Revista

Librero del uroboro. 32. Brooklyn Follies. Ilse Ibarra Baumann

Brooklyn Follies

Cambié mi regalo La bailarina de Auschwitz, que ya había leído, por Brooklyn Follies. Otra vez me fui por los reconocimientos del autor: Príncipe de Asturias, Medicis…

La narración de Brookly Follies es cómoda para leer, lleva un ritmo, mas rara vez sorprende al lector exigente.  

Escrita en primera persona, Nathan, un hombre de sesenta años, jubilado, exvendedor de seguros quien sobrevivivió a un cáncer de pulmón, sale de la «Gran Manzana» para irse a vivir a Brooklyn. 

El libro trata de su vida en Brooklyn en torno a su sobrino Tom. La narración es superficial y muy melodramática. No pude aferrarme ni a los protagonistas ni al entorno. Los diálogos de los demás personajes parecen tener la misma voz del narrador. 

Confieso que no es esta novela una que me gustaría recomendar. Me agradó, por otro lado, que el narrador citara dos novelas del muy recomendable Ítalo Svebo: La conciencia de Zeno (excelente) y Senilidad, esta última fue elogiada por James Joyce.

Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 179. Un equis bato. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz

                        
                                Polvo del camino/ 179

                                  Apuntes de oído/16
                                    Un equis bato
                                Héctor Cortés Mandujano

                                                               Luz a los poetas,
                                             pa’ que no anden malgastando letras

                                                              Marcial Alejandro,
                                                                        en “Luz”

Marcial Alejandro nació y murió en Ciudad de México (1955-2019). Su obra musical, grabada por él mismo, se reduce a tres discos: Marcial Alejandro (1984), Aquí estoy (1993) y Sin Cruz (2004). Tenía sentido del humor. En una entrevista, a propósito de su segundo trabajo dijo que era “el disco de la década”, no porque fuera maravilloso, sino porque se había tardado diez años en grabarlo.
	Antes y después estuvo en grupos y discos colectivos, y canciones suyas fueron grabadas por, entre otras, Tania Libertad, Margie Bermejo, Betsy Pecanins, Amparo Ochoa, Maru Enríquez (quien fue su pareja) y Eugenia León.
	Me gustan muchas de sus canciones. Le daba vueltas a las palabras (en su primer disco musicaliza versos de Miguel Hernández, “Canción última”, y un texto recopilado por Juan Rulfo, “El gavilán”) y trataba de huir de lo manido. En “Nos caímos juntos”, de su tercer disco, usa con exactitud dos palabras que usualmente la gente usa como sinónimos: Terco, que se refiere a la persistencia, y necio, que se refiere a la tontería. La Real Academia de la Lengua dice que terco es “pertinaz, obstinado e irreductible” y necio “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”, en su primera acepción; en la segunda: “Falto de inteligencia o de razón”.
El famoso inicio de las redondillas de sor Juana, “Hombres necios que acusáis”, hace alusión no que a los hombres sean tercos, sino a que son tontos si hacen lo que nuestra inteligente monja describe. En el colmo de la confusión, tal vez pensada, Silvio Rodríguez tiene una canción que se llama “El necio” y parece que se refiriera a la terquedad no más ("Yo me muero como viví”), aunque quizás también a la estupidez de no querer cambiar.  
	Hablábamos de “Nos caímos juntos”. En una parte de su letra dice: “Los dos pagamos el mismo precio: uno por terco y otro por necio, qué caray”.
Con “El fandango aquí”, interpretada por Eugenia León, ganó el Festival Internacional OTI, en 1985.
	La pieza es de muy ágil ejecución. La letra tiene, me parece, varios logros formales desde su primera línea, que mezcla presente, pasado y futuro con mucha gracia: “Vamos andando, porque el fandango a punto está que empezó. Vámonos, vámonos a la fiesta, que el que no va no llegó. El buen semblante lucir, como quien va a seducir, pedir su mano y, ya de plano, lo que se pueda pedir”.
	La pachanga que describe la canción hace que se rompan todas las distancias: “En semejante tropel, amiga de éste y de aquél, al poco rato un equis bato quiere que pague por él”.
	Vale la pena oír las canciones de Marcial Alejandro. Hay hondura y buena escritura en ellas. Dice en “Se puede morir”, de su tercer disco: “Lo que sin duda es terrible es morir de soledad. […] Ese viaje en que te fuiste, debe resultar muy triste cuando nadie te da un beso”.

