Trabajo en alturas. 36. Carta desde la isla de los feacios. Roger Octavio Gómez

Carta desde la isla de los feacios
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Tal cantaba aquel ínclito aedo y Ulises, tomando en sus manos fornidas

la túnica grande y purpúrea, se la echó encima y tapó su bellos rostro.

Sentía gran rubor de llorar ante aquellos feacios…

Homero. La Odisea, Canto VIII-85.


Amada Penélope, 

Ayer rompí a llorar mientras escuchaba al aedo Demódoco entonar un canto a Ilión. Cuando llegó al episodio sobre el caballo no pude más y me quebré. No lo has de poder imaginar, tampoco lo hubiera esperado. (...)
         Recuerdo los días en que araba aquella tierra calurosa, cuando Argos salía a recibirme y el aroma de tu cuerpo me arrullaba por las noches. Extraño tanto el llanto de los bebés Telémaco y Telémaca, han de ser ya jóvenes hermosos. 
          No sé si la vasija en que colocaré esta carta llegue a tus manos. Esta hecha de un material precioso que en este lugar llaman vidrio o cristal y que es fabricado a partir de fundir la arena, me pareció mejor que otro que llaman PET. El vidrio es transparente como el agua pero con la dureza de una espada, me recuerda un poco al agua congelada que vi en el reino de Eolo y que acá guardan en cajas llamadas refrigeradores. Tantas cosas he visto en mis viajes, mas cambiaría todo aquello por tocar tu piel y un abrazo de los pequeños Odiseidas. 
          En este país la gente habla poco, más bien, hablan poco entre ellos; mejor dicho, hablan mucho, pero indirectamente. Se comunican por medio de unos aparatos en los que escriben o dejan —te va a sonar extraño—: mensajes de voz. Se mandan también imágenes de ellos mismos y registran casi cada evento, por nimio que sea, en sus aparatos a través de un único ojo que convierte la luz en una imagen que recibe varios nombres, el más común es fotografía. Estas gentes caminan con la cabeza hacia abajo y no es que vayan precisamente tristes, van viendo sus aparatos comunicadores. Los cíclopes no tienen su ojo en la frente como me los había imaginado, lo tienen en la mano.
          La comida no está en el campo ni en los bosques, porque acá no hay campo ni bosques, hay fábricas. Le llaman bosque a unos lugares raquíticos y estériles, con unos cuantos árboles enfermos. Se abastecen en lugares nombrados supermercados donde intercambian productos por papeles llamados dinero. Hay tanta comida que no es necesario guardarla para el invierno, hasta la tiran en buen estado y prefieren eso a regalarla. 
           Pensarás que nadie pasa hambre o penurias con tanta abundancia mas no es así, resulta que es muy difícil obtener el papel dinero y hasta hay quienes los arrebatan a otros amenazándolos de muerte, pero eso no está permitido y los guerreros, que se llaman policías, se encargan de mantener el orden y de prevenir que hayan ladrones de papel, aunque he visto a varios de ellos que en vez de proteger a los súbditos también los extorsionan. 
           El mercado de dinero está acaparado por unos pocos quienes pusieron reglas para cederlo: Para tener recursos y poder intercambiarlo en los almacenes la gente se alquila como esclavos. Así es, ellos mismos se venden a los esclavistas, ni siquiera es necesario que salgan a cazarlos, llegan solos. 

Es tan solitaria la vida en esta isla. Aunque vayas entre la muchedumbre, cada cual va en una burbuja cuyas paredes no se ven. En las orejas se ponen unos chícharos con los que se aíslan. Si le dices a alguien: “buenos días” o “qué tal el clima”, “hola”, no contestan, se alejan a prisa, murmuran incoherencias o te dan alguna moneda de baja denominación.
           Por eso ayer que escuché a un aedo cantar sobre la guerra no pude contenerme, porque aquí no abundan los poetas ya que fueron cambiados por unos seres que aparecen en otros aparatos llamados monitores aunque escuché que también les decían televisión. Escuchar un canto culto sobre la guerra donde murió mi amigo Aquiles es algo extraño. 
           Llorar en público también es raro, tanto, que te atrapan y te llevan a un lugar que luego identifiqué como un palacio de lotófagos, donde comen el loto en cápsulas y pequeñas grageas que se llaman pastillas en las que encierran sueño, hambre, bálsamos, fuerza, lo que sea. Yo no quiero tomarlas porque sabes lo que el loto hace. 
           Para pasar desapercibido sequé mis lágrimas, fingí un catarro, agaché la cabeza y caminé sin rumbo, al ritmo de estos cíclopes cabizbajos. Así fue como encontré en el suelo la urna esa que llaman botella de cristal, papel y lápiz. Escribí escondido, puesto que el papel, ya te conté, vale oro, y lo metí en la vasija con la firme idea de arrojarlo al mar. 
           Tantas botellas flotaban en las aguas del Ponto. Al principio pensé los cíclopes querían mandar también cartas desesperadas a sus amores lejanos, luego noté que no, que son seres inmundos que gustan de crear basura y arrojarla lejos para conservar su hipócrita versión de un orden infame. Supe que no sería buena idea poner nuestra botella en el océano pues quizá se confundiría en la inmundicia. Con razón Poseidón está enojado, hay más botellas que peces en la mar.

