Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Cápsula de escape
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
Hace trecientos años que un encino
desde el filo más alto del alto acantilado
se mira en el cenote…
Efraín Batolomé en «Oración en la entraña quemada de un sabino»
Contaba con jocosidad mi padre que cuando él rondaba los 12 años llegó un señor que anunciaba el fin del mundo, “¡Arrepiéntanse hermanos!”, gritaba, y con tanto fervor planteó los pormenores del Apocalipsis que ese adolescente, quien después engendraría varios hijos, tomó aquello como pretexto para dejar la escuela. Luego vio que el mundo no se terminaba, aun así, ya encarrilado, agotó los recursos que mi precavido abuelo le había heredado en vida. El mundo siguió. Entonces mi padre quiso trabajar mas nunca aprendió cómo. Arrepentido de nada, compró un diccionario, se puso a leer y a escribir “poesías” que le sirvieron para conquistas amorosas y, gracias a eso, nací. Más tarde mi madre quemaría su producción literaria-rural y, once años después, lo abandonaría derrumbando su mundo y arrastrándome en el Armagedón del abandono doble, pues mi padre se sumió en la depresión.
Los que nacimos en el siglo pasado esperábamos el Año Dos Mil con expectativas de un cambio de era y con el temor de que se acabara el mundo. Fue tan torpe nuestra llegada al nuevo milenio que hasta nos decepcionamos de que el planeta permaneciera impávido ante nuestra pequeñez y delirios de grandeza. Sobrecalentado y con algunas especies extintas, cierto.
¿Para qué se escribe?, ¿cuál es el sentido?
El fin del mundo tan anunciado quizá llegue, es lógico y no se necesitan profetas para enterarnos. No será con los cambios de eras ni en fechas fatídicas. El sol tiene los años contados, no es infinito. El equilibrio de La Tierra es cada vez más desequilibrado. Pero no se requiere un fin de mundo para que nuestras palabras se borren: Qué sucedió con los poetas mayas que desaparecieron en alguna revuelta antigua, o los minoicos que fueron arrasados por maremotos en el apogeo de su cultura; la biblioteca de Alejandría que llegó a albergar casi un millón de libros y pereció en manos de conquistadores. Quién sabe qué otros saberes y fantasías se perdieron y de las que no tenemos ni la más remota idea de su paso por la vida. Tantas pinturas rupestres quedaron sepultadas en derrumbes. ¿Para qué escribir, entonces?
¿Para permanecer o buscar la inmortalidad? –Qué tontería–. ¿Por gusto o para ser famoso? ¿Para “ganarnos la vida”? ¡Patrañas!
Observaba a mis hijos jugar: Perrito de Plumas, un héroe de peluche del universo infantil de mis niños, estaba a punto de ser derrotado. Soldados de plástico lo rodeaban. Era su fin. Entonces con ayuda de un hombre-araña y de sus demiurgos infantiles, saltó a una cápsula de escape. Huyó de ahí dejando aturdidos a sus perseguidores, quienes perecieron por unos rayos pulverizadores… ¡Cápsulas de escape! Eso es. Escribir es crear cápsulas de escape. Leer, es escapar.
No es para permanecer, ni para vivir, es para escapar.
¿Por qué publicar? ¿Por qué en Editorial Tifón? Esto lo tengo claro: Porque soy muy afortunado y conocí a la gente de esta gran editorial que construye cápsulas de papel con la convicción con que juegan los niños. Constructores “puros”: puro gusto, pura alegría, mucha imaginación y sabiduría destilada. Si hubiera que escapar de este mundo les daría alojamiento en mi nave. Sería muy bueno seguir aprendiendo de ellos sobre el maravilloso mundo efímero que quizá no permanezca para siempre pero que mientras está, parece eterno.
En mi nave también metería un teléfono celular: por si mamá, preocupada, se decidiera a llamar al niño aquel que quedó allá esperando su regreso. Aunque casi estoy seguro que mamá no va a llamar…
“¡Arrepiéntanse, hermanos!” y lean, lean, huyan, escapen, o creen balsas, artilugios, y acompáñenos en la huida: Leer, es vivir para otros siempres.
Roger Octavio, diciembre de 2018
***
[Fragmento de un texto leído por el autor para la presentación del libro de cuentos Mamá no va a llamar, Tifón, 2018.]
Los jaguares han perdido el 50% de su área de actividad histórica
y se les sigue cazando.
No se busca que tengan de nuevo miles de kilómetros a su disposición:
Únicamente 30 paisajes prioritarios.
No se pide que les dejemos las selvas intactas,
por lo menos que no se acaben sus corredores,
sus unidades de conservación.
