A Mayté Flores Ayala Mancera, por su apuesta por la vida*
El paso por nuestras casas de los Reyes Magos marca el final de un montón de días de ilusión, voluntad de renovación, buenos deseos e incluso de vivir fuera de la realidad. Está bien de vez en cuando que estas cosas ocurran, no hay duda, pero a partir de hoy ya no valen excusas.
Dirán ustedes que soy un aguafiestas…, pero, ¿cuánta fiesta quieren, y más en nuestra situación, la que vivimos, en que de un momento a otro todo se puede ir, como se dice en México, por el caño? Ojalá estos días de paz y amor nos hayan servido para algo. Ojalá hayamos podido asumir y empezar a cumplir alguno de los múltiples propósitos que nos hacemos de manera secular por estas mismas fechas todos los años. Lo deseo de todo corazón, y, sobre todo, que hayamos visto la necesidad de amarnos un poco más a nosotros mismos, y hasta hayamos descubierto cómo.
Pero los Reyes Magos llegaron y se fueron, marcando un año nuevo más real incluso que el del 1 de enero, pues en esta fecha de hoy acaba lo bueno y llega lo inevitable. Lo que nos toca es aterrizar en la cruda realidad. Es lo que hay. Ya estamos bien despachados de dulces, de comidas especiales y de buenos caldos alcohólicos, de todas esas cosas que en tiempos normales ni siquiera se nos ocurriría mirar en tienda alguna. Y eso está muy bien, la verdad, pues sin estas fiestas no sería lo mismo de nosotros durante el resto de nuestro año.
De momento, y ya habrá tiempo de sufrir, me quedo con hoy, seis de enero, el último de los días mágicos de mi vida hasta hoy. Como es de suponer, los Reyes Magos no me han traído ni carbón, pero yo ya contaba con ello. Estoy conforme, pues, y hasta contento, pero me van a permitir que les comparta lo que en síntesis, que no en su tenor literal, les pedí a los magos de Oriente para este día y los tiempos venideros:
Que nos aporten la luz de su oro para que cada día podamos recobrar más personas los ideales y el espíritu de la juventud: vigor, alegría, ganas de vivir, rebeldía.
Que nos aporten incienso, que al arder destila tan buen olor que nos permita cada vez a más tener un mejor camino en la liturgia de nuestras vidas y afrontar así con más inspiración los retos.
Que nos aporten mirra como lo que es, un bálsamo necesario para curar las heridas y que éstas no tengan repercusión alguna en nosotros, para que, además, vivamos como si no las tuviéramos; que ello nos permita perdonar y perdonarnos.
Que nos aporten también la magia con el cometa que les guió hasta el portal de Belén, para que nos podamos subir a su estela y, sin dejar de estar en el mundo, vivir con ideales distintos a los que nos quieren imponer.
Les pedí también mucha vida así como varias pequeñas fruslerías que no vienen al caso. Y quizá porque la avaricia rompe el saco, no me han traído ni lentejas, pero menos mal que tengo las mías. Con todo, siento que han llenado de serenidad mi corazón, y eso no es poco. Así que solo me queda por decirles ‘kolaval’, preciosa palabra en lengua tsotsil, idioma ancestral derivado del maya, que significa, traducida al español, ‘gracias’.
Y, además, decirles kolaval de todo corazón.
*Mayté Flores Ayala Mancera es tanatóloga. Desde hace años viene ayudando en México a cientos de personas a superar sus duelos y a abrazar la realidad de la muerte con mucha vida.
Y vida, realidad que no se entiende sin amor, incluso en la muerte, es lo que más falta hace hoy en el mundo.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
En toda cultura subyacen ideas filosóficas, y acaso toda cultura es, de algún modo, ideológica. En todas las primeras manifestaciones de todas las culturas, la literatura y la Weltanschauung o idea del mundo se han fusionado en la misma cosa, como pasó con Homero (circa s. VIII a. C.-circa s. VIII a. C.). Con el tiempo, siempre se ha ido estableciendo la dicotomía entre dos realidades diversas que, por denominarlas de algún modo, podríamos decir que son fruto de la racionalidad y de la irracionalidad. Y aunque no en todos los casos ha ocurrido así, en la cultura Occidental ha vencido la primera.
En el mundo Occidental, desde hace algo más de dos centurias, hasta los sentimientos están llenos de ideas, y acaso como consecuencia de este predominio de las ideas, el acceso a la poesía, a la obra de arte, se ve amenazado por múltiples peligros que destruyen la unidad de fondo y forma, entre los que destacan el diletantismo, que exalta el fondo, que es cuando solo nos importa lo que un texto nos dice sin darle importancia a cómo nos lo dice, y el esteticismo, que materializa de manera principal la forma, que es cuando solo nos importa la manera en que se nos presenta un texto, sin importar lo que nos dice el propio texto.
Lo que distingue a la obra de arte de lo que no lo es es su capacidad connotativa, esto es, que nos dice más de una cosa; la clave que la conduce hacia los caminos de lo irracional y verdadero, con la meta de fondo de alcanzar el “Todo que lo reúne todo”, como en su día expresó el filósofo español Ilia Galán (1966). El hecho de que una obra de arte es una unidad de ser y de sentido que tiene la virtud de hacerse diferente y única y la misma ante los ojos de cada cual que la contemple, que tiene tantas representaciones reales y válidas como personas la compartan, que engloba todas las significaciones, mucho más allá del autor y de su intención.
Toda obra artística, en general, o literaria, en particular, por su origen y su naturaleza, es poesía. Y la obra de arte, por su estatuto enigmático –pues su razón es una razón que la razón no entiende–, es libre, fruto de la individualidad –incluso colectiva–, resultado de un “proceso” espiritual, abierto, de conjunción de técnica y de impulso, de esfuerzo y de contemplación activa. Pero vivimos tiempos convulsos en que se confunde todo, en los que hasta lo ingenioso pasa por artístico, marcando una convención aberrante. Una época de crisis creativa y de identidad del ser humano, en la que al desaparecer la voluntad de sentido el propio ser humano se convierte en el peor enemigo de sí mismo, más incluso que en cualquier otra época de la historia.