En una entrevista (la recuerdo con las imprecisiones de la memoria), Eugenia León contó que a Marcial le dio una enfermedad terminal; él puso en orden todo lo suyo, se despidió de sus amigos y familiares, y se fue sin decir adónde a nadie, para que nadie se ocupara de las miserias que supone la atención de alguien que no tiene remedio. 
Para hacer lo que hizo se necesita una altura que no todo mundo tiene. No quería ni lástima ni compasión. No era, no fue un equis bato. 

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 179. Bordar para la vida. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       Bordar para la vida
                   María Gabriela López Suárez

El sonido del ventilador se convirtió en parte del paisaje sonoro de la mañana de ese domingo. La aplicación del clima en el celular indicaba 37 grados centígrados. Para Norma esa temperatura indicaba que el calor había llegado para quedarse todo el verano. Fue al refrigerador, sacó unos cubos de hielo y lo agregó a la jarra de limonada que acababa de preparar. Se sirvió un poco de la bebida en un vaso, degustó el agua fresca y se dirigió a la canasta donde tenía su bordado para avanzar en la costura.

Se acomodó en el rincón más fresco de la sala y comenzó a bordar. Sus manos, su corazón y su mirada se concentraron, el colorido de los hilos se fue entretejiendo para dar paso al trazo de una diversidad de formas enmarcadas con la creatividad y el entusiasmo.

Mientras daba un sorbo a su limonada recordó la manera en cómo comenzó a bordar, primero fue una actividad que formaba parte de sus tareas escolares en la infancia. Para ese entonces el bordado era algo que hacía más por obligación que por gusto. Luego, vinieron a su mente las imágenes de cuando su mamá Elisa y su tía Carmina la ayudaban a terminar sus bordados. Era una labor titánica y Norma se sentía acompañada.

Años después, Norma tuvo interés por retomar el bordado, primero lo hizo de manera independiente, se percató que bordar le generaba concentración y era una manera de volver la mirada a ella, a conectar con lo que le gustaba. Posteriormente, Roxana, una de sus amigas la invitó a un taller de bordado. Norma no dudó en inscribirse. La facilitadora era la maestra Rosario, quien había descubierto en el bordado una enseñanza para la vida. 

El taller de bordado se convirtió en un oasis para Norma y sus compañeras, la confianza y empatía que se generaron, aunado a la paciencia y motivación de la maestra Rosario, fueron los elementos clave para continuar en tan noble y bella labor. 

Norma halló muchos aprendizajes en la tarea de bordar, conectar con su infancia y con su corazón, despertar la inspiración, afrontar los retos al bordar, incentivar la creatividad, confiar en la intuición y sobre todo, aprender a ser más paciente. Para Norma bordar no era una actividad simple, era una hermosa experiencia de aprendizaje, justo para adquirir herramientas que podría aplicar en su vida cotidiana.

El sonido del ventilador hizo que Norma volviera la mirada a su bordado, su rostro dibujó una sonrisa. Desde el corazón agradecía a Roxana, a la maestra Rosario, a sus compañeras y a ella, la oportunidad de  bordar que significaba no solo un hermoso arte sino una oportunidad de bordar para la vida.
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 31. Nostalgia. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: IMIB

Nostalgia

Sobre Nostalgia de Mircea Cārtārescu:

No sé si tú fuiste parte de una pandilla en tu niñez. Si no, qué lástima. Yo sí pertenecí a una, a “Los de la cuadra”.  Leer Nostalgia de Mircea Cārtārescu me hizo revivir aquella época cuando los hombres de mi club orinaban el club de los enemigos, cuando usábamos el alcohol para incendiarlo; cuando saltábamos de techo en techo y nos metíamos en casas ajenas incluso perseguidos por perros; cuando jugamos a la botella a beso o bofetada. 

El libro está formado por cuentos y novelas cortas: «El Ruletista», un cuento fuera de serie, trata de un jugador de ruleta rusa con mucha suerte. En «El Mendébil», «Los Gemelos» y «REM» me eché un clavado a mi infancia y adolescencia a la par de la de Cārtārescu. 

Sus cuentos pasan de una realidad, a un sueño, a una fantasía; así, el «niño que traemos dentro», se da vuelo extendiendo sus recuerdos, echando a volar su imaginación: con la obra y consigo mismo. Regresa a sus sueños, a su realidad y cuando no puede contener aquellos momentos tan lejanos es mejor echar mano a la fantasía. Al menos, así me sucedió. El libro cierra con «El arquitecto», es sobre un señor que instala un claxon/órgano en su carro y toca las mejores melodías. En este sentí, quizás subterfugiamente, cómo maneja un símil entre la música y la literatura.

