Líneas de desnudo/ 5

Deseo de fuego

Manuel Pérez-Petit

Hago una breve cesura en mi serie ensayística acerca de la distopía –no tan distópica, como se puede y podrá comprobar–, a la que regresaré la semana próxima, para detenerme por un día, hoy, 25 de diciembre del nefasto año 0 de la era de la p., perdón, pandemia, al borde del año 1 d.p. –d.p. corresponde a ‘después de la p. pandemia’–, al fin y al cabo, en este nuevo calendario al que habremos de acostumbrarnos, lleno de oscuridad y apenas llama, desarraigo del sentido del tacto, emponzoñamiento general y enfermedad mental más que vírica entre otras lindezas, pero también, miren por dónde, de posibilidad de crecimiento interior y de ver más que de mirar con ojos nuevos; para detenerme, digo, al final de un año en que hemos conocido más grises que nunca en nuestras vidas y los colores se nos han han desvaneciendo como por efecto de magia, provocando en muchos tanto dolor como ilusiones de nuevos horizontes no tan futuros, cuando no la propia negación, o, lo que es peor, incluso la autonegación, pues, entre otros motivos, eso de mirar hacia adentro, no por decisión propia sino casi por decreto, en demasiadas ocasiones resulta incluso peor que indigesto; para detenerme, digo, en unos seres que no son cuento ni apenas fantasía, aunque ésta los ha hecho arder por todas partes desde tiempos inmemoriales.
     Son reales; yo los he visto paseando con Sibelius y con sangre –y ni se imaginan cómo– en un bosque al borde del lago Inari, en Laponia, junto a iglesias de madera sin repintes y caminos sin retorno; en el desierto de Juárez, perdido en flores sin igual con Jorge Luis Borges junto a El Paso y el recuerdo de los centauros del desierto; en el claroscuro de las orillas imparables del río Paraná en Zárate o en Corrientes, caminando con Macedonio por avenidas y avenidas de divertimentos; en los manglares de Nicaragua, de Rama a Bluefields, con Cardenal recitando versos arrodillados; en los brazos de un Dante sometido a exilio junto a la cúpula imposible de Brunelleschi; comiendo salmón en Estocolmo con Greta Garbo, su reina Cristina; en los palmerales de Palm Springs, paseando por N Indian Canyon drive bajo chorros de vapor de agua a cincuenta grados a la sombra y en el parque de atracciones de Santa Mónica, subidos a la noria de los deseos; bajando la Cordillera –así, con mayúscula– a punto de entrar y extraviarme en el barrio Lastarria de Santiago; en las hordas de trigales de los campos de Castilla, a dónde ni Machado llegó; en los rincones más escondidos de mi imaginación por el pirineo navarro, camino de Roncesvalles y la retaguardia del ejército de Carlomagno; ahogado en máscaras en la plaza de San Marcos, a punto de entregarme en incondicional armisticio a los canales de mármol más famosos del universo; desorientado en la Alhambra pese a que me acompañaba Washington Irving; subiendo las rampas de la Giralda tras las manzanas de oro; adentrándome en los volcanes más voluptuosos de Costa Rica tras haberme enamorado en Tortuguero, tan cerca de Limón que hasta la música escuece… Los he visto saltar de las páginas de docenas de libros al sillón en que estaba sentado para que les abriera hueco o ponerse a mis pies, encenderme la pipa o un cigarrillo y hasta asar castañas, para deleite de las fiestas invernales bajo inmensas nevadas incluyentes. He volado con ellos, me han rescatado de las fauces de demasiados peligros a los que estoy, por otra parte, acostumbrado a exponerme, los he abrazado tantas veces como días tiene mi consciencia y hasta, a veces, dormido en sus lomos o incluso besado en la boca. 
     Quizá por ello soy uno de ellos también, el menor de entre los de su especie. Los conozco bien. Cuando estuve solo estaban conmigo y cuando estuve en multitudes se subían a mi espalda, donde luchaban con mi ángel de la guarda para ver quién podía más y podía conmigo. Pese a lo que se pueda colegir de esto último y contra la opinión generalizada, son seres de bondad, dotados de gran nobleza y fuentes de calor inigualables. 
     Yo deseo que esta Navidad sea la de la conjura de los dragones, que tienen la ventaja de que nadie cree que existan, pero yo puedo atestiguar que sí. Y quizá eso explique muchas cosas. Deseo que su llama inextinguible sea la que nos contagie y nos ponga la corona de triunfantes reyes de la existencia. Que ardamos como los seres gestantes que en realidad somos, que construyamos con fuego una nueva vida. No para llevar la contraria a la p., que al fin y al cabo es, por lo visto, aún inevitable, sino para apostar, el día en que conmemoramos el nacimiento del Niño-Dios, como nunca antes, por la vida.


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.