Voces ensortijadas 116. Tarde Libre. María Gabriela López Suárez

Tarde libre

Por María Gabriela López Suárez

La tarde de ese miércoles Violeta había terminado sus actividades laborales y decidió no quedarse tiempo extra que, además de no pagarle por eso, le implicaba dejar de hacer otras actividades personales. Trabajaba como correctora de estilo en una editorial desde hacía cuatro años. Su labor le encantaba y disfrutaba llevarla a cabo. 

Violeta apagó su computadora y ordenó su escritorio rápidamente. Blanca y Ernesto, sus amistades del trabajo, la quedaron viendo con sorpresa, normalmente eran ellos quienes siempre le recordaban a Violeta que ya era hora de retirarse del trabajo y ella decidía quedarse un rato más para avanzar con sus  pendientes.

Le preguntaron a su amiga si se sentía bien o si tenía algún compromiso, no daban mucho crédito a lo que veían. Violeta les agradeció preguntar y sonrió diciéndoles que estaba bien, pero les dejó con la duda si tenía cita con alguna persona. Jaló su bolso y se despidió de ambos.

La tarde estaba muy soleada, se puso sus gafas oscuras y comenzó a caminar. Decidió tomar una ruta distinta, no iría a casa tan pronto. Se encontró con la calle que daba directo al cerro que había en la ciudad, ella lo había bautizado como el cerro del ocaso, porque justo detrás de él solía ocultarse el sol.

El paisaje era sumamente agradable, los colores del atardecer creaban una atmósfera bella, cálida, que se fusionaba con la arquitectura de las casas en esa zona, la mayoría antiguas. A esto se sumaba poca afluencia de tráfico vehicular y de personas.  Mientras iba caminando Violeta se sintió como visitante en su ciudad, ¿cuánto tiempo tenía sin percibir esa sensación tan grata de disfrutar un rato consigo misma?  Se percató que su caminar no era de prisa, sino a un paso que le permitía observar y asombrarse de los detalles que hallaba, como las aves que se posaban en algunos techos y los gatos que parecían mimetizarse con algunas ventanas, absortos y atentos a lo que veían sin que nadie los distrajera.
 
Siguió su paso y se halló en la calle de los encuentros, así la había nombrado, le trajo a la mente la vez que le contó a su amigo Jerónimo que vivía en otro estado, que la vista de la ciudad era hermosa desde ahí, porque la calle estaba ubicada en lo alto y la ciudad se apreciaba  muy bien.  Y tiempo después habían recorrido juntos ese espacio. 
 
Hizo una pausa en el caminar para tomar una foto, el paisaje lo valía.  Recordó una frase que había leído en la red social de una de sus amigas, El mundo no se va a acabar porque bajes el ritmo y te tomes tu tiempo. Ésa era una tarea para la vida. Sonrió, respiró profundo y se agradeció la oportunidad de darse una tarde libre y disfrutar estar para ella y con ella.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 116. Palabras que arden. Héctor Cortés Mandujano

