Roberta había dispuesto que, en casa, esa semana harían depuración de lo que no utilizaban, para donarlo si estaba en buen estado o desecharlo si no era útil. Lo primero que pensó fue en el cuarto de su hijo Roberto. Él solía guardar muchas cosas que luego no ocupaba.
Cuando estaban desayunando le comunicó la noticia a Roberto, él la quedó viendo. Roberta conocía esa mirada, significaba algo como, no me entiendes mamá, todo es útil en su momento.
La tarea comenzó y Roberta tenía práctica en eso, en un par de días juntó tres cajas con cosas para depurar y dos bolsas con ropa y calzado para donar. La tarde del miércoles decidió dar su revisión para ver cómo iba Roberto en su actividad, lo encontró en su cuarto con varias hojas de papel debidamente apiladas, unas libretas en proceso de deshojar y unos frascos de vidrio que ella había colocado en lo que iría para la basura.
Roberto observó el rostro de su mamá, intuyó que le diría algo y acertó.
—¿Y en qué se supone que avanzaste? Yo ya seleccioné las cosas que sirven, las que no, pero veo que ya fuiste a recoger cosas que van para la basura.
—Sabía que me dirías algo, pero esta ocasión no seguiré acumulando cosas, lo prometo. Te explicaré mi idea.
Roberto recordó lo que había aprendido en algunas clases de la secundaria en su materia de Ciencias, y eso era lo que estaba tratando de aplicar. Le explicó a su mamá que la idea de ella era muy buena, separar las cosas para donar las que servían y tirar a la basura las que no usaban. Sin embargo, podrían hacer algo más en beneficio del medio ambiente, aplicar la regla de las tres erres reducir, reciclar y reutilizar. Eso era lo que él intentaba hacer con las hojas, darles otro uso porque tenían un lado limpio, con ellas haría libretas pequeñas, sabía que a Roberta le encantaban. En cuanto a sus libretas aún podría ocuparlas para otro ciclo escolar con las hojas que estaban sin usar. Respecto a los frascos de vidrio los podían decorar y reutilizar para guardar semillas en la despensa; la otra idea era para obsequiarlos como dulceros o semilleros en alguna fecha del año.
Las ideas de su hijo le parecieron muy interesantes a Roberta, quien escuchaba con atención y recordaba haber leído en un periódico hace algunos años que se cortaban 500 mil árboles diarios y que para fabricar una tonelada de papel se requerían de 15 árboles. Era un impacto fuerte para la naturaleza. Esa tarde ella había aprendido algo nuevo, Roberto le había dado la lección de las tres erres y por otro lado, ella ya se estaba imaginando que le gustaría tomar parte en la elaboración de libretas y decoración de frascos.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Palinodia del cuerpo
(Sobre la exposición de Juan Ángel Esteban Cruz)
Héctor Cortés Mandujano
1. La muchacha, enamorada de sí misma, ve sus pupilas hermosas en el espejo. Detrás de ellas, una bola blanca y sanguinolenta, llena de misteriosas conexiones, está oculta en el interior de su rostro, como sarmentosa raíz oscura, en el revés de su ojo.
Debajo de su ombligo lúbrico, piel adentro, las costillas flotan mientras la sangre escurre, camina, corre, brota de un manantial recurrente y cansino. Sus pechos opimos muestran a ilusos la majestuosa apariencia superficial de la belleza, mientras late debajo un corazón hecho de viejos y revueltos huesos sangrantes.
2. Levanta el pedante su brazo admonitorio y cree decir palabras que no son más que ecos repetidos de la nada eterna y sucesiva. El hombre vivo es sólo el montón de huesos que sostienen la ilusión de los cabellos, los labios, el sexo. La vida es la última línea de claridad, en el ocaso, antes de que caiga sobre ella la noche definitiva, unánime.
3. Aquel hombre genial, esta mujer encantadora, ese niño inocente, y también la vieja sabia, el anciano insoportable… todas, todos, alguna vez seremos comida fácil para los insectos que acomodarán los cráneos mondos sobre sus patas implacables, para los zopilotes que esperarán con paciencia nuestro último suspiro y que desdeñarán nuestras joyas para yantar a gusto en nuestras vísceras, en nuestra carne magra. Nos volveremos sólo huesos que roer para quien, después, será comido por otros, hasta llegar al revuelto polvo al que nos integraremos antes de volvernos aire, luz, vacío, nada…
¿Cuántos órganos se involucran en el acto mágico de ver? Muchos, algunos tan invisibles como la memoria: veo esos ojos y recuerdo a una mujer a la que quise, miro la tarde y mi padre muerto me pide que caminemos juntos. Además, el color no existe. Y el tiempo es una mezcla inextricable de ayeres, este instante y tal vez mañanas. Vemos distinto cuando somos niños, cuando jóvenes, de viejos. Y somos todos los sexos, todos los animales, todas las posibilidades: los mundos, los universos.
Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad que somos nosotros, que él es. Tiene la luz de la inteligencia y la sombra del arte que camina dando palos de ciego. Sabe que detrás de la bella escenografía están las maderas empatadas, los clavos enmohecidos, el cartón rompiéndose, y eso le importa más que la boca pintada con el uso maestro del bilé.
Esta exposición es su visión panóptica y su mirada fija; lo que ve, imagina y sueña en la duermevela, el sueño paradójico, la pesadilla.
El otro salto es saber cómo nuestra mirada puede volverse esa raya, ese color, aquel dibujo, esta obra. Y allí ya entra el concepto, que es un quebradero de cabeza: arte. El arte es volver a nuestros orígenes, se ha dicho desde la filosofía. Y somos esqueletos, sangre, negruras, alimento para otros, carnada, misterio. Eso nos dicen estas imágenes.