¿Sabes, Penélope?, la luna que se ve desde aquí es la misma que veíamos en Itaka. Me pondré a obsérvala hasta que se haga pequeña. ¿Recuerdas aquellas noches en que te dije que yo tenía el poder de hacer crecer la luna? Cuando veas que cambia de tamaño, piensa que soy yo mandándote un mensaje.
          Hallaré el camino y si no lo hubiere lo forjaré a fuerza de mi necedad. ¿Aún tienes la rueca aquella? Teje un edredón con tus cabellos porque quizá llegue cansado y querré dormir rendido en el aroma de tu pelo. Si por mucho tiempo no escuchas noticias sobre mis hazañas no es que no las haga, acá no saben que soy Odiseo. Estos seres piensan que me llamo, Nadie. 
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Voces ensortijadas 154. El valor del autocuidado. María Gabriela López Suárez

El valor del autocuidado

Por Maria Gabriela López Suárez
Verónica estaba sola en casa, preparaba el desayuno en el penúltimo día del mes de diciembre. Mateo, su hijo de cuatro años, estaba en casa de sus abuelitos paternos. Para sentirse acompañada prendió la radio. Escogió una estación al azar. Lo dejó en un programa donde anunciaron que la entrevistada hablaría sobre lo que debería tenerse en cuenta en los proyectos personales para el nuevo año. Le pareció un tema interesante.

Mientras cocinaba nopales con huevos revueltos, escuchó con atención sobre la importancia del autocuidado. Era algo que a ella normalmente se le olvidaba. Observó su mano izquierda, ahora podía mover con agilidad su muñeca, se le vino a la mente lo frágil que puede ser perder la salud en el momento menos esperado y lo valioso de contar con una asistencia médica de calidad profesional y humana.

Tenía pocos meses de haberse lastimado la muñeca de la mano izquierda. No le había dado importancia pero ya sentía muchas molestias. Recordó que le recomendaron a un traumatólogo, le dieron muy buenas referencias. Desde la primera consulta le inspiró confianza no solo por observar los  diversos títulos colgados en las paredes del consultorio, sino por el  trato amable, de escucha y resolución de sus dudas. Verónica tenía temor del diagnóstico que pudiera darle, después de los estudios que le mandó a hacer el médico, se confirmó que necesitaba una cirugía. Aún con los nervios y el miedo que le ocasionaba la operación, tomó la decisión de ser operada. La cirugía tuvo buen resultado. La recuperación estuvo respaldada por el acompañamiento médico, el apapacho familiar y la prescripción de las terapias para rehabilitarse.

Todo el proceso que había vivido en esa última temporada era sin duda de aprendizaje. En primer lugar, debía tener presente darse un tiempo para ella, escuchar su cuerpo y apapacharse. Su proceso de salud física había pasado por varias etapas, se sentía afortunada de haber llegado con el médico indicado para aportar a su mejora. Y sobre todo, reafirmaba que en todas las áreas profesionales, sobre todo en la médica, además de que las personas sean expertas en su campo de estudio deben tener en cuenta ser empáticas con quienes tratan. Cada paciente es diferente y merece ser tratado con respeto, algunas personas tienen más fortaleza, optimismo, otras son más nerviosas, impacientes, miedosas, tímidas o sociables. En fin, se sentía agradecida por la red que se había tejido a su alrededor y que habían abonado a su pronta recuperación, los cuidados de sus familiares, el afecto de las amistades, la paciencia y acompañamiento del fisioterapeuta en la rehabilitación.

Mientras seguía escuchando la entrevista, Verónica terminó de preparar una ensalada de "pico de gallo" y jugo de naranja para acompañar su desayuno. Se quedó con la reflexión que el valor del autocuidado era un propósito necesario no solo para el nuevo año sino para la vida, sin duda era uno de los mejores regalos que cada persona se podría hacer.
 
—Ahí aplica bien la frase, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —dijo para sí, al tiempo que degustaba lo bien que le había quedado su desayuno.

