Revista

Cajón de rubores. 14. La ciudad. Antonio Florido

Fisonomía 14 
La ciudad

Por Antonio Florido

      
(El autor de este texto, con su original modalidad literaria, expresa, sugiere, descubre a su manera sentimientos y sensaciones que ha dejado en él la obra de Mario Levrero, uno de los principales escritores uruguayos de las últimas décadas).



De escaparate, al fin. Mario Levrero muestra una irreductible capacidad para angustiar. De manera real. A su forma. Aunque el inconsciente se rebele. Me coloco al lado. Del hombre que sale de casa y camina. En la oscuridad de la tarde noche. Llueve. Un almacén escondido. Para el ser necesitado. El individuo cae. Ni me preocupo. O sí. No sé. Avanzamos y subimos al camión. Cuatro bultos apretujados. Una mujer, allí. Hermosa. Tibia. Morena. Cuchicheos a tres bandas. Y los pensamientos cruzando, veloces, sobre mi cabeza. Después dormitamos. El vehículo detiene su respirar. Y nos sacan a empujones. La hermosa abre las piernas. Coloca la juntura en la espalda del otro. Yo, detrás. Callado. Embobado. Esperando. La hembra ríe. El otro no lo percibe. Caminamos por la senda del desconsuelo. Levrero se afana en asfixiarnos. Torcemos a la izquierda. A la ciudad, vamos. Pero ella coquetea con el sueño de todo varón. Ambos enloquecemos. Antes no quiso, allí, sobre el suelo. Abrir su blusa emergente. Ahora la estación. El bar. La zapatería, que detiene su ambular por el mundo de lo trágico. Molina sospecha, sueño en lo de Mario. Echevarría ve difícil de presentar, la novela. Pero yo no. Porque la sufro. Viviéndola. Me sumergí en ella. En esta ciudad de mentira. Donde las cosas sencillas son apenas alcanzables. Me preocupo por ello. Por nimiedades. El tiempo avanza. Conozco a Giménez. De la mano de él. Ignoro su nombre y sus arrugas. Nadie lo dijo. Pero me preocupa el detalle. Y pienso en doña María componiendo los estantes desbocados. Y el hombre que mira, desde el bar, hacia la calle. Luego lo supimos. Nos odiaban. Nos temían. Ella en el lado. Con la mano en alto. El de azul la llamó. Sentí celos, con él. Quiero decir, con el otro. Como si el otro y yo fuésemos. La misma persona. Uno en dos. Mario. Del grupo de los raros. O sea, de los que no mienten. Levrero no escribe. Él siente. Luego, las palabras. Dibujadas ellas solas sobre la tela. De papel. De imprenta. Que busca. Unos ojos. Sencillos. Inocentes. Que lean de lo suyo. Nació en Montevideo, por el 40. Hasta el 2004 sintió en los libros. La ausencia del genio. En la mente de los entendidos. Hasta que te metes en la piel de Zapa. Y entiendes. A Kafka renacido. O a Levrero en Praga. Que lo mismo es. Lo uno que lo otro. Tras el descanso entramos en la oficina. Para escuchar una sonrisa afeminada. Aunque no tanto. Cenamos. De manera inconfundible. Unos platos hechos por manos. Ignoradas. Debemos abandonar las cauciones. De la vida que nos tocó. Y relajarnos. Y no esperar nada de lo que viene. De camino. No podremos cambiar. Nada. Esa es la asfixia. Tremenda. Del que vive soñando. O sueña leyendo. O lee viviendo. Y soñando. En un círculo oscuro. Tenebroso. El mismo que Levrero inoculó. En el ser desaprensivo. Que un día. Se atrevió a tomar. Uno de sus libros. En las manos. Y abrirlo. Y confundirse en él. Giménez. El absurdo reglamento. Tal vez no. Para absurdo habría que conocerlo. ¿Es así la vida? ¡Quiero escribir! ¡Quiero escribir! Anclar las ideas al papel. Leerlas mil veces. Tal vez un millón. Hasta que mis ojos se sequen. Luego la bicicleta. La oportunidad del trabajo. Sin fin. Y sin descanso. Lo despreciamos. Sólo el ansia nos puede. De encontrar a Ana. En la carnadura de la. Hembra que se fue. Como vino. La vereda cambió su reloj. Por la bicicleta. Por el viejo. Por su generosidad. El mismo viejo que juega a ser niño. Anduve deprisa. Tras él. Claro, yo iba a pie. El otro pedaleaba. Allí no estaba. A veces los sueños son insaciables. Inagotables. Como cuando corres. Perseguido por algo. Que te atrapa. Sabiéndolo desde antes. En el alma un clamor. Con la piel erizada. El mal nos distrae. Junto a los perros que chillan. Y los niños que ladran. Ana no está. Giménez no rio. Sólo se limitó. A tocar una pieza. Maravillosa. En el aire musical que vuela esplendente. Con los dedos regordetes. El hombre. Con la sensualidad rebosante. Esa excrecencia que alguien. Nos otorgó. Para nada. La plaza delante. Por decir algo. Y los borrachos danzando. Brincando. Poderosos. De ebrios. Ciegos. El pasillo. Las llaves encendidas. Menos la necesaria para cumplirse. El propósito. De evitar un desastre. El individuo caminó a ciegas. Millones de veces. Por ese pasillo. Con olor a la hembra. Indecisión. Una garganta, la mía, apretada. Hasta la extenuación. Después el sueño. Vívido. Abierto a la vida. Infame. Del que desea. Sin más. Ofender al destino. Las cosas se mofan de uno. De todos. Tal vez sea mejor la paciencia. Demorar. Posponer lo atrevido. Pisotear el tiempo. Como se pisa una mierda. Que apesta. A vacío. Levrero grita: ¡Mirad hacia vosotros mismos! Yo lo asumí hace tiempo. Desde antes de nacer. Por eso descubro en los demás. Lo que me falta de todo. Por lo tullido. Sintaxis narrativa de lo interior. Según el autor, esto es. Tomar un sueño. Retorcerlo. Comprimirlo. Y del jugo componer. Mi realidad. Eso dijo el maestro. En esta primera entrega. De su inicial trilogía. La ciudad. Cruel. Expansiva. Agobiante. Hasta que la joven rubia exclama: “¡No, aléjate!”. Todo termina con la ruina de la razón. En esa estación de lo absurdo. Donde viaja nadie. Salvo tú. Y tú. Y todos los que sigan. Las sendas. Marcadas. Por Mario. Un viaje barato. Sin pretensiones. Sin quimeras. Un viaje sin destino. Sólo en el alma. O en el amor a la vida. De cada día. Con una simple evanescencia del sol. Que más tarde se pudre. Y se aleja. De nuestra vista.
Quedamos abandonados. Por esa nostalgia. Y pesadumbre. De Levrero en las venas. Desde el principio. Lo habíamos intuido. Sin atrevernos. En verdad a reconocerlo. Somos Levrero repetidos. Un uruguayo de ojos despiertos.




Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 107. Hojas y flores de la vida y la muerte. Héctor Cortés Mandujano

Hojas y flores de la vida y la muerte
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Para hacer una pradera

toma un trébol

y una abeja

Emily Dickinson (1830-1886), en «Para hacer una pradera»



De las entrañas terrestres salía un geiser imparable que, quién sabe cómo, lograron meter en amplias y complicadas tuberías que caían a los cuatro puntos cardinales –ver los chorros brillar al sol o a la luz lunar era un espectáculo de impresionante belleza– y volvían húmedos muchos terrenos a la redonda.
	Por eso había tantos árboles frutales en incesante producción; largos campos de verduras y plantas disímbolas; trozos anchos de flores que, un poco al azar, mostraban los distintos colores con sus eclosiones regidas por las estaciones: un hervidero de existencia forestal, cultivada y silvestre; una jungla de incontables animales.
	Ver aquello desde la alta punta del cerro hacía confiar en la eternidad de la vida.
	Era un vergel, un oasis, una montaña de maravillas, y luego un valle de sucesivas sorpresas que se traducían en infinitos trabajos y pingües ganancias, y el agua imparable formaba cuatro ríos que, además, estaban poblados de variada fauna acuática.
	Cuando llegué allí, mi primo, el administrador, me enseñó los vericuetos donde entraba por mis ojos tanta belleza y salía de mis labios tanta exclamación de asombro.
	Me guardaba para el final lo más curioso.
	Había un quinto río caudaloso que venía de quién sabe dónde y que, dijo mi primo, a veces traía como agregado un cadáver: una vaca, un perro, un animal imposible de identificar, y mujeres, niños, hombres, ancianos. 
Los cadáveres llegaban con mucha frecuencia y, aquí lo curioso, daban vueltas en un remolino que luego los tiraba a un hoyo natural de donde fue naciendo, saliendo, creciendo hasta alcanzar gigantescas proporciones un árbol de extrañas y enormes hojas de tres colores: verdes, negras y rojas, con unas flores blanquísimas que duraban vivas varios días. Era un árbol de absoluta belleza, de misterio irresoluble, de espanto trágico.
	—¿Y no avisan a la policía de los cadáveres?
	—Lo hacíamos al principio, pero llegan desfigurados, porque los peces les comen la cara, las manos, los pies. No es posible reconocerlos. En ocasiones ni siquiera puede notarse si es animal o gente, y aunque no cesan de llegar a este remolino, nunca han logrado llenar el hueco. Es un árbol vivo, alimentado por la muerte.
	—¿Qué tiempo tiene de vida este árbol?
	—Unos diez años y muchísimos cadáveres a sus pies, en sus raíces.
	—No se alcanzan a ver.
	—No, el cadáver llega, pongamos en la mañana, lo ves allí tendido un rato, no mucho, y luego ya, desaparece, como si la tierra se lo tragara. Por eso, respira profundo, no tiene más olores que el delicioso de sus flores. Mira, ahí viene uno, ahora verás. De hecho, te voy a dejar porque, si quieres ver, tendrás mucha materia de contemplación y, mientras tú ves, yo voy a trabajar en unos pendientes.
	Llegó el cadáver al cercano remolino y lo vi dar vueltas. Parecía lo mismo un hombre que un perro sin pelos. Llegado el momento brincó de la corriente al hoyo que rodeaba el anchísimo tronco. Se estuvo allí y luego, como si le hubieran espolvoreado algún polvo mágico, se volvió gelatinoso y comenzó a trasminar hacia las raíces. Y después nada, ningún rastro.
	Vi el árbol con sus hojas y flores como una conversión, como un tránsito: el verde de la naturaleza se volvía rojo por la sangre que alguna vez estuvo viva en un cuerpo, después trocaba en el negro como el color de la tragedia con que a veces se asocia a la muerte y finalmente se volvía el blanco de la pureza y la espiritualidad.
	Dejé de ver admirado el árbol y vi otra vez hacia la corriente; venía veloz, a su destino final, otro cadáver…



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Absenta 3. Interior. Erik García Briones

Interior

Por Erik García Briones

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Cajón de rubores. 13. Verde pantano al amanecer, crítica. Antonio Florido

Fisonomía 13 
Crítica de la novela Verde pantano al amanecer
Autor: Guille Paier (Argentina)

Por Antonio Florido

      

Leer Verde pantano es una necesidad en estos tiempos. Nace en la agonía existencial de un autor que corre por la vida con la mirada puesta en el posible detenimiento que ya se huele y que más tarde llegará. Pero ya se vislumbra, digo, ya el amanecer de los días eclosiona en el horizonte, más allá de las aguas, donde se mezclan los colores tullidos de esos tiempos de confusión.
Berti, Quique, Cora…

De sabrosa y gran narrativa. En la historia se definen unos personajes que apuntan las esquinas de unos compromisos audaces. No siempre cumplen el guion establecido y, entre ellos, se vuelca el tapiz de la confabulación y el consentimiento. Confianza del uno en el otro que se torna en una vertiginosa sospecha evidente. De vivas voces en los espacios más insospechados, surge el tono denso del agasajo y la disputa, en la voz del bonaerense, del puritito argentino que se jacta de serlo.

