Cajón de rubores. 9. ¡Conquisté París! Antonio Florido

Fisonomía 9 
¡Conquisté París!

Por Antonio Florido

       



                                    I

Aunque han pasado ya muchos años desde aquello, justamente en la noche del 14 de abril de 19…, a Pierre no se le va del pensamiento la cita. Fue hace ya seis semanas desde que la carta enamorada y olorosa de Pierre se hundió en el abismo oscuro y rajado de la oficina de correos. Desde ese día, pensando, analizando, pergeñando en sus maneras el destino inopinado que a todo hombre se le aparece una vez en la vida. La vio sentada con la chaquetita blanca y apuntada cubriéndole unos hombros caídos. Los brazos, en un constante temblor, por las voces de los coros que en esos últimos instantes de la obra clamaban al techo del auditorio como si pretendiesen romperlo en pedazos. Junto a ella, a no más de un metro, un matrimonio desconocido contemplaba embelesado la obra en la que los actores, con sus movimientos simétricos y cadenciosos, se afanaban en crear una colosal maravilla de hermosa consistencia. Los esposos mantenían sus manos unidas, con los dedos de ambos alternados, cruzando del uno al otro un amor tal vez estudiado para la ocasión, traído desde fuera, porque la verdadera pasión de sus almas había muerto bien antes, mucho antes, cuando aquello. Un palco en delantera, bien situado, sin necesidad de los gemelos glamur Eschenbach de la época, por la distancia y por la ilusión con que los espectadores gozaban de las escenas.
         Pierre recordaba ensimismado echado sobre un diván algodonoso, de un rosa fuerte, a dos cuerpos y con la espalda subida para que el acomodo fuese lo más confortable. Hizo memoria y se arrepintió por la medida de su precio, pero ahora llegaba el momento y una llamarada de orgullo surgió en el rostro del hombre que ya imaginaba la nueva y quizás única escena con ella sentada a su lado, arrimados ambos, sintiendo el calor y la tibieza de esa carne blanca y trémula, de ella. 

Abrió los ojos el dandi, lentamente. Por las altas ventanas cruzaban algunos tímidos rayos del nuevo día. ¿Anoche? ¿Qué hizo anoche? ¿Qué atolondrada tontera hubo cometido? No se acordaba de nada. A Pierre le punzaba la cabeza en los lados, como dos agujas que se le clavasen en la piel hasta el fondo. La dichosa resaca. Pero ahora el calendario coincidía con la elegante escritura de la mujer. El día llegó. 
         ¡Oh Violette! ¡Violette!
         Recordó presuroso la circunstancia, oculto tras el grueso telón que separaba la luz del pasillo de la pequeña intimidad del retiro. La joven allí, sentada, de espaldas, absorta en la ocurrencia de unos actores concentrados en lo suyo, pero allí seguía la mujer, ajena a su mirada, mirada que intentaba traspasar ese misterioso tejido que ante sus pensamientos se desnudaba sin pudor. De vez en cuando movía la dama la cabeza a un lado y a otro, con el cabello subido en un recogido que dejaba adivinar en la penumbra un delicioso cuello de cisne. En una de esas ocasiones, como si nada ni nadie lo hubiese pretendido, sus ojos chocaron en el aire. El amor, que nacía allí, con él de pie, escondido, tantas veces, tantos dramas oyendo el roce de su vestido mientras ella le ignoraba. Pero esa noche fue la ocasión y clavó, pues, sus ojos en los ojos de ella, y así la prendió, como se toma con delicadeza una rosa recién cortada. Lo demás ocurrió de seguido. Esperó inquieto un par de días, preguntando a unos conocidos, a unos amigos de un amigo de otro amigo, hasta que al fin la obtuvo. La dirección exacta escrita en un papelito rosa y con olor a jazmín. “Desearía, estimada y oculta dama, desearía…”, le imploraba una cita, un encuentro que no fuese casual, en su propia casa, tal vez a la hora vespertina de la merienda, o mejor, o mejor, ¡sí!, un poquito más tarde, cuando la hora de las brujas comienza y los chiquillos y el mundo entero se retira hacia sus casas, abandonando unas calles que brillan bajo la fosforescencia verdeazulada de las farolas.
         Esa misma mañana llegó. En otro papelito muy bien doblado, de la mano de un chiquillo andrajoso y famélico, jadeante, que respiraba con ahogo por la carrera desde el otro confín de la enorme ciudad. La leyó con el corazón en la boca, más rápido sus ojos que su mismo entendimiento, una lectura visual, fotográfica, impulsiva. Hasta que al final de esta, con letra menuda, levemente inclinada a la derecha, con un brío resolutivo, muestra de la alcurnia y de la altivez de la damita surgió el . 

