Trabajo en alturas. 34. Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata. Roger Octavio Gómez

Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…pero sobre todo tú la de los ojos más bellos

en toda la extensión de la ciudad

ahora estás dormida

en los brazos del pobre solitario…

Roque Daltón en «Ya ves como»

Aquella tarde en que llegaste a mi isla y descubriste que yo soñaba con pueblos justos, debiste alejarte de mí. Quizá hacerlo cuando te llamó la atención mi rostro adusto que sometía las expresiones de alegría contra la dureza de la cara ante los discursos vacíos. No distinguiste lo extraño porque no te enseñaron cómo. Tu curiosidad de gato. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa. 
          Habiendo gente normal, príncipes, ingenieros dedicados, políticos exitosos; te fijaste en mí, el capitán del barco aquel cuyo timón estaba roto. El elegante náufrago. El Robinson Crusoe atónito ante la huella que una sonrisa había plasmado en las arenas solitarias de la playa. 
          Soltaste las amarras con que los Lilitputienses me habían atado. Te convertiste en balsa, vela, viento y ancla. Escondiste la isla aquella en mi equipaje y me deje guiar hasta tu continente. Y me presentaste a tus amigos como "el salvaje que aprendió a ser naturalmente doméstico". Exploramos juntos las calles trazadas por los urbanistas, me enseñaste las costumbres de los colonos, las camas mullidas, los viajes con guías de turista. Todo eso en abundancia, tu sonrisa bastaba. 
           Algo tienen los dioses contra los héroes, te dije. Los cuidan y los forjan para lanzarlos al mar o les ponen monstruos en los senderos. Ellos me cuidan, te confesé. Te lo dije con miedo. Acariciaste mi frente y me enseñaste a construir castillos.

Fue al caer la tarde, observábamos las olas azotar las rocas del reventadero. Tú fuiste a cortar una flor de abismo, no viste que ellos acudieron y me mostraron la isla que habíamos escondido en la maleta. La mostraron como si fuera un mapa o una sentencia. Un trueno seco. El vértigo y el aullido aquel que me empuja hacia adelante, me empujaron. Y te grité que sonrieras, pero tu sonrisa estaba distraída. El fragor del océano apagaba mi garganta. No escuchaste. 
          En sueños rememoro: Caigo, surjo. El mar me devora. Sonríe, suplico. 

Tu sonrisa bastaba. 
          Y es que nací siendo héroe. De la estirpe de los héroes aquellos que no tienen quimera, ni sagas épicas, sólo fantasmas y sueños.
          En sueños lo recuerdo: La corriente hacia mar adentro es fuerte. Ya no eres vela, ancla ni timón. Una luz se aleja. Dulcinea de los Acantilados. La de los brazaletes de plata cortando una flor de abismo. Eres un faro.

Despierto en una playa. Reconozco las arenas. A lo lejos el fragor de una batalla. Los dioses me cuidan. No estás. No quiero convencerme: No estás. 
         Y pienso en los castillos que dejamos inconclusos. En que me esperarás un rato, quizá te digas que he aprendido por fin el arte de las bromas. Me buscarás por las calles. A la madrugada pondrás mi foto en hojas de papel donde anotarás mis generales: ojos de asombro, cejas pobladas, cara de susto, responde al nombre de… ¿Qué nombre pondrás si nunca me pusiste uno? A lo mejor agregues que sufro de mis facultades sociales y que la música de plástico me afecta la garganta. Y la familia real cantará en coro la vieja copla: “te lo dije”. Tratarán de convencerte que me escapé, que no era bueno andarme sin correa, te contarán la historia de la tía solterona, la de la abandonada con muchos hijos, la de la que se fugó con aquel poeta o la que huyó con el domador de potros. Y te harán llorar. No quiero que llores, porque tú no naciste para eso… tú… por mí… si tu sonrisa me bastaba…
          Tú que alumbras allá, cómo pienso en cada noche que dormiste en mis brazos. Tú quien fuiste educada para que se rindieran a tus pies los príncipes, los Atridas, la gente normal o los ingenieros dedicados a la ingeniería. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa.
 

***

[El nombre de Arriaga que puse al título de esta columna es en dedicatoria a Sinar Corzo, activista chiapaneco quien murió asesinado en la ciudad de Arriaga, Chiapas, México; su pueblo, frente a su casa, en enero de 2019.  
         Moneda común en mi país; antier, entonces y ahora; las voces que denuncian o incomodan son denostadas, perseguidas o segadas mientras los perpetradores de esto último se cubren con un manto llamado impunidad.] 
Ilustración: Adriana GR.

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