Revista

Voces ensortijadas 175. Alzar la vista al cielo. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS

Alzar la vista al cielo
María Gabriela López Suárez

Priscila iba de regreso a casa. Había tenido una jornada laboral ardua que le provocó tensión en el cuello. Se despidió de sus colegas del trabajo y se dirigió a la estación del transporte público.

—Ahora que llegue a casa me daré un masaje, vaya que lo necesito —dijo para sí, mientras subía al microbús y se acomodaba en un lugar cerca de la ventana.

El trayecto se le hizo un poco largo, el tráfico abonó a eso. Decidió escuchar Blues, así se relajaría un poco. La música le permitió despejar su mente y ser una buena compañera camino a casa. Pidió la parada, bajó y caminó alrededor de tres calles. 

—¡Al fin en casa! —expresó al abrir el portón de la entrada  y sentir el aroma a romero y lavanda que estaban en el pequeño jardín que formaba parte de su hogar. El olor a naturaleza era uno de sus preferidos. Escuchó el trinar de los pájaros que solían llegar a los árboles de las casas vecinas, cuyas ramas se lograban percibir desde su hogar. Se sintió afortunada.

Decidió prepararse un té de romero, le vendría bien. Fue hasta donde estaba la maceta con la planta de romero, cortó cuidadosamente unas ramitas y se dirigió a la cocina. Luego fue a su cuarto a buscar algún aceite esencial para dar masaje al cuello, la molestia había disminuido pero persistía. Encontró un aceite de menta, era ideal.

Su té de romero tenía un aroma muy agradable y el sabor era delicioso. Salió para degustarlo sentada en un pequeño banco de madera que tenía alrededor de sus macetas. Le dio un par de sorbos. Luego se colocó unas gotas de aceite sobre la palma de las manos, las frotó y comenzó a masajear el cuello, al tiempo que respiraba profundamente. Justo en ese instante, recordó una recomendación que le había dado su amiga Lucia,

—Cuando te sientas estresada, alza la vista al cielo, el universo siempre nos brinda regalos, solo hay que identificarlos.

Terminó de realizar el masaje, movió ligeramente el cuello hacia ambos lados. Tomó nuevamente la taza para continuar degustando el té y después alzar la vista al cielo. Se quedó contemplando el paisaje, el cielo tenía un tono azul claro bellamente decorado por nubes, se veían como tipo pinceladas de diversas formas cuyo fondo tenía un ligero toque dorado que le daban los rayos del sol. Alcanzó a distinguir a varios zopilotes que realizaban una especie de danza, se fueron elevando hasta que los perdió de vista.

—¡Qué razón tienes Luci! —dijo en voz alta, al tiempo que se percató que el sol se iba ocultando. Poco a poco sintió que el cuello estaba menos tenso y el corazón muy agradecido por el paisaje de esa tarde.



 
Fotografía: MGLS
Fotografía: María Gabriel López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 174. La alfombra roja. María Gabriela López Suárez

La alfombra roja
María Gabriela López Suárez

Ese sábado, después de haber platicado con su familia, Eréndira se apuntó para ser quien fuera a comprar el arreglo floral que le pondrían a la tía Bertha, en memoria de su tercer aniversario de fallecida. Rebeca y María, sus pequeñas sobrinas de 8 y 10 años, insistieron para ir con ella. 

—Niñas, esta ocasión no iré en el coche, sino caminando. Les advierto que afuera hay mucho, pero mucho calor —enfatizó Eréndira tratando de convencer a sus sobrinas de quedarse en casa.

—No importa tía Ere, me pongo mi súper gorra de Totoro que me cubre del sol —señaló Rebeca mientras corría a buscar la gorra. 

María no se quiso quedar atrás y fue tras su hermana. Regresó antes que Rebeca trayendo consigo un sombrero de paraguas portátil con el estampado de una de las escenas de la caricatura de Mi vecino Totoro.

—Tía Ere, ya estoy preparada, ahora viene Rebe.

