajo es de finísima filigrana y merece todos los reconocimientos. Ganaron ellos, el director y la peli, muchos premios.
Mi maestro el pulpo (2020) es un documental sudafricano, dirigido por Pippa Ehrlich y James Reed, que cuenta la historia del cineasta y buzo Craig Foster, quien para buscar una salida a su bloqueo creativo decide bucear en una bahía cercana a Ciudad del Cabo. A fuerza de entrar en el bosque de algas submarinas conoce a un pulpo hembra y va documentando su acercamiento hacia ella, su inteligencia para escapar de los tiburones, su capacidad de transformarse y de camuflarse. El documental tiene imágenes bellísimas y es también una lección de vida. Ganó el Oscar.
The Mauritanian (2021), de Kevin Macdonald, con Tahar Rahim, Jodie Foster y Benedict Cumberbatch. La comenté en Polvo del camino 66. Dije que la peli “desenmascara la brutalidad, la tortura, la ilegalidad de tener a Mohamedou Ould Slahi encarcelado en Guantánamo durante 14 años, sin que se le acusara de ningún crimen, durante las administraciones de Buch a Obama. La película es valiente, inteligente, bien hecha y abre diciendo que no está basada en la vida real, sino que es la vida real, y restriega el lodo en la cara del gobierno que pedía la sentencia de muerte para alguien sobre el que no tenía ninguna prueba incriminatoria”.
Una película de policías (2021), dirigida por el mexicano Alonso Ruizpalacios, escrita por David Gaitán y el director, con Mónica del Carmen, Raúl Briones y María Teresa Hernández Cañas, es un documental-ficción muy ingenioso y original, que tiene por lo menos tres capas evidenciadas: la primera es un falso documental (la falsedad es intencional) que nos muestra la vida difícil de dos policías: una mujer y un hombre que se vuelven parejas de profesión y marital; la segunda es el diario de los actores que encarnan a los policías, y la tercera la constituyen las dos personas reales que son los policías retratados. Es un documental sobre la policía mexicana, y al mismo tiempo una película de ficción, con una reflexión que vale la pena conocer.
Genio del mal (2018), serie documental, de cuatro capítulos, producida por Netflix, acerca de un atraco de banco en Pensilvania, que desencadena una muerte y la existencia de un extraño complot entre complejos criminales. Las imágenes son reales y comienzan con un hombre que con una bomba atada al cuello roba un banco. De allí en adelante se nos presenta una investigación policial, que duró muchos años, y que va desentrañado la terrible psicología de varios seres, en especial de una mujer, llenos de odio, de maldad. Ver el documental es conocer el sótano oscuro de algunos corazones, el descenso hacia nuestra animalidad más siniestra.
El discípulo (2021), es una película india de Chaitanya Tamhane, con Aditya Modak, Arun Dravid y Sumitra Bhave, que cuenta la historia de un joven obsesionado con la música clásica del norte de la India (indostánica), a partir de unas grabaciones que dejó una gurú ya fallecida. La película es contemplativa y su director no tiene ninguna prisa para contar los meandros de la trama; me parece una gran oportunidad para conocer las interpretaciones de estos artistas indios (qué hace que un intérprete sea bueno, qué es el arte) y la música hecha con algunos instrumentos y con la voz humana como elemento central. Está llena de cuidadosos detalles en la fotografía, las actuaciones, la puesta en escena. A mí me tuvo encandilado.
La serpiente (2021), miniserie de ocho capítulos dirigida por Tom Shankland y Hans Herbots, con Tahar Rahim (el gran actor de The Mauritanian), Jenna Coleman y Billy Howle, sobre las investigaciones del diplomático Herman Knippenberg, en Bangkok, en 1975, que logra detener al asesino serial Charles Sobhraj, quien a sus anchas mataba por envenenamiento y a golpes y a cuchilladas a quienes despojaba de sus documentos oficiales, su dinero, sus joyas. Es impresionante la indiferencia de las autoridades y las embajadas sobre el asunto. Herman Knippenberg está a punto de ser dejado por su esposa, de ser echado de su trabajo diplomático por dedicar tiempo, talento, esfuerzo e investigación para frenar la cacería, la matanza de este asesino terrible. Basada en la vida real.
Dave Chappelle. The Closer (2021), stand-up dirigido por Stan Lathan. Dave Chappelle (Washington D. C., 1973) es un cómico, actor, guionista y productor de cine y televisión. Comenzó a hacer stand-up a los catorce años. Es toda una leyenda en los Estados Unidos de América y en la comedia mundial. Es valiente e inteligentísimo. Su comedia aborda, sin tapujos, asuntos que los demás deciden darle la vuelta: el feminismo, la comunidad LGTIQ+, los negros, los blancos, la política, etcétera. Su cabeza ha sido pedida por muchos grupos, muchas veces, pero a mí me parece que una voz como la suya no debería callarse nunca. Su comedia no es cómoda. Yo me asumo como uno de sus fervientes admiradores.