Fotografía: IMIB
Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 178. Los regalos de la lluvia. María Gabriela López Suárez

                        Voces ensortijadas
                     Los regalos de la lluvia
                    María Gabriela López Suárez


El paisaje del cielo dibujó un azul claro intenso ese domingo, era señal de que el día estaría muy cálido. Victoria despertó temprano, la intensidad de la luz que se coló a través de su ventana la hizo pensar que ya eran las 9 de la mañana. En realidad apenas iba a dar las 7, no pudo conciliar el sueño nuevamente, así que decidió levantarse. Nadie más se había levantado en la familia. 
         —¡Vaya, vaya, el señor sol me ha hecho madrugar! ¿Quién lo diría, yo madrugando en domingo? —dijo para sí Victoria.
          Se dirigió al baño, se lavó la cara para refrescarse y despabilarse un poco. 
          Luego fue a la cocina a preparar el café, en casa acostumbraban tomar café con pan antes de desayunar, era un hábito en la familia. El aroma de la bebida se esparció hasta la sala. Victoria llenó su taza con café, buscó la panadera y eligió una rosquilla con ajonjolí. Abrió la puerta que daba al patio en la casa, percibió el calor que ya inundaba la mañana, sacó un banquito y se quedó contemplando los árboles de mango, guayaba, limón, mientras sopeaba su rosquilla y terminaba su café. Ahí permaneció un gran rato hasta que escuchó ruido en la cocina. 
          Se levantó para ver quién más habría madrugado, era Alfredo su hermano menor, quien apetecía tomar su café con pan. Poco a poco se sumaron Martha, su mamá; Marisol, su hermana mayor y Genaro, su papá. Era curioso que antes de las 9 toda la familia estuviera despierta. El café alcanzó exacto, Victoria era hábil para preparar la cantidad necesaria.
          La familia se dividió las tareas en la casa, en preparar el menú para el desayuno y comida, así como en el patio para regar las macetas y árboles, a esta última tarea se sumaron Victoria y Alfredo.  La faena estuvo intensa para toda la familia. 
         Luego de comer Victoria decidió darse un baño y dormir una pequeña siesta. Prendió el ventilador en su cuarto, colocó una colchoneta delgada sobre el piso, en ese momento deseó tener un petate para que fuera más fresco. Antes de acostarse echó un vistazo al cielo, observó que estaba nublado por partes.
         —¡Ojalá cayera un fuerte aguacero! La tierra necesita refrescarse y traernos regalos, ansío escuchar el canto de las ranas —dijo en voz alta. 
          Cayó en un sueño profundo. El olor a tierra mojada la hizo despertar, se asomó a la ventana, sintió esa sensación de frescura que deja la lluvia. Intentó prender el foco pero no pudo, no había luz. Buscó en sus cosas una pequeña lámpara y fue a buscar a su familia. 
            En el patio la luz de la tarde aún alumbraba. Halló ahí a Martha y Genaro platicando amenamente mientras tomaban el fresco. Se quedó un ratito con ellos. Marisol y Alfredo estaban durmiendo siesta. Victoria estaba contenta, su deseo se había cumplido. El olor a tierra mojada se sentía con más fuerza en el patio. Se acercó a los árboles, les percibía agradecidos como ella con esa lluvia. Puso atención a la escucha, ahí estaban las ranas, como a manera de coro, emitiendo con fuerza ese canto que tanto añoraba, percibió también el canto de los grillos que empezaban a acompañar el paisaje sonoro. La noche no tardaba en llegar y los regalos de la lluvia se habían hechos presentes.
           Victoria regresó a casa sintiendo alegría en su corazón al tiempo que las ranas seguían croando. Al fondo alcanzó a escuchar,
         —¿Dónde están, no hay luz? —eran Alfredo y Marisol que habían despertado.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 178. Las trampas de la inspiración. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                        
Polvo del camino/ 178

                        Las trampas de la inspiración
                                (Minificción)
                           Héctor Cortés Mandujano

                                                       A Luisa, mi mujer,
                                        y a quienes estuvieron esa noche…

