Líneas de desnudo/ 31

Confesión de urgencia
Por Manuel Pérez-Petit

                                       A la niña de los jardines

Os confieso que me he llevado la mayor parte de mi vida buscando lo que siempre di en llamar ‘mi lugar en el mundo’, a sabiendas de que no era una tierra específica sino otra cosa cuya definición también tardé años en descifrar y solo lo conseguí de forma vaga e inconcreta, por lo que me abstengo de expresarla.
            Os confieso que durante mucho tiempo pensé que mi sitio en el mundo, mi patria, mi destino, era una mujer, error terrible que he pagado una vez tras otra y con creces, por lo que no abundo en ello dado su carácter doloroso, confuso y complejo para mí.
            Os confieso que hubo un tiempo en que estuve convencido de que mi patria era una cultura, un ámbito cultural, la lengua incluso, y me puse a buscar y a rodar por el mundo, contraviniendo todas las convenciones familiares y sociales –convirtiéndome, de paso, en algo así como una oveja descarriada–, hasta que di con América y, más en concreto, con México, pero descubrí que la weltanschauung o idea del mundo que está en la base de toda cultura no hace de ningún sistema cultural algo único y diferenciado del resto del universo. 
            Os confieso que de inmediato observé que en la interculturalidad –que no en la multiculturalidad, pues la interculturalidad es comunicación, como la propia vida, mientras la multiculturalidad niega la comunicación– estaba mi sitio en el mundo. Y fue entonces que me di cuenta de que estaba más desnudo que nunca, más deshecho, más en condiciones de verdaderamente morir, lo cual es el paso para nacer.  
            Os confieso que que lo mío es algo fatal y hermoso. Que recuerdo con mucha recurrencia lo que Jorge Luis Borges dijo en su discurso de aceptación del Premio Cervantes 1979: "... Quiero decir también que me siento muy conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal...".
            Os confieso que, a veces, me acuerdo de frases como ésta u otras, y las busco, las compruebo, las confronto –y también con mi estado de pensamiento o de sentimiento o con la nubosidad variable de cada día–, y me recreo en ellas, y me conmuevo, y me doy cuenta de por cuántas cosas debo pedir perdón y de por cuántas dar las gracias, del privilegio de los dones y encantamientos de manera inopinada recibidos, de los talentos que me juego en cada envite –bien o mal jugados, pero jugados con fe y con sangre, con una honestidad grabada en piedra–, y de que debo hacerlo todo, pese a mi invalidez demostrada y evidente, y mira que cansa, pero es lo que me toca. 
            Os confieso que por esta misma razón se me vienen encima todos los jaguares de la memoria, me inflamo como una rosa en el jarrón de su cárcel y me levanto como la hoja de un libro expuesta al viento, reconstruyendo lo que ha sido y es mi propia vida, y asumo ésta tal y como yo mismo me la he buscado, y me digo "venga", que está todo por hacer. Y si esto es fatalismo, fatal ha sido y es, desde luego, mi propia e inútil vida. Pero lo fatal no es lo malo, pues no puede ser malo lo que es inevitable y fruto de recibir, aceptar y cumplir un destino; un destino que no solo no se busca sino que es ineludible y que en el fondo se desearía, incluso, antes que para uno para cualquier otro, pero ese deseo, de tenerse, nunca se cumple.
Os confieso, en definitiva, que sí, que acepto mi destino y que cumplo mi destino –y que hace tiempo que no lo busco, porque buscar lo que se encuentra y se posee, aunque no sea del todo, es un contrasentido–. Que mi rendición no puede ser más evidente ni gozosa.   
            Eso sí, ya que hablamos de destino, me pregunto si puede haber algún otro destino que no sea expresado y realizado en términos de justicia. Y estoy convencido de que en mi caso el mayor acto de justicia es darme y que darme es mi destino, lo cual me da pie a cumplir, a cumplirme, de una vez, en mi sitio en el mundo. Y a estar de una vez en paz conmigo mismo, que ya es hora. 
            Con todo y ello, os confieso también que hace años me grabé a fuego lo que dijo un día no muy lejano el jefe Seattle: Hoy, aquí, para mí, "termina la vida y comienza la supervivencia", y quizá la supervivencia sea el modo más coherente con la aceptación de un destino, y el más pleno y auténtico de vivir y de llegar de una vez a la hora de la muerte.
Málaga, España, 2014.
Fotografía:  M. P.-P. en la plaza de la catedral de Málaga, España, en el verano de 2014.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.