Palabras que arden

Héctor Cortés Mandujano

 
Dicen en el prólogo Marisa Trejo Sirvent y Socorro Trejo Sirvent, que Al filo del gozo. Antología de poesía erótica (Editorial Viento al hombro, 2007), que prepararon juntas, es resultado de una convocatoria por Internet que, evidentemente, rindió muchos frutos porque hay en estas páginas poetas de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, Italia, México, Nicaragua, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela. 
	Tomo algunos versos que me atrajeron para compartirlos contigo lector, lectora.
	Escribe Dina Posada (San salvador, El Salvador, 1946) en su breve poema “Gitana” (p. 77): “Curiosa me inclino/ para leer tu sexo/ y auguro/ el gozoso porvenir/ que te aguarda”.
	Silvia Elena Regalado (San Salvador, El Salvador, 1961) dice en “El buen libro” (p. 81): “Un buen libro/ es como vos./ Podría pasarme/ un domingo completo/ leyéndote la piel/ y amanecer el lunes/ con la necesidad/ de volver detenidamente/ a leer/ desde/ el/ principio”.
	De Ángela Reyes (Jimena de la Frontera, Cádiz, España, 1946) tomo un fragmento de su poema “Hay mujeres que nunca se asomaron” (p. 90): “Muérame/ si nunca más he de besarte,/ si no puedo sorber/ la música que llevas en los labios”.
	Carmen Rubio (Purullena, Granada, España, 1948) dice en las primeras tres líneas de su poema “Cartas breves para un desconocido” (p. 94): “Hay noches/ en que apago la luna y a hurtadillas/ reconstruyo tu cuerpo”.
	Dice Beatriz Villacañas Palomo (Toledo, España, 1964) en un fragmento de “Increíblemente desnudos” (p. 100): “Increíblemente desnudos/ y fieramente ángeles/ fuimos hacia la noche en que los cuerpos/ tuvieron sed y se encontraron”.
	Silvia Faravetto (Venecia, Italia, 1977) escribe en un fragmento de “Hombre: vuelve adentro de tu madre” (p. 124): “Quiero sentirte morir jadeando adentro de mí,/ abrazado,/ agarrado,/ para no ahogarte. Hombre de carne,/ mi amor es caníbal. ¿Te volverás tú también de papel?”.
	Tal vez el poema que más me gustó es “Taller”, de Leticia Herrera (Monterrey, Nuevo León, 1960), que comparto completamente (p. 162): “El muchacho me muestra sus poemas/ yo digo los leeré con detenimiento/ pero pienso en la turgencia de su piel/ lo veo yaciente mientras cabalgo/ sobre sus dudas poéticas con desaliño/ el uso de tus adjetivos es perfectible/ y te sugiero revises los adverbios/ el muchacho me muestra su miembro/ me dice mire maestra yo quisiera decirle que/ ah/ lo beso paciente/ después de todo tiene madera”.
	El fragmento III, de “El amante y la espiga”, de Leticia Luna (Ciudad de México, 1965), dice (p. 168): “Tiemblo debajo tuyo/ como una hoja/ cuyo rocío/ es tu semen”.
	Conozco y he leído a Ámbar Past (Estados Unidos, 1949, naturalizada como mexicana desde 1985). Me encanta su escritura. Tomo dos fragmentos suyos del poema “Las mujeres empiezan a buscar”. Fragmento 15 (p. 179): “En mi cuerpo entran unos/ y salen otros./ Soy un túnel./ Una mina de carne”; fragmento 18: “Las mujeres buscan en sus camas/ algo que no es hombre,/ ni mujer,/ algo que los hombres tampoco encuentran”.
         Nidesca Suárez (Caracas, Venezuela, 1971) dice en un fragmento de su poema “Inquisición” (p. 281): “no me rescates/ no seas el caballero de mis sueños/ no desperdicies tu saliva en las brasas”.
          Al filo del gozo es un libro polisémico, rico, escrito desde la pasión del cuerpo, desde la sensibilidad de la poesía, con palabras que arden. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Absenta 12. Secreto. Erik García Briones

Secreto

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Trabajo en alturas. 6. El detective es un espejo. Roger Octavio Gómez

El detective es un espejo

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…Usted quiere que yo, al representar a los cuatreros, diga:

el robo de caballos es malo. Pero es que eso y sin mí ya hace tiempo

que es sabido. Que los juzguen los jurados, mi asunto es sólo mostrar

cómo son ellos…

A. Chejov en «Carta a A.S. Suvórin, 1 de abril de 1890».
Presentación de Aún Corre Sangre por las Avenidas*

 
Es muy conocida la respuesta epistolar de Chejov en defensa a su cuento "Los Ladrones", que cito arriba, la cual es ya un axioma que define la postura objetiva que debe guardar la literatura respecto al mundo; contra la subjetividad de la prédica y que define, además, la postura del lector frente a la obra. Siguiendo esto y salvados los debates, la literatura sería, como la pintura, un arte que plasma partes de una realidad objetiva que en el proceso artístico dejó de ser real y que se convierte en un código que da señales que deben ser decodificadas por el espectador.  Chejov deja claro que no es papel de la literatura juzgar al mundo, sino sólo representarlo; es el lector quien completará los elementos que le hagan falta al momento de cerrar el destino de la obra en el milagro de la interpretación.