Si una imagen vale más que mil palabras, por ejemplo, una palabra vale más que miles de miles de imágenes, pues en cada mente cada palabra se recrea con imágenes diferentes. Esto sería señal de una sociedad abierta y expansiva, desde luego, pero ya Alexis de Tocqueville (1805-1859), en su “Democracia en América”, apuntó que observaba poca tendencia a la contemplación, que había una primacía de la acción y una acción científica puesta al servicio del bienestar, el placer…, que se perseguía lo útil y no lo bello”... Esto, que fue observado hace más de doscientos años, ¿no viene a ser también como un signo de nuestros días?, ¿por qué no puede ser en Occidente el arte lo más útil y consustancial a cada persona? En este sentido, ¿no es la mediocridad lo que se defiende cuando en muchas ocasiones se habla de “igualdad”? Si la fraternidad, ideal revolucionario como pocos, significa la negación de la parte a favor de una afirmación absoluta del todo, ¿no nos ponemos en la posición de esclavos, negando la libertad, que es el primero de los ideales revolucionarios, y, de este modo, dejamos de ser por nosotros mismos, y de serlo lo somos en favor de un “ente” superior que nos condiciona hasta incluso cada cosa que hagamos cada día?
Es la realidad: los medios de dominación cambian, pero la dominación perdura. Se habla de la libertad como si de una mercancía se tratase, pero frente a esta sociedad Occidental deshumanizada, tecnificada y distópica, perdida la fe en el mito y en la revolución, cuando ya no quedan más que esos intereses que solo saben del mercado, el debate acerca de la poesía, en su sentido más amplio –debe entenderse que no hablo de poemas ni poetas, sino de la capacidad creativa y de expandir nuevos horizontes que cada ser humano tiene por el hecho de serlo–, está en condiciones de recobrar un vigor y una actualidad que no debiera haber perdido nunca. Y yo lo propongo como reto. A ver si prende.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
El ayer se fue. El mañana aún no ha llegado. Solo tenemos el hoy. Comencemos.
Madre Teresa de Calcuta
El día primero del nuevo año despertó a Gregoria, el sol fue quien le dio los buenos días, sus rayos se reflejaban directamente sobre la ventana de su habitación. Se cubrió el rostro con la cobija, quería quedarse dormitando unos minutos más. Echó un vistazo al reloj, eran las 8,30 horas. Decidió levantarse. Se lavó el rostro con cuidado y esmero, como si fuera un ritual. Se miró al espejo y sonrió. Era una linda manera de iniciar el año, con vida y con entusiasmo.
La casa se escuchaba en silencio. Martha y Patricio, sus hijos, aún dormían. A Gregoria le apetecía escuchar el canto de los pájaros, solían ponerse en el árbol que estaba frente a la ventana de la cocina. Abrió la ventana, los encontró en pleno jolgorio. Aprovechó para prepararse un té de matcha. Mientras lo degustaba se sentó a disfrutar el concierto de las aves.
Fueron asomándose los propósitos que se había trazado para el año nuevo. Sonrió, en un sentido de complicidad con ella, a modo de advertencia que debía esmerarse para cumplirlos. Recordó que había hecho un propósito colectivo con Patricio y Martha, darse el espacio para leer por placer e intercambiar los textos, impresos o digitales. Gregoria y Patricio eran amantes de los libros en papel y Martha prefería lo digital.
Bebió el último trago del té, estaba delicioso, no en vano era uno de sus favoritos; mientras tanto iba haciendo memoria de los libros que tenía pendiente leer. Die zeit, musitó para sí, el tiempo, le gustaba como sonaba la frase en alemán. Sin duda, uno de sus mejores aliados sería el tiempo, debía aprender a lidiar con él y administrarlo, sin estresarse, para poder llevar a cabo cada propósito. La tarea era todo un reto, bien valdría la pena afrontarlo. En eso estaba cuando escuchó las carcajadas de Martha, era señal que había despertado y seguro hecho alguna travesura a Patricio.
PD. ¡Feliz año 2022! Salud, alegría en los corazones y bienestar para el público lector de estas Voces ensortijadas y para sus seres queridos.
Fotografia: Pexels
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Hay días como hoy en que a uno o le llueven las ideas o no se le ocurre nada o le pasan ambas cosas en simultáneo. Se sienta y se levanta, como a cámara lenta unas veces como rayo a punto de volar otras; en todo caso como autómata, una y otra vez. Se rasca la cabeza, se asoma por la ventana, y como uno ya no fuma se pone a jugar y a tropezarse con las canicas de sus ideas y sentimientos. A mí me pasa que los pensamientos viajan en esos casos como en tren de carbón, alborotados, hechos prisma, y no hay varita mágica que espante sus cabellos. No hay bloqueo por defecto sino por exceso, y ahí uno empieza a recordar, en su soledad, qué dijo quién...
* * *
Rainer María Rilke (1875-1926) definió el amor como un homenaje mutuo de dos soledades que se cercan y se dan calor, y confesó: “Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad”. El praguense despreciaba el paso del tiempo y exaltaba la virtud de la paciencia. Dejó una estela de incalculables dimensiones, hasta el punto de influir en gran parte del pensamiento contemporáneo. Martin Heidegger (1889-1976) partió de su obra, entre un par de fuentes más, para establecer su filosofía, que en nada es amorosa.
Le preguntaron una vez al novelista argentino Osvaldo Soriano (1943-1997) que por qué escribía y contestó: “Para compartir la soledad”. Tiempo después, el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009) se hizo eco de esta respuesta y publicó el 1 de noviembre de 1987 en el diario español 'El País' “La soledad comunicante”, un artículo a cuyo final se inquiría: “¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al prójimo?”
El francés argelino Albert Camus (1913-1960) aseguró: “No puedo vivir sin mi arte” y partía de ideas filosóficas para elaborar su obra. Gloria Fuertes (1917-1998), poeta española extraordinaria y quizá por ello, aún poco reconocida, hizo constar también que no podía “vivir sin escribir”. El Nobel colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014) comentó en cierta ocasión que para escribir sólo necesitaba sentir calor y tener el estómago lleno.
