Compré el libro porque Fred Vargas recibió el premio Princesa de Asturias. No es el tipo de literatura que disfruto leer. O al menos este libro no me cautivó. Es novela policiaca. Debo de reconocer que los de Ágatha Christie son excelentes. La trama de la novela es sobre unos asesinatos hechos con veneno de araña violinista, de cómo el comisario Adamsberg maneja a toda la flotilla de una comisaría de uno de los distritos de París para desenredar la intriga. Yo nunca llegué a estar en suspenso. Los diálogos son muy simples. Se lee aprisa. No sé si esta escritora tenga otra novela que valga más la pena. Siento que perdí tiempo al leerla.
Fotografía: I. I. B
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.
En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
Llevo ya no sé los días con Toribio y Carmen, con otros muchos. Oigo declamar las voces en el teatro. Tonos desesperados. Canciones tristes. Nostalgias puras en las letras de las naciones.
Sin embargo, hoy es sábado. Descansaremos.
(No soy fácil)
Llegué para estar un rato, lo justo para entender la indiscutible sonoridad del hombre. Paso casi todo mi tiempo buscando. Pero no me pregunten, por favor. No sé muy bien qué se me arrima a esa angustia por saber. Aún es pronto.
De vez en cuando hallo una preciosa perla en el fondo de un pensamiento; en otras ocasiones asumo que mi tarea consiste en la terrible gatea de llegar a lo más alto. Desde allí oteo el panorama, grito, los demás no me oyen. Otros ni siquiera comprenden el garro de este hombre que desea obsesivamente.
Llueve.
Siempre llueven mis pensamientos. Casi siempre lentos y calmos.
Pronto, en la mañana, abro los ojos. Le veo en la distancia, oigo sus pasos sobre la alfombra. Mueve silencioso de acá para allá, abre el grifo de la ducha y siento desde mi cuarto el agua caliente correr hacia el suelo de laca de la bañera, blanca concavidad, ciega doblez de la naturaleza. Luego se lava el rostro hasta la tarde. Llama quedo en la puerta de mi dormitorio. Retiro la tela que me cubre, saludo.
―Hoy nos espera la montaña. Si te parece, Tonio, subiremos hasta Los Queñes. Te gustará―dijo.
Asentí con la muda voz del poeta. Nos esperan Miguel y Alicia, Carmen…
El auto es viejo. Ronca cuando le puede una curva, tose en las maniobras. Es como un viejito animal desesperado. Pero Toribio lanza el pie sobre el pequeño cascarón de chapa y el carro vuela cruzando las calles concurridas, las avenidas. Hemos parado unos minutos. Veinte, para qué más, no está lejos. Coloca la goma sobre el receptor de acero, las cifras marcan el precio de la bencina. Me mira sonriente. Ya aclaró sus oídos y su rostro permanece apacible sobre el asiento. Maneja apoyado muy cerca del volante. Controla las medidas del arco, la curva cede, el auto dibuja dos sendas negras sobre el asfalto claro.
Desde aquí abajo el valle asoma hasta no acabar, como los dedos de un niño aferrados a una bardilla alta. Una leve subida apunta el cerro, sobre la parte este de Curicó. Luego, más allá, el pueblo va muriendo poco a poco. Las montañas se agarran unas a otras.
¿Será el miedo que las atrapa?
Carmen, Miguel y Alicia están acabando sus desayunos. Me ven entrar y se levantan. Los tres se acercan y me saludan como si yo fuera alguien. Pero se equivocan. Quizás sólo se trate de un pensamiento loco que les atravesó de parte a parte. Una inquina lisonjera, señal de la vanidad que se escapa. Sin embargo, estos saludos me entristecen, como las únicas visiones de alguien al que nunca más volveré a ver.
(Millones de voluntades a lo largo de mi vida)
(Nos hemos parado en un semáforo en rojo. Hemos coincidido en algún recinto extraño, al cruzar las aceras, observando las inútiles rebajas de un escaparate…
Recuerdo la primera vez.
Ella echaba en el surtidor. Me quedé serio y quieto. Callé lo que mi boca aullaba. No te veré más. Sólo esta vez, una sola. La imagen fue retenida acaso un instante, suficiente para el recuerdo de toda una vida.
Dicen que somos muchos miles de millones, pero yo no los veo ni les conozco. Tal vez me hayan mentido y los únicos seres sobre la tierra seamos nosotros, los encontradizos, creando un universo de fantasía, con el indisimulado estertor del que muere.
Pasó el tiempo y no podía olvidar esa figura de la mujer echando en el surtidor. Quizás haya muerto. O esté cuidando a sus hijos. A lo mejor remonta una altura incomprensible o permanece detrás de mí sin poder observar y reconocer los detalles de aquel día).
Nunca sabrás quién está a tu espalda, nunca.
Los niños miraron heridos por la curiosidad y el miedo. Está loco, este maestro está loco de atar. (Pero lo hacían).
Aunque lo intentéis, jamás podréis saber lo que se encuentra a vuestro alrededor. Si vuelves, la figura habrá cambiado de lugar, si te colocas como antes, se habrá marchado. ¡Pero estuvo allí, creedme!
La sombra corre más que la luz de tu mirada.
(Así intentaba que entendieran la oculta realidad de las formas)
Ahora estamos en la cocina de Carmen. Nos hemos sentado alrededor de la gran mesa. Carmen coloca una taza enorme, la carga hasta que mi mano le indica. Tomo el café con algo de azúcar. Unas pastas, un poco de pan con mantequilla. Luego Miguel me toma la mano, la aprieta, me lanza una terrible carcajada.
Dice: «Tonio, ¿un matecito?»
Miguel comienza la liturgia de la preparación. El mate, la bombilla limpia, la yerba dulce, una pizca de yerba amarga, el agua hervida…
Mientras trabaja sobre su mate me va desplegando el ritual diario.
―Esto es así, Tonio. Los argentinos lo usamos a cada momento.
Después me aclara la forma correcta de tomar.
―Nunca la agarrás por la bombilla, esto es muy importante. ―Esas palabras admonitorias las ha soltado muy serio.
Vuelvo a pensar en la figura vieja del Toribio viejo. Aún estoy en la habitación, canturrea bajo la ducha. Sale, sonríe, observa su silueta en el espejo, la toalla a medio cuerpo.
«Un momentito―dice―y mide la distancia con los dedos. Un momentito de nada. Puedes ir saliendo, Tonio, sí.»
Toribio quedó afuera. Necesitaba echar un vistazo al auto, el agua, el nivel de aceite, las luces…
Entra mirando al suelo y se une al grupo de la mesa enorme. Su esposa le sirve un tesito. Nos miramos sin ningún tipo de apoyo emocional. Miguel continúa con sus explicaciones.
Tomo la bombilla con mis labios, sorbo. Suena un pequeño arrullo cuando acabo el agua.
―¿Ves? Fácil. Ya has mateado. ―Carcajea de nuevo, vuelca el termo sobre el mate, lo llena.
―En mi país se toma en grupo. Lo pasamos de mano en mano, así de sencillo, compartimos a todas horas.
En el exterior se adivina el perfil quebrado de las montañas azules y blancas. El aire sopla. Es frío. Quema los rostros con la brisa que baja de la cordillera. La gente camina sola. Especula el mundo. Recuerda cuando era delito salir a la calle. Podían atraparte en un descuido, por nada. Luego sacabas la documentación como si eso fuese algo valioso. Tu vida en un trozo de cartón plastificado. Pero el Estado no sabe de identidades. Sólo busca el silencio prieto. Conversaciones cortadas de cuajo.