                                     II

Apenas las ocho y media de la mañana. El día claro. Un poco de viento movía los frondosos laureles que desde la ventana podían divisarse. Disponía de poco tiempo. Habían quedado a las nueve de la tarde. La presentación, los preliminares, las bobadas de los primeros minutos mientras a él se le escaparían los pensamientos por los labios, todo su ser pendiente de ella, y ella, ella… dulce hembra de encaje, de belleza sublime, embriagadora desnudez de la inocencia que sin duda se le mostraría con excesivo descaro. O quizás la mujer, la pequeña damita, miraría tímida al suelo, sin saber escoger las palabras precisas, los sonidos y los dejes adecuados. Nadie sabía. Ni acaso el mismo Pierre, en su inteligencia acusada, podía por ahora adivinar el futuro.
          ¡La decoración! ¡El salón impoluto! ¡Los detalles! Pierre comenzó una danza irrefrenable que en su cabeza estallaba intentando crear en el salón una pieza digna de ella, sumida en una calma sin par, de una elegancia extrema. Se sentó mareado. Colocó la cabeza entre las manos, y los codos sobre las rodillas. Pensaba. Debía planificarlo todo. ¡Todo! Era la ocasión definitiva. Quizás la primera y última oportunidad de su vida. Antes de nada, después de unos minutos de sosiego, pensó en el propio mobiliario, en las paredes, en la mesa, en la cristalería, los mismos cuadros colgados en las verticales, que se inclinarían al paso de Violette, rindiéndole el debido respeto. La luz, la luz era un elemento esencial, un imaginario que impregnaría los rostros de ambos, durante la cena, tras ella, en los postres, en la paz que sigue como antesala de una somnolencia nocturna. 
         Observó detenidamente la sala. El apartamento, muy bonito y acogedor, con un leve tenor estendhaliano, se encontraba cerca de la rue de Lisbonne, un lugar apropiado, en nada desmerecido, en el centro justo del barrio adonde los dandis como él habían huido. Lejos, muy lejos, apartados de esa gran mediocridad del París de la época, una ciudad que respiraba el fragor mentiroso de una paz que se desvanecería lenta, perezosa, pausadamente. La habitación casi desnuda era relativamente grande, con las paredes tapizadas con lienzos de Jouy, en rosa y blanco. En una de ellas unos cuadros que había adquirido para la ocasión, aunque hemos de confesar que sin ninguna perspectiva demasiado certera. Copias baratas de un Picasso, de un Derain, de un Segonzac… Lienzos que estallaban en Pierre la inmensa laguna, inutilidad y pobreza de un espíritu pasajero y antojadizo, creando en su alma una violenta angustia.
         El dandi observaba alrededor, girando el cuerpo como las agujas, en perfecta armonía con los estertores de la mañana, que ya avanzaban la luz a través de las ventanas, desplazada por el mismo suelo de parqué del salón, brillando en sutiles figuras formadas tal vez en su pura imaginación. Sin embargo, no debemos reprochar nada. El hombre, sumido en una enorme tristeza, se agarraba a la ilusión de esa primera cita, tantos años esperada, imaginada y diluida tímidamente en su cabeza, en sus sueños, en su espesa voluntad de parisino a la moda, de salón en salón, hablando, coqueteando a veces, esculpiendo su apariencia frívola en el vacío del aire, entre las mismas risas de las damas que se agarraban al cuello de sus vestidos, con las muselinas entre los dedos, jugando a cruzar las miradas atrevidas, retando una dama a la damisela de al lado, en busca del máximo trofeo… Pero Pierre no constituyó nunca para ellas ningún trofeo, solamente unas delicadas sutilezas, unos detalles galantes, un mañana tal vez, o quizás la semana próxima, cuando mi madre de nuevo abra las puertas de nuestros salones. 
        Lo más importante, empero, era la cena…
        ¡La cena!
        Y pensó en un estilo afrutado en sus labios, a lo Auguste Escoffier, maestro de mil recetas apetitosas, al modo de la grande cuisine de la época. Empezar por unos canapés variados (incluidos los famosísimos bomboncitos almirante, con mantequilla y langostinos) seguidos de unas sabrosas ostras gratinadas al champán. Como entrante estaba bien. Luego, seguidamente, tras una pequeña pausa en la que de seguro su mirada reposaría en la fina piel de la dama, un consomé Olga, con oporto y vieiras. Llegados a este punto los dos, en la más absoluta intimidad, estarían conversando posiblemente sobre el tiempo, que por estos días se mostraba un poco tonto y caprichoso. Como tercero había soñado en una pequeña ración de patito asado con salsa de manzana, el plato fuerte que necesitaría irremediablemente el sabor de una copita de ponche romaine, hecho con naranja, limón, ron y merengue. Unas palabras encadenadas a las miradas de amor entre ambos, abrochando las voluntades a la luz de las velas de nácar, en ese ambiente glamoroso, rodeados de las miradas de los pintores que aún pendían sus imágenes sobre ellos. Tal vez en ese momento fuese mejor acercar los dedos largos y huesudos de él a las manos blancas y ligeramente rosadas de ella. Un acercamiento disimulado, como quien no lo ha querido. 
         Si eso ocurriera… si esa dulce cercanía le fuese permitida… 
         Los melocotones en gelatina de Chartreuse para el final, como broche de la obra que pronto comenzaría su acto definitivo. Y Pierre estaría dispuesto, si ella así lo pedía, a sustituir este último gozo por un simple helado francés. 