El ojo, el cerebro, la memoria, la mano, la vida de Juan Ángel Esteban Cruz están en estas representaciones que nos inquietan, nos inquieren, nos envuelven en algo que está más allá de él, que las hizo, y más allá de nosotros, que las contemplamos.
En ese más allá donde tiembla el agua del manantial interminable del arte eterno, de la muerte que nos espera, que nos hace señas obscenas y, a la par, guiños sugerentes.
4. Parece que los cuerpos se retractaran de su vestido de carne en las pinturas de Juan Ángel: El gallo es una aparición de huesos y ectoplasma, que intenta cantar en el aire gris de la no materia. No termina la tortura en el esqueleto que se halla atado con alambre de púas y parece gritar piedad desde su boca seca, desde sus ojos huecos. Es bello el pez azul que, como Caronte de espléndida cola, parece arrastrar un cadáver en las aguas de la muerte, pero en las aguas rojas el pez también es una colección de huesos, una aparición que aletea, con la grandiosidad de su veste carmesí, en las profundidades de la nada…
5. Al imago no llegan estas imágenes, estas apariciones, son palinodia del cuerpo: el gazapo bicéfalo es devorado o alimentado, lo mismo da (¿quién dice que no es lo mismo estar vivo que muerto?), por un homúnculo femenino, mientras parecen caer en un abismo azul de resplandores rojizos. La muerte escarlata toca la tarantela de los muertos. La mujer y la calavera están a punto de pasarse, en un beso, el pez violeta del amor.
*Texto incluido en la exposición Palinodia del cuerpo, de Juan Ángel Esteban Cruz, inaugurada el 19 de noviembre de 2021, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ware expresa la humildad que nace en su sentir como la comparación entre lo diminuto y lo fantástico. Tan así que el cuerpo alargado que mira impone su criterio derramando un castaño definido en la altura. De la nada surge, crece; yergue su figura hasta lo alto, donde en el cielo se percibe un cuello manso y poderoso, diríamos casi humano. Pasamos de la altivez inicial a la calma de la emoción, en una aquiescencia premeditada, o tal vez nacida del mundo para todos los tiempos. Más allá, vean, la cabeza se hunde en el mutismo. Observa silenciosa las tantas figuras trianguladas, como si el occidente buscase la respuesta a sus desvaríos. En otro lado de la historia un rey piensa en su obra, mira por la ventana del palacio y espera. El pintor, oculto tras una mancha azulada, lacea y muere de pronto, recuerda a su soberano, al requerimiento que apremia, y de tanto los colores van surgiendo, como por arte de magia, del extremo picudo, verde, azul, blanco…
Bajo los hombres las sombras se quedan marcadas en unos verdes intensos, pintan obscuridades; así las patas del animal, en una fuga inevitable, hasta la rayana del cielo que luce un celeste tranquilo.
El animal confía en sí mismo, ajeno al trato y al porvenir. No es más que el secreto de Missiroli: El silencio, el maquillaje y Dios. Tres pilares, tres hombres, tres lecturas y tres sentimientos en la mente.
Como si el tiempo se hubiese parado, incapaz de atravesar el vacío de la ventana por donde el rey continúa observando, en una ilusión que desaparece envuelta en sueños, la cosa se aquieta. Ahora, en la otra esquina de la ciudad, un sirviente desnuda a su amo. El hombre lo va despojando de los vestidos sucios y rotos. El artista aparece con los ojos cerrados, piensa en su obra. Tantos meses de caminatas le han servido para entender que todo tesoro permanece siempre oculto, detrás de la prisa y las obsesiones huecas. Recuerda cuando los indígenas le mostraron al animal. Manso, feliz, sonriente, con su cabeza inclinada, servil. En la trasera un matorral casi imperceptible (quizás imaginado), anticipa un bosque sin fin y, más allá, la meseta desierta perdida en el infinito llano. Pero ahora tenía ante él la oportunidad de comunicar con su paleta los demonios y santos que le mordían el alma…
Hay algo de desconcierto en la obra nubia. No sabremos nunca dónde comienza y dónde acaba, ¿es, acaso, una leyenda, una trama, un entretenimiento fútil, un sueño pasajero, una necesidad innecesaria? Me refiero a todo. A la realidad más real, la que llamamos nuestra, a la realidad más pequeñita, la encuadrada por la geometría, como atributo de la sustancia que nos creó; ¿dónde empieza el color, dónde el sueño, dónde, insisto, la vida soñada en un sueño de vida, en un paisaje malva de vida, de muerte, de fin?
La jirafa nubia permanece en silueta permanente, la hermosa jirafa, la coqueta jirafa salpicada de barro, la gigantesca jirafa de Sudán. Y, por encima, lo UNO, clavando sus ojos en las cabezas obtusas de los comerciantes.
Thoreau afirma que “en literatura sólo lo salvaje nos atrae”. También en la pintura, en el arte, en la vida; siempre lo salvaje se nos muestra con un mensaje ignoto y misterioso, recóndito, como el horror cósmico de Cthulhu, como las sombras volcadas sobre los blancos lienzos impacientes.
La jirafa nubia, Jacques-Laurent (1767- 1848)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Declaración de reconocimiento
Por Manuel Pérez-Petit
A don Francisco Mena Cantero y a la memoria de don Luka Brajnovic y mi tío Antonio Petit Caro.