No se requiere ayuda para que se reproduzcan,
nada más que los humanos no invadan sus territorios más íntimos.
No se busca que los ayudemos a vivir.
Sólo que no los matemos.
[Con información del documento Jaguar 2030. Una hoja de ruta para la conservación en las Américas.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración de Alejandro Nudding**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo a muerto.» (Fuente: artelista)
Un esfuerzo sin prisas
Por Maria Gabriela López Suárez
Ningún libro vive la misma vida…
Horacio Vallejo
Diciembre ha llegado y el tic tac del reloj continúa incesante en su caminar, la vida va que vuela y en ese vuelo este año casi culmina. Sin duda que para mí el inicio de este mes ha quedado con un agradable sabor de boca, agradecimientos y bellos recuerdos. Justo el pasado 1 de diciembre, en el marco de las actividades del XXI Festival de Fotografía Tragameluz 2022 se presentó por segunda ocasión en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, el libro Voces Ensortijadas, Antología I. 2020-2021, de mi autoría, con el sello de la editorial Tifón. El espacio de presentación fue en Kinoki, Foro Cultural Independiente.
En esta ocasión tuve el honor y gusto que comentaran la obra Andrea Mendoza y Miguel de Jesús Hernández Paniagua, como moderador Alan Fuentes, a quienes agradezco profundamente compartir sus palabras y brindar su tiempo para esta presentación. Asimismo, a quienes hicieron espacio en su agenda para asistir y acompañarnos.
Vienen a mi memoria diversos instantes de la infancia en que solía copiar frases que me gustaban de algunos libros de texto y acompañarlas con dibujos, los libros han sido uno de mis grandes gustos desde que recuerdo. Asimismo, evoco la emoción que me han generado las presentaciones de libros. Ahora que tengo la oportunidad de poder compartir esta antología que no es un proyecto individual sino colectivo, me siento muy agradecida con la divinidad, con mi familia, con las amistades y con quienes he tenido la fortuna de coincidir en el caminar para ir tejiendo las redes que permiten ampliar los horizontes y cumpliendo proyectos.
Uno de los regalos más bellos con los que me quedo de las presentaciones de la antología I de Voces ensortijadas es cada mensaje que han compartido. El corazón siente bonito y agradece cuando escucho cómo las líneas que cada semana trazo pueden resonar en ustedes, público lector, cómo evocan recuerdos, experiencias, coincidencias, sentimientos, reflexiones, cómo los terruños cobran lugar y me permiten reafirmar la importancia de comunicar a través de las letras, de los relatos, de lo que acontece en lo común, en lo cotidiano.
La antología I de las Voces ensortijadas es resultado de un esfuerzo sin prisas, la autora de estas líneas espera que puedan conocer y disfrutar este trabajo, así como también poder seguir redactando historias, compartires y que ustedes puedan continuar acompañando esta travesía con su lectura. Gracias, gracias, gracias.
Video de la presentación de la antología «Voces ensortijadas» de María López Suárez, cortesía Rongo Rongo Chiapas.Photo by Mehmet Turgut Kirkgoz on Pexels.com
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Han perdido ya la pena
y están como pedigüeños
haciéndose más pequeños
en la vulgar repepena.
No hay dignidad ni vergüenza
buscando quedar a modo
la corrupción no es ofensa,
si les permite acomodo.
No es el único partido
que ha caído en este hecho
dándose golpes de pecho
para seguir sostenido.
Esta crítica es muy sana
en contra de los patronos
que muerden dinero y bonos
de la podrida manzana.
Maclovio Fernández
LISBOA
―Nando, lo que me cuentas es algo terrible. ¿Cómo puede ser Vasques el dueño de tu tiempo? ¿Un obstáculo, como confiesas amparado en la tragedia de tu existencia?
(Me has dicho tantas cosas, detalles de una vida sosegada, la calle donde vive tu alma y la otra, más arriba, en el interior de ese cuarto oscuro donde secuestras tu propia manera de comprender el Arte…
No. No puede ser. Sería una ocurrencia imposible.
Eres un ser desdoblado, eso me cuentas, Nando.
El trasiego de tus pasos por este miserable al que llamas Vasques, que podría ser cualquiera, por poner el caso en su sitio, digo. También hoy has fumado y has hablado conmigo como si estuvieses solo en el mundo. Lo único que te falta, querido comandante, permíteme, es que de vez en cuando decidas comprender al otro, al que se sienta frente a ti en este velador de restorán sempiterno. Un poquito vulgar, lo reconozco, donde hablamos de arreglar el mundo que nos tocó y de compendios filosóficos e intangibles.