Llegó el escritor a la fiesta y fue recibido con aplausos. Le fue servido un trago, que él tomó con avidez. Su mujer, discreta, se sentó a su lado.
	Él tomó la palabra, como solía hacer, y contó anécdotas sobre libros y películas; lució su saber disímbolo y fue escuchado en silencio por los demás, que lo llamaban Maestro.
	La noche comenzó el camino de las manecillas que suelen medir el tiempo y el hombre comenzó a sucumbir ante el alcohol, que se le servían con prontitud y buen ánimo. Su mujer, a su lado, bebía agua mineral y luego, hacia la madrugada, un par de tazas de café. Rara vez condescendía al vino, salvo que fuera suave, dulce, de buena calidad. Nunca más de dos copas.
	El Maestro ya no tenía la atención de todo el grupo y su sapiencia se concentraba en los oídos de sus cercanos, quienes asentían, sonreían, agradecían.
	Llegó el momento de irse. El Maestro, con el cerebro obnubilado y el paso tambaleante; su mujer, incólume, tomó su papel de chofer cuidadosa, hábil. 

Cuando el Maestro despertó tenía dolor de cabeza. Su mujer, atenta a su despertar, puso en sus manos un vaso con un líquido, que para él fue como agua en el desierto.
	Le fue servido un desayuno frugal y luego el hombre, ya a todas vistas mejorado y lúcido, se regaló un pausado baño.
	Con su bata china y sus cómodas pantuflas, el escritor veía el jardín cuando su esposa llegó hasta él y le dijo con suavidad:
	—¿Te diste cuenta de que anoche nuestro amigo Ángel parecía triste?
	—No.
	—No era una tristeza depresiva –agregó ella–, sino algo más sutil. Como un desinterés vital, como si la realidad le pareciera apabullante.
	Él nada dijo, ella continúo:
	—Creo que valdría la pena que escribieras sobre un personaje como él, ¿no crees?, con un dejo fantástico: un ángel harto de su trabajo bondadoso, que ha notado que no vale la pena salvar las almas humanas.
	Ella se fue y él se quedó allí, adormilado. Se durmió luego. Cuando despertó pensó en escribir un cuento sobre un hada enamorada de un árbol danzante (tal vez su sueño se lo hubiera sugerido), que dejaba solo al humano que debía guardar para volar hasta la montaña y ver cómo aquel ser arbóreo danzaba con el viento, cantaba a la noche con la voz innúmera que salía desde la oscura tierra donde bebían sus raíces, desde las ramas más tiernas que eran acariciadas por las estrellas… 


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 30. Las hojas muertas. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: IMIB

Las hojas muertas

Hace un mes publiqué el primer libro que leí de Bárbara Jacobs. Lo compré porque, según yo, se parecía a mi tía Hortencia. Cuando mi hermana vio la foto me dijo: no es a mi tía Hortencia, es a mi tía Lupe. Y aunque para ustedes no sea importante, siento la necesidad de corregir mi error y rectificar: se parece más bien a mi tía Lupe, la hermana mayor de mi padre. Ella pasó sus últimos años postrada en una cama con una sonda, estuvo amarrada para que no se la arrancara. Terrible su fin. Al contárselos debería, no sé, ¿atemorizarme? Como si yo conociera mi fin. Qué bueno que no la vi, sólo la recuerdo similar a la foto de Bárbara Jacobs en aquella portada. Así era mi tía, igualita.
En este libro, Las hojas muertas (curiosamente también lleva este mismo título una de las obra de Remedios Varo), habla de la vida de su padre. Un inmigrante de Líbano que llega con sus padres a NY. Amante de la lectura. Inspirado por Bernard Shaw se vuelve comunistas. Viaja a Moscú, en España apoya a los republicanos en contra de Franco. Conoce a su mujer, es su prima segunda. Hay lagunas que me hubiera gustado entender, como porqué terminaron viviendo en México, cómo adquirió el hotel y cómo lo perdió.
Al final de mi lectura sentí al papá un poco flojo y soñador. Afortunadamente el mío fue trabajador y los sueños los hizo a un lado. Algo muy dramático (para los que nos gusta soñar) pero así fue.

Fotografía: IMIB
Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 177. La garza blanca. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                           
                          La garza blanca
                    María Gabriela López Suárez


El calor de la tarde veraniega era tan intenso que Rita se había quitado las sandalias, era preferible  estar descalza.  Para refrescar un poco la habitación prendió el ventilador que tenía en su recámara, el aire no tardó en volverse cálido, ya no era agradable. Decidió apagar el ventilador y abrir la ventana que daba al pequeño balcón. Luego de abrir la ventana se percató que el cielo estaba muy nublado, era una señal de un fuerte aguacero.