Una apuesta y un atrevimiento. ¿Qué saldrá de esta aventura compartida? Los hechos se suceden en un amasijo de palabras que corren con la velocidad del entendimiento de quien lee. A veces los mismos árboles se empeñan en ocultar, pero la médula pervive y se muestra en todo instante. Se percibe la desdicha, una sudestada implacable. Uno quiere la participación para encauzar los acontecimientos pero los actores son auténticos, crueles y soeces, sarcásticos, tristes y a veces cómicos, humanos. Aunque en todo caso el tema te queda de costado y te conformas con la lectura, sin mayor pretensión que el paso del tiempo saboreando, saboreando…

El Caras, Kat Silvera, Baigorrita…

Más allá de las puras descripciones, de personajes y de espacios, de emociones y futuros, la prosa es una yuxtaposición de cañizo, una estructura estructurada sobre sí misma, una paradoja de la creación en la que sin querer todos se expresan y todos se confunden. Se trata de un ejercicio en el que el idioma se hincha con la presión del invento. Sí, el español gana. Hay un rescate y una exposición clara de la palabra, como si la palabra se colocara en un altar y nos hincásemos de rodillas y le rezásemos, sí. Una frase cortada se apoya en la siguiente y se forma una articulada escritura de puntos que nunca serán capaces de caer. Se crece la propia organización, cruje el propio sentido del crecimiento.

Urbe, edificaciones, sueños, playa, viento, sexo, miradas, pausas…

Sintaxis, en la conjetura de una soñada expresión matemática. La misma se vuelve tonta al no entender por qué la tratan de esta manera. Un patrón único, particular del autor y que solamente él conoce, nos lleva al sentido exacto de la expresión que inocula un pensamiento que después se contradice y se solapa con otra perspectiva en un declive licencioso, en un marasmo y un querer que se prestan al compás de lo que uno desea y necesita. Pausas y gestos, nunca un autor dijo más con menos, nunca nadie supo hablar a medio pelo, con trabalenguas y suposiciones, no.

Paier…

Comienza la historia con un juego de luces en el cielo, en la explosión de las palabras a media banda. Uno, dos, tres hablando, cuatro llega, cinco mira, seis acepta, siete observa, anota, piensa. El lector duda de poder llegar hasta el final si la cosa sigue en este tono. Guille logra establecer un lazo entre los personajes y la sensible amistad de ese lector enceguecido. Uno se hace amigo de los pibes y de las minas que brotan como por arte de magia. Eso, ese milagro es obra sólo del autor, no lo olvidemos. Como un Tolstoi en medio de su heredad, labrando codo con codo con los mujiks del labrantío, asistimos al desbroce continuo de la epigrafía sobre la dureza del entendimiento, porque sólo estuvo acostumbrado a la dicción sencilla del occidente, pero ahora le llegó el Paier y le tomó de las solapas y le dijo: leé pibe, tomá, leé.

La eclosión y la locura de los artificios pincela toda la obra. El ritmo se mantiene, como el interés por continuar leyendo. Nunca decae. De vez en vez, entre el amasijo de indicaciones, de idas y venidas, de locuras y calmas, el lector encuentra un remanso de agonía donde el autor descansa. Le habla al cielo y al agua, a la esperanza y al remordimiento, a los dioses del augurio. Le vemos allí sentado con los ojos en alto hablando a esa conciencia que nunca detiene su dichosa costumbre de dudar, de poner en cuestión todos los hechos, de auditar hasta los suspiros, a esa gnosis que le dice que ya basta, que ya tuvo bastante, que la vida es más que eso, es otra cosa, otra bien distinta si se la entiende con la humildad de un nacido, con la sencillez de un paseante…

En síntesis, se puede afirmar que la obra Verde pantano al atardecer, es también un ejercicio de análisis heurístico, donde el autor nos muestra que comprende en profundidad los dos aspectos sustanciales de lo que estamos hablando, esto es, la realidad y la ficción, la quebrada tesitura de la materia y la angustia humana del ser perdido, la reverberación del alma que ansía encontrarse y llegar, la catarsis, la bruma despejada, el viento de la libertad más allá de la pura edificación pasajera y fútil. Dos mundos entendidos que Paier pone en comunicación, comparándolos.

Ese es el camino que uno entendió al leer, y tal vez la enseñanza si es que se trata de eso, de encontrar una posible simetría en la conciencia.

Verdaderamente encomiable.

Verdaderamente aconsejable su lectura.