El carabinero ríe. Mira el papelito, después observa al compañero. Cuando te das cuenta estás entre las cuatro paredes. Más solo que por las calles solitarias de una ciudad que sospecha.
(En unos días todo volverá al principio. Confinados en las casas, obedeciendo los consejos de un estado de alarma que nos tomó el paso. Pero ahora es media mañana y estamos preparados para ir a la cordillera).
Entramos en el auto. Me dejan el asiento del copiloto, por mi bastón y mi pierna. Vamos saliendo entre comentarios capciosos, llenando el interior con la poesía de las canciones de mi amigo que tararea unas deliciosas fantasías. De vez en cuando miro hacia los amigos argentinos, les hago preguntas. Me responden tranquilos. Hablan de su tierra, más allá de lo que el ojo percibe, tras las montañas chilenas, donde comienzan las estribaciones en una leve bajada, zigzagueante, larga como el eco parido entre los cerros.
―Son dieciocho horas, Tonio. En bus. Se hace largo y pesado. Todas curvas de un lado a otro, hasta que la cosa se va arreglando y se divisan, desde lejos, las cubiertas grises de Rosario, y las brillosas aguas del Paraná, que por ahí navega tranquilo y rumoroso.
Habla con un deje de nostalgia.
De su tierra plata.
Sus costumbres ancestrales.
El arraigo que a todos nos puede en la vida.
Como semillas, echamos raíces silenciosas en cada trozo de tierra. Repartidos por el mundo, hablando el mismo idioma de las emociones humanas, fracasos sucesivos, ansias declaradas, iniciativas de vivir un día más.
Miguel observa el rostro de Alicia. Toma su mano. Sonríe. Está pidiendo sin palabras el asentimiento de su esposa. Al poco ella atestigua lo que su marido ha dicho.
Carmen mira distraída a través de su ventanilla hacia las alturas que lentamente van surgiendo al final de cada curva. Tal vez el recuerdo de su Lily la haya tomado de sorpresa y la busque entre las abras rugientes.
Se ha hecho un silencio de espera. Es hermosa la sierra. A la izquierda juguetea con nosotros un riachuelo de aguas negras. Un poco más adelante, el mismo río chiquito aparece a la derecha, cruza bajo nosotros, esconde sus rizos, asoma por el otro lado. Las tierras andinas son gruesas y grises. Pintan las escorrentías de una sombra diluida. Los árboles van desapareciendo, nosotros trepamos en el interior del auto que gatea. Se aferran las ruedas viejas al asfalto viejo. Vamos lentos.
―Un par de horas. ―Dijo Toribio, sin apartar la curva de su frente.
A la altura de Los Queñes bajamos a estirar las piernas. Varias casitas asoman. Construcciones de montaña. Viejas y dejadas. Cartones, hojalatas, colores estallando, caras afiladas sobre los viajeros. Un restaurante para los turistas se dibuja al cruzar el puente. Ellos han continuado. Yo me quedé sobre el estrecho barandal. Me tomaron varias fotografías con el valle de fondo, el río, los verdes pastos, las casitas tristes bajo un sol cálido. Hay una calma que se lamenta sobre los rostros de los paseantes. Nadie se atreve a alzar la voz. Únicamente el sonido fragoroso del agua que culea sobre las rocas lisas. La mirada queda atrapada en esta alma natural, en ninguna parte, donde los hombres jamás pensaron ni existieron. El mundo es grande. Las montañas sobrepasan los seis kilómetros. Sobre las nubes blancas y algodonosas, donde el ser se abandona, sólo un azul puro permanece.
Eternidad en los sentidos.
Noté llegar la humillación por esta clara evidencia.
Una mota, un grumo que piensa que piensa, eso soy.
Miguel me llamó. Era la hora del almuerzo.
Entramos en un recinto escrito por todas partes. Anuncios de comidas, consejos, menús, manufacturas al costo… Un salón enorme, casi vacío. Una televisión diminuta y lejana sobre la alta pared. Trajeron para los cinco, comimos sin parar de hablar. De todo un poco. La historia de Los Queñes, los hechos de los 70, el transcurrir de la vida desde entonces, la política de un país y del otro, las detenciones injustificadas, el trasiego de los desertores por la parte montañosa donde estábamos, el tiroteo trascendental, la persecución de la revolucionaria…
Logré dividir la conciencia a media parte.
Dos mundos atrevidos. Dos elementos disjuntos. Uno en calma, oyendo la conversación de mis compañeros, las historias nuevas, episodios para recordar como amuletos de un viaje muy extraño; otro para evocar el sentido de la ausencia, en la soledad del uno mismo, abrazado al aire denso y claro. Lo poético y lo salvaje endulzaron el ambiente. Me supe puramente desgarrado, como si estuviera escribiendo una obra en la hondura de la ilusión.
Imaginaba el comienzo de todo. El título adecuado sobre un texto creciente. Lo haría con las herramientas de la memoria y las impresiones. No deseaba datos concretos. Sólo flujos inmanentes de la naturaleza. Trazos, pinceladas, colores y sonidos. Más allá en el tiempo vendría la ocasión de dibujar una historia compuesta de mil historias distintas. Amenas concavidades de mi cerebro sobre las teclas anhelantes de mi computadora. Saludos con la mano abierta, francos besos en el aire, sonrisas volanderas, poemas y cánticos en la sobremesa, tristes miradas en la penumbra de la noche, un cielo desconocido, la Cruz del Sur en el alto negro, una forma lejana, chiquita, indiferente. Y en medio el lunar que me acompañó desde que salí de casa, con su cara manchada, creciendo orgullosa del otro lado. Luna de allá, la que compartimos en la tintura de un cielo embalsamado.
(Los cogumelos mágicos)
La montaña nos sorprendió con una resignación penetrante. Quedaba cerca la frontera con la Argentina. Atravesamos varios cauces que mojaban el asfalto y pasaban al otro lado, donde el río negro baja con estrépito. A la derecha se abrió una manta hermosa. Azul celeste por varios cientos de metros, se extendía a lo largo de la carretera, sobre el arcén y poco más. Eran millones de hongos. Infinitas tonalidades giraban alrededor de ese color más parecido al matiz de la desesperación en un día caluroso de primavera. Los hongos se confundían unos en otros, subían las laderas hasta desaparecer a cierta altura. Aquí no hay árboles. Quedaron atrás, hasta los mil quinientos metros. De ahí en más no son capaces, no se atreven esos frondosos postes de leña ocre y verdes hojas. La paja me entró en los ojos y los toqué. Eran lágrimas chiquitas. Nunca fui capaz de soportar la avalancha de la hermosura. Me vuelvo y disimulo. El apenado detalle de un ser rebelde y débil.
El aire es más lábil en las alturas. Noté cierta dificultad al respirar. Necesitaba más oxígeno, más alimento, más elixir embriagador.
Alicia recoge algunas florecillas.
La mujer permanece aislada en su soledad, rodeada del azul pálido. Es una falla en el dulzor de la primavera que va huyendo.
(Octubre. Aún hace frío)
Cubre sus hombros con las mangas sueltas del abrigo. Mira alrededor, se le pierde la vista en el anhelo de atraparlo todo.
Es una tinta indeleble de amor.
¡Cómo detener la angustia cuando uno se sabe inerme!
