Cajón de rubores. 11. El amor inconcuso. Antonio Florido

Fisonomía 11 
El amor inconcuso

Por Antonio Florido

       


Samuel tiene nueve años. Está jugando. Pasando su tarde con el amigo. El otro es rubio. Y pecoso. Y gordo. Y estúpido. Y arrogante. No todos los gordos son simpáticos. Él no lo es. Y nunca lo será…
         La tarde se ha desmayado sobre las espaldas de los niños. El frío avanza. Samuel arroja la pelota hacia el amigo. Pero cae al suelo. El amigo es torpe de movimientos. Y como lo sabe se enerva. Prefiere jugar a las chapas. Sentados. Así jadea menos. Por las carnes, que le tiemblan. El gordo se mira al espejo. Luego su madre le lava la cara. Con la manopla. Tarda un tiempo. Sus pecas se alejan unas de otras. Y brillan. Parecen rosadas estrellitas en el cielo. La pelota la toma el gordo y la devuelve. Samuel la atrapa al instante. Muchas veces repiten el inútil juego de lanzar y recoger. Samuel lo hace con desgana. Pero no quiere herir a su amigo. Es su único amigo. Ahora le toca de nuevo al gordo. No controla bien el impulso. La pelota sube al cielo. Huye. Se aleja. Se convierte en un punto diminuto. Como un planeta encendido. Al volver no llega al suelo. Quedó en el tejado. Entre dos tejas. Apretada. Sufriendo. Samuel mira al amigo con odio. Con el odio que sólo conocen los niños. El gordo agacha la cabeza. No se despide. Se va. Samuel queda solo. Y triste. Y aburrido. Ahora está sin su pelota. Mira hacia el tejado. Está lejos. O él es aún demasiado pequeño. Como un gusano. O una rata. Piensa en su madre. Y en su padre. Alguno de los dos deberá ayudarle. Pero, quién. Es difícil decidirlo. Su madre estaría dispuesta. Su padre tal vez pusiese mala cara. Un gesto huraño. Al fin se acerca a la baranda. ¡Madre!, llama. Mamá sube deprisa. Al oír el grito se puso en lo peor. ¡Estos niños! Samuel señala con el dedo. La pelota se ha dormido. Ya está cansada de esperar. La madre comprende. Y por dentro sonríe. Hace falta una escalera, dice. Voy a por ella. Samuel se queda solo. Otra vez. El frío avisa. Se le cuela por el cuello. Y llega a su espalda. Se encoge. El tiempo tarda. Casi se detiene. El tiempo es una masa de plastilina. Ahora Samuel se acuerda de su abrigo. Pero lo tiene colgado en su cuarto. Mejor no bajar. Algún pajarillo aventurero podría picotear su pelota. Oye un suspiro, de lejos. Se asoma y ve a su madre. Carga con la escalera. Al ser de hierro, pesa. Al fin llega. El último escalón se comportó como un viejito. Dulce. Tierno. Acolchado. Silencioso. La escalera apoyada sobre la pared. Si tuviese valor subiría. Y su madre quedaría abajo. Muy abajo. Debería ser valiente. Debe ser valiente. Seguro que lo hará. Su madre le pregunta, insegura. Samuel responde con aplomo. No tiene miedo. Ya es casi un hombre. La escalera se agarra a la pared como una sabandija. No quiere volcarse. Se rompería. Y Samuel la coloca como puede. Disimulando, porque le pesa demasiado. Su madre como espectadora. Samuel sube el primer peldaño. Ahora, sin embargo, tiene un problema. El mismo problema de todos los perfeccionistas. Él salió en esto a su padre. Uno de los pies lo ha colocado torcido. Habrá que enderezarlo. Pero si lo intenta puede venir el desequilibrio. Y teme. Y siente más frío que antes. Ha asomado la primera estrella. El filo del horizonte arde, aún. Es hermoso. Su cuerpecito está quieto. Y su madre no respira. Le conoce. Samuel, inténtalo, le dice. Su madre es joven todavía. Samuel es ella. Y ella Samuel. Los dos en uno. El pie derecho tiembla. Busca la derechura. El paralelismo con el pie izquierdo. Sus dedos curvan los lados de la escalera. Abiertos por igual. Formando el mismo espacio entre ellos. ¡La perfección! Han salido otras estrellitas