Especial día de muertosCalderón
Por Maclovio Fernández
Calderón
Es muy grande su insistencia
y el pueblo ha pedido, airado,
que se lleven al taimado
a cumplir su penitencia.
Con voces altisonantes
cuando a su tumba llegaba
la gente se lamentaba…
que no hubiera muerto antes.
Dicen que al pelar los dientes
pidió, antes de ir a la fosa
que el próximo presidente
por favor, que sea su esposa.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
La familia de doña Linda se había dado cita en su domicilio para festejar su cumpleaños. La reunión era a la hora de la comida. Ese día doña Linda se había levantado más temprano que de costumbre para ir al mercado a comprar los ingredientes para hacer la comida, normalmente preparaba de dos a tres platillos en su cumpleaños. Esta ocasión había elegido cocinar costillitas de puerco fritas, patitas de puerco envinagradas y sopa de arroz. Se acordó que a sus hijos Pedro y Adolfo les gustaban las costillitas, a sus hijas Marina y Julia las patitas de puerco. Y de postre se animaría a hacer flan napolitano, era el favorito de Lucia, Rogelio, Antonia y Esther, sus nietas y nieto. Por la bebida no se preocupó, Adolfo había ofrecido en llevar aguas de jamaica y horchata.
A la hora que comenzaron a llegar sus familiares la mesa ya estaba bellamente decorada, el mantel de fiesta, los tapetes rojos y un ramillete de margaritas amarillas al centro de la mesa. Esas flores eran las que más le gustaban a doña Linda, le recordaba las veces que su papá le regalaba flores cuando cumplía años de niña.
El rostro de la cumpleañera se mostraba contento, se sentía cansada pero el tener a su familia en casa le hacía sentir que el esfuerzo valía la pena. Una vez reunida la familia fueron tomando sus lugares en la mesa. Doña Linda estaba en la cocina, como siempre, atenta al servicio de la comida, las aguas, las servilletas…
—¡Mamá, por favor, ve a sentarte! Hoy es tu cumpleaños, te servimos nosotros —dijo Adolfo que estaba llenando las jarras con aguas de sabores.
—Ay hijo, sabes que lo hago con gusto, no me sé estar quieta. A ver déjame ayudarte.
—Ya trabajaste demasiado, cada cumpleaños te empeñas en cocinar tú y no disfrutas de la celebración, hasta el postre hiciste.
Mientras Adolfo y doña Linda estaban en esos comentarios, Lucia, la más pequeña de sus nietas, de seis años, se acercó a la cocina. Quería mostrarle a su abuelita el regalo que le tenía, era un dibujo con flores amarillas, sabía que eran sus favoritas. Ninguno de los dos se percató que Lucia los estaba escuchando, guardó silencio y se regresó a la mesa con su regalo. Se sentó y pensó que se lo daría al terminar de comer.
Doña Linda y Adolfo regresaron con jarras y vasos que comenzaron a repartir. Toda la familia se sentó y degustaron la comida. Al terminar, doña Linda se levantó para ir por el postre. Lucia la observó atenta y fue tras ella. Cuando la abuelita se dio cuenta de su presencia, le preguntó si ya quería postre. Lucia dijo que no, solo quería entregarle su regalo. Doña Linda hizo una pausa y tomó con mucha delicadeza el sobre, dentro estaba el dibujo de Lucia. Le agradeció tan bello regalo y la abrazó.
Lucia le correspondió y le dijo que lo había hecho con mucho amor. Y agregó,
—Abuelita Linda, ¿por qué no te gusta dejarte consentir?
El rostro de doña Linda mostró asombro y se quedó sin poder responder pronto. Balbuceó un poco antes de emitir alguna palabra.
—Mmm, ¿qué es lo que dices Luci?
—Es tu cumpleaños y no has descansado, ven te vamos a cantar las mañanitas —le extendió la mano y doña Linda correspondió el gesto y la tomó, mientras en la otra mano sostenía el regalo del dibujo. Linda la condujo de regreso al comedor.