En las cimas blanquea la nieve. Dice Toribio que esa nieve nunca se va. Incluso en verano continúa la imagen pintada de las copas blancas, sobre los arabescos y rizados de las montañas. Desde Curicó no hay más que salir a la calle y observar la nítida silueta de la cordillera. Como si tus manos se alargaran. Como si llegasen hasta ellas.
Aquella mañana mi amigo dijo: «Allí detrás está la cordillera. Hoy no se ve. Hay nubes. Quizás llueva, pero luego…» Después tragó sus palabras. Se habían convertido en deseos muertos en el filo de sus labios, deseaba que el amigo viajero descubriera ese amor de la tierra hacia los curicanos.
Llegó el olor olvidado a tierra mojada. A lo lejos una sombra cubrió los picos sucesivos y las piedras comenzaron a rodar por la pendiente. Estaba tan lejos que no oíamos el ulular de la tierra. La nieve también caía sobre las rocas rodantes.
Llovía.
Sombras inclinadas mostraban el lugar exacto donde el agua escurría de las nubes grises y negras. En pocos minutos esa agua nos alcanzaría como el olor de la tierra primitiva. Nos miramos asustados. Alicia se abrochó el pecho con los brazos. Miguel se escondió en el abrigo. Luís y yo no dejábamos de observar con recelo, prestando el oído al lejano extravío del valle. El sol apuntaba sus tenues azules por detrás de los picos del oeste. Atardecía deprisa. El aliento congelado nos golpeó y tuvimos que bajar con el auto, delante de la tormenta que nos seguía con los remolinos atroces a través de la senda.
Descendíamos rápido. Por nada del mundo debíamos quedar a merced de la borrasca. En esta parte es peligroso. Atravesamos los campos transparentes de cogumelos. Toribio conectó el aire caliente. Nos sumergimos en un desmayo apaciguado, nos atrapó el sueño. La tarde se iba. Llegaba la noche alunada por la parte del norte. Y el frío, el viento, las oscuridades, sonidos rocosos, quejidos y lamentos a nuestro alrededor. Aún tenía grabado el azul celeste y brillante y las transparencias y los armónicos dibujos de los troncos y las mismas copas. Creí viva la montaña. La montaña que nos empujaba hacia el valle. La timidez en la roca que sólo quería defender lo suyo, alejar al hombre de su territorio. No era bueno descubrir los secretos de las prominencias en el cerrado sepulcro de su intimidad. Era un fuero distinto y nosotros unos simples turistas de fin de semana.
La carretera se convirtió en un lodazal. El auto resbalaba y Toribio aferraba el volante con fuerza. Pasamos de nuevo por Los Queñes y una voz como muerta susurró pidiendo por la vida de la comandante Tamara.
(Yo no fui, creedme, que así lo digo, lo imploro. Dejad a mi pueblo salvo. Yo no fui, pero estoy dispuesta. Soy La Comandante, desque sentí en la sangre el dolor de las gentes. Lucho por ellos, pero yo no soy mala).
Así de chiquito brotó el murmullo entre los zarzales del fondo y los matorrales invisibles. Luego se fue corriendo por la ladera, junto a las aguas del río, negros presentimientos. Recuerdos de varias décadas, eso fue.
Toribio nos avisó de que no era bueno escuchar esas voces. No eran reales. Es la montaña, sabed, es ella, que no soporta las aventuras triviales ni los ahogos.
Tamara sobre el agua negra.
Rodrigo sobre el agua negra.
Carne deshecha y agua y cieno y venganza.
Fue simple. Lloraban como chiquillos. Soportaron sólo al comienzo, que después el cansancio y el miedo…
Al día siguiente se conoció. Los expusieron en el altar del orgullo, a esos chilenos sobrantes. Seis vergüenzas con seis nombres. Los escribieron al pueblo. El pueblo los leyó callando. Se cerraron las puertas de casi todas las casas de la ciudad. El frente había fracasado y Los Queñes ya no eran suyos.
―Ella avisa. Nos recuerda los miedos de antes. Te lo quise explicar cuando llegamos. Pero se me fue olvidando porque si no olvido, muero. Hay que tener la virtud de perder los recuerdos. Algunos detalles deben irse. Hay que seguir. Hay que vivir como se pueda.
No hablamos más.
Las primeras luces de Curicó aparecieron en la negrura de la noche. Detuvimos el auto a un lado. Había pasado mucho tiempo desde el olor a tierra llorada.
Por la carretera caminaba un hombre. Iba solo. Viejo, con las manos a la espalda, la cabeza agachada. Hablaba consigo mismo. Movía los labios y hablaba. A veces se detenía, alzaba la vista, la perdía por el callejón del valle, luego continuaba por la orilla. Pronto supimos que la gente les ve muy a menudo. Son desesperados que huyen a las montañas. Desean acabar con sus vidas. La sociedad les falló, no soportan más y buscan los hongos transparentes y azules y celestes en las alturas. Algunos se llevan varios días y noches caminando hacia las flores. Por el olor se guían. Por la renuncia. Buscan la salida al dolor que les fue atrapando en el avance de la vida. El sinsentido quedó atrás. Sus rostros, dicen, se vuelven claros y sonrientes, como de niños que juegan. Pero es la fragancia. Es ella la que los va llamando. Por eso suben. Buscan la soledad y la posibilidad de terminar con sus angustias. La gente sale a las puertas, ven a esos hombres humillados. No les dicen nada. Rezan y piden que a ellos nunca les pase.
En los setenta y ochenta había una ristra de cuerpos echados sobre el alquitrán. Llegaba hasta más allá de la posta. Se pudrían y las alimañas arrastraban los restos. Sus familias nunca fueron informadas. Esas gentes llenaban las iglesias. Pedían que sus hombres aparecieran, que alguien les dijera algo. Fueron años así. De hombres contra hombres, ridículo, grotesco. Una caricatura de lo verdadero y útil. Fue cuando el amor comenzó a desaparecer del mundo.
Me lo dijo la voz de Toribio. También la de Carmen.
Alicia y Miguel asintieron.
Andes. Estribaciones.
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
No hay extensión más grande que mi herida
Por Manuel Pérez-Petit
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Miguel Hernández, Elegía, versos 15-17
Mis dotes como visionario son el –no un– paradigma del desacierto, y no por haberlo ido comprobando de manera secular una vez tras otra aprendo. Es más, me resisto a dejar de darle cancha a mis visiones. Soy, en consecuencia, un reincidente compulsivo. Un necio en toda regla.
No hace tanto que fue publicado mi tan leído “Es como si mi tiempo se acabara", el último de mis artículos hasta hoy en este mi “Líneas de desnudo”, en el que confesaba estar “(...) sumido en un feroz, creciente e inaudito desprecio hacia mí mismo que me embarga y casi determina”, que vivía “un sentimiento de orfandad y desarraigo que incluso me genera miedo, un conjunto de sensaciones que jamás antes he experimentado y que no proviene de la frustración –algo inherente al propio existir y a la que soy muy tolerante, igual que a la demora–, sino de algo que tendré que descubrir (...)”, y pese a ello reconocía estar recibiendo “oportunidades providenciales que me permiten vaciarme más que nunca, como si el tiempo se acabara…”, confesaba al momento que Kolaval, el proyecto de la gratitud –al menos para mí–, me estaba costando la vida y enumeraba a continuación una serie de personas que yo sentía que estaban dándome campo en las áreas de actividad para las que estoy preparado y en las que deseaba hacía tiempo tener ocasión de desarrollarme aún más: la gestión cultural, el periodismo, el mundo editorial, la docencia, la literatura...