en lo oscuro. Ahora están todas juntas. Un árbol de navidad. Encendido. La mamá le apremia. Y se abrocha el abrigo al cuello. Su hijo no está tan abrigado. Pero la pelota aún en lo alto. Sola. Desconsolada. Triste. Samuel continúa temblando. De miedo. De impotencia. Y de frío. Pero no baja del peldaño. Es tozudo. El gordo estará cenando, piensa. Junto a sus padres. En el calor. Sólo los cobardes no atrapan pelotas embarcadas. Él lo hará. El tiempo pasa. No se detiene. Lo siente en las palpitaciones de su corazón. Persiste en su esfuerzo. Intenta escalar al siguiente peldaño. Sin embargo, duda. ¿Qué pie debería subir primero? ¿El izquierdo? ¿El derecho? Una duda terrible. De su decisión pueden cambiar muchas cosas. Hasta el mundo. La madre sostiene la escalera. La asegura con la fuerza de sus manos. De ello obedece el destino de Samuel. Pero los segundos se desgranan. Y los minutos. Una estrella gira en el cielo. Y arrastra a las demás. El cielo, todo, se retuerce. Hay silencio. La gente cena. Algunos ya duermen. Sobre todo los más pequeños. Mañana hay colegio. Deberán levantarse temprano. La pelota entre dos tejas. Que no cae, la dichosa. Es posible que la pierda. Pero es su pelota. La única que tiene. La quiere. La ama. Pero a su madre también la quiere, piensa. Mas, de otra manera. Más primitiva. Más ideal. Es un amor indefinible. Tántrico. Piensa en su padre. Al que también ama. Aunque de otra forma. Hay muchos amores, se dice. Su padre le sirve de modelo. Intenta imitarle. Se le figura el espejo de la niñez. El padre está abajo. Sentado. Cena. Y ve la tele. Luego recoge lo suyo. Se vuelve a la salita. Y lee. Se acuerda de Samuel. Y de su esposa. Los dos tardan. Algo debe ocurrir. Deja el librito sobre la mesa. Con el piquito de una hoja doblado. Piensa dar una voz para llamarles. Pero decide subir. Es mejor. Así se despejará un poco. Arriba se encuentra con ella. Y con él subido a la escalera. El padre observa la escena. Es extraña. Luego, al mirar al tejado, comprende. Y sonríe. Los esposos se miran en silencio. Hablan sin palabras. El padre se apoya en la baranda. Y mira hacia el oeste. Al cielo rocoso y negro. Luego busca a Orión. Allí está. Con su cinturón ladeado. Y sus cuatro esquinas, que brillan. ¡Cuánta inmensidad! Los dos esperan a Samuel. A que sea el niño quien decida. Sólo una decisión. Pero fundamental. Es importante la espera. Radical en sus vidas. Los esposos se abrazan. Hace frío. La noche con su vahído. La embriaguez de sus vidas. Samuel debe, deberá crecer. Madurar. Vencer. Hacerse hombre. La pelota es ahora la que manda. Desde arriba le llama. Desnuda. Sobria. Aterida. Le sigue llamando. Sólo con su forma. Con su presencia. Solamente le basta con ser. Samuel, sin embargo, quedó quieto. Asustado. Tal vez convertido en piedra. O en sal. O en granito. Duros sus huesos. Sus músculos, tensos. Samuel respira. Piensa en sus padres. Los dos allá abajo, esperando. Los ama con pasión. Sin ellos, ¡qué haría! Samuel tiembla. Su cuerpecito se estremece. ¡Si tuviese el abrigo! ¡Su abrigo! De vez en cuando eleva los ojos. Clava en la pelota su mirada. ¡Qué lejos! Le gustaría tener elásticos sus brazos. Y alargarlos. Pero esa idea sólo es un sueño de niño. O de adulto. Que nadie sabe. El misterio le envuelve. Orión le mira desde la distancia. Betelgeuse alumbra la escena. Tenue. Frágil. Está demasiado lejos. A mil millones de pensamientos de distancia. Un cuadro familiar. En la tesitura. Dentro de poco el cuadro irá cambiando. El frío viste a los esposos. Se abrazan con más fuerza. El chico nota un hilillo de vergüenza. Sabe que es cobarde. Y sabe que sus padres lo saben. Quisiera cambiar. Pero él es como es. Un niño. Abierto al mundo. Al azar. Al