Cajón de rubores. 27. Crónicas 3. Antonio Florido

Crónicas (3)
La detención
Por Antonio Florido

Ya, Mario, oí pasos ahí afuera, me acerqué a la ventana, corrí la cortina hacia un lado y dejé solamente una fila de cielo abierto. Era al atardecer. El drama sucedió muy antes en mi pecho, y busqué a mi niña, que de pronto me acordé de ella, allá en el campo, junto a las emparradas, jugando con la inocencia de sus cinco años. En la penumbra de la habitación percibí unas sombras anchas y como desleídas, aunque supuse que todavía yacería sobre mi cama, agotada mujer sumida en el sueño, espejismos raros en una noche larga. Ocultaban esas obscuridades las siluetas ametralladas de unos milicos muy jóvenes. Los niños armados se escondían detrás de los troncos, pero yo veía a los muy sencillos porque enseñaban los brazos por detrás de las cortezas. Sin embargo, imaginé que se trataba de algo imposible. 
          Eso nunca podría ocurrir.
          ¡De seguro, poh!
          Atrás había quedado la aterciopelada manta rojiza de otro atardecer huidizo. En la ciudad compramos lo necesario. Luego sonaron voces y observamos a muchos hombres y mujeres que corrían desbocados y con los zapatos recosidos. Me acordé de ti, Lily.
         (Los desórdenes del miedo)
         Patricia me miró con los ojos desorbitados y la boca torcida. Llegamos sedientas al camino de barro, ante la casa. La negrura prendió delante de nosotras. Noté un silencio infrecuente y me dije que algo malo estaba sucediendo.
         (Mi niña…)
          Patricia también pensó en su pequeño. Le dije que se fuera por detrás y que yo me encargaría de la puerta delantera. Obedeció sin decir esta boca es mía y me fui acercando entre los troncos sombrados de unos árboles dormidos. Alguien encendió una luz en el interior de la pieza. Luego ese mismo alguien la apagó y se apartó de la ventana, tal vez sospechando mi mirada. No recuerdo haber sentido miedo. Sólo unos dedos escarbando y un hormigueo por el recuerdo de mi Lily.
          La puerta se abrió. Una noche acribillada, de lado y muy alta, escupió toda su rabia sobre mi cara. De lejos llegó, amenorado en la distancia, el traquido de las vías que habían saltado por los aires. Sospeché que habrían sido de los nuestros, y me alegré. La noche sin luna ni rostro me anunció que estaba detenida. Quiso intimidar a la Sonia apretando con el cañón de su arma sobre mi hombro. Pero la mujer le sostuvo los ojos, la mirada ciega, el arrojo compacto. Después me soltó un culatazo sobre los pechos. Tuve que arrodillarme, aunque el dolor y la sorpresa huyeron pronto. Me notaba rabiosa, como aquella mañana debajo de la mesa con la maestra agarrándome de la ropa; ¡que eso no se hace!, gritaba. No pudieron conmigo. Las trenzas se le fueron aflojando a la niña rubita del hacendado, allá en lo del fundo, y leí en su rostro la impotencia de quien no tiene a su padre para aferrarse. 
          El represor era un delincuente de rostro mortecino. No buscaba nada concreto sino esa difusa silueta con la que a veces nos engañan: La libertad. Nadie se llevó nada de la pieza. La alta noche vociferó y salieron doce milicos. Permanecían ocultos detrás de los árboles de la casa. Pero no conseguí perfilar sus rostros por las luces sobre mis ojos que estallaban como si fueran estrellas muy cercanas.
           Uno de ellos sacó a mi Lily. Mi niña lloraba y braceaba para soltarse. Era demasiado pequeña. Miraba a su madre, la culata en el pecho, la barbilla alta y erguida, orgullosa de ser como era, madre, guerrillera, curicana, hembra del pueblo. Sin embargo, mi pequeña seguía llorando sin comprender y pidiendo que no me hicieran daño, que no me mataran.
           Sujetaba su perrito de peluche con dos manitas de trapo.  Lo habían rajado para buscar el delito de una niña que aún no lograba percibir en qué consiste la maldad de los hombres. Las orejitas y el rabo dejaron caer sus espumas al suelo, los ojos arrancados; el cuerpo, tierno e inocente, aparecía abrochado por las manos traposas de mi Lily, queriendo revivir a su perrito. No maten a mi mamá, repetía con un puchero colgando de los labios. 
           Volví al pasado y me acordé de cuando observaba por el filo abierto de la ventana. A lo lejos se divisaba la cordillera quebrada y albina. Las primeras luces fueron punteando el cielo por el filo de la nieve. Iluminaban las esperanzas de los compañeros que hablaban y discutían, allá en lo del chaco, tomando mate, fumando y tosiendo. 
           Recuerdo que hablé con mi mamita muerta.
          ―Mamá del alma, ¿y padre?
          ―Estará por llegar ―mentía.