Friedrich Nietszche (1844-1900) apuntó: “La sociedad necesita de poetas como el cielo de estrellas”, poco después de que Isidore Lucien Ducasse, más conocido como ‘Conde de Lautréamont’, francés aunque uruguayo, predijera que un día la poesía sería hecha por todos, claro que el sentido –que no el origen– de ambas afirmaciones es antagónico. Si bien el alemán apelaba a la necesidad de los poetas verdaderos, el francés nacido en Uruguay se reía de la realidad de una sociedad en que proliferaban escribidores de poemas.
El diccionario ideológico de Casares define la literatura como el “Arte que tiene por objeto la expresión de las ideas y los sentimientos por medio de la palabra”. Ideas y sentimientos... El debate entre filosofía y literatura, sin menoscabo de que cada una pueda contener ideas y sentimientos, es tan antiguo como el conocimiento humano, jugoso debate al que siempre me he sumado y al que aportaba algún apunte el pasado 21 de diciembre en mi Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente. Se trata, como decía ahí, de una batalla que ya en Platón (circa 427-347 a. C.) se resolvió a favor del logos del pensamiento filosófico, aunque, con posterioridad, en el Renacimiento italiano y a partir del siglo XIX, con Goethe (1749-1832), Kierkegaard (1813-1855) o el propio Nietzsche, volvió a un primer plano. Ya en el siglo XX, Alfonso Reyes (1889-1959), poeta y ensayista mexicano sin el que no se entiende la literatura ni el pensamiento en español del siglo XX, distinguió en su “La experiencia literaria” entre filosofía y literatura, tras lo cual concluyó: “No nos importa la realidad del crepúsculo que contempla el poeta, sino el hecho de que se le ocurra proponerlo a nuestra atención, y la manera de aludirlo”.
* * *
Y en ello estoy... En que a nadie le importan mis asuntos ni mi soledad sino el hecho de que se me ocurran cosas y proponerlas a la atención de los demás... Mi manera de aludirlas es otra cosa. Hoy, concatenando jirones de lecturas. Mañana, quién sabe...
Por cierto, me quedaron muy ricas las lentejas. Espero que a ustedes también.
M. P.-P. en un evento de Sediento Ediciones en el café Via Lattea, en pleno corazón de la colonia Roma de la Ciudad de México, en julio de 2013.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva.
Los oídos del joven creyeron comprender desde su rincón apartado. Y esas palabras, revoloteando en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo. Así llegó a crecer, convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo, en una afonía perpetua, con la indiferencia generalizada en su rostro. Nació así un ser extraño. Melancólico, a ratos. Frío e impasible. A veces, apático. Aunque no siempre, porque la inocencia, esa fuerza tan vasta y vigorosa, también puede lo suyo. Por aquel entonces nadie comprendía sus maneras. En el hogar sus padres le observaban en silencio, cuando entonces. Luego, en un amor encerrado en las vidas paralelas, también ellos se miraban, como si tal cosa, y torcían a veces el gesto, en una busca del camino certero y voluble. Una obsesión hundida en el ardor por ese hijo que había comprendido, desde muy pequeño, las enseñanzas del maestro. El hijo cambiaba su aspecto con el paso del tiempo. La mudez de las cosas. Los sentimientos arrugados, queriendo desaparecer en la veladura de los años, tiempos que se sucedían sin que los padres pudiesen hacer nada. También esos padres cambiaban. Envejecían. Pero seguían creyendo que la tristeza de su hijo era como era, una cierta ironía de la vida, una impasible cochura del alma. Un día el hijo llegó tan alto que tuvo que confesar sus verdaderas emociones. La gente no le atraía. Notaba en ellos, en esos extraños de la vida, que todos mentían. Como una fachada herida, ingrata, soez, maleducada. Los padres, en el calor de la estufa, con las enaguas sobre las piernas, sólo tuvieron fuerzas para callar comprendiendo. A veces es mejor el silencio que una respuesta inoportuna, pensaban. Nuestro hijo es así. No hay más. De tanto, los meses pasaron a la velocidad del rayo. Días fugaces, repetitivos, cansinos. Y en ese tiempo la soledad se le fue clavando en la mente cada vez con más fuerza. Una soledad encarnada, hecha vida, como si un enorme despoblado le venciera los nervios, doblándolos, volviéndolos sumisos. Paul comenzó a notar que sus padres habían encanecido. Y sintió una pena y un dolor intensos. Muy fuertes. Tan fuertes que el alma se le partía. Y la voluntad se le dividía entre su padre y su madre. ¡Tanto esfuerzo en la vida! En el barrio el niño de los Radford seguía siendo el solitario. Sólo los mayores pasaban de lado, pero los otros jovenzuelos dedicaban a Paul toda la carga de injusticia que anida en los corazones pequeños. El aislamiento pugnaba, de esta manera, con la inocencia. Una lucha sin par y atroz, tal vez desmedida. (Hablamos de dos formidables sentimientos enloquecidos por las esquinas de los días). Paul creció. Un bozo sobre el labio, apuntando hacia adelante. Una ligerísima sombra bajo la nariz. Y todo el amor para sus padres, que seguían con las enaguas sobre las piernas, en otro invierno, apurando el amor que se escapaba, como la vida, del cuerpo, de toda el alma. Su madre en un suspiro pensando en el hijo. Pronto se encontraría de frente con el verdadero desierto, pensaba. La mujer no deseaba un campo yermo y abandonado para su hijo. Pero ¿qué hacer? El padre, sumido en la inconsciencia que otorgan los años, amaba a su mujer y trataba de ocupar en ella el vacío. Llenar con su amor de hombre esa cordura desleída, ese cuajarón de sangre. Y así pasaban las tardes, mirando a través del cristal empañado, acariciándose las manos sobre el tapete escogido, en el salón que gozaron desde que su hijo, por aquel