—¿Mami de nuevo en la cocina? Yo voy por el postre y los platos —comentó Marina quien se apresuró a la cocina. No tardó en regresar con el flan y
con la velita para colocarla al centro.
Mientras la familia entonaba las mañanitas, en la mente de doña Linda resonaba la frase, dejarse consentir, qué significaba eso. Ella siempre era la que consentía, la que servía a los demás, a su familia, eso la hacía sentir bien, así la habían educado, pero… lo que Lucia había dicho la había conmovido, porque en el fondo sabía que tenía razón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, justo en el momento que toda su familia aplaudía y la felicitaba. Quizá no era tarde para permitirse dejarse consentir… se lo merecía.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Especial Día de Muertos
Calaveritas/ 1Dolores Montoya
Por Maclovio Fernández
Dolores Montoya
Que haya montado o no,
no es el quid a discusión;
importa la redención
que a la comedia abonó,
pues con ingenio ganó
del público la alabanza,
aun pasándose de lanza
en el lenguaje procaz
que practicó, lenguaraz,
ya entrados en la confianza.
Si hubiera nueva función,
aunque haya muy buen reparto,
sin Dolores no habrá parto
en la representación,
que con héroes del panteón
acostumbró montar Lola.
Ahí juntos, en la bola,
Sombrerón y Tichanila,
achispados con tequila,
fueron cual funda y pistola.
Con su ingenioso alburear
nos regaló año con año
y agigantó su tamaño
al poner a dialogar
vampiros de otro lugar
con nuestra sin par Llorona,
que si espantando es cabrona,
si me dieran a escoger,
yo, por la Mala-mujer
ofrendo cetro y corona.
Se murió Lola Montoya
y todos sus esperpentos
le hicieron un monumento
cual gigantesca secuoya,
para celebrar su cholla
que dio comida y trabajo
a cualesquier espantajo,
que si en vida ella invocó,
ahora que se petateó…
¡el panteón es un relajo!
Maclovio Fernández
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Mario Vargas Llosa, en su poema «Borges o la casa de los juguetes»
Para los editores fue, supongo, muy fácil armar el libro Medio siglo de Borges (Alfaguara, 2020), de Mario Vargas Llosa, pues este Premio Nobel de Literatura 2010 escribe pronto y bien, incesantemente.
El libro lo constituyen textos de distinta índole (entrevistas, reseñas, artículos, conferencias) que Vargas Llosa ha dado y escrito en distintos años (de 1963 a 2018) y desde los distintos lugares a donde lo ha llevado su peregrinar: Lima, París, Buenos Aires, Marbella, Washington, Madrid y Mallorca.
Los textos mayormente han sido publicados antes. Medio siglo de Borges es, pues, una recopilación.
De siempre, Vargas Llosa ha escrito con admiración sobre Borges. Dice en su prólogo (p. 14): “La perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.
También MVLL, como se abrevia cuando entrevista a JLB, es un ferviente adorador de Flaubert (sobre cuya obra escribió el espléndido ensayo La orgía perpetua) y sobre él inquiere a Borges (en “Preguntas a Borges”), quien responde (p. 19): “Creo que uno de los libros que yo leído y releído más en mi vida es el inconcluso Bouvard y Pécuchet”. Cuando le dice sobre qué cinco volúmenes se llevaría a una isla desierta, Borges dice (p. 21): “La Historia de la declinación y caída del imperio romano de Gibbon, […] una edición de dos volúmenes; La introducción a la filosofía de las matemáticas de Russell; […] podría llevar un volumen cualquiera, elegido al azar, de una enciclopedia; […] no de una enciclopedia actual, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Encyclopedia Britannica; […] para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir, llevaría la Biblia”.
En otra entrevista, “Borges en su casa”, dice JLB, a pregunta expresa de MVLL (p. 38): “No me gustaría ser otra persona”, y como respuesta a otra, responde: “Creo que uno vive esencialmente todas las cosas y lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas”.
En “Las ficciones de Borges”, escribe Vargas Llosa (p. 47): “Sé lo transeúntes que pueden ser las valoraciones artísticas; pero creo que en su caso no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna y uno de los artistas contemporáneos más memorables”.
Agrega a esa valoración, en “Borges en París” (p. 72): “El estilo de Borges es inteligente y límpido, de una concisión matemática, de audaces adjetivos e insólitas ideas, en el que, como no sobra ni falta nada, rozamos a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Héctor Ventura**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.
Aquella noche fue interminable y fatigosa.
Había dos lanzadas hasta el pueblo. La camioneta se iba desplazando cada vez más lisa. El camino dejó de ser de tierra y las ruedas mulleron bajo el fondo denso de la noche. Hubo que torcer por varias calles. Con los ojos cerrados pensaba en mi retoño y memorizaba las curvas, los agujeros olvidados por los administradores. Supuse que nos llevaban a la comisaría que está sobre la falda del cerro.
¡El Condell llamaba en la altura!
Patricia clavó todo el tiempo los ojos en la furia que llevaba y en el odio, lo supuse por mi sueño despierto. Era una compañera fuerte, pero esa fibra de hembra hecha a retazos la abandonaba de pronto sin que nadie conociese el motivo. Se le había dormido el pequeño en los brazos y de vez en cuando agachaba los labios y recapacitaba en el futuro de esa vida.
Desde atrás no podía adivinar una frase completa del conductor con su sombra. Los niños aparentaban, en la bajura de la noche, un descuido penoso. Maduraban en las chapas fermentadas de la camioneta, con las cabezas echadas en los hombros de los compañeros.
Las armas estaban a mi alcance, pero no lograba encontrar el arrojo suficiente porque el camino se tragaría a mi pequeña.
Nos bajaron a empujones. Luego entramos aprisa en un departamento apenas iluminado. En derechura, un pasillo sucio y triste. Me recordó a un día desapacible, sin nubes ni sol, con los pájaros recién despiertos y calientes, pero sin atreverse a salir al cielo, agazapados bajo las plumas de sus madres.
La habitación, austera y desconchada, no tenía apenas nada, solamente una mesa y una silla para el escribidor. Permanecimos de pie. Un funcionario medio dormido se atusó el bigote y nos miró con cierto asco. La ampolleta del techo ardía sus últimas horas de vida. El tiempo se detuvo. Minutos. Horas. Las piernas me dolían, las rodillas, los tobillos. Patricia se derrumbó con el hijo en brazos. Allí quedó en la juntura de la pared y el suelo. El funcionario nos miró y torció el chorro de humo que fumaba. Se hacía el interesante.
Sin embargo, Sonita recordó aquellas trenzas y la mesa pegada a su espalda, las maestras gritando y vio de nuevo sus piernas atléticas trepando por el tronco de aquel árbol gigante.
Me echaba de tarde en tarde sobre la pared. Necesitaba aparentar una fortaleza que lentamente se iba hacia las montañas.
Mi Lily…
―Firme aquí. Lea antes si quiere, ¡total!
Me llevaban al hospital. Necesitaban demostrar que no me habían maltratado. Tomé el papel y escupí sobre las letras, luego lo arrojé con rabia a la cara del funcionario. Patricia me entregó a su hijo como si fuese un quebradizo jarrito de cristal; lo tomé en mis brazos, firmó y colocó el formulario sobre la mesa. Coloqué al pequeño sobre el filo del suelo, encima de la polera que su madre había colocado. Quedó una pintura de carne rosa y de ternura, pero la herida ya estaba abierta, sólo necesitaba un tiempo indefinido para cerrar los litorales de sus costuras.
Patricia y yo lo miramos desde arriba y luego nos abrazamos.
―Gallo de mierda, quiero saber por qué nos habéis detenido, ¡vendidos!
La noche engreída sonrió.
―No estamos en la escuela, gringa―añadió con el acento de huaso de cuando se crió en las llanuras inacabables.
