Trabajo en alturas. 5. Voz que no cesa. Roger Octavio Gómez

Voz que no cesa
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa*
Entonces un hombre saltó al agujero aquel donde estaba yo escondido. Como si disparara, se asomaba de vez en cuando y oprimía, en ráfaga, el botón de su cámara, se cubría, recargaba o cambiaba de cámara y seguía. Luego me apuntó, “¿Te puedo tomar una foto?”, dijo. Confundido aún, afirmé con la cabeza. Me tomó una foto. El ruido era ensordecedor, estallidos por doquier, gritos, chillidos, alaridos. Él se mantenía como si fuera externo a todo lo que a nuestro alrededor acontecía. “Tengo que ir hacia allá”, me dijo, “¿podrías cubrirme?”. Me asomé un poco y comencé a disparar a discreción, el fotógrafo salió de un salto, luego rodó, se recompuso y continuó su carrera. Entre él y mi trinchera cayó una bomba. 
	Aturdido aún, me puse de pie y, aprovechando el humo y polvo provocado por la explosión, salté hacia fuera de aquel pozo y traté de seguir los pasos del fotógrafo. Había desaparecido. Seguí corriendo, entre tropiezos, hasta alcanzar unas rocas. A mis espaldas escuché una explosión de mortero. Ya en cubierto vi cómo bombardeaban el pozo que hacía unos momentos me sirvió de refugio. El fuego recrudeció. Las explosiones caían alrededor, las balas rebotaban en las piedras que me cubrían, alguna tocó mi casco. Me hice un ovillo y así permanecí, gritando.  
          Pero el ruido de ese día casi interminable, mi primera acción real en la guerra, cesó. Creí estar soñando. Llamadas a reunión, trompetas y voces. Habíamos ganado aquella batalla. 
Al fotógrafo no lo volví a ver. Llegué a pensar que fue una alucinación provocada por mi terrible miedo. Años después, vi las fotos de aquel día y me enteré de que aquel hombre había sobrevivido y que siguió su trabajo de fotógrafo de guerra hasta que en una de ellas perdió la vida al pisar una mina.

Recuerdo con claridad el día en que mi nieto me llevó del brazo a un evento para veteranos. Querían entrevistar a los sobrevivientes. Agasajarnos. Que habláramos de nuestras medallas, de valor, de coraje, del sacrificio que la guerra exige y de la grandeza que significa ser vencedores.
          Elegantes y solemnes, muchas fotografías en blanco y negro mostraban aquellos días. Clasificadas con rigor, agrupadas incluso por fecha y nombre de las acciones bélicas. Fiesta en las calles por la libertad. Hombres izando banderas en mástiles improvisados. Soldados posando para las cámaras. Gente de tropa jugando a la pelota en sus ratos de ocio. Pilotos orgullosos junto a sus aeronaves…
Entonces, la reconocí. Ahí estaba una fotografía que me trajo a la memoria, estúpida memoria, lo que a costa de convencerme pensaba olvidado: Un joven asustado desde una trinchera improvisada vuelve la vista hacia el fotógrafo. Miedo en los ojos. Cierto candor, como si se sintiera culpable por sentir ese temor. Inocencia quebrándose. ¿Soