Darse valor
María Gabriela López Suárez
Lourdes había decidido ir al paseo de campo organizado por su familia, el destino era un parque ecoturístico. La idea le encantó desde que escuchó que su mamá se estaba poniendo de acuerdo vía telefónica con el tío Alfonso. El paseo parecía muy prometedor. Y tomando en cuenta que se consideraba una ‘patita de chucho’ como solía decirle Celia, su hermana mayor, no dudó en confirmar que ella sí quería ir con la familia.
El paseo se programó para un fin de semana, aprovecharon uno de los puentes que había en el calendario. Todo se coordinó muy bien y por fin llegó la fecha. Eran 15 personas las que se animaron a ir a la convivencia, entre tíos, tías, primas, primos, sobrinas, sobrinos. El más dicharachero y molestoso era el tío Alfonso, él solía iniciar el ambiente y de ahí le iban siguiendo las demás personas, entre ellas la tía Tony, Rebeca, su prima y Benjamín, uno de sus sobrinos.
Una de las decisiones que tomó la familia fue que llevarían algunos alimentos para compartir, desde frutas, semillas, sandwiches, carne para asar, frijoles, tortillas y aguas de jamaica y naranjada. Cuando llegaron al destino caminaron hacia las mesitas y bancas de cemento que había en el parque y comenzaron a acomodar sus cosas. Algunos no dudaron en acostarse en el pasto y descansar un momento. Otros más, como Lourdes, el tío Alfonso, la tía Tony, Rebeca y Susana, sus primas, decidieron hacer una caminata, rumbo a la tirolesa. La tía Tony comentó que le gustaría aventarse de la tirolesa antes de que desayunara, así iría más ligera de peso.
Caminaron rumbo al destino, había pocas personas esperando para lanzarse a la aventura, así que no tardarían en pasar.
—¿Quién se anima primero? —dijo el tío Alfonso.
—Voy yo —respondió de inmediato Rebeca con la actitud de ser la más valiente.
—Luego yo —señaló Lourdes, minutos después comenzó a sentir que su corazón latía con más rapidez mientras la iban preparando, como con una especie de temor a las alturas, casi se estaba arrepintiendo de aventarse. Se le vino a la mente la recomendación que una vez le hizo su tía Alma, cuando fue a visitarla, porque Lourdes se había fracturado el pie izquierdo y tenía mucho miedo a usar las muletas para caminar.
—Ay hija, no tengás miedo, date valor, verás que poco a poco te acostumbras a usar esas muletas.
La clave ante el miedo es darse valor.
Mientras Lourdes repetía esa frase en su mente alcanzó a escuchar,
—A ver a qué horas te avientas Lulú, ya queremos pasar —era el tío Alfonso.
Lourdes sonrió, respiró hondo y se lanzó a la aventura, al tiempo que se le escuchaba gritar:
— Ahí voyyy, yujuuu.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
El melancólico laúd de un amante
(Resumen del prólogo, fragmento)
Héctor Cortés Mandujano
No sé hablar de amor con delicadezas,
sino decir directamente “Te amo”
William Shakespeare,
en Enrique VEl texto: Un día, por azar, supongo, llegó a mi mente la idea de hacer un libro conceptual: que no naciera de una experiencia, de un sueño, de algo que me contaron, sino de un concepto, de una idea preconcebida. Y pensé en que iniciara con una palabra y fuera ascendiendo hasta llegar, al final, a las 60 palabras. […]
Las ilustraciones: […] Pensé en números grandes (un Uno gigante al lado de la palabra Amor), que fueran disminuyendo de tamaño conforme el texto fuera creciendo. Pero a Juventino Tito Sánchez se le ocurrió que mejor fueran ilustraciones donde el número fuera el centro al que se le agregara algún o algunos elementos del texto desde la perspectiva del ilustrador o ilustradora. Estuve de acuerdo.
Las ilustradoras, los ilustradores: Fueron trece: Juventino Sánchez, Alfredo Espinoza, Nadia Carolina Cortés, Luis Daniel Pulido, Juan Ángel Esteban, Alejandro Nudding, Roxana Carbajal, Raúl Ortega, Paula Ortega, Jimena Ortega, Mónica Corzo, Efraín Bartolomé y yo. Hubo, pues, nuevos y experimentados en la labor de ilustrar; un par de muchachas, varias/varios jóvenes y algunos maduros; gente disímbola, cuya característica central es que están cercanas/cercanos a mi vida. Son amigas, amigos, que decidieron jugar conmigo en esta aventura loca que ahora se ha vuelto una realidad.
El título: Por cuarta o quinta vez estaba leyendo las obras completas de William Shakespeare. En el tomo III, Dramas históricos (Random House Mondadori, 2012), en una obra impensada para hallar un título sobre el amor, Enrique IV, parte 1, cuando conversan el príncipe Henry, que se volverá Enrique V, con Falstaff, éste dice que se siente triste (p. 640) “como un gato castrado o un oso con argolla en la nariz”. Henry agrega: “O un león sin melena, o el melancólico laúd de un amante”. Al leer la última frase sentí un mareo, como si mi inconsciente, por si mi consciente no estuviera muy espabilado, me hubiera dicho: ¡Allí está el título de tu libro!
El tiempo: Cuando empezamos a reunirnos para ilustrar ya había noticias, cada vez más alarmantes, sobre el Covid 19, y ya se hablaba de que harían que nos recluyéramos en nuestras casas. Algunos, algunas lo hicieron, pero mi pequeña tropa de inconscientes (Tito, Nadia, Luis Daniel, Alfredo y yo) nos seguimos reuniendo para tomar cervezas, comer papitas y hacer las muchas ilustraciones que cada cual fraguó desde su muy particular trinchera. […] Era sobre el amor. Y en eso se convirtió.
Cincuenta y tres
Primero mirada extática, haz de palabras dulces, pasión de mar acariciando sirenas.
Luego se ve en la mujer no al ángel, en el hombre no al milagro, se vuelve a los sustantivos de costumbre, el mar se vuelve calmo.
El festín que las bocas querían devorar ansiosamente es ahora comida sápida, bocado cotidiano…
[Presentamos el libro el viernes 10 de febrero, en Telar Teatro, con un público que rebasó el cupo del local. Nos amontonamos para que todas/todos cupieran y vieran los dos videos de la presentación. Uno, donde cada cual leyó el fragmentó que ilustró, y otro donde cada cual habló de su experiencia. Estoy muy agradecido con mis ilustradoras e ilustradores y con los que nos acompañaron e hicieron más alegre el suceso. Mil gracias.]
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
«Después de tanto lo volveré a ver»
Así recordó la mujer de la Casa. En Calle Moro, allí sucedió. Hablaba con un papel en la mano. Lo movía hacia la boca, incesantemente. Un pañuelo improvisado en el marco de un hogar argentino, más allá de las cumbres, en Mendoza, en el barrio azul.
«Me escondí debajo de la mesa. Me atrapó de improviso. Eso fue después, pasado el mediodía. En la madrugada ya supimos algo. Olimos a la muerte. La alarma pateó en mi cabeza. Estaba en la parte superior, colgada del techo. El aparato vibró como una cigarra. Me lo habían avisado. Si grita, sal corriendo. Y gritó. Tomé el susto por dentro de mi alma, después me lavé bien los ojos, me apeoné como pude.
» Quise recordar. No estaba sola. La compañera del trabajo andaría dormida. Me preocupé por ella. Salí al pasillo. Abrí la puerta de su cuarto y la encontré arrebujando vestidos y potingues, medias y zapatos. Me miró. Con el gesto serio me regaló su miedo, quizás el mismo miedo que le sobraba. Intenté dimensionar lo que estaba ocurriendo, pero los destrozos comenzaron.
» Fue como a las doce. Bien que le digo.
» Llevaba varias horas derivando a conocidos y extraños. Me hablaron en hilera, uno a uno. El General de la Marina, luego algunos subsecretarios, amigos particulares, autoridades de todas clases. La última fue Matilde, la mujer de Neftalí, el escribidor. Que qué pasaba. Su voz transmitía una angustia grave. Preguntó por qué había tanto carro y gente en la puerta de su casa. Yo no sabía nada, ni qué decirle, pero poco a poco iba concordando matices, como yo digo. De eso ya hace mucho, más de media vida.
» Sabe usted que los detalles los guardo aquí. Casi un milagro lo de acordarse de tanto.
» Una ya es vieja. En el 11 contaba veintitrés. Poca cosa. Como una niña. Veintitrés y una colegiatura por delante. Pero éramos necesitados y faltaba el sustento. Mi hermano me dio la noticia de que había salido una plaza. Una vacante en la Casa del Presidente. Para llamadas y recados. Así me lo propuso. Ni lo pensé.
» Él fue bueno, sabe usted...
» Le hablo del Presidente.
» Quería ayudar a los pobres. Que aprendiésemos cuentas y letras, a leer y escribir. En concreto, sacarnos de la bajura de los hombres y mujeres del campo. En la vida, sabe usted, hay que aspirar a algo, eso me repetía. Tienes que dar lo que tengas. Devolver a la sociedad lo que te fue dado. Para eso te educaron. Él lo supo.
» Era bueno, digo…
» En la Casa me enteraba de todo. Que si es así, que si es asao. Puras envidias todas. Fue un hombre nacido en el pueblo, con sus incomodidades. Salió de abajo y amaba al pueblo, siempre lo dijo.»
Preparé unas tazas. Necesitaba seguir escuchando los recuerdos de esta joven aviejada. Lo contaba con el sentido del orgullo y un poquito de reconcomio. Había pasado mucho. Se le notaba el sufrimiento. La cojera del alma con las muletas de la esperanza.
Recuerdo que sus ojos brillaban en la penumbra del cuarto. Emanaba de ella un viento de paz, un brillo luciente. Hablaba rozando las palabras. Hacía muchas pausas. Piensa qué va a decir, intenta recordar, apura la memoria de aquellos días. Tal vez aún le pueda el miedo.
«Toda mi vida me he llevado mirando hacia atrás. Un joven se cruzó conmigo en el centro de la plaza. No llegó a detenerse, pero me metió el miedo en el cuerpo. Temía que se arrepintiera y me parara. Continué como si nada, pero iba contrahecha.
» Muy pronto llegaría, lo sospeché de seguro. Creía estar preparada para cruzar las muñecas en la espalda. Siempre pensé en eso. Soñé muchas noches, pesadillas de que me tomaban presa. Y las violencias. Las torturas que no lograría soportar. Me iría de la lengua. Soy débil, mire usted. Asustadiza. Mujer del campo. Hecha a los amaneceres tranquilos, a escarbar la tierra, a segar, aventar, trabajar como una mula.
» Lo de los teléfonos me causaba una risa extraña. No era nada. No entendía que sacar e introducir unos cables fuese ninguna tarea. Preguntar quién era, con quién quería hablar. Dar largas a los abanadores. ¡Y me pagaban por ello!
» Mi hermano trabajaba junto al Presidente. Era su sombra. Como una silueta sobre la pared. Lo protegía. Se sentía muy orgulloso de su trabajo. Decía que siempre estaría dispuesto a dar lo que fuera por su Presidente. Él era así. Sencillo, leal y valiente. Después, mire usted, dio la vida entera. ¡El pobre!»