         Nunca pude rodear el cuello de mi taito durante el día.  Trabajaba hasta que la mula se le cansaba. Luego echaba a su lado un puñado de yerba con un rejunte de pienso seco; el animal comía amargamente, cerraba los ojos, se le escapaba el tiempo por las narices grandes. Era el momento de volver a casa. Pero tan de noche yo dormía en una nube de ilusión. Así pasaron los primeros años. Hija sin padre, le amé por los decires de mi propia madre, que me aseguraba que lo hacía por nosotras, también por las manías del señorito que lo único que ansiaba era muchos montones de plata. 
          ―¡Manos arriba! ―Me soltó el muy galloso.
         ―Te conozco, bravo de mierda. Estuvimos en la misma clase.  Acaso se te fue la memoria. Y ahora me vienes con estas…
          La noche alargada bajó los ojos en un disimulo, parecía beber la querencia por apretar el gatillo, pero yo sabía que no era macho para tanto.
           Acercaron una camioneta. Patricia dejó al niño en los brazos de una sombra y subió a duras penas. Quedaron los dos sentados en uno de los laterales. Después me clavaron un fusil en la espalda. Me arrimaron a la cubierta. Tuve que subir con el alma destrabada, me desollé las rodillas y las manos se me congelaron. Me importaba un quejo que me llevaran presa, pero no soportaría que me alejaran de mi hija. Lily permaneció abrazada a lo que quedaba de su perrito. Me miraba. Me senté al otro lado. Patricia lloró en silencio, había sospechado lo que se nos venía. Les grité que malditos eran los putos milicos de mierda. Intenté bajar del vehículo, pero algunos gatillos sonaron en el seno de la noche. La Sonia se retuvo. Me habían robado el ansia. No quería dejar a mi niña sola en el mundo.
           La camioneta arrancó bruscamente. Roncó el motor, chillaron las latas podridas. La noche ametrallada del represor esbozó una sonrisa de venganza porque aquella mañana le dije que jugábamos todos en el patio o no jugaba nadie, así de claro. Los chiquillos entendieron el gesto y también arrugaron sus dedos sobre los fusiles. Me apuntaban. Comenzó entonces una pérdida de la memoria, saltando de vez en cuando por los baches salpicados de barro. Entendí que todo lo que veía a mi alrededor eran símbolos: la noche con sus árboles dormidos, las miradas tétricas de Patricia, los párpados cerrados de su hijo, los muchachos que no entendían de tanto odio, la misma sombra que se hubo sentado delante, al lado del conductor, la suave brisa de las pestañas alteradas de mi pequeña. El camino avanzó en una concordancia inopinada. Todas las Sonias comenzaron a dormir.
          ¿Qué haría una niña en una noche sin ventanas? ¿Qué, una madre yerma?
           ¿Tardaría mucho en perderse?
           ¿Tardaría mucho en morirme?
           Así comenzó el dolor en el pecho. Un sordo rumor que arañaba y comía las entrañas de una madre que todo lo perdió. La soledad de un sonido enrevesado por un camino que yo conocía de memoria.
           Patricia insistía en que no me preocupara. Lily es lista como el hambre, me decía. Además, está su tía tan cerca que irá a por ella; las cosas se corren por los aires, todo el mundo ha escuchado tus gritos, Sonita. 
           Conocí la bajeza del mundo en varias ocasiones. En todas ellas logré sobreponerme. Elevé mi yo aplastado sobre el piélago de plástico, con sabor a podredumbre y al humor de la perversidad. Pero no sé si habría podido soportar el dolor de esa madre, porque nunca pude serlo. Sólo un vapor lechoso sobre las montañas, y una creencia en el poder de la madre tierra, en el caos domeñado, también en el poder de la palabra. 
           Sonia se acurrucó sobre el asiento bollado de chapa. Su cuerpo saltaba con el vaivén de la camioneta y pensaba incesantemente en su Lily. Ya dejó de ser la Sonia que siempre hube conocido. La noté derrotada por un momento. Le acaricié en el hombro y pasé mis dedos por ella. La mujer esbozó una triste sonrisa.
            Observé la materia, la fastuosidad de las cosas que son. La imaginación por el interior del elemento. Allí estaba el curso del Mataquito con sus riberas verdes y olorosas, el camino hacia la cordillera chiquita, el viento de la mar que volaba hacia las gaviotas del Pacífico, las escapadas en la tierra por un si acaso; todo estaba en su sitio, hasta los muertos en las calles de Santiago y en las cunetas, las familias arrastradas y buscando sin cesar los cuerpos torcidos bajo una tierra fría; olían esos pobres desgraciados el aroma de los huesos y las carnes secas de sus padres, abuelos e hijos, también pude percibir una sombra triste: Era el Presidente que pensaba moviendo las quijadas, sentado en el sillón de terciopelo y oro, con los ojos clavados en el hueco por donde penetraban los clamores del pueblo, de su pueblo, la soledad de un hombre que lo quiso todo y todo lo perdió, o se lo arrebataron, que  nunca sabe uno de qué van las cosas de los altos cargos ni los misterios de la vida que te pone donde le da la gana, en un espacio y tiempo fijo, pura locura definitiva. 

Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Trabajo en alturas. 31. El escándalo de mañana. Roger Octavio Gómez

El escándalo de mañana (1)
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Nunca mis ojos vieron a Kipling y es uno de mis recuerdos

más personales. Millones de hombres , de niños y de mujeres

podrán decir lo mismo…

Jorge Luis Borges en «Borges opina sobre Kipling»
Permíteme, estimado lector, dos preguntas: 1. ¿Puede una obra literaria ser tan buena que pueda superar las ideologías de su época para volverse universales en el futuro? 
          El libro de la selva, de Joseph Rudyard Kipling, por ejemplo, es claramente una historia occidental que representa la visión de un hombre superior que puede apropiarse de lo que en un principio le es adverso, bárbaro. 
         Hay que aclarar que, contrario a la idea que las versiones cinematográficas nos han legado, este libro es una serie de 13 cuentos muy bien zurcidos más el prólogo del autor. Y, que más que una historia de animales, como en las fábulas, hay en El libro de la selva un estudio sobre los conflictos, la guerra y una parodia de lo humano. 
           Los primeros cuentos de la obra, que versan sobre Mowgli, dejan la sensación de estar ante una novela donde vemos que tal personaje bien puede ser la representación idealizada del colono, o más bien, del criollo inglés, cuya dicotomía se representa en el libro por un personaje que, a pesar de estar arraigado a la selva, no puede ser aceptado totalmente por ella en su calidad de Hombre, y que es rechazado por “los hombres” en su calidad de “selvático”. Esta misma calidad de Hombre, sin embargo, lo hace parecer estar en un nivel más alto que el de las especies de la selva al punto que lo llegan a reconocer como señor y amo de los seres que la habitan. 
          Hay que aclarar también que el libro citado no habla sólo sobre Mowgli y sus peripecias.

En el cuento “Rikkit-tikki-tavi”, Kipling nos da un pequeño héroe que, al ser una mangosta, no conoce el miedo ya que su curiosidad es más grande. Una familia inglesa adopta al pequeño animal quien se enfrentará contra Nag y Nagaina, una pareja de cobras, salvando, desinteresadamente, la vida de la familia humana. 

Kipling crea un mundo en el que es posible que un hombre aprenda el lenguaje de los animales, pero marca como superstición y falsedad los mitos de personajes o grupos que parezcan ajenos a lo inglés. En un pasaje de la “La foca blanca”, los cazadores de focas piensan que la foca albina, Kotick, es la reencarnación de un miembro fallecido de la tribu; el autor deja claro que eso no es posible. La historia, sin que por esto pierda verosimilitud, se la contó un ave al narrador. En este cuento, Kotick salva a su “país” de la cruel cacería humana guiándolos hacia playas donde el hombre no pueda llegar. 

En el cuento “Quinquern”, el héroe humano salva a su pueblo al encontrar focas para cazar. Aquí, el narrador va desnudando la fantasía, desenmascara los mitos indígenas que cargan los protagonistas. Para los personajes cada suceso tiene que ver con leyendas, espíritus, seres mitológicos; para el narrador, cada cosa recibe una explicación. Nos mantiene en ese vaivén. El lector puede llegar a pensar que la mitología triunfará en la historia, que al fin el Quinquern se revelará, Kipling da una solución real. El brujo de la tribu, sin embargo, da una versión sobrenatural a los sucesos, pero el narrador occidental lo ha puesto contra nosotros y lo hace quedar como un mentiroso parecido al villano Bracman de “¡Al tigre! ¡Al tigre!”. 