La cofradía del olvido es la más nutrida de todas. Sus cofrades se denominan olvidadizos. Yo no pertenezco a ella. No solo me sería imposible por cómo estoy hecho de fábrica; es que no querría de ningún modo. Respeto, en cualquier caso, a quien sea miembro, e incluso militante. La libertad es el don más preciado que todo ser humano puede usar. Y aunque la libertad existe en exclusiva –se mire por dónde se mire– para hacer el bien, y parte de hacer el bien es la capacidad de ejercitar la gratitud, que a los olvidadizos es lo primero que se les olvida, puedo comprender que no la haya, no en vano la condición humana en la vida real se presenta con muchos claroscuros.
Yo nunca olvidé lo bueno y durante mucho tiempo olvidaba lo malo, lo cual es un error, pues olvidar no es ni virtuoso ni sano. Lo que hay que hacer en los casos malos es perdonar, pero nunca olvidar, más que nada por la enseñanza. No entraré aquí ni ahora en la lucha entre la memoria y los recuerdos, que ya desarrollo de manera amplia en mi trilogía novelística El año de las tormentas –en los dos títulos publicados y en los dos que han de venir–, y que de manera básica se puede resumir en que la memoria –cosa objetivable– es identitaria y los recuerdos –asunto subjetivo– son su enemigo, pues la invaden, trastocan e intoxican. Uno es el que es por su memoria, no por sus recuerdos. Aprendí no sin sufrimiento a no olvidar, a pactar con la realidad, a querer a los demás por sus virtudes y a quererlos más todavía por sus defectos. A quererlos por encima de sus fallos, sus olvidos, sus deslealtades, sobre todo porque a mí me puede pasar lo mismo, por mucho que me empeñe en que no me pase. Quiero a muchas personas, y me da lo mismo que me quieran o que me odien, que yo les sea indiferente, y los quiero de verdad. Aprendo y me renuevo cada día. Sigo adelante contra viento y marea, con la carga de mis limitaciones.
La gratitud es un motor inagotable, y la fe –y soy creyente convencido– me da la fortaleza, a veces pienso que inhumana, para seguir en pie. Soy incansable, en efecto, y tengo honor y palabra, y pese a que en muchas ocasiones el cumplimiento de la misma me lleve a autolesionarme, nunca dejo de cumplir mis promesas ni compromisos. Así me hicieron, así quiero ser, y así será. Soy una persona de afectos. Un sentimental mas no un romántico, porque también he conseguido transformar mi enfermizo romanticismo en literatura; así, en mis novelas, que no tanto en mis poemas y mis ensayos. Todas mis obras literarias son expansivas y contenidas a la vez, arrebatadas y medidas, libres y canónicas.
Podría seguir hablando de mí pero me da pereza, y además he venido hoy a hablar de reconocimientos, del motor esencial de vida que me mueve y transforma: la gratitud. La más grande de mis gratitudes la siento para con mi tío Antonio Petit Caro (1943-2021), a quien, con motivo de su fallecimiento, escribí El sobrino del diablo. Pero hoy quiero centrarlo en las dos personas ajenas a mi familia que se me vienen a la cabeza en primer lugar: don Francisco Mena Cantero (n. 1934) y don Luka Brajnovic (1919-2001), mis primeros maestros literarios y de vida; uno en el bachillerato y el otro en la universidad. Pueden buscarse por internet; son figuras indiscutibles de las que tuve la fortuna de ser discípulo.
Don Francisco Mena Cantero me dijo –tenía yo 15 años y escribía como loco– que dejara de hacer versitos, y me puso dos años a escribir sonetos. Yo iba a su casa con frecuencia y él revisaba con lupa y afecto mis iniciales intentos de poemas, la mayor parte de los cuales yo mismo terminaba tirando a la papelera, pues no era solo la técnica de los mismos sino su sentido. Nunca tendré suficiente gratitud hacia su magisterio ni su persona, porque, además, sus enseñanzas de vida fueron sin duda alguna superiores a las literarias.
Otro tanto pero de mayor magnitud me pasó con don Luka. Bien es cierto que yo ya era un joven universitario, y de esos a la antigua usanza que estudiaba de todo y leía de todo, sin atenerme necesariamente a un plan de estudios establecido para una carrera determinada, que era lo que debía hacer. Yo igual no estudiaba pero me leía completas todas las bibliografías, me ocupaba más en tertulias, debates y lecturas que en ir a clase, era irremediablemente indisciplinado; así, mi expediente académico no es apto para presumidos pero mi reconocimiento en el ámbito universitario fue excepcional, incluso inmerecido. En aquella Universidad de Navarra se valoraban cosas que no son objetivables, y hasta me consta que se me “perdonaron” y aprobaron asignaturas para que evitar que repitiera curso –con el riesgo que ello conllevaba de que yo me apagara–, dada la trascendencia de mi actividad. Mi trivium y mi quadrivium los cursé con resultados excelentes gracias a este croata maestro de periodistas y escritores que, en realidad era un gigantesco maestro de vida. A medio metro –que es la medida perfecta para conectarse o no–, don Luka y yo éramos la bomba. La mezcla de su autoridad y mi atrevimiento se convertía en cada momento en una fórmula alquímica inimaginable, llena de su sabiduría y mi explosividad, transformando todo en poesía. Él creía en mí y yo lo admiraba con devoción.