entonces, les vino al mundo. Por la calle la gente caminaba sin detenerse. Siempre las mismas caras, en su tediosa envoltura de inopia, en su terrible ignorancia, gentes temerosas de Dios que por las noches rezaban en silencio, en un rosario inacabable de murmullos, bajo las cálidas sábanas de sus hogares. Pasó el tiempo. Paul había quedado por vez primera. En el puente. O sobre él, encima de la piedra biselada, como él había supuesto. Se agarró el cuello y se abrochó hasta el último de los botones del abrigo. El viento había estallado al mediodía. Y por la tarde podía oírse aún el grito del aire chocando con los salientes. Los árboles, acostumbrados a esas bravuconerías, doblaban sus tallos creando siluetas inclinadas. Era otoño. ¡Ya el frío tan cerca! Paul cerró la puerta tras despedirse de sus padres. El mundo, ante él, con la misma soledad que de niño. Volvieron a revolotear las palabras del maestro en la mente del joven. “La soledad es peligrosa, adictiva”. La última palabra se le trastabillaba. Y volvía a pensar en ella. “Adictiva”. Pero el joven llevaba consigo una ilusión comprensible y apabullante. Nunca hubo imaginado que algún día… Pero sí, ese día había llegado. Ella estaría ahora saliendo de su casa. Debía darse prisa. En alguna ocasión, recordaba, alguien le dijo que nunca se debe llegar tarde. Y hoy se trataba de una cita. Con ella. Su primer encuentro. A solas. El mundo y él. Ella y él. Desde el colegio los ojos de ambos. Siempre cruzando unas miradas cómplices. Y unas sonrisas eternas. Por el aire, sin que nadie, salvo ellos, notase la ausencia de sus voluntades y de sus corazones. Clara siempre se le había clavado. Era hermosa. Rubia y alta. Distinta. Con un algo misterioso muy adentro que nunca pudo ni supo ni quiso explicarse. Hasta ese momento la vida se le había mostrado a través del aspecto más vulgar de la materia. Lo otro, lo que sus padres afirmaban en esas horas pasadas al fuego, aún no lo había llegado a conocer. ¿Qué sería eso otro de que ellos tanto hablaban? Paul pensó en sus padres. Mientras tanto, avanzaba por las calles retorcidas, con el cuello bien alto. Caminaba con las manos encerradas en los bolsillos, soportando el soplo violento del aire de otoño, anticipo de las primeras nevadas. Clara en su pensamiento. Nítida esbeltez. Definida locura de su amor. Amor anidado en un pecho excesivamente joven. Demasiado acostumbrado todavía a las antiguas palabras del maestro. Alcanzó la vista que le arrastraba como si fuera un perro de tiro. Llegó jadeando. Nervioso. Su cuerpo temblaba bajo la ropa adherida. Una silueta definida. Sobre el pretil de piedra, sí. Dentro del apartadero. Protegida con una capa gruesa. El gorro le cubría la cabeza. Luego, Paul junto a ella. Había llegado a la hora exacta. Una campanada sonó violenta en el cielo plomizo. Las siete y media. La hora en que comienza el sol a escurrirse por el horizonte.
Tras él… Viajando a no se sabe qué lugar misterioso… Las nubes lloran débilmente sobre los jóvenes…
Clara le miró con sus ojos verdes, en un destello desconocido y profundo. Paul se quedó paralizado por la hermosura de la joven. Recordaba la gracia de sus manitas de niña, cuando entonces. ¡Hacía tanto! Ahora, esa niña de ojos vivos se había transformado en una tierna mujercita. A Paul el corazón le palpitaba. Y se cubrió el pecho con las manos para ocultar ese atroz golpeteo, sordo y cadencioso. Con la mirada se dijeron muchas cosas. Hasta que ella soltó su dulce sonrisa y le pasó la mano por la cara para quitarle unas gotas caprichosas. Habían quedado citados allí, pero la tarde, el día, la lluvia… Paul estaba feliz. Clara estaba feliz también. El joven había descubierto una abertura en su vida, a través de su corazón que chorreaba ilusión y esperanza. Sacó del bolsillo un bulto pequeño cubierto con un papel colorido, de flores. Ella lo tomó, sorprendida. Al abrirlo, el papel crujió bajo sus dedos nerviosos. Un pequeño y primoroso librito de versos. De Carolin Schwab, la poetisa que a ella siempre le hubo fascinado. La chica se quedó observando el obsequio y no fue capaz de levantar la mirada. Sus ojos, acuosos. También el amor viaja en los libros. Pronto decidieron apartarse de allí. Pero antes…
…Antes necesitaba confesarle algunos secretos. Pesares que siempre había llevado prendidos en la quietud de su desprendimiento. Y la duda. Ese eterno y angustioso recodo de la confianza y amistad…
Pensaba Paul en la dichosa palabra cuando de pronto, en un arranque inesperado, casi de furia y de amor excitado, aprovechó la lluvia que les caía sobre los hombros y la invitó a continuar junto a la senda, donde la esquina separaba el puente de la calle cercana. Entraron en el restaurante. Desde siempre a los jóvenes como ellos The Fox Den les había subyugado. Por la atmósfera creada en el interior. Como una caldera que aviva los corazones. Así el lugar escogido. Paul, adelantado, eligió una de las mesas más apartadas, lejos del bullicio del principio, donde la gente, de pie, tomaba cervezas y reía y cantaba. Más allá, sobre el cuadrado verde, un filo aterciopelado formaba un paisaje de madreselva. Se sentaron. Clara enfrente de él. Con sus miradas al suelo, por la timidez y porque los dos eran conscientes de que de esta cita podía depender no sólo sus destinos, sino el propio devenir de sus vidas, el azaroso fluir de todo el mundo. Paul pidió una cerveza. Clara hizo lo mismo. Y luego, cuando el camarero desapareció, un hundimiento de las voluntades, un precipicio entre ambos que solamente la luz de la joven alumbraba en silencio. Clara, sin saber qué hacer, abrió el librito y comenzó a leer mirando a Paul de vez en cuando. Había elegido uno de los poemas más hermosos: “Green is the colour of hope”.