—¡Ojalá que llueva esta tarde! Ya es justo y necesario que la tierra se refresqué y también se limpie el aire —comentó Rita para sí misma.
Comenzaron a escucharse los truenos que seguían anunciando la lluvia. Finalmente, el olor a tierra mojada se percibió, la lluvia se hizo presente. Primero fueron unas gotas pequeñas, luego se tornó en una lluvia torrencial. 

El rostro de Rita dibujó una gran sonrisa, los árboles también estarían agradecidos con las gotas de agua de esa tarde. Se le vinieron a la mente los árboles de limón y mandarina que tenía la tía Julia y el tío Armando, la tierra estaba tan seca que las hojas de los árboles se enrollaban. 

Rita se sentó en el piso frente a la ventana abierta, recordó que tenía algunas actividades laborales pendientes, sin embargo, decidió hacer una pausa  y contemplar la lluvia. No todos los días se tenía la oportunidad de ver llover y percibir la suave brisa que se generaba. Ahí permaneció alrededor de unos 40 minutos. 

Mientras observaba el paisaje Rita fue sintiéndose relajada, el sonido de la lluvia era como una especie de arrullo que se combinaba muy bien con el aroma de la tierra húmeda. Estos elementos le recordaban no solo su infancia sino que la lluvia era uno de los mejores regalos de la naturaleza. Poco a poco fue disminuyendo la caída de agua hasta que escampó. 

Posteriormente, se percató, como si fuera un acto de magia, que el cielo se despejó y se comenzó a colorear con tonos azules y rojizos, el atardecer no tardaba en hacerse presente. El ocaso fue hermoso, radiante y fugaz. Luego, el cielo se pintó en tono azul oscuro, se había dado paso a la noche. Rita seguía frente a la ventana contemplando la vista, quería aprovechar al máximo el paisaje que tenía frente a ella, se sentía contenta. 

Por un momento llegó a pensar que ya había apreciado los diversos regalos de la naturaleza en esa tarde-noche, y que regresaría a sus actividades. Sin embargo, algo la hacía mantenerse sentada frente a la ventana, no estaba equivocada, faltaba un regalo más para cerrar con broche de oro. No tardó en hacer acto de presencia una bella garza blanca, cuyo vuelo fue seguido sin parpadeo por la mirada de Rita. El vuelo fue pausado pero rítmico y con gran elegancia. Fue un instante mágico, era la primera vez que Rita veía una garza volando frente a ella, la imagen de la garza blanca se fundió con el tono oscuro  de la noche. Eso le dio un aire más interesante. 

—¿A dónde se dirigía la garza blanca? ¿Por qué volar en un espacio urbano? ¿Se habría sentido atraída por la lluvia? —fueron algunas preguntas que comenzó a hacerse Rita, en eso estaba cuando escuchó el sonido de su celular. Era el recordatorio que tenía videollamada con Alejandra y Mateo, sus amistades de la infancia. Comenzó a buscar el enlace, ellas serían las primeras personas a quienes contaría el regalo de la garza blanca.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 177. Creer en el génesis. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
Polvo del camino/ 177

                               Árbol-Jaguar/ 6
                             Creer en el génesis
                           Héctor Cortés Mandujano

                   Al fin y al cabo, las personas son la sal de la tierra

                                                       Sebastião Salgado


Ya conocía las fotografías de contenido social del célebre fotógrafo brasileño Sebastião Salgado (Aimorés, Minas de Gerais, 1944) cuando compré el voluminoso y espléndido Génesis (2013), cuya intención es, simplifico, mostrar la naturaleza no habitada por el hombre, aunque en las últimas páginas haya seres humanos que viven y conviven con ambientes ásperos, helados. 
	Ver después el documental La sal de la tierra (2014), dirigido por Win Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião, me pareció que me iba a dar más información, más imágenes dolorosas y maravillosas del hombre y su entorno. 
        Y así fue.
	Sin embargo, la tercera parte del documental supuso mi mayor sorpresa. Sebastião fundó con su esposa Leila el Instituto Terra, en Brasil, con la intención de transformar el rancho familiar Bulcao, de Aimorés, donde Sebastião vivió de niño.
	A su regreso, después de andar por el mundo ejerciendo su oficio y su vocación de “pintar con luz”, el fotógrafo descubrió que su familia, por su dedicación a la ganadería, había deforestado totalmente la selva que él recordaba en su hacienda. 
        Donde habían existido antes miles de árboles, plantas, animales, había sólo tierra seca, erosionada, yerma. 
	La apuesta de Leila y Sebastião fue recuperar la selva perdida. 
        Lo consiguieron después de más de diez años.
        Dice Wikipedia: “Actualmente el Instituto Terra ha recuperado más de 297 especies de árboles nativos. En un total de 710 hectáreas ha acogido de manera natural a diversos animales, y hoy en día es un foco permanente de difusión por la conservación del planeta. La hacienda cuenta con asesoramiento para agricultores y un programa educativo que difunde los beneficios de la conservación de los bosques y el agua, creando conciencia ambiental”.
        No he visto de nuevo el documental, pero recuerdo que Salgado dice que cuando los árboles sembrados fueron naciendo, creciendo, fueron surgiendo a la par otros árboles, otras plantas, hasta que un día nació un arroyo aparentemente salido de la nada y otro día apareció un jaguar…
        Hay quienes, desde la religión, sólo están obsesionados por el apocalipsis y hay, por suerte, aquellos que no han cesado de creer en el génesis. Hay los que son veneno y los que son, para bien de todos, la sal de la tierra.