***

Aprovecho estas líneas para agradecer al público lector de las Voces ensortijadas por su acompañamiento en este 2022, por ser parte de cada línea, por sus comentarios y anécdotas con las que resuenan. Les deseo muy feliz y bendecido cierre de año. Asimismo, que el año 2023 ustedes y sus familias gocen de salud y plenitud para realizar sus proyectos. Un abrazo desde algún rincón de Chiapas, México.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 17. Memoria de chica. Ilse Ibarra Baumann

Memoria de chica

Por Ilse Ibarra Baumann

Una de mis amigas virtuales, a quien leo porque también le gusta la literatura, hizo un comentario corto sobre Annie Ernaux. Algo así como “hay que leerla”. Yo desconocía que ganó el Noble de literatura en el 2022, sin embargo anoté su nombre en mis notas del iPhone y al poco tiempo compré dos de sus obras en una librería. 
         Ya saben, cuando uno ve un racimo de libros del mismo autor, se pone a leer la contraportada para ver cuál le convence (debería leer primero el que se considera el mejor). Seguro que por ser mujer y por la nostalgia del pasado tomé este que ven aquí. 
          La obra de Ernaux es autobiográfica (supongo que todas lo son de alguna manera), y porque soy chismosa, y porque tiene el atrevimiento de exhibirse, para mí ya tiene palomita. 
La técnica de esta novela me gustó, habla en primera persona (un poco) y recalca el: Yo. Casi toda está escrita en tercera persona del singular: “Ella”. 
         Al escribir esta novela Ernaux ronda los setenta años, al rememorar su pasado, con el tiempo tan lejano (diacrónico), ya no se siente Yo (la vieja) y la aparta para ser Ella, la lejana (la joven). 
        A ratos la narrativa resulta rebuscada. Como perdida en laberintos existencialistas. 

“A aquella chica del invierno de 1959, la veo en una afirmación orgullosa de la voluntad, empeñada en perseguir fines que le van hundiendo poco a poco en la desgracia. Una especie de voluntad desdichada”. 

De hecho siente una influencia (a sus 19 años) por la obra de Sartre. Esta inspiración la lleva a tener arranques que quizás no hubiera tenido si no lo lee a temprana edad. 

“He empezado a hacer de mí un ser literario, alguien que vive las cosas como si un día debieran escribirse.”
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 153. Abstracción. Héctor Cortés Mandujano

Abstracción

Héctor Cortés Mandujano

     
El maravilloso librote Historia de la pintura. Guía esencial para conocer la historia del arte occidental (Libros del rincón, SEP, 2004), de Wendy Beckett, comienza con las primeras pinturas que se conocen en la humanidad, en el mundo antiguo, y luego estudia el arte paleocristiano, el medieval, el gótico y el renacimiento italiano, etcétera, pero camina, en cada página, como la pintura, “hacia la abstracción”, que es santo y seña del siglo XX y de nuestros días.
	Las últimas páginas son tomadas por el arte abstracto. Wassily Kandinsky (1866-1944), pintor alemán, miembro del grupo de expresionistas “El jinete azul” es quien (p. 353) “suele recibir la distinción de haber pintado en 1910 el primer cuadro ‘abstracto’ ”, es decir, un cuadro donde no puede definirse con claridad ninguna figura. El cuadro se llama Improvisación 31 (Batalla naval).
	Kandinsky fue (p. 354) “quien descubrió que la ‘necesidad interior’, que podía inspirar el arte verdadero por sí sola, le forzaba a dejar atrás la imagen representativa”. Adiós a lo figurativo, a las caras previsibles, a los cuerpos, a la figura que podía verse como centro unívoco del cuadro. En Acento en rosa (1926), Kandinsky hizo figuras geométricas (un rombo, tres cuadrados, varios círculos, con distintos colores) donde (p. 355) “el ‘rosa’ y el ‘acento’ son puramente visuales”.
	Están después Paul Klee y el suprematismo ruso, que llegó a la llamada “abstracción pura”, es decir, en ocasiones a sólo el color como centro del cuadro. Kasemir Malevish (1878-1935), de este grupo, dijo que (p. 359) “el objeto en sí mismo no tiene ningún significado”. Luego vino Mondrian, como ejemplo de la pura abstracción, y después los dadaístas. Los miembros de este grupo (p. 362) “fueron tan lejos en sus principios sobre el absurdo que escogieron el nombre del grupo -Dadá- buscando al azar en un diccionario alemán. La palabra sólo significa ‘caballito de madera’”.
	Giorgio de Chirico (1888-1974), pintor italiano dio origen (p. 361) “a lo que hoy llamamos pintura metafísica […], que también influyó en el arte surrealista”.
        Se llegó, pues, al surrealismo, que es trascender, como por arte del sueño, la realidad. Y aquí hay muchos nombres célebres: Miró, Magritte, Dalí…
	De allí en adelante, la imagen se perdió entre las muchas rayas, colores, sugerencias, que desembocaron en el llamado “expresionismo abstracto”, cuya cúspide, digamos, es la action painting de Pollock, quien ya no usaba ni pinceles ni paletas, sino que arrojaba la pintura sobre el lienzo. ¿Por qué? Él responde (p. 369): “La pintura tiene vida propia. Yo intento dejar que surja”.
	Me llamó la atención la vida de Arshile Gorky (1905-1948), pintor armenio, surrealista y abstracto, con una suerte terrible (p. 371): “En 1946 un incendio destruyó muchas de sus obras y le diagnosticaron un cáncer. En 1948 se rompió el cuello en un accidente de tráfico y su esposa le abandonó. Poco después se ahorcó”. Sólo falta que se haya ido al infierno. Como el arte figurativo.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