destino. Cruje el cielo. La negrura se ha juntado. Forma copitos negros que atemorizan. Los copos envejecen muy rápido. Se vuelven canos. Albinos. Blancos hasta el resplandor. Y duros. Y fríos. Los copos pesan. El cielo ya no los quiere. Y los deja abandonados en el aire. Entonces comienzan a caer. Van volando muelles sobre el amor del vacío. Caen desmayados. Como plumas vaporosas. Las tejas del techo los reciben. Y la gente de la calle cierra sus abrigos. Y se cubren las cabezas. Nieva. Es hermosa la escena. Los tres continúan en la azotea. El gordo lleva una hora dormido. Caliente. Entre las sábanas. Tal vez esté soñando con la pelota. Y la vea subir al cielo, altísimo. Samuel maldice al amigo. Otro día no jugarán a la pelota. Los padres no claudican. Deberá ser él mismo el que tome la decisión. Su hijo maduro. Hecho ya un hombrecito. El esposo ama a su hijo. Daría la vida por él. Está seguro de ello. Siempre lo estuvo. La madre siente lo mismo. Y con más fuerza, aún, si cabe. No es asunto para discutir. En su actitud mayéutica los padres no hacen preguntas. Mas, esperan que la verdad de su hijo aparezca. Debe hacerlo. Es necesario. De ese surgimiento depende, repito, un destino. Toda una vida. Samuel es aún un niño. Débil. Tierno. Indeciso. ¡Pero tan perfeccionista! No sube al segundo peldaño. Tampoco baja hasta el suelo. Poner sus pies en el suelo sería una deshonra. Le marcaría de por vida. El peldaño que le sostiene se convierte en su morada. Las piernas derechas. Rectas. Tensas. Dolientes. Todo él resuena en el cóncavo misterio del Tiempo. Sus padres se miran. En los ojos de ambos brilla una idea. Una idea sencilla. Atroz. Última y clara. Los dos se acercan a Samuel. Abrazan las piernas del hijo. Sostienen su cuerpo tan lábil. Han decidido viajar con el hijo. Adonde él mismo decida. No importa el precio. Ellos ya han vivido lo suyo. La nieve cae lenta sobre los tres. Sus cabezas blanquean. Y sus hombros. Y sus brazos. Los tres cuerpos envueltos. Níveos. Tres cuerpos que resplandecen en lo negro. Tres cuerpos que arden. El mundo sigue rodando. Las ratas comen. Roen. Amamantan. Los gusanos inventan curvas infinitas. Y la nieve continúa lloviendo sobre la circunstancia. Una pelota en lo alto. Lejana. Sola. Inalcanzable. Los tres abajo. Agarrados. Formando un ovillo de amor. Las tres figuras se tornan claras, blancas. Como de sal. Como de azúcar. El amor es blanco, tal vez. O rosa. O de color miel. Nadie lo sabe. Hace ya mucho que el amor fue. Sólo en esta casa resiste. Y esta noche el amor no duerme. Ha decidido abrigarlos. Hacerlos suyo. Una masa blancuzca en el suelo. Enhiesta. Firme. Inconcusa. Un dolor, un deseo, un ansia, una frenética necesidad de abandonar la escritura. De descansar. La nieve golpea con fuerza. El viento, despierto, se volvió loco. Violento. Engreído. Casi un energúmeno. Los tres corazones dejan lentos de palpitar. El silencio estalla. Nadie se ha dado cuenta. La inopia nos ciega. Cuando el tejado se apura no puede más. Y la nieve cae a golpes. Con nervio. Enfadada. Entonces toco la pelota con mis dedos. Y noto la dureza de su superficie. ¡Tanta, que la esfera pesa! Y entonces comienza un movimiento. Un temblor. Un diminuto terremoto. Levísimo. Sutilísimo. La esfera se ha movido. Nerviosa, comienza a rodar. La cuesta abajo le puede. La pendiente es cruda. Y resuelta. El suelo la llama desde abajo. Al fin llega al espacio. Y gravita. Alocada. Ufana. Tonta. Tan tonta como todas las pelotas. 
          Cayó, al fin. Sobre la masa amorfa y blanca. Sobre el inmaculado e inocente amor de una pequeña familia.




Les amants (1928). René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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