Revista

Polvo del camino. 181. Para un sólo deán. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
                                Polvo del camino/ 181

                                 Para un solo deán
                               Héctor Cortés Mandujano

Sueño constantemente con bibliotecas, que leo en ellas: estantes infinitos, atiborrados de libros (Borges se me aparece en la memoria, por razones obvias). A veces soy un viejo que revisa papiros, volúmenes incunables en espacios líticos, que nunca he visto en la vigilia. A veces encuentro libros en pagos selváticos y en cómodo sillón me veo disfrutando de pasar las páginas luego de haberlas gozado, consumido. Leo libros que nunca se han escrito, de autores que supongo inventa mi incesante actividad onírica.
	Uno recurrente es que voy a librerías y compro montones de ellos. Otro es que los que quiero leer son enormes y con más de tres mil páginas. Cargarlos (lo hago, para revisarlos) no es fácil y son temáticos: sobre el siglo XII, de asuntos filosóficos, novelas que no se habían publicado, volúmenes que fueron censurados… Las ediciones son bellas, cuidadas, carísimas. Me doy cuenta que sólo podré comprar uno o dos. Lo hago. Luego vuelvo a soñar con el mismo lugar (está en una gran ciudad desconocida y tengo miedo de perderme. A veces llamo a una amiga o amigo y le pido que venga por mí, porque no sé dónde estoy) y compro uno o dos más. Sé que no me alcanzará la vida para leerlos todos, aunque sólo me dedique a eso, como quisiera.
	También sueño con palabras que no existen. En algún momento, por consejo de mi mujer, las he apuntado (he escrito incluso sobre ellas alguna vez); ella piensa que podrían ser un diccionario que quizás me llevara a escribir algo así como un libro sagrado. “No me interesa la idea –le dije–; si algún espíritu quiere escribir un libro, que se busque otro amanuense, yo bastante tengo con mis propias locuras”.
	Un asunto aparte es que a veces sueño que reviso libros míos que no he escrito y no creo escribir. De uno de ellos hablé una vez (“El amor es el corazón de un cerdo”) e incluso cité algo de su contenido. Porque además es eso: leo en sueños y en muchos casos recuerdo mis lecturas. Escribo también en sueños, por supuesto.
	Ni hablar de todo lo que de mis noches dormido ha brincado, a veces sin retoques, a mis obras de teatro, novelas, cuentos, artículos, varia escritura. Es lo más. Mucho de mi imaginación está centrada en la más profunda oscuridad, mientras tengo los ojos cerrados, la respiración tranquila, el corazón relajado; mientras “el músculo duerme y la pasión descansa”.

Soñé hace poco que presentaba mi libro Para un solo deán. No lo he escrito, por supuesto, ni sé de qué podría tratarse, porque en mis sueños estoy agradeciendo los aplausos, solo, de pie ante la audiencia, y luego me veo en el brindis posterior, con una copa en la mano, y debajo del brazo el susodicho: a todo lujo, cuadrado, de pasta dura, fondo blanco, con dibujos prehispánicos en la portada.
	Me veía feliz, risueño, como si hubiera escrito algo plausible. Escribo esto para dejar constancia. Tal vez algún día se me ocurra en sueños la trama y lo escriba, dado que mi actividad onírica (como si fuera una multitud de duendes) trabaja en esas materias más que yo. Ya veremos. 

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 180. Una noche luminosa. María Gabriela López Suárez

                           Voces ensortijadas
                           Una noche luminosa
                      María Gabriela López Suárez

La comisión laboral de Beatriz había finalizado después de tres días de una ardua jornada. Tomó el camino a la terminal de transporte que la llevaría de regreso a casa, hizo sus cálculos, estaría llegando alrededor de las ocho o nueve de la noche, si todo iba bien en el camino. Alzó la vista al cielo, buena parte estaba coloreada por tonos grises, una señal de que no tardaría en llover. 

          Beatriz documentó su pequeño equipaje y luego subió al camión y se acomodó en el asiento, el conductor esperó a que llegara la hora de salida,  las seis de la tarde e inició el recorrido. El camión llevaba a pocas personas a bordo, por lo que a Beatriz no le tocó ir acompañada. Buscó en su bolsa el suéter ligero que había llevado, el aire acondicionado no tardó en comenzar a sentirse. Inclinó ligeramente su cabeza sobre la ventana y contempló el paisaje. Los cerros se veían hermosos, con un verde intenso. El efecto de las nubes grises se dejó sentir cuando las gotas de lluvia fueron cayendo, primero sutilmente hasta llegar a convertirse en una lluvia torrencial. Cerró los ojos con la espera de que la lluvia no tardara demasiado, al menos no hasta que llegara a casa, había olvidado llevar paraguas. Se quedó dormida alrededor de media hora. Despertó y volvió la vista a la ventana, la lluvia había parado. Se percató que iban a mitad del camino.

          La siesta le había sentado muy bien, tanto que decidió seguir contemplando el paisaje. Por un lado, el tono de la tarde estaba entre naranja y dorado, por otro pintado con el azul cielo que tanto le gustaba acompañado de nubes blancas y un poco más allá, se veía de nuevo la tonalidad grisácea. Alcanzó a percibir la aparición de la Luna, debido a la claridad de buena parte del cielo  aún no destacaba. Conforme la tarde fue ocultándose para dar paso a la noche, la Luna llena se convirtió en el elemento central del cielo, cobijada por muchas nubes que la enmarcaban y algunas estrellas titilando alrededor. La vista era muy bella. A ese paisaje se sumó una serie de relámpagos, primero Beatriz pensó que la lluvia estaba de regreso. No fue así. Los relámpagos quedaron como una especie de efectos que de vez en vez se dejaban percibir de manera impresionante. Beatriz recordó a Claudio, uno de sus mejores amigos, poco le gustaban los relámpagos. Le dieron ganas de tomar una foto para captar esa bella postal  y enviarle a Claudio, prefirió quedarse atenta a la ventana, observando el paisaje nocturno. Faltaba poco para llegar a casa y pocas veces tenía la oportunidad de tener frente a ella una noche luminosa. 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 180. La vida feliz de L. V. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                                Polvo del camino/ 180

                               La vida feliz de L. V.
                              Héctor Cortés Mandujano

                                                                    In memoriam


—¿Cómo amaneciste? –dijo Isa.
        —Bien –mintió Lupita.
        —Voy a hacer el desayuno y te lo voy a traer a la cama.
        —No, quiero ir a la mesa.
        —Estás muy débil, mejor quédate descansando. 
        —Bueno, ayúdame a moverme, porque me pasé la noche inmóvil. Me duelen los huesos.
	Isa ayudó a Lupita a recargarse sobre su hombro derecho.
	—¿Así estás bien?
	—Sí.
	—Ahorita vengo, voy a prepararte un jugo.
	—Gracias.

Lupita, cuando quedó sola, tuvo una regresión a su infancia: pasaron veloces las imágenes de sus padres (peón él, sirvienta ella), que trabajaban con los papás de Isa. Lupita tenía en ese entonces seis-siete años y ya ayudaba a su mamá. Un día, sus papás le dijeron que regresarían al paraje indígena del que provenían. El papá de Isa los despidió con afecto y les dio un dinero de compensación por el tiempo que habían trabajado.
	El papá de Lupita dijo:
	—Si quiere que se quede mi hija con usted para que le ayude, se la dejamos, se la regalamos.

Lupita se convirtió en la cuidadora, en la nana de los hijos de su patrón, que le fueron naciendo en su matrimonio. Eran muchos. Cuando la menor de ellos tenía ocho años, murió la patrona y Lupita se volvió indispensable en la vida de los niños, que fueron creciendo, casándose, formando nuevas familias.
	Lupita se quedó a vivir en la casa de quien consideró no su patrón, sino su padre, cuando él murió. Para todos los demás hijos, Lupita era una hermana.

Una de las particularidades de su carácter era que nunca discutía (“como tú dices/ como usted dice debe ser”), no insultaba, estaba dispuesta a ayudar a quien se lo pidiera y se reía incesantemente de casi todo. Su capacidad de no causar ni causarse conflictos era notable; su inteligencia emocional para ser feliz era su santo y seña. Envejeció y comenzó a tener achaques, hasta que le vino una enfermedad grave, que la puso en cama.

Isa hizo con rapidez el licuado y regresó a la recámara donde, dos-tres minutos antes, había dejado a su hermana. La halló recargada sobre su hombro derecho. 
        Lupita no tenía gesto de dolor, sino una sonrisa en el rostro: había muerto.




Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 32. Brooklyn Follies. Ilse Ibarra Baumann

Brooklyn Follies

Cambié mi regalo La bailarina de Auschwitz, que ya había leído, por Brooklyn Follies. Otra vez me fui por los reconocimientos del autor: Príncipe de Asturias, Medicis…

La narración de Brookly Follies es cómoda para leer, lleva un ritmo, mas rara vez sorprende al lector exigente.  

Escrita en primera persona, Nathan, un hombre de sesenta años, jubilado, exvendedor de seguros quien sobrevivivió a un cáncer de pulmón, sale de la «Gran Manzana» para irse a vivir a Brooklyn. 

El libro trata de su vida en Brooklyn en torno a su sobrino Tom. La narración es superficial y muy melodramática. No pude aferrarme ni a los protagonistas ni al entorno. Los diálogos de los demás personajes parecen tener la misma voz del narrador. 

Confieso que no es esta novela una que me gustaría recomendar. Me agradó, por otro lado, que el narrador citara dos novelas del muy recomendable Ítalo Svebo: La conciencia de Zeno (excelente) y Senilidad, esta última fue elogiada por James Joyce.

Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 179. Un equis bato. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz

                        
                                Polvo del camino/ 179

                                  Apuntes de oído/16
                                    Un equis bato
                                Héctor Cortés Mandujano

                                                               Luz a los poetas,
                                             pa’ que no anden malgastando letras

                                                              Marcial Alejandro,
                                                                        en “Luz”

Marcial Alejandro nació y murió en Ciudad de México (1955-2019). Su obra musical, grabada por él mismo, se reduce a tres discos: Marcial Alejandro (1984), Aquí estoy (1993) y Sin Cruz (2004). Tenía sentido del humor. En una entrevista, a propósito de su segundo trabajo dijo que era “el disco de la década”, no porque fuera maravilloso, sino porque se había tardado diez años en grabarlo.
	Antes y después estuvo en grupos y discos colectivos, y canciones suyas fueron grabadas por, entre otras, Tania Libertad, Margie Bermejo, Betsy Pecanins, Amparo Ochoa, Maru Enríquez (quien fue su pareja) y Eugenia León.
	Me gustan muchas de sus canciones. Le daba vueltas a las palabras (en su primer disco musicaliza versos de Miguel Hernández, “Canción última”, y un texto recopilado por Juan Rulfo, “El gavilán”) y trataba de huir de lo manido. En “Nos caímos juntos”, de su tercer disco, usa con exactitud dos palabras que usualmente la gente usa como sinónimos: Terco, que se refiere a la persistencia, y necio, que se refiere a la tontería. La Real Academia de la Lengua dice que terco es “pertinaz, obstinado e irreductible” y necio “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”, en su primera acepción; en la segunda: “Falto de inteligencia o de razón”.
El famoso inicio de las redondillas de sor Juana, “Hombres necios que acusáis”, hace alusión no que a los hombres sean tercos, sino a que son tontos si hacen lo que nuestra inteligente monja describe. En el colmo de la confusión, tal vez pensada, Silvio Rodríguez tiene una canción que se llama “El necio” y parece que se refiriera a la terquedad no más ("Yo me muero como viví”), aunque quizás también a la estupidez de no querer cambiar.  
	Hablábamos de “Nos caímos juntos”. En una parte de su letra dice: “Los dos pagamos el mismo precio: uno por terco y otro por necio, qué caray”.
Con “El fandango aquí”, interpretada por Eugenia León, ganó el Festival Internacional OTI, en 1985.
	La pieza es de muy ágil ejecución. La letra tiene, me parece, varios logros formales desde su primera línea, que mezcla presente, pasado y futuro con mucha gracia: “Vamos andando, porque el fandango a punto está que empezó. Vámonos, vámonos a la fiesta, que el que no va no llegó. El buen semblante lucir, como quien va a seducir, pedir su mano y, ya de plano, lo que se pueda pedir”.
	La pachanga que describe la canción hace que se rompan todas las distancias: “En semejante tropel, amiga de éste y de aquél, al poco rato un equis bato quiere que pague por él”.
	Vale la pena oír las canciones de Marcial Alejandro. Hay hondura y buena escritura en ellas. Dice en “Se puede morir”, de su tercer disco: “Lo que sin duda es terrible es morir de soledad. […] Ese viaje en que te fuiste, debe resultar muy triste cuando nadie te da un beso”.