El dandi, superándose a sí mismo, soñaba en todo esto mientras en el fondo de su pensamiento brotaba la sorpresa. El escenario ya estaba preparado. El cuarto, desde hacía dos semanas, cerrado, para no oír los lamentos del…
         … Pero avancemos un poco más en lo que pasaba por la cabeza de Pierre. Hagámoslo.
         Miró la mesa del centro. Necesitaba adornarla para la ocasión. Pero aún había más. No sólo la mesa constituía para Pierre un elemento de enorme preocupación. También la vajilla, la cristalería, el estilo, cuestión imprescindible, tal vez un ligerísimo toque naif, elementos en cobre o bronce, los simples y diminutos detalles sobre la mantelería, las servilletas, los mismos cubiertos… Había decidido colocar en el centro un jarrón lleno de mandarinas, no muy alto, para no ocultar los carmines y los rosados de su amada, y unas velitas que llevaban guardadas esperando una ocasión como esta desde que aquello salió en la primera página de todos los periódicos. Desde entonces el alma de Pierre se había mostrado confusa y embriagada, temblona ante el miedo de esos seres desgraciados, y beoda de amor, de dulzura, de angustia que se volcaba hacia el mundo, clamando por una simple compañía, por un alma gemela que le dijera que le adoraba.
          Llamó a voces a Adele, la sirvienta, y le encargó la asunción de todos esos elementos que bailaban en la mente del hombre. Le exigió que el mantel apareciese bien planchado. Debía florecer ante ella una mantelería divinamente plana, con seis o siete repasos sobre el tono marfil de la tela.  Las servilletas, le instó a la pobre muchacha, en dos cuadrados de 60x60, debidamente doblados en un triángulo armonioso, sobre la superficie brillante y calma de los platos llanos, ni un centímetro más ni uno menos. ¡La perfección!

Adele, que jamás había decorado la mesa para una ocasión que se le escapaba, no comprendía muy bien las órdenes taxativas de su amo pero, aun así, se empeñó en la labor de satisfacer los deseos más extravagantes. Pierre tuvo que enseñarle a colocar los cubiertos. Siempre de fuera hacia dentro en ambos lados del plato. A la izquierda los tenedores y a la derecha la cuchara, cuchillo o pala para el pescado. El amo le ordenó abrir el bargueño donde guardaba las platas de su difunta madre. No era para menos. La muchacha fue extrayendo de los cajones las plateadas pinzas, las tenazas para el marisco, cucharas pequeñas para el helado… Nunca se sabe… Luego los platitos para los panecillos, las copas purísimas… Y al final el jarroncito lleno de mandarinas en el centro…
         Pierre observaba los movimientos de Adele. Pensando en los olvidos, en esos diminutos cristales que saltan de pronto cuando te das cuenta de que algo se pasó por alto. De ahí el empeño del hombre que se jugaba en esa cena toda la vida de espera junto a esas otras damas de carmín y de sonrojos. El dandi se echó de nuevo. Cerró los ojos en una fiebre que le consumía, de tanta ansia, de tanto nervio. Adele muñequeando sus manos de un lado a otro, limpiando, bruñendo, repasando las motitas de polvo que el tiempo, ¡ay, el tiempo!, había ido depositando sobre los distintos enseres. Luego sobrevino un silencio de plomo y una calma sostenida. Seguramente todo estaría ya preparado y Pierre, con los ojos aún cerrados, trató de imaginar el ambiente, las palabras, las imágenes delante de sus ojos, enfrentados a la vergüenza, al pudor, a la misma desnudez de su alma. Intentó el hombre dormir y descansar un rato, pero los pensamientos, como pequeños gusanos caprichosos, le volvían el cuerpo hacia los lados, le arañaban por dentro, en un pesar tremendo que le bajaba hasta el pecho, hasta más abajo, donde el estómago gemía de dolor y de angustia.
          Miró la hora. Las siete. Debía acicalarse. En un impulso nervado el dandi se puso de pie y se dirigió de pronto y como ido hasta el aseo. Un perfume, quizás algo más tierno, como el agua de azahar que se ocultaba tras el espejo, el bigotito derecho, con los pelillos paralelos y la barbilla ligeramente cubierta con una pátina de rubor disminuido. Volvió a mirar la hora. Las ocho. Todo el cuerpo temblando. Viajó raudo hasta el salón. Debía en su calma intensamente anhelada repasar todos los elementos. Ya Adele se hubo marchado hacía rato. Nadie como testigo. ¡Nadie! Solamente una obra para ellos dos, para el amor puro que cruzaría sobre la mesa, formando el único diámetro verdadero. 
         El reloj de la sala estalló en los tres cuartos. Sólo quince minutos. Lo natural era llegar un poquito tarde, no más de diez suspiros contados con la respiración templada. No más…