Sólo pido una mirada de desprendimiento, detalle sumiso de un ser como tú, que vivió en mi futuro, al que creí entender que sería acaso yo mismo andando el tiempo.
Me acuerdo del Escribidor cuando repaso el fondo oscuro y algo apenado de tus ojos, bajo la mascota que no te quitas nunca. Anotas lo que fue y lo que tal vez llegará a ser algún día, para los que vengan, que de esas circunstancias ya te pasaste de largo.
También soy un siamés sin compañero, Nando).
―Lo del tal Vasques es una metáfora, ¿es que no lo entendiste?
(Hablas de cosas espantosas, de las imágenes que gasean por encima de nuestras mentes. Sobre el techo de arrebol, como de principios de siglo, flota una nube de saber que tú y yo pretendemos alcanzar, por eso quizás me hables con tus dichosas alegorías. Pero tu vida y la mía son también elementos que ya sucedieron, como ríos que pasan sin descanso, sumisos como todos los ríos de la tierra, con las espumas inclinadas y las aguas perdidas, ya comprendes.
Logré atraparte entre unas hojas de hueso, casi amarillas por el uso y el despliegue de tantos ratos. Hay una ceguera roja con una franja alta y más roja si cabe, tu nombre en la zona más cara, la figura desolada de un hombre confundido, que confiesa en soledad la ruina de unos días muy vulgares, repetidos un millón de veces, hasta la consunción.
Buscamos respuestas, pero comprende, Nando, que faltan muchas preguntas.
Una mesa pintada de un roble perezoso, algunas cuartillas que apenas sirven en estos días, un recuerdo sobre la esquina callada de la propia que se mantiene a la expectativa. Eso es lo que soy. Un recuerdo que no habla, acaso un títere mancillado por unas manos locas y temblorosas.
Ahora callas. Has logrado disparar tu mirada en la dirección correcta. Te veo con la expresión cansada de un hombre de otro siglo, como aquel del que hablamos algunas veces. Los tres juntos, ¿verdad? ¡Qué buena idea poder pasear con la tranquilidad de que nada ocurre, de que nada existe, de que todo es falso y cierto de alguna forma!
Vasques de mierda, te coseremos los labios como al comandante).
―Es General, Tonio, General ―Nando me había leído el pensamiento.
―Te agradezco el apunte, hermano. Lo mismo sucedería sin la etiqueta porque el hombre se mueve por instintos. De la misma manera tomaría el fusil que hay en la mesa y lo acariciaría con la desidia del que conoce su propio destino. General, Comandante o Presidente. Son hombres repetidos. Todos ruines y egoístas.
―No todos son egoístas.
―De ti para mí, te aclaro que en mi mundo es así. Las cosas han cambiado sobremanera. Tú, en la Rua dos Douradores. Yo, en la parte resignada de Octavio. Lo mismo es, ¿acaso?
(Lo que alimenta es esta comunión de poder hablar entre nosotros. Es difícil, muy difícil, esto que logramos. Hemos cruzado tierras y tiempos, soledades anchas, páramos y generaciones y, aun así, tenemos la fortuna, la increíble y maravillosa fortuna de saber, de poder entendernos como dos seres enfermos que van muriendo lentamente.)
―Maestro, soy Rulfo, Juan.
―Usted, como siempre, con esa amabilidad que tanto echamos en falta en estos días. Pero no me llame Jorge Luís. Sólo Jorge, por favor. Ni tampoco maestro. Quisiera ser Juan, como usted. Con esas cuatro letras tan poderosas y breves.
¿Dígame, cómo le va, querido amigo?
Nando intentaba recordar cómo seguía ese tú a tú irrepetible. Pero se enfrentaba a un caso imposible, porque el diálogo vegetaba en su futuro.
Como Borges, yo también quisiera ser un Pedro de Comala, pero hay empeños e ilusiones absurdas.
―Ahí voy, muriendo, muriendo un poco más cada día…)
Mi taza dormía hueca sobre la mesa. Sin embargo, moví la cucharilla por un quizás. El café se había enfriado, pero me daba cosa romper el hilo. Pedir uno nuevo, ¡qué ultraje! ¡Un acto subversivo, destruir el presente, lo más valioso!
Volví la cabeza hacia el espejo de la ventana y dejé que Nando gozara los sorbos significados de su boca. Observé cómo avanzaba, incansable, la ofuscación de mi amigo. Y la carrera (huida) veloz de su armonía.