Pasó mucho tiempo hasta que volví a verlo. Fue cuando me aviejé. Nos habíamos convertido en dos carcamales blancos y testarudos. Me pasó el vaso de terremoto, brindamos por las palabras encajadas de aquel entonces, llegamos a disculparnos clavando las artrosis sobre la superficie curva, transparente y violácea del cristal.
Aquella tarde los compañeros habían disimulado la puerta con los libelos de los milicos. Llamé muy suave. La señal era simple, tres toques y un rosario de dedos, luego una pausa y otra vez lo mismo. Abrió un adolescente. Adentro discutían el modo de entenderse. Vociferaban y manoteaban el aire, como si este aire tuviese la culpa de la soledad de un Presidente y la galladura de un aventurero.
Apareció la Carmen y todos callaron. Les dije que eran unos espantadizos de pacotilla. Unos sencillos aficionados sin nada importante que decir ni aportar. Y que así no se hacían las cosas. Los hombres se miraron unos a otros. Algunos intentaron responder a la insolencia, pero cambiaron el rostro hacia una parquedad silenciosa.
―Hay que aprovechar el tiempo. Dejarse de tonterías y actuar. ¡Retirad todas esas cosas! ¡Dejad ya los cigarrillos!
Estaban enloquecidos. Tomé algunas metralletas y las eché sobre la mesa. Rompí el silencio
―¡Ellas mandan! Llevan grabadas la revolución en las empuñaduras. Necesitamos usarlas. En una sublevación nadie te dice cómo deben funcionar las cosas. Te tienes que buscar la vida. O son los demás los que te comen.
Un silencio se volcó sobre los continentes y se escuchó el arrastrar de una silla. Les añadí que eran unos cobardes. No había lugar para tantas changadas ni disparates. Los militares acechaban. Mataban sin remordimientos. Contra la palabra, la palabra misma. Pero ahora llegó el tiempo de intercambiar. Ser iguales en la lucha.
Los compañeros movían los cuellos de un lado a otro, buscaban argumentos sólidos para rebatir a la Sonia, pero ella era de las pocas bravas del pueblo, criada en la injusticia de un señorito que no le dejó conocer a su papaíto campesino. Era dura como la nieve de la cumbre cuando se cuaja. La mujer sostenía los entendimientos de los compañeros y no cedía nunca. Era como el recuerdo de su Lily, duro y correoso, tremendamente humano. Los hombres se miraban, querían entender de dónde le salía a ella tanta rabia.
Como Alejandra ―esa torcedura que luego anduvo por la vida bohemia y destructiva―, nuestra Sonita sentía un miedo atroz por ella misma, por pensar a cada instante en lo que sería capaz de hacer. Temía convertirse en una oligarca que no reparte, la que abandona a sus semejantes con las bocas abiertas pidiendo un sorbo de agua o un trozo de algo para sufrir un poco más. Veía los rostros de sus compañeros y pensaba en un cortejo fúnebre, detrás del cura, con mis brazos doloridos a punto de claudicar por el esfuerzo.
(Era un niño)
No podía, aún, soportar el dolor de ese delito al que llaman vivir.
Imagen proporcionada por el autor.
*****
Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Ese viernes el sol no se levantó tan temprano, aún así la familia de Cristina madrugó para realizar sus actividades cotidianas. Don Martín y doña Hortensia vendían atoles y tamales, solían viajar a la ciudad todos los días, vivían en una ranchería que estaba como a 40 minutos de distancia. Cristina y Agustín, sus hijos, también madrugaban. Agustín iba con sus papás porque la escuela primaria les quedaba cerca del mercado donde vendían los alimentos. Cristina, en cambio, tomaba otra ruta para ir a la secundaria. Se despidieron como de costumbre, deseando llegar con bien a sus destinos y cada quien emprendió su camino.