                                      III


La luz del día cruzaba ya por la ventana, por los altos cristales, atravesando el calado terso de las cortinas y formaba, en declive, unas figuras tímidas y difusas. Llegaba el frío de la noche. Y con el frío la necesidad de encender las velitas de nácar sobre la mesa, como dos faroles en la costa, sobre el precipicio, avisando la voz de uno mientras esta misma voz, en su trémula sustancia, volaba hasta el otro lado de la mesa. Las encendió. El dandi se colocó en el centro esperando, y mientras tanto, giró un par de veces sobre su eje, posando la mirada en los paisajes de los cuadros, en las mismas paredes aterciopeladas, en el techo, y más abajo, sobre la madera que crujía bajo el peso de su cuerpo. Luego, con un deje de altiva presunción, se miró en el espejo inclinado de una de las paredes y observó que la sala se repetía, como un doble de todo, como una realidad inventada, y se sintió dichoso por haber conseguido, tras el angustioso esfuerzo, la atmósfera justa que tanto había ansiado durante toda su vida.
          El timbre sonó. Un quejido primero seguido de otro y de otro. El nervio le podía, mas debía soportar la subida del telón. Ya no había marcha atrás. Se anudó bien el adorno y abrió la puerta sin prisa, como quien no quiere la cosa. Y de pronto… De pronto… Toda el alma al suelo, acolchada, tierna, ansiosa. Violette alargó una mano enguantada, con el tejido hasta el codo. Él, galante, le tomó los dedos imaginados y besó tiernamente sobre el guante. Había llegado la dama a la hora exacta. Buen comienzo, pensó. Luego, tras unas sonrisas a modo de presentación, la coquetería de ambos los empujó hacia adentro, donde un calorcillo delicioso comenzaba ya a notarse. Llevaba la damita la misma chaqueta de tantas veces. Blanca, dibujada sobre el cielo del cuarto, en la mente clavada del hombre. Se volvió inclinando levemente el cuello, invitando al dandi a que con sus propias manos le ayudase a desprenderse de la misma. Fue un momento exquisito, maravilloso, un instante en que por vez primera los hombros dulces de ella aparecieron ante él desafiantes, provocadores, formando unas curvas hacia abajo y reventando en una hermosa fragancia de color y de finura. Bajo la chaquetita la joven, la hermosa Violette, se había colocado un vestido de gasa rosa, con múltiples puntitos en blanco creando unas diagonales de leve inclinación. Era cortado sobre los hombros, con el pecho exuberante al aire, como dos masas rosadas que temblaban al más mínimo movimiento de la dama. Pierre quedó adherido a su piel durante unos segundos. En un estado de trance muy cercano a la muerte. El escote apuntado hacia abajo, formando una uve enorme que permitía engendrar mil demonios en sus pensamientos. Más arriba un cuello liso, con una lluvia dorada finísima que solamente se podía entrever al trasluz de la ventana, con las últimas luces de la tarde vieja que ya se ocultaba. Ningún adorno. Tampoco llevaba pendientes. Sólo un bolsito de piel negra sostenido en la mano izquierda, quebrada hacia la cintura. Ambos se miraron. Luego, tras unos instantes de íntima zozobra, él la invitó a sentarse sobre el diván, bajo la alta ventana. Al momento se dio cuenta de que ella podía coger frío y se levantó para cerrarla. Ella rio cuando él se encontraba de espaldas. Y después, de manera lasciva, la mujer se pasó la lengua por los labios, abrillantando la densa capa de carmín. 