Levanté la mano. El mozo se acercó con el diario alucinado. Olí el papel, la tinta húmeda sobre una celulosa trapeada. La portada apareció muda. No había titular ni fotografía de fondo. Tampoco logré adivinar la fecha del periódico. Pasé varias páginas y nada; las olas se fueron desplazando en una sinusoide matemática. Estrías de letras que deberían informar de lo ocurrido en la ciudad en alto, la que estira sus dedos para agarrar un mar que huye. Pero no conseguí encontrar el olor del hueso, ni los dibujos y fotografías en sepia. Eran simples hojas, puras crecidas de la realidad, cuando todo desaparece.
Muerte en el salón y en el velador.
Tomé otro sorbito de una taza que ya no estaba. No pude ver a mi amigo.
¿Dónde estás, Nando?
¿Dónde tú, Juan, dime?
¿Dónde, Jorge, Jorge Luis, Jorgito del alma?
Toda la vida persiguiendo una quimera y no la alcanzo. Me hicieron corto y obcecado. Quise investigar, aunque desde siempre me pensé incierto e incapaz para eso. Jamás lograría detener mi pensamiento en una sola idea. Insistiría, quizá, en abandonar a las primeras de cambio. Luego crecí y me atajé por el camino retorcido de los conceptos que nadie piensa. Me sentía a gusto componiendo y diseñando una nueva senda.
Ser el primero en caminar por donde nadie.
―¿Nando, por qué te paras? ¿Has sentido envidia por lo que dije? ¿Celos? ¡Dime! ¡Habla!
Mi amigo levantó el rostro serio, enderezó el filo volcado de su mascota, acarició los extremos de su bigotito y comenzó a caminar con sus acostumbrados tanteos de niño.
La calle se caía. Una poderosa pendiente tiraba de sus adoquinadas aceras. El tranvía escalaba fatigado. Resoplaban sus pulmones de acero. Los pasajeros, medio dormidos, apuntalaban sus cuerpos en los marcos de las ventanas. Pasaron a una velocidad ridícula, como si fuese un viejo chocho sin fuerzas. La rampa nos ayudó. Me arrimé y le tomé del brazo. Bajamos del todo engarzando los pensamientos de por qué nos tocó vivir de esta forma, con la dureza en el cerebro, ese ánimo inconcuso del deseo de crear para nada.
Es hermosa la ciudad del mar, con sus riberas crujientes y el roce de la espuma sobre las rocas. Pasó un barco balanceando su espalda. Parecía del pleistoceno. Un monstruo gigantesco que iría hacia adentro de la mar océana. Nos sentamos sobre un granito frío. Desde esa orilla distinguíamos el otro lado, donde las puntas de la desembocadura se van perdiendo. Un poco de niebla bajaba lenta. El puente, con su atrevida distancia, se confundía hasta llegar a desaparecer en el interior de esa densa neblina de la mañana.
Miré la juntura entre el mar misterioso y el horizonte quebrado. Se confundía la tierra con el agua. Nosotros también nos esquivábamos como la propia naturaleza.
(Ideas trocadas en conceptos. Conceptos tomados por creencias, convicciones convertidas en piedras y éstas en dogmas infinitos. Nuestros argumentos horizontales convertidos en fisuras y agujeros insondables, sobre el suelo virgen de la ignorancia, honduras tenebrosas y ocultas a un mundo inmenso de mediocridad)
―¿Qué hacemos hoy, nene? El día está un poco desagradable. Puede que llueva y hace mucho viento.
―Mejor nos vamos de esta dichosa plaza, tomamos el tren y nos acercamos a Sintra. Lo he visto en el mapa, está cerca. ¿Te parece?
Me echó uno de sus brazos sobre el hombro, besó mi cuello y fue resbalando su boca hasta alcanzar unos labios deseosos. Éramos unos recién casados, enervados por la rutina del mundo, con sus cadencias impuestas y las modas inútiles de siempre.
Me despedí de Nando con todo el dolor de mi pensamiento. Quedó allí sentado con el giro de su cuello. Parecía una figura esculpida en bronce, donde la gente se toma fotografías para tener en casa alguna imagen viva de alguien muerto. Sin embargo, para mí era muy diferente. Nando siempre en mis venas, desasosegando a cada instante. Con su tragedia gris oscura, silueta de hombre pequeño, sabia y astuta mirada, ojos tristes y caminar moribundo.
Se necesitan personas así.
El mundo sólo podrá expiar sus pecados con almas tristes y cultas, aunque estas almas yazgan desesperadas sobre las trivialidades más desesperantes.
Fernando Pessoa (Ñisboa, 1888-Ibídem, 1935)
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
La esfera olvidada
Por Maria Gabriela López Suárez
Mónica salió apresurada de su casa, ya estaba sobre tiempo para que Gonzalo y Mireya, sus amistades y colegas del trabajo, pasaran por ella. Se puso su mochila en la espalda, acomodó sus lentes, sacudió su cabello húmedo y se hizo una coleta. Sus amistades tenían como parte de su ruta diaria pasar justo en la calle que vivía Mónica, así que se habían organizado para que se fuera con ellos.
Revisó su reloj y se percató que ella había salido antes. Estaba diez minutos adelantada, respiró profundo,
—¡Uff, qué alivio! Menos mal que soy yo la que esperaré un ratito y no ellos.
Mientras esperaba, vio que pasaban las personas frente a ella, algunas iban con calma, otras apresuradas. De esas últimas Mónica pensó que seguro se les había hecho tarde para ir al trabajo o a la escuela. Siguió recorriendo con la mirada su calle, pocas veces o casi nunca lo hacía. En esa cotidiana rutina de salir rápido y regresar cansada a casa había perdido ser observadora y descubrir qué hallaba de nuevo.
La mirada de Mónica se dejó atrapar por un gato blanco que cruzó corriendo los techos de las casas situadas frente a la vivienda de ella. El gato se fue a colocar sobre los tejados de una casa, ahí se acomodó muy bien, tanto que podía pasar desapercibido. Después de eso, Mónica se quedó observando el cableado extenso que colgaba de los postes, le dio una especie de temor, su memoria trajo al presente el peligro de esos cables cuando había temblores.
Del temor pasó al relajamiento, además de los cables había lazos colgados en lo alto, de un extremo al otro de la calle, eran utilizados para colgar adornos en ciertas fiestas. De pronto, giró su mirada hacia el tejado donde estaba el gato blanco, pero su vista se posó sobre una esfera navideña que colgaba de uno de los lazos. La decoración dorada de la esfera se conservaba,
—¡Wow! No puedo creer que aún permanezca esta esfera, casi intacta, y bien colgada.
Justo estaba por cumplirse un año que sus vecinos habían decorado la calle con motivos navideños. ¿Y qué había pasado con esa esfera? Se habían olvidado de ella, de quitarla. Su mente no daba crédito a que casi un año después ni ella se había dado cuenta de la esfera olvidada y eso que la tenía muy cercan. A Mónica se le figuró que como esa esfera podría pasar con las personas, que pudieran estar necesitadas de que alguien las escuchara, conversara con ellas o quisieran compartir lo que les pasaba. Sin embargo, en el ajetreo cotidiano nadie se percataba de eso, ni siquiera la gente más allegada.
Mientras bajaba la vista Mónica vio acercarse al auto donde iban Mireya y Gonzalo.
—Ahora sí te caíste de la cama Moni —dijo en voz alta Mireya.
El rostro de Mónica sonrió sin decir nada, en su mente seguía resonando la esfera olvidada.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
La vida de un hombre muerto
Héctor Cortés Mandujano
Se encendieron luces de las salas
y lenguas de luz besaron la noche
Mariano Méndez Pérez, en «Pecado en la choza».
Y el Bolom dice… Venimos a este lugar, antología de cuentos (Coneculta-Chiapas, 2007) es un volumen que contiene, dice Marceal Méndez Pérez en la presentación (p. 11), “once cuentos galardonados en el concurso de cuento Y el bolom dice… categoría ‘A’, de las emisiones 2005 y 2006”.
Los cuentos no sólo están bien escritos: buscan y encuentran imágenes certeras, hacen retratos con pocas palabras, recrean ambientes; no se les lee como obras de aficionados, sino como propuestas interesantes, pensadas, logradas. Hay un enorme filón de talento en nuestros narradores y narradoras (hay dos entre los diez autores) indígenas.
De “Estoy vivo”, de Claudio Entzín Hernández, me gustó mucho el nombre de su personaje: Rito Falsario. Qué maravilla.
Raymundo Díaz Gómez, dice en “Miguel Yajval Ch’en”, algo que a veces olvidamos los caxlanes, cuando escribimos sobre el movimiento mapachista, y es que los indígenas sólo lo veían como un movimiento ajeno, incluso contrario a sus intereses (p. 31): “El coronel Alberto Pineda se vende con los hacendados”.
“A veces uno se muere”, de Mikeas Sánchez Gómez, es un cuento escrito desde la sensibilidad femenina (el personaje es una mujer). La narradora de la historia, inventada por Mikeas, ve morir a su mamá y pone con claridad el mal en los alimentos (p. 58): “Ya no quiso comer nada y se puso muy flaca. Tenía el estómago lleno de amarguras y también de remordimientos”.