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 176. Amor propio. María Gabriela López Suárez

                             Amor propio
                     María Gabriela López Suárez


Martina se asomó a contemplar la Luna llena que comenzaba a hacerse notar en esa tarde cercana al verano. Mientras la observaba recordó la importancia de amarse y disfrutar cada instante en la vida. Como una especie de historias fueron apareciendo imágenes de ella en su infancia y adolescencia; de pequeña poco le gustaba su nombre, le daba una sensación de desagrado, lo asociaba a que era un nombre de niño. En la escuela había sido molestada con eso, las bromas habían sido desagradables para ella. Y a eso  le sumaba el que su complexión era robusta y de alta estatura para la edad promedio de la niñez. En casa pocas veces se atrevió a decir esa incomodidad, se encerraba en su mundo, con sus miedos e inseguridades.

Pocas veces le gustaba mirarse al espejo, huía de sí misma, como una manera de evitar encontrarse con ella. Fueron pasando los años y en la adolescencia la aceptación a ella se hizo un tanto más distante. La influencia de los estereotipos que solía marcar la moda divulgada a través de sus compañeras, compañeros y reforzada por los medios de comunicación le fueron haciendo que deseara ser como una de las tantas imágenes de los personajes que eran el ícono del momento. El no lograrlo la  hacía sentir un tanto frustrada. 

En la universidad hizo buenas migas con Tamara y Juan, eran el trío que iba de un lado a otro, en las actividades académicas, tertulias, fiestas y paseos. Sus amistades la respetaban tal como era, ahí Martina se sentía segura, en confianza. En una de las tantas pláticas escuchó que Tamara mencionó la importancia del amor propio, del respeto, la aprobación, el apapacho y la seguridad en una misma.  Martina se quedó atenta a la escucha, expresó sus dudas y comenzó a indagar más sobre el tema, se fue dando cuenta que ella necesitaba reforzar mucho esa parte y lo compartió con sus amistades. Juan le dijo que nunca era tarde para poder ayudarse y que ahí estaban para apoyarle. 

La etapa universitaria halló no solo otro sentido para Martina sino también para su interacción con más personas, en su vida cotidiana e incluso con su propia familia. Siempre estaría agradecida con Tamara de haber sacado la plática del tema sobre el amor propio, dos palabras que aparentemente podían sonar a un poco de ego, sin embargo, tienen elementos decisivos en la vida de cada persona.

—Quien se ama y se aprueba tal como es puede disfrutar mejor cada momento, siente seguridad y confianza, se respeta, se cuida y se valora —había compartido alguna vez en las charlas con su familia. 

Regresó al presente. La luz del atardecer se había ocultado, la Luna se apreciaba con un tono cobrizo, esto le daba una hermosa vista a la noche, acompañada del coro de los grillos.

—¡Tía Martina, tía Martina! Ya es hora de que leamos —era la voz de Alberto, su sobrino de siete años, a quien Martina había comenzado a leerle un par de noches atrás El libro salvaje del autor Juan Villoro.

—Vaya, vaya Beto, qué puntual eres, es cierto, ya es hora, a ver dime, ¿cuál es el último apartado que leímos ayer? —preguntó Martina.

—Está bien fácil, el tío Tito —respondió de inmediato el niño.

—Además de puntual tienes muy buena memoria, hoy leeremos el apartado Libros que cambian de lugar —dijo Martina atenta a la mirada de Alberto que estaba ansioso por iniciar la lectura; echó una última vista a la ventana, se despidió de la Luna, su rostro dibujó una sonrisa, agradeciendo el amor propio en su vida.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.