[Disculpen lo técnica que puede resultar mi entrada, culpa de Héctor Cortés: Él dijo alguna vez que a las presentaciones de sus libros suele invitar a lectores comunes y que no le gusta la intervención de expertos pues las hacen aburridas. Me sorprende que me invite a mí pues soy un “experto”**.]

Advirtiendo que ciento cuarenta y siete años después de la carta de Chéjov aún hay “movimientos” que esperan que el escritor matice las creaciones, Héctor Cortés de entrada nos dice que lo que leeremos es una verdad cruda de las partes oscuras de una ciudad que bien podría ser la nuestra. Una verdad que no hará daño pero como todas las verdades quizá pueda ser incómoda. Una verdad, sin embargo, que es dicha como una forma de amar. Me recordó a mi abuela cuando me ofrecía un purgante y con ese temor abrí la siguiente página de la obra.
Aún Corre Sangre por las Avenidas, por cierto con un título endecasílabo como varios de los de las obras de Héctor Cortés Mandujano, es una novela que puede ser catalogada como policiaca o que utiliza elementos del género para desenvolverse.  
          Los personajes: Diomedes, Marcia, Don Juan “el judicial”, Javier “El zopi” González, prostitutas, transeúntes, la ciudad misma y un personaje-narrador que está presente en la novela como una bruma. 
Por una fijación que tengo con la mitología griega, cuándo vi el nombre de Diomedes en un personaje quise buscarle una explicación mientras que el mismo personaje decía que no le gustaba su nombre para no tener que buscarle explicaciones. Diomedes, el de la mitología, es, digamos: “poco famoso”, pero estuvo presente en acontecimientos muy notorios. Así es el Diomedes de esta novela, está ahí como de casualidad en el acontecimiento principal, pero no parece querer ser el personaje principal y es que está también presente esa “bruma”, un ente que liga los acontecimientos narrados y que nos sigue como ojo vigilante por toda la novela. 
	Hace varios años, Héctor leyó un fragmento de su novela en un auditorio. Quedé impresionado con lo que escuché. Sin embargo, el fragmento era algo aislado que no daba indicios de la narración total. No me quedaba claro el tema ni el porqué del título, nada. Busqué la novela y estaba agotada. Por años me quedé con la imagen de lo que había escuchado hasta que por fin, gracias a un préstamo del mismo autor, la leí completa. Aún Corre Sangre por las Avenidas es un artefacto literario muy bien trabajado, formado por engranes que no pueden ser cabalmente comprendidos hasta que operan como un todo. Da voz a taxistas, prostitutas; da forma a hombres y mujeres decadentes, a ciudadanos, a gente de las clases altas, “buenas familias” y clases bajas; a una ciudad con todo y sus rincones oscuros; y da forma a una imagen más profunda que se aclara en el lector conforme la turbulencia de la lectura calma la superficie. 
	Hay novelas policiacas que trascendieron el género por una vuelta de tuerca hábil de su autor. El Túnel, por ejemplo, de Ernesto Sabato, nos da de entrada el nombre del asesino y ese detalle marca la genialidad de la obra. En Aún Corre Sangre por las Avenidas uno puede preguntarse: ¿Pero, quién es el detective en esta novela? Ahí está la vuelta de tuerca de Héctor Cortés: el detective es un espejo. ¿Y el criminal?: El que se refleja en ella. ¡Diablos, carajos!, decía mi abuelo cuando quería llorar pero su estoicismo no lo dejaba. Y esa imagen turbulenta que se aclara, es la verdad incómoda que nos advertía el autor justo antes de entrar en la novela. 
	Juventino Sánchez Vera, diseñador de la edición tercera (de 2017) de Aún Corre Sangre… parece haber notado este juego de Héctor y colocó en la portada una calavera dorada matizada con pesadillas rojas. Es el reflejo del criminal cuya fechoría fue la de cerrar los ojos ante un mundo real, ojos que son abiertos por la irrealidad de esta novela.
	Aunque la trama parece estar centrada en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México), no es una obra local ni mucho menos provinciana, es universal. Podría ser válida y entendida en cualquier rincón del planeta. Ríos de mierda hay en todos lados, hasta en las ciudades donde dejan correr la mierda por sus entrañas para que no se vea ni se huela. 
          Decía hace rato que me parecía que esta novela podría caber en el género policiaco. Estaba seguro que podría sostener este argumento. Ya no lo estoy tanto. También es una crónica. La crónica de América Latina, de México, de Tuxtla: un mundo que se quedó degustando el flujo rojo, la excrecencia y el autoengaño.
          Aún Corre Sangre por las Avenidas ganó en 2004 el premio Rosario Castellanos, hace más de 13 años de eso… leerla hoy se siente tan actual... Estamos presentando su tercera edición pero el tema es tan fresco que estoy seguro que soportará un sinnúmero de ediciones más.
	[Permítanme en mi calidad de experto  agregar algo más:] El final de la obra es abierto, sí, pero lo es también el título y en total coherencia. Aún, aún, aún, eterno aún que no cierra como una herida que sangra y corre por avenidas citadinas donde transitamos con los ojos cerrados. 
	Hectorito, Hectorito, dime: ¿Cuál es la ciudad más bella del mundo?