Me encantan los árboles y en los cuentos se mencionan muchos. En “El aire de otoño”, de Noel Inocencio Morales de León, se refieren a unos conocidos y a otros que tal vez conozco con otros nombres (p. 65): “Pinos, cipreses, madrones, salvios, alises, espinas, encinos y moquillos”; en “Vinimos a este lugar”, de García Muñoz, del que hablo líneas abajo, se mencionan otros árboles desconocidos (p. 121): “Los palos de caspirol”, y en “Pecado en la choza”, de Mariano Méndez Pérez, se habla de (p. 130) “la frondosa sombra de los árboles de cacaté”.
Desarrolla Isabel Pascual Andrés, en “El hombre que se convirtió en rata”, una idea compleja, que parece simple a primera vista: la vida de los muertos (p. 96): “Levanté la sábana y vi que había puras ratas. Rigoberto se había convertido en ratas. En realidad, pensé, no era persona verdadera cuando le conocí, sino una rata que había tomado la vida de un hombre muerto”.
Claudio Entzín Hernández tiene dos narraciones aquí. De “Espera sin retorno” me llamó la atención que se hermane con historias de otros lados, de otros países (La edad de la inocencia, de la escritora norteamericana Edith Wharton, y Seda, del italiano Alessandro Baricco). Un hijo escribe cartas a su padre tomando la personalidad de otro hijo que se fue de la comunidad y nunca volvió. El padre muere (p. 106): “El pobre murió creyendo que su hijo José aún se acordaba de él, que cada año le escribía. La verdad nunca tuve el valor de decirle que mi hermano había muerto en manos de unos asaltantes después de un par de años de su partida”.
“Vinimos a este lugar”, de José Osbaldo García Muñoz, tiene una línea que me parece genial y se refiere a la gente que deja vacío un pueblo, que se va como los halcones peregrinos (p. 116): “Se fueron como los azacuanes en el invierno”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración de Héctor Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
A pesar de tantos bueyes, no habrá más tardes de toros
México se queda sin la temporada grande en la plaza de toros.
Un juez atendió la denuncia de la sociedad protectora de animales y prohibió las corridas en CDMX.
Ojalá no hayan vivales que quieran tergiversar la decisión judicial y aprovecharse torcidamente del mandato para su beneficio.
Los bueyes no son de lidia
Están en la rogativa
implorando en sus corrales,
que los plurinominales
no queden a la deriva.
Quieren quedar incluidos
en la judicial medida
de suspender las corridas
y ruegan muy compungidos.
Organizan sus protestas
contra la transformación,
los de descornada testa
que piden continuación.
El juez protege a los toros
no a los bueyes descornados
parásitos sin decoro
que han de ser sacrificados.
Maclovio Fernández
BELLAVISTA
Salimos del Harry’s Bar y caminamos lentos por Ernesto Pinto Lagarrigue. Paramos en seco a la altura del 80, donde había una peña de planta baja, de paredes rojas con molduras en blanco.
Sobre mediodía.
Un sol hermoso y tibio. Se estaba bien en camisa. Cruzamos la calle, no demasiado ancha y casi sin tránsito a esa hora. Se dibujó una joven en la puerta, con un cubo. Fregaba un suelo imposible.
―¿Ya llegó?
La chica bajó la cabeza. Toribio se entendía a las mil maravillas.
―¿Entramos?
Era una especie de tablao flamenco, al estilo chileno, con paredes pintadas al tun tun. Cuadros de toda la saga. Toribio se desarmó y colgó la prenda sobre una silla. Yo le imité. Luego me quedé de pie caminando muy lento por las paredes, deteniéndome de cuando en cuando. Miraba cada una de las fotografías. Eran viejas. Violeta, Hilda, Nicanor…
Me fui enterando de poquito en poquito. La historia de una leyenda del país vertical. (La primera vez que vi el mapa de Chile me pareció una tierra que lloraba. Ese largo, desde más arriba de Atacama hasta muy abajo, donde la tierra se vuelve blanca, brillosa y fría, parece una lágrima que va cayendo y cayendo).
Mientras esperábamos la llegada del Nano, la joven nos fue sirviendo unos platos y bebidas. Éramos dos solitarios en un espacio pintado, con varias caras que nos miraban con sombras de desprecio. Sobre las paredes había décimas, canciones escritas a mano… Salpicaban la estancia para que los comensales fuesen comprendiendo que los Parra son y serán siempre eso, los Parra.
Me excusé un segundo. Salí a la calle. Me apoyé sobre la pared. El sol se encajonó sobre mi rostro de ojos cerrados. ¡Pensé tantas cosas! Luego fumé con una tranquilidad excesiva. Moto azul con cajonera, apostada a varios metros, con la patacabra que la sostenía. Al lado un tronco que se arrepintió de haber sido árbol y torció el gesto. Subieron sus ramas y hojas con rabia porque ellas sí quisieron ser un árbol plantado en una acera de Chile, por donde nadie pasa en el día. Pero en la noche el mismo tronco torcido sostiene las espaldas jóvenes cargadas de inocencias y esperanzas. Quizás fuese un árbol de noche.
