Cajón de rubores. 25. Crónicas 1. Antonio Florido

Crónicas (1)
Por Antonio Florido

El susurro del tiempo lo desuella todo.
Yo no soy culpable, créanme, no hice nada, fue cosa del destino, supongo que jamás deseé la muerte de nadie, y no quiero que me acusen por algo que nunca hice.
         ¡Cómo me inundó la angustia!
         ¡Los ojos, mármol licuado!
         Recuerdo que descansé la mirada sobre los comensales. Tres parejas jóvenes con las copas llenas, un insociable con la mirada perdida y el rostro apagado, la camarera bajo el arco que esperaba el paso cansino de la noche. Sobre los veladores unas luces tristes para una cena última y sola, y el sentimiento de las sonrisas enigmáticas que expresaban tanto, acaso una simple comprensión de que las cosas ocurren porque sí.
         ¡Le bohème!
         Mi amigo y yo paseábamos distraídos. Ni siquiera nos dimos cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Hasta que sonó el golpe. Entonces detuvimos nuestro avance y el dolor nos atrapó. Sucedió así, de pronto. Un tacrido seco y brusco sobre las piedras del piso. Fue un impacto duro, como un trueno que no avisa (me llamaron por el móvil para decirme que mi madre había fallecido. Pero eso fue mucho antes, como cinco años).
          En medio de la calle, un hombre echado como un niño grande. Parecía dormido. Pero se había partido los huesos del cráneo. Se quebró tan rápido como se nos va el entendimiento, así ocurrió la tragedia. 
         ¡La vida está y no está!
         ¡Mi corazón roto!
         Arrojé el bastón lo más lejos. Como ese desgraciado, mi muleta cayó al suelo en un remedo caricaturesco.
         ¿Broma sarcástica?
         Quise correr, ayudar en algo, pero una mano sostuvo mi brazo con fuerza. Era Toribio. Un hombre grave y serio, endurecido por la vieja costumbre de saber y querer. Me miró reflexivo. Evaluaba la situación con la rapidez de quien ha visto a muchos inocentes caer en la plaza de La Moneda. Balazos en las espaldas y los hombres dejaban de ser. Simple. Simple y horrible. Como la naturaleza vacía de un precipicio.
         Lastarria quedó muda. La gente abandonó los cubiertos sobre unos manteles de papelillos. Una señora volvió el rostro hacia la pared, incapaz de seguir con su banalidad. A otros se les detuvo el pulso. Los más siguieron con la monotonía de la rutina. Varios jóvenes corrieron hacia el hombre. Los viejos se hicieron los más viejos y continuaron cenando, como si nada hubiese sucedido.
         Toribio tomó el bastón y me lo puso en la mano. Noté un frío extraño, como si la apatía me aferrara. Analicé con la solemnidad de un principiante. Pero no encontré el motivo. No estaba. No existía causa alguna. La ola me llegó a la garganta. Era la pereza por vivir. La desidia y la desgana. Un desinterés absurdo por todo. Abandono del ser en el Ser. De pronto, sentí unos dedos como garfios en mi garganta. Huyó la comuna, la propia calle, las aceras, la gente, el cielo negro que cuajaba en las alturas. Cosa de segundos.
         ¡Puro y bello gozo del instante!
         ¡Un soplo de arte, quién diría!
         (La tranquilidad engrandece la vida. Pregúntenles a los estoicos).
         Luego, una fiera me agarró el pecho y me solté como pude, como un bruto dios de la época clásica.
         ¡Tenía que acudir! 
         ¡Era un hombre!
         ¡Mi escalpelo ético! ¿Dónde estaba? ¡¿Dónde?!
(Silencio)
         El cuerpo, lleno de borra como un jergón antiguo, continuaba inmóvil sobre la brillosa superficie cuadriculada de adoquines. La imagen fracasada miraba hacia arriba. Quería, necesitaba aparecer de nuevo sobre un mundo de ilusión y pertinencia. El muerto intentaba retener su pasado como una mancha que no se apura. Quedó el hombre con los ojos abiertos. Charcos ciegos en la carne blanca, negra, azul, verde hombre desprendido de la materia. ¿Dónde, su mirada? ¿Dónde, voluntad caprichosa?
         ¡La arena del desierto es así!
         ¡El horizonte engaña, no le crean!
         El primer muchacho se mostró dubitativo. Le temblaba la infantil audacia. Pero el otro, más resuelto, comenzó a palpar el rostro del infortunado. Le revolvió el pelo, hundió sobre el pecho sus dedos abiertos. Pasaron unos segundos, pero se nos antojó un tiempo petrificado en la significación ajustada del término.
         Todos quedamos como estatuas de sal, quietos.   
         La noche encubrió las escondidas atriciones. Las farolas proyectaban el desfallecimiento en los rincones de mi alma. Sólo distinguía unas mesas cuadradas y pequeñas, paredes que corrían hacia el suelo, algunos rostros desencajados, móviles en las bocas, dedos que pulsaban los números secretos de la ayuda, apariencias y temores, miradas al socaire, vergüenzas disfrazadas y encogidas.
          Sin embargo, en el aire podía oírse un sollozo de luto, un fino hilo de agonía: Era la comuna, que lloraba. 
          (Me envolvió el silencio del año 12. Arrojaron mi cuerpo. Caí al vacío. Cuatro mil quinientos metros. El aeroplano era blanco y viejo. Jadeaba su motor rancio. Después, ¡nada! El viento me dobló el cuerpo, como un arco de flecha. Redondez y hermosura en mis sentidos. El horizonte dio la vuelta, enceguecido por su propia belleza.
Luego, yo. Yo solo. En calma. Como si estuviese disuelto. Cerré los dedos formando un puño. Quería retener el instante. Pero la fuerza del viento me abría la mano, ¡yo no podía, viejitos míos!
Me conocéis, sí. Un disparate de hombre. Siempre quise subir al pico, tocar el cielo, sentirlo todo. Trepar tan alto como mis oraciones.
¡Os buscaba, dentro y fuera! Sin embargo, jamás conseguí veros. Tardé siete minutos en bajar a la tierra. Sólo cuatrocientos veinte segundos. ¡Tan poquita cosa! Pronto pasó el tiempo. Envejecí. Continué orando por vosotros. Todavía suelo hacerlo. Con la paz de los años y el avance, ese rayo que no cesa y no descansa nunca.
¡Que le pregunten a mi pecho!)
         Me acerqué.
         El cuerpo del hombre comenzó a convulsionar. Movió sus brazos de alambre y estaca. La energía se le iba y su espalda penetró en un abismo de temblor.
         ¡Espanto sobre las piedras!
         Dije algo así: «Epilepsia.»
Quise creer a mi manera de niño. Un poco más, una hora, tal vez un día, semanas… Luego quedó inmóvil, como antes. Deseaba un milagro, pero alguien empujó su espalda para colocarlo de lado. Fue la sangre un charco bajo su cabeza rota. No sé por qué recordé El expolio de Cristo, con esa intensidad imantada. El rojo inflamado creaba un dibujo informe, con el capricho de la vida que huye.
          Al poco, el joven atrevido colocó el cuerpo sobre el suelo, suavemente. Y se marchó cabizbajo.
          Sentí llegar el vómito. Sin embargo, no puedo hacerlo. Realmente me está prohibido por la inercia de la física. (Así se extienden la ansiedad y la zozobra). Con la mano libre tapé mi boca. Quería, necesitaba disimular mi cobardía.
         Toribio y yo nos alejamos en silencio, callados. Quedó un grupo alrededor del cadáver. Recé andando. 