          Hablaron, como él mismo había barruntado en la antigua somnolencia, del tiempo, que hay que ver, y después del drama del teatro y de la pareja que compartía con ella el palco. Atrevida, la dama tomó en sus manos la copa de vino que él le ofrecía. Los dos bebieron lentamente, a sorbos pequeños, apenas un ligero murmullo de los labios sobre el filo curvo del cristal. Pierre se sentía dichoso y notó que el nervio le abandonaba. Aunque muy despacio. En una pausa envarada Pierre olió la comida sobre la mesa de la cocina. Se levantó, le ofreció la mano para ayudarla, la dama permitió los gestos del dandi y se sentó muellemente sobre la silla Luis XV. Pierre empezó a servir la mesa. La cena había dado comienzo. El vino, hasta el máximo ensanche de las copas, fue desapareciendo en las gargantas de ambos. La charla se tornó suavemente, y sin ningún tipo de premeditación, en una compañía apenas buscada. Los canapés se confundieron con las miradas disimuladas del hombre que no podía apartar los ojos del escote tremendo y hondo de la dama. La joven treintañera era para él apenas una niña. Los cincuenta sobre los hombros de Pierre le pesaban como fardos llenos de años. La luz crepuscular surgió de pronto, inesperadamente, y los rostros de ambos esbozaron sobre la mesa unas sombras caprichosas que jugaban al juego sensual de las miradas perdidas, de esos ojos que te apuntan y se marchan, que los buscas con ansia, con un deseo espeso, con una fruición fabulosa y tierna, llena de pensamientos, de prejuicios, de celos repentinos.
         Las copas lucían sus curvas sobre el mantel marfil. Cada elemento en su lugar exacto. Ella tomaba de uno en uno esos bomboncitos almirante con los dedos ablandados. Abría los labios y los iba depositando sobre la lengua que aparecía fugazmente rosada, sólo de vez en cuando, sin dejar de clavar sus ojos en los ojos del hombre. Pierre no cabía en sí de gozo. Detrás una fuente de ostras gratinadas al champán para compartir, cocinadas con todo el amor del mundo. Se notaba en la joven, sin embargo, una ignorancia en los protocolos de la mesa, porque alguna vez observó el dandi, con un poco de desprecio hacia sí mismo, que la dama no cerraba del todo los labios mientras paladeaba ese consomé regado con una buena copa de oporto. El vino bajaba y Pierre, atento a todos los movimientos de la cena, tomaba la botella y llenaba sin esperar la copa de ella. Una, dos, tres, tal vez demasiadas se bebió la joven mientras los dos cosían sus palabras en una conversación lenta, suave, apasionada por momentos, en un diálogo persuasivo que el mismo Pierre derivaba hacia los lados, buscando el efecto y la forma premeditada. La muchacha bebía y bebía y la lengua, que antes asomaba de tarde en tarde, comenzó ahora una excursión hacia los ojos de él, que se estaban dilatando por el desmayo. Ella se tocó el cuello con la yema de sus dedos hermosos y blancos, luego los bajó hasta el pecho y se compuso el escote que le molestaba. El calor excesivo, quizás, o tal vez la intemperancia de la joven que buscaba otra cosa distinta. La botella de oporto se vació con apuro y Pierre se levantó raudo a buscar una segunda. También se la tomaron enseguida entre los dos, creando en sus pensamientos unos demonios que pronto emergerían…
          Las vieiras fueron tomadas con otra copita de oporto, de buena cosecha. Violette, que nunca las había comido, disimuló una galante y exquisita desenvoltura extraída de su ignorancia. La lengua sobre la concha, buscando lo bajo de la carne, moviéndose como una culebra perdida. Pierre observaba y ya el hombre, ante tanto velo calado, acercó su silla a la de ella y, tomando una de las vieiras, la colocó en los labios de la hermosa y le enseñó cómo deben tomarse, con suave rigor, con una dulzura disfrazada esta vez de un engaño sutil. La mujer abría la boca como una niña que lo hace ante el mundo que ignora. Él la acercaba cada vez más, hasta oler el aliento de Violette, hasta lograr casi rozar los labios de ella con sus dedos nerviosos. Luego la dama la masticaba cerrando los ojos y bebiendo de la copita de