La telefonista se llevó los dedos a los ojos. Lloraba con un silencio hermoso, como la gélida neblina cuando se posa sobre los valles. La tomé por la educación y dejé que relajara sus recuerdos. Aproveché y salí. Me apoyé en la baranda, cerré los ojos y olí los frutales, luego paseé la vista por la costa de oriente, anduve por los verdes y enormes prados, por la pampa toda. Alejé mi esperanza y creí divisar Buenos Aires. Pero esa ciudad es grande, se puede descubrir por todas partes. Casas que rebosan, pobrecitos que mendigan, avenidas formidables, cafés donde los entendidos hablan y escriben, sueñan, recapacitan, arreglan el mundo, crean.
Por encima de la arboleda fulge un reflejo plata.
Es la entrada de la gran masa. La mar que se cuela buscando la tierra. Mar caprichosa. Atrevida estela de puertos, embarcaciones de papel, sombras densas de las almas, grúas empinadas, gritos de fierro.
Todo eso advertía desde mi atalaya, quería llegar a la mar, a la línea bañada, subir a los barcos pesqueros, necesitaba soñar por las calles.
Y en mí la pura particularidad de la imagen.
Lo imaginaba.
Descubrí las palabras muertas, sus sonidos sordos.
El presidente.
Era él, él muerto.
Vivo.
La sonrisa de siempre, los lentes bien agarrados, su sonrisa evidente en la boca de Elba.
Sonó un rumor a voz cascada. Miramos alrededor. No había nadie. Pero la voz brotó repetida en la parra, en el verde marrón, las cortezas plantadas sobre la tierra del pueblo.
«¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…»
«Sí…
» Esto gritó en sus últimos momentos. Palabras para enmarcar y tenerlas delante. ¡Figúrese!
» Sin embargo, el pueblo es como es. Ahora lo han olvidado. Muchos se fueron arrepintiendo. Pasaron los tiempos. Llegó la moda de los sabotajes. De vuelos a la mar, en las noches largas y sin esperanzas. Fueron esos tiempos anclados en las mordeduras del pueblo, los desconocidos de la tierra, los pobres desamparados que no tienen nada.
» Cuando salió lo festejamos no sé cuántos días. Una esperanza. Pensamos que nos iba a cambiar la vida. Para la gente pobre, sabe usted, era una luz encendida, porque para mí que en esa época había esclavitud. Mucho servicio. De sol a sol. Y nada que llevarse a la boca.
» En mi casa ayudábamos al taito. Con el trigo, la cosecha… Esperábamos a que llegara el fin de año para que nos dieran algo. Pero al señorito le convenía que la gente fuera ignorante, que no tuviera estudios, que viviera pisoteada, y el Presidente venía a eso, a cambiarlo todo.
» Después que alguien me diga que por qué le protegimos. Él lo merecía. Trabajó por mucha gente y la gente iba y le escuchaba y aplaudía sus discursos y le tomaban palmas cuando terminaba. Y en el extranjero también nos respetaba, oiga usted, lo hacía. Hablaba bien de los chilenos, de los trabajadores del valle, de las personas ignorantes que no tuvieron la oportunidad.
» Como decía, los bombardeos me pillaron pronto. El primero me asustó muchísimo. Tiré los cables y me escondí debajo de la mesa. Algunos cascotes saltaron del techo y de no sé dónde. Salí a salvo. Hasta que al poco atronó de nuevo, esta vez la puerta de calle quedó bloqueada.
» Me acordé de la señora, en dónde estaría. Yo no sé qué ocurrió luego, mire usted. Salí corriendo. Llamé a gritos. Doña Hortensia no aparecía. La busqué por las habitaciones, por los pasillos llenos de polvo y de cristales. Tropecé varias veces y caí. Trozos de pared y espejos, ventanas hechas pedazos. Hasta las cortinas saltaron de sus alcayatas.
» Dos compañeros salieron volando. Los recuerdo con nostalgia y cariño, con mucho dolor porque eran jóvenes que sólo cumplían lo que les mandaban. Estaban disparando asomados a una de las ventanas y el helicóptero los fusiló con una llamarada. Ni se dieron cuenta. Así quedaron, echados en el suelo, carbonizados.
» Pero esta historia que usted quiere, mire, da mucho largo. Porque sucedieron demasiadas cosas. Malas. Todas malas. Como que mi Luis se me fue y lo creí muerto bajo las vigas rotas de La Moneda. Lo seguí creyendo hasta muchos años más. Como quince, digo. Cuando sacaron el informe de los desenterrados allí, donde todo el mundo sabe. Mi Luis era uno de ellos. Así lo confirmaron las autoridades. Uno de ellos, mire. También le sacaron en una fotografía del periódico. Se lo llevaban varios milicos, él iba delante. Llevaba las manos levantadas, detrás de la nuca, y sus ojos eran ojos de niño, ojos de miedo, de no saber qué sucedería.
» Ahí empezó todo. Una vida nueva. Gris o negra, oculta, observando gestos y analizando voluntades, que usted no se imagina. Hasta los vecinos me miraban preguntando quién era esa fulana que había llegado en el momento oportuno, de tan lejos, de la sierra, del país del otro lado, el país estrecho, el lacrimoso, el que chorrea hasta el suelo de los glaciares, donde el frío y los inviernos, sabe usted.
» Tuvimos que huir de calle en calle. Una iba como loca. El miedo a ser detenida, a recibir un balazo. Y mientras tanto, mi hermano, que no podía quitar los pensamientos. Su elegancia y años, pocos.
» De lo de él me enteré al día siguiente. Lo habían matado. Eso oí por el hablero. No pudimos aguantar y lloramos como bobas porque no nos lo podíamos creer. Decían que se había suicidado, pero no era cierto. Le mataron. Insistían en eso, en que fueron ellos. No quiero pensarlo.
» Se quedó en el despacho. No quiso salir. Él no era para eso. Le sobraba temple y orgullo, amor hacia el pueblo. Cumplió la palabra. Lo daría todo. Hasta la vida. Todo por su pueblo. Ahora sigo pensando que estuvo mal lo que hicieron, con todo lo que hizo.»
Llueve…
Mansamente, llueve…
Cae un silencio sobre los tiernos seres de estas tierras húmedas. Un manto de amor. Soledad en las hojas, en el verde suelo.
Entra un aire dulce desde el sur.
Huele a sal. Tal vez el puerto. Pero el puerto está muy lejos. Será la sal de la historia que me cuenta.
La voz de esta joven vieja es grave, sensitiva, la mujer habla. Pronuncia con acento andino, como si hubiese aprendido todos los dialectos. Todas las lenguas, signos y gestos, leyendas y mitos.
Para poder confesar sobre las montañas, en las riberas sureñas, en el centro de un valle repetido, escondida bajo la mesa, apurando años en la memoria, para poder llamar a su hermano en la distancia, para seguir con el taito durante la siega, en esos amaneceres fecundos, una mujer que declara que vivió, que lo consigue sin prisas.
Una joven que busca en los pasillos empolvados.
Cuadros deshechos, rotos anhelos de esperanzas.
Sí, la voz suena grave en este silencio de la tarde que se acaba y ella continúa con su pañuelo apretujado entre los dedos y yo pregunto.
Sigo escarbando lo que ocurrió, lo que recuerda en este charco de abras, de acá y allá, junto a Mendoza, en el Bermejo, nombre del barrio que se corre con el verde denso de la humedad que va calando.
(No se pueden frenar las angustias desbordadas)
Ha terminado el café.
Se sienta y compone.
Vuelca los dedos coquetos en su melena vieja.
Plata melena sobre los hombros. Toquilla negra. Tez de café. Aroma a dura piedra hervida. Sobre la taza, labios. Boca en la madurez del servicio. Sufrir para tanto. Para tanto trigo y susto. Para tanto…
«Mire usted, lo que le decía. Usted vino y pregunta, yo digo. Que algunos empezaron a desabrochar lo que pasó en aquel entonces. Temían la mano del General, sus dedos largos.
» Hablaban del compañero con palabras malas. Mire usted que le dieron por que él bebía. Eso. Créalo. Eso decían los muy… Y que iba de calle en calle, por las noches, tras las brujas de Santiago. Y dicen más, sigo. Mi Presidente con fulanas y amantes de pacotilla. No conocieron a doña Hortensia, la señora. Eso es algo evidente. Porque se llevaban el uno para el otro. Y él no soplaba nunca. Lo habría sabido.
» De tejemanejes no me pregunte. Yo soy pueblo, campo, hecha de sueño y de sal, noche, lluvia, como la que ahora cae. No sé más. Nunca me interesó, sabe usted. Una no tuvo la ocasión. Llegué y me casé al año. Desde entonces, si usted quiere, ponga lo que sea en ese periódico. Pero sucedió como le digo. Con todo, era realmente bueno. Dicen que demasiado. Que se pasaba. Pero tonto, no. No era tonto. Era médico. Y Presidente. Aunque la envidia es grave. Eso tal vez. Hacer lo que él consiguió. Fijarse las voluntades en el bolsillo, la gente, sus esperanzas, sueños de llegar a lo alto, eso no es malo. El pueblo le escuchaba. La sonrisa delante. La cara altiva. Mire usted, hablaba y no nos enterábamos. Le queríamos a él. Por eso las palabras pasaban, cosa de políticos, pero él nos miraba, se detenía, te daba la mano, hablaba bien de nosotros, hasta entraba en la casa de algún amigo cuando pasaba con la comitiva y en su coche elegante, eso dicen.
» Esos detalles ahora no se entienden.
» También he escuchado que lo tenían engatusado y que le ponían sus cosas por delante, lo que le gustaba, ya sabe, las francachelas. Yo, mire usted, no me creo nada. Porque lo viví. Estuve en su casa. Trabajé para él y para todos los compatriotas. Una niña. Veintitrés, y una colegiatura por delante. Ahora, mire, hasta el pelo tengo por lo bajo. Me pinto y repaso, miro en el espejo, busco la de antes, la que se fue hace ya mucho, pienso que la vida se me ha ido por esa cuesta, mire usted, la que sale a su espalda.
» Si la toma con paciencia, por ahí se baja hasta la pampa, luego continúa andando, por mucho, entienda, continúa por la senda polvorienta, le llega el verde, el amarillo, azul de cielo, blanco puro, nieve, el agua de vez en cuando hasta las corvas, pero usted siga, no se canse ni aqueje.
» Si toma por ahí llegará más allá de los campos verdes, cruzará por los árboles afrutados, olerá poco a poco la sal marina, la costa curva, el rumor de las olas al naciente, aire frío del sur en el rostro, lamentos pobres de gentes pobres, y entonces habrá llegado el momento de llorar porque le duelen demasiado los pies, de tanto paso, de tanta calma en las planicies, en las llanuras grandes, sobre la vasta pampa. A la derecha siempre el Paraná que cruje, más allá la cortadura, cresta blanca que te vigila, montaña nieve, pureza en mano.