Roger Octavio Gómez Espinosa, abril de 2017.


[*Texto leído en 2017 durante la presentación de la edición 3 a cargo de Editorial Tifón.

**Al final de la lectura se aclaró que Roger Octavio Gómez es "experto" pero en temas de administración de proyectos y telecomunicaciones, la literatura es una cuestión de su alter ego.]
Fotografía de la portada de Aún corre sangre por las avenidas, edición 3

Voces ensortijadas 115. Si fuera un árbol. María Gabriela López Suárez

Si fuera un árbol

Por María Gabriela López Suárez

Primavera, verano, otoño, invierno… Dentro de las estaciones del año que más me gustan está la primavera, haciendo memoria, desde la infancia me ha llamado mucho la atención. Hay tantos elementos que me encantan, el colorido de las flores, el canto de las aves que también se alegran con el cambio de estación, los atardeceres, esas ráfagas de viento en las tardes cálidas y el canto de las chicharras, por mencionar algunos  ejemplos.

De lo que más me gusta observar en primavera es cómo los árboles se visten de gala, se renuevan con su follaje, algunos florecen y por supuesto, dan cobijo a las aves en los días soleados y en cada tarde después de la puesta del sol.

Luego de contemplar lo bello de la naturaleza, me quedé pensando que si fuera un árbol cuál me gustaría ser, se asomaron las imágenes de distintos árboles que hay en mi terruño, el de primavera, con sus flores amarillas en un tono brillante, lleno de vida. También está el de matilisguate, con sus flores en tono rosa que cuando caen, cubren el piso como alfombras que decoran el paisaje. Y qué decir del árbol de flamboyant con sus flores en color rojo o naranja que lucen con esplendor y se distinguen desde lejos. El de la ceiba que es imponente y que deja caer sus copos de algodón cuando está mudando de hojas. No puedo dejar pasar el de candox, conocido también como tronadora, que tiene sus flores amarillas y propiedades curativas. El árbol de cuchunuc es otro de los que aún se aprecian en la matria, sus flores además de ser menuditas y lindas, son muy apreciadas para preparar tamales, cocidos u horneados y también para hacer postres. 

Aunque todos los anteriores me encantan, quiero mencionar también el árbol de capulín, sus flores son pequeñas, en color blanco, sus hojas tienen propiedades curativas para la tos y su fruta tiene un sabor que es agradable a mi paladar. Solíamos comerla mucho en la infancia. En Tuxtla Gutiérrez abundaban estos árboles, ahora se observan pocos, solo en ciertas zonas, han sido arrasados por las partes que cubre el cemento o asfalto y cada vez que veo uno me alegra el corazón. Cuando me percato de la existencia de algún árbol de capulín  me parece como un guerrero que resiste a pesar de todas las adversidades. 