**Héctor Ventura Cruz – Pintor (1920-2010)

Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980, Héctor Ventura no sólo es el pintor más popular de Chiapas. Su obra representa la definición estética más puntual de la conjunción entre la naturaleza y el ser humano, producida en la época de la posguerra en Chiapas. (Fuente: Coneculta Chiapas)

Voces ensortijadas 153. Solsticio de invierno. María Gabriela López Suárez

Solsticio de invierno

Por Maria Gabriela López Suárez
Las tardes de invierno en mi querida Tuxtla Gutiérrez adquieren un toque especial cuando el clima se torna fresco, para quienes somos oriundos de este terruño es una sensación de clima frío que nos invita a sacar los suéteres, chales, bufandas para abrigarnos. Y si a ese clima fresco le agregamos una actividad para compartir la escritura en colectivo, es justo darnos la oportunidad de un grato apapacho para el corazón y para el alma. Eso fue para mí formar parte del Círculo de Escritura Femenina ‘13 lunas’, facilitado por Damaris Disner Lara.

Para quienes gustamos disfrutar deslizando la pluma, escribir es un acto que va más allá de plasmar letras, se convierte en una labor importante en la vida. Escribir pasa a formar parte de nuestro cotidiano y en un lenguaje a través del cual nos comunicamos a través del uso de palabras sencillas, coloquiales, en un afán de compartir sentires, pensamientos, anhelos, sueños, miedos, incertidumbres, alegrías, asombros y todo aquello que está resonando en nuestra vida.

El poder formar parte del Círculo de Escritura Femenina ‘13 lunas’ es una experiencia que quiero compartir brevemente con ustedes, el coincidir con mujeres  a quienes no tenía la oportunidad de conocer, más que a la facilitadora, ha significado una experiencia de vida con bellos aprendizajes. La guía de Damaris es una parte clave en el Círculo, así como también el que a través del dibujo y la escritura, como mujeres, resonemos en distintos temas que coinciden en diferentes etapas de nuestras vidas, desde la infancia, adolescencia hasta llegar a la edad adulta. 

La escritura y la escucha son elementos importantes en el Círculo, como lo son también el clima de confianza, empatía, respeto y sororidad ante cada texto que se comparte al leer. Si un nudo en la garganta atraviesa el sentir de quien lee, ese nudo puede dar paso a que fluya el llanto y sentirse cobijada entre quienes acompañan y escuchan. Escribir implica una labor valiosa, no solo para quien plasma los mensajes, que puede sanar a través de las líneas que va entretejiendo, sino también para quien escucha, resuena y se identifica con lo compartido. Escribir es un acto de valentía, de alzar la voz, de reconocer lo que una trae en su interior y dejarlo fluir en los textos, es una bella manera de sanar el alma y apapacharse.

Agradezco desde el corazón a Damaris y a cada una de las mujeres con las que coincidí, por el valor de sus mensajes, consejos, compartires y por hacer de esa noche de solsticio de invierno un bello regalo de fin de año en este 2022.

Aprovecho el espacio para desearles a ustedes y a sus familias muy feliz navidad y enviarles un abrazo con cariño.
Photo by Evie Shaffer on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 32. Crónicas 10. Antonio Florido

Crónicas (10)
Toribio en San Isidro
Por Antonio Florido

             TORIBIO EN SAN ISIDRO


                                                      