» Perdone si no me explico, que se me fueron las corduras en este pueblo de la sierra, de tanto querer, de tanto pensar y darle al cerebro con las cosas de una, y las de su familia. Lo de mi hermano me dolió, y más que no dijeran por qué fue, qué fue lo que hizo, si él no era malo y aun así lo mataron a balazos.
» Pero después de tanto lo volveré a ver»
Llueve con una tela rota desde el cielo gris.
La Moneda.
Imagen proporcionada por el autor.
*****
Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Fui al archivo diocesano en San Cristóbal, ahí compré este libro: Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545. Sin duda sería una muy buena elección para volverlo película. Escrito en español antiguo, en primera persona por Fray Tomás de la Torre. Cuenta la travesía desde el 12 de enero de 1544 partiendo de la ciudad de Salamanca hasta llegar a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas) el 3 de septiembre de 1545, alguna vez conocida como Chiapa de los Españoles.
Inician con fuertes lluvias, lodo hasta las rodillas, pierden sus zapatos. En alta mar sufren de mareos, vómitos, piojos. Habla del calor y los moscos, de los manglares (desconocidos para ellos). Naufraga un barco en la laguna de Términos y ahí mueren varios frailes. Ayunan porque no tienen qué comer. Hay días de sólo un huevo o sólo una naranja. Después la mayoría se enferma, uno saca lombrices por la nariz, todos tienen temperatura. Y cuando al fin llegan, uno quiere saber más, cómo aprenden a comunicarse con los nativos, cómo los evangelizaron... el libro ha terminado.
Fotografía: I. I. B
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.
En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
La radio, compañera de vida
María Gabriela López Suárez
A mis colegas radialistas, por su pasión y compromiso.
Bertha se levantó un poco más temprano que Genaro, su esposo, ese fin de semana llegarían de visita Joaquina, su sobrina y Daniel, su novio. Tenía rato que no veían a Joaquina, quería consentirla preparándole chilaquiles con pollo, uno de sus platillos favoritos.
Decidió despejarse el sueño dándose un baño y posteriormente, se fue a la cocina para comenzar a guisar los chilaquiles. Mientras sacaba las verduras del refrigerador se percató que le faltaba encender la radio, era uno de sus ingredientes clave para cuando comenzaba a crear la alquimia culinaria.
No alcanzó a escuchar las noticias y en los fines de semana no pasaba un programa de entrevistas que le gustaba. En él se hablaban de temas de interés para las mujeres, la salud, el autocuidado, los derechos, el autoestima, deportes, entre muchos más. Ese día decidió sintonizar una estación donde había una selección de música diversa, tipo retro, pero con una mescolanza de géneros.
Atenta a la preparación del desayuno comenzó a tararear las canciones que se sabía, identificó una canción de Duncan Dhu, "En algún lugar de un gran país, olvidaron construir, un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir…" como una especie de regreso en el tiempo Bertha recordó a su primo Pedro, el papá de Joaquina quien había fallecido un par de años atrás, esa canción era una de sus favoritas. Sintió un nudo en la garganta, se permitió soltar unas lágrimas. Regresó al presente, respiró profundo. Pensó en Joaquina y en cuánto disfrutaría degustar los chilaquiles y que recordaran anécdotas con su papá.
La selección musical de la radio cambió de género y de pronto, Bertha ya estaba escuchando "Sopa de caracol" interpretada por Banda Blanca. De nuevo la memoria le trajo al presente a otro familiar, su prima Oralia, quien en su adolescencia solía bailar con gran entusiasmo el baile de punta al escuchar esa melodía. El rostro de Bertha dibujó una sonrisa, qué bonito era recordar, momentos tristes, alegres y agradecía a la radio, compañera de vida, que le permitiera formar parte de su día a día con tantos contenidos, información, consejos, noticias, cuentos, melodías.
Al ritmo de "Sopa de caracol", siguió cocinando, le faltaba sazonar la salsa roja para los chilaquiles. Verificó la hora, estaba muy a tiempo para terminar el desayuno, ir a despertar a Genaro y recibir a las visitas. En eso estaba cuando escuchó...
—¡Qué bien huele! Buenos días amor. ¿En qué te ayudo? —era Genaro que ya se había despertado.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Árbol-Jaguar/ 4
Miles de rugidos, el silencioHéctor Cortés Mandujano
Antes que yo, años atrás, alguien escribió la palabra Jaguar.
Y se escucharon cientos de rugidos.
Después, en una notita de un periódico de provincia (la casa del jaguar no está en las ciudades, sino en el monte) se pudo leer que alguien se ufanaba de haber matado a uno.
Un rugido menos.
Y hubo luego desplazamientos de gente a lugares donde antes sólo había árboles y animales en libertad.
Los jaguares buscaron mayores profundidades para esconderse.
Pero algunos cayeron abatidos.
Los mataron por deporte, por miedo, por ignorancia…
Muchos rugidos dejaron de oírse.
Los animales humanos son cada vez más,
los jaguares cada vez menos.
Yo escribo ahora, en 2023, la palabra Jaguar.
Y afinó lo más posible el oído.
Se oye aún, lejano, un rugido.
Pongo más palabras: “Salvemos los ecosistemas donde todavía vive este enorme y bello felino”.
Y más: “Salvemos al jaguar”.
Lo hagamos ya.
Antes de que alguien escriba la palabra Jaguar
y sólo se escuche el silencio.
«Autorretrato de mi sombra: HCM»
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
La palabra ‘nostalgia’ no tiene cabida en el vocabulario de mi vida real. Soy de los que viven cada día como único e irrepetible, y viviendo con plenitud no echo en falta nada de aquello que tuve y que hoy no tengo. Esto me viene de siempre y desconozco su raíz, y aun no siendo teórico yo siempre lo atribuí a mi lectura, con algo menos de quince años, del opúsculo “De la brevedad de la vida” de Séneca, pero sé que esto es también una impostura.