El rostro de Eréndira manifestó gesto de asombro, en el fondo quería reír, recordó las veces que ella hizo algo así con tal de acompañar a alguien de su familia. 

—Bueno, bueno, vamos a ver qué dicen su mamá y papá, vayan a pedir permiso.

Finalmente, las tres salieron a la calle. Eréndira se colocó un sombrerito de palma, sus gafas y por si las dudas, se llevó un bote con suero preparado. El clima marcaba casi los 32 grados. Decidió que se fueran por los andadores donde había árboles y la sombra les vendría muy bien.

Comenzaron la travesía, Eréndira observó el bello paisaje que había en cada andador. Invitó a Rebeca y María que se fijaran en cada detalle. La mayor parte de los árboles que les rodeaban eran de Flamboyán, estaban en su esplendor, con las ramas llenas de flores en tonos rojo y naranja. Era como una especie de arcos que les daban paso al ir caminando.

—Miren en las jardineras, son los pétalos de las flores, qué bonito se ve —señaló María.

—¡Wow! ¡Parece una alfombra roja! —exclamó Rebeca.

Siguieron caminando hasta llegar a la florería. Entre las tres eligieron el arreglo para la tía Bertha. Optaron por un arreglo grande, bellamente decorado con gerberas de diversos colores y hortensias, alegre, como diría la tía Bertha.

Para el regreso a casa tomaron la misma ruta.  María y Rebeca tenían sed. Hicieron una pausa en el camino y se sentaron en una banquita, bajo un árbol frondoso. Eréndira les dio de beber el suero, mientras descansaba de cargar el arreglo. Una parvada de loros las deleitó con su algarabía. Las niñas alzaban la vista tratando de identificar en qué parte estaban los loros, mientras Eréndira observaba lo bello del paisaje, cómo los pétalos en el piso creaban una atmósfera tan hermosa.

—Ya estamos listas tía Ere —dijo Rebe mientras se colocaba nuevamente la gorra.

—¿Tía Ere, me prestas tu sombrero y yo te doy el mío? —preguntó María, a lo que Eréndira asintió. 
María se colocó el sombrero y Eréndira hizo lo propio,  ajustándolo bien a su cabeza para luego tomar el arreglo floral. Emprendieron el camino a casa, dejando atrás el paisaje sonoro de los loros y con la alfombra roja delante, para su deleite.
 
Photo by Leonard Dahmen on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 174. El insondable misterio de una cama revuelta. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                          Polvo del camino/ 174
              El insondable misterio de una cama revuelta
                      Héctor Cortés Mandujano

¿Estamos enamorados 
o sólo estamos en celo?
¿Lo nuestro es un encharcado
o estamos tocando el cielo?

¿Me lo ha dicho tu boca
o tal vez lo he pensado yo?
¿Seremos como la roca
o como agua del arroyo?

¿Me amas como te amo?
¿Te podré dar lo que me das?
¿Soy tu esclavo, soy tu amo?
¿Es este el final o habrá más?

[Dicen los tratados sobre versificación que los versos octasílabos son los más fáciles de escribir. Y sí, escribí estos en un santiamén, sólo por jugar, después de leer al poeta argentino Baldomero Fernández Moreno, quien escribe versos románticos. También hice unos bisílabos jugando: “Nora besa como habla: rico.”]



Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 173. K’unk’un. María Gabriela López Suárez

K’unk’un
María Gabriela López Suárez

Elba estaba sumamente estresada, ese miércoles se le habían juntado varias cosas por la tarde, entregar los reportes de fin de mes que le encomendaron en su trabajo y que estaba terminando de integrar; llevar a clase de dibujo a su sobrina Pamela; encargar el pastel de cumpleaños de su tío Salvador y pasar por un vestido a la tintorería. 

Intentó hacer un repaso, ¿en qué momento se le habían empalmado las actividades? Todas eran importantes de llevar a cabo. Mientras preparaba la comida hizo el esfuerzo para calmarse y respirar, 

—¡Tú puedes, tú puedes! —se repetía a sí misma.

