Líneas de desnudo/ 71

Necesidad de la poesía
Por Manuel Pérez-Petit

En toda cultura subyacen ideas filosóficas, y acaso toda cultura es, de algún modo, ideológica. En todas las primeras manifestaciones de todas las culturas, la literatura y la Weltanschauung o idea del mundo se han fusionado en la misma cosa, como pasó con Homero (circa s. VIII a. C.-circa s. VIII a. C.). Con el tiempo, siempre se ha ido estableciendo la dicotomía entre dos realidades diversas que, por denominarlas de algún modo, podríamos decir que son fruto de la racionalidad y de la irracionalidad. Y aunque no en todos los casos ha ocurrido así, en la cultura Occidental ha vencido la primera.
            En el mundo Occidental, desde hace algo más de dos centurias, hasta los sentimientos están llenos de ideas, y acaso como consecuencia de este predominio de las ideas, el acceso a la poesía, a la obra de arte, se ve amenazado por múltiples peligros que destruyen la unidad de fondo y forma, entre los que destacan el diletantismo, que exalta el fondo, que es cuando solo nos importa lo que un texto nos dice sin darle importancia a cómo nos lo dice, y el esteticismo, que materializa de manera principal la forma, que es cuando solo nos importa la manera en que se nos presenta un texto, sin importar lo que nos dice el propio texto.
            Lo que distingue a la obra de arte de lo que no lo es es su capacidad connotativa, esto es, que nos dice más de una cosa; la clave que la conduce hacia los caminos de lo irracional y verdadero, con la meta de fondo de alcanzar el “Todo que lo reúne todo”, como en su día expresó el filósofo español Ilia Galán (1966). El hecho de que una obra de arte es una unidad de ser y de sentido que tiene la virtud de hacerse diferente y única y la misma ante los ojos de cada cual que la contemple, que tiene tantas representaciones reales y válidas como personas la compartan, que engloba todas las significaciones, mucho más allá del autor y de su intención. 
            Toda obra artística, en general, o literaria, en particular, por su origen y su naturaleza, es poesía. Y la obra de arte, por su estatuto enigmático –pues su razón es una razón que la razón no entiende–, es libre, fruto de la individualidad –incluso colectiva–, resultado de un “proceso” espiritual, abierto, de conjunción de técnica y de impulso, de esfuerzo y de contemplación activa. Pero vivimos tiempos convulsos en que se confunde todo, en los que hasta lo ingenioso pasa por artístico, marcando una convención aberrante. Una época de crisis creativa y de identidad del ser humano, en la que al desaparecer la voluntad de sentido el propio ser humano se convierte en el peor enemigo de sí mismo, más incluso que en cualquier otra época de la historia. 
            Si una imagen vale más que mil palabras, por ejemplo, una palabra vale más que miles de miles de imágenes, pues en cada mente cada palabra se recrea con imágenes diferentes. Esto sería señal de una sociedad abierta y expansiva, desde luego, pero ya Alexis de Tocqueville (1805-1859), en su “Democracia en América”, apuntó que observaba poca tendencia a la contemplación, que había una primacía de la acción y una acción científica puesta al servicio del bienestar, el placer…, que se perseguía lo útil y no lo bello”... Esto, que fue observado hace más de doscientos años, ¿no viene a ser también como un signo de nuestros días?, ¿por qué no puede ser en Occidente el arte lo más útil y consustancial a cada persona? En este sentido, ¿no es la mediocridad lo que se defiende cuando en muchas ocasiones se habla de “igualdad”? Si la fraternidad, ideal revolucionario como pocos, significa la negación de la parte a favor de una afirmación absoluta del todo, ¿no nos ponemos en la posición de esclavos, negando la libertad, que es el primero de los ideales revolucionarios, y, de este modo, dejamos de ser por nosotros mismos, y de serlo lo somos en favor de un “ente” superior que nos condiciona hasta incluso cada cosa que hagamos cada día? 
            Es la realidad: los medios de dominación cambian, pero la dominación perdura. Se habla de la libertad como si de una mercancía se tratase, pero frente a esta sociedad Occidental deshumanizada, tecnificada y distópica, perdida la fe en el mito y en la revolución, cuando ya no quedan más que esos intereses que solo saben del mercado, el debate acerca de la poesía, en su sentido más amplio –debe entenderse que no hablo de poemas ni poetas, sino de la capacidad creativa y de expandir nuevos horizontes que cada ser humano tiene por el hecho de serlo–, está en condiciones de recobrar un vigor y una actualidad que no debiera haber perdido nunca. Y yo lo propongo como reto. A ver si prende.
 Peñón de los enamorados. Antequera, España.
Fotografía: ©M. P.-P., 2009.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.