En “Los sirvientes de su majestad”, un inglés que aprendió el lenguaje de los animales –lo que nos recuerda la “La fábula del asno, el buey y el labrador” de Las mil y una noches– narra una conversación entre animales de carga, donde los caballos representan a los soldados disciplinados pero intrépidos; los mulos, quizá de más bajo rango, como artilleros, y los camellos, la milicia salvaje; además hay bueyes y elefantes. Cada quien explica su especialidad en batalla, como una alegoría de los diferentes cuerpos de un ejército. En un momento de la narración se preguntan por qué pelean: “Órdenes”, responde Billy, el mulo. Kipling, al final, pone una moraleja expresa, que parece ir dirigidas a las naciones “salvajes” o “no-blancas”, tiene que ver con la obediencia, claro, desde una perspectiva occidental. 

Hay que tomar en cuenta que El Libro de la selva se publicó en 1895, y hoy es fácil sacarlo de contexto. Los narradores de Kipling, como recalqué en este pequeño ensayo, son muy europeos, occidentales, y su visión es las de un inglés que ve al mundo desde una óptica particular. 
          En el poema de Kipling titulado "If", podemos ver aquella imagen de un hombre Nietschezeniano que se rige por una ley suprema, pero apegada a la vida, como aquella de la selva que Baloo intenta trasmitir, que puede, si se lo propone, ser dueño de sí y de lo que lo rodea. Aunque Mowgli no es blanco, sí es un ser extraño, diferente, superior. 
        Hoy parece molesto que Kipling meta en sus textos, cada que puede, comentarios acerca de la superioridad blanca, también deja ver en Mowgli el alter ego de su “superhombre” y una visión del hombre superior que domaba a las naciones “incivilizadas”. 
En el famoso poema “La carga del hombre blanco” (que no pertenece al citado libro pero que fácilmente puede ser consultado en diversas fuentes), Kipling es explícito acerca de la “responsabilidad” que tiene occidente:

“…para servir, con equipo de combate,
a naciones tumultuosas y salvajes;
vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,
mitad demonios y mitad niños…”

Su obra se situó en una época de conflicos bélicos y expansiones armadas, cuando la India era colonia y el mundo estaba convencido de que era necesario occidentalizar a las culturas “inferiores”; sin embargo, el problema que señalamos radica en que eso no molestaba a los lectores de aquella época, pero parece quedarnos a deber a lo que lo leemos ahora. Afortunadamente, la literatura de Kipling es tan superior que, sí, que ha superado las ideologías de su época para fluir hacia lo universal. 
	
Va mi segunda pregunta: ¿Qué tan claros de mente estamos hoy, también una época de conflictos bélicos y expansiones armadas, para que nuestras ideologías presentes no nos escandalicen mañana?

***

Te comparto bibliografía que te invito a consultar:

Kipling, Joseph Rudyard. ( ) El libro de la selva. (…)

Kipling, Joseph Rudyard. ( ) Puck, el de la colina de Pook. 

Kipling, Joseph Rudyard. (10-nov-2010) “El jardinero”. En Biblioteca Digital Ciudad Seva. Consultado el 30 de noviembre de 2012. Disponible en: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/kipling/jardine.htm

Kipling, Joseph Rudyard (1985), Borges, Jorge Luis (Recopilador) La casa de los deseos. Siruela. Disponible en: http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/libro/10387

Kipling, Joseph Rudyard ( ) Kim. 

Barnes, Julián (2006) Kipling en Francia: viajes sentimentales. En Revista el Malpensante, No. 72, agosto-septiembre. Alberto, Román (Trad). Colombia: Ed. El Malpensante. Disponible en:
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=465&pag=2&size=n

Borges, Jorge Luis (2011) “Borges opina sobre Kipling” en Textos recobrados (1931-1955): 1931-1955. (En Diario Crítica, Buenos Aires, Año XXIII, N° 7822, sábado 18 de enero de 1936.) De Bolsillo. 

Photo by Jadson Thomas on Pexels.com

Nota rimada. 5. Libre de plagio. Maclovio Fernández

Libre de plagio
Por Maclovio Fernández



El que esté libre de plagio,
que arroje la primera cita

A propósito de la larguísima
lista de tramposos que, a descuido
de memoria, se les olvidó la historia
como testigo fehaciente de que esa
es una pendiente que viene desde el 
código de Hammurabi que ha sido
plagiado desde la época de los 
griegos hasta nuestros días.


Imitación, copia o plagio

La idea original fue mía…
si otros lo escribieron antes,
eso… yo no lo sabía.