Como una especie de reflexión se le vino a la mente la frase que solía decirle su maestra de lengua Tseltal cuando percibía que Elba se desesperaba al no comprender tan rápido la lengua de estudio:

—K’unk’un Elba, mok ma’me x-elmaj awot’an (Despacio Elba, que tu corazón se relaje).

A lo anterior le sumó recordar la ocasión en que bordaba con mucho cuidado un dibujo, que regalaría a su esposo Maximiliano, la hilasa se enredó y lejos de ponerse nerviosa,  ella se observó revisando con detalle cómo deshacer el nudo sin que la costura, que tanto tiempo le había llevado avanzar, se lastimara. La actividad resultó con éxito y la calma había sido un elemento clave.
 
El aroma de las hierbas de olor que agregó a la pasta que preparaba la hizo volver al presente, reservó la salsa roja y los champiñones que había cortado en trocitos para incorporarlo todo al final. En eso estaba cuando escuchó que Maximiliano llegaba a casa.

—¡Hola Elbita! ¿Qué tal tu día amor? ¡Mmm, huele delicioso! —señaló Maximiliano, mientras se acercaba a saludar a Elba.

—¡Hola Max! ¡Qué bueno que llegaste! Ya está la comida. ¿Me ayudas a preparar agua de limón con hierbabuena y cortar pan en trozos?

Mientras Maximiliano realizaba la encomienda, Elba le comentó cómo le había ido en ese miércoles y de sus pendientes, él se ofreció a ayudarle para que ella pudiera avanzar. El rostro de Elba dibujó una gran sonrisa, siguieron conversando y procedieron a degustar la comida. En la mente de Elba asomó de nuevo la frase  K’unk’un Elba, mok ma’me x-elmaj awot’an. Justo ahora sentía el corazón relajado.


 
Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 173. Mundos pedestres/ fantásticos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                           Polvo del camino/ 173


                       Mundos pedestres/ fantásticos
                          Héctor Cortés Mandujano

Despierto, abro los ojos// se caen las alas con las que volaba sobre el candente desierto de Ardán, donde he vencido y muerto, con muchas dificultades, al abominable monstruo conocido por TraHup, que asolaba las ciudades cercanas a aquellos paisajes oníricos. 
	Me levanto, voy a lavarme la cara, me veo al espejo// sobre la rama más alta del árbol más alto de la selva me ves fijamente: eres una pantera de ojos hipnóticos y sé que no puedo moverme, porque en ese instante saltarás y me morderás la yugular para beber mi sangre, como a veces me muerdes, cuando eres mi novia y al mismo tiempo ese felino que me sigue viendo, y sólo me das placer y no muerte.
	Me baño, me visto// la cascada me arrastra y caigo sin saber lo que encontraré en la honda poza a donde vertiginosamente me dirijo; un cocodrilo imposible de tan grande, como si fuera una pesadilla, me tira una tarascada cuando apenas mis ojos se han acostumbrado a ver debajo del agua, lo monto como si fuera un caballo salvaje y cuido que sus corcoveos o un coletazo me dejen fuera de combate; se oye una voz con absoluta nitidez que ordena al animal llevarme hasta la playa. Allí me espera quien habló: el rey de los cocodrilos…
	Voy a la cocina, enciendo el fuego, pongo agua para café// el volcán arroja lava, la tierra tiembla, el calor derrite piedras, el río de fuego avanza hacia la aldea donde estoy dormido, porque fui narcotizado por el hombre que se enamoró de mi mujer y se la lleva, dejándome a merced de un destino inminente; el río ardiente, que destruye todo lo vivo a su paso, con su viveza infernal, llega hasta mi choza, abre la puerta y llega hasta mi cuerpo, lo toma y me trasforma: soy un hombre antorcha y siento renacer en mí la nueva vida en la que podré comer incluso brazas sin daño alguno.
	Desayuno un par de huevos revueltos// y soy el león ante el ciervo destrozado; cedo una parte a mi leona y mis cachorros; las hienas dan vueltas mientras ven con ojos lastimosos como nos tragamos esta buena carne palpitante todavía, caliente; los buitres dan vueltas en el cielo.
	Me cepillo los dientes//, y sé que soy el anciano sabio que ha conseguido entender todos los secretos de la vida y la muerte, y los explico a señoras gordas, millonarias, y a hombres aburridos de estar sentados, tomando güisqui y llenándose de dinero cada momento por sus acciones en todas las empresas que hacen daño al planeta; enfatizo, desde mi posición de profeta sin falla, lo que va a ocurrir si no depositan el dinero que les he pedido por iluminarlos; lo que me gustaría es tener dientes y dar una mordida a una manzana, pero sé que eso no será posible, pese a mi poder manifiesto.
	Reviso mi peinado, mi vestimenta//, he dejado la vieja piel, como crústula blanca, tendida sobre las piedras y repto con mi nueva piel: soy la serpiente más bella del herpetario y ahora uno de nuestros cuidadores ha dejado varios ratones que erran desesperados por nuestra cárcel de cristal; ni siquiera me muevo, sé que uno vendrá a entregarse a mis mandíbulas.
	Suena el teléfono. Es mi jefe. Que me necesita con urgencia. // No sé si montaré mi coche o el caballo volador que tengo amarrado en el árbol seco de la entrada.// Carajo, a veces mi imaginación es un lastre…




Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 172. Sin temor a las alturas. María Gabriela López Suárez

Sin temor a las alturas
María Gabriela López Suárez


Mónica recibió la buena noticia que el examen que aplicó para una plaza laboral vacante había sido aprobado. El puesto de diseñadora gráfica era para ella. Llamó a su familia para compartir el motivo de su alegría. Decidió que cuando le fuera posible festejaría ese logro. 

Su encomienda laboral le implicaba mudarse de ciudad, Mónica tenía ahora una nueva tarea, la búsqueda de vivienda. Estaba consciente que tendría que invertirle paciencia a esa búsqueda, lo bueno es que tenía el tiempo necesario. Iniciaría en su puesto justo dentro de cuatro semanas.

En la cena comentó con su familia sobre su mudanza y la necesidad de encontrar una vivienda lo más cerca de su trabajo. Eso le permitiría ahorrar tiempo y gastos en el transporte. Roberta, su mamá, se acordó que tenía unas amistades en esa ciudad, les preguntaría si conocían de algún departamento pequeño que rentaran por la zona del trabajo de Mónica. Joaquín, su papá, dijo que ahora con las facilidades en internet sin duda encontrarían varias opciones. Miriam, su hermana menor no dudó en decir que ella se apuntaba a acompañar a Mónica en la búsqueda de vivienda, siempre y cuando fuera en fin de semana para no faltar a clases.

Finalmente, entre toda esa búsqueda de opciones Mónica tuvo de dónde elegir. El fin de semana fue con su familia para conocer la opción que le parecía más viable. La colonia en que se ubicaba el departamento estaba aproximadamente a media hora de la empresa donde trabajaría Mónica, esto si lo hacía caminando; a diez minutos en transporte público y a quince minutos en bicicleta. El costo de la renta incluía servicios de agua, luz e internet. El departamento tenía cerca un mercado, supermercado, farmacias, tortillerías, cafeterías, restaurantes, hasta un pequeño parque muy pintoresco con mucha vegetación.

Todo iba bien hasta que llegaron al espacio por el que Mónica se había decidido. Una señora de nombre Blanca les atendió. El departamento se ubicaba en el piso número 10, el penúltimo piso del edificio. Cuando llegaron Mónica no daba crédito a no haberse fijado en ese gran detalle. Ella solía temer a las alturas. Roberta y Joaquín le animaron a vencer ese miedo, sería un gran reto, valdría la pena. Miriam les observaba sin animarse a decir algo, ella también tenía cierto desencanto por las alturas.
 