―El Tatio…
           Un símbolo.
           Las montañas forman una hilera misteriosa. La gente del valle las mira y de noche, al acostarse, piensa en ellas, en las roturas sangrantes de las rocas. También les cantan. Me acordé de la historia que va de boca en boca, como de pico en pico, sobre los viñedos sudorosos.
           Cada cresta es la confesión de una persona que quiso llegar a lo más alto en (de) su vida. Algunos lo consiguieron. Otros, humillados, quedaron a medio camino, solos. En una queja peñascosa, extraviados por la enorme anchura quebrada y negra. Negras, sí, como las alas del cuervo.
           Son personas o lo que cada una representó para el mundo. Seres como los rayos petrificados del sol sobre la tierra.
           Imagen en la que pienso constantemente.
           Ocurrió de un modo muy simple. Estábamos en el fundo, con Félix y muchos otros, en aquello de San Isidro.
           ―Háblame de ellas―dije, viajando muy lejos, hacia el horizonte. Quise decir sobre lo del Tatio.
           Toribio miró a lo largo de su vida, las montañas hablaron susurrando.
           ―Mario, lo que me pides no es poca cosa. Míralas. Míralas y calla. Solamente escucha el sonido de la brisa que va corriendo de cabo a cabo. Son ellas. Sus palabras blancas, como de nieve. Una vez quise subir hasta la más alta. Alquilé una recua de mulas, un arriero, gasté lo que nunca tuve por el empeño de trepar hasta lo alto…
           Mientras contaba la historia de sus montañas, Toribio sonreía con la inocencia de un niño viejo que siempre puede. A veces bajaba la cabeza, sostenía una clave de silencio, esperaba tragando y luego continuaba con la fantasía de la leyenda.
           ―Cada una de ellas es el ego de alguien que quiso más, pero mucho más. Dicen los viejos que otros viejos intentaron subir.  ¡El oro! ¡Allí estaba el oro! ¡Lo más valioso! Pero se equivocaban.  Lo más ansiado era la blanca sustancia de los altos picos. La leche de los Andes. Blanca y dulce. Una cuajada para toda la vida. También cantamos que en los días de niebla esos viejitos lloran y que sus lágrimas bajan hasta los valles. Allá quedaron sus esperanzas. Desde lo alto alzan las voces para que sus hijos no mueran. Los arrieros dejaron de trabajar. Vendieron las mulas. Por eso mi tierra es una tierra sin mulas ni arrieros. Nadie se atreve a subir. La leche de las montañas se fue corriendo desde el norte hasta el confín de la tierra. Dicen que allá abajo no hay tierra. Sólo una coagulada enorme donde los hombres más aguerridos se afanan en cargar sus barcos.     Aseguran también que por mucho afán en el trabajo esos barcos nunca se llenan.
          La leche se va derramando a sus espaldas. Luego sus mujeres sollozan en la noche. De buenas a primeras algo les anuncia que sus hombres desfallecieron en la crema baja de nuestra patria. 
Se fueron acercando algunos invitados. Toribio hablaba, enajenado, con su voz cantora y grave, de la hermosa leyenda de la cremallera que cierra la tierra entre los mares. Mi amigo fue abriendo sus brazos. Se levantó y creó una cadena de versos de su memoria. Eran lindos, como las sinfonías de ese abalorio, bello juego para los hombres que deciden vivir varias veces.
          Mientras cantaba permanecimos en silencio.
          Nos observaba el valle. Una abertura fosforescente en mil colores primaverales.
          Las palabras de Toribio despertaron. Alzó la voz. Giró varias veces. Le hablaba al viento con la emoción que el viento entiende.
          Los copihues florecidos de Temuco, los aromos lechos.
          De eso hablaba con su pelo nieve, mientras con sus brazos acariciaba el aire. Luego los volvía a separar para asir la vasta tierra con las viñas regadas por los llantos de esos rancios.  Entonaba para todos y para nadie.
           De lindas flores en los campos de Malleco.

           Viajó con la emoción en el tren de la cordura y susurró al viento.
           Valdivia, decía, Valdivia…
           Félix, Saldaña, José Antonio, Marambio, Alicia… 
           Cayó sobre nosotros un hermoso vuelo de mil aves rodando.
           Habían oído la canción de Toribio.
           Bajaron de la montaña y volaron, volaron. 
           Coihueco...
           Regalo de caricias…
           Pinos de Nahuelbuta…
           El grupo acompañó el estribillo con una acuosa tonadilla.
           Terminó con las hermosas bajuras de las islas.
           Chiloé
           el ribazo de la mar que golpea
           pescadores que madrugan mar adentro
           la nieve de la Patagonia
           su nieve.
           Se sentó. Quedó callado. Sólo pude distinguir el lamento triste de la cosecha.
           ―El Tatio. La respiración fatigosa de las cumbres. Significa el abuelo que llora. Fíjate, Tonio. Soy un Tatio. Si nos da tiempo subiremos. Está algo lejos. Un par de días. Tomamos un hotelito de pocas lucas. Hay un bus que nos lleva hasta la cumbre. Allí no hay nada. Pero te sientas y escuchas respirar a la montaña. Es hermoso, Tonio, muy hermoso.
         (Nostalghia. Enfermedad incurable. Recordar desde el camino. En otro tiempo. En otro espacio. Querer volver. Repetir el instante. Saborear. Tocar el horizonte. Conformarte con lo poquito que te ha sido dado. Sólo el fenómeno que te limita. El que te ancla. Como el intervalo de donde nadie huye. Huasos de compasión y sufrimiento. De eso tal vez se trate, de una simple comprensión. Yo escarbo. Viajo a lo profundo para entender por qué se sufre. Ellos comen, beben, charlan, ríen, doblan sus cuerpos bajo el tibio sol de esta primavera. Ellos son. Y sobre el banco mudo, mudo como un tronco muerto, pienso en que los días, el tiempo, pasa. En qué será cuando yo no esté. No sientas compasión por mí. ¡Quién la merece! Supe vivir a mi manera. Quise estar, ver, callar, ser el analista de los hombres y el testigo de sus miedos. Los hombres… Los hombres por los que siento com-pasión. Quizás haya nacido en otra época, una isla desierta me sirvió de cobijo.
           Andrei, responde. ¡Responde! ¡Di algo!
           Hoy se pierde todo.
           La ilusión traspasada por la prisa.
           El tiempo apretujado en una mano.
           Por ese todo, los brazos se nos caen.
           ¡Qué mediocridad!)