Layin´ down In the Green Green grass Eyes closed Darkness in your mind
Hopes’s only in The colour around you But not for your own…
Calló. Cerró el libro y lo volvió a poner sobre la mesita. No fue capaz de continuar declamando unos versos tan bellos. Paul acercó su mano a la mano de Clara. Los dos comprendieron de inmediato. No en vano se había tratado de un propósito gestado en el calor de la estancia. Adivinaba en su rostro una emoción desconocida. Profunda. Sincera. Y le dio miedo al joven. Un terror oculto desde siempre y que ahora nacía, resuelto, y se colaba entre ambos, como una daga bien afilada, como una lengua sedosa y húmeda sobre la piel fría.
Adictiva…
La palabra, envuelta en su verdadero significado, alcanzó la frente de Paul. Y se acordó de nuevo cuando en el aula sus ojos volaban a los ojos acristalados e infantiles de la amiga, sobre los rostros apáticos y vulgares del resto, cruzando el espacio como hilos que enlazan las voluntades. Allí, en ese sagrario espacioso, se sentía enorme el pequeño. Enorme y libre. Sumido en una paz en remanso, como la calma de un día sin viento. Ahora, sin embargo, al oír los versos de la joven traspasando el velo que les cubría, apareció en su pecho el horror a perder esa libertad y calma soñadas. Simple cuestión de saber, de poder y de estar dispuesto a la renuncia definitiva. El encanto del principio dio paso, lentamente, a una indiferencia disfrazada de pereza, de temor, de miedo a perderlo todo, a perderse él mismo, miedo a dejar de ser una persona inopinada, un individuo ramplón y solitario, un ser acomodado en su colchón de ignorancia, bajo el manto fugaz y necesario del amor de sus padres. Paul observó la candidez y la encantadora figura de Clara. Sin el abrigo, la muchacha había eclosionado en un estallido primaveral de hermosura, mostrándose ante él en toda su esencia, casi desnuda, abierta al hombre que pronto surgiría rabioso de la carne. Y se alejó el joven de esa lujuria que le estaba apuñalando, notando en sus gestos que el cuerpo y los sentimientos se le iban de allí, muy lejos… La noche apareció ante ellos en una cúpula de cristal. Fría. Silenciosa. Tremendamente cercana. A peso sobre las espaldas de los jóvenes que salieron a la calle cuando ya sus corazones habían enloquecido. Se despidieron con la certeza clavada de una separación para siempre. Clara apretó el librito muy fuerte, aprisionándolo entre sus dedos. El amor empaquetado siempre volaría con ella por muy lejos que ambos se encontrasen. Era lo que le quedaba de esa noche transparente y cruda, bajo las estrellas, cuando ya el viento del otoño moribundo había huido de la ciudad. Paul llegó a su casa bastante tarde. Anduvo luchando con el tiempo, paseando por las calles desiertas, meditabundo, reflexionando en el sentido de sus actos, intentando comprender los motivos, los sucesos, los fracasos, los temores, sus propias ausencias y vaguedades. El joven debía madurar. Los años le esperaban, pacientes, más allá de su vida. Al otro lado de la adolescencia, cuando el amor te llega o cuando te quedas esperándolo sin esperanzas.
Pero había decidido...
Alcanzó de nuevo el puente, después de una vuelta alrededor de la ciudad. Se quedó allí parado, mirando la piedra exacta sobre la que Clara había colocado sus manos. Y pensó en ella con una pasión exacerbada y extraña, como si el arrepentimiento le hubiese abrasado, de pronto, la garganta. Se llevó los dedos a los ojos. Respiró hondo. Contrajo el pecho, el dolor. Giró el cuerpo y dirigió sus pasos hacia la casa donde sus padres seguramente estarían despiertos. La salita ardía. Los viejos permanecían en silencio junto a la mesa, con sus manos inquietas. Esperaban al hijo con los ojos perdidos, en una mudez compartida. Paul, al entrar, besó a la madre sobre la frente. Luego el padre cruzó con él una leve sonrisa. Y los esposos, a su vez, cruzaron sus pensamientos. Habían sospechado que el hijo sufría. Por sus maneras de andar, por sus gestos sombríos. Se sentó junto a ellos y guardó un mutismo respetuoso. La madre le sirvió una taza de caldo y el joven lo tomó suavemente, sumido en sus propios temores. Luego les dio las buenas noches y subió las escaleras hasta su cuarto. Vemos al joven sobre la cama sin deshacer. Mira al techo con los ojos cerrados, envuelto en una especie de cordura que se le escapa lentamente. Clara sobre el puente. Clara sentada frente a él, con los labios apretados, bajo unos ojos verdes que le siguen atrayendo. Vuelve ahora sobre sí mismo, dobla la voluntad. De pronto regresa la palabra anclada desde siempre.
Soledad…
Cada vez el sonido más violento, más diáfano en la hechura del cuarto, vibrando en sus oídos, en su piel, en su mente.
Adictiva…
Otro sonido que golpea las paredes como si la tormenta de antes hubiese penetrado hasta él, sin permiso. Más tarde la paz, la separación exclusiva, el odio al resto del mundo. Paul gime sobre la colcha desnuda. Y siente un frío tremendo. Arrugado, con los brazos rodeando sus rodillas, el joven continúa pensando en la terrible decisión de cuando entonces, frente al carácter tibio y elocuente de la joven. Sueña que están casados. Con sus vidas donadas. Extraños en sí mismos. Juntos y felices, pero con la cortadura de la prisión que a veces ese estado supone. Cree ser feliz. También le parece ver en la frente de Clara ese dibujo suave que nace cuando la felicidad te ha desnudado. Paul busca la paz. Ansía alejarse del mundo. Desprenderse del deseo, de la carne, de sí mismo si esto fuese posible.
Pero Paul es tan joven…
Sus padres han subido los escalones tratando de no hacer ruido. Pero el hijo los conoce tan bien, los ama con tanta potencia, que no puede evitar un temblor en el alma.
Envejecen...