Foto: Verde pantano al amanecer (2603x1319px, 2K)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 81. Ya no clamo en el desierto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 81

Ya no clamo en el desierto
Por Manuel Pérez-Petit

En respuesta a Manuel J. Petit i Caro, con gratitud y, en su caso particular, además, con mucho cariño

Muchas veces por mensajes personales y otras, las menos, en forma de comentarios, cada día recibo más correspondencia con motivo de mis artículos, y a veces ni puedo responder a todos los mensajes –que es lo que me gusta hacer–, pero a mi último ‘Líneas de desnudo’, “Estamos aviaos”, recibí un comentario por parte de Manuel J. Petit i Caro, a la sazón mi muy querido tío Manolo, hermano de mi añorado tío Antonio, al que dediqué, con motivo de su inesperado fallecimiento, hace ahora cerca de un año, mi celebrado “El sobrino del diablo”.
            Hace falta generar debate, y de verdad que es necesario, y más en este mundo que nos toca vivir. De frente y por derecho, sin retórica alguna. Yo no escribo para el aplauso o para los lectores benevolentes sino para la reflexión y para ser cuestionado, y, en ese sentido, es aún más valioso recibir comentarios de este tipo. Por ello es importante destacar aquellos diálogos que suponen poner en cuestión lo que afirmo.
            Pueden leerlo en “Estamos aviaos”. Comienza Manuel J. su comentario: “Muy bonito. Pero parte de dos premisas que habrían de demostrarse”, y las enumera, y no le falta razón. He intentado, por tanto, poner en orden algunas ideas expresadas en mis columnas, a fin de armar mi respuesta. Vamos a ello. La primera de las dos premisas que apunta Manuel J. es del siguiente tenor literal: “la A.- Muerte por Decreto de la cultura. Pero Decreto, ¿de quién?, ¿de cuándo?, ¿dónde está publicado para estudiarlo? Ya sé que es una mera metáfora, pero esa situación de muerte no natural, sino con violencia, premeditación y alevosía, esto es, asesinato, no sabemos cómo, cuando y en qué situación se ha producido o se está efectuando. Asesinar la cultura es desplazarla de la vida social para lo que hay muchos medios pero siempre desde los estrados de los poderes. Tal vez yo sea sordo de los dos ojos, pero ni lo siento, ni lo veo. Postura, además, ahistórica y antihistórica; ha habido grandes simas oscuras, pero la cultura siempre se ha comportado como Ave Fénix en todo lo conocemos de los últimos doscientos mil años, día más o día menos, del homo sapiens.” 
            Bien. Ojalá pueda demostrarse, pero mucho me temo que no será posible, al menos a plena satisfacción. El método intuitivo, que es el más uso, de manera fundamental fruto de la observación, tiene esas cosas. Aun así creo tener argumentos para el diálogo. Quizá mi visión de lo que hay es catastrofista, y así lo he hecho constar en varios de mis artículos, como en mi serie de la distopía: “No tan ficticio”, “No tan del pasado”, “Milenarismo”, “Lo indeseable”, “De antihéroes y líderes”, “La nueva era (1)”, “La nueva era (2)”, “La nueva era (3)” –y ojo con estos últimos tres, pues son un comentario a un famoso texto de veinte puntos basado en las opiniones de 50 expertos con que la revista The Economist, en noviembre de 2020, vaticinaba el nuevo mundo nacido de la pandemia–, “Yo soy tu padre” y “Un mundo mejor”, que ha sido un adelanto de un ensayo mucho más extenso que tengo inédito y espero que un día no muy lejano pueda ser publicado, razón por la cual dejé de publicar la serie, pues se trataba de dar noticia de la misma y adelantar en parte su contenido, y con el que pretendo expresar mi dolor al deducir que, en nuestro tiempo, la ficción no solo no es superada por la realidad sino que se convierte en modelo efectivo de la realidad misma. 
            En tiempos más recientes, otros artículos han venido a incidir  –o reincidir, si se prefiere– en lo mismo: que vivimos en un tiempo tendente a lo monolítico, como afirmaba en mi “Homogéneos”: “​​En esta Era distópica lo que está claro es que, en Occidente, estamos asistiendo a la muerte sin paliativos de la democracia, del estado de Derecho y de las libertades. En otras áreas, a la reafirmación del poder omnímodo y negador de la individualidad de unos pocos que, por derecho divino o la fuerza de las armas, se asentaron en la cúspide de la sociedad desde sabe Dios cuándo, pues cada caso es diferente. De este modo, los sistemas basados en la libre concurrencia de partidos, el parlamentarismo y las elecciones democráticas y las tiranías del más diverso tipo se han equiparado, volviéndose la misma cosa, tomando idénticas decisiones y aplicándolas con el mismo fervor y eficacia.” 
            En el sentido de lo anterior valga la defensa de mi teoría de la petrificación del mundo, de la cosificación de las personas, de los motivos para perder cierto tipo humano de esperanza, salvo que nos alcemos todos y cada uno en defensa de la vida. Sirva esta misma respuesta como respuesta a la segunda premisa de Manuel J.: “B.- Ante la petrificación del mundo. Desconcertante afirmación. Puede que toda mi extrañeza sea producto obligado de mi incultura. Pero nos surgen dos interrogantes, a saber: ¿en qué consiste esa “petrificación? y ¿qué se entiende por cultura y por incultura?.”
            No, no es usted inculto. Todo lo contrario. Es usted bueno y admirable, y tiene y vive un concepto de la justicia que no debiera haberse perdido nunca, pero que me temo que, de facto, hoy ya no existe o solo existe de manera residual e incluso casi testimonial. No porque usted sea mi tío sino porque su visión del mundo es una mezcla de visiones nobles –desde cierta perspectiva, casi de otro tiempo– y harían falta muchas personas como usted. Su humanismo –en el más amplio sentido de la palabra– es una especie en vía de extinción.
            Tiene usted razón también en que mi artículo le sobraba erudición, pero por desgracia ni es una “bella estatua conceptual” ni “sin siquiera pies de barro”, sino fruto de una observación detenida y larga, y puede que también de una visión personal mía desesperanzada ante el mundo y la vida, que no está en línea con los existencialismos sino más bien con un cierto estoicismo cuyo predicamento es “esto es lo hay”, y de ello también podríamos, si es su gusto, seguir conversando.
            Respecto a Venus, la que usted nombra y las demás, con sus miles de años y su actualidad a cuestas, debo remitirme a mi articulo “A la madre”, en que  concluyo: “(...) desde la más remota antigüedad, sea la madre la inspiración del arte universal”, y a mi “Brillar en la oscuridad”, en que, esta vez esperanzado, termino diciendo: “(...) podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón”.
            De igual modo, comparto, por cierto, también, su teoría del “Ave Fénix”. He vivido en propias carnes eso de resurgir de mis propias cenizas y creo en la sociedad civil y en su capacidad de repetirlo.
            En fin, seguro que no he sido convincente y hago votos para que este diálogo que ahora comienza sea fecundo, sobre todo porque creo que la única vía de salvación que tenemos es el amor, y amor es lo que nos sobra. Usted y yo lo sabemos, pero con tristeza y por la vía intuitiva me atrevo a afirmar –sin juzgar de ningún modo, y menos a nadie– que muchos lo tienen olvidado, confundido, escondido, apartado de sus vidas.
            Gracias de corazón porque con su comentario me ha hecho sentir más que nunca que no vivo clamando en el desierto.
M. P.-P. en la FIL de Guadalajara 2014.
Fotografía: ©Iván Vergara.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 80. Estamos aviaos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 80