En una entrevista (la recuerdo con las imprecisiones de la memoria), Eugenia León contó que a Marcial le dio una enfermedad terminal; él puso en orden todo lo suyo, se despidió de sus amigos y familiares, y se fue sin decir adónde a nadie, para que nadie se ocupara de las miserias que supone la atención de alguien que no tiene remedio. 
Para hacer lo que hizo se necesita una altura que no todo mundo tiene. No quería ni lástima ni compasión. No era, no fue un equis bato. 

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 179. Bordar para la vida. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       Bordar para la vida
                   María Gabriela López Suárez

El sonido del ventilador se convirtió en parte del paisaje sonoro de la mañana de ese domingo. La aplicación del clima en el celular indicaba 37 grados centígrados. Para Norma esa temperatura indicaba que el calor había llegado para quedarse todo el verano. Fue al refrigerador, sacó unos cubos de hielo y lo agregó a la jarra de limonada que acababa de preparar. Se sirvió un poco de la bebida en un vaso, degustó el agua fresca y se dirigió a la canasta donde tenía su bordado para avanzar en la costura.

Se acomodó en el rincón más fresco de la sala y comenzó a bordar. Sus manos, su corazón y su mirada se concentraron, el colorido de los hilos se fue entretejiendo para dar paso al trazo de una diversidad de formas enmarcadas con la creatividad y el entusiasmo.

Mientras daba un sorbo a su limonada recordó la manera en cómo comenzó a bordar, primero fue una actividad que formaba parte de sus tareas escolares en la infancia. Para ese entonces el bordado era algo que hacía más por obligación que por gusto. Luego, vinieron a su mente las imágenes de cuando su mamá Elisa y su tía Carmina la ayudaban a terminar sus bordados. Era una labor titánica y Norma se sentía acompañada.

Años después, Norma tuvo interés por retomar el bordado, primero lo hizo de manera independiente, se percató que bordar le generaba concentración y era una manera de volver la mirada a ella, a conectar con lo que le gustaba. Posteriormente, Roxana, una de sus amigas la invitó a un taller de bordado. Norma no dudó en inscribirse. La facilitadora era la maestra Rosario, quien había descubierto en el bordado una enseñanza para la vida. 

El taller de bordado se convirtió en un oasis para Norma y sus compañeras, la confianza y empatía que se generaron, aunado a la paciencia y motivación de la maestra Rosario, fueron los elementos clave para continuar en tan noble y bella labor. 

Norma halló muchos aprendizajes en la tarea de bordar, conectar con su infancia y con su corazón, despertar la inspiración, afrontar los retos al bordar, incentivar la creatividad, confiar en la intuición y sobre todo, aprender a ser más paciente. Para Norma bordar no era una actividad simple, era una hermosa experiencia de aprendizaje, justo para adquirir herramientas que podría aplicar en su vida cotidiana.

El sonido del ventilador hizo que Norma volviera la mirada a su bordado, su rostro dibujó una sonrisa. Desde el corazón agradecía a Roxana, a la maestra Rosario, a sus compañeras y a ella, la oportunidad de  bordar que significaba no solo un hermoso arte sino una oportunidad de bordar para la vida.
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 31. Nostalgia. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: IMIB

Nostalgia

Sobre Nostalgia de Mircea Cārtārescu:

No sé si tú fuiste parte de una pandilla en tu niñez. Si no, qué lástima. Yo sí pertenecí a una, a “Los de la cuadra”.  Leer Nostalgia de Mircea Cārtārescu me hizo revivir aquella época cuando los hombres de mi club orinaban el club de los enemigos, cuando usábamos el alcohol para incendiarlo; cuando saltábamos de techo en techo y nos metíamos en casas ajenas incluso perseguidos por perros; cuando jugamos a la botella a beso o bofetada. 

El libro está formado por cuentos y novelas cortas: «El Ruletista», un cuento fuera de serie, trata de un jugador de ruleta rusa con mucha suerte. En «El Mendébil», «Los Gemelos» y «REM» me eché un clavado a mi infancia y adolescencia a la par de la de Cārtārescu. 