Acto seguido, concluía: “(...) Puedo seguir creciendo, pues, con humildad, honestidad y afán de superación, creyendo y creando. Culminar poco a poco mis oficios y misiones para quizá irlos dando por cerrados en el momento que corresponda, con el afán, vocación y gratitud que me inculcaron desde pequeño en mi familia y en las instituciones educativas en que me formé, viviendo al servicio de los demás, pues todo lo que uno tiene y puede es para darlo, y solo así tiene sentido”, y hablaba, para terminar, acerca de la posible verosimilitud de aquello que escribió el poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) en su “Soliloquio del individuo”: “la vida no tiene sentido”, para llegar al punto, que hoy me parece un poco un chiste, como algunos de mis reconocimientos de entonces, en que me expresaba del siguiente modo: “(...) Yo todo lo hago con verdadero amor, aun con mi carga de dolor a cuestas, y todo lo cumpliré y, a la vez, todo lo dejaría por un amor verdadero”.
Lo cierto es que ya sé y pude comprobar en no pocas cosas que mi tiempo se acabó, que tan preclaro fue 2022 en mi deriva que hasta llegó mi hora, que unas veces el escritor, el editor o el periodista, y otras el poeta, el emprendedor, el visionario, el filántropo, el loco o el tonto de baba que le sale a uno como urticaria de temporada en el matorral infranqueable en que la vida se le presenta; sinsentido antinatura pero real, así como el grano que le sale al adolescente en el rostro la inutilidad florea, como por ensalmo, inopinada, y erra y erra uno erre que erre contra su propia voluntad y como consecuencia de su talento para la torpeza, como si con uno o dos –o dos docenas– de naufragios no bastara.
A veces, no ha habido quien pudiera entenderse ni conmigo ni con este mi ‘Líneas de desnudo’ de un autor único aunque poliédrico que tiene por cabeza una olla exprés, escribe apenas en las horas inmediatas a su publicación, se lleva días y días macerando y madurando varios artículos a la vez –imagínense, tras estos meses, cómo tengo la cocotera solo por razón de mis escritos breves– y lleva por nombre mi nombre.
Mi deambular por esto de vivir casi siempre ha sido ad honorem –o pro bono, si quieren, aunque esta expresión es hoy más propia del lenguaje de los abogados y no del general–, lo cual ha tenido y tiene por ventaja que soy como el Dobby de Harry Potter: “libre”, y pese a saber del costo y la servidumbre que conlleva, ese ejercicio continuo de la libertad me lleva en algunas ocasiones por caminos insospechados en que, en la mayoría de los casos, el dolor anda como Pedro por su casa en tarea devastadora.
No digamos si uno se ve sometido a la implacable credibilidad de las mentiras, que son como el rocío de la mañana: lo inundan todo, pero pronto se disipan, porque la verdad siempre está debajo de ese manto, incluso la escondida, incluso en mi caso, pues lejos de autoflagelarme o consolarme porque “no hay extensión más grande que mi herida”, declaro ser el único responsable de la misma, en esta gran capacidad autolesiva que me he empeñado con devoción franciscana en desarrollar a lo largo de mi vida. Por eso, como el poeta español Miguel Hernández (1910-1942) expresó en los versos siguientes a los del epígrafe del presente artículo: “Ando sobre rastrojos de difuntos,/ y sin calor de nadie y sin consuelo/ voy de mi corazón a mis asuntos”. Y en ello estoy.
Julio de 1995. M. P.-P., tras recibir el premio del XXXIV Certamen Poético Nacional Amantes de Teruel, en el teatro Marín de la ciudad de Teruel, España, leyendo un poema.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Ser turista en el terruño
María Gabriela López Suárez
Bianca se despertó temprano como acostumbraba para ir a la preparatoria. Aunque el clima estaba muy frío, en casa ya había movimiento, Gregorio y Melissa, su papá y mamá ya estaban preparándose para ir a trabajar. Bianca fue a la cocina, preparó su taza de café y buscó pan. Melissa le había dejado una concha de chocolate, sabía que era uno de sus panes favoritos. Degustó la bebida y el pan, luego se arregló rápidamente, debía salir pronto para alcanzar el camión.
Se despidió de Gregorio y Melissa deseándoles buen día, tomó una de sus bufandas, su mochila y fue rumbo a la parada. Caminó alrededor de dos cuadras y media, el autobús llegó puntualmente como cada mañana, eran las 6:20. A Bianca le gustaba irse en el camión de ese horario porque podía elegir el asiento para sentarse, no dudó en buscar ventanilla en la tercera fila del lado izquierdo. Se sentó, colocó su mochila sobre sus piernas, la abrazó y terminó de acomodarse.
Se percató que sus orejas estaban muy frías, el clima estaba ideal para dormitar un ratito mientras llegaba a la escuela. Sin embargo, quiso aprovechar la ventana de su asiento y decidió prestar atención al paisaje, se le ocurrió que iba de turista en la ruta que le llevaría a la escuela.
Bianca observó cada parte que iba pasando, descubrió cosas que no había visto, varios pinos de gran tamaño que estaban al fondo de una calle poco concurrida. Luego distinguió unas viviendas con más de tres pisos que tenían jardineras bellamente decoradas por flores de colores vistosos. Le agradó ver nuevos árboles plantados en algunos camellones y por otro lado, le entristeció ver muchos perros en la calle, intentando cruzar de una banqueta a otra y lidiando con personas que conducían sin darles espacio para pasar.
—¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué tanta indiferencia ante los perros que hay en la calle? —pensó para sí.
El camión siguió el recorrido. Su ánimo volvió nuevamente al contemplar las montañas, con la densa neblina que las revestía de una manera majestuosa, imaginó que estaban posando para ella. Sintió muchas ganas de estar caminando rumbo a esas montañas para ascender y luego contemplar la vista desde la parte más alta. Se percató que faltaba poco para llegar a la escuela, se fue preparando para pedir la parada. Respiró profundo. Qué rápido se le había hecho el viaje, qué bonita experiencia la de ser turista en el terruño. Se acomodó la mochila en la espalda y se ajustó la bufanda.
—Bajan en la parada, por favor —se escuchó la voz de Bianca. Mientras descendía y se dirigía a la escuela frotándose las manos, el clima continuaba helado.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Nuevo oficio
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
En realidad, no importa quiénes fueron tus papás, lo importante es nacer
HCM, en Estanislao Musni lo contó un día
Llegué a la ciudad como vagabundo y hasta ahora, aún, hago trabajos de sobrevivencia. No siento haber dejado atrás algo importante ni ahondo nunca en mi biografía porque mi interés está centrado en este momento que pasa. Y nada más.
Ocupo una casa en las afueras, que no sé a quién pertenezca. Está a medio construir, a medio destruir, pero tiene un techo menoscabado en algo que he convertido en mi cuarto. Al principio dormía en el suelo, luego llevé cartones, después una colchoneta y ahora tengo un viejo colchón. Puse cerraduras básicas para que nadie entre en mi ausencia y he llenado de huellas alrededor para que sepan que estas ruinas, pese a que no tienen luz eléctrica, son la habitación, la vivienda de alguien.