Los Andes
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 152. Santa Sabina: sin Rita no hay rito. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído, 12
Santa Sabina: sin Rita no hay rito

Héctor Cortés Mandujano

Como en algunas agrupaciones de los 80, la música de Santa Sabina fue una mezcla de géneros, pero con varias especificidades, con un distanciamiento del facilismo y la comercialidad, de las letras “románticas” o explícitamente sexuales y del rock-merengue o tropical tan caro a tantos. Sus caminos parecían querer apartarse de las vías ya demasiado holladas de lo que se conocía como Rock en tu idioma, que fue un monstruo polimorfo creado por las disqueras, y hablaron en cambio de mundos mágicos y personajes fantásticos (dioses de mar, vampiros, ángeles).
	El grupo nació en 1988, con una alineación también atípica, pues su vocalista, letrista e imagen central era una mujer, Rita Guerrero, con acompañamiento inicial de Alfonso Figueroa, Pablo Valero, Patricio Iglesias y Jacobo Leiberman, que luego fue cambiando casi en cada disco del grupo. Fue evidente, por eso, que la depuración del sonido y del concepto recayó principalmente en Rita.
	Sólo grabaron cinco discos. La muerte de Rita Guerrero, en 2011, a los 46 años, de cáncer de mama, puso fin a la agrupación, aunque después hayan participado en algunas tocadas más. Pero sin Rita no hay rito.
	En sus inicios, tardaron tocando antes de concretar su música en un álbum. Su primer disco, llamado simplemente Santa Sabina, en 1992, mostró sus cartas principales: Búsqueda literaria en las letras (Adriana Díaz Enciso, poeta, fue su letrista de cabecera; también Jordi Soler, poeta y narrador, se sumó en varios discos), sonidos oscuros, teatralidad en las presentaciones (Rita era también actriz de teatro), clara filiación al jazz y un amplio rango vocal que a veces fue el rasgo característico en varios temas, de distintos discos (“Mirrota”, “Chicles”, “¿Qué te pasó?”, “Nos queremos morir”, “Despertar a los muertos”, “Agua”, “Dix”, etcétera), que planteaban, por tramos o por completo, a partir sólo de sonidos vocales, sensaciones, emociones, ambientes.
	El álbum debut tuvo 13 cortes y “Azul casi morado” fue la punta de lanza. El sonido es fuerte, la letra no es obvia: “Puedo intuir, puedo oler, puedo pensar, pero saber jamás” que es lo que la gente tiene dentro. El video juega y muestra en germen lo que después se dijo mucho de Rita y Santa Sabina: lo gótico.
	“No me alcanza el tiempo”, de este disco, plantea el mismo asunto: no puedo conocer a los demás: “Quiero entenderte, pero no puedo entrar en ti” y “Vacío” vuelve a reformular la idea: “Estar solo o estar con todos da lo mismo”, aunque me parece que lo mejor de este disco no son sus letras (salvo “A la orilla del sol”, de Adriana Díaz Enciso), sino la claridad de su propuesta, un concepto que se irá puliendo con cada nuevo trabajo.
	El cambio del primer al segundo álbum se nota hasta en las portadas: el primero es una fotografía de dos manos femeninas, iluminadas por una luz azul, que sostienen una vieja agenda, y el segundo, Símbolos (1994), es un corazón metálico, con un fuego en la cúspide, enmarcado en la oscuridad, lo negro. Sólo el contorno ventricular tiene un filo de luz y apenas un resplandor lo demás. Santa Sabina se comienza a adentrar en la noche, se vuelve vampiro y hasta sus títulos muestran lo que no hay en muchas propuestas discográficas: un concepto temático: “Nos queremos morir”, “Miedo” “Una canción para Louis (vampiro)”, “Despertar a los muertos”...
	Babel (1996) es ya un disco completamente conceptual. Sólo un tema da vueltas en las canciones, la Biblia, y casi todas las letras son de Adriana Díaz Enciso: “La risa de Dios”, “El reino perdido”, “Lamento”, “Babel”, “El cielo”, “El ángel”… Me parece el mejor disco de todos, mi favorito.
	Mar adentro en la sangre (2000) agrega en la escritura de las letras, además de Adriana Díaz Enciso y Jordi Soler, los infaltables; y Rita Guerrero y Alejandro Otaola (ambos integrantes de Santa), una versión de Sueño con serpientes, de Silvio Rodríguez, y dos musicalizaciones logradísimas a poemas de Xavier Villaurrutia (1903-1950). Dejan disquera y emprenden el camino de la independencia. No es tan conceptual como Babel, pero no se han perdido en el camino…
	Espiral (2003) es también un disco producido y grabado sin disquera, de manera independiente, con su letrista de cabecera (Adriana Díaz Enciso). Después de este disco hicieron algunas presentaciones más, anunciaron su retiro y su disolución; luego se juntaron de nuevo, hasta que Rita enfermó y murió. 

