Cajón de rubores. 32. Crónicas 10. Antonio Florido

Crónicas (10)
Toribio en San Isidro
Por Antonio Florido

             TORIBIO EN SAN ISIDRO


                                                      

―El Tatio…
           Un símbolo.
           Las montañas forman una hilera misteriosa. La gente del valle las mira y de noche, al acostarse, piensa en ellas, en las roturas sangrantes de las rocas. También les cantan. Me acordé de la historia que va de boca en boca, como de pico en pico, sobre los viñedos sudorosos.
           Cada cresta es la confesión de una persona que quiso llegar a lo más alto en (de) su vida. Algunos lo consiguieron. Otros, humillados, quedaron a medio camino, solos. En una queja peñascosa, extraviados por la enorme anchura quebrada y negra. Negras, sí, como las alas del cuervo.
           Son personas o lo que cada una representó para el mundo. Seres como los rayos petrificados del sol sobre la tierra.
           Imagen en la que pienso constantemente.
           Ocurrió de un modo muy simple. Estábamos en el fundo, con Félix y muchos otros, en aquello de San Isidro.
           ―Háblame de ellas―dije, viajando muy lejos, hacia el horizonte. Quise decir sobre lo del Tatio.
           Toribio miró a lo largo de su vida, las montañas hablaron susurrando.
           ―Mario, lo que me pides no es poca cosa. Míralas. Míralas y calla. Solamente escucha el sonido de la brisa que va corriendo de cabo a cabo. Son ellas. Sus palabras blancas, como de nieve. Una vez quise subir hasta la más alta. Alquilé una recua de mulas, un arriero, gasté lo que nunca tuve por el empeño de trepar hasta lo alto…
           Mientras contaba la historia de sus montañas, Toribio sonreía con la inocencia de un niño viejo que siempre puede. A veces bajaba la cabeza, sostenía una clave de silencio, esperaba tragando y luego continuaba con la fantasía de la leyenda.
           ―Cada una de ellas es el ego de alguien que quiso más, pero mucho más. Dicen los viejos que otros viejos intentaron subir.  ¡El oro! ¡Allí estaba el oro! ¡Lo más valioso! Pero se equivocaban.  Lo más ansiado era la blanca sustancia de los altos picos. La leche de los Andes. Blanca y dulce. Una cuajada para toda la vida. También cantamos que en los días de niebla esos viejitos lloran y que sus lágrimas bajan hasta los valles. Allá quedaron sus esperanzas. Desde lo alto alzan las voces para que sus hijos no mueran. Los arrieros dejaron de trabajar. Vendieron las mulas. Por eso mi tierra es una tierra sin mulas ni arrieros. Nadie se atreve a subir. La leche de las montañas se fue corriendo desde el norte hasta el confín de la tierra. Dicen que allá abajo no hay tierra. Sólo una coagulada enorme donde los hombres más aguerridos se afanan en cargar sus barcos.     Aseguran también que por mucho afán en el trabajo esos barcos nunca se llenan.
          La leche se va derramando a sus espaldas. Luego sus mujeres sollozan en la noche. De buenas a primeras algo les anuncia que sus hombres desfallecieron en la crema baja de nuestra patria. 
Se fueron acercando algunos invitados. Toribio hablaba, enajenado, con su voz cantora y grave, de la hermosa leyenda de la cremallera que cierra la tierra entre los mares. Mi amigo fue abriendo sus brazos. Se levantó y creó una cadena de versos de su memoria. Eran lindos, como las sinfonías de ese abalorio, bello juego para los hombres que deciden vivir varias veces.
          Mientras cantaba permanecimos en silencio.
          Nos observaba el valle. Una abertura fosforescente en mil colores primaverales.
          Las palabras de Toribio despertaron. Alzó la voz. Giró varias veces. Le hablaba al viento con la emoción que el viento entiende.
          Los copihues florecidos de Temuco, los aromos lechos.
          De eso hablaba con su pelo nieve, mientras con sus brazos acariciaba el aire. Luego los volvía a separar para asir la vasta tierra con las viñas regadas por los llantos de esos rancios.  Entonaba para todos y para nadie.
           De lindas flores en los campos de Malleco.

           Viajó con la emoción en el tren de la cordura y susurró al viento.
           Valdivia, decía, Valdivia…
           Félix, Saldaña, José Antonio, Marambio, Alicia… 
           Cayó sobre nosotros un hermoso vuelo de mil aves rodando.
           Habían oído la canción de Toribio.
           Bajaron de la montaña y volaron, volaron. 
           Coihueco...
           Regalo de caricias…
           Pinos de Nahuelbuta…
           El grupo acompañó el estribillo con una acuosa tonadilla.
           Terminó con las hermosas bajuras de las islas.
           Chiloé
           el ribazo de la mar que golpea
           pescadores que madrugan mar adentro
           la nieve de la Patagonia
           su nieve.
           Se sentó. Quedó callado. Sólo pude distinguir el lamento triste de la cosecha.
           ―El Tatio. La respiración fatigosa de las cumbres. Significa el abuelo que llora. Fíjate, Tonio. Soy un Tatio. Si nos da tiempo subiremos. Está algo lejos. Un par de días. Tomamos un hotelito de pocas lucas. Hay un bus que nos lleva hasta la cumbre. Allí no hay nada. Pero te sientas y escuchas respirar a la montaña. Es hermoso, Tonio, muy hermoso.
         (Nostalghia. Enfermedad incurable. Recordar desde el camino. En otro tiempo. En otro espacio. Querer volver. Repetir el instante. Saborear. Tocar el horizonte. Conformarte con lo poquito que te ha sido dado. Sólo el fenómeno que te limita. El que te ancla. Como el intervalo de donde nadie huye. Huasos de compasión y sufrimiento. De eso tal vez se trate, de una simple comprensión. Yo escarbo. Viajo a lo profundo para entender por qué se sufre. Ellos comen, beben, charlan, ríen, doblan sus cuerpos bajo el tibio sol de esta primavera. Ellos son. Y sobre el banco mudo, mudo como un tronco muerto, pienso en que los días, el tiempo, pasa. En qué será cuando yo no esté. No sientas compasión por mí. ¡Quién la merece! Supe vivir a mi manera. Quise estar, ver, callar, ser el analista de los hombres y el testigo de sus miedos. Los hombres… Los hombres por los que siento com-pasión. Quizás haya nacido en otra época, una isla desierta me sirvió de cobijo.
           Andrei, responde. ¡Responde! ¡Di algo!
           Hoy se pierde todo.
           La ilusión traspasada por la prisa.
           El tiempo apretujado en una mano.
           Por ese todo, los brazos se nos caen.
           ¡Qué mediocridad!)

Los Andes
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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