Ellos son –mi tío se fue casi sin aviso, dejando una herida incurable, a Mena Catero hace más de treinta años que no lo veo y don Luka se nos fue hace veinte al Cielo– los primeros y mejores maestros que nunca tuve. Nunca aproveché de verdad a fondo sus enseñanzas, y así mi vida: un cúmulo de errores y despropósitos inconcebible. ¿Cómo no iba a empezar, con motivo de mi 'Líneas de desnudo 50', esta necesaria para mí declaración de reconocimiento con la que en parte ajusto cuentas con mi vida al borde de mis 55 años?
Al fin y al cabo, amo que no imparto la justicia y es de justicia escribir estas líneas y las que vendrán, porque llegará el día en que me enfrente al momento de mi muerte, pero no corre prisa, y, en tanto, la vida sí que corre.
Nada nunca evitará que asuma que si soy algo, habiendo sido por mí, ha sido por lo que otros me aportaron, con su bondad y su fe en mí, y no lo olvido.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Se me murió como del rayo Roberto Goijman, el flaco Kazarenko, con quien tanto quise, quiero y querré. Fue tal día como ayer, 13 de noviembre, pero de hace un año, allá, en el partido de Pilar, en la provincia de Buenos Aires… Y disculpen, por favor, que parafrasee a Miguel Hernández, o a César Vallejo, para nombrarlo, porque desde que supe de su muerte he querido más que nunca ser llorando el hortelano de la tierra que ocupa y estercola.
Era un corazón con patas, muy largas por cierto, a una sonrisa kilométrica pegado, con brazos capaces de abrazar el universo por la ternura que siempre transmitía. Culto hasta la locura, nunca pedante. Amoroso y carismático. Humilde y noble, bueno en el buen sentido de la palabra ‘bueno’, parafraseando esta vez a Antonio Machado. Era tolerante y radical; y yo nunca supe cuál de estas dos virtudes eran más predominantes en él. Era el paradigma del ser humano comprometido. Para él, el dogmatismo no existía. Siempre daba, nunca pedía, y eso le llevó al dolor leve y perdonable siempre de sentirse a veces ignorado por otros que, con muchas más ínfulas que realidades, se sentían poetas “superiores” y a él no tanto por sus formas sencillas y cercanas. No conocía el rencor. Siempre era positivo. Más que criticar, que pocas veces hacía, tendía a aportar soluciones a las cosas. Siempre sumaba, nunca restaba. Era incansable, como yo. De manera inconcebible amigo de verdad de sus amigos, que no eran pocos. Un corazón tan grande como un rinoceronte, dicho sea en términos físicos, pues su corazón realmente era mayor en dimensión que todo el continente americano. Un corazón brutal, también inconcebible. Tanto, que se lo llevó por delante como la hermana muerte solo se lleva a los mejores, de un hachazo invisible y homicida. Era un gigante. Tenía, por lo que había sido su vida, más motivos que la mayoría para vivir lleno de dolor, pero ese dolor lo transformaba en alegría. Era, en efecto, como sí hiciera realidad en sí mismo ese endecasílabo paradigmático de José Hierro: Llegué por el dolor a la alegría, que da lugar al primer cuarteto de su soneto y lo hiciera en carne viva, y que concluye así: Supe por el dolor que el alma existe./ Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía.
Y así vivía, sabiendo que la vida es dolor y que el dolor no es que se cure sino que se salva con alegría. Era imposible no quererlo. Era imposible no verle creer, crecer y crear. Era un ejemplo. Fueron los nuestros muchos años de relación personal. Conocí con él a poetas excepcionales como Vicente Zito-Lema, Eugenia Cabral o Marta Cwielong –q.e.p.d.–, o a gestores excepcionales como Cristina García Oliver. Compartimos la amistad de otros, como Flavio Crescenzi. Comimos los mejores asados del mundo. Reímos y lloramos juntos. Era un poeta en cuerpo y alma. Inútil para la vida práctica, como yo, cuestión que compartíamos llenos de vida. Viví en sus casas de la provincia de Buenos Aires, en Merlo –con la muy querida Roxana Martínez Zabala– y en Manzanares, hicimos programas de radio juntos, visitas a escuelas, viajes. Vivimos nuestra amistad en Buenos Aires, en Santiago de Chile, en la Ciudad de México y en otros lugares de nuestra copatria común mexicana –Roberto tenía muchas patrias que en realidad eran una sola: el mundo y la poesía como vía para la justicia–. Era un señor de los pies a la cabeza. Tanto en la Biblioteca Nacional como en sus casas tomando mate y/o llenándonos hasta el corvejón de tequila y perdiendo los vasos y los papeles. Colaboré brevemente un tiempo en su hermoso proyecto editorial de Ediciones Patagonia, en la quinta del sordo que como oficina tenía en Palermo... Y hasta fui su editor. Tuve la fortuna de incluir en el catálogo de Ediciones Camelot América su Remos de cartón –lástima que fuera tan lamentable la editorial, pero el intento fue inicialmente aceptable–. En la contraportada del libro firmé estas líneas: “Hecho a hierro y fuego en una de las forjas más terribles del siglo XX, la de la dictadura argentina de los setenta, a la que se enfrentó con acciones y versos llenos de un profundo y ético sentido de la libertad, altos principios morales y un admirable compromiso con la vida que le supuso ponerla en juego no pocas veces, se le puede ver con voz propia entre los cantos de libertad del Martín Fierro y la lucha comprometida y llena de luz de Juan Gelman, en versos ardientes fruto de una vida excepcional en que sufrió atentados y se vio forzado a beber las hieles del exilio, lo cual convirtió su mente de miel y seda en un testimonio de vida y de poesía como pocos pueden encontrarse, ya en pleno siglo XXI.