Estamos aviaos
Por Manuel Pérez-Petit

Vengo reflexionando hace días. Frente a la muerte por decreto de la cultura, la poesía –y, con ella, por extensión, todo el arte– debería ser esa vía de salvación que anhelamos encontrar ante la petrificación del mundo, ese fuego purificador y tantas veces olvidado –el que reside en todos y que aunque apaguemos no desaparece– que se reclama en el campo de batalla de la propia vida, en ese mismo en el que habremos de dilucidar si volvemos a la luz o nos volvemos de ceniza, si vivimos nuestro tiempo o lo consumimos a secas, tal y como Michael Ende (1929-1995) plantea en “Momo”. Pero esto no es popular, y los que gobiernan el mundo desde cualquier poltrona de poder no solo se niegan a darle importancia alguna al asunto sino y lo destierran de su agenda sino que lo proscriben.
            En la antigüedad, el arte era fruto de un asombro ingenuo ante el mundo y era magia, pero ya Giambattista Vico (1668-1744) en tiempos modernos aclaró que esa ingenuidad se perdió aunque a través de la poesía se podría volver a ella, e Italo Calvino (1923-1985) en su “Seis propuestas para el próximo milenio” afirmó: “Hay cosas que solo la literatura puede dar con sus medios específicos”. Estoy convencido de que en esto consiste la fe en el futuro de la literatura y el arte, y es su reto. Un reto que debe tener en cuenta su deuda con Hermes-Mercurio, el dios que bajo el nombre de Toth inventó la escritura, y es el motivo de la defensa de la poesía, que no está ya en una separada e inaccesible “torre de marfil”. Su torre es “la piedra del tiempo”, pero, por algo inexplicado aún, trasciende también el tiempo. Es ahistórica y suprapolítica, no histórica, política o apolítica. Es libre. Las naciones son históricas, son políticas. El arte no entiende de mayorías ni de consensos ni de democracias o dictaduras. Y por esa grieta puede evitar las consecuencias de la tiranía adoquinada y aplastante de la Era distópica.
            Pero no existe, no obstante, arte sin artistas. Con un grado de inconsciencia aterrador a día de hoy nuestra narcotizada sociedad sigue sin reclamarlos, que eso también hay que tenerlo en cuenta, pero cuando los identifica se levanta sobre sí misma y está en condiciones de afrontar los terribles retos que existen. El poeta Pere Gimferrer (1945) dijo: “Todo arte no es sino un punto de vista para ver el mundo –un instante solo–, no como idea vivida día a día, sino como presencia que, de súbito, estalla ante nuestros ojos”.  
            Y así como ninguno de nosotros puede ni debe estar determinado tampoco por su pasado no es menos cierto que tampoco podemos obviarlo, y en este sentido se entiende la afirmación de Octavio Paz (1914-1998): “la indiferencia respecto a la propia historia es un índice de madurez”. En su libro “La derrota del pensamiento”, que despertó muchas conciencias a finales de los años ochenta del siglo XX, el filósofo francés Alain Finkielkraut, defendiendo el espíritu de la Ilustración, desarrolló la historia del “Volksgeist”, maldito espíritu por el que los seres humanos están determinados por su pasado, lo que impide la instauración definitiva del universal, libre y progresista espíritu ilustrado. Sin embargo, la espada que lanza se vuelve contra él y sus planteamientos, porque es en concreto el espíritu que defiende la causa de la atomización del saber de la que se queja, en una sociedad en la que da igual un videojuego que una ópera de Verdi. No creo de verdad que la solución esté en recuperar el espíritu del siglo XVIII, sino más bien en valores más perennes, acerca de los cuales hablaremos pronto. 
            La necesidad del arte, que es fruto de la pérdida de nuestra condición original, al menos en el mundo Occidental, urgiendo hoy quizá más que nunca está también hoy más aletargada que nunca, casi nulificada. O sea, que el panorama es de terror. O nos ponemos en marcha o estamos, como diría el clásico, aviaos.
Acebuche en Córdoba, España, 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 79. «Ser como dioses». Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 79

"Ser como dioses"
Por Manuel Pérez-Petit

(…) Cuando el ciego orgullo racionalista fue capaz de renovar en los espíritus ilustrados la tentación bíblica, la sentencia última que prometía, “Seréis como dioses”, no tuvo en cuenta que el ser humano había conseguido ya ir mucho más lejos por ese camino. Las miserias y los orgullos que habían jalonado durante siglos la tarea de volverse como dioses había ya enseñado a los hombres una lección mejor: que mediante el esfuerzo y la imaginación podían llegar a ser como hombres. Y no puedo dejar de proclamar, con orgullo, que en esa tarea, por cierto pendiente en una parte bien considerable, la fábula literaria ha resultado ser una herramienta decisiva en todo tiempo y en cualquier circunstancia: un arma capaz de enseñarnos a los hombres por dónde puede seguirse en la carrera sin fin hacia la libertad.