Se ha puesto feo el asunto
convirtiéndose en enredo
la copia con coma y punto
en cantidad que da miedo.

“No es por falta de talento”
dicen los de copia y pega,
“es original mi intento,
pues pensar es una friega”.

Según declara el adagio
si al redactar hay errata
y de hacerlo bien se trata…
hay que recurrir al plagio.


Maclovio Fernández

Foto: Anugrah Lohiya

Voces ensortijadas 143. ¿Y las empanaditas de manjar? María Gabriela López Suárez

¿Y las empanaditas de manjar?

Por Maria Gabriela López Suárez

Ruth se levantó temprano ese sábado para avanzar en acomodar la nueva mercancía que le había llegado. Tenía una tienda de abarrotes, era de las más antiguas en la colonia. Esa mañana compró unas empanaditas de manjar a su vecina doña Chole, quien las preparaba, le quedaban muy ricas y solo las vendía los fines de semana. Eran tan famosas y de buen sabor que se le acababan pronto, había que hacer pedido previamente. Ruth puso las empanaditas sobre un plato y las dejó en un lugar poco visible.

Después de desayunar empezó la tarea de guardar la variedad de dulces en los frascos de vidrio que tenía. Le gustaba cuando su clientela le decía que muy pocas tiendas conservaban ese toque en el barrio. En eso estaba cuando entró Natalia, su sobrina de 9 años. 

—Buenos días tía Ruth —dijo en un tono muy apagado.

—Buenos días Nati, ¿y ahora qué mosco te picó? ¿Por qué tan triste?

Natalia, quien solía visitarla con frecuencia, le externó su preocupación porque en la escuela le habían dejado hacer unos guiñoles y no sabía cómo los haría. Se había enojado con su papá, quien le dijo que ni él ni su mamá le ayudarían a hacer la tarea. Así que recurrió a la tía Ruth.  
Estaba segura que ella la apoyaría.

—Así que de eso se trata, no te angusties Nati, te voy a dar algunas ideas. Los podrás hacer tú, sin gastar nada. Buscaré retazos de tela, hilazas, estambres, agujas y plumones. Mientras ayúdame a acomodar los dulces en estos frascos.

El rostro de Natalia se iluminó.

—¿De veras tía Ruth? Muchas gracias, ahorita te ayudo con los dulces.

Natalia inició la encomienda. Cuando la tía Ruth regresó la niña ya había terminado la actividad. Su tía le elogió la rapidez y le obsequió una bolsita con algunos dulces. Luego le preguntó si ya tenía pensadas las figuras de qué haría los guiñoles, ése era el primer paso. Buscó un trozo de papel e hizo el bosquejo de un gato. La ayudaría a hacer un guiñol, de esta manera le fue indicando el proceso a seguir. El resultado fue un bonito gato multicolor hecho con retazos de tela, a Natalia le gustó mucho.

—¡Tía Ruth muchas gracias! ¡Te quedó bien bonito! —le dijo al tiempo que la abrazó.

—De nada Nati, ya viste que no tenías por qué desesperarte. Ahora llévate los materiales para que avances en tu casa, ya me mostrarás cómo te quedan. Con cuidado al cruzar la calle.

Justo cuando Natalia se había ido, Ruth recordó que tenía empanaditas de manjar y no le había compartido a su sobrina. Fue a buscarlas. ¿Y las empanaditas de manjar? No las hallaba, cuando encontró el plato solo había una, acompañada de un trocito de papel con un mensaje de Natalia: Tía Ruth, me acordé que sueles decir las penas con pan son menos, te quiero. 

Photo by NEOSiAM 2021 on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 143. Un instante en la vida de Raúl Ortega. Héctor Cortés Mandujano

Un instante en la vidad de Raúl Ortega

Héctor Cortés Mandujano

Si llegase a decirle a ese instante «¡detente, eres tan bello!»