oporto que ya se le hubo subido a la cabeza. Ella y él juntos, rostros pegados, sintiendo en la piel de ella el palpitar del corazón. Pierre se las ofrecía y miraba hacia los pechos de la joven que no cesaban de temblar sostenidos por la gasa finísima del escote, en la blancura eterna de las hembras codiciadas. Antes del patito asado Pierre descorchó la botella de ponche romaine. Escogió la copa adecuada, bien arqueada y transparente. El licor penetraba en las bocas de ambos y el calor, la calidez de la sala, las bebidas, todo el conjunto de elementos pensados formaron de pronto un escenario de pura y voluptuosa sensualidad. Violette volvió sumisa la cabeza hacia Pierre y, a pesar de la diferencia de edad, aproximó sus labios a los labios del hombre en un movimiento eterno y lento, desesperadamente lento, creando en ella una desenvoltura vaporosa que sacó de golpe todos los demontres del dandi. 
          Mas antes… antes de eso, la sorpresa. Debía aparecer ese misterio ante ellos, para que el acto fuese perfecto, sublime, irrepetible. Un episodio soberbio que nunca olvidarían. Y Pierre, abandonándola momentáneamente, se dirigió al cuarto y trajo de la mano a su ahijado André, un niño de apenas cinco añitos que llevaba encerrado en el cuarto trasero casi dos semanas. André, cegado al principio por no estar acostumbrado a la luz, fue acomodándose lentamente. Pierre sospechaba que el drama tal vez fuese algo excesivo. Pero ¿acaso el amor, la pasión, el ímpetu y la fogosidad no son también sensaciones, imaginaciones tremendas, enormes, descomunales? André no había comido nada en estos días encerrado, solamente agua, mucha agua, para evitar la deshidratación. Y de esta manera el niño mostraba un cuerpo laxo y enfermizo, desnutrido, casi esquelético, un muñeco colgado de unos hilos impalpables. Violette se quedó observando al pequeño, al delicado ser que ante ella permanecía de pie sostenido por su padre adoptivo. Luego el hombre lo sentó en una sillita cercana y de nuevo desapareció presuroso en la oscuridad del pasillo. A la vuelta Pierre retiró de la mesa todo lo necesario, creando un espacio preciso y en semicírculo donde colocó las ropitas. Dijo: “A André le gusta vestirse de niña, ya lo ves”. Y cogió al niño como se toma una pluma en el aire. Sentado sobre la mesa, con las piernecitas colgando y la cabeza ladeada, levemente inclinada sobre uno de sus hombros, el niño se dejó vestir sin oponer ninguna resistencia. Violette endureció el rostro, pero al cabo de unos instantes, el oporto y el ponche rieron y entre los dos cambiaron la ropita del niño por otra delicada de niña. Ahora André se llamaba Candice. Una niñita de juegos, con un peinado que la propia joven se encargó de alisar, hacia abajo, hacia atrás, hacia los lados, pintando un glamuroso cuadro con colores suaves sobre el pequeño rostro de la niña, de la misma niña que seguía cansada, casi dormida, viviendo y soñando que vivía, de las manos de ambos, en un sopor propio del nulo alimento. La sentaron de nuevo sobre la sillita, el cuerpo derecho, los bracitos sobre los muslos que la corta faldita dejaba al aire. El lacito rosa sobre el filo del cabello le sentaba de maravilla. Pero la niña, Candice, levantó la mirada y vio sobre la mesa los trozos del patito aún sin probar, las migas de pan, los jugos de las vieiras… 
         Embriagados, la pareja comenzó a retorcerse de risa cuando oyeron los primeros lamentos del niño disfrazado de niña. Un gemido, con las manitas hacia adelante tratando de asir algo de comida, luego ese mismo gemido se transformó, de manera inexplicable, en un llanto desconsolado, en un grito desgarrador…
          La sorpresa había dado comienzo. Esa fue, así, la composición que Pierre había madurado durante tantos días.     
 