>>En Roberto Goijman podemos ver hecho carne no sólo la gloria de “vivir tan libre” sino también la sangre que corcovea/ en todos los rincones, en/ el alma superior, en su orgullo,/ en los perros con olor a furia. Y en sus Remos de cartón, una obra cumbre llena de nobleza y de auténtica poesía que fue escrita en un período de sordera total, como la novena sinfonía de Beethoven. Es tanto el dolor que se le agrupa en su costado -dicho sea parafraseando esta vez a Miguel Hernández- que Goijman supera con vitalidad su propia historia, y con una indiferencia del tipo que tanto le gustaba a Octavio Paz.
>>No en vano la quietud de Valparaíso hizo en él una metáfora de la supervivencia.”
Me mantengo en contacto con sus hijas. Les he propuesto que hagan una fundación con el nombre de su padre. Que la fundación publique su ingente obra completa, que contará con muchos apoyos, empezando por el mío y el de Kolaval –bien es cierto que ni yo ni Kolaval somos suficientes para levantar ese proyecto, que solo el tiempo, y Dios, dirá si es posible–. Eso sí, me dio para Kolaval El último Kararenko, su única novela, una joya llena de orfebrería y desnudez, una obra maestra que ya solo verá la luz a título póstumo...
Pero qué póstumo ni qué tonterías digo. Roberto, ahora que ya no está, está más que nunca con nosotros.
En Espacio Y, lugar cultural, en Buenos Aires, el sábado 22 de septiembre de 2018.
Fotografías: Imagen suoerior: En el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional de Argentina, con Roxana Martinez Zabala, Vicente Zito-Lema, Ana Cuevas Unamuno y Roberto Goijman el 1 de julio de 2012.
Imagen inferior: De izquierda a derecha, Alejandro Mayoral, Cristina Garcia Oliver, Eugenia Cabral, Roberto Goijman, Marta Cwielong y Manuel Perez-Petit.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Lo mismo es el hombre que quiere conseguir algo grande.
Va y viene frente a los barrotes
Roberto Arlt, en Los lanzallamas
Roxana Carbajal tuvo un padre que la marcó en dos sentidos: un territorio y un oficio, Chiapas y el teatro. Era actor y era chiapaneco. Roxana vino a Chiapas, se ha quedado hasta la fecha aquí, se volvió actriz y dio, además, un siguiente paso: es dramaturga.
He tenido la suerte de acompañar sus procesos de creación, que hasta el momento se han concretado en tres obras de teatro: Mariposas posadas en el polvo, Salir al sol y Coyotes sedientos.
Si tuviera que encontrar un hilo conductor en sus tramas diría que es el encierro y la necesidad, incluso la urgencia de escapar. En Mariposas posadas en el polvo la pareja protagónica está dando vueltas a una vida que ya ni siquiera tiene. Hablan desde lo interregno, como los seres de Comala, como los personajes de Un hogar sólido. En su vorágine de culpas y dolor también está dando vueltas su hija. Como Sísifo, los tres suben la piedra del sufrimiento hasta la cúspide y caen con ella para volverla a subir y volver a caer, eternamente.
En Salir al sol, los jóvenes que hacen una huelga se encierran en un salón al que vuelven su centro de operaciones. Es curioso el contrasentido: los que buscan la libertad, se encierran voluntariamente y el quid de la obra es si van a decidirse a salir o se quedarán en su cárcel voluntaria de manera indefinida. Quedarse en la sombra o salir al sol es su disyuntiva.
En Coyotes sedientos dos niños están encerrados en un pueblo que los castiga, los golpea, los segrega, los daña. Quieren escapar. Uno lo hace primero, en condiciones de subordinación; la otra lo hará sin que, en la obra, eso sea necesariamente una liberación. Ya no son niños, pero la soledad, el desarraigo, el dolor ya no los une, los separa en definitiva. Quién sabe si alguna vez puedan saciar su sed de saberse aceptados, queridos. Tal vez siempre sean coyotes sedientos.
Hasta el momento, digamos, la poética de Roxana Carbajal está ligada a la infelicidad como santo y seña de la humanidad de sus personajes. Hay, de momento, poco lugar para la risa, aunque en Salir el sol y en Coyotes sedientos ya haya menos opresión, más ventanas que en Mariposas posadas en el polvo, en cuyas vidas perdidas las puertas están selladas.
Pero estamos aquí para celebrar, justamente, la publicación de Mariposas en el polvo, editada por Tifón, con diseño e ilustración de Juventino Sánchez. En la contraportada escribí un pequeño texto, que les leo: “La historia ya pasó y los personajes estuvieron enamorados, fundaron una familia, tuvieron hijos. Ya no están. En qué consistió el amor, qué es el amor, por qué se termina, en qué se convierte.
“Mariposas posadas en el polvo, de Roxana Carbajal, no sólo hace las preguntas, sino intenta las respuestas. Lo hace desde la conciencia femenina, desde una escritura que elude las obviedades y trata de calar hondo.
“Es un privilegio ser testigo de cómo nace una nueva dramaturga y es alentador que no se quiera entretener con gracejadas inocuas, con caminos trillados. Este es su primer paso y es firme, asentado. Lo bueno de iniciar un camino es que hay poco pasado y mucho futuro. Roxana Carbajal tiene talento y disciplina para llegar lejos, hasta donde su imaginación la lleve. Ojalá nunca se conforme, nunca se detenga.”