Joven sosteniendo un medallón (Detalle). Sandro Boticelli (Florencia 1445-Ibid 1510)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 142. Ser generosa. María Gabriela López Suárez

Ser generosa

Por Maria Gabriela López Suárez

Mientras observaba que el atardecer se había ocultado, Regina se sentó en la parada de los colectivos a esperar la ruta 125 que la llevaría cerca de su casa. Había salido de su cita con la dentista. Se alegró que alcanzó a llegar a tiempo. Al fin tenía resuelto el problema de una de sus muelas. 
Cuando el transporte llegó se subió, era la primera pasajera, en menos de 2 minutos se subió una señora, se le hizo conocida. Era doña Trini, la señora que anteriormente hacía la limpieza en la oficina donde trabajaba Regina. Doña Trini la identificó de inmediato y la saludó. 

—Licenciada, ¿cómo está? ¡Hasta cuando la vuelvo a ver!

—Doña Trini buenas tardes, casi noches, qué gusto saludarla. ¿Cómo le ha ido?

—Ahí vamos, trabajando, no queda de otra.

Regina observó que la señora llevaba una canasta grande, no alcanzó a distinguir qué llevaba porque una manta tapaba el contenido.

—¿En dónde trabaja ahora doña Trini? En la oficina la extrañamos.

Doña Trini esbozó una sonrisa, un tanto tímida, mientras destapaba su canasta. En ese momento, el conductor del colectivo subió, prendió el carro y comenzó el recorrido. 

—Ahora estoy vendiendo pan —respondió doña Trini. Y justo sacó una bolsa con panes que entregó a Regina. 

—¡Ah qué bien! —dijo Regina y  tomó la bolsa. ¡Qué bien huele! Debe saber rico. ¿Cuánto le debo doña Trini?

Nuevamente el gesto de timidez se reflejó en el rostro de la señora,

—No es nada, es para que lo pruebe, a ver si le gusta.  
   