Por fin lograron que Mónica subiera a ver el departamento, el espacio era pequeño pero confortable, muy bien iluminado y la vista era un deleite. Roberta y Joaquín revisaron que todo estuviera en condiciones seguras, la decisión final la tendría Mónica. 

La mente de Mónica estaba en un dilema, de pronto, se le vino a la memoria, la imagen de una tarde en que entró al gallinero que tenía su tía Lupita. Alzó la vista y observó que en los árboles, de ramas delgadas, estaban muy bien sostenidas varias gallinas, entre ellas una gallina coquena. Le preguntó a la tía Lupita si no se caían, ella respondió que no, que dormían ahí y que ellas elegían ese espacio.

—¿Entonces Moni, qué has decidido por el departamento? —preguntó Roberta, la señora Blanca está esperando la respuesta.

Mónica regresó al presente, sintió la mirada de su familia y de la señora Blanca. Su rostro dibujó una sonrisa:

—Me quedó con él, sin temor a las alturas —dijo en un tono seguro. Mientras tanto su familia se acercaba a felicitarla y abrazarla.
 
Photo by Kozymeii Kong on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 172. Mi mamá en el infierno. Héctor Cortés Mandujano

                         Polvo del camino/ 172

                         Mi mamá en el infierno
                             (Minificción)
                        Héctor Cortés Mandujano


Alguien tocaba a la puerta de mi departamento. Traté de ignorarlo, pero siguió dando persistentes toquidos. Abrí. Era un ser pequeño, desconcertante, de una inenarrable fealdad. 
	No era una cara la suya y no alcanzaba a verle algo parecido a una boca, cuando escuché su voz que era, también, espantosa:
	—Soy un diablo. Tu madre está en el infierno y quiere darte un recado muy importante. Le concedieron, no sé por qué, ese deseo. Para que vayas, necesito hacerte siete preguntas; si contestas satisfactoriamente, te llevaré con ella.
	—No quiero verla, gracias. ¿La torturan?
	—Se tortura sola. No puedes rehusar las preguntas. ¿Cuándo ves el rojo más profundo?
	—Cuando veo el sol con los ojos cerrados.
	—¿Cuál es el árbol más pequeño?
	—La semilla.
	—¿Qué es el rencor?
	—Polvo diabólico.
	—¿Y el amor?
	—Alas blancas. ¿Sabes? No me interesa seguir contestándote. Y no quiero ver a mi mamá. Si eres un diablo, tú sabrás qué quiere decirme, dímelo y ya. Tengo otras cosas que hacer.
	No sentí ningún cambio y en lo que dura un parpadeo estaba en una especie de mazmorra pestilente y oscura; escurría algo, con la consistencia de la sangre, del piso y las paredes que parecían pétreas. La materia oscura manchaba mis zapatos, el calor era asfixiante. Mis ojos se fueron acostumbrando y vi en un rincón a una mujer vieja, parada frente a un mueble de sombras. Movía las manos como tomando alguna materia, que yo no alcanzaba a distinguir.
	—¿Mamá? 
	La figura no se movió.
	La vi esperando que se volviera, que hablara. Pasaron varios minutos. Dijo:
	—¿Qué haces aquí, cómo llegaste?
	—Me trajeron, supongo, no sé cómo.
        —¿Para qué?
        —Me dijeron que querías hablar conmigo de algo importante.
        —¿Estás muerto o vivo?
        —Vivo, creo.
	—¿No sabes qué quería decirte?
	—¡Claro que no!
	—¿Qué te podría decir que fuera importante?
	—Eso mismo me pregunté. No quería venir.
	—¿No querías verme?
	—No.
	Volvió su rostro hacia mí. Hacía tanto que no la veía, me sorprendió notarme mucho parecido con ella.
	—¿Te hice daño?
	—Mamá, espero que no sea para una escena melodramática que me hiciste venir. Me dan flojera los llantos, los gritos y sombrerazos de vivos o muertos.
	Caminó hacia mí y detuvo su rostro frente al mío.
	—Te ves bien –me dijo.
	—Gracias.
	—No conozco a ningún demonio. Me la paso sola aquí, no me puedo sentar, no duermo, no como, no sé si pienso. No entiendo cómo fueron por ti ni para qué. Perdóname, hijo, si yo tuve algo que ver con eso. No fue mi intención.
	De la misma manera, sin que algo raro notara, estaba de nuevo en mi departamento frente al ser monstruoso.
	—Disculpa, hubo un error. Buscaba a otra persona. Puedes seguir con tu vida.
	Se desvaneció en un segundo. Cerré la puerta y regresé a servirme el desayuno. Mientras comía, decidí dejar el alcohol y las drogas. Tal vez algún consejo así me daría mi mamá, si viviera. 




Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 29. Doce cuentos en contra. Ilse Ibarra Baumann

Doce cuentos en contra

Compré Doce cuentos en contra (Barbara Jacobs, La Centena ed.) de pura nostalgia. Lo escogí porque la de la portada: la escritora, se parece a mi tía Hortencia. Mi tía ya murió, era la hermana de en medio de mi padre y casi no la traté, él era el menor de los tres. Y hoy que le enseñé la foto de Bárbara Jacobs a mi madre y le pregunté “¿a quién se parece?” Me dice “No sé, al menos a alguien que yo conozca, no. ¿Quién es?” La niñez me distorsionó el rostro de seguro. En la contraportada no venía de qué trata el libro, sólo menciona sus obras publicadas.

La forma de narrar de Jacobs me resultó muy agradable. Varios cuentos están representados por personajes adolescentes o jóvenes y tienen un trabajo literario ingenioso y con arquetipos lógicos y hábiles. 

No sabía que ella fue esposa de Augusto Monterroso y que ganó el premio Xavier Villaurrutia por su novela “Las hojas muertas” (1987). Habrá que leerla.

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Líneas de desnudo. 112. La Luz y la oscuridad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 112

La Luz y la oscuridad
Por Manuel Pérez-Petit

Pudiera ser que entendiéramos que ambas realidades por su aparente carácter antagónico son irreversibles e inevitables, pero yo estoy convencido de que no, que se puede prescindir sin duda alguna y con mayor facilidad de lo que parece de una de ellas, dado que además la ciencia niega su existencia y, desde luego, no debería existir, aunque justifiquemos su presencia en la miserabilidad y limitación de la condición humana y, de manera más demagógica y autocomplaciente, en el complejo ejercicio del libre albedrío, esa tragedia griega que tanto nos condiciona, y, en apariencia, sea la más divertida, excitante, seductora y confortable de las dos, pues, por si fuera poco, se puede residir en ella incluso sin saberlo o negándolo y es su función, según Shakespeare (1564-1616), devorar con sus garras el amor, aquello inoportuno, total y totalizante que nos trastorna, nos transforma y nos hace plenos en el sentido más pleno, que es la máxima expresión vivencial de la otra, a la que odia desde su perversión original, barroca, reaccionaria, retrógrada y vengativa, siendo indudable que tiene muy buena pinta y goza de muy buena fama, y aún más por ser camaleónica, bipolar, psicópata y sociópata, dicho esto último sin obviar su brillante y sin duda eficaz capacidad de establecer y llevar a cabo excelentes relaciones públicas, su paradigmática habilidad para extenderse triunfante sobre la faz del mundo. Hablo de la oscuridad –así, con minúsculas–, que a mí se me hace tan poco interesante, tan contradictoria y tan pobre como concepto que me quedo con aquello atribuido al propio Shakespeare y repetido hasta la saciedad aunque no asimilado por la mayoría de que “no hay oscuridad sino ignorancia”. 
