Cajón de rubores. 28. Crónicas 4. Antonio Florido

Crónicas (4)
La guerrillera
Por Antonio Florido

Aquella noche fue interminable y fatigosa.
          Había dos lanzadas hasta el pueblo. La camioneta se iba desplazando cada vez más lisa. El camino dejó de ser de tierra y las ruedas mulleron bajo el fondo denso de la noche. Hubo que torcer por varias calles. Con los ojos cerrados pensaba en mi retoño y memorizaba las curvas, los agujeros olvidados por los administradores. Supuse que nos llevaban a la comisaría que está sobre la falda del cerro.
         ¡El Condell llamaba en la altura!
          Patricia clavó todo el tiempo los ojos en la furia que llevaba y en el odio, lo supuse por mi sueño despierto. Era una compañera fuerte, pero esa fibra de hembra hecha a retazos la abandonaba de pronto sin que nadie conociese el motivo. Se le había dormido el pequeño en los brazos y de vez en cuando agachaba los labios y recapacitaba en el futuro de esa vida.
           Desde atrás no podía adivinar una frase completa del conductor con su sombra. Los niños aparentaban, en la bajura de la noche, un descuido penoso. Maduraban en las chapas fermentadas de la camioneta, con las cabezas echadas en los hombros de los compañeros.
           Las armas estaban a mi alcance, pero no lograba encontrar el arrojo suficiente porque el camino se tragaría a mi pequeña. 
           Nos bajaron a empujones. Luego entramos aprisa en un departamento apenas iluminado. En derechura, un pasillo sucio y triste. Me recordó a un día desapacible, sin nubes ni sol, con los pájaros recién despiertos y calientes, pero sin atreverse a salir al cielo, agazapados bajo las plumas de sus madres.
           La habitación, austera y desconchada, no tenía apenas nada, solamente una mesa y una silla para el escribidor. Permanecimos de pie. Un funcionario medio dormido se atusó el bigote y nos miró con cierto asco. La ampolleta del techo ardía sus últimas horas de vida. El tiempo se detuvo. Minutos. Horas. Las piernas me dolían, las rodillas, los tobillos. Patricia se derrumbó con el hijo en brazos. Allí quedó en la juntura de la pared y el suelo. El funcionario nos miró y torció el chorro de humo que fumaba. Se hacía el interesante.
          Sin embargo, Sonita recordó aquellas trenzas y la mesa pegada a su espalda, las maestras gritando y vio de nuevo sus piernas atléticas trepando por el tronco de aquel árbol gigante. 
          Me echaba de tarde en tarde sobre la pared. Necesitaba aparentar una fortaleza que lentamente se iba hacia las montañas. 
          Mi Lily…
          ―Firme aquí. Lea antes si quiere, ¡total!
          Me llevaban al hospital. Necesitaban demostrar que no me habían maltratado. Tomé el papel y escupí sobre las letras, luego lo arrojé con rabia a la cara del funcionario. Patricia me entregó a su hijo como si fuese un quebradizo jarrito de cristal; lo tomé en mis brazos, firmó y colocó el formulario sobre la mesa. Coloqué al pequeño sobre el filo del suelo, encima de la polera que su madre había colocado. Quedó una pintura de carne rosa y de ternura, pero la herida ya estaba abierta, sólo necesitaba un tiempo indefinido para cerrar los litorales de sus costuras.
          Patricia y yo lo miramos desde arriba y luego nos abrazamos.
          ―Gallo de mierda, quiero saber por qué nos habéis detenido, ¡vendidos!
          La noche engreída sonrió. 
          ―No estamos en la escuela, gringa―añadió con el acento de huaso de cuando se crió en las llanuras inacabables.
          Pasó mucho tiempo hasta que volví a verlo. Fue cuando me aviejé. Nos habíamos convertido en dos carcamales blancos y testarudos. Me pasó el vaso de terremoto, brindamos por las palabras encajadas de aquel entonces, llegamos a disculparnos clavando las artrosis sobre la superficie curva, transparente y violácea del cristal.
           Aquella tarde los compañeros habían disimulado la puerta con los libelos de los milicos. Llamé muy suave. La señal era simple, tres toques y un rosario de dedos, luego una pausa y otra vez lo mismo. Abrió un adolescente. Adentro discutían el modo de entenderse. Vociferaban y manoteaban el aire, como si este aire tuviese la culpa de la soledad de un Presidente y la galladura de un aventurero.
         Apareció la Carmen y todos callaron. Les dije que eran unos espantadizos de pacotilla. Unos sencillos aficionados sin nada importante que decir ni aportar. Y que así no se hacían las cosas. Los hombres se miraron unos a otros. Algunos intentaron responder a la insolencia, pero cambiaron el rostro hacia una parquedad silenciosa.
          ―Hay que aprovechar el tiempo. Dejarse de tonterías y actuar. ¡Retirad todas esas cosas! ¡Dejad ya los cigarrillos! 
          Estaban enloquecidos. Tomé algunas metralletas y las eché sobre la mesa. Rompí el silencio
          ―¡Ellas mandan! Llevan grabadas la revolución en las empuñaduras. Necesitamos usarlas. En una sublevación nadie te dice cómo deben funcionar las cosas. Te tienes que buscar la vida. O son los demás los que te comen. 
          Un silencio se volcó sobre los continentes y se escuchó el arrastrar de una silla. Les añadí que eran unos cobardes. No había lugar para tantas changadas ni disparates. Los militares acechaban. Mataban sin remordimientos. Contra la palabra, la palabra misma. Pero ahora llegó el tiempo de intercambiar. Ser iguales en la lucha. 
          Los compañeros movían los cuellos de un lado a otro, buscaban argumentos sólidos para rebatir a la Sonia, pero ella era de las pocas bravas del pueblo, criada en la injusticia de un señorito que no le dejó conocer a su papaíto campesino. Era dura como la nieve de la cumbre cuando se cuaja. La mujer sostenía los entendimientos de los compañeros y no cedía nunca. Era como el recuerdo de su Lily, duro y correoso, tremendamente humano. Los hombres se miraban, querían entender de dónde le salía a ella tanta rabia.
          Como Alejandra ―esa torcedura que luego anduvo por la vida bohemia y destructiva―, nuestra Sonita sentía un miedo atroz por ella misma, por pensar a cada instante en lo que sería capaz de hacer. Temía convertirse en una oligarca que no reparte, la que abandona a sus semejantes con las bocas abiertas pidiendo un sorbo de agua o un trozo de algo para sufrir un poco más. Veía los rostros de sus compañeros y pensaba en un cortejo fúnebre, detrás del cura, con mis brazos doloridos a punto de claudicar por el esfuerzo. 
         (Era un niño)
         No podía, aún, soportar el dolor de ese delito al que llaman vivir.


Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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