Con cada uno de los árboles mencionados tengo conexiones, en especial con el de capulín, los árboles que había en mi infancia, cerca de casa, fueron testigos de tantas aventuras, risas, caídas, raspones y también me deleitaron con su sombra en los días soleados. Hoy su presencia está guardada con mucho cariño en mi corazón y pensamientos, ya no existen físicamente, por eso cuando tengo la fortuna de estar cerca de alguno de ellos lo agradezco y si me es posible degusto algunos de sus frutos. Si fuera un árbol sin dudarlo, me gustaría ser un árbol de capulín.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 5. Voz que no cesa. Roger Octavio Gómez

Voz que no cesa
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa*
Entonces un hombre saltó al agujero aquel donde estaba yo escondido. Como si disparara, se asomaba de vez en cuando y oprimía, en ráfaga, el botón de su cámara, se cubría, recargaba o cambiaba de cámara y seguía. Luego me apuntó, “¿Te puedo tomar una foto?”, dijo. Confundido aún, afirmé con la cabeza. Me tomó una foto. El ruido era ensordecedor, estallidos por doquier, gritos, chillidos, alaridos. Él se mantenía como si fuera externo a todo lo que a nuestro alrededor acontecía. “Tengo que ir hacia allá”, me dijo, “¿podrías cubrirme?”. Me asomé un poco y comencé a disparar a discreción, el fotógrafo salió de un salto, luego rodó, se recompuso y continuó su carrera. Entre él y mi trinchera cayó una bomba. 
	Aturdido aún, me puse de pie y, aprovechando el humo y polvo provocado por la explosión, salté hacia fuera de aquel pozo y traté de seguir los pasos del fotógrafo. Había desaparecido. Seguí corriendo, entre tropiezos, hasta alcanzar unas rocas. A mis espaldas escuché una explosión de mortero. Ya en cubierto vi cómo bombardeaban el pozo que hacía unos momentos me sirvió de refugio. El fuego recrudeció. Las explosiones caían alrededor, las balas rebotaban en las piedras que me cubrían, alguna tocó mi casco. Me hice un ovillo y así permanecí, gritando.  
          Pero el ruido de ese día casi interminable, mi primera acción real en la guerra, cesó. Creí estar soñando. Llamadas a reunión, trompetas y voces. Habíamos ganado aquella batalla. 
Al fotógrafo no lo volví a ver. Llegué a pensar que fue una alucinación provocada por mi terrible miedo. Años después, vi las fotos de aquel día y me enteré de que aquel hombre había sobrevivido y que siguió su trabajo de fotógrafo de guerra hasta que en una de ellas perdió la vida al pisar una mina.