            La oscuridad es némesis de la Luz –así, con mayúsculas–, que aunque a veces vaya y venga –o eso pueda parecernos– de manera misteriosa y hasta irritante, e incluso pueda causar una cierta desorientación, es constante, no existe como reacción a nada sino por sí misma, es de origen divino al contrario que la oscuridad y lo abraza todo desde antes del principio de los tiempos, teniendo en su naturaleza y vocación de permanencia el elemento más incómodo de cuantas cualidades le adornan, que está en todas partes, aunque muchos puedan negar que exista, bien por un convencimiento más o menos teórico bien por la propia experiencia de la vida, que no siempre es tan grata dado que entra en juego esa excusa tan recurrente y ya nombrada del libre albedrío. “La luz es el primer animal visible de lo invisible”, nos descubrió el cubano José Lezama Lima (1910-1976) en su poema “Las siete alegorías”, que yo leí hace tiempo en “La muerte de narciso” (1978), cuidada antología del poeta de La Habana llevada a cabo por el mexicano David Huerta (1949-2022), y esta afirmación connota una verdad profunda que abre el mundo a dimensiones inimaginables, porque, en realidad, de lo que hablo es del amor, que es la barrera coralina y natural, infranqueable pero vulnerable, con la que cuenta la Luz –pues no hay Luz sin amor– para defenderse de los furibundos y sordos, brutales, ataques de la oscuridad, y esto explica que cuando nos encontramos frente al amor nos lo cuestionemos en lugar de vivirlo, lo cual es una pena, pues no siendo menos cierto que vivir en la oscuridad no nos complica sino todo lo contrario persistir en la Luz se nos hace a veces cuanto menos un galimatías.
 __________
Nota del autor
Volveré por estos fueros y seguiré abundando en estas reflexiones recurrentes en mí, como ya lo hice de uno u otro modo, a lo largo de estos años, en este ‘Lineas de desnudo’ que es ya más de ustedes que mío, como en mis ‘Deseo de fuego’, ‘Escribir de amor’, ‘Vivir es amar’, ‘Confesión de urgencia’, ‘Declaración de intenciones’, ‘Feels so good’, ‘Declaración de reconocimiento’, ‘Aspirar a la luz’, ‘Mi carta a los Reyes Magos’, ‘La deriva’, ‘Es como si mi tiempo se acabara’ o, en tiempos más recientes, ‘No hay extensión más grande que mi herida’ o ‘El libre albedrío’, solo por señalar unos pocos.  
   
Imagen que se usó para ilustrar la portada de ‘Primera Claridad. Antología literaria del Liceo Navarro’ (Pamplona, España, 1990), primer libro editado por M. P.-P., y que luego fue emblema de Sediento Ediciones en su etapa 2015-2017. Nota dos del autor: Este ojo podría estar cerrándose, pero siempre lo ví como un ojo que comienza a despertar…
Fuente de la imagen: Archivo personal de M. P.-P. Origen: Desconocido, fruto de una búsqueda del diseñador editorial del libro mencionado en el pie de foto, Gabriel M. Campanario.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 111. El pasmo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 111