Pronto, sobre sus rostros, unas arrugas de amor, en una piel adelantada en el tiempo. Y Paul comprende que llegado ese momento debería vivir sólo con los recuerdos prendidos, con ese amor de niño sobre la falda de su madre, con ese juego fugaz alrededor del padre que corre, corría tras él y reía y reía. La noche cruje, crujió sobre la ciudad. La llovizna de la tarde se convirtió, de manera insospechada, en un aguacero, en una tremenda corriente que arrastró todo cuanto encontró a su paso. Paul ha quedado dormido en su tierna envoltura de hombre, en su tibia inocencia. Se ha dormido pensando en la chica. Y Clara, con sus enormes y bellos ojos verdes, se le aparecerá en los sueños eternos de una noche sin fin, clavando el puñal de su amor sobre la carne blanda y decisiva. Los últimos salen del restaurante con las esperanzas y temores renovados, esperando la llegada de un nuevo día. The Fox Den apagó las luces y cerró.
La autómata(1927). Edward Hopper (1882-1967).
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
mis pupilas sobrias sin drogas añejas + mis pupilas niñas de olvido perpetuo + mis pupilas santas de espejo rotos + mis pupilas suaves de ásperas miradas + mis pupilas extrañas de edulcoradas memorias + mis pupilas necias de reacios aprendizajes + mis pupilas volátiles afincadas en tierra + mis pupilas nacientes de blancura absoluta + mis pupilas crepusculares de amores violetas + mis pupilas vivas de furor estremecido + mis pupilas muertas de ayeres conclusos
[Compré en Puebla la Poesía completa, de Alejandra Pizarnik; la comencé a leer allí y la terminé en Guerrero. Leí “Vagar en lo opaco” y en la misma página escribí a mano y casi en automático la derivación que publico. Con Nadia, Alfredo, Dalí, Roger y Víctor Hugo compartimos lugares para dormir, funciones de teatro, desayunos, comidas, tragos e interminables conversaciones, de modo que, aunque ellos no leyeran a Pizarnik conmigo, se volvieron parte de mi experiencia lectora, de la mixtura que siempre hago con leer, escribir, vivir, como si no estuvieran (no están, en mi caso) separadas… Por eso mi vagar se volvió colectivo y mis pupilas, como peces jesuíticos, se multiplicaron.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Mi estofado de lentejas para hoy
Por Manuel Pérez-Petit
En algunas regiones de Italia como Nápoles, Sicilia y Calabria se conserva en Nochevieja una milenaria tradición que consiste en tirar muebles viejos por la ventana, costumbre fundamentada en la creencia de que al hacerlo se liberan de las cosas malas del año que termina. Hay quién cree de manera errónea que de ahí viene la expresión “tirar la casa por la ventana”, que es de origen español y tiene que ver con la lotería: los agraciados con premios gordos, ya desde el siglo XIX, tiraban todas sus cosas por la ventana a fin de comenzar una nueva vida. Sin embargo, todo está relacionado entre sí.
Llegar al 31 de diciembre de cada año supone, de algún modo, haber terminado ese recuento de lo que ha sido el año y tener claros los propósitos para el año nuevo, que apenas se encuentra ya en ese momento a unas pocas horas. Hay quien hace su análisis en términos de éxitos y fracasos y quien lo lleva a cabo en relación a los objetivos que se marcó para los doce meses anteriores. Quien ve el vaso medio lleno y quien lo ve medio vacío. Quien se lame más que nunca sus heridas en estos días y quien los vive con aparente indiferencia.
Diciembre tiene esas cosas: Por ejemplo, las listas –de mejores libros, películas, fallecidos…– que, a veces, nos sobresaturan incluso llegando en no pocas ocasiones a ser hasta ridículas. Pero las necesitamos y nos sentiríamos extraños si no las hubiera. Como la Navidad y el fin de año comienzan, por mor de la sociedad consumista que vivimos, cada vez antes, nadie debería sorprenderse que lleguemos a conocer listas de resumen del año que comiencen en octubre, con cientos de destacados, y en las que nunca apareceremos nosotros, por mucha expectativa que pongamos en el asunto, ni aunque hayamos publicado una novela de campanillas. El mundo está así, y así debemos aceptarlo.
Volviendo al 31 de diciembre, hay pocas tradiciones para este día como las lentejas. Esta legumbre simboliza muchas cosas. Por ejemplo, la abundancia, y en muchas regiones del mundo. Las lentejas tienen mucha historia. En la cultura judía, en las cenas de duelo de la víspera del ayuno del Ab, aniversario de la destrucción de los dos templos, son imprescindibles. Esaú, hijo mayor de Isaac y de Rebeca, vendió a su hermano Jacob su primogenitura por un plato de lentejas –de ahí viene la expresión “venderse por un plato de lentejas”–, como nos cuenta el primer libro de la Biblia, el Génesis. Los antiguos egipcios y los griegos comían lentejas en los rituales funerarios al creer que este guiso transformaba a los hombres en más alegres y confiados.
Se trata de un platillo caliente que combate con eficacia el frío, que es más ligero que el que se pueda cocinar con cualquier otra legumbre, que es muy barato y que en Italia es tradición comer junto a las uvas a medianoche.
La primera vez que comí lentejas en Nochevieja fue en Venecia en la madrugada del 31 de diciembre de 1983 al 1 de enero de 1984. Fue entonces que descubrí esa costumbre italiana y la sumé a mis hábitos. Desde entonces, en muchas ocasiones en esta misma fecha me he hecho mi estofado, como hoy lo haré.
Ya lo tengo todo preparado: Un cuarto de kilo de lentejas, una patata, un chorizo rojo, unos trozos de tocino blanco y otros de jamón curado, un tomate, varias hojas de laurel, una cebolla, una zanahoria, dos dientes de ajo, pimentón dulce, pimienta negra, orégano, comino molido y, como es natural, la sal gruesa y el aceite de oliva. Todo tiene su razón de ser.