***
[Comí a principios de año con mi querido amigo Sarelly Martínez. Platicamos de libros, entre otros temas, y me preguntó si andaba en búsqueda de alguno. “Tengo una listita”, le dije. “Mándamela”, me dijo. Lo hice y ya soy poseedor de 46 nuevos libros electrónicos que la generosidad de mi amigo Sarelly me regalaron. ¿Así o más afortunado?]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Pilar decidió viajar por la tarde noche a casa de Estrella, su mejor amiga de la universidad, tenía una invitación a pasar unos días en el campo. Era una de las cosas que le gustaba hacer, alejarse un poco de la ciudad, así que la propuesta le venía como anillo al dedo.
Dormitó un rato en el autobús, de pronto despertó y percibió que el camión se había detenido. Alcanzó a escuchar a unos pasajeros que iban en los primeros asientos, decían que había un derrumbe y demorarían unos minutos para continuar su camino.
¿Qué hacer mientras tanto? Pensó Pilar. Aprovechó para avanzar leyendo el libro La bailarina de Izu, de Yasunari Kawabata, lo había descargado en el celular. Leyó algunas páginas, la historia era interesante; luego volteó a ver la ventana, hizo pausa en la lectura. Le ganó la atención la vista al paisaje, había ausencia de luces de viviendas, el autobús estaba detenido en una parte alejada de ellas. De tal forma que las pocas luces que se lograban divisar a los lejos parecían cucayos, así se los imaginó Pilar. Los destellos de la luna, que parecía pronto estaría llena, eran los que iluminaban la noche. Observó las estrellas titilando, la vista era hermosa.
La mirada de Pilar siguió recorriendo el paisaje hasta donde su visión le permitía, de pronto, detuvo su atención en las líneas, las dos que dividían la carretera, las líneas paralelas. Comenzó a darse cuenta las veces que estas líneas se hacían presentes en lo que la rodeaba. Luego dio paso a las formas que alcanzaba a ver, las montañas cuyos bordes delimitados se lograban divisar aún a distancia, también asomaban unas nubes que decoraban el cielo y le daban un toque especial. Cada una tenía diferente trazo.
Por un instante le dieron ganas de bajar del camión y ver directamente ese paisaje. Toda la gente que iba de pasajera permanecía en sus asientos. Así que regresó de nuevo la vista a la ventana intentando hallar nuevas formas. Divisó las de rocas, sombras de árboles cercanos con sus ramas y comenzó a imaginar que eran una especie de personajes que abrazaban la noche. Esa noche el viento no silbaba, no lograba escucharlo, de ser así le habría dado un ambiente de suspenso y quizá le provocaría nervios, o tal vez lo disfrutaría. Sonrió mientras seguía atenta con la vista a la ventana.
El ruido de encendido del autobús le hizo volver la vista hacia al frente, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso de pie para verificar si había movimiento en los carros que iban adelante. En efecto, el viaje continuaba, la pausa había terminado por el momento. Se sentó y colocó de nuevo el cinturón de seguridad, dio una última mirada al paisaje de ese espacio. Se puso los audífonos, hizo su selección musical, un poco de jazz. Cerró los ojos mientras degustaba Feeling good de Nina Simone, al tiempo que pensaba líneas y formas, siempre presentes en nuestras vidas.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Como un saco de papas sonó el golpe. Brutal en su esencia. Difícil de comprender, allá en lo del Dioni, junto al Lanchas, pegado a mi derecha, bebiendo una jarra de cerveza, empinado. El Lanchas paró en seco. Luego me miró a los ojos. Lucía un bigote rubio, cerdoso, y la frente despejada hasta lo admisible.
―¿Has visto?
Había encrespado sus labios.
―Claro. Estoy en el mundo. ¿Acaso?
El saco de papas había reventado sobre la acera. Un hilo rojizo como de sierpe que escapa. Inundando. Se formó un charco informe alrededor de su cabeza. El resto… el resto, un cuerpo manso, quieto. Luego alguien añadió que había sido como si nada. Eso ni se nota, apuntaron desde el final de la barra.
―Total, la vida.
―Sí. ―Añadí, sin pensar más que en mis cosas.