El pasmo
Por Manuel Pérez-Petit

No son los tres sudamericanos, aquellos que cantaban “¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?” Tienen en común ser andaluces –como yo– y, de manera más específica, de Cádiz y Sevilla, esto es, de Andalucía la baja, en la que el valle del río Guadalquivir casi se confunde con el océano y puede uno tocar Cuba con la palma de la mano y hasta vislumbrar en las tardes claras de buenos aires la embocadura del río de la Plata. Son tres personajes que se visten de luces. Tienen, como en cierto modo el Séneca, personaje del denostado poeta pero no por ello menos notable José María Pemán (1897-1981), gaditano como su “enemigo” el también poeta y grande que aún siendo de Cádiz era de El Puerto de Santa María Rafael Alberti (1902-1999), quien se carcajeaba de sí mismo por haber pasado de escribir el muy serio poemario “Sobre los angeles” (1929) a ser “el poeta del partido”, con sus “Coplas de Juan Panadero” (1949 y 1977), eso que en mi tierra llaman ‘pasmo’, palabra que el Diccionario de la Lengua española (DLE) define, en su primera acepción, como “Admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso”, y que en Sevilla y Cádiz, acaso sublimando aquello atribuido al poeta y ganadero Fernando Villalón (1881-1930) de que “el mundo se divide en dos grandes partes, Sevilla y Cadiz”, se lleva aún más allá, aplicando a la palabra una connotación hiperbólica –si hay un sinónimo de la palabra Andalucía, y más en referencia a la baja, es la palabra hipérbole–, mediante la cual ‘pasmo’ ya no es la admiración y el asombro extremado que causa nada sino aquello que lo causa y, por tanto, ya no se trata de algo de fuera sino de dentro, de la reacción en los demás sino del propio objeto que la causa. Así, Juan Belmonte (1892-1962), “El pasmo de Triana”, leyenda del toreo, que se ponía ante el toro como un don tancredo para que pasara lo que tuviera que pasar, pues no en vano, “más cornadas da el hambre” –que inspiró, por ejemplo, al mexicano Luis Spota (1925-1985) para una de sus novelas–, proverbio taurino que muchos le atribuyen a este fundador del toreo moderno junto a José Gómez Ortega (1895-1920), más conocido como Joselito o como “El Gallo“, quienes tomando la tradición nacida en los tiempos rondeños de Francisco Romero (1700-1763) y, sobre todo, su nieto Pedro Romero (1754-1839), que plasmó para siempre Francisco de Goya (1746-1828) en su “La tauromaquia” (1826), colección de estampas de grabado únicas de la historia del toreo, y de la edad de oro del matadero de Sevilla, en que Joaquín Rodríguez (1743-1800), que pasó a la historia por su sobrenombre, “Costillares”, por poseer una gran habilidad en abrir en canal las reses y despiezarlas, que era el oficio de su familia, perfeccionó el pase mágico y pasmoso llamado “verónica de frente”, deteniendo el tiempo del toreo hasta hace un siglo, que es el que hoy, con sus más y con sus menos, conocemos, y aún más de cerca, con estos tres personajes, ejecutantes como ninguno de la verónica, de los que iba a hablar hoy y sobre a los que al final apenas apenas paso por encima: Curro Romero, Morante de la Puebla y Joaquín Sánchez. Dos sevillanos, uno de Camas y el otro de La Puebla del Río, y un gaditano, de El Puerto de Santa María, que tienen en común el río Guadalquivir y el pasmo del que hablo. A Curro, hoy un semidios venerado, se le iba a ver aunque fuera solo por hacer el paseíllo –yo le vi dar con la muleta cinco series de naturales, pase que se da con la izquierda, siendo los que se dan con la derecha derechazos, un miércoles de feria de abril de la prehistoria, de aquellos que te quitan las ganas de regresar a la plaza porque no es posible ver cosa igual ya más–, Morante, que, como éste, es capaz de hacer que el tiempo se detenga en hace un siglo y de detenerse como estatua en el intento, de dejarse ir y levantarse como descendiente de Hércules, fundador de Sevilla y Cádiz, y Joaquín, la leyenda del Real Betis Balompié, que casi no ha tenido lesiones en toda su carrera, y va y se rompe justo a punto de batir todos los registros históricos del fútbol. Eso tiene el pasmo, que es como entregar la cuchara sin entregarla, la sublimación de lo posible y lo imposible, el orgasmo sin sexo. Y quizá hable de esto mismo en un nuevo artículo no muy lejano, pues hoy el mundo puede que lo requiera, sobre todo por el “¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?”, de eso que en mi tierra se llama el pasmo. 
El torero Juan Belmonte en la portada de la revista Time del 5 de enero de 1925.
Fotografía: De dominio púbico. Tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:TimeCover19250105.jpg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.