podrás entonces cargarme de cadenas

Goethe, en Fausto

La pretensión del arte –consciente o surreal, no importa– es eternizar un instante, detener el tiempo. Si así no fuera, ¿para qué conservar Las señoritas de Avignon, y me refiero a Picasso no a los museos que lo siguen usufructuando; qué sentido tendría Pedro Páramo si no fuera un libro publicado y constituido como uno de los pilares de nuestra literatura; por qué no dejar enlatada, sin estrenar, El ciudadano Kane?
	[Hay construcciones fugaces para la memoria: la danza, la puesta en escena teatral que no se fija en una grabación; que sucede, desaparece y se vuelve recuerdo, a veces, de la gente que vio y que la puede confundir con un sueño. Pero ahí están, muertos y sin embargo vivos, Isidora Duncan y David Garrick, ejemplos conspicuos e incombustibles de esas artes.]
	La obra artística nace como un ser extravagante que quizás viva eternamente o tenga renacimientos, vidas sucesivas. Tal vez fue un fracaso en su irrupción en la realidad, como Moby Dick, y nuevas mentes, nuevas lecturas, años más tarde, la hagan vivir de nuevo ya no como derrota, sino como éxito de la condición humana, en otro instante. La obra, pues, está en el tiempo y el tiempo pudre las hojas, mata a la gente, y a la misma vez reinventa y revive el mundo. La obra, proteica en sí misma, como las mágicas nubes, parecía una cosa y ahora es otra; mañana tal vez vuelva a mutar… 
	Nada mejor para este ejemplo que la fotografía. El fotógrafo ve algo que está pasando, que se está moviendo, y con un solo movimiento de su dedo un fragmento de esa realidad en movimiento queda en pausa y se vuelve otra cosa. El mundo sigue. La fotografía en cambio ha detenido el tiempo, la ha vuelto un instante eterno: dos jóvenes que huyen de un tremendo aguacero en La Habana, el grafiti de una cara monstruosa en una pared escarapelada de Barcelona, un árbol deshojado ante la casi oscuridad del atardecer… 

Y estamos aquí para celebrar a uno de esos magos, de esos artistas, que ha mostrado a tantos ojos muchísimas fotografías magistrales: Raúl Ortega. 
        Raúl ha tenido muchos reconocimientos y premios por su trabajo constante; ha realizado exposiciones varias, y dado pláticas, talleres y conferencias en disímbolos espacios y lugares. Su obra es extensa, riquísima, diversa y, en muchos casos, perfecta. 
         Es una suerte que viva en Chiapas y que haya documentado, también, varias de sus fiestas y sus luchas; es una fortuna personal que sea mi amigo y mi compadre; y ha sido y es una gran idea de nuestro amigo Julio César López bautizar con su nombre una parte de este espacio libérrimo donde se puede comer, tomar, jugar y ver tanta buena fotografía colgada de sus paredes.
	Raúl Ortega, decíamos, ha detenido muchos instantes de la vida y las ha vuelto imágenes inmarcesibles. Hoy la vida hace una pausa para que sea su nombre el de este espacio de exposiciones en “La Resistencia”. Quiero mucho a Raúl y deseo de todo corazón que este instante se detenga desde ahora, en su memoria, como un momento de felicidad y plenitud, y que su vida siga llena de emociones y nuevas experiencias. ¡Muchas gracias, Julio, por tu idea! ¡Muchísimas gracias, compadre, por tu vida, tu amistad y tu obra!

[Palabras leídas en “La resistencia”, ubicada en Melchor Ocampo esq. Cuitláhuac, Barrio La Merced, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, el jueves 13 de octubre de 2022.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Jesús Hernández




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Sobre Raúl Ortega:

Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Cajón de rubores. 26. Crónicas 2. Antonio Florido

Crónicas (2)
Por Antonio Florido

La inteligencia como cuchillo ético que contiene la voluntad. Aquélla es activa, pensante, trabajadora; ésta desarrolla su trabajo en un rinconcito de la humillación, porque comprende que sólo es una enviada de las sílfides analíticas.
         Sí, en esto pienso a estas horas.
         Voluntad e inteligencia, constante terremoto de los Tiempos. Zozobra de los hombres.
         Solemos inflamar con los trajes de las paciencias, pero luego llega el darle vueltas a las cosas, cuando las noches se vuelven espesas y duras, eternamente vacías. Un algo extraño repite cansino que debemos seguir viviendo. Lo examinas detenidamente, con la mano bajo la cara, sobre un amarillento almohadón de plumas. Sabes que la mañana está cerca. Miras de reojo a través de las cortinas y esa claridad va calando lenta hasta los ojos que todavía guardan el sueño. Cuentas los días que te sabes de memoria. La misma testuz cuando bajas al desayuno, el mismo sabor… Acaso algún detalle que se refugia en tu memoria y lo anotas en la libretita. Así trabaja Nando mientras le observo con su sombrero negro de ala ancha, un poquito inclinado como el ala rota de un ave. 
          ―Me enseñaron a vivir dos veces. La que te cuento y la que escribo. Luego me encierro en el mutismo, por eso me llaman verde. 
          ―Pero tú no crees en esto.
          ―¡Ya!, como diría un buen costeño. Tienes razón, no creo.   Sin embargo, Tonio, nos ha tocado el fondo del asunto. ¿Acaso supones que los demás no se engañan? Sólo tienes que observar la tristeza de sus rostros, el amargo sabor de sus bocas, los gestos aprendidos desde niños, los inútiles esfuerzos al sonreír sin ganas. Eso no es vivir. No merece la pena malgastar las palabras para expresar lo que no tiene nombre.
          ¡No!
          El camarero se acercó con dos tazas blancas de café negro. Nando guardó la libretita en el bolsillo interior de su chaqueta.  Quedamos en vernos a cada sorbo, para no perder la amistad de tantos años. Sorbo y abrazo. Sorbo y sonrisa. Sorbo y una cucharada dulce por la alegría de no sabernos solos.
         Así compusimos un abalorio sin argumentos.
         Borramos las imágenes. Solamente Nando y yo. 
         El mundo quedó afuera, lejos, tan lejos como el ancho de un cristal aventanado.