“La garra” (Babel, 1996) tiene un subtítulo: “Lucy y Fer”. La canción es muy rica en composición y arreglo musical, suena de maravilla. La letra (de Adriana Díaz Enciso) es muy buena y tiene una doble intención: por un lado, los humanos vemos caer a Lucifer del cielo al mundo (de lo bueno a lo malo) y por el otro, el mal nos toca individualmente: “El dios de la oscuridad tiene una garra en mi pecho”. Somos ángeles caídos y eso nos condena: “Has perdido tu reflejo: te queda la soledad”.
	“Soledad” (Mar adentro de la sangre, 2000; el título del álbum se lo da un texto de Jordi Soler), poema de Xavier Villaurrutia, es un texto profundo, de alguien que tiene como única compañía un cuadro (“Soledad, soledad, ¡cómo me miras desde los ojos de la mujer de ese cuadro!”) que le hace a veces creer que no está solo; sin embargo, al final se da cuenta de que son sólo ilusiones: “Y cuando lloro –algunas veces lloro–, también sus ojos se humedecen, o será que los miro con los míos”.
	“Ecos de la piel” (Espiral, 2003) es una canción erótica (letra de Adriana), con melodía dulce, instrumentación justa, que Rita canta a veces en susurro, que busca y logra darle polifonía a ciertas palabras: “Quema el amor. Hondo el amor. Cubre mi piel. Abre mi piel. Arde el amor. Llama el amor”. 

Te comparto lector, lectora, algunas líneas de sus muchas canciones, varias escritas por Adriana Díaz Enciso, salvo las señaladas:
           “Luz del mar” (Símbolos, 1992): “Báñame de sol, señor del mar; calma en mí esta sed de fin. Hazme tuya, pez en tu boca, espuma en tu piel”.
          “Una canción para Louis (vampiro)” (Símbolos, 1994): “¿Cuál es la orilla de la vida humana? ¿Por qué se quiebra por la sed de sangre? ¿Quién me ha ordenado gobernar la noche con esta eternidad a cuestas?”.
          “Vete leve” (Símbolos, 1994, letra de Rita y Adriana): “¿Dónde está tu corazón maltrecho? ¿Lo has buscado en tu centro? Tú no entiendes para qué estás vivo. Cuando gritas te crees un dios”. 
          “Lamento” (Babel, 1996): “Tú me hiciste creer en el amor. Tocaste mi cuerpo con tus manos para arrancarme el corazón”.
          “Babel” (del disco homónimo, 1996, está dirigida, parece, a la divinidad, a Dios; letra de Rita y Alejandro Ataola): “Y mientras te busco pierdo la esperanza. Cuando creo que te voy a tocar me alejo más de ti”.
          “Los peces del viento” (Babel, 1996, letra de Jordi Soler): “Sepultar la verdad, engañarnos diciendo que el agua es el mar, que el incendio es el fuego, que el amor escapó con los peces del viento”.
          “Los sueños” (Babel, 1996): “Dedos nerviosos, retorcidos, quieren la muerte en esta tierra, quieren el miedo en esta tierra, siembran un tiempo de asesinos”.
          “Canción” (Mar adentro de la sangre, 2000, letra de Xavier Villaurrutia): “¿Qué haré si está ella con el cuerpo cerca, con el alma lejos…?”.
           “Ojalá fuera tu voz” (Mar adentro de la sangre, 2000, letra de Rita Guerrero): “Respira el fantasma al pie de la cama, quisiera no oírlo: ojalá fuera tu voz”.
           “Plegaria” (Espiral, 2003): “El rostro que soy habla con mi voz, pero calla mi voz. Debiera gritar, ¿qué debo callar?”.

Mis dos discos favoritos: Babel (1996) y Mar adentro en la sangre (2000). 

Mis 10 canciones favoritas: “A la orilla del sol”, “Luz del mar”, “Despertar a los muertos”, “Lamento”, “Garras”, “Espejo”, “Soledad”, “Ojalá fuera tu voz”, “Mar adentro en la sangre” y “Ecos de la piel”

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz **




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Voces ensortijadas 152. Reencontrarse. María Gabriela López Suárez

Reencontrarse

Por Maria Gabriela López Suárez
La tarde invernal era fría, la temperatura había descendido, Úrsula se ajustó la chamarra y acomodó su bufanda. Por suerte había jalado la bufanda delgada color azul turquesa, una de sus favoritas. Salió de su oficina y decidió ir a tomar un chocolate con cardamomo, su bebida preferida cuando sentía mucho frío. Esa vez no convocó a Patricio, Olga y Mariela, sus amistades de toda la vida. Sintió la necesidad de ir sola a degustar el chocolate.