—Muchas gracias, pero dígame cuánto cuesta la bolsita, es su trabajo, sino no hay ganancia. 

Después de la insistencia de Regina, doña Trini le pasó otra bolsa con panes y le dijo que le pagara una nada más, la otra era de cortesía.
Regina agradeció el gesto de la señora, quien no demoró en bajar.

—Bajo en la parada, por favor. Cuídese mucho licenciada, yo me quedó por acá. Es la hora de vender el pan afuera de la escuela. Ya vi que me están esperando las clientas.

—Muchas gracias doña Trini,  igualmente. Que le vaya muy bien y gracias de nuevo por el pan. Baje usted y yo le paso la canasta.

Mientras el transporte se alejaba Regina alcanzó a ver cómo se acercaban las señoras a doña Trini, se alegró que tuviera esa fuente de trabajo. Y se quedó pensando en el regalo que le había obsequiado esa tarde la señora, el ser generosa. Recordó que su abuelita materna solía decir, a veces las personas más humildes son las que suelen ser más generosas, comparten lo que tienen, lo hacen con todo su corazón y eso se valora mucho. Sin duda alguna, doña Trini era una de esas personas generosas. Regina sonrió y se sintió afortunada de coincidir con ella en su caminar.

Photo by Guillaume Hankenne on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 30. En la frontera de sí mismo. Roger Octavio Gómez

En la frontera de sí mismo
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

¿De quién es este lenguaje

por donde me deslizo

para no llegar a ningún

sitio?

Óscar Oliva, en «Hesitación»
¿Cómo se suicida un poeta o un escritor? Y cuando emito esta pregunta no me refiero a la persona sino al desdoblamiento que existe en seres cotidianos, dentro de sí, un ente poético que busca emitir, con palabras, una expresión artística.
        En Nostalgia, de Mircea Cârârescu, Piedad Bonnet, prologuista del volumen, lo cita: “Cuando escribí el último poema de Res decidí suicidarme como poeta para comenzar otra vida dentro de la literatura…” (Editorial Impedimenta, 2020: 8). A eso me refiero. Mircea, sin embargo, dice que no pudo suicidar al poeta que hay en él, sólo consiguió suicidar su poesía, y siendo poeta comenzó a escribir relatos.

Cuando estudiaba un máster en Creatividad Literaria en la U. de Salamanca, el profesor Arturo Guichard dijo en más de una ocasión, lo parafraseo: que ante un sentimiento vivo no se puede escribir de inmediato sino hasta que la experiencia ha comenzado a ser parte de un recuerdo, esto es, no puedes escribir, o no debes hacerlo, sobre una emoción que aún está a flor de piel. Es quizá por esto que he tardado en intentar escribir sobre lo que representó para mi presenciar el montaje de mi obra teatral Acrofobia, en aquel 3 septiembre de 2022, en la pequeña Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.
	Tantas las emociones y tan perdurables que aún hoy, a semanas del evento, no puedo decir que esté capacitado emocionalmente para escribir este texto. No sé cuándo podré estarlo. 
	Acrofobia la concebí para tratar el tema del suicidio literario, como el que alude Mircea Cârârescu, pero también para tratar de explicar cómo percibo que un escritor puede ser salvado cuando se entera que sus palabras pueden tocar a otros. 
        Las palabras, por otro lado, en el teatro se convierten en una plataforma para permitir una trasliteración, esto es, sustituir unos signos por otros. El arte de la actuación que hace renacer nuevos sentidos, comenzar otra vida, a partir de un guion. Ofrecer a mujeres y hombres que buscan en los canales del arte una tabla que les alegre, como espectadores, un instante que a su vez pueda ser recordado. Huellas virtuosas de memoria. Una cadena que ansiamos, ante nuestra finitud, que sea infinita.
	Qué bello es contemplar a los actores desdoblar sus personalidades para poseer y dar vida a los personajes de una obra, qué bello cuando dan cada fibra de sí para posarse en la orilla de esos precipicios que se llaman escenarios. Cuando las luces iluminan los rostros maquillados, los cuerpos vestidos para la ocasión. La música y los paisajes sonoros, las voces vibrantes. Qué hermoso cuando cada elemento resuena en un recinto que se convierte, por instantes también, en un espacio teatral.