Remojaré las lentejas con agua fría por un ratito, no más de media hora. Pelaré, lavaré y cortaré la patata y la zanahoria, aquella en trozos grandes y ésta en rodajas. La haré unos leves cortes al tomate, que debe ser maduro, y también lavaré solo con agua el chorizo –y lo trocearé–, el ajo y el laurel. Pondré la olla a fuego lento con un fondo de aceite de oliva. Agregaré el pimentón. Esperaré a que se caliente, momento en el cual llenaré la olla de agua. Echaré las lentejas, los trozos de patata y zanahoria, el tomate, la cebolla, los dientes de ajo, el tocino, el jamón, el chorizo, un par de pellizcos de pimienta negra entera y pimienta negra partida, un pellizquito de orégano y otro de comino molido, el laurel y, por último, un puñadito de sal. Taparé la olla y dejaré que se vaya haciendo. No hay que remover. Los buenos platos no merecen ser mareados. Lo importante es que haga ‘chup, chup’ –esto es, que nunca hierva–. En unas tres horas tendré mi estofado, siempre a fuego lento. Al terminar, lo dejaré reposar y esta noche será mi delicia.
Quedan todos invitados. Buen provecho. Feliz año nuevo.
Ya tengo las lentejas en casa, aún en su envoltorio, y las prepararé enseguida.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Entre los siglos XV y XVI, Paracelso (1493-1541) interpretó que Dios creó el mundo incompleto y encomendó al hombre la tarea de completarlo, para lo cual era necesaria la Piedra filosofal, elemento clave e ignoto. La buscó durante gran parte de su vida, pero nunca la encontró, y por eso concluyó que tal cosa no existía.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274), en el XIII, sistematizó el conocimiento y creado una síntesis de Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) y otros pensadores clásicos, islámicos, judíos y escolásticos, poniéndola al servicio de la fe. Un siglo más tarde, el franciscano inglés Guillermo de Ockham (circa 1285-1349) echó por tierra su obra negando los universales, la posibilidad de unir fe y razón, de demostrar la existencia de Dios y apostando frente al conocimiento abstracto por el conocimiento intuitivo: “aquel en virtud del cual sabemos que una cosa es, cuando es, y que no es, cuando no es”. Con base en su pensamiento, en el siglo XVI, Martín Lutero (1483-1546) inició y promovió la Reforma protestante.
En tiempos mucho más recientes, Albert Einstein (1879-1955) revolucionó las estructuras del universo con la Teoría de la relatividad, cuya certeza se encuentra en la actualidad en debate.
En todos los ámbitos, el mundo cambia, pero son las personas las que cambian el mundo, lo completan, lo reformulan, lo revisan, lo ponen “al día”. Estos hitos que cuento y muchos otros más no suelen ocurrir en exclusiva por vía de la razón sino también, en mayor o menor medida, por la de la pasión, y suelen ser fruto de cierto amor, en su más amplio sentido. Paracelso, movido por su soberbia, pensaba en concluir la labor creadora de Dios. Santo Tomás lo hizo todo por su fe, lo mismo que Ockham, aunque a éste le influyó más un cierto afán de evolucionar las cosas y, en efecto, influenció la Reforma que impulsó Lutero. Einstein abogó con fervor por las libertades individuales y el pacifismo.
El poeta español Gabriel Celaya (1911-1991) dejó escrito en 1944: “Para salvar la poesía, como para salvar cuanto somos, lo que hay que transformar es la sociedad. Y a esto debemos consagrarnos con todo y, por de pronto, si damos en poetas, con la poesía como arma cargada de futuro”.
Los mortales, esto es, los artistas, todos nosotros, hagamos 'obras de arte' o no, los que tenemos la capacidad de transformarnos y transformar la sociedad, tendríamos sin excepción que aspirar a la luz, a ser la zarza ardiente que no se consuma y que se renueve, en este incendio pavoroso e inevitable que es vivir y que hoy está amenazado. Las personas deberíamos convertirnos, de este modo, en vidrieras –es más, en vitrales sin medida–, para dejar pasar la luz a través de nosotros mismos y multiplicarla y esparcirla sin límite, en esta realidad más real que la realidad que nos toca vivir y que nos tendría que estar contagiando a todos. Con más razón aún en este mundo oscuro. Al cabo, solo se trata de amar. Yo creo que con ello seremos capaces no solo de sobrevivir sino de salir triunfantes frente a los poderes del mundo que pretenden quitarnos la vida.
Todos somos creadores, poetas en el sentido más amplio. Libérrimos y soberanos, capaces de levantarnos hasta de la más terrible adversidad, de unirnos en nuestra soledad y crear una soledad de soledades transformadora y fértil. Todos somos capaces de impedir que hagan con nosotros lo que quieran, aunque parezca lo contrario. Nos podrán quitar todo pero si no queremos no dejaremos nunca de ser lo que somos, por lo que hoy deberíamos creer más que nunca en nosotros mismos.
Torre campanario de la catedral de Sevilla, España, conocida por «La Giralda».
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
No existe el mundo sin personas, por mucho que algunos se empeñen en reunirnos en rebaños dóciles con los que ejercer su poder con la excusa esta vez de una pandemia que les viene que ni pintiparada para cumplir sus sueños de dominio. La esclavitud siempre existió, al fin y al cabo, y lo que ha venido cambiando con el paso de los siglos son los medios de dominación con que unos pocos han buscado y buscan el control de todo y la negación de la libertad. Pero la libertad es inherente al ser humano, y esto suelen olvidarlo. De ahí, los procesos revolucionarios, por ejemplo, y como tal ninguno ni tan humano como el arte.
“El arte, realmente, no existe. Existen los artistas”, nos decía Ernst Gombrich (1909-2001) al comienzo de su famosa “Historia del arte”. En un estado adánico y primigenio, nadie necesitaría del arte ni de las palabras. Sin embargo, no es el caso, y, ante la realidad, el artista representa la rebeldía, traspasando las fronteras de lo cognoscible, llegando al deber ser y lo inasible, y, asentándose en la vida vivida, sin la que nada es posible, crea –o recrea, si se prefiere– en, con, contra y frente a todo. La creación artística y la experiencia de la obra de arte “se dan en la historia, son historia y niegan la historia”, según defendió Octavio Paz (1914-1998). Da igual –de verdad– como se llamen los artistas ni cuándo vivieron o cuáles fueron los avatares de sus vidas, pero algunos, por alguna circunstancia desconocida y misteriosa, ahondan tanto en lo suyo –con mayor o menor grado de consciencia– que llegan a ese lugar incognoscible pero reconocible en que se halla la misteriosa razón por la cual sus obras se convierten en ‘clásicos’ y llegan, a través de la historia, a nuestras manos.