El café al que solía ir quedaba cerca de su espacio laboral, alrededor de seis cuadras de distancia. Comenzó a caminar y sintió lo helado del viento que le acariciaba el rostro, tenía las manos frías, buscó en su bolso el par de guantes y se los colocó. Las calles estaban un tanto solitarias, sin transeúntes ni coches. Las lámparas ya realizaban su labor de iluminar calles y banquetas. 

Úrsula fijó la atención en su sombra proyectada en la banqueta al ir caminando, su paso era tranquilo, seguro. Observó a su alrededor, detuvo la mirada en los techos de las viviendas, algunos estaban decorados con maceteras, otros más con enredaderas. El paisaje del cielo pintaba las tonalidades propias de la época invernal. Mientras seguía su trayecto el farol de una vivienda la hizo voltear, observó un letrero Galería Lumiere.

—¿En qué momento pusieron esta galería? No me había percatado. Un día de estos paso a ver qué exposición hay, seguro que habrá algo interesante —dijo para sí.

De pronto, como si un imán la atrajera hacia la galería, regresó unos pasos y decidió conocer el espacio. ¿Para qué esperar más? Se dijo y entró. Era un lugar pequeño, con iluminación en tono cálido que le daba un aire confortable. Sus muebles eran de madera, en barniz color natural. El letrero del tema de la exposición indicaba que eran estampillas postales de diversos países de Europa, América y África, de la segunda mitad del siglo XX. Sin dudarlo decidió ver la exposición. La curaduría era excelente y las estampillas estaban muy bien cuidadas. 

Al salir de la galería sintió una sensación muy agradable, tenía tiempo de no registrar ese sentir, el motivo era que se había tiempo para ella. Mientras se dirigía a la cafetería, pensó que no imaginó que esa tarde tendría oportunidad de conocer una galería, ver una exposición y además degustar su chocolate con cardamomo. Era una manera de reencontrarse, algo que le hacía falta. Llegó a la cafetería, saludó y ordenó su bebida, se animó a pedir una rebanada de  rosca de mantequilla. Su chocolate no tardó en llegar, le dio un sorbo y degustó el sabor.

—Mmm, delicioso, no en vano es mi bebida preferida y la rosca le hace buena combinación.

De fondo se escuchaba la canción "Vas a encontrarte", "Levántate y camina, porque en cualquier esquina, vas a encontrarte, vas a encontrarte..."
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota rimada. 19. A la elegida. Maclovio Fernández

A la elegida
Por Maclovio Fernández


El uso de un agüizote que molesta y que calumnia, pagado por otra persona, no solo es mal visto, sino que, finalmente, resulta contraproducente y exhibe mala leche y deseos de descarrilar un tren que está incrementando su velocidad.

A la elegida…
No le veo brillo en sus intervenciones, hasta su voz es de bajo nivel y su discurso dormilón. Así, esto será cuestión de que alguien señale el bulto para quitarle lo insulso retirándole los tacos, como única acción con que pueda destacar.

Atascada
Ya se medirá la opaca
con el otro que destaca
¿quién perderá así su chance
conforme la danza avance?

Para aquella dispareja
que usa vocera y oreja
pa’ enlodar a su rival
invirtiendo su final

remito aquí una conseja:
no insistas en la calumnia
resultado de tu infundía
porque te verás… perpleja.

Maclovio Fernández

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Librero del uroboro. 16. Una historia de amor y oscuridad. Ilse Ibarra Baumann

Una historia de amor y oscuridad

Por Ilse Ibarra Baumann

Estaba tranquila porque sabía que estaba esperándome en mi buró. Teníamos una relación algo así como el novio que viene a checar cada noche y con el que no quieres cortar porque lo amas. Hoy que ya lo terminé me siento triste. De hecho estoy muy triste. Era un libro de muchas páginas y desde la primera hoja hizo que le quisiera. Como si me hubiera regalado rosas rojas en el segundo renglón, y después leía un poco más y me daba rosas rosas y así. Iba dejando regalos o cumplidos o me daba a conocer sus situaciones vulnerables o me entristecías por sus aprehensiones o me ponía a indagar en el internet sobre los bundistas, los sionistas, los bújaros, los fedayines, sobre Ben Gurión, Menahem Begin... o me deslumbraba por sus conocimientos.

Cuando alguien te vuelve su confidente es porque ha encontrado en ti seguridad, quizás algo de sensatez y también de amistad. ¿Será que Amos Oz pensó que todo el que leyera este libro debía tener algo de eso? En esta obra, que para mí es lo mejor que le he leído, me abrió las puertas de su corazón. Me habló de sus padres, de sus abuelos, de sus tías, de sus vecinos, de los compañeros suyos y de sus padres, y de muchas personas más que se cruzaron en su camino. También habló de él, se sentía el vertedero de los temores o los anhelos de sus padres (como todos, supongo). En pocas palabra, hizo del lector su confidente de algo tan personal como los secretos de su vida y, además, ejemplificó el anhelo y la resignación de los judíos con que recibieron su tierra prometida.

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.