Líneas de desnudo/ 17

Escribir de amor

Por Manuel Pérez-Petit

 
Escribir no es inevitable. Para mí, por ejemplo, lo es como un ejercicio de la voluntad; quiero decir, escribo porque quiero, no porque no pueda evitar escribir, que puedo hacerlo –evitarlo–, que nadie tenga la menor duda. Es mi manera de ser libre. Y además pienso que eso de escribir porque no se pueda no escribir tendría que ser catalogado como patología, como el coleccionismo, pues de algún modo no dejaría de ser una especie o subespecie del trastorno obsesivo-compulsivo y tener, en consecuencia, su consiguiente espacio en los manuales de los psicoterapeutas, cuando no en los de los psiquiatras…
          Buen comienzo éste, pienso, para hacer amigos, jejeje, pero tal como lo pienso lo escribo, quizá esta vez porque no pueda no escribirlo.
          Escribir de amor es otra cosa. Cierto que el enamoramiento trastorna la percepción de la realidad, pero es algo de lo que nadie puede sustraerse. Enamorarse te lleva a una dimensión distinta. Escribí una vez hace muchos años que enamorarse te vuelve bobo, y creo aún hoy que es una afirmación cierta. Escribir por amor lo ha hecho todo el mundo alguna vez, pero eso no convierte a todos en escritores. Confieso que estando enamorado es cuando más trabajo me ha costado escribir algo. Después ya no, pues soy amigo de cocinar mis obras en frío. Cuando se trata de escritores de verdad – o sea, que trabajan en el oficio de escribir con constancia y consistencia– que, al enamorarse, escriben también de haberse enamorado, de la flor de loto de su amada o de cómo el cielo, el agua, la tierra, el fuego y hasta el canto de los pájaros que, de repente, se hacen diferentes a sus sentidos por el embaucamiento del amor florecido como por ensalmo y sin razones demostrables sino porque sí… Eso de que las cosas surjan porque sí, como un milagro, que donde no había nada de repente surja la Vida, sí, la vida con mayúsculas, por la posibilidad –que uno entiende real, pero quién sabe– de plenitud en otro con quien se aspira a ser uno solo, o que ese amor, como en el caso de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez (1927-2014), sea ya un estigma –si no obsesión–, para toda la vida, me resulta un disparate. Hermoso, inspirador y hasta envidiable, pero disparate, y más en un día como hoy, con San Valentín, flores, libros y bombones por todas partes, dispuestos como venimos estando todos a la fantasía. Como bien debería saberse, pues su lectura tendría que ser generalizada, en El amor en los tiempos del cólera se cuenta la historia de Florentino Ariza, un empleado de telégrafos en un pueblo costero colombiano, en época de guerra civil y epidemia de cólera, quien, con solo un golpe de vista y una correspondencia posterior, se enamora de la hija de un hacendado, al punto de declararle: “su fidelidad a toda prueba y su amor para siempre”, y ella, Fermina Daza, su “diosa coronada”, lo acepta, pero el padre de ésta los descubre y se lleva a la chica lejos, a fin de que olvide ese amor... No les haré lo que llaman spoiler, pero el drama está servido… Florentino ama a Fermina toda la vida, pero su juramento...
          El amor tiene su miga y es muy trastornante, en efecto, lo digo por experiencia. Me costó muchos años adquirir nervios de acero y temple para evitar sucumbir sin lucha a los cantos de sirena del amor. Yo era muy enamoradizo, y eso no es conveniente, lo aseguro, como tampoco lo es, ni sano siquiera, no enamorarse nunca. Como Odiseo –héroe al que conocemos por lo general como Ulises, que es la versión latina de su nombre– en La Odisea, atribuida a Homero, la primera historia de amor jamás escrita, no me hice atar sino que yo mismo me até al palo mayor de mi deriva –perdón, de mi nave– para no caer en las trampas que para mí fue siempre enamorarme. Como bien se sabe, La Odisea narra el viaje de regreso de Troya a Ítaca de uno de los líderes griegos victoriosos de la famosa guerra que por el amor de Paris a Helena determinó el devenir en el Mediterráneo oriental hace unos tres mil años. Fue Odiseo, además, el caudillo de las tropas que ingresaron a la ciudad de Troya metidas en el gigantesco caballo de madera que tanta fama tiene hasta nuestros días.
            Curiosos personajes, Florentino y Odiseo, como curiosos también Fermina y Penélope, que aunque, de algún modo, hicieron, en el interín de muchos años –una más de cincuenta y la otra unos veinte–, su vida –Fermina entregándose a su marido, Juvenal, y luchando por su dignidad frente a todo, dado que su corazón era de Florentino, y Penélope buscando una tras otra la excusa, tejiendo y destejiendo el sudario para el rey Laertes que era la condición que puso a sus pretendientes que la acosaban como paso previo a aceptar a alguno de ellos, de entre los que debía elegir, dado que se daba por segura la muerte de Odiseo en batalla y, por tanto, se le consideraba a la reina libre de su compromiso matrimonial–, en el fondo de sus corazones permanecieron fieles a su amor verdadero… Curioso que Florentino distinga entre fidelidad y lealtad, por ejemplo, y bien que lo hace, o que Odiseo busque más regresar –no sin distraerse– a su isla y su trono que el amor de su esposa, a qué engañarnos. Todo héroe tiene sus miserias. Es más complejo el caso de Ariza, pues de igual modo distingue alma y cuerpo en cuanto a lo que al amor se refiere.
            Si hablamos de amor, siempre recuerdo a Rainer María Rilke (1875-1926), quizá el poeta más importante de su época y, desde luego, el más trascendente a toda la poesía posterior en muchas literaturas. Nacido en Praga, actual República Checa, pero de lengua alemana, tuvo gran reconocimiento en vida, al punto de viajar por gran parte de Europa y hasta mantener una muy abundante correspondencia con todas las figuras culturales y artísticas de su época. Como es natural también recibía muchas cartas de personas desconocidas para él. A finales de otoño de 1902, Rilke recibió una carta de un joven poeta desconocido, de nombre Franz Xaver Kappus, que le enviaba sus ensayos poéticos a fin de recibir una opinión sincera. Fue el comienzo de una correspondencia de diez cartas, la primera de las cuales, fechada en París el 17 de febrero de 1903, ha resultado ser, del mismo modo, la más famosa. En la misiva, Rilke le dice al joven aprendiz de poeta: (...) No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general (...) (traducción de Luis López Nieves). No escriba versos de amor… Es un consejo que quizá deberíamos seguir todos, pero debemos rendirnos a la evidencia de que los versos de amor son los más abundantes y prolíficos de la historia de la literatura… No en vano, el amor es la fuente más pura de la fecundidad. Yo, que escribo de amor, puedo, de igual manera, atestiguarlo. El amor, siendo cierto, es de esas pocas cosas milagrosas que aún con su naturaleza permanente nunca dejan de asombrarnos. Es la vida. Y el diverso y generalizado legado literario universal del amor es incontable e inagotable. El amor es donación, o así lo entiendo; negación de uno mismo y a la par entrega en el otro para la construcción de un nuevo yo plural que, a su vez, deberá ser incontable e inagotable...
            Valga como reflexión a la “frivolidad” –dicho sea con respeto– de la celebración del Día del amor, que, todos los años tal fecha como la de hoy, 14 de febrero, festividad de San Valentin, celebramos con alborozo, aunque a veces olvidamos que el día del amor debería ser todos los días, como el día de escribir para todos los escritores de verdad. Pero está bien así. 
   
 ©M. P.-P., 2009
Fotografía:  ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.