Polvo del camino/ 60

La vía secreta
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

  
El hombre le pidió que fuera de noche a su casa. No era la mejor idea, pero su trabajo de traductora no siempre era fuente de contratos. Ni modo. 
           Cuando hablaron por teléfono la voz masculina le pareció cálida, amable, confiable. Tal vez su voz fuera como él. Cruzó los dedos.
           Llegó a la dirección y tocó el timbre. Le abrió la puerta un joven, que se apoyaba en un bastón.
           —Perdona, no quise decirte. Por eso no podía verte en otro lado, tuve un accidente. Pasa…
           La sala estaba recargaba de adornos, fotografías, cuadros, libros.
           —Preparé una mesita en el jardín, es por allí…
            Cuando ella caminaba en el rumbo que le había indicado, sonó de nuevo el timbre.
           —Ahora te alcanzo, sigue…
           Oyó otra voz masculina. Otra persona llegaba.

Encendió un cigarrillo y en ese momento, como bólido, el recién llegado, a quien no tuvo posibilidad de ver antes, se le lanzó encima. La tiró con el impulso y cayeron juntos; ella se rehízo antes que él y, para detener el nuevo ataque, levantó la pierna y el tacón de su zapatilla se hundió en la garganta de su agresor. La fuerza con que él caía y la fuerza con que ella levantó la entrenada pierna hicieron una punta fatal, definitiva.
	Él se retorció y ella se quitó el zapato. Se escuchaban los estertores cuando el anfitrión, con la torpeza de su caminar, arrastrando la pierna, llegó.
	—¡Dios mío!, ¿estás bien? Parece que este loco venía detrás tuyo y se metió sin mi permiso.
	Él le tendió una mano y ella se incorporó. Los dos vieron al muerto.
	—¿Lo conocías? –dijo él.
	—No.
	—¿Y qué vamos a hacer? –dijo él.
	—No sé.
	Se quedaron en silencio, se sentaron.

Como pudieron, más con la fuerza de ella que de él, que se dolía de la pierna y de un brazo, lo metieron en una bolsa de basura; limpiaron las huellas, subieron el cadáver al coche y con él salieron hacia la carretera. Avanzaron dos horas y en un lugar que creyeron solitario hicieron una fosa y lo arrojaron, lo cubrieron de tierra. Volvieron juntos. Era de madrugada, ella se quedó a dormir en la alcoba y él en un sillón de la sala.
	Pasó el tiempo y nada se supo del muerto. Ella y él se casaron poco después del incidente. Siguen casados. Son felices.
 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Juventino Sánchez
Ilustración: Juventino Sánchez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com