En la ruta donde solía esperar el colectivo Cristina, normalmente, permanecía 15 o 20 minutos hasta que el cupo del transporte se llenaba. Cuando Cristina llegó se sentó en banca de la parada, el colectivo aún no llegaba. Revisó su reloj, estaba 10 minutos antes de lo que acostumbraba.
—Ahora sí te gané, señor solecito —dijo para sí, al ver que el sol aún no se animaba a dar señales de luz, mientras dibujaba una sonrisa de complicidad.
Se acomodó el gorro de su sudadera, esa mañana el viento soplaba y llevaba consigo un aire frío, como indicando la cercanía del mes de noviembre. Cristina se acordó de la frase que solían decir en su familia, ya se acerca Todo-santo, se siente y se huele en el aire.
Abrazó su mochila y se dispuso a observar qué pasaba mientras llegaba la combi. En un abrir y cerrar de ojos fue asomándose el sol, acompañado de unas nubecitas que eran como filtro para que sus rayos fueran menos intensos. La gente que transitaba a pie iba a paso presuroso, algunas señoras usando rebozos, con sus canastas llenas de productos para vender, se iban sumando a la espera del transporte.
El viento continuaba meciendo las hojas de los árboles, Cristina estaba atenta viendo cómo las ramas se movían al vaivén del viento y los pastizales que estaban en el terreno frente a la terminal se agitaban suavemente. Se imaginaba que era como cuando se colorea un dibujo, el paisaje era sumamente apacible.
Un ruido fuerte le hizo volver la vista, era una pequeña moto con tres tripulantes jóvenes, ninguno llevaba casco. El conductor tenía la mano derecha en el volante y en la izquierda llevaba una pala. El de enmedio llevaba en la mano izquierda un colador de arena y el último tripulante tenía un martillo en la mano derecha. Esa imagen estaba para foto, tres en uno, no solo Cristina sino las otras personas que estaban en la parada los siguieron con la vista, con mirada de asombro.
Por la mente de Cristina pasaron muchas ideas, qué intrépidos esos muchachos, pero a la vez pensó que era un riesgo que fueran tantas personas en un transporte como la moto y con instrumentos de trabajo que podrían ser peligrosos si tenían un accidente. Nadie llevaba casco. En eso estaba cuando el colectivo hizo su llegada. Rápidamente se bajó de la banca donde estaba para formarse en la fila y abordar.
Una vez sentada en el colectivo se quitó el gorro de la sudadera, dentro se sentía menos frío, se preparó para el viaje mientras llegaba a la escuela. En su mente seguía la imagen de la moto, tres en uno. El cuchicheo de las señoras con sus canastas la hizo volver su atención a la plática,
—A ver cómo está la venta el día de hoy doña Trini, ayer no me fue tan bien, regresé con la mitad de mis panes…
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Crítica ArrimadaEl PAN hará alianza con priistas ‘que no se doblen’,
advierte Marko Cortés.
Serán solo “hombres de acero” los priístas requeridos para la nueva aliación, pa’ que no haya quebradura de mano o de cintura que parezca coqueteo o quizá “transformación”.
Va de premoniciónNo quieren doblaje alguno
porque el pan, sacralizado,
deplora que un diputado
les resulte inoportuno.
Que a la hora de votación
se faje los pantalones
y no acepte donaciones
para abandonar la unión.
Habiendo escasez de hombría
seguro la oposición
cuando llegue la ocación
estará sola, ese día.
Serán piedra en el zapato
porque no hallarán diamantes
sino quienes, inconstantes,
por liebres les darán gatos.
Maclovio Fernández
Páginas evocadas de otro libro/VIIILa verdad interior número 61
Héctor Cortés Mandujano
Leo eso en el I Ching: “La verdad interior número 61”, y me pregunto si hay 60 verdades interiores antes, y si el número de verdades continúa y hasta qué número. La idea hace que deje de leer y mejor continúe viendo la película La casa de Jack (2018), de Lars von Trier.
Justo donde la había dejado de ver, el protagonista comienza a contar su asesinato número 61. Qué coincidencia. La idea llega suavecita, como dictada a mi oído: “Naciste en 1961. Tienes 61 años”.