Es un proceso que no conoce la prisa pero que ocurre, y eso explica que a veces se tarden siglos en otorgar a ciertas obras artísticas el lugar que les corresponde en nuestras vidas. Obras que, al entrar en el subconsciente colectivo, aportan con determinación a la visión general del mundo, y lo agrandan, y hacen más difícil que podamos ser esclavizados.
Bien es cierto que la historia no es lineal ni constante y que se ve sometida a procesos de muy diversa intensidad y ritmo, en los que los relojes sólo hacen fe práctica de una convención muy poco viva e incapaz de medir más allá de la física: la medición del tiempo, a la que le ocurre como a la mayoría de las convenciones. Sin ir más lejos, como al metro: principal unidad de longitud del Sistema Internacional de Unidades, que en su origen se estableció como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre a su paso por el ecuador, y hoy, con más precisión, tras muchas idas y venidas, se define como la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo, lo cual está muy bien, pero, ¿qué pasa cuando uno está a un metro de algo, de que vale saber lo que es el metro o el segundo cuando, a veces, de un metro o de un segundo depende la propia vida, la emoción o el deseo?
Federico García Lorca (1898-1936) le dijo en una ocasión a su compañero de la llamada ‘Generación del 27’ Gerardo Diego (1896-1987) que el poeta muestra el fuego que tiene en las manos, pero yo creo que ese fuego lo tenemos todos. La presente es una época llena hasta el hartazgo de mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, que son sacralizadas y negadas de manera sistemática, pues cada cual tiene sus propias mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, y así, el relativismo, el afán de experiencias y de conocimientos, el exceso de información y el determinismo construyen una sociedad desorientada y pseudoerudita, en la que prima la acción por la acción. Una sociedad propicia para que lleguen iluminados a establecer sus tiranías. Y con cualquier excusa. Una sociedad en la que todas las manos y las voces que se alcen son pocas para reivindicar un universo abierto y libre, en el que los seres humanos seamos de carne y hueso y tengamos hambre y ganas de vivir y, sobre todo, amemos. Y amemos el fuego que baila en nuestras manos como reivindicación de nuestra naturaleza creadora y antídoto frente al rebaño que nos asignen.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Hortensia salió antes del mediodía para comprar los ingredientes que faltaban para preparar la cena de fin de año. Se había ofrecido con su familia que ella iría por el mandado. No era tan puntual en sus salidas, así que su intención de ir al mercado a las 8 de la mañana se vio aplazada. Finalmente salió con destino al puesto de frutas secas y especias. El día estaba sumamente soleado y cálido, ni señas del invierno.
Tuvo que desviarse de la ruta que había trazado, algunas calles estaban en reparación. En ese trayecto observó a un señor mayor vendiendo de manera informal sobre una banqueta, tenía sonajas de plástico y diversas figuras de animales elaboradas con palma. Estas últimas llamaron su atención. El señor portaba un sombrero de palma, camisa de color blanco, manga larga arremangada, estaba sentado muy entretenido tejiendo una figura. Ella no alcanzó a ver su rostro. Lo primero que le pasó por la mente fue, quién iba a comprar sonajas de plástico y las piezas de palma. Sintió una sensación de nostalgia, recordó la Canción de Navidad de Silvio Rodríguez.
Mientras seguía su camino se hizo el propósito de pasar por la misma calle, de regreso a casa y comprarle alguna pieza al señor. Apresuró su paso. Como era de esperarse a esa hora el comercio estaba en su apogeo, las calles transitadas por gente caminando y muchos carros en circulación a vuelta de rueda. Recordó una frase que solía decirle su mamá, ‘te gusta salir a la peor hora’. Hortensia sabía muy bien que tenía razón, aunque delante de ella se negaba a admitirlo. Llegó a la tienda, revisó cuidadosamente la lista de ingredientes que requería, le surtieron los productos y se encaminó a su casa.
Nuevamente pasó por la calle donde estaba el señor con su vendimia, continuaba sentado tejiendo la palma, parecía que no se había movido desde cuando lo vio. Ella se acercó y observó con atención las piezas. Como un chispazo se le vino a la mente que podría integrar algunas de ellas para decorar el nacimiento en la casa. El vendedor se levantó y comenzó a ofrecerle la diversidad de animalitos que tenía, perritos, chivos, borregos, hasta jirafas, de diversos tamaños. Hortensia eligió cuatro piezas, entre pequeñas y medianas. Las tomó entre sus manos y se percató del acabado tan fino. Aparentemente eran iguales, pero al observarlas tenían algo diferente, eso les daba un toque más bonito.
Mientras el señor le comentaba sobre las figuras de palma, Hortensia se percató que el vendedor reflejaba en su mirada, su tono de voz y su actitud el entusiasmo y gusto por lo que hacía. Eso era palpable. Imaginó que cada pieza tenía un trocito de corazón de su autor. Eso le llenó de alegría, no solo había aportado al trabajo de un creador adquiriendo parte de sus piezas sino que él le había dado a ella un bello regalo de fin de año, recordarle la alegría de vivir. Le pagó las figuras y se despidió, guardó cuidadosamente los perritos y chivos que en un momento más pasarían a formar parte del nacimiento en su hogar.
PD. Al público lector de estas Voces ensortijadas y a la Revista Letras, idea y voz, les agradezco su compañía en este año que está por culminar, que tengan un cierre del 2021 con paz y amor en sus hogares. Y les deseo un año 2022 pleno de salud, bienestar, amor, bendiciones, trabajo y gozo por la vida.
Foto: MGLS
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.