No supe cómo ni cuándo ni con quién probé por primera vez la carne humana. Lo que sé es que su consumo me ha curado de los intensos dolores de cabeza, el insomnio, los líos gástricos. Por eso, porque mis preferencias no son aceptadas por la generalidad, he vivido en muchos pueblos y me he cambiado de nombre: me he llamado Arturo, José, Armando… Ahora he decidido llamarme Vladimir.
En el pueblo anterior hubo un hombre que me vendía carne humana, a buen precio. No tengo vicios, salvo un vino barato al que le agrego sangre (cuando la carne es todavía muy fresca); lo que gano lo invierto en comer, porque mi alimento no es fácilmente asequible.
Aquel hombre me dio el nombre de una mujer a la que contacté en un mercado de esta ciudad. Hablamos con brevedad y nos pusimos de acuerdo. No sé qué le atrajo de mí, porque incluso se volvió mi amante ocasional. Ella, me parece, tenía una perversidad, un halo siniestro, y nunca quise indagar dónde conseguía mi cuota semanal de carne y de sangre: la calentaba en una olla que ponía sobre las rocas del patio y luego la dejaba enfriar para agregarla a mi vino. La carne, en ocasiones, la volvía tiras y la secaba.
La mujer dejó de llegar y supe que la habían matado a cuchilladas (también se cambiaba de nombre; descubrí, con su muerte, que no se llamaba como me dijo). No comí en varios días, hasta que traté de comer otra carne, otras cosas y tuve fuertes vómitos, diarreas, dolores innumerables.
No supe qué hacer, hasta que tomé la decisión más importante de mi vida. Me he dedicado a muchos oficios de resistencia física y he robado, mentido, engañado, estafado a gente en el camino. Sin embargo, nunca había privado de su vida a nadie. Hoy, hace unos minutos, en la noche, en una calle oscura, maté a un muchacho desconocido, con un cuchillo pesado y filoso. Tomé de su cuerpo varios órganos y escapé sin que nadie me viera. Logré captar algo de su sangre.
Hoy cenaré su corazón, a las brasas.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Hay libros que se leen con velocidad, sus oraciones son usuales y sencillas, no es necesario volver tus pasos para recapacitar. Hay otros que se leen con calma. Relees las oraciones, por lo disímil de su estructura y de su pensamiento. Este libro pertenece a los últimos. Cada oración es inesperada. Por algo John Banville tiene el premio Princesa de Asturias.
Habla en primera persona, tres momentos en la vida de Max: los veranos de su infancia en el mar, la muerte de su mujer y el retorno al mar en su adultez.
Utiliza muchas comparaciones únicas y fascinantes. Aquí les dejo una: “las pequeñas olas rompían en una línea apática, una y otra vez, como un dobladillo vuelto infinitamente por una costurera soñoliento.”
Fotografía: I. I. B
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
Tarde de primavera en invierno María Gabriela López Suárez
Xóchitl había quedado de ir a visitar a sus primos el fin de semana, ellos vivían fuera de la ciudad. Ese viernes no demoró al salir del trabajo. Pasó a casa por su maleta, se cercioró de dejar bien cerrada las puertas y se dirigió a su destino.
Si algo disfrutaba Xóchitl era manejar saliendo de la ciudad, el viaje en carretera le provocaba una sensación de relajamiento y conexión con la naturaleza. Le encantaba ir observando el paisaje, siempre con precaución al conducir, así que agradecía la invitación que sus primos Alfredo y Jeshua le habían hecho para pasar con ellos ese fin.
Lo primero que observó fue que el tráfico no estaba tan pesado como había imaginado, eso era otro punto a favor para ella. Revisó la hora, eran 15 minutos pasadas las cinco de la tarde.
—Ojalá que alcance a ver el atardecer antes de llegar con los primos —pensó.
La luz de la tarde era sumamente intensa, no parecía una tarde de invierno. Las montañas que rodeaban el camino se veían verdes, por partes, decoradas por los rayos del sol que hacían una bella combinación con las sombras que algunas nubes dibujaban sobre ellas.
A medida que se alejaba de la ciudad la vista era más atractiva. Se iba encontrando con el verde de la naturaleza. Los árboles que rodeaban los alrededores comenzaban a florecer en tonos amarillo, rosa, rojo, dándole un aire primaveral a la atmósfera. Los pájaros comenzaban con su algarabía vespertina, como en la preparación previa para ir a posarse sobre los árboles, justo cerca de las seis de la tarde. La petición de Xóchitl se había escuchado, ahí estaba el sol frente a ella, para que pudiera contemplar el ocaso mientras manejaba con dirección al poniente. El viento que se percibía a través de la ventana comenzó a sentirse frío. Después del atardecer las montañas se fueron cubriendo de neblina, como si las nubes descendieran y se posaran sobre ellas en la parte alta. El paisaje parecía como el de una tarde de primavera en invierno. Sin duda, era uno de los mejores regalos para cerrar el primer mes del año.
El timbre de su celular sonó, era Jeshua, — Hola prima, ¿por dónde vienes? Ya te estamos esperando.
—Jeshua querido, linda tarde, ya merito estoy con ustedes, espero que haya chocolate calientito y pan, el clima lo apetece.
La carcajada de Jeshua se escuchó, mientras Xóchitl sonreía y apresuraba el paso.
Fotografía: ROGE
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Doce libros para doce meses
Héctor Cortés Mandujano
Leí, según mis registros, 175 libros en 2022. De ellos escojo sólo doce para compartir contigo lector, lectora. De cada uno de éstos, me doy cuenta, he escrito en Polvo del camino o en Casa de citas pero, como voy muy adelantado en la escritura (lo que leíste en 2022 lo escribí en 2021, por ejemplo), no siempre se ha publicado ya. Ahí van…
1. Penélope y las doce criadas (2005), de Margaret Atwood, con traducción de Gemma Rovira Ortega. Penélope, desde el Hades, muchos años después de muerta, cuenta la historia desde su punto de vista; allí andan también los espíritus de sus criadas y, entre otros, de Ulises, quien para huir de los reclamos de las criadas a las que mató bebe aguas del olvido en el Leteo y renace incesantemente convertido en distintos hombres. La novela tiene breves capítulos que son escenas teatrales, canciones, poemas, sin que Penélope pierda el hilo de su historia, donde tienen intervención constante diosas y dioses sobre quienes no tiene una gran imagen.
2. El camino gozoso de buena fortuna (Editorial Tharpa, 1990), de Gueshe Kelsang Gyatso es un libro de enseñanzas budistas: nacimiento (“En realidad, todos los seres sintientes son nuestra madre”), muerte (“En el momento en que nos falle la respiración comenzará nuestra existencia futura”), percepción (“Los seres perciben los objetos de distintas maneras y con sentimientos dispares según su propio karma”), sentimientos (“Tantos los sufrimientos más pequeños como los más grandes surgen de la autoestima”), meditación (“Mantente siempre satisfecho”)… Es un libro para aprender a vivir en paz.
3. Borges (Ediciones Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares. Voluminoso, de 1663 páginas, con edición al cuidado de Daniel Merino, es un extracto de los diarios del autor “escritos a lo largo de más de cincuenta años”. Este librote sólo tiene como tema la relación cercanísima entre Bioy y Borges, sus charlas informales (que destilaban veneno, vulgaridades, finos juegos, reflexiones inteligentes, pleitos de comadres…), sus comidas cotidianas… Una delicia.