*Texto leído en la presentación de Mariposas en el polvo, de Roxana Carbajal. 6 de noviembre de 2020. Galería Rodolfo Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ingrid fijó su mirada en la taza humeante de té de menta que se había preparado. Sus gafas se empañaron rápidamente al darle el primer sorbo. Apartó su mirada de la computadora, luego decidió guardar el archivo en el que trabajaba y la apagó. Observó sus manos, las señales del tiempo se reflejaban en ellas, el color de su piel había cambiado, tenía decoraciones de colores, como ella llamara de niña a las pecas.
Siguió con la mirada fija en las manos, las fue recorriendo palmo a palmo, de manera minuciosa, cada uno de sus dedos, cómplices aliados en el tecleado de tantos golpes en la máquina de escribir, luego en la computadora… sus eternos compañeros en las labores de la jardinería, en la mezcla de ingredientes para la cocina y en el intento del trabajo con el barro, actividad que realizó en alguna ocasión con sus colegas.
Se detuvo en el callo del dedo anular de su mano izquierda, recordó que era el resultado de empuñar con fuerza el lápiz en su infancia, había olvidado que le gustaba escribir de manera fuerte y que sus letras se vieran claras, haciendo que el tono de su lápiz o lapicero se remarcara.
Siguió el repaso de las historias y encontró la pequeña cicatriz en su dedo pulgar de la mano derecha, señal que le quedó cuando se prensara rápidamente al cerrar una ventana, en ese afán de querer contestar de manera pronta una llamada telefónica.
Le tocó el paso a las palmas de las manos, cuántas veces había intentado descifrar sus significados. Ellas que se habían encargado de estrechar saludos, acariciar hojas, árboles, rocas, montañas. Sus palmas también habían sido el sostén no solo de objetos sino de ilusiones, contenedoras de sus lágrimas de alegría y tristeza, generadoras de energía en los días invernales y sin duda alguna, sus más grandes apoyos para agradecer la vida.
Bebió el último sorbo de su té. El teléfono sonó. Ingrid volvió su mirada para saber quién llamaba. Era Isabel su nieta.
—Isa, ¿cómo estás hija?
—¡Hola abue! ¿Qué haces?
Ingrid sonrió al tiempo que decía: Repasando el álbum de las memorias.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Pasan los siglos en un tiempo relativo, continuo y disparatado y el hombre avanza incesante por el camino de lo absurdo. Se va deslizando por la estela del orgullo, de clase en clase, superando las posibles contingencias, pasa la vida en la madurez y las copas se le colocan delante, pero el hombre no ve otra cosa que su propio engreimiento, de eso hablan y cantan las crónicas de siempre.
No es caso de ahora, no.
Se trata de la demolición, lucha eviterna de lo que es y lo que se ansía. Intentar escapar del arte engañoso del otro.
El campesino viaja agachado, con el peso del mundo sobre la espalda cansada. Con la mano aleja al can que le provoca, avanza entre la multitud sin pensar y sin oír, tal vez en una escena muda, llena de grises y turbios, de nubes golosas sobre el techo de madera.
Telas y ropas pobres y cestos de mimbre.
¡Fuera bandidos y danzas, fuera lujurias!
El viejo se ha detenido, observa detrás del paño al incipiente que escribe, piensa y sonríe, a veces grita en silencio, muere un poquito su vida. Lleva todos los años buscando el sentido, viaja y habla, queda y habla de nuevo, y sigue hablando sin llegar a la tediosa desesperanza.
Le puede al hombre la espera, la toma con los dedos viejos y apelmaza con ella grumos de más vida.
¿Camino?
La tarea densa de vivir. Ser y adelantar, esperar.
El hombre ha sido expulsado del paraíso del cielo por su gran pecado. (Moral dibujada en un azul y verde y amarillo). Ahora el asunto ingrato de volver la cabeza y pensar. Pero el hombre no ha sido puesto en la tierra para eso. Sólo debe obedecer al impulso, el rey del misterio, efímero elemento, perecedera angustia. Es tributario de la especie que prodiga y regala.
Desobedecer es cambiar. Buscar y encontrar la ruptura. Se levanta y observa el bullicio. Queda parado en una isla imprecisa. Alrededor juglares y danzantes, borrachos, demonios y perros, ángeles arrepentidos de haber sido buenos, mujeres en brazos extraños, éxitos florecidos, espigas quemadas.
Ahora camina deprisa, busca la puerta, tropieza con los brazos y piernas, los perros le muerden y le desgarran y sigue luchando.
Pasan veloces los tiempos. Todos han envejecido. Los tonos son ahora más transparentes, como si el cuadro estuviese huyendo.
Los personajes han detenido sus movimientos y miran al viejo con un interés malicioso. La puerta está muy cerca, la muerte llama, el anciano avanza unos pasitos. Todos se han llevado las manos a los ojos, algunos se tiran de los pelos, otros se lamentan y gritan, las mujeres lloran, los niños ríen con sus manecitas absurdas, perros que ladran como simples perros, locos más locos.
El viejo logra cruzar la puerta. El camino que sigue desaparece en un agujero ilógico. No puede avanzar, irse lejos, huir, se sabe cansado, inútil, yermo.
Detrás continúan sonando canciones, las ruedas del carro chirrían.
Yo me alejo con el horror de entender.