Sus cuentos pasan de una realidad, a un sueño, a una fantasía; así, el «niño que traemos dentro», se da vuelo extendiendo sus recuerdos, echando a volar su imaginación: con la obra y consigo mismo. Regresa a sus sueños, a su realidad y cuando no puede contener aquellos momentos tan lejanos es mejor echar mano a la fantasía. Al menos, así me sucedió. El libro cierra con «El arquitecto», es sobre un señor que instala un claxon/órgano en su carro y toca las mejores melodías. En este sentí, quizás subterfugiamente, cómo maneja un símil entre la música y la literatura.

Fotografía: IMIB
Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 178. Los regalos de la lluvia. María Gabriela López Suárez

                        Voces ensortijadas
                     Los regalos de la lluvia
                    María Gabriela López Suárez


El paisaje del cielo dibujó un azul claro intenso ese domingo, era señal de que el día estaría muy cálido. Victoria despertó temprano, la intensidad de la luz que se coló a través de su ventana la hizo pensar que ya eran las 9 de la mañana. En realidad apenas iba a dar las 7, no pudo conciliar el sueño nuevamente, así que decidió levantarse. Nadie más se había levantado en la familia. 
         —¡Vaya, vaya, el señor sol me ha hecho madrugar! ¿Quién lo diría, yo madrugando en domingo? —dijo para sí Victoria.
          Se dirigió al baño, se lavó la cara para refrescarse y despabilarse un poco. 
          Luego fue a la cocina a preparar el café, en casa acostumbraban tomar café con pan antes de desayunar, era un hábito en la familia. El aroma de la bebida se esparció hasta la sala. Victoria llenó su taza con café, buscó la panadera y eligió una rosquilla con ajonjolí. Abrió la puerta que daba al patio en la casa, percibió el calor que ya inundaba la mañana, sacó un banquito y se quedó contemplando los árboles de mango, guayaba, limón, mientras sopeaba su rosquilla y terminaba su café. Ahí permaneció un gran rato hasta que escuchó ruido en la cocina. 
          Se levantó para ver quién más habría madrugado, era Alfredo su hermano menor, quien apetecía tomar su café con pan. Poco a poco se sumaron Martha, su mamá; Marisol, su hermana mayor y Genaro, su papá. Era curioso que antes de las 9 toda la familia estuviera despierta. El café alcanzó exacto, Victoria era hábil para preparar la cantidad necesaria.
          La familia se dividió las tareas en la casa, en preparar el menú para el desayuno y comida, así como en el patio para regar las macetas y árboles, a esta última tarea se sumaron Victoria y Alfredo.  La faena estuvo intensa para toda la familia. 
         Luego de comer Victoria decidió darse un baño y dormir una pequeña siesta. Prendió el ventilador en su cuarto, colocó una colchoneta delgada sobre el piso, en ese momento deseó tener un petate para que fuera más fresco. Antes de acostarse echó un vistazo al cielo, observó que estaba nublado por partes.
         —¡Ojalá cayera un fuerte aguacero! La tierra necesita refrescarse y traernos regalos, ansío escuchar el canto de las ranas —dijo en voz alta. 
          Cayó en un sueño profundo. El olor a tierra mojada la hizo despertar, se asomó a la ventana, sintió esa sensación de frescura que deja la lluvia. Intentó prender el foco pero no pudo, no había luz. Buscó en sus cosas una pequeña lámpara y fue a buscar a su familia. 
            En el patio la luz de la tarde aún alumbraba. Halló ahí a Martha y Genaro platicando amenamente mientras tomaban el fresco. Se quedó un ratito con ellos. Marisol y Alfredo estaban durmiendo siesta. Victoria estaba contenta, su deseo se había cumplido. El olor a tierra mojada se sentía con más fuerza en el patio. Se acercó a los árboles, les percibía agradecidos como ella con esa lluvia. Puso atención a la escucha, ahí estaban las ranas, como a manera de coro, emitiendo con fuerza ese canto que tanto añoraba, percibió también el canto de los grillos que empezaban a acompañar el paisaje sonoro. La noche no tardaba en llegar y los regalos de la lluvia se habían hechos presentes.
           Victoria regresó a casa sintiendo alegría en su corazón al tiempo que las ranas seguían croando. Al fondo alcanzó a escuchar,
         —¿Dónde están, no hay luz? —eran Alfredo y Marisol que habían despertado.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 178. Las trampas de la inspiración. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                        
Polvo del camino/ 178