4. Alfred y Emily (Random House, 2017), de Doris Lessing, es primero la biografía inventada de sus padres: Alfred quería ser granjero y lo es en la ficción, y Emily, su madre, estuvo enamorada de un médico (y aquí se vuelve hasta su viuda); luego escribe la vida real de sus padres y varios episodios de ella, la propia Lessing, su hermano, su familia y su entorno en Inglaterra y en África. Lessing es garantía de escritura inteligente.
5. Diccionario Jázaro. Novela Léxico. Ejemplar masculino (Anagrama, 1989), de Milorad Pavić, traducción del serbocroata por Dalibor Soldatić, parte de la premisa, cierta o falsa (no importa), de que es la reconstrucción del Lexicon Cosri, de 1691, destruido en 1692. Lo que es propiamente la ¿novela? tiene entradas que aclaran a veces una palabra o un concepto o cuentan la historia de personajes jázaros, desde la perspectiva de tres diccionarios: “Libro rojo, fuentes cristianas sobre la cuestión jázara”; “Libro verde, fuentes islámicas sobre la cuestión jázara”, y “Libro amarillo, fuentes judías sobre la cuestión jázara”. Milorad no es fácil, pero es apasionante.
6. Antología, de Czeslaw Milosz (1911-2004), Premio Nobel de Literatura 1980. He leído varios libros suyos. Es un maestro. Leí, en la revista electrónica Poesía más poesía, una antología de sus poemas. Me gusta mucho Milosz. Aunque hable de lo cotidiano lo hace con la profundidad de quien sabe lo que dice. Escribe: “El fin de la poesía es recordarnos/ Cuan difícil es ser una persona/ Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,/ E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto”.
7. Felipe Ángeles (en Obras reunidas II, FCE, 2009), de Elena Garro, quien es, desde mi punto de vista y desde el de muchos, la mejor dramaturga de nuestro país. El “juicio” amañado para matar a este revolucionario que era incómodo para Carranza es tocado aquí con sobriedad y maestría. Dice Ángeles es un discurso que no ha envejecido, que puede aplicarse a la actualidad: “Siempre fui el mismo y siempre combatí para oponerme a lo que ustedes están haciendo ahora: reducirnos al estado de tribu, con un sacerdote mágico a la cabeza, pronunciando fórmulas sin sentido dizque para remediar los males de su pueblo”
8. La melancolía creativa (Debate, 2022), de Jesús Ramírez-Bermúdez, trata de la locura, como fue llamada entre los griegos; la melancolía, como se le dijo en el siglo XIX, y que ahora recibe distintos nombres: “depresión psicótica”, “psicosis maniaco-depresiva”, “trastorno afectivo bipolar”… Su estudio (él es médico especialista en neuropsiquiatría y doctor en Ciencias Médicas por la UNAM) toca dos aspectos: los desajustes emocionales-mentales y la creación. Lo hace con una prosa cuidada, atractiva.
9. S=EX². La ciencia del sexo, de Pere Estupinyà. Para escribirlo habló, entrevistó, participó, ensayó, probó, leyó y reflexionó, a partir de la ciencia, sobre asexuales, poliamorosos, transexuales, tántricos, discapacitados, sadomasoquistas y swingers… Hurgó donde pudo para presentarnos datos ya pasados por el método científico sobre el sexo en nuestras células, genitales, cerebro, mente, cama y consulta médica; en la naturaleza, evolución, bares, orgasmos, pornografía; en el hecho por placer y en sillas de ruedas, con distintas orientaciones sexuales e identidades.
10. El corazón del daño (Penguin Random House, 2021), de María Negroni. Aunque es breve, es una rápida biografía –de niña al día de hoy–, revisión personal de sus libros anteriores, el amor, la lucha, la salida de Buenos Aires a Nueva York y la vuelta, el matrimonio, el divorcio, su nueva actitud sexual. El tema central, sin embargo, es la relación conflictiva de la autora con su madre. El libro me parece genial.
11. La teoría sintérgica (UNAM, 1991), de Jacobo Grinberg-Zylberbaum. Tal vez su libro más famoso, porque contiene su teoría central, a la que dedicó –lo dice en su introducción– “15 años”. “El origen de la teoría sintérgica fue la pregunta acerca de cómo se realiza la transformación de la actividad cerebral en experiencia sensible”, y con la que utilizó herramientas disímbolas que van “desde la investigación Neurofisiológica pura hasta los estudios chamánicos y místicos”. El modelo sintérgico propone llegar “hasta la conciencia de unidad en donde no existen dicotomías y separaciones entre objetos y sujetos. En este nivel de fusión entre el observador y lo observado, la experiencia resultante es que la imagen se ve a sí misma y el sonido se oye a sí mismo”.
12. Transformaciones (Nordicalibros, 2021), de Anne Sexton, es un libro elegante y bellísimo, con ilustraciones de Sandra Rilova y traducción de María Ramos. Lo que transforma la autora son dieciséis cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los vuelve poemas que subvierten, deconstruyen, critican los papeles asignados especialmente a la mujer. Es, incluso, muy divertido. ¿Qué más pedir?
[Los libros que aparecen sin datos editoriales, los leí en mis lectores electrónicos.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: Héctor Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980, Héctor Ventura no sólo es el pintor más popular de Chiapas. Su obra representa la definición estética más puntual de la conjunción entre la naturaleza y el ser humano, producida en la época de la posguerra en Chiapas. (Fuente: Coneculta Chiapas)
Crónicas (13)
Leyenda de la niña roja
Por Antonio Florido
Rua dos Douradores, espero desde tanto a Nando, mi amigo. He de contarle una breve historia. Hermosa fragancia. Poética figura en la mañana. La leyenda de un dulzor amargo, si esto se pudiera.
Aún no he entrado. Sostengo mi cuerpo sobre la pared de la taberna, en lo alto de la cuesta. Miro por la calle hacia abajo, parece que se duerme esta calle de Lisboa, a las orillitas del río, como quien dice. Mientras tanto saco algo y fumo el largo pitillo ceniciento. La gente pasa. Pero, ¡qué saben ellos!
La mañana amaneció inconcusa y cálida en el sur, con una ligerísima brisa que viene hacia la cara desde el oeste. Brillan los adoquines. Los amo. Amo esta calle escurrida con sus fantasías de piedra, puertas y ventanas desnudas, geranios verdes, azules, rosas...
Chirrían los carriles argentos de metal. Por lo bajo sube el tranvía. Tiembla la cuesta y los fierros gritan. Nando camina. Trae dos horas de retraso, pero sigue con sus pasos cansinos. El tranvía le adelanta. Mi amigo ha quedado quieto un instante. Le gusta el olor a fierro recalentado, dice. El sonido agrio. Los colores huidizos de los rostros y detalles que traspasan.
Unas nubes han destilado sus algodones por las cornisas abiertas. Entre los tejados asoma la sombra de esta mañana, a comienzos de la verde primavera. En mi tierra ya intenta el azahar, en sus brotes blancos. Y las flores de Pascua encienden y abren, olor a incienso. Así se siente la llegada del tibio renacer del Creador.
Una mano abierta.
La mía espera.
Nuestras miradas se aprecian junto a la pared de cal.
Acerco dos sillas hasta la ventana. Nos gusta parar el tiempo mientras la vida hierve.
―Ya puedes, Tonio. Espero largo. Deja que fume y beba. La copa de aguardiente espera fugitiva. Mírala.