Nunca en mi vida eché de menos nada y siempre he disfrutado todo lo que tengo cuando lo tengo, no echándolo nunca de menos cuando ya no lo tengo. No recuerdo haber sentido nunca ninguna ausencia, y sin embargo reconozco que hay presencias que habitan en mí con carácter perenne; permanencias sin las que no podría andar mis caminos, que me dan luz y calor y aliento.
La realidad y yo somos amigos, y aunque, a veces, yo ande por las nubes, suelo tener cierta facilidad para pactar con la realidad, a la que conozco más de la mitad de lo que me apetecería y aprecio en el fondo menos de la mitad de lo que debería. No obstante, la tomo como necesaria, al menos en mi afán de dar uso noble al don gratuito que es la propia vida.
Ya sé que no debería, pero desconozco el concepto de decepción, lo cual lo atribuyo a la naturaleza subjetiva del mismo. La privación de lo amado –a veces, la que es fruto de una decisión y otras la impuesta–, en sus diversas manifestaciones, abre sin piedad enormes boquetes en mi línea de flotación vital, causando estragos de imprevisibles consecuencias e incrementando en progresión geométrica mi paradigmática discapacidad, que me viene de fábrica.
Nunca reclamo lo que es mío –ya sé que es otra de las cosas que hago mal– y sé con total conciencia que yo soy el único responsable de todo lo que me ha ocurrido y ocurre en este torpe transitar mío. Y todo es todo. Soy responsable, por ejemplo, de lo que sufro, de lo que perdí, de los saqueos y agresiones a que he sido y soy sometido y con que el mundo bendice mi inocencia, y de igual modo de mis logros, y debo reconocer que en gran parte éstos se los debo a otros. En efecto, solo yo soy responsable de todo. De lo ganado. De lo perdido. De lo nunca encontrado. De haber olvidado muchas veces lo aprendido. Soy reincidente en mi capacidad de cometer errores. Soy lo más necio y tozudo que nunca he conocido. No me gusta vivir expoliado, pero lo cierto es que son incontables los despojos que he experimentado en mis propias carnes. Vivo, en consecuencia, ligero de equipaje, como Antonio Machado, muchas veces de manera involuntaria. Siempre camino del exilio. Soy experto en tragar el polvo de todos los caminos, lo cual no es plato de buen gusto.
Así, en medio de tanta inequidad y naufragio, me levanto en amor dado una y otra vez, como si nunca hubiera sucedido nada. Y aun viviendo el desgarro del dolor de mis heridas, las circunstanciales y las crónicas, cuya extensión me cubre por completo, en mi renovación incansable, lo perdono todo.
Empiezo por perdonarme a mí mismo, actuar en conciencia y cumplir siempre con lo debido, como vía para regresar a todo comienzo, que es el volver a una condición original una vez tras otra que me aleja del mundo, me hace salir de toda hecatombe y cada vez más me completa, porque en cada piedra de mí mismo pongo mi gratitud sin medida.
Al fin y al cabo, lo que caracteriza la vida, ese don hoy tan devaluado, es su condición de regalo inopinado, divino, y, en consecuencia, la plenitud de su brevedad. Esa misma brevedad en la que nunca aprendo.
Circa 1989. Página al azar de uno de los cuadernos de bitácora del autor, hoy perdido en uno de sus naufragios.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Conexiones en el tiempo
María Gabriela López Suárez
Esa tarde Tamara decidió consentirse un rato arreglando su jardín, tenía varias semanas que deseaba hacerlo pero por una u otra cosa no había podido. Armando, uno de sus primos, había prometido llegar a ayudarle para compartirle abono para sus maceteras. Sin embargo, ella decidió avanzar porque ya conocía lo poco puntual que podría ser su primo, a ella también le pasaba así en algunas ocasiones.
Fue por los guantes para comenzar su labor, pero antes de colocárselos le dieron ganas de tocar la tierra y sentir la textura de las raíces y pétalos de las flores. Así que prefirió trabajar sin guantes. El canto de los cotorros que pasaban en parvadas era parte del paisaje sonoro, sumándose a éste el saludo de los zanates que se posaban en la barda de su casa, para luego pasarse a la parte alta del árbol de guayaba que había en el jardín.
Mientras Tamara cortaba las hojas secas de las flores, sembraba nuevos retoños y removía la tierra de las maceteras se puso a reflexionar sobre los diversos regalos que la naturaleza le había brindado en la vida. Uno a uno fueron viniendo a su mente distintos momentos en los que su vida se había conectado con la naturaleza, en la infancia, la juventud y ahora la edad adulta. Recordó sus primeros acercamientos con las flores, los árboles frutales en casa de sus tías, sus abuelitas y abuelitos y, por supuesto, los árboles de limón y naranja que había en casa de sus padres.
Casi sintió de nuevo la sensación del primer piquete de abejas que tuvo, cuando era niña, por no fijarse que en el jardín de la tía Claudia las abejas se deleitaban con el néctar de las flores y ella llegó a interrumpir su labor. O las veces que observó a Tina, la tortuga que tenía su prima Trini, le encantaba cuando Tina se quedaba percibiendo el aire, levantaba su cabeza y comenzaba a caminar con gran seguridad y a paso rápido.
Después se le vinieron, una a una, las imágenes de sus entrañables amigos caninos, mininos y aves, que habían trascendido a lo largo de los años y con quienes había pasado diversidad de aventuras. Como en una especie de memoria fotográfica Tamara los recordaba, de cada uno había aprendido y agradecía su presencia en la vida y en la de su familia.