                        Las trampas de la inspiración
                                (Minificción)
                           Héctor Cortés Mandujano

                                                       A Luisa, mi mujer,
                                        y a quienes estuvieron esa noche…

Llegó el escritor a la fiesta y fue recibido con aplausos. Le fue servido un trago, que él tomó con avidez. Su mujer, discreta, se sentó a su lado.
	Él tomó la palabra, como solía hacer, y contó anécdotas sobre libros y películas; lució su saber disímbolo y fue escuchado en silencio por los demás, que lo llamaban Maestro.
	La noche comenzó el camino de las manecillas que suelen medir el tiempo y el hombre comenzó a sucumbir ante el alcohol, que se le servían con prontitud y buen ánimo. Su mujer, a su lado, bebía agua mineral y luego, hacia la madrugada, un par de tazas de café. Rara vez condescendía al vino, salvo que fuera suave, dulce, de buena calidad. Nunca más de dos copas.
	El Maestro ya no tenía la atención de todo el grupo y su sapiencia se concentraba en los oídos de sus cercanos, quienes asentían, sonreían, agradecían.
	Llegó el momento de irse. El Maestro, con el cerebro obnubilado y el paso tambaleante; su mujer, incólume, tomó su papel de chofer cuidadosa, hábil. 

Cuando el Maestro despertó tenía dolor de cabeza. Su mujer, atenta a su despertar, puso en sus manos un vaso con un líquido, que para él fue como agua en el desierto.
	Le fue servido un desayuno frugal y luego el hombre, ya a todas vistas mejorado y lúcido, se regaló un pausado baño.
	Con su bata china y sus cómodas pantuflas, el escritor veía el jardín cuando su esposa llegó hasta él y le dijo con suavidad:
	—¿Te diste cuenta de que anoche nuestro amigo Ángel parecía triste?
	—No.
	—No era una tristeza depresiva –agregó ella–, sino algo más sutil. Como un desinterés vital, como si la realidad le pareciera apabullante.
	Él nada dijo, ella continúo:
	—Creo que valdría la pena que escribieras sobre un personaje como él, ¿no crees?, con un dejo fantástico: un ángel harto de su trabajo bondadoso, que ha notado que no vale la pena salvar las almas humanas.
	Ella se fue y él se quedó allí, adormilado. Se durmió luego. Cuando despertó pensó en escribir un cuento sobre un hada enamorada de un árbol danzante (tal vez su sueño se lo hubiera sugerido), que dejaba solo al humano que debía guardar para volar hasta la montaña y ver cómo aquel ser arbóreo danzaba con el viento, cantaba a la noche con la voz innúmera que salía desde la oscura tierra donde bebían sus raíces, desde las ramas más tiernas que eran acariciadas por las estrellas… 


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 30. Las hojas muertas. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: IMIB

Las hojas muertas

Hace un mes publiqué el primer libro que leí de Bárbara Jacobs. Lo compré porque, según yo, se parecía a mi tía Hortencia. Cuando mi hermana vio la foto me dijo: no es a mi tía Hortencia, es a mi tía Lupe. Y aunque para ustedes no sea importante, siento la necesidad de corregir mi error y rectificar: se parece más bien a mi tía Lupe, la hermana mayor de mi padre. Ella pasó sus últimos años postrada en una cama con una sonda, estuvo amarrada para que no se la arrancara. Terrible su fin. Al contárselos debería, no sé, ¿atemorizarme? Como si yo conociera mi fin. Qué bueno que no la vi, sólo la recuerdo similar a la foto de Bárbara Jacobs en aquella portada. Así era mi tía, igualita.
En este libro, Las hojas muertas (curiosamente también lleva este mismo título una de las obra de Remedios Varo), habla de la vida de su padre. Un inmigrante de Líbano que llega con sus padres a NY. Amante de la lectura. Inspirado por Bernard Shaw se vuelve comunistas. Viaja a Moscú, en España apoya a los republicanos en contra de Franco. Conoce a su mujer, es su prima segunda. Hay lagunas que me hubiera gustado entender, como porqué terminaron viviendo en México, cómo adquirió el hotel y cómo lo perdió.
Al final de mi lectura sentí al papá un poco flojo y soñador. Afortunadamente el mío fue trabajador y los sueños los hizo a un lado. Algo muy dramático (para los que nos gusta soñar) pero así fue.

Fotografía: IMIB
Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.