Nunca digo nada antes que mi amigo. Respeto sus silencios. Nos entendemos así, tan frugalmente, como dos desconocidos que se encuentran a cada instante. Nos hemos saludado como si hiciera mil años de ayer. Nos atrae esta forma de empezar. Otro hombre repetido, parecido al de la semana pasada, pero siempre el mismo. Claridad en sus pensamientos y algo de nostalgia en el rostro, bajo el ala mínima que le cubre.
―Eres un hombre o-culto, Nando.
Me suelta un puñado de silencio y una leve sonrisa, rara, un poco paradójica.
Digo:
―Oí el sabor de la Añañuca. Es rojo. Es roja si se habla de la pura flor del desierto. Aquí no la encontré, de veras. Es preciso investigar, buscar el saber en otras conciencias. Visité todas las bibliotecas. Leí todos los libros del mundo. Viajé. Rodeé, Nando, la tierra que nos ha visto, la misma que nos duele. La Añañuca nace muy lejos, amigo. Hay que nadar hasta el otro lado. Escupir la arena pegada a los labios. Luego caminar como un loco, hasta que sientas las coyundas abiertas.
Alcancé el norte grande. Así le llaman en esas tierras. Allí un pueblito. Monte Patria. Por el centro se dibuja el Limarí. Un hilillo de agua sorda que baja de las abras. Presto y esperanzado de ser un río. Busqué en vano. Yo agachaba el cuerpo y las tomaba. Flores rojas, me dijeron, rojas y explosivas. Luego me enteré de lo cierto. No es una flor. No era al principio. Me hablaron de la leyenda hermosa de estas tierras.
La viejita me tomó de la mano con su mano fría. Anduvimos recodos y calles tiesas, buscaba algo esta mujer pequeña, de rostro acartonado y vivo.
Monte Patria era Monte Rey, acertó. Me quedé pensando. Sus dedos negros me enseñaron a observar quedamente. Señaló la casa, una pared semi caída. Triste y sola, olvidada. La viejita me aseguró que la niña había nacido en ella, en esa casita hundida por el paso de los siglos. Le pregunté cómo era. Linda, dijo. Como los picos blancos, más linda todavía que los besos hijos de otros besos. Todos la quisieron a su manera. Pero ella andaba y andaba, iba a lo suyo. Algún día aparecerá mi hombre, presumía. Los jóvenes no vivían, no dormían, no respiraban más que el amor vaporoso de esta niña. Los había embrujado. Las mismas casas chicas doblaban sus ventanas para mirar a la niña de las caderas, la de las trenzas largas. Sí, era muy hermosa, digo. Solía pasear por las lomas esas. Llegaba hasta las cimas. Perdía a veces el sentido y le costaba el regreso, cuesta abajo, pero se orientaba por el candor de esos jovenzuelos que la seguían a distancia. Ella pasaba sonriente, los conocía. Eran unos ñatitos simples, enamoradizos.
Un día dijo, esperaré, aunque se me marchite el cuerpo, esperaré.
Ese día se perdieron muchas esperanzas. Llovió para contarlo. Fue cuando al Limarí le pusimos río. Desde entonces no para de llorar. Le falta ella, sus andares, sus dedos finos, su cabello. Ya no hubo más reflejos en el agua tonta que bajaba y bajaba. La niña, la Añañuca, se quedó encerrada. Le dio por no salir. Años y años. Será vieja, decían algunos. Sí, vieja y arrugada, sostenían otros. Los españoles rindieron sus fuerzas, buscaron los altos blancos con sus pechos de lata. Y fueron hacia al oeste, a sus barcos, estaban hartos de tanta angustia. Sus familias también esperaban. Le cambiaron el nombre por la rabia. Desde entonces es Monte Patria. Lo nuestro, que nos lo fueron quitando como el sentir de los indios. Ahora es chico. Ya se ve. Y sus callecitas desaparecen en la imagen grande del horizonte. Nadie viene. Sólo usted, un extraño, un ser raro e imaginario, que busca lo que nadie busca, la Añañuca.
Hijo, una tarde llegó un joven. No se sabe de dónde. Nadie le preguntó. Era apuesto, grande, hermoso. Con el rostro tostado por las caminatas de este sol que quema. Nadie le dijo esta tierra es plata.
Oro, dijo, yo busco el oro. La plata para los asnos. Sólo amarillo oro para mi descendencia.
A la mañana siguiente, el pueblo se arrejuntó en la placita. La Añañuca estaba escondida, pero escuchaba al joven, sus pedidos y su garbo. Dicen que de ahí en más el joven le pudo y la niña quedó atrapada entre la risa y el llanto. Eso dicen. Yo soy vieja y esto fue muy antes de mi abuela, quien lo contó a mi mamita. Así me llegó la leyenda. La historia de esta niña linda.
Al cabo el joven dejó de hablar. Quedó hecho bronce. La vio desde lejos. La Añañuca será mi mujer, pensó. Nosotros nos miramos como extraños en la única plaza del pueblo. Los niños y hombres formaron una calle vacía y el joven bajó. La Añañuca se tapó los ojos con una venda pudorosa. La vieron entonces fresca, joven, no era una viejita, que supo esperar con respeto. El minero le dijo algo al oído, la tomó por el brazo, se la llevó a otra parte. Luego supimos que fue el río, con su riberita, el único en oír la confesión. Para ella sería todo el oro de la montaña. Luego la besó sin permiso. Ella se dejó y corrió una cinta de vergüenza por las calles del pueblo. Algunos jóvenes no quisieron comer, otros no salieron en los días de sol, la niña había sido ultrajada, pero lo único que sucedió fue un beso y una promesa con los pies desnudos, en el agua clara del Limarí.
El joven minero se quedó para los restos a vivir. Ella le consintió. Él se lo juró por los santos de su tierra. Paseaban solos por las tristes aceras a la verita del valle que florecía. Eran tonos rubios y sosos, pero al fin llegarían los encarnados imponentes. Clamarían la triste noticia con la eclosión de sus granas.
Aún faltaba mucho para eso, niño, oiga usted, lo que le digo.
Dicen los viejos que el minero salía cada mañana con el cielo cuajado de estrellas. Llegaba pronto a las primeras sendas que se perdían entre las rocas. Buscaba, agachaba el cuerpo, a veces se echaba al suelo y juntaba el oído a la tierra. Ella palpita con el corazón frío. A nadie le cuenta los secretos, ni los españoles, con sus lanzas y aprestos lograron nada. Pero él persistía. Era joven, un loco obcecado.
He venido de muy lejos y lo encontraré, decía. Mi descendencia será oro puro, como el rey Midas, oro para el mantel y mis aposentos, para mi mujercita hermosa, para mis hijos, mi hogar…
Muy despacito fueron pasando los días.
La mina, la mina…
Ella le tomó el rostro, qué te pasa, le preguntó. Nada, dijo. Pero sí pasaba. Esa noche el joven había tenido un sueño. El duende le señaló el sitio exacto de la grieta por donde asoma el oro. Se obsesionó y abandonó a la niña de las trenzas negras. Se fue del pueblo. Hizo el hato y escaló todas las piedras. Conoció las pisadas y detalles, el color del cielo, las formas de la tierra cuando la holla el hombre. Se conocía todos los secretos de la montaña. Buscaba también al duende de sus sueños. Él le iría guiando. Pero el duende no aparecía. Era listo y pequeño. Rápido y sagaz. En cada roca le adelantaba. Notaba el joven el juego. Un perverso anuncio de que la cosa se iría de madre. Le alcanzaba de vez en cuando una angustia desesperada, un resuello necesario. Entonces apoyaba el cuerpo y se sentaba a contemplar el fracaso, porque eso también tiene su forma. Un desconsuelo por no cumplir con la amada. Pensaba en ella. Soñaba con su carita luna y sus trenzas largas, su cuello cisne y sus pies descalzos. Tocaba la promesa con los dedos de sus sueños y se decía seguir adelante, para eso estoy.