                                       IV


El pequeño había entrado en un estado de extrema vergüenza al comprender, como entienden los niños, que él no era una niña, que esa ropita dulce y aniñada no le pertenecía. Se arrancó el lacito afrutado que Violette le había prendido del liso cabello y luego siguió observando sobre la mesa los restos de comida, los olores que le entraban en el cuerpo, la saliva desprendida de la boca, llenándola, anegándola…
          Pierre y Violette oían entusiasmados el eterno llanto de Candice. En el aire del salón comenzó una sinfonía improvisada, de menos a más, formada por unos gemidos ansiosos y desesperanzados. Ellos, en una violenta e inextricable desenvoltura del alma, se fundieron en un drama de amor, formado por una mezcla confusa de lascivia, de belleza, de miedo al paso sucesivo de los años, de terror a la soledad que ambos experimentaban en el día a día. Candice alzó su garganta, con las lágrimas que comenzaron de pronto a resbalar por su carita suave y cárdena. Un llanto en grito, elevado hasta el máximo, porque tampoco comprendía el pequeño, la pequeña, por qué las manos de Pierre desabrochaban la cremallera de Violette, como tampoco llegaba su mente inocente y tierna a comprender los quejidos de ella, y su vuelco hacia atrás, o sus muslos en el aire, con el vestido subido enseñando unas piernas infinitas y sedosas. El niño vestido de niña no entendía nada. La pareja se enlazó con un nudo de engaño. Ella sostenida por el filo de la mesa de la que Pierre, en un arrebato incontrolable, había dejado caer toda la comida y todos los enseres al suelo, en un nervio de la mano, como un rayo que no puede esperar porque de otra forma la vida se le escaparía. Allí, delante del pequeño, Pierre abrió las piernas de la joven y, aplastando sus labios en los pechos enormes de la dama, en un impulso descomunal y certero, la atravesó con la dulzura que solo luce en casos como este. La pequeña gritaba cada vez con más desesperación, con la garganta doliendo, llenando la estancia con un vaho de horror por la escena desconocida y violenta. Ellos concertaron las embestidas a los llantos, en una perfecta armonía, en una cadencia que solamente concluyó cuando ambos se llenaron de sudores y él, sin poder aguantar más, reventó en ella, arqueada sobre la mesa, con el cabello en declive, hacia abajo, despeinada, confusa, beoda de amor y de lujuria, de una terrible incontinencia que hasta sus treinta años se le hubo escapado. Más tarde, cuando ambos se hubieron calmado, la niña se arrodilló sobre el suelo y comenzó a atrapar nerviosa las migajas que habían caído desperdigadas. Bebió, como pudo, las gotitas de vino, lamió la sustancia aromática de las vieiras, como un perrito que anhela la comida, que la necesita, arrastrando las piernas delgadas por la madera llena de trozos innumerables de cristal y de loza, trozos de materia fragmentados por el ímpetu del hombre cuando aquello de arrastrar con la mano todo lo que le estorbaba. Pequeños cristales que lucían mil filos cortantes sobre la noble apariencia del suelo de roble. La niña, nerviosa, buscaba y buscaba con la desesperación propia del necesitado, como quien reza al dios de su infancia rogándole un milagro. Violette y Pierre siguieron con su armónico movimiento de impulsos crecidos que ahora se amortiguaban, los labios de ambos en el aire cruzaban las salivas ahítas de la cena y el vino, la crema de sus vahídos se mezclaba entre los dos en una difusa y enloquecida escena. Miraban al pequeño. La niña, asustada, seguía limpiando los restos con sus labios, con la lengua, con los ojos, tragando una mota de comida, un licor agrio para su boca, la niña, en un escenario dramático…
          Pero ellos reían y se besaban, hasta que a él le pudo de nuevo la avaricia y el descontrol y otra vez abrió lo que pudo las piernas suaves de la joven y la volvió a penetrar sin tener en cuenta que su hijo, su hija, miraba de vez en cuando, por los jadeos incesantes, por los ruidos de la propia mesa que ya se quejaba de tantos sobresaltos. 
         La noche fue corriendo muy deprisa en la sala. Al fin, ambos se tumbaron sobre el diván, aún pegados el cuerpo en el cuerpo, todavía fundidos en la carne, en el sudor, en la lujuria que por momentos volvía a brotar entre ellos. Incansables, no permitían en el seno de sus pensamientos, que el tiempo avanzase. Hasta que ambos se quedaron desleídos sobre el terciopelo, bajo la mirada incesante del Picasso, del Derain, del Segonzac…
          Candice había atrapado con sus dientes los pedazos de patito asado. Con el primero se atragantó, pero luego ya se dejó llevar por la ensoñación de los adultos y comió más lenta, como aplastada a la comida que nadie, nadie le iba ya a retirar de la mano. Poco después se quedó dormidita sobre la colcha de madera de roble. De lado, con una ligera sonrisa dibujada en el rostro inocente y dulce de cualquier pequeño de cinco años. 
  	