La ventana rozaba mi brazo en el calor del Paraná. Enero y ya los cuarenta. Notándose los sudores sin querer. Atrevidos. Hacia abajo, por los rostros. El Dioni subió el volumen de una canción para el olvido. Nunca aprendí los nombres de esos estribillos tan tontos, elásticos, sobre las bocas ahítas de remordimientos. Todas las tardes en el sofoco aumentado. Faltaba, sin embargo, el Denso. Le llamábamos así y él ni se inmutaba. Alcanzó la silla junto al Lanchas. Pidió una ronda. Él pagaba. Estaba hecho un bravo.
―El tío va de blanco. A quién se le ocurre. El color de la muerte.
Se envalentonó. Hoy era su tarde, sin duda. El Denso abrió sus labios y tragó como un cerdo. Yo nunca le caí bien. Él a mí menos. Pero así es esto.
―La muerte no entiende de tonos―dije para enronquecer la amistad de esa tarde.
Por el filo de la otra acera fue. A unos diez metros, creo. Yo había, además, notado el crujido de los huesos cuando se quebraron. Un piso, dos, tres, quizás. Una buena altura. Para no contarlo. El Lanchas nos vio apurados y con gesto resuelto pidió lo de siempre. Habían pasado unos minutos. La sangre desde el otro lado, desde nuestro lado, apenas huele. Diría casi nada. Sólo el color ahuyentando los malos sentires de los hombres del Paraná.
Bebimos a la salud del muerto. Reímos. Yo, por acompañar. Luego, una tristeza en mi rostro me empujó hacia el suelo. ¿Qué habría sucedido en la mente de ese desdichado? El Denso se retiró como diez centímetros de la mesa. Le faltaba el aire a sus ciento cincuenta kilos. La barbilla temblona ondulaba a cada trago. Fijé la vista en la otra acera. La de las tiendas, porque en ésta sólo hay antros sofocantes, calurosos hasta la rabia. Al menos el Dioni había colocado las aspas en el techo. Una deferencia. Y todos, o casi, íbamos por ese detalle. Que lo demás… pues eso.
Levanté como pude las piernas encharcadas. Un cuerpo hermoso, el de él. A mi lado. Arrugando con su piel el desierto nebuloso de la sábana. Aire quieto, aplastando los rostros. Ni las moscas se atrevían, las muy putas, a volar. Luego un beso de mis labios le despertó, allá en lo más profundo del sueño. Preparé dos mates. Cargados. Colados. Con una pizca. A Ernesto así le puede. Fui al baño. Todavía el sabor angustioso del güisqui en la garganta. Escupí medio estómago.
―Bien la tomaste, hermano.
Tuvo la costumbre. Desde entonces, de llamarme hermano. Como si nada. Me dejé llevar. Le quería así. Sin desmerecer. Bebía el mate concentrado. A pequeños sorbos. Rumiando los antiguos amores. Recorrí su cuerpo con la boca humedecida. Así le desperté. Cada día de manera distinta. Flores del Paraná. ¡Al carajo!
―¿Vos me querés?
La pregunta me llegó hondo.
―¿Todavía lo dudas?
Dije con otra pregunta.
―¿Sí, hasta cuándo?
A lo del Dioni nunca quiso. Por ellos. La gente. Que habla. Todos se fijan en todos. Somos tan pocos en estas tierras ardientes.
Seguí observando a través de las manchas. En la otra acera sobre el suelo. Algunos pararon, luego siguieron su andar. No pasaba nada. Total.
―¡Será desgraciado, el cerdo! ―dijo el cerdo del Denso.
―Eso nadie sabe. Le toca a quien le toca. No más ―añadió el Lanchas.
―Estás en lo cierto ―añadí bebiendo al compás del Lanchas.
Ya iban tres rondas. Tocaba de nuevo la rueda. Esta vez fui el adelantado. El Dioni me hizo un gesto con la cabeza. Entendía el hombre. Las jarras dolían los huesos, de frías. Pero había que tomarlas al instante. El dichoso enero, con sus humedades. Con sus calores de fuerza. Nadie por la calle. Salvo algún chiquillo parado y mirando el horror. Aún en mi cabeza el crujido del hueso. Había papas destrozadas. El charco prendió hasta el traje, sobre los hombros de un blanco brilloso.
Ya era tarde. Pero los domingos no hacemos nada. Pasamos las horas muertas muertos sobre las sábanas. Amándonos. Abandonados al otro. Miradas sobre los ojos acuosos del amigo que encontré en Rosario. Junto al río. Cosimos las almas. Desde entonces todo ocurrió. Hasta que un día dudó. Y a partir de entonces siempre lo mismo. La eterna pregunta. ¿Sí, hasta cuándo? Le respondí con la pasión propia de un hombre. No me cansaba el hacerlo. Pero un día, atravesado, le dije que ya estaba bien. Fue cuando se fue a lo del Chinche. La trajo a casa él solo. Me engañaron sus brazos. La subió y dijo. Haré una casa. Te dejo. Reí por lo absurdo.