(Camilo José Cela, Elogio de la fábula, Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, 
10 de diciembre de 1989.)
La palabra es el motor del mundo. El mundo fue creado del verbo, en un acto libérrimo. Lo dice San Juan (circa 10 d.C.-c. 98-117 d.C.) al comienzo de su evangelio: “Al principio fue el verbo”, y añade: “Todo fue hecho por el verbo y sin el verbo no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En el verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron”. No en vano, el primer encargo que Dios le hizo al hombre fue el de nombrar las cosas...
            El campo no tiene puertas, aun por mucho que le pongan muros y hasta parezcan infranqueables. Decía en mi ‘Líneas de desnudo’ anterior, “Leer”: “Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra”... Decir ‘poeta’ y ‘ser humano’ es decir lo mismo. Todos estamos llamados a ser creadores, pero en los tiempos actuales hacemos falta quizá más que nunca, y hace falta que estemos en la calle, mirando y sobre todo viendo y observando la verdad de las cosas de frente, respondiendo con valentía las preguntas inevitables, poseídos por los dioses o en una actitud lógica, constructiva, racional, como planteaba en tiempo –que es el nuestro, pues en realidad no deja de ser uno de nuestros más ilustres contemporáneos– Platón (circa 427-347 a. C.), pero también en tiempos modernos los poetas William Butler Yeats (1865-1939), Paul Valéry (1871-1945) o Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en su afán no solo por la pureza sino por la identidad propia. Porque el arte nunca acaba y la experiencia del arte “es una revelación de nuestra condición original”, como afirmó Octavio Paz (1914-1998), la única en que podemos ser nosotros mismos.
            Existe la creencia de que los artistas son gente rara, pero la realidad es bien distinta. Gloria Fuertes 
(1917-1998), en su memorable  “Historia de Gloria”, afirma que no es necesario escribir versos para ser poeta y que solo el poeta puede no escribirlos y serlo. Entendamos la palabra ‘poeta’ en un sentido amplio: poetas, en puridad poetas, esto es, artistas, personas de carne y hueso, con sentimientos y pasiones, verdades y contradicciones, cabeza, tronco y extremidades, capaces de recrear el mundo y crearlo sin descanso, de asombrarnos con la luz de cada día y con el fuego, somos todos, y podemos concluir sin dudar que los raros son los otros. 
            La poesía, la literatura, el arte, y también en este sentido, cauterizan en el sentido de que corrigen con eficacia los errores. Son señal de la limitación humana, y no es función suya definir, explicar o sistematizar sino completar la creación del mundo. En consecuencia, hacer un mundo mejor. Su universo sabe más de lo intangible y mágico que de tautologías, silogismos o entimemas. Y por eso es medio de salvación. 
            El arte puede caer en el vacío, y con él, el propio ser humano, pese a que de la fidelidad del arte, que es tarea del conocimiento y en tanto ello también perteneciente a la moral, a sí mismo depende y dependerá en buena medida el futuro del espíritu humano, de manera tan dramática en juego hoy. De este modo, podemos salvarnos, incluso de la implacable tiranía de la Era distópica, y podremos emprender el camino que nos lleva a ese momento definitivo, a esa intensidad de intensidades, en que “un no sé qué que queda balbuciendo” –parafraseando a San Juan de la Cruz (1542-1591)– lo ilumina todo, al hacer presente todo el existir, y en todos y en cada uno de nosotros. Que al final, como al principio, todo es solo verbo, esto es, fábula, y, en consecuencia, vida, y con mayúsculas. Por tanto, libertad, en el más amplio sentido de la palabra. Incluso para “ser como dioses”.
Fotografía de un emparrado tomada en Granada, España, en septiembre de 2009.
©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 106. Volar, volar. María Gabriela López Suárez

Volar, volar

Por María Gabriela López Suárez

El reloj de la sala hizo sonar sus campanadas, Bianca volteó a ver la hora, justo eran cuarto para las seis de la tarde. Ese día debía ir por el saco que había llevado a la tintorería hace más de una semana. 

—Uy apenas y me alcanza el tiempo para ir, cierran a las 6,30 — dijo para sí, en tono apresurado.

Rápidamente escribió una nota que dejó sobre la mesa del comedor, para que la leyeran en su familia, quien llegara primero a casa:  “Regreso en un rato, fui a la tintorería y después a comprar pan. No llevo celular. Besos, B.”

Jaló un chaleco, sus llaves de la casa y reviso llevar en su bolso dinero y la nota de la prenda. Su paso fue algo rápido, llegó a la esquina y giro a la derecha, comenzó a caminar con menos prisa. Se topó con reparación en un par de calles. Mientras iba caminando alzó la vista, el atardecer se asomaba, los tonos rojizos combinados con el celeste del cielo y las pequeñas nubes blancas como trozos alargados de algodón decoraban el cielo. 

Bianca se alegró de haber salido a esa hora, de no haber sido por el mandado se habría perdido esa puesta de sol. Intentó adivinar qué hora era, no solía usar reloj y el celular lo había dejado en casa. No tardó en tener su pregunta respondida, una parvada de pájaros pequeños comenzó a realizar su vuelo a una cuadra de distancia de donde ella estaba. Tenía rato que no observaba ese hermosa paisaje, la danza de los pájaros, así lo consideraba, el vuelo sincronizado de las aves que, cada tarde, en punto de las seis se daba cita en esa avenida. Bianca había pensado que debía llamarse Avenida El vuelo de los pájaros, esquina con Date una pausa y disfruta el paisaje.