                                    V

La noche se consumía precipitadamente, tan larga como el Sena a su paso curvoso por la enorme ciudad somnolienta. Pierre soñó que soñaba echado sobre un diván de terciopelo, luego, al lado, en la carne rasposa del hombre, creyó notar la caricia de la hembra. Despertó. No era eso. Simplemente el engaño del sueño que nunca le dijo que Violette se hubo marchado. Todo el sofá para él, en su triste sustancia, desnudo, medio atontado por la noche que moría, recordando el llanto sinuoso de su hija que yacía dormida sobre el roble rubioso y cálido. Se levantó con menos prisa que sorpresa. Una vez en su sitio, miró el estertor de la sala y comenzó a comprender la ruina de su vida. Subió, así, el orgullo indomable del parisino hasta el máximo, antes de caer en picado sobre la alfombra de Candice. Miró, atravesado, por la ventana. Oscuridad en la frente. Engaño paulatino de los sentidos. Una cabeza embotada y fungosa le aplastaba las sienes. Y el cuerpo cansado, igual que un viejo que se dobla en busca del suelo, por la dura experiencia, ya se sabe. No lo dudó. Pero antes de esto entró en la visión de unos detalles muy nítidos, como en un cuadro de Pieter de Hooch. Violette seguía anclada en su mente aun en la pura ausencia de la puta. Empezó un arañazo en la idea. Primero sintió un algo así como náuseas. No se lo dijo ni a las paredes, donde los cuadros. Solamente se miró en el espejo inclinado y observó el asco que corría hacia abajo como lágrimas de yeso, espesas, blancas, atrevidas. La misma imagen de Violette le molestaba. Ya la puta sin él, él sin la dama de los pechos turgentes. Le dio lo mismo. Una mujer que le asusta a un hombre debe despegarse de la realidad, desaparecer, fugarse con otro joven más tierno, que se deje, que deba aprender las inconcusas laderas de los años. Se volvió a mirar y el niño que siempre quiso ser apareció ante el hombre. Un ser distinto al que siempre hubo imaginado. Con media cara de lelo, con el pelo rizoso, casi alborotado, azaroso en el espacio. Vergüenza disfrazada de miedo, fue lo que verdaderamente le pudo, esa noche. Tan dispar. De a pie se fueron alargando las horas tremendas dando las tres y las cuatro. El cielo cuajado. Le gustaba ser niño. Quería seguir siendo niño. Y se le retorció el entendimiento una vez más cuando recordó los cincuenta, ya pasados. En los pensamientos se quiso recobrar de todo eso y se dijo que había mucha literatura en la delectación con la hembra. Llegó a alcanzar la idea casi muerta de Mme. de Mortcerf, del marqués de la Mole, del mariscal de Luxemburgo…
         André abrió los ojos en el momento en que Pierre pensaba, ensimismado, con la cara de un idiota, en un París a sus pies, cuando lo único de verdad era su fosco fracaso. Desengaño que le tomó al hombre por las manos y le llamó a voces André desde el suelo, que lloraba tiritando el niño de frío. Violette en la nada, sustituida por el hijo hambriento que acababa de soñar con la lengua rajada por los trozos de loza, de cristal. A su lado una línea difusa, en rojo, por esa misma sangre ya coagulada. ¡Conquisté París!, pensó con sorna el hombre. Humillado por la apetencia de querer ser joven de nuevo. Pero ya… Tomó como digo al chico con las manos en las manos. Qué antiguas le parecieron ahora esas manitas, esos dedos. Lo tomó como iba y lo dispuso sobre el cuarto desnudo de muebles. Sobre la cama a su anchura. Tierna carne que cubrió para calmar su conciencia. 
         Abrió la puerta entornada y escapó a la calle dejando al niño dormido. A esa hora ni las farolas brillaban. Sólo una densa capa de niebla ante él, desgajándose con el avance de su vanidad que le volvía a surgir en la mente. Cuando pensaba sobre todo en la imagen. En los gemidos. En Violette abierta. Anduvo despacio, pensativo, entre la bruma. Las callejuelas oscuras jugaron con él, confundiendo su torcedura, llevándolo hacia el valle donde el río. Media hora, tal vez una. O dos. ¡Qué importaba en ese instante de la noche el tiempo! De pronto una barda, hasta la cintura, ancha y espesa, como de piedra. Le había tocado una época en que las mujeres parisinas habían descubierto el secreto y el misterio de la seducción. Luego todo fue corto, instantáneo, fugaz. Las aguas apenas se movían. Llano de agua. Hasta el suelo, tal vez diez, quince metros. Lució, sobre su derecha, una luciérnaga. Era la luz, antesala de una de las barcazas que navegaban hasta de noche, las muy repugnantes. Paró en seco sus sospechas. Luego se dijo, ¡imbécil! 
Combinó, en un último pensamiento, la belleza con el miedo, y los vio crecer en sus entendederas como una misma cosa. 
         Pulsó sordo. Su cuerpo de dandi en el agua, de golpe.

No hubo más.
 



Naturaleza muerta de postre (1640). Jan Davidsz de Heem (1606-1683).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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