El coctel está servido.
¿Debo encontrar una verdad interior a partir de la lectura, simplemente?
¿Debo matar algo interior, la verdad interior número 60, para que de esa muerte haya una resurrección, la 61?
¿Y si sumo los números de mi nacimiento? 1+9+6+1=17. Simplificado, como aconsejan los cánones de la numerología, sería 8. En el eneagrama ese número es el del líder justiciero.
¿La verdad interior –la mía– está en la justicia, en el liderazgo?
¿Alcanzaré a descubrir la verdad interior número 61 ahora que tengo 61 años?
¿Lo que escribo, suponiendo que sea arte (arte menor, no importa), parte de mi verdad interior y desvela a los demás sus propias verdades interiores?
¿Yo escribo sobre la verdad interior 61, pero alguien que me lea (pongamos Luis Daniel) en realidad descubre su verdad número 9 o la 82?
O mi número no es correspondiente con el de alguien en particular: Los números son tan infinitos como la humanidad y a cada cual le fue asignado como intransferible el suyo.
Incluso, en el terreno de la verdad interior tal vez no haya gradualidad y todo empiece con el 61, se mueva por el azar al 489, después al 3 y luego al 52 344… La gran verdad puede ser cualquier número y entonces el 61 no importa: es sólo un comienzo como podría ser cualquier otro.
O es tal vez el final.
El 61 es la muerte.
Pero hay varias muertes y la física no es la más importante. ¿Cuándo en realidad morimos?
El 61 es el nacimiento…
Otra opción es sumar el 61: 6+1=7, el número mágico, el número infinito, el número eterno: 70 veces siete. El 61 entonces sería “Todo” y cuando decimos ese concepto surge a su lado, como el otro lado del espejo, la otra palabra que se ve los ojos ante su contraria y sonríe porque es la misma: “Nada”.
El 61 es la Nada y el Todo.
Dejo de escribir y veo a mi gata que se ha dejado de lamer y me ve. La acaricio. Quizás mi verdad interior número 61 ya vino y se fue, y yo ya ando en otros números. Quién sabe.
[Dice el I Ching (Editorial Hermes, 1983), en su página 446, donde explica hexagramas: “El hexagrama Chung Fu, La Verdad Interior, No. 61”. No da más explicaciones. Yo tampoco, evidentemente.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.
El escándalo de mañana (2)
Un camino terso
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
«
Dejemos a Mowgli, el de Kipling o el de Disney. Veamos, mientras tanto, de rápido, dos textos de Ruyard Kipling: 1) "The gardener" que es un cuento famoso que considero muy maduro y que supera cualquier descontextualización. Y 2) Kim, una novela considerada por varios autores como la mejor de este autor, juzgue usted.
En 1926, se publica “The gardener”. Pienso que, siguiendo a Todorov, estamos ante un cuento que se revela, justo en el final, como fantástico. El cuento se desenvuelve siguiendo una trama realista en la que podemos reconocer el drama personal de Kipling: la pérdida de su hijo en la guerra. Conduce al lector por un camino terso hasta dejarlo colocado ante un desfiladero vertiginoso, entre lo extraño y lo maravillosos. ¿Quién es realmente el jardinero? ¿Es el hijo muerto? ¿O sólo “el jardinero”? Este cuento puede dar cabida a muchas interpretaciones; místicas y religiosas, incluso. También caben las simplistas en la que el personaje es sólo un jardinero, y ya. Borges, en el prólogo a la antología La casa de los deseos (1985) considera a este cuento como el que más lo conmueve; hay un milagro, explica, que la protagonista ignora pero que el lector sabe. No hay mejor explicación. Si lees con atención este cuento quizá compartas con nosotros que deja un sabor agradable producto de una sensación de duda, sorpresa y milagro, así como una terrible ternura por la protagonista del cuento; salvadas las distancias, considero que podrás experimentar la misma conmoción que Borges dijo que sufrió.