Se detuvo unos instantes, atenta, observando las vueltas que daban todos los pájaros, dibujando especie de círculos que atravesaban la calle, sin perder su ritmo.  Siguió su paso, sintiendo una emoción en su interior, agradeciendo el regalo de la naturaleza. Se puso a pensar cómo sería ella si fuera uno de esos pájaros, le dieron ganas de volar, volar y disfrutar con esa parvada que le había alegrado la tarde. Vino a su mente una de sus canciones favoritas, Volar, de El Kanka:
 
"Volar, lo que se dice volar, volar, volar, volar, no vuelo...pero desde que cambié el palacio por el callejón. Desde que rompí todas las hojas del guión, si quieres buscarme, mira para el cielo… solté todo lo que tenía y fui feliz. Solté las riendas y dejé pasar, no me ata nada aquí, no hay nada que guardar, así que cojo impulso y a volar.
"

Entre el tarareo de la canción se dio cuenta que estaba a unos pasos de la tintorería, estaba abierta, sonrió y sintió un gran alivio, al tiempo que seguía resonando "volar, volar, lo que se dice volar".

Photo by vishnudeep dixit on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 12. La cama de hojas. Antonio Florido

Fisonomía 12 
La cama de hojas

Por Antonio Florido

       


Hablar de la causalidad. Lo que ocurre. Presuroso. Tal vez en nuestras mentes. Es prescindible. Cáustico. Amierdado. Hablar de El Pozo es vivir. Morir. No creer. Sacar los sentimientos. Abriendo el hecho. El suceso. Crujiéndolo. Extrayendo la médula. El tuétano.

Montevideo, 1 de julio de 1909.

El comienzo de todo. La tragedia. La puta en la cama. Y la niña. El filo abierto entre sus piernas. El triángulo donde brilla la tormenta, aún. Onetti. Sólo estoy comenzando. La noche. Oculto a mí mismo. Onetti con los labios pintados de blanco. Un colgajo blanco. Un humo blanco. Unos pulmones negros. La melancolía. Y la discordia entre esto y aquello. También la intemperancia, le puede. Como la indiferencia. Anclada en el corazón. Punzada. Sangrante. Varias historias en una. Pero una sola escritura. Un único nervio. Belleza. Exaltación. Calor derramado por la ventana. Veinte hombres rozando a la puta. Y vemos un hombro rojo. Olor agrio en un patio. Por la excrecencia de la mediocridad. Mugre. Calor. Patio encharcado. Inapetencia en los lugares del reposo. La caja de papeles. La alfombra de hojas. La niña sobre la cama. Los brazos forzados. Pero nada de violación. Onetti solamente fuerza el olvido de lo vulgar. Y lo consigue. Alzando su escritura. Brillando con el cuerpo inclinado. Fumando. Y fumando. Blanco humo en la pieza. Esperando a Lázaro. Existencialismo, pronunció alguien. ¿Existencialismo?, digo yo. ¿Preciosismo? ¿Belleza en la suciedad de la vida? Onetti, Juan Carlos. Y Borges. ¡Qué manera tan absurda de querer desprenderse! ¡Imposible! Le vemos hacia abajo. Le observo. Me observa. Desde lejos. Sus gafas. Sus ojos. Leo. Se ha quedado sin tabaco. Y mañana cumplirá los cuarenta. Dos atrevimientos. Dos estallidos en el aire. Pasea. Y vuelve sobre sus pasos. Entonces escribe. En la noche. Hasta la extenuación. Uruguacho. ¡Qué más podés decir! ¿Cuándo comenzó usted a escribir? ¿De pequeño? No, responde. Yo, de niño, no escribía. Mentía. Fabulaba. Distorsionaba. Retorcía mi realidad. En otra. Más feroz. Más íntima. Diferente. Lejos de la medianía, tan asquerosa. Onetti. Yo no sé escribir, afirma. Sabe que lo sabe. Un dolor. Una parida del mundo. Y habla del hecho y del sueño. Se acuerda de Bunin. Iván. El ruso. Con su frío agarrado al pecho. En su cabaña mísera. Onetti tratando de desnudar su vergüenza ante nadie. Pero nadie existe con el alma limpia. Luego Cordes, el poeta. Volverá por sus fueros. Más adelante. Esperemos. Onetti vive, dice. No se pasa el día imaginando cosas. Claro. Y cuando sobrevuelo sus líneas el desmayo del escritor. Él mismo bajo las luces de los que triunfaron. El fracaso aparece. O ya estaba dentro de su alma. Puede. Pero le importa un corno, afirma. Le entiendo. Eso creo, al menos. ¿Y usted? ¿Acaso leyó usted alguna vez a Onetti? Habla de Hanka, la mujer. Le aburre. Y del amor. Sobre la doble partida del mismo. Maravilloso. Absurdo. Sobre todo cuando se fue. Y lo vemos en la distancia. Fuera de nuestra boca. De nuestra lengua, tal vez. La joven frente a la mujer. Ésta es práctica y hedionda. Cuando pasa los veinte o veinticinco. Cuando se hace mujer. Antes no. Todas iguales. Llega a entender el asco amoroso por las niñas, de los viejos. Y sigo leyendo. Me asalta. Dice: “Hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Hermoso. Y cierto. ¿No? También nos pone delante los sucesos. Como cáscaras. Vacías. Huecas. Vanas. Apenas para llenarlas de sentimientos. Éstos los únicos sensatos y verdaderos. Lo demás, ¡qué importa!

