Trabajo en alturas. 36. Carta desde la isla de los feacios. Roger Octavio Gómez

Carta desde la isla de los feacios
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Tal cantaba aquel ínclito aedo y Ulises, tomando en sus manos fornidas

la túnica grande y purpúrea, se la echó encima y tapó su bellos rostro.

Sentía gran rubor de llorar ante aquellos feacios…

Homero. La Odisea, Canto VIII-85.


Amada Penélope, 

Ayer rompí a llorar mientras escuchaba al aedo Demódoco entonar un canto a Ilión. Cuando llegó al episodio sobre el caballo no pude más y me quebré. No lo has de poder imaginar, tampoco lo hubiera esperado. (...)
         Recuerdo los días en que araba aquella tierra calurosa, cuando Argos salía a recibirme y el aroma de tu cuerpo me arrullaba por las noches. Extraño tanto el llanto de los bebés Telémaco y Telémaca, han de ser ya jóvenes hermosos. 
          No sé si la vasija en que colocaré esta carta llegue a tus manos. Esta hecha de un material precioso que en este lugar llaman vidrio o cristal y que es fabricado a partir de fundir la arena, me pareció mejor que otro que llaman PET. El vidrio es transparente como el agua pero con la dureza de una espada, me recuerda un poco al agua congelada que vi en el reino de Eolo y que acá guardan en cajas llamadas refrigeradores. Tantas cosas he visto en mis viajes, mas cambiaría todo aquello por tocar tu piel y un abrazo de los pequeños Odiseidas. 
          En este país la gente habla poco, más bien, hablan poco entre ellos; mejor dicho, hablan mucho, pero indirectamente. Se comunican por medio de unos aparatos en los que escriben o dejan —te va a sonar extraño—: mensajes de voz. Se mandan también imágenes de ellos mismos y registran casi cada evento, por nimio que sea, en sus aparatos a través de un único ojo que convierte la luz en una imagen que recibe varios nombres, el más común es fotografía. Estas gentes caminan con la cabeza hacia abajo y no es que vayan precisamente tristes, van viendo sus aparatos comunicadores. Los cíclopes no tienen su ojo en la frente como me los había imaginado, lo tienen en la mano.
          La comida no está en el campo ni en los bosques, porque acá no hay campo ni bosques, hay fábricas. Le llaman bosque a unos lugares raquíticos y estériles, con unos cuantos árboles enfermos. Se abastecen en lugares nombrados supermercados donde intercambian productos por papeles llamados dinero. Hay tanta comida que no es necesario guardarla para el invierno, hasta la tiran en buen estado y prefieren eso a regalarla. 
           Pensarás que nadie pasa hambre o penurias con tanta abundancia mas no es así, resulta que es muy difícil obtener el papel dinero y hasta hay quienes los arrebatan a otros amenazándolos de muerte, pero eso no está permitido y los guerreros, que se llaman policías, se encargan de mantener el orden y de prevenir que hayan ladrones de papel, aunque he visto a varios de ellos que en vez de proteger a los súbditos también los extorsionan. 
           El mercado de dinero está acaparado por unos pocos quienes pusieron reglas para cederlo: Para tener recursos y poder intercambiarlo en los almacenes la gente se alquila como esclavos. Así es, ellos mismos se venden a los esclavistas, ni siquiera es necesario que salgan a cazarlos, llegan solos. 

Es tan solitaria la vida en esta isla. Aunque vayas entre la muchedumbre, cada cual va en una burbuja cuyas paredes no se ven. En las orejas se ponen unos chícharos con los que se aíslan. Si le dices a alguien: “buenos días” o “qué tal el clima”, “hola”, no contestan, se alejan a prisa, murmuran incoherencias o te dan alguna moneda de baja denominación.
           Por eso ayer que escuché a un aedo cantar sobre la guerra no pude contenerme, porque aquí no abundan los poetas ya que fueron cambiados por unos seres que aparecen en otros aparatos llamados monitores aunque escuché que también les decían televisión. Escuchar un canto culto sobre la guerra donde murió mi amigo Aquiles es algo extraño. 
           Llorar en público también es raro, tanto, que te atrapan y te llevan a un lugar que luego identifiqué como un palacio de lotófagos, donde comen el loto en cápsulas y pequeñas grageas que se llaman pastillas en las que encierran sueño, hambre, bálsamos, fuerza, lo que sea. Yo no quiero tomarlas porque sabes lo que el loto hace. 
           Para pasar desapercibido sequé mis lágrimas, fingí un catarro, agaché la cabeza y caminé sin rumbo, al ritmo de estos cíclopes cabizbajos. Así fue como encontré en el suelo la urna esa que llaman botella de cristal, papel y lápiz. Escribí escondido, puesto que el papel, ya te conté, vale oro, y lo metí en la vasija con la firme idea de arrojarlo al mar. 
           Tantas botellas flotaban en las aguas del Ponto. Al principio pensé los cíclopes querían mandar también cartas desesperadas a sus amores lejanos, luego noté que no, que son seres inmundos que gustan de crear basura y arrojarla lejos para conservar su hipócrita versión de un orden infame. Supe que no sería buena idea poner nuestra botella en el océano pues quizá se confundiría en la inmundicia. Con razón Poseidón está enojado, hay más botellas que peces en la mar.

¿Sabes, Penélope?, la luna que se ve desde aquí es la misma que veíamos en Itaka. Me pondré a obsérvala hasta que se haga pequeña. ¿Recuerdas aquellas noches en que te dije que yo tenía el poder de hacer crecer la luna? Cuando veas que cambia de tamaño, piensa que soy yo mandándote un mensaje.
          Hallaré el camino y si no lo hubiere lo forjaré a fuerza de mi necedad. ¿Aún tienes la rueca aquella? Teje un edredón con tus cabellos porque quizá llegue cansado y querré dormir rendido en el aroma de tu pelo. Si por mucho tiempo no escuchas noticias sobre mis hazañas no es que no las haga, acá no saben que soy Odiseo. Estos seres piensan que me llamo, Nadie. 
Photo by cottonbro studio on Pexels.com

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