Mientras observaba lo alegre que se veía su jardín, se quedó pensando que con el paso de los años se van teniendo conexiones en el tiempo, las que se tienen con la naturaleza son de las más bellas y fructíferas.
Se agradeció por el regalo que había dado a su jardín y por la sensación de sentir la vida a través de apapachar a sus flores. Había sido una linda decisión trabajar esa tarde sin los guantes. El rostro de Tamara estaba relajado y contento, sacudió sus manos para soltar los últimos residuos de tierra, mientras pensaba que si Armando llevaba el abono, lo usaría para sembrar nuevas flores.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Las disipadas fábulas del viento/ I"Algo sobre la muerte del mayor Sabines"
Héctor Cortés Mandujano
a
Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 y murió, casi en un paralelismo, el 19 de marzo de 1999.
Su poesía, en un principio, molestó a los críticos y a varios otros poetas, pero encantó a la gente común porque su lenguaje parecía sencillo y dejaba puesta, exacta, a veces dentro de un verso deslumbrante, una palabrota.
Y luego estaba él: alto, apuesto, de ojos claros y enormes, de voz de galán de cine. Las faldas volaban a su alrededor como flores de carne en un jardín lúbrico.
Sabines hizo escuela en su manera de leer poesía. Su entonación, sus pausas, su modo de reconocer que más que un poeta alejado de las multitudes era un hombre metido en la faena de vivir, que vendía telas, se equivocaba políticamente, vivía en un rancho, sufría un accidente que lo dejaba sin poder caminar, leía en Bellas Artes ante un montón de lectores fanáticos que fueron a verlo como si se tratara de una estrella de rock.
Sus poemas brincaron al cine, por ejemplo, con Julissa desnuda leyendo “Los amorosos”, y a la música y al teatro y a todas las artes que se dejaron tocar por su voz masculina, poética, humana.
Nada más humano que su poema de largo aliento “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” donde habla de la enfermedad de su padre, del dolor compartido con la familia que lo cuida, de su agonía, su muerte, su entierro y el recuerdo que tarda demasiado en dejar de ser tizón encendido en el centro de los corazones que lo amaron.
“Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es el retrato de un Jaime Sabines sin miedo de mostrarnos su vulnerabilidad, su modo de llorar a gritos, su humanidad desenganchada de la educación inflexible que ha intentado enseñar a los hombres a no mostrar sus emociones. Pero no es este sólo un poema confesional, sino una muestra de saber poético. Si bien hay versos libres, no excluyen una infinidad de tropos (metáforas, metonimias, sinécdoques, hipálages, etcétera); hay también sonetos, casidas, incluso rezos, diversas formas poéticas que parecen escritas con la difícil facilidad de alguien que sabe que van a leerlo y, además, quiere que lo entiendan. En el terreno fonético, lo dice Esther Hernández Palacios, hay “isometrías, isorritmias, homometrías, homorritmias, rimas y figuras de repetición”.
Aquí escribe, pues, el poeta y nos habla el hombre.
[Este es el texto de presentación, leído por Ulises Peimberth, de la serie de poemas en atril (haremos diez, se supone), Las disipadas fábulas del viento I, con la intervención de Carlos Ariosto, Luis Daniel Pulido y Alfredo Espinoza. Se presentó, en su estreno, los días 20 y 21 de enero de 2023, en Telar Teatro, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano. Mil gracias al público que llenó las dos funciones.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Pascual Elí Méndez León
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
De Yolotepec a Yunuén y más allá
Por Manuel Pérez-Petit
El día que cumplí 10 años experimenté una emoción especial, pues alcanzaba un hito que, en principio, me acompañaría toda la vida: una edad de dos cifras. Hoy, que cumplo 100 artículos en este admirable e irreductible proyecto de Roger Octavio Gómez Espinosa, Letras, ideaYvoz, mi sensación es la misma. Vaya mi gratitud por delante. Escribir estos textos que publico acá es para mí incluso más que un ejercicio de salud mental; es el proceso de prueba y error y de autoconstrucción –muchas veces de auto-reconstrucción– más grande que nunca pude concebir. Por eso, quiero dedicar este artículo a la mayor fuente de alegría que conozco junto al ejercicio del periodismo, que es la misión de mi vida.
M. P.-P.
El 2 de junio de 2011, en que fue inaugurada la biblioteca que lleva mi nombre en Yolotepec, comunidad otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, fue el día en que tomé conciencia de mi lugar en el mundo. Durante años, gracias a la maestra Mónica Castro Moreno, estuve acudiendo con regularidad, humildad y discreción a ese lugar ubicado a las orillas de la México-Laredo a declarar mi amor por esos niños, esa gente y el mundo rural mexicano, tan dejado de la mano de Dios como de la de los gobernantes. En ese proceso de compromiso y servicio descubrí que había que hacer más, y armé la causa Libros por Yolotepec para la promoción del libro y la lectura enfocada en la recolección de libros en donación por parte de particulares, instituciones y empresas para bibliotecas y espacios de lectura indígenas de los ámbitos rural y marginal urbano de México, y para aportar al impulso y la creación de éstos en los lugares en que aún no los haya, así como también para aquellos lugares ya preexistentes que no reciben ayudas ni apoyos por parte de ninguna institución pública o privada para la consecución de sus fines. Sé que es la misión de mi vida, y el pasado 2 de octubre de 2022 fue refrendada y reforzada con la inauguración de otra biblioteca con mi nombre en la isla de Yunuén, Michoacán. Hoy, para celebrar mis cien, quiero compartir lo esencial de lo que dije ese día.