Llegó como arrepentido. Lucía una ponchera sobre una camisa blanca. Se arremangó y cruzó sus ojos con los míos. Se extrañaba el Nano. Toribio nos presentó. Fue cuando le vi algunos dientes de oro, en las esquinas profundas de su boca, la mano gruesa y fuerte, una frente amplia y el cabello crespo, con la brillante soltura de la juventud huidiza y el decoro.
―¡Tonio, de España! ¡Un escritor muy conocido!
De nuevo se equivocó, pero yo sonreí diluyendo una terrible humillación.
Permanecimos de pie. Hablamos de lo que se habla en estos casos. Naderías, halagos, medida de distancias, reconocimiento de olores, intuiciones que salpican las entendederas de los que ya cumplieron algunos años. Nos caímos bien. Me cayó bien el susodicho Nano. Yo ya sabía con quién estaba hablando. Era de la saga. Uno de los de en medio, porque detrás empujan los jovencitos y los de antes ya murieron en sus cajas de pino.
―¡Un segundo, ahora vengo, creo que tengo alguno arriba!
Mientras tanto Toribio se llevaba la cuchara a la boca. Yo analizaba el contenido de la cazuela. Apartaba con el borde de acero, llenaba y bebía.
―¡Un artista, un artista! ¡Y muy considerado en toda la nación!
Había guirnaldas, cadenetas coloridas, pinturas al fresco con rostros desencajados que intentaban imitar la real apatía de algunas personas que conozco. Sonrisas afectadas y posturas de foto.
Estaba rico el caldo. Y la chicha morada.
El Nano Parra se acercó a nuestra mesa a toda prisa. Siempre iba de acá para allá como si el espacio fuese a desaparecer. Llevaba un libro en la mano. Me lo tendió, le pasé el bolígrafo con una sonrisa. Dobló la cintura, abrió la portada, luego escribió como un niño muy chico que está aprendiendo. Observé que los dedos le temblaban. Garabateó sobre la hoja hueso. No lo leí al momento. Es de mala educación. Le volví a dar la mano. Le apreté cuanto pude, pero sus cantos no cedieron nada. Después el Nano Parra dejó de existir. Estaba hecho libro, estrofas, poemas, cantos, sentimientos, voces al son de unos acordes de guitarra, ojos ávidos y bocas medio abiertas…
Letra enorme, enrevesada. Signos dibujados al estilo Cocteau, como suelo decir. Propia de un hombre iletrado o de un idiopático, pero supuse que el Nano no era ni lo uno ni lo otro. Una cosa extraña, pues.
“A mi amigo… Con todo cariño. Nano Parra”. En los suspensivos podría haber escrito cualquier nombre, porque todos los nombres son uno sólo, como en aquella novela de Saramago, me acuerdo. Lo de cariño es una suposición porque la línea podría indicar cualquier cosa. Tal vez una nube enfadada en un cielo de ceniza o una ola revoltosa que se cansó de la calma. Un loco que se duerme al son de una nana de amor vespertino. ¡Yo qué sé…! Olí las páginas. A enredadera con un poquito de humedad, en su punto. Letras y letras, marcadas con números romanos. Décimas del Nano. De vez en vez alguna fotografía en blanco y negro, difuminada, con los antiguos matices (si alguna vez los tuvo) desaparecidos, huyendo a la ciudad donde viven todos los colores del mundo. Gente muerta con sonrisas forzadas. Viejos y chicos, medianos. Guitarras sostenidas, vestidos en alto, luciendo el garbo y la altanera costumbre de señalar que aquí estoy yo, un Parra.
Todo Chile canta por los rincones las cuecas choras de este hombre que quiso ser poeta en una tierra de poetas.
Pagamos la cuenta. Nos fuimos con dos sonrisas agradecidas. La calle seguía en su sitio, la moto echada, el árbol que deseaba ser árbol me miraba con sus hojas tristes. Volví la cabeza. Eché la última ojeada adonde jamás volvería. Suspiré porque estas despedidas son siempre duras de tragar. El paso ineluctable del tiempo que se achica cada vez más deprisa. Mis manos cierran unos dedos en el afán de retener algo, poquita cosa, un segundo, un color que huye, olores y gente que se cruza conmigo sin decirme nada.