Recuerdo con claridad el día en que mi nieto me llevó del brazo a un evento para veteranos. Querían entrevistar a los sobrevivientes. Agasajarnos. Que habláramos de nuestras medallas, de valor, de coraje, del sacrificio que la guerra exige y de la grandeza que significa ser vencedores.
          Elegantes y solemnes, muchas fotografías en blanco y negro mostraban aquellos días. Clasificadas con rigor, agrupadas incluso por fecha y nombre de las acciones bélicas. Fiesta en las calles por la libertad. Hombres izando banderas en mástiles improvisados. Soldados posando para las cámaras. Gente de tropa jugando a la pelota en sus ratos de ocio. Pilotos orgullosos junto a sus aeronaves…
Entonces, la reconocí. Ahí estaba una fotografía que me trajo a la memoria, estúpida memoria, lo que a costa de convencerme pensaba olvidado: Un joven asustado desde una trinchera improvisada vuelve la vista hacia el fotógrafo. Miedo en los ojos. Cierto candor, como si se sintiera culpable por sentir ese temor. Inocencia quebrándose. ¿Soy ese soldado? Me acerco. Al costado, en otras fotos, mujeres recibiendo a las tropas con flores. Hombres del bando enemigo marchando en fila. Regreso a la foto del soldado joven. Me ajusto los lentes. Mi nieto me pregunta algo. 
          Además del ruido de aquella mi primera batalla, también silenciamos el ruido de nuestros recuerdos. Tantas cosas en mi interior comenzaron a sonar ante ese jovenzuelo de casco enorme y ropas que parecen ser de una talla mayor. Como si una vieja “sinfonola” se prendiera con un disco rayado: la foto sonaba y crujía. Una lágrima al principio, luego llanto franco. “¿Estás bien abuelo?”.
          Me sacan a tomar aire. Alguien trae una silla de ruedas. Hablan, preguntan. Yo sigo llorando y conmigo, en mí, los rostros de los prisioneros vencidos que ejecutamos en hilera. Se acerca un médico y me toma el pulso. Se parece al joven aquel al que perseguimos y matamos de un tiro en la nuca. También al que se hincó ante nosotros poniendo las fotos de su familia frente a sí; igual lo ejecutamos y su sangre empapó las imágenes. Ni un prisionero con vida había sugerido Patton cuando dijo que los matáramos como a moscas y esa fue nuestra defensa cuando juzgaron aquellas acciones. Pero, ¿y los rostros de las jóvenes que en un principio vieron en nosotros a los libertadores y que en vez de eso fuimos sus violadores? Ese soldado con cara de miedo, casi un adolescente, estaba a pocos pasos de convertirse en despiadado asesino. 
          La corte marcial. El indulto. Luego los pactos de silencio. La foto hablaba, hablaba, hablaba y su voz me venía desde una trinchera como si fuera un reclamo. Mis manos en los oídos y mi memoria, estúpida memoria, llena de ruido, de furia. Y las voces de las muchachas que antes nos daban rosas, llorando con terror, luego con rabia. 


Documentación consultada:

El foro TV. “Crímenes aliados en Alemania”. Canal Intereconomiatube. Grupo Intereconomía. Recuperado el 9  de abril de 2021. Disponible en: https://youtu.be/_HJYUlqh5-Y

Patton, George S. “George Patton’s Speech to the Third U.S. Army”. Patton Museum of Cavalry and Armor. Recuperado el  10 de abril de 2021. Disponible en: https://web.archive.org/web/20060616031308/http://www.knox.army.mil/museum/pattonsp.htm

Ruiz, Nicolás. “Robert Capa: El hombre que inventó la guerra”. En Tierra Adentro 2016. Recuperado. Disponible en: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/robert-capa-el-hombre-que-invento-la-guerra/
Ilustración: Adriana Ge Erre**

Polvo del camino. 115. La hambre de Sancho. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ V
La hambre de Sancho

Héctor Cortés Mandujano

Los oficios y grandes cargos no son otra cosa

sino un golfo profundo de confusiones

Miguel de Cervantes Saavedar en Don Quijote de la Mancha II
 —¡Válame, Dios! De haberlo yo sabido, antes de dar aceptación al que columbraba como regalo, este enredado asunto de ser gobernador de la ínsula Barataria, hubiera preferido pasar una noche abrazando el cuerpo de Satanás. Horas, días y nocturnidades he pasado en atención a gente que por burlas o por veras viene a contarme sus asuntos para que les dé solución con el sólo uso de mi magín y la sabiduría en exceso que tienen los muchos refranes que se guardan en mi pienso. 
         Maldito sean todos los doctores del mundo sidos, porque el que a mi servicio tengo ha decidido que comida toda me hará enfermar o morir, y pasado he más hambres que cuando andaba con mi señor Don Quijote comiendo bayas o haciendo de tripas, corazón. 
         ¡Agora me libre Dios del diablo! La hambre me posee como si fuera la locura en el pensamiento de mi amo, el señor don Quijote, quien me empinó hasta esta cuesta que sólo me ha dado trabajos sin fin.
          Tomaré mi borrico y huiré desta comarca para buscar dónde yantar hasta hartarme, donde la jira no concluya sino después de muchos potajes, y luego holgar sin seguir ninguna de las órdenes que el mundo de caballeros, médicos y nobles se han dedicado a darme. 