Fernando Pessoa
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 35. Sutras. Erik García Briones

Sutras
 
EGB




Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Voces ensortijadas 142. Ocaso en el otoño. María Gabriela López Suárez

Ocaso en el otoño

Por Maria Gabriela López Suárez

Catalina comenzó a sentir cómo la temperatura iba bajando, el airecillo de la tarde acariciaba su cabello suelto al caminar. Había decidido salir a dar un paseo, sentía la mente llena de ruido, el corazón apretado y quería despejarse un rato. 

Esa tarde era relajada, en el trayecto rumbo a casa pasaron pocos coches, para ser más precisa solo logró contar dos autos y dos camionetas. Se sintió afortunada que el lugar donde vivía aún tenía vegetación, eso le daba un aspecto campirano que disfrutaba al máximo.

Las ideas en su diversidad se conjuntaban en la mente, acechando, como una especie de enmarañamiento que se resiste a fluir. Se acordó de la respiración consciente y empezó a practicarla. Se fue sintiendo  mejor, su paso era tranquilo y la acompañaban el silbido del viento y el canto de las aves. Catalina recordó que ese canto era distintivo del atardecer, no tardaba en llegar.

Siguió su recorrido, ya le faltaba poco para estar en casa, no topó a ninguna persona. Era algo extraño. Se sintió como la protagonista de alguna película de suspenso, donde no tardaría en aparecer algo. Sonrió y se quedó pensando que su mente ya estaba en otra cosa, algo más grato, eso le pareció muy bien.

Dio unos pasos  más y llegó a su vivienda. Abrió el portón, no vio el coche de la familia. Seguro no tardaban en aparecer Renato con las sobrinas Alexa y Violeta. Antes de cerrar el portón se quedó atenta. Alzó la vista, ahí estaba el astro rey, enmarcado entre las montañas vecinas frente a la vivienda de Catalina. Era una especie de círculo perfecto, en tamaño mediano, el tono era naranja con un filtro que le daba un aire opaco, sumamente hermoso. Un bello ocaso en el otoño, sin nada ni nadie que la perturbara, era el mejor regalo que la naturaleza le había dado esa tarde. Se quedó perpleja ante el paisaje, deleitando su vista.

El sol se despidió lentamente ante su mirada, lo tomó como una señal y un apapacho para seguir caminando con alegría y asombro, a pesar de todas las vicisitudes. Esa tarde Catalina había sido la protagonista de un atardecer poco común. Inhaló, exhaló y agradeció al universo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota rimada. 4. Afuera hay una tarde cenicienta. Maclovio Fernández

Afuera hay una tarde cenicienta
Por Maclovio Fernández



Crítica Arrimada

El amor es el mejor deporte.
No necesita uniforme, no se suspende
por lluvia, no hay árbitros, el otro equipo
coopera en el calentamiento, 
puedes meter mano dentro y fuera del área; 
todas las posiciones valen, 
pero la “posición adelantada” es la mejor, 
puede haber tiempos extras aunque no haya empate, 
el “tiro de castigo” es por complacencia, 
la expulsión es por cansancio 
y ambos van, juntos, a la regadera…



Afuera hay una tarde cenicienta

                          Un símbolo, una rosa, te desgarra
                             y te puede matar una guitarra… 
                                         Jorge Luis Borges

Afuera hay una tarde cenicienta,
tarde gris con proclama de tormenta
que anuncia con tambores una fiesta
de luces y retumbos de impaciencia

Danzan las hojas ritmos de gorjeo
mientras el viento silba entre las ramas
hasta que la quietud se desparrama
como preludio para el jaloneo


Maclovio Fernández

Foto: Anugrah Lohiya

Polvo del camino. 142. ¿Usted es la culpable? Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído/ 10
¿Usted es la culpable?