En la novela Kim (la tengo en una versión digital cuya liga no puedo compartir acá, ojalá la puedas conseguir), Kipling aborda temas complejos como política y costumbres orientales confrontadas con occidentales con una gran destreza. Libera su literatura de aquella intervención como autor, es decir, deja de lado las posturas políticas abiertas, que subrayamos en la entrega anterior, y simplemente se dedica a narrar y narra con limpieza el viaje de un muchacho huérfano, hijo de un soldado irlandés que sobrevive en la india como mendigo. En el personaje principal conviven dos mundos: occidente y oriente, lo que permite, opinamos, que el lector pueda apropiarse de la narración.
Kim conoce a un lama, se hace su discípulo y emprende con el una búsqueda: el lama un río, el muchacho un toro rojo. El lama se comporta ajeno e ignorante al mundo terrenal a la vez que sabio y necesita la guía de Kim, el muchacho que conoce el mundo y se desenvuelve con habilidad, necesita la guía espiritual del lama. En un punto de la historia, el niño y el lama son separados por los ingleses, curiosamente por dos sacerdotes cristianos que hacen de capellanes, y puesto en custodia del regimiento al que perteneció su padre, donde se convertirá en espía para luego regresar a la senda del lama.
Hay críticas, como la de Orwell sobre Kipling, con respecto a que el autor parece tener un conocimiento muy limitado en la descripción de la vida militar inglesa, que debería conocer más, sin embargo, es claro el efecto que causa en Kim el enfrentarse a la concepción de la disciplina británica. La escuela, la prepotencia de los maestros; el espíritu aprisionado de un niño que quizá vivió el mismo autor. Los ingleses ven como salvajes a los orientales y estos, a su vez, ven como tontos y sucios a los ingleses.
Extrañeza, otredad, desprecio. El mismo Kim no sabe claramente qué es: Sabih (inglés) o hindú. “Amigo de todo el mundo”, es su apodo y en tal mote Kipling cocina la dificultad de poder serlo. En algunos párrafos el autor no puede evitar un ligero “teclazo” muy ingles, sin embargo, ya no es “La carga del hombre blanco” lo que sobrevive en la historia, sino una fusión de dos mundos que parecían repelerse.
***
Te comparto bibliografía que te invito a consultar:
Kipling, Joseph Rudyard. ( ) El libro de la selva. (…)
Kipling, Joseph Rudyard. (10-nov-2010) “El jardinero”. En Biblioteca Digital Ciudad Seva. Consultado el 30 de noviembre de 2012. Disponible en: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/kipling/jardine.htm
Kipling, Joseph Rudyard (1985), Borges, Jorge Luis (Recopilador) La casa de los deseos. Siruela. Disponible en: http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/libro/10387
Kipling, Joseph Rudyard ( ) Kim.
Barnes, Julián (2006) Kipling en Francia: viajes sentimentales. En Revista el Malpensante, No. 72, agosto-septiembre. Alberto, Román (Trad). Colombia: Ed. El Malpensante. Disponible en:
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=465&pag=2&size=n
Borges, Jorge Luis (2011) “Borges opina sobre Kipling” en Textos recobrados (1931-1955): 1931-1955. (En Diario Crítica, Buenos Aires, Año XXIII, N° 7822, sábado 18 de enero de 1936.) De Bolsillo.
Cómo puedo ver el rostro de quien no lo tiene,
cómo puedo oír la palabra de quien no me habla,
escucho, sin embargo, una voz salada,
ojos de muerte, veo,
y una lengua, que flagela mi esperanza, siento.
¿Dios sin rostro?
¿Lo ves todo con tus cuencas inexistentes?
y tus manos punzantes,
¿qué sujetas si me abandonas a mi albedrio "libre"?
Oh, paloma condenada que soy,
¿por qué si pienso que no eres,
que me sueltes temo?
Sobre el autor:
Erik García Briones
Tapachula, Chiapas, México, 1983
Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.