Sancho Panza aún no suponía haber sido engañado. No hubiera creído, aunque se lo dijeran, que la ínsula Barataria no existía, sino como una burla a su persona. No intuía que la gente llegaba a pedir consejos y justicia porque había sido pagada para ello por los nobles que se divertían haciendo chanzas con la credibilidad del caballero andante y su escudero. Su ingenua nobleza tampoco lograba pensar que el médico que le prohibía comer había sido aleccionado para eso. Lo cierto es que tantas solicitudes de ayuda, tanta atención a los falsos pobladores, tan poco dormir y nada comer comenzaron a enloquecerlo. 
         Recordó lo que el bachiller Sansón Carrasco le había dicho cuando supo que gobernaría la ínsula de la que ahora quería escapar: “Mirad, Sancho, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió”. 
         Decidió efectivamente irse. Tomó su borrico, lo ensilló, lo montó y buscó caminos menos ásperos que éste. Sus pensamientos eran sombríos, asesinos. La rabia le había poseído por completo cuando vio delante suyo, en el camino de frente, a don Quijote. En ese instante el hambre, la ira, la decepción, el odio lo segaron. Se apeó, lo mismo que su amo. 
          El hombre flaco, alto y loco abrió los brazos para saludarlo, para estrecharlo, y Sancho sacó el tosco cuchillo de entre sus ropas y lo hundió en el esquelético cuerpo del hombre que le hizo dejar su comarca y su familia. Le dijo: 
          —Fui tu sirviente y te adoré como a un hermano, como a un padre; ya no, maldito loco. No merecen amor los que han decidido que es su madre el viento. 
          Don Quijote cayó herido y el que fuera su más querido acompañante se inclinó para hundirle una última cuchillada en el pecho, que hendió su corazón y detuvo sus palpitaciones. Así terminó su última aventura. Sancho, luego, presa de remordimientos de colgó de la rama de un triste árbol. 

[En la segunda parte de El Quijote, la de 1615, la escena que aquí cuento ocurre sin mayores tropiezos: Sancho viene de la ínsula Barataria y se encuentra con el Quijote, se abrazan y siguen sus aventuras hasta que el Caballero de la triste figura recobra su cordura y muere en su casa, en su cama.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Absenta 11. El viaje. Erik García Briones

El viaje

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Voces ensortijadas 114. Partir en primavera. María Gabriela López Suárez

Partir en primavera

Por María Gabriela López Suárez

A Pipo y Brandy, compañeras en el caminar

La primavera al fin había llegado, los días soleados, los árboles reverdeciendo, algunos aún con el cambio de hojas. Los pájaros se percibían con gran algarabía, desde tempranito comenzaban a entonar sus bellos cantos. 

Joaquina había recibido con mucho gusto esa etapa del año; una de sus orquídeas había florecido y era uno de los regalos más bonitos en su jardín. De los paisajes que más disfrutaba en primavera eran los atardeceres, los tonos rojizos que pintaban el cielo remarcaban la silueta de las montañas que contrastaban con el cielo azul celeste y unas pinceladas que le daban un toque sumamente agradable.

Sin embargo, en primavera también habían instantes grises, de los que normalmente no suelen dar buenas nuevas. Poli, una de sus perritas estaba muy enferma, el momento de partir no tardaba en llegar. Vinieron a la mente de Joaquina diversos instantes en los que Poli había disfrutado la época de la primavera, corriendo de un lado a otro, siempre tan libre e independiente. 

Poli era distinta a las demás integrantes de la banda canina que tenía Joaquina, creció en el campo y solía ser un poco huraña. Joaquina agradecía que Poli le hubiera permitido acercarse a ella y a sus críos en las dos camadas que tuvo. 

Siguieron llegando los recuerdos, las siestas que Poli tomaba en el pasto en pleno mediodía, las veces que se  perdía en el campo, la familia pensaba que no regresaría y luego volvía a casa, siempre con ojos pispiretos y moviendo la cola, como en señal de ya estoy aquí. Si Joaquina intentaba acariciarla, Poli le mostraba los dientes, como una especie de sonrisa y se dejaba acariciar la quijada.