Héctor Cortés Mandujano

Estoy en tercera persona, como dice Borges:

como afiebrado, aunque sin fiebre

Adolfo Bioy Casares, en Borges

Una de las famosas dificultades en la escritura es decir algo creíble, verosímil, usando la segunda persona: el , el usted, incluso el ustedes. 
         Hablar de uno mismo no tiene muchos problemas, es decir, usar el yo (leo, camino, me emborracho… son fáciles de creer), lo mismo que usar la tercera persona (él, ella, ellas, ellos), porque casi siempre vemos lo que los demás hacen y con eso basta para referir actos de fulano (se agarró a golpes) o zutana (sólo usa pantalones). En narrativa se dice que si usamos el yo, estamos dentro de la historia, y con la tercera persona estamos fuera. Es decir, nos movemos en aguas tranquilas.
          La segunda persona tiene un problema de credibilidad: ¿cómo sabes lo que dices saber de una segunda persona, que es un intermedio entre el adentro y el afuera? En general, aunque se use la segunda persona, si no sabemos lo que hacemos, en realidad estamos hablando de la primera. El ejemplo obvio -y ya me meto en canciones de once varas, que de eso va esta columna- es el famoso bolero “Usted”, de José Antonio Zorrilla, autor de la letra, y Gabriel Ruiz, compositor de la música.
           Evidentemente, la canción nunca da voz a la persona referida, sino sólo al que habla: “Usted es la culpable, de todas mis angustias y todos mis quebrantos. Usted llenó mi vida de dulces inquietudes y amargos desencantos”. Es decir, no habla el usted (la segunda persona), sino el yo (la primera). Y lo que dice la canción puede o no puede ser culpa de la persona oculta en el usted, porque no sabemos qué piensa o siente de la pasión que ha despertado. Culpar a alguien de nuestra desgracia es una decisión del yo, no del tú, no del usted: “Y hasta la vida diera por perder el miedo de besarla a usted”.
          Es difícil escribir bien con el tú, aunque en la canción popular abunden varias historias mal contadas con su uso. La lista sería enorme, por eso ni lo intento. Si se hace explícito desde el principio, se puede jugar con ello, como en “Universos paralelos”, de Jorge Drexler (del disco Bailar en la cueva, 2014), quien dice: “Mi anhelo no está, mi anhelo se fue detrás de ti, siguiéndote por la avenida. […] ¿Qué le voy hacer? Se trata de ti, y en eso él y yo, ya lo sabes, opinamos diferente: yo contigo mantengo las distancias, mi anhelo las rompe, alegremente”. Drexler, pues, tiene un yo desdoblado: es él y al mismo tiempo su anhelo, como si fuera una parte independiente, un universo paralelo.
           La canción que según yo logra usar muy bien el tú es “Fallaste corazón”, de Cuco Sánchez, quien hasta el estribillo, y con más claridad al final, revela su doble identidad. Desde principio hasta casi terminar parece un reclamo de una persona a otra: “Y tú que te creías el rey de todo el mundo. Y tú que nunca fuiste capaz de perdonar. Y cruel y despiadado de todo te reías, hoy imploras cariño, aunque sea por piedad. A dónde está el orgullo, a dónde está el coraje…”.
           Las hirientes palabras se vuelven incluso impiadosas: “¿Por qué hoy que estás vencido mendigas caridad? Ya ves que no es lo mismo amar que ser amado, hoy que estás acabado, qué lástima me das”.
           Aquí está el quid en el uso del tú: ¿Cómo puede conocer los sentimientos tan íntimos de una persona? Se los contó, podríamos decir. Pero podrían ser falsos, porque no sabemos si alguien nos miente o nos dice la verdad. “Fallaste corazón” acierta, porque don Cuco también tiene un discurso dividido: una cosa es lo que él piensa (y por eso no se mide con las reclamaciones) y otra lo que su propio corazón siente. A ese es a quien se la pasa regañando.
           Estamos ante el caso de un hombre y su corazón, como si fueran dos entidades distintas, como a veces son; por eso hay que tener cuidado cuando metemos nuestros sentimientos en la ruleta de las pasiones. Por eso puede decir don Cuco su frase hiriente a una parte de sí mismo: “Fallaste corazón, no vuelvas a apostar”. Y con tequilas entre pecho y espalda, eso suena mucho más canijo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.