Doce canciones

Héctor Cortés Mandujano

Spotify (el servicio que pago para oír música sin interrupciones) hace en automático, con su algoritmo frío, que se supone exacto, una lista de cuáles son las cien canciones que más escuché en el año. De estas tomaré las primeras doce, en el orden en que Spotify dice, de la más a la menos escuchada, para compartirlas contigo lector, lectora; tal vez quieras oír alguna…
          Tu sonrisa, de Silvestre Vázquez, es interpretada por la Banda Filarmónica del CECAM, en el álbum Xëëw (2013; Xëëw significa Fiesta, en idioma mixe), volumen uno. “El CECAM se ubica en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, en la Sierra Mixe de Oaxaca, donde la música tradicional de bandas filarmónicas es entendida como una identidad histórica y de vida”. La pieza suena absolutamente a pueblo durante casi diez minutos (9:59) y es festiva, alegre, optimista. Así la oigo.
          Qué suerte he tenido de nacer, del argentino Alberto Cortez, del álbum Soy un charlatán de feria (1976). En 2021 decidí hacer un play de canciones que hablaran de la alegría, de la felicidad. No fue fácil, porque la mayoría relaciona lo feliz con que alguien esté a su lado. El amor como sinónimo único del placer o del dolor. Yo quería que las canciones seleccionadas hablaran de ser felices por nosotros mismos. Que ser feliz se planteara como una decisión personal, interna, íntima, que es como yo lo entiendo. Esta, que la oigo desde mi adolescencia, fue de las obvias elegidas: “Qué suerte he tenido de nacer, para estrechar la mano de un amigo y poder asistir, como testigo, al milagro de cada amanecer. […] Qué suerte he tenido de nacer, para tener acceso a la fortuna de ser río en lugar de ser laguna, de ser lluvia en lugar de ver llover”.
          El albertío, de la chilena Violeta Parra (del álbum Las últimas composiciones, 1966) es también de las canciones que oigo desde hace muchísimo. Hablaré de ella en un Polvo del camino posterior. Me cito: “El albertío es un título irónico y se refiere, he pensado desde que la oí, a ser ‘advertido’, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede ‘observarse o percibirse’, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: ‘Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te di mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío’ ”.
         Ay, mi vidita, del cubano Pedro Luis Ferrer (del álbum Rústico, a dúo con Lena, 2005)  fue una canción con la que me tropecé. Pedro Luis (1952) es guitarrista, cantante y compositor. Ha compuesto una variedad de temas, desde música clásica hasta guarachas. “Ay, mi vidita” es una canción sabrosa, para bailar, pero hay que parar la oreja con la letra: “Nadie te dirá cuál es la flor que debes descifrar, ni la hora exacta de intentar una ilusión. No hay que suponer cuál es la cruz que un día llevarás. Preferible andar a ciegas, con el riesgo de sentir no más”.
          La felicidad ganó el Festival nacional y el internacional OTI en 1975. Es de mi play optimista. La compuso el mexicano Felipe Gil (hoy Felicia Garza) y la cantó como nadie Gualberto Castro. Dice cosas profundas: “¿Quién hizo los muros y no construyó los puentes? Me sobran palabras que nadie comprende. […] ¿Quién tiene más miedo: el niño que teme la noche o el hombre ignorante que teme a su suerte?”.
         Aleluya del silencio fue compuesta por la compositora española María Ostiz (1944) y la canta Raphael (en su álbum homónimo de 1969). Tiene cierta implicación religiosa, que a mí no me molesta, porque busca lo gregario, lo universal. Me encanta su ritmo, su melodía. Dice: “Todo corre deprisa, sin ver nada despide color, nuestras manos sólo piden amor, nuestras voces gritarán, unidas siempre cantarán: aleluya”.
         Triste, de Antonio Carlos Jobim (cantada por él y por Elis Regina, en el álbum Elis & Tom, 1974), es la única canción de mi lista de 12 que está cantada en otro idioma. Es de las clásicas brasileñas. En el traductor de mi compu dice en español: “Triste es vivir en soledad (Triste é viver na solidão), en el cruel dolor de una pasión (na dor cruel de uma paixão). Triste es saber que nadie puede vivir de ilusiones (Triste é saber que ninguém pode viver de ilusão), que nunca será, nunca será (que nunca vai ser, que nunca vai dar)”.
          El marido de la peluquera, del español Pedro Guerra (de su álbum Golosinas, 1995), es una canción dramática, triste: el niño que se enamora de Matilde y logra su sueño de casarse con ella. Matilde se suicida y él la recuerda incesantemente. Pedro es un letrista infalible. Dice: “Cariño y ternura, colonias y besos, te tengo, me tienes, quisiera morirme agarrado a tus pechos. El amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia, Matilde acabó por tirarse en el río”.
         Tres estaciones, del cubano Noel Nicola (de su álbum Comienzo el día, 1977), es de mis favoritas de siempre. Noel es de mis imprescindibles. Dijo en alguna ocasión que en Cuba no hay más que tres estaciones, no existe el otoño. Abre con la primera estación: “Hay un tiempo de lluvias por caer, son unos días verdes como amar. Y hay unas ganas grandes de sembrar, y más ganas aún de florecer. ¡Ah, compañera, qué primavera te espera!”.
         Tonada de luna llena, del venezolano Simón Díaz (de su álbum Tonadas, 1973), es una canción sencilla, con una tonalidad muy linda, que ha dado pie a grandes interpretaciones, incluida la de su autor. Este compositor y cantante es también el creador de la súper célebre “Caballo viejo”. Dice en su “Tonada”: “Yo vide una garza mora, dándole combate a un río: así es cómo se enamora tu corazón con el mío”.
          La flor de la canela, de la peruana Chabuca Granda (fue grabada por primera vez en 1953), es una pieza magistral, que me encanta. Chabuca era una maestra. “La flor…” es una canción feliz en su acepción más simple y más profunda: sentir alegría al ver a una mujer que camina, qué maravilla: “Del puente a la alameda, menudo pie la lleva por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera. Recogía la risa de la brisa del río y al viento la lanzaba del puente a la alameda”.
         Y sin embargo, te quiero, compuesta por Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga, es una copla andaluza de 1952. La prefiero en la interpretación de la voz poderosa y llena de matices de Rocío Jurado. La canción es de la prehistoria emocional (hazme lo que quieras, te perdono) y es el retrato de un amor desesperado de una mujer por un hombre. Ella le ha dado todo, lo ama con pasión, tiene un hijo de él y él ni la visita, porque tiene otras mujeres. Pero lo quiere y le es fiel. De tan dramática, llega a ser divertida: “Que se me paren los pulsos si te dejo de querer. Que las campanas me doblen si te falto alguna vez. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro, compañero. No debería quererte, no debía de quererte, y sin embargo te quiero”.

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Mi amiga Rocío Molina me regaló dos plantitas con muy lindas maceteras. Ésta me encantó porque, me dijo, es mi retrato leyendo.


 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com