Cuando Joaquina llegaba a casa, Poli salía a su encuentro para darle la bienvenida, con esos llantos que denotan alegría; también estaba su compañía en las caminatas que Joaquina hacía por la tarde, tantos y tantos recuerdos, instantes y cariños compartidos. Ahora Poli estaba cansada, su mirada se había ido apagando poco a poquito. Era una guerrera y Joaquina así lo sentía y se lo hacía saber.

Partir no era fácil, dejarla partir tampoco. Sin embargo, muy en el fondo de su corazón y de su mente asomaba la frase ‘son los ciclos de la vida que uno tiene’. Joaquina agradecía la presencia de Poli en su familia y en su vida,  era una integrante más y les había dejado muchos aprendizajes, ahora le tocaría partir en una de las estaciones más bonitas del año, partir en primavera.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 4. Alexiévich, voces calladas. Roger Octavio Gómez

Alexiévich, voces calladas
Reseña

Por Roger Octavio Gómez Espinosa
Svetlana Alexiévich (Ucrania, 1948), entre sus galardones ostenta el del Premio Nobel de Literatura 2015. Si bien es considerada la primera periodista en recibir tal presea, es notorio que crea algo más que periodismo: una literatura que parte de problemáticas de una región que fue soviética y trasciende también el localismo puesto que hace eco en cuestiones humanas universales.
         En La guerra no tiene rostro de mujer recaba una serie de recuerdos de mujeres veteranas de guerra a las que entrevistó entre 1977 y 1985, y escribe uno que no es precisamente de entrevistas, tampoco de relatos y mucho menos un panfleto antibélico. La editorial Debate lo cataloga como “Historia”, sin embargo, no parece tener el rigor del historiador sino más bien se apega a la subjetividad de las entrevistadas y deja que fluyan de manera honesta; no estamos ante ficciones, sino testimonios. 
         Con lo anterior, Alexiévich logra algo más que “otro libro sobre la guerra”: da voz a millones de mujeres que participaron en ella, en el frente ruso durante la segunda guerra mundial, y que habían permanecido anónimas, invisibles, repudiadas y en el margen en que las situaba el canon masculino que enaltece la narrativa bélica. Rescata una visión femenina del conflicto armado que la despoja del ensalzamiento heroico y de los tratamientos tácticos y muestra con crudeza lo desgarrador de es esa costumbre humana, consistente en obligar masivamente a los individuos a matar a sus congéneres, que nos deshumaniza. Proyecta imágenes que hacen percibir al lector la crudeza de las guerras, pero también la dureza de las posguerras, la realidad que perciben los veteranos, la de una sociedad que no los comprende y que incluso los discrimina, sobre todo a las mujeres, intentando borrar de la memoria situaciones que ellas no pueden olvidar, que callan.  
          En la edición revisada muchos años después de su primera edición, la autora agrega también sus recuerdos sobre las peripecias que tuvo para conformar el libro y publicarlo, los varios tipos de censura que lo saludaron: la oficial, los rechazos editoriales por considerar que al texto le sobraba horror y naturalismo, la de mujeres que fueron entrevistadas y que se arrepentían de haber contado sus experiencias, y las de la propia escritora quien da un espacio a textos que originalmente había decidido no incluir. 
          Los recuerdos de aquellas mujeres encuentran en el libro de Alexievich un caudal que les permitió desfogar sus voces, voces que durante mucho tiempo estuvieron calladas y que dan forma a un rostro, uno formado por muchos semblantes, una faz conmovedora que reivindica no sólo a las mujeres sino a todos aquellos ciudadanos de a pie que han tenido que enfrentar situaciones a las que “líderes” –hábiles en la manipulación de los ideales patrióticos– los han orillado. 

Libro: La guerra no tiene rostro de mujer
Autor: Svetlana Alexiévich
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González
Editorial: Penguin Randon House Grupo Editorial / Debate, 2015

Roger Octavio Gómez Espinosa (497 palabras)