El fragor de las aguas negras era dulce y chascoso. Nos echamos sobre la baranda para ver un poco de esa agua que nunca piensa en el avance. Sólo corre y corre, enajenada, buscando el bajo de la tierra, el mar a lo lejos. Sí, el agua quemada del Mapocho corre urgente para encontrar y arrejuntarse con esa otra agua ancha y calma del gran Pacífico.
Nano Parra. (Curacavi, 1937). Cantautor. Chile
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Alejandro Rosas y Julio Patán escriben a cuatro manos México bizarro, el país que nadie quiere recordar (Editorial Plantea, 2017), con un diseño lleno de colores, atractivo, juguetón.
Los textos hablan de las muchas desgracias de nuestro país (sociales, políticas, artísticas, de espectáculos, de injusticias…) tratadas con humorismo.
En “Luchadores de nota roja” hablan de Juana Barraza, la Mataviejitas, hija de Justa (qué nombre irónico), una prostituta. La infancia de Juana no fue fácil (p. 67): “La después llamada Mataviejitas tuvo un destino similar al de su madre: fue violada en la infancia por tres hombres con la anuencia de Justa, que al parecer cobró a cambio de su autorización unas cuantas cervezas”.
En “Embajador por once días” refieren la historia de Díaz Ordaz, quien luego de dejar la presidencia fue designado, por López Portillo, embajador de España. Sólo estuvo en su cargo once días, porque decidió por sus pistolas regresar a México y dejar todo tirado. Algo grave porque, además, México y España habían roto relaciones por el franquismo y en 1977, con el recién designado funcionario, se restablecían. Dijo Díaz Ordaz, según los autores (p. 84): “ ‘¡Me voy porque se me da la gana! ¡Y no regresaré, no me despediré de nadie, ni del rey!’ Y así lo hizo, dejando la nueva relación en una situación bastante comprometida, pues los españoles consideraron la actitud del embajador como una falta de respeto a España”.
“Un profe en Forbes” es la historia sintética del enriquecimiento del profe Carlos Hank González, un político rapaz, como ha habido tantos. Son famosas dos de sus frases (p. 89): “Un político pobre es un pobre político” y (p. 90): “La política es una carga muy pesada, pero los fletes son muy buenos”.
En “Prohibido ser cura y no casarse” el protagonista es Tomás Garrido Canabal, gobernador de Tabasco en los años 20. Era anticlerical extremo (p. 99): “En el plano anecdótico, tuvo un hijo al que llamó Lenin y una hija a la que llamó Zoila Libertad, sin mencionar a su sobrina Luzbel o el hecho de que en su rancho se agrupaban animales como Dios o Papa, o que organizaba corridas de toros con un astado al que llamaba Obispo”. Curiosamente (p. 100) “murió en 1943 nada menos que en Los Ángeles”.
En 1930, en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, cuentan los autores en “Santa Claus o Quetzalcóatl”, se decidió que para reforzar el nacionalismo (p. 102): “Quetzalcóatl será el símbolo de la Navidad en nuestro país”; o sea “adiós a Santa Claus –le retiraron la visa– y bienvenida la serpiente emplumada”. La población se opuso, desde luego. Dicen los autores que Ortiz Rubio (p. 103) “en septiembre de 1932 presentó su renuncia a la presidencia y salió al exilio. Desde el Polo Norte, Santa Claus rió satisfecho”.
Miguel Alemán Valdés no sólo no era militar, sino era un dandi en la vestimenta y el trato (“agringado, culto, de trajecitos, cordial”). El sindicato de Petróleos Mexicanos amenazó con dejar en desabasto a la población si el presidente no les daba el aumento que pedían. Miguel Alemán les mandó el ejército. El sindicato aceptó la propuesta gubernamental de aumento, sin chistar. Cuando los representantes sindicales se reunieron con el recién entrado presidente le dijeron (p. 145) “Pero si nomás lo estábamos calando, señor presidente”. La respuesta del educadísimo Alemán “podría ser su epitafio: ‘Pues ya me calaron, hijos de la chingada’ ”.
En “Si te vienen a contar cositas malas de mí…” Patán y Rosas apuntan (p. 155): “La política mexicana exige cuatro requisitos: no decir lo que se piensa, hacer lo contrario a lo que se dice, un extraordinario manejo del eufemismo y jamás reconocer culpas”.
En 1865, la emperadora Carlota escribe a Eugenia de Montijo sobre México y los mexicanos (p. 217): “Durante los primeros seis meses, a todo el mundo le parecía encantador el nuevo gobierno, pero tocad alguna cosa, poned manos a la obra, y se os maldecirá. Es la nada que no quiere ser destronada. […] Fue menos difícil erigir las pirámides de Egipto que vencer la nada mexicana”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración de Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.