Onetti, su personaje, esto es, vive con Lázaro. ¿Casual? Una pesadilla. Constantemente le pide los pesos debidos. Pero Lázaro no aparece. La pesadilla recurrente. Como sus sueños. Como su historia. Repetida. En una ciudad, ahora. Luego en otra, quizás. A lo mejor más allá, al fin. Mas siempre lo mismo. La misma. La hermosa joven echada sobre la cama de hojas. No la viola. No le interesa. No siente esa avidez por la carne. Ella escupe en su frente. La saliva resbala. Después se seca, al aire, mientras camina. Igual que lo hace por la pieza. De pared a pared. Sin fin posible. El escritor encerrado. Escribiendo siempre el mismo libro. Con matices. Distinto. Igual. Siempre igual. Hasta el desmayo. Hasta lo no consciente. Una infancia feliz que no quiere recordar. Mayor, de golpe. La redacción. Las noches sobre las cuartillas. Con el oído atento a los teletipos. Europa arde. ¿Arde? Cordes declama su poema. Lo canta. Otro escupitajo a su orgullo. El verso es magnífico. ¡Tanto le duele la estrofa! Le responde con un cuento imaginado. El otro lo toma como una bolsa de cacahuetes. No está a su nivel. Y llega el fracaso. Otra vez el fracaso. Una caja llena de fracasos papelados.

Después de El Pozo estalló la tormenta. Uruguay expectante. Los uruguayos quietos, esperando, leyendo, leyendo. El mundo encogido. Onetti cesa de fumar un instante. Y en ese instante, apenas un suspiro, escribe Tierra de nadie. Después otro cigarro blanco, otro instante. Escribe ahora Los adioses. Fuma de nuevo y dibuja Para una tumba sin nombre. Más tabaco y logra El astillero. Así compuso Onetti una obra sustancial para comprender la literatura actual uruguaya. Juntacadáveres, La muerte y la niña…

Madrid, 30 de mayo de 1994.

Acaba la sinfonía. La cama de hojas continúa en mi mente. En tu mente. En su mente. Inabarcable. Insustituible. Eterna. En ese esbozo vespertino en el que dejó de fumar porque se le hubo, había acabado el tabaco y decidió, en un arranque total, escribir El Pozo.




Retrato de Onetti (¿1972?).  José Montes (Montevideo 1929-Montevideo 2001).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 106. Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor. Héctor Cortés Mandujano

Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor

Héctor Cortés Mandujano

Tengo celos del todo en tus anhelos.

Que tú besabas a Jesús, he visto,

y aunque Jesús es Dios, yo tengo celos:

No vuelvas a besar a Jesucristo

M.R. Tovar, en «Amor y celos», Álbum del corazón, de Fernando Soria

 

Fernando Soria Cárpena. Su vida y su obra (Ediciones Proturco, 2020) es un continuado trabajo de investigación de Douglas M. Bringas Valdez, doctor en musicología por la Universidad Complutense de Madrid, pianista de enorme experiencia y profesor de piano en la Facultad de Música de la Unicach, quien me hizo el favor de obsequiarme éste y su complemento: Álbum de corazón, No. 1 Suite Romántica y No. 2 Suite Elegíaca, también de Fernando Soria, piezas compuestas a partir de fragmentos poéticos, con los mismos datos de edición. 
	Dice Douglas en la introducción de la biografía de Soria (p. 13): “El nombre de Fernando Soria apareció en 2003 en los anaqueles del Centro Universitario de Información y Documentación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, como autor de un Himno a Chiapas que nadie conocía”.
	No fue fácil determinar quién era el músico desconocido, pero Douglas se impuso el reto. En la revista México musical de enero de 1933 se asienta que Soria tuvo (p. 17) “como fecha de nacimiento el 11 de agosto de 1860, en Ocozocoautla, Chiapas”, probablemente hijo de un español y de madre peruana, aunque él mismo cambiaba esos datos por otros. 
         Su inclinación por la música inició en la infancia, según sus propias palabras (p. 19): “A la edad de nueve años suplía yo a mi maestro en el coro de la iglesia, como acompañante en el harmonium y corista cantor en jefe”. Trabajó en Comitán como (p. 23) “profesor de teoría y piano”, “simultáneamente en Quetzaltenango, Guatemala” y San Cristóbal de Las Casas, “posiblemente entre 1885 y 1888”;  entre 1905 y 1913 (p. 54) “en escuelas primarias de la Ciudad de México”. También vivió y trabajó en Veracruz y, por supuesto, en Chiapas.
         Fernando Soria ganó, como músico, premios en París en 1900 y 1909. En Chiapas dedicó el bolero ¡Viva mi tierra! a Belisario Domínguez, cuyas palabras autógrafas dicen (p. 58): “Sr. Doctor Domínguez: Dígnese aceptar el presente homenaje a su valor civil, que más tarde consignará la Historia con letras de oro”.
         Escribe Douglas (p. 63): “Desde 1922 y hasta su muerte, en 1937, Soria se estableció en la Ciudad de México”.  En una de las entrevistas que Douglas hizo se enteró que la abuela de Soria decía de él que (p. 65) “era compositor de tiempo completo, al grado de dormir con una pluma y tinta junto a su cama para escribir en los puños del pijama las melodías que soñaba”. Tuvo siete hijos (p. 38): “De ellos destacó a nivel nacional e internacional a principios del siglo XX la segunda hija, Isabel (1890-1976)”, cantante de ópera con una carrera en México, que la llevó a Puerto Rico y España.
          En la breve autobiografía que hizo Soria dice que (p. 73) “he compuesto en mi vida de artista más de 300 piezas de varios géneros”; dice Douglas que de ellas ha podido localizar 93: “Entre ellas, el género que predomina (72%) es la música para piano, las demás (28%) son composiciones para coro con piano, y siete canciones para voz”. 
          Ahora, Douglas Bringas, con generosidad y con la autoridad que le confiere su profesionalismo y la altura de su arte musical, ha grabado un disco con composiciones de Fernando Soria, y ha hecho muchos conciertos dando a conocer la vida y la obra de este músico, cuya obra –notable y vasta– ya está a la disposición de quien quiera conocerla.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com