“Yunuén es la isla de la media luna –comencé–, en la que desde tiempos ancestrales nacieron, se enraizaron y difundieron las leyendas fundacionales purépechas, pueblo indígena indomable con idioma propio que cuenta en la actualidad con cerca de ciento cincuenta mil hablantes repartidos por todo Michoacán y algunos otros lugares del mundo y cuyo centro neurálgico es precisamente este lago. En mayo de 2022 esta iniciativa comunitaria y de compromiso social que hoy, aquí, inauguramos, nació como una inquietud por traer libros a la comunidad. Algunas personas se movilizaron entonces para hacer posible este sueño, que ya a finales agosto cristalizó cuando cuajó la idea no solo de traer libros sino de crear un espacio multicultural permanente que tuviera como epicentro el libro y el fomento de la lectura.”
Valoré el esfuerzo conjunto por el que nacía la biblioteca, “cuyo fin es que la comunidad de esta isla tenga un espacio desde el cual fomentar con eficiencia la cultura del libro, que trabaje de manera permanente en favor de una educación multilingüe, buscando la dignificación de nuestras lenguas originarias y de los pueblos originarios como fundamento esencial y fundacional de la nación mexicana y que convierta a Yunuén y a la isla vecina de Pacanda en particular y, en general, al lago de Pátzcuaro y su entorno, en un faro indispensable de cultura, dignidad humana, convivencia y paz”.
“El día de hoy –continué–, estamos aquí reunidos a fin de cortar la cinta de la Biblioteca de la Isla de Yunuén, la cual está concebida con un carácter generalista y contará con un acervo inicial de seiscientos once títulos (...), [entre los cuales, hay] libros de México, sobre México, y también en lenguas originarias, pues no hay que olvidar que nuestra patria mexicana, la de Morelos, que era purépecha como ustedes, cuenta con sesenta y ocho idiomas indígenas, todos ellos lenguas nacionales con igual valor y validez desde el 15 de marzo de 2003 en que se publicó la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas. Pero no solo esto; con sus variantes y dialectos, nuestras lenguas nacionales suman un total de trescientas sesenta cuatro lenguas vivas, y es nuestro deber como personas que amamos a México fomentarlas, cuidarlas y cultivarlas, pues si se diera el caso de que algún día, fruto de nuestro descuido o falta de interés, desaparecieran, perderíamos nuestra identidad y nuestra razón de ser”.
Y para concluir, afirmé: “Y Libros por Yolotepec, mi causa, que nació a partir de la iniciativa que hace once años diversas personas pusieron en marcha para ponerle mi nombre a la biblioteca de Yolotepec, comunidad otomí del estado de Hidalgo, y que despertó mi sensibilidad y mi compromiso social, comunitario y cultural con México, con el México al que amé desde muy pequeño, al que siempre aspiré y del que espero ser algún día digno ciudadano, va a poner todo de su parte para sea posible este propósito. Por ello, por el pueblo purépecha, por Yunuén, por el lago de los sueños que es éste de Pátzcuaro y por México, erigimos hoy este faro para creer, crecer y crear.”
Vaya esto, pues, hoy, no solo como muestra del camino de amor entre las dos “Ye” de mi misión, Yolotepec y Yunuén, que marcan el rumbo de lo que debe ser y es solo el principio, sino como celebración de mis cien artículos publicados acá, en medio de la ruina, como motivo esencial de alegría y esperanza, que tanta falta hace en medio de tanta tristeza.
__________
Nota del autor
Dedico este artículo a los millones de mexicanos marginados por causa de su lengua y de su condición étnica, a los apartados de facto de la primera fila de la sociedad civil, a todos aquellos que son más México que los que presumen de serlo, y, más en concreto, al corazón de Libros por Yolotepec: a las comunidades de Yolotepec, otomí, de Hidalgo, y Yunuén, purépecha, de Michoacán; a las niñas y los niños del Jardín Axayacatl y sus maestras y maestros, y, en especial a Benigna Ángeles y Magdalena Ibarra Primitivo, sus directoras de estos años; a Juana María Alarcón, Ana Beviá, Mónica Castro Moreno, Marisa D’Santos, Luis Moisés Delgado, Gabriela Díaz Medina, Leonel Diego, Rafael Diego, Yesenia Diego, Yanira García, José Luis Fernández Sepúlveda, Luis Manuel García Aguirre, Jorge Antonio Gómez Abarca, Irma Martínez, Rocío Martínez, Iván Menocal, Ali Messaoudi, Patricia Muñoz, Julio César Ocaña, Pedro Paunero, Pilar Pérez Gutiérrez, Xochitl Ramírez Venegas, Francisco Javier Ramos Sánchez, Isabel Roblas, Belén Rodriguez Taboas y Veronica Ruiz; a Abaleo Ediciones, Centro Cultural Enrique Ruelas, Ediciones Periféricas, Enk Ong Kar Centro de Yoga, Kolaval por Hispanoamérica, OIlinto Libros, Radio Expréss Jardín Colón y Sediento Ediciones, y a la parroquia de Nuestra Señora de la Piedad, de Huixquilucan, estado de México, a los telebachilleratos comunitarios 022 El Salto Grande, de Atoyac de Álvarez, y 027 Tutepec de Ayutla de los libres, ambos del estado de Guerrero, porque todos ellos, y muchos otras personas y entidades por cuya involuntaria omisión pido disculpas, son la causa de Yolotepec y Yunuén, mi causa. Con “ye” de más allá. Y porque la verdadera transformación de México vendrá siempre desde abajo.
2 de octubre de 2022. En el evento de inauguración de la Biblioteca de Yunuén. Ataviado con una camisa de gala de Tenango y portando en mi mano un ejemplar de mi Llegó mi hora (Cofradía de Coyotes, México, 2022).
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.