Hay tanta soledad al momento de escribir, tanta como la que ha de sentir el actor que se posa en la frontera de sí mismo para ser el trasmisor de la ficción a una realidad que cobra vida en el espectador. Hay tanta luz en el texto que es leído, en la obra que es recreada, en la pintura que cobra sentido, en el poema que muestra algo más que palabras. 
	Me temo que cada escritor muere al lanzarse al vacío de la hoja en blanco y no sabe con certeza si podrá volver a tener la oportunidad de comenzar otra vida literaria al confrontar de nuevo la necesidad de intentar escribir ese texto único que, paradojas de la razón, se alimenta de cada palabra ya dicha por otros. Imagino que una troupe renace en cada representación. Se lanzan también a esos vacíos en los que buscan con ansias recrear nuevas realidades. ¡Ah!, vale mucho la pena. Si pudiera lograr describir sobre cuánta vida sentí al verlos convertir un espacio oscuro en un universo luminiscente, pero no puedo…

Es cierto, no estoy capacitado aún. Qué torpes resultan mis palabras. Si yo sólo quería decir: gracias, y con este nudo en las manos he balbuceado tanto que al final me temo que he dicho, nada. Mientras logro superarlo, que flote hacia ustedes esta emoción que no me deja ni siquiera agradecer…

+++

Dedicado a Telar Teatro y su Marabunta Colectivo Escénico. A Héctor Cortés Mandujano, actor, director y siempre mi maestro; a Alfredo Espinoza, gran actor y amigo; Dalí Saldaña, por la luz en el preciso momento; Daniel Dávila, que supo dar voz a esa canción que aún tarareo; Jazmín Zea, qué sería del actor sin su vestuario. Daniel Dávila y Ulises Peimberth, ingeniosos escenógrafos y paisajistas sonoros. Juan Ángel Esteban Cruz, cuánto talento depositado en el cartel y en los programas de mano. Rudy Laddaga, tan generoso no sólo en lo material sino en sus palabras. Carlos Ariosto, qué sería del teatro libre sin soñadores como él. A mis amigas y amigos, tan entrañables. A ese público que con su aplauso dio sentido a un texto que, ante el vacío, voló.
Fotografía: AE

Polvo del camino. 141. Los muchos nombres del jaguar. Héctor Cortés Mandujano

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Los muchos nombres del jaguar 

Héctor Cortés Mandujano

Tigre lo llaman, comúnmente.
         Es un animal nocturno y crepuscular.
         Panthera onca es su nombre científico. 
         Los Panthera son los más corpulentos de la familia Felidae, tienen pupilas redondas y no pueden maullar, pero sí rugir, debido a que el hueso hioides (ubicado en la parte anterior del cuello)  lo tienen parcialmente osificado.
          Dicen que antes eran tantos que entraban en las casas a buscar comida.
          Bahlum lo llaman en chol.
         Está situado entre los cinco felinos silvestres más grandes del mundo y es el mayor de todo el continente americano.
          La palabra jaguar proviene de la lengua tupí-guaraní, que se extendía desde el Amazonas hasta lo que es hoy el Paraguay.
          El término original es yaguará, que significa “bestia salvaje que mata a su presa de una mordida”.
          Es excelente nadador.
          Balam se dice en idioma maya.
          Es apasionado. Puede tener 38 cópulas al día, de un promedio de 115 montas o intentos de cópulas diarias.
          Bolom lo nombran en tsotsil.
          A pesar de la omnipresencia del felino en la vida de las comunidades lacandonas, ninguno de los niños lacandones ha visto jamás uno.


[Los datos corresponden al libro Balam. El jaguar a través de los tiempos y los espacios del mundo maya, de María del Carmen Valverde Valdés, UNAM, 2004.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Absenta 34. Fantasma. Erik García Briones

Fantasma
 
EGB
¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetir una y otra vez, un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo, un sentimiento, tiempo congelado como una fotografía ya borrosa, como un insecto atrapado en ámbar, como un hombre atrapado en la rutina, en el tedio, progresivo, lento y constante a la locura.   

Sísifo lo sabía bien al igual que los dioses, no hay para el hombre listo mayor castigo que la constate repetición por toda la eternidad de la acción, el tedio es peor que la muerte. 

Dante en su religiosidad también lo supo, sino porque otra razón el Demonio, señor de los infiernos, seria retratado como un ser congelado como castigo de su soberbia ante su creador, consciente y congelado a vivir un instante terrible mas allá del tiempo y la reflexión.

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Nota rimada. 3. La política es diatriba. Maclovio Fernández

La política es diatriba
Por Maclovio Fernández

La política es diatriba

La política es diatriba
y en eso el asunto estriba.

Una mujer de Tabasco
ha exhibido sin temor
diciendo que ha sido un asco
lo que hizo su antecesor.
Así le ha cerrado el cerco
para sacarlo del juego
y aunque Alito fue muy terco
fue tatemado en el fuego.


Meditando

Según  dice un viejo cuento,
la mujer medita arriba
y el hombre va a la deriva
pues tiene abajo el talento.

Si la mujer es de sesos,
los hombres no compaginan,
pues tienen, ya se imaginan,
las neuronas en los… esos.

No es ningún descubrimiento:
la sinapsis no es posible
si se queman los fusibles
por sobrecalentamiento.


Maclovio Fernández

Fotografía: Pexel