Cajón de rubores. 33. Crónicas 11. Antonio Florido

Crónicas (11)
Diosa griega
Por Antonio Florido

                  
Lo que te pasó con el camarero, Nando, también lo viví con la novelita de Manuel, mi otro amigo. 
           Me la regaló en el Jaque Mate de su ciudad, en otro tiempo. Habíamos quedado como siempre, para hablar de todo y de nada.
          Trabajó con sutileza la dedicatoria indulgente para este pobre diletante de las ideas. Cincuenta páginas que me mostró entre un desencanto incomprensible y una ilusión de niño fácil entre las cejas. 
            Leí y manoseé el libro. Olí lo que no se podía. Lo ojeé con cierta prisa. Aunque luego la contuve con la esperanza de encontrar el preciso momento para leerla. 
            Manuel siempre llega antes de la hora. Desde lejos veo su silueta inclinada y la mano que le va y viene con pereza, el cigarrillo a medias, fumando. Habla entre líneas. Piensa como si estuviese atrapando los peces de las ideas y no se prodiga en elucubraciones arbitrarias. 
            A estas horas inciertas, Eduardo Dato va cargada de rumores. Un río carnoso convulsiona los sentidos. Gente loca y ausente. Caminan porque no saben hacer otra cosa. Huir de la desesperación se ha convertido en los capitalinos en una primera voluntad. La nostalgia de haber vivido ni la sienten. Tampoco se suelen refugiar en un adelanto de futuro, la esperanza de un motivo. 
           Se ha levantado.
           Palmeamos las espaldas con las huellas rotas de las manos. Una leve sonrisa se confunde y un hola, qué tal, aquí estoy, trabajando. 
            Pedimos. Me ofrece la cajetilla y tomo. Enciende educadamente, con su torso fino. Hay unos momentos deliciosos de silencio. Respiro hondo. Observo el continuo rostro de alguien que se cruza. Luego abundamos en lo mismo. Sé que vamos a tratar del tema recurrente, de cómo van las cosas, a qué te dedicas en estos días, de cuándo vuelves al México de tus amores. Manuel duda. Para en seco el ligero temblor de sus labios. Espera al pensamiento. Dice: «No sé, Tonio, pronto.» Abre la cartera abultada donde guarda sus tesoros. Coloca unos libros en la mesa. «Son de la antigua editorial, la que tuve, ya recuerdas».  Digo: «Sí». Miento para no quedar mal con mi amigo. Manuel edita, escribe libros de poemas y de historias singulares. Usa expresiones poéticas, lindas y ambiciosas. Dice que corrige y corrige. De la última me ofrece su séptima versión.  
           Me pregunta qué escribo, qué pienso. Apuro el primer café de la tarde y el segundo cigarrillo. Él se adelanta por otro. Me gana por la mano, este dichoso filántropo.
            Paramos la conversación.
            Seguimos ensimismados.
            Atraviesa silencioso un tiempito lleno de más peces.
            ―Iré a Chile, ya te dije. Quiero escribir una historia. Sobre aquello, recuerda, lo que sucedió por aquél entonces…
            Manuel asiente y apura también su enésima taza. 
            Me da la tontura de reír. Un pensamiento errático se me ha colado en la mollera.
           ―Tal vez aparezcas en mi historia.
           Manuel enciende otro cigarrillo con la colilla del anterior, sonríe con malicia.
           ―No hagas eso, Tonio, no merezco tanto.
           ―Háblame de los orígenes de Venus.
           ―Quieres belleza clásica.
           Manuel levantó el brazo, el camarero se acercó.
           ―Por favor, dos buenos vasos de Ideal Estético, con un poquito de Similitud y Sobriedad, al estilo Apolíneo.
           Nos miramos y reímos.
           Pedimos excusas…, que estábamos ya del mundo hasta las narices.
           El joven se arreboló y dio la vuelta confundido por la chanza. 
           La tarde fue volcando las sombras sobre unos rostros descombrados.
           Los edificios comerciales de Eduardo Dato eran tristes.
           ―No se cuida nada en este sitio, nada. 
           ―Pero la doxa es apostólica, no te quejes.
           ―No lo hago. Pero responde algo. ¡Anda!
           ―¿Elementos inquietantes y macabros? La diosa de la belleza; nacía de la espuma de la mar, que a su vez era el esperma de Urano…
          Dejé de echarle cuenta.
          Me bastaba el timbre desgarrado.
          Una voz elocuente que se ignora.
          Aquella tarde no hizo falta nada más. Quedamos serios, un poquito muertos. Encerrados en el hecho de saber de la conciencia.  Era todo. ¿Acaso?
           Me habló su librito de Antea. Era la segunda parte. Una historia breve, pura, coagulada con la densa materia de los anhelos. Sí, un amor imposible que se recuerda de por vida, siempre.
           Todos hemos tenido nuestra Antea, de cualquier forma, en algún lugar oscuro del alma, como la tierra que espera la llegada de los conquistadores, esa es Antea.
           Así está hecha.
           De esperanzas y quiebros.
           De respiraciones alteradas.
           De vidas pensadas para morir en el intento.
           Un sentir que no te inspiras. Buscar hasta debajo de las piedras, abrir el cerebro a dentelladas y salir al monte para gritar el horror de estar solo.
           De sentirte solo.
           De que nadie reconoce el rostro desencajado y la sombra baja que te va matando.

Diosa griega
Diosa griega
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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