El carro de heno. El Bosco (Hieronymus Bosch o Jeroen van Aken). Museo del Prado.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Retomando mi ‘Líneas de desnudo’ y teniendo aún pendiente releer todo lo publicado en mi anterior etapa colaborativa, me está llegando en estos días una gran cantidad de ideas y tormentas que redimir por medio de la palabra en este ‘Letras, ideaYvoz’ de tan grata realidad para mí. Antes de ayer, una vez publicado mi ‘San Borondón como consuelo’, estremecido aún por la interminable tragedia de La Palma, decidí dejar de pensar en ello, y para ello me puse ese ‘Feels so good’ de Chuck Mangione en mi teléfono –extraño aparato éste, que cada vez sirve menos como teléfono, por cierto, y más para controlarnos–, y me dejé ir…
Comenzó a fluir mi cabeza como agua mansa que alimentara una laguna llena de juncos torcidos por el aliento de la brisa acuosa de un valle… Qué vida tan complicada ésta… Ya no marca la diferencia la experiencia, que ya ni nos sirve, dada la velocidad de crucero en que todo cambia de forma tan vertiginosa y continua, que asusta, tan impropia del fluir de una laguna en el valle… Lo que marca la diferencia es el espíritu –fíjense, con lo tan desprestigiado que está–, sí, el espíritu con el que las cosas, cada acción, cada gesto, cada decisión, se afrontan; la capacidad de llenar de vitalidad y frescura cada momento, de crear esperanza, de asumir con ímpetu la tarea de ser libres, de encontrar el encanto de lo cotidiano, de transformar el mundo y la misma vida, incluso, si se quiere, en poesía, aunque bastaría con transformarla en vida, lo cual, en el fondo, es lo mismo.
Es mi convencimiento: estamos obligados a transmitir valores, al menos si alcanzamos un cierto grado de consciencia, asunto cada día, por otra parte, más complicado. Hoy la trivialidad nos inunda con marchas triunfales y victoriosas. El tuerto, si es, además, miope del otro ojo, es el rey indiscutible. Hoy, mientras menos se ve más se mira, y mientras más se mira menos se ve. Vivimos sobrevalorando lo superficial, y, si nos vamos hacia dentro de nosotros mismos, sufrimos lo indecible. Adoramos el ruido y nos espanta el silencio. Sobrevaloramos el hecho de pensar y nos perdemos en diatribas inútiles. Por lo general, nos hemos olvidado de los principios de creer, crecer y crear. Ya casi todo es mímesis, fatuidad, vacío, pero, eso sí, también discurso panfletario.
Cierto es que cada día es más complejo el ejercicio de la propia libertad, tan desquiciada en la práctica, violada por nosotros mismos una vez tras otra, pero que es el gran tesoro que donado al ser humano le hace serlo, pese a lo cual es lo que ponemos de manera temeraria en juego cada día. Muchas veces me pregunto si somos conscientes de esta desgracia, aunque incluso podamos generar opinión y hasta convencer a otros de lo contrario. De la responsabilidad que tenemos respecto a nosotros mismos y a los otros –que, por cierto, existen–, de si seremos capaces de ofrecer soluciones a un mundo perdido o peor, como el que estamos construyendo de un tiempo a esta parte, o, al menos, de sobrevivir a la hecatombe.
Asistimos, unos con más estupefacción que otros, al espectáculo al que quienes tienen la batuta del mundo quieren que asistamos... ¿De verdad que la gran noticia que deberíamos conocer es que a Messi no le va tan bien como era de esperar en el PSG, que el presidente chileno Piñera vaya a terminar en la cárcel por tener una fortuna escondida en un paraíso fiscal, que la novia de Jeff Bezos –uno de los hombres más ricos del mundo, propietario de Amazon– se haya deshecho en ojitos con Leonardo DiCaprio...? ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Es eso más importante que el interminable proceso de paz de Colombia o el empobrecimiento no solo de México sino de toda Latinoamérica, y todo lo que ello representa, merced, sin ir más lejos, entre otros factores, a la política monetaria de Estados Unidos? ¿No lo es la sangre ya olvidada de Siria o la nueva realidad de Afganistán? ¿La reelección de Ortega al frente de nuestra amada Nicaragua, afirmando que los presos políticos que hay –y no son pocos– son “hijos de perra de los imperialistas yanquis”, y esto sin entrar en considerar la limpieza o no de las elecciones mismas?...
Podría seguir y seguir. Y es cierto que puede que seamos pendejos, todos nosotros, sí, pues nos dejamos embaucar con alegría por aquellos que gobiernan en realidad con puño de hierro y guante de seda, contra los más elementales principios de Montesquieu, nuestras vidas, negando, de entrada, nuestra propia libertad.
Quizá pensar sea peligroso. Y así lo entienden desde luego los que mandan, que no siempre son los que aparecen en los periódicos. Y los que tenemos la oportunidad de crear, en mayor o menor medida, con más o menos acierto, estados de opinión, debemos conocer a fondo lo que nos rodea. Yo en particular creo que lo que falta en el mundo es amor, dicho sea sin emocionalidad alguna –y mucho menos ñoñería, y es que nos estamos jugando mucho–, pero es mi problema y ya veré cómo lo atiendo. En cualquier caso, lo que falta, y ahí sí se podría alcanzar cierto consenso, es silencio, el silencio del valle bajo la lluvia fina, inmersos como estamos en el ruido orquestado por quienes nos manejan a su antojo –versión actual del antiguo “pan y circo”–. Es un ruido brutal que se manifiesta de manera flagrante, e incluso hasta la grosería, en aquellas “noticias” que ellos mismos entienden que debemos atender y asumir como principales en nuestras vidas y que deben afectarnos. Y, además, nosotros les hacemos el juego, y hasta con gusto. Al fin y al cabo esto es el mercado, la droga que con generosidad nos administran. Fue un mal de siempre me dirán, pero quizá, y ojalá no tenga yo la razón, les pido que reflexionen acerca de ello, porque a día de hoy parece más exacerbado que nunca.
Dan ganas de irse a otro planeta, porque cada vez éste da más pena. Lo que es seguro es que nadie me quitará de la cabeza que lo que falta en el mundo es espíritu y capacidad de amar. Hoy, además, que todos estamos más cerca que nunca, y nos felicitamos por ello, aunque quizá estemos en realidad más lejos que jamás antes hayamos concebido... Qué vida tan complicada ésta… Y como el junco que se mece al paso de los pelos de gato en forma de lluvia de la laguna de un valle cualquiera, me siento en esta piedra y contemplo el mundo, con ayuda del célebre tema de Mangione, trazando ya no líneas de desnudo sino de escape...
Imagen: Primera página de la partitura original del tema 'Feels so good', compuesto por Chuck Mangione en 1977.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
A la memoria de Manuel Pereda de Castro y a todos los suyos
Con tanto aún por compartir de mis “monstruos internos” –qué lucidez la de mi querido editor, Roger Octavio, a la hora de describir mi ‘Líneas de desnudo’– y por desplegar de mis “disertaciones seriadas” que, en efecto, son parte esencial de mi bitácora por el mundo y, de manera especial, Hispanoamérica, mi pese lo que pese casa, puestos a regresar a las andadas me inflamo como nunca y aunque hubiese deseado elaborar un articulito de saludo y para anunciar que he vuelto a esta revista admirable, ‘Letras, ideaYvoz’, y que en adelante podrán volver a leerme miércoles y domingo, me veo obligado, sin anestesia y envuelto en dolor, a hablar de fuego, pero del fuego que viene del centro mismo de la tierra, del que, convertido en lava, destruye todo lo que toca, sin hacer distingo de ninguna clase.
A la hora de la comida del pasado 19 de septiembre entró en erupción el volcán Cumbre Vieja de La Palma, una de las siete islas conocidas del archipiélago canario, ubicado frente a las costas de Marruecos en el océano Atlántico. Digo que La Palma es una de las “conocidas” porque existe la leyenda de la isla de San Borondón, que, de manera mítica, ha aparecido y desaparecido a lo largo de los siglos, llegando a ser llamada «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida» o «la Encantada» y que hasta tiene carácter y origen hispanoamericano, al ser vinculada a la leyenda de la bahía de Samborombón (Provincia de Buenos Aires, Argentina), bautizada durante la expedición de Magallanes en marzo de 1520, en la creencia de que había sido formada por el desprendimiento de la isla de San Borondón del continente americano. Desde la Edad Media, los cartógrafos que la han documentado ubican San Borondón cerca de La Palma. He leído en estos apocalípticos y tristérrimos días de lava y sismos que existe una posibilidad real de que con la erupción de La Palma, que ya ha supuesto una ampliación de su propia extensión geográfica, puedan emerger nuevas ínsulas que sumar a las Canarias. No sé si la posibilidad es real –no hay que olvidar que en situaciones como éstas la imaginación se dispara–, pero seguro que si se diera este hecho, una de ellas sería San Borondón, aunque fuera para darle la razón a quienes creyeron en su existencia durante este último milenio.
Entendamos la posibilidad de que emerja San Borondón como un consuelo ante el dolor inconcebible que estos dos últimos meses nos viene deparando. Sobre todo porque me imagino que San Borondón, en realidad, es una escultura del muy querido Manuel Pereda de Castro (1949-2018), escultor extraordinario, cántabro de nacimiento y palmero de adopción, cuya casa-estudio ha sido sepultada por la lava. Gracias a los esfuerzos de su mujer, la pintora Gloria Viña, y de sus hijos, no sin apoyo de las autoridades locales –no en vano la obra de Pereda de Castro no solo cuenta con gran predicamento en Canarias sino que es reconocida en el mundo internacional del arte– antes del terrible acontecimiento y cuando se vislumbraba inevitable se pudieron recuperar muchas de las piezas del legado de Manel, como le conocíamos allegados y amigos. He tenido el honor y la fortuna de convivir con los Pereda de Castro, con los que me unen lazos de amistad perenne. Conocí a Manel, hermano de mi muy querida Rosa Pereda, y su familia, en paseos por Santander o por Madrid. De igual modo conocí a su hija Lilith, artista excepcional, quien también ha estado y está al pie del cañón en estos días, en una velada memorable de hace ya unos años en casa de Rosa y Marcos-Ricardo Barnatán, acompañados de nuestra común y entrañable amiga Soledad Orozco.
La destrucción de la casa de Manel y Gloria me ha traído a la memoria la obra del pintor del barroco español Juan de Valdés Leal (1622-1690), y sobre todo sus dos más famosas pinturas, ‘Finis gloriae mundi’ (El fin de las glorias mundanas) e ‘In ictu oculi’ (En un abrir y cerrar de ojos), en las que sobre la destrucción hay, de forma paradójica, una vida. En el caso de la primera, sobre el obispo muerto una mano viva sostiene una balanza. En el de la segunda, un esqueleto en pie mira al observador del cuadro. Se podría abundar en ello, y no me detendré más en la alocada sinonimia que se me ocurrido entre el drama de La Palma y estas pinturas… Con lo que me quedo es, una vez liberado el monstruo interno de mi tristeza por el desastre, con el monumento que podría emerger de las aguas, la isla de San Borondón, escultura definitiva de Manel. Y en última instancia, inflamado como estoy, con la certeza de que el monumento es su obra, que en realidad jamás podrá ser sepultada.
Aunque lo cierto es que ni San Borondón ni nada me consuela –aun siendo posibilidad aún no se ha dado–. En todo caso, saber que hay afectos que duran siempre y son inextinguibles.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.