Polvo del camino/ 96

Palinodia del cuerpo
(Sobre la exposición de Juan Ángel Esteban Cruz)

Héctor Cortés Mandujano




1. La muchacha, enamorada de sí misma, ve sus pupilas hermosas en el espejo. Detrás de ellas, una bola blanca y sanguinolenta, llena de misteriosas conexiones, está oculta en el interior de su rostro, como sarmentosa raíz oscura, en el revés de su ojo. 
         Debajo de su ombligo lúbrico, piel adentro, las costillas flotan mientras la sangre escurre, camina, corre, brota de un manantial recurrente y cansino. Sus pechos opimos muestran a ilusos la majestuosa apariencia superficial de la belleza, mientras late debajo un corazón hecho de viejos y revueltos huesos sangrantes.  

2. Levanta el pedante su brazo admonitorio y cree decir palabras que no son más que ecos repetidos de la nada eterna y sucesiva. El hombre vivo es sólo el montón de huesos que sostienen la ilusión de los cabellos, los labios, el sexo. La vida es la última línea de claridad, en el ocaso, antes de que caiga sobre ella la noche definitiva, unánime.

3. Aquel hombre genial, esta mujer encantadora, ese niño inocente, y también la vieja sabia, el anciano insoportable… todas, todos, alguna vez seremos comida fácil para los insectos que acomodarán los cráneos mondos sobre sus patas implacables, para los zopilotes que esperarán con paciencia nuestro último suspiro y que desdeñarán nuestras joyas para yantar a gusto en nuestras vísceras, en nuestra carne magra. Nos volveremos sólo huesos que roer para quien, después, será comido por otros, hasta llegar al revuelto polvo al que nos integraremos antes de volvernos aire, luz, vacío, nada…

¿Cuántos órganos se involucran en el acto mágico de ver? Muchos, algunos tan invisibles como la memoria: veo esos ojos y recuerdo a una mujer a la que quise, miro la tarde y mi padre muerto me pide que caminemos juntos. Además, el color no existe. Y el tiempo es una mezcla inextricable de ayeres, este instante y tal vez mañanas. Vemos distinto cuando somos niños, cuando jóvenes, de viejos. Y somos todos los sexos, todos los animales, todas las posibilidades: los mundos, los universos.
	Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad que somos nosotros, que él es. Tiene la luz de la inteligencia y la sombra del arte que camina dando palos de ciego. Sabe que detrás de la bella escenografía están las maderas empatadas, los clavos enmohecidos, el cartón rompiéndose, y eso le importa más que la boca pintada con el uso maestro del bilé. 
         Esta exposición es su visión panóptica y su mirada fija; lo que ve, imagina y sueña en la duermevela, el sueño paradójico, la pesadilla.
	El otro salto es saber cómo nuestra mirada puede volverse esa raya, ese color, aquel dibujo, esta obra. Y allí ya entra el concepto, que es un quebradero de cabeza: arte. El arte es volver a nuestros orígenes, se ha dicho desde la filosofía. Y somos esqueletos, sangre, negruras, alimento para otros, carnada, misterio. Eso nos dicen estas imágenes.
	El ojo, el cerebro, la memoria, la mano, la vida de Juan Ángel Esteban Cruz están en estas representaciones que nos inquietan, nos inquieren, nos envuelven en algo que está más allá de él, que las hizo, y más allá de nosotros, que las contemplamos. 
        En ese más allá donde tiembla el agua del manantial interminable del arte eterno, de la muerte que nos espera, que nos hace señas obscenas y, a la par, guiños sugerentes. 

4. Parece que los cuerpos se retractaran de su vestido de carne en las pinturas de Juan Ángel: El gallo es una aparición de huesos y ectoplasma, que intenta cantar en el aire gris de la no materia. No termina la tortura en el esqueleto que se halla atado con alambre de púas y parece gritar piedad desde su boca seca, desde sus ojos huecos. Es bello el pez azul que, como Caronte de espléndida cola, parece arrastrar un cadáver en las aguas de la muerte, pero en las aguas rojas el pez también es una colección de huesos, una aparición que aletea, con la grandiosidad de su veste carmesí, en las profundidades de la nada…

5. Al imago no llegan estas imágenes, estas apariciones, son palinodia del cuerpo: el gazapo bicéfalo es devorado o alimentado, lo mismo da (¿quién dice que no es lo mismo estar vivo que muerto?), por un homúnculo femenino, mientras parecen caer en un abismo azul de resplandores rojizos. La muerte escarlata toca la tarantela de los muertos. La mujer y la calavera están a punto de pasarse, en un beso, el pez violeta del amor.

*Texto incluido en la exposición Palinodia del cuerpo, de Juan Ángel Esteban Cruz, inaugurada el 19 de noviembre de 2021, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas 



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com