Al día siguiente puso los papeles sobre la mesa. Todo arreglado, por lo justo, es decir, por lo legal. Así hacemos las cosas los porteños, ya sabes, dijo. Luego la gente comenzó con la chanza. Subió lentamente las filas. Despacio. Al terminar con una paraba, limpiaba la frente, bebía, subía la cabeza por unos pájaros que cantaban. Después continuaba.
―Eres raro, porteño.
―Dime, responde.
Quería la certeza en la frente. Lo que no puede existir. La vida, quién sabe. Ernesto no comprendió mi mudez, acaso la locura de mis arrebatos. La pared subió. Colocó detrás unos soportes, por la ley. Comenzó el segundo piso. Dejando en medio el hueco extraño. La gente apenas paraba. El calor. Mediados de enero. Treinta y cinco. No son pocos. Los animales seguían escondidos a las sombras de las piedras.
―Es el loco de la ventana. Vino desde la ribera. Hace tiempo. Vive solo. Es raro, el tío.
―Era ―corrigió el Lanchas. Y brindamos por eso. Yo, por acompañar.
De vez en cuando la observaba. Sentado bajo el cielo engañoso. Abanicándome. Allí la dejó, apoyada en una esquina, casi en derecho. También de blanco. Son más baratas. Pero la hechura no cambia.
―Estás loco, cariño ―dije atrayéndole cerca. Respiré el sudor de sus brazos. Sabía que eso lo volvía. Nos derrumbamos sobre la cama. A lo bestia. Como dos gatos luchando.
El pueblo miraba a lo alto. Trabajaba con el traje blanco. El de los días de guardar. Ya se sabe. Yo mismo se lo planchaba. Filaba y filaba las piedras. Paralelas, dejando un respiro entre ellas, por las dilataciones del Paraná. El hueco casi cerrado. Una viga de tabla le era bastante. Poco peso en lo alto. No más. La obra acabaría bien pronto. Los puntales se miraban entre ellos, como diciendo.
En lo del Dioni sonaba un tango lacrimoso. Brindamos también por eso. Yo, por acompañar. Las copas agrandaban los ojos. La acera surgió roja, bajando el color hasta el desagüe. Llovía el calor de lo alto. Gotas calientes. Necesarias. El traje se le había vuelto un asco. La cabeza doblada en un giro imposible. Miré al suelo. Tragué la poca saliva acervezada. Lloré hacia adentro.
―¿Vamos por otra? ―Apuntó el Denso. Seguía bravo el hombre desmesurado.
―¡¿Por mí…?! ―Roncó el Lanchas, con la voz tomada.
―Yo ya llegué―dije.
Pasó el chaval con las dos jarras prendidas, enganchadas en la curva de sus dedos. Bebieron. Brindaron por nada. Por estar vivos, acaso. Yo, por acompañar, alcé el codo. Rieron. Hizo gracia el gesto.
El último día levantó la ventana. La colocó entre sus dedos. A pulso. Escaleras abajo. Por la acera la gente se paraba. Miraba. Reían. Hasta doblar las cinturas y enderezar sus destinos. Subió la ventana con una soga engruda. Rasposa. Eso fue lo que me dijo alguien. Que jamás me ocupé de averiguarlo. La colocó y esperó toda la noche y todo un día allá en lo alto. Quería asegurarse. Protegerla.
Sonó el grito sordo de un saco de papas reventado sobre el suelo. Nadie lo quiso. Todos pensaron en la vida dichosa. En el Paraná que te aoja sin remedio.
Vino, dicen, desde Rosario ―mintió estúpidamente el Denso.
―Sí, de Rosario ―sumó el Lanchas.
Brindaron por eso. Esta vez yo también lo hice. Por acompañar. La última.
De nuevo otro domingo con las ventanas apagadas. El desierto de entonces era más desierto esta mañana. Los pantalones, la camisa, la chaqueta. Un mundo blanco de plancha para nada. La vida en el Paraná es toda. No permite que nadie cambie su rumbo. Ernesto fue conducido al tanatorio. Sobre la piedra desnuda, desnudo.
Brindo por eso. Por él.
Sin tener que acompañar, claro.
Rosario, Santa Fe, Argentina (2015?). Daniel Arteta (Maldonado-Uruguay, 1967).
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.