La joven no rehusó salir a la calle. Los otros la miraban. Pasaba el tiempo y la espiaban siempre con cierto aire de arrogancia. Los niños se hicieron hombres y los hombres viejos. Mi mamita me lo recordaba a cada instante. Cantaba la canción de la leyenda. Se tomó para arrullar a los bebitos, que así dormían el sueño duende de la montaña.
Me lo ha prometido, oigan, mi joven cumple.
Una mañana la montaña apareció grande y alta, blanca. La veta suspiraba en la tiesura. El joven del río oyó en silencio y el silencio abrió sus labios. Siguió el rastro, callado, quieto y lento. Olió las pisadas de mil veces antes y en un rinconcito verde y ocre, yermo… Allí el hueco con su perfil rocoso. Negro. Rumiaba quedo el agujero de la montaña.
También le vio. Pero el duende volvió a esconderse tras una roca tensa, sonrió levemente.
Jamás volverían sueños en las noches obsesivas.
Pasaron varios días y semanas y el joven cavaba la tierra sin un deje de desmayo. Una vez y otra, los dedos rotos, las manos muertas, la tierra salía y el oro, el oro…
Afirman que la montaña sólo quería un descanso sordo, una imagen de la codicia sin sentido. El hombre busca el cielo a ciegas, quebrado, mudo, sin pausa, sin contar los años que le pueden y avinagran.
La promesa estaba en los cantos de sus manos y en la tierra juguetona que de él se burlaba.
Oro, oro…
Volveré, dijo. Eso recuerda la niña hermosa. Volveré en tus noches solas. Te lo prometo.
De esta manera, hijo, la Añañuca envejeció. Murió esperando un puñadito de oro y al enamorado que le apalabró el cielo. La enterraron en el ancho verde que sube, el de muy allá, mire. Sólo una crucecita blanca para sus ojos de azabache. La india apagó la risa, el pueblo quedó hecho pueblo, el río llueve. Desde entonces no deja el cielo de volcar los recuerdos de esta historia en el norte grande. Murió de amor. Desengañada. Sola.
El espejismo se los fue tragando. Como le digo, la gente de Monte Rey la lloró y enterró un día de lluvia, que para el caso. Al otro día, el sol calentó el valle y se llenó de hermosas flores rojas. Es la Añañuca. La Añañuca para los restos, que algunos hablan y mueren sin reconocer que fue la más hermosa de todas.
Hijo, esa flor crece hoy hasta Melampó, por allá, mire. Hasta el valle de Quilimarí, le digo, al lado de Piedras Blancas. Cada año, después de que el cielo llora, la pampa se convierte en la voz olorosa y triste de dos enamorados rojos, rojas. Es un desierto. Un desierto florido.
Me volví buscando el dedo de la viejita, adónde señalaba, de parte a parte, ancho campo, vasto hasta en los ojos. Luego, Nando, la viejita desapareció. Sin otro vuelo en mis entendederas, se fue, como le digo.
Fui alejándome del pueblito junto a las aguas frías del Limarí. Necesitaba otro dato para mis apuntes. Me quedaron claros sus ojos ciegos, como de joven. La viejita Añañuca se vistió de un rojo puro.
Se fue disolviendo.
Nando continuaba oyendo sobre la silla de la ventana. Pensaba. Dijo, esta historia es triste. Luego siguió fumando. La copa de aguardiente en una mano mansa cansada de escribir. Es una naturaleza honda y extraña. Un tipo singular. Dice que no le gustan los viajes, que el ser no cambia. Siempre el mismo, imagen reflejada millones de veces, en cada madre y en todos los rincones.
Es un artista.
Muestra la necesaria tranquilidad que se requiere.
He de mentir.
Otros en mi memoria, existen. Otros Nandos…
Aunque sea consciente de lo que digo, sé que miento.
Otro tú es necesario.
…………………………………………………..
Morir ambas veces. En ocasiones especiales. Pero morir no es trágico. Sólo la llegada del arte que imagina que piensa y que escribe. Una sonámbula experiencia de saberse solo. De comprender el sentido estricto de lo que pienso.
No ha sido más que otra breve historia. De lejos. De muy lejos, con los sentimientos comunes, humanos. De poco vale ir si nada cambia. La tristeza y el orgullo. La vanidad de la obra que se yergue, altiva.
Nando afirma, vivir para crear. No pido otra cosa. El año de mi nacimiento y de mi muerte. Lo de en medio es sólo mío. Cosa mía.
Quisiera que me comprendieran. No soy nadie. Ni original ni alto. Tengo ojos en las experiencias. Memoria para atrapar las palabras. Algo de pericia si se tercia, pero nada más. Estuve largo tiempo encerrado en la cochura del hombre, en la sombra propia. Buscaba la manera de salir. Quería otro universo. Lo escribiré, dije. Luego me puse a la tarea, pero exigía un retiro ingrato. Me alejé cuanto pude de los hombres medios. Embarqué muchas veces. Abandoné el paquebote sobre la mar que me llamaba. Las aguas buscaban arte. Subir y bajar. Ser ella misma. Ser yo mismo. Nada. Nadie.
Compuse para ella una sinfonía dulce y muchos poemas.
Quise sanar esta herida mía.
Los demás lo aseguran. Este hombre se nos muere.
Eso dicen afanosamente.
Es raro, serio, extraño, desnuda su dignidad, todo le puede.
¡Aléjense de él!
¡Aléjense!
Añuñuca.
Imagen proporcionada por el autor.
*****
Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Al leer Versos de vida y muerte (Amoz Oz, Ed. Siruela) automáticamente regresé a mi infancia, aunque el libro no tiene nada de infantil. Trata de un “escritor”, protagonista principal (sin nombre), que va a la presentación de su último libro. En el camino, antes de llegar al Centro Cultural, pasa por un café. Ahí imagina una historia sobre la mesera, le inventa un nombre, un novio, un abandono… Después llega a la presentación y sigue ensimismado en sus historias, pero esta vez sus personajes son: el conferenciante, un joven poeta, el señor mayor pelón que está en la última fila, la chica con cara de ardilla que lee un párrafo de su novela…
¿Porqué me acuerdo de mi infancia? Recuerdo mis juguetes: los Fisher Price, little people. Tenía el camper, la cabaña y el barco en cada uno de ellos venían unos cuatro muñecos, al juntarlos tendría unos doce. Uno de mis personajes principales era Carlos. Entre ellos se tejía historias hogareñas. Había un perro, un Capitan, su mujer que también podía ser su madre, o su novia o su hermana. En fin, les daba nombres y papeles a esos personajes.
Amos Oz tiene la delicadeza de repetir en páginas más adelante, seguro para los de mala memoria, quién era el personaje. Hay como un eco permanente en su obra. Encima en este libro en especial, al final ha puesto a los participantes de la obra.
Esta novela es un entretejido de ficción y realidad. Podría usarse para tomar ideas sobre la construcción de personajes, sin embargo no atrapa tanto (aunque su escritura es magnífica), cada personaje está disperso, no se relaciona mas que en la mente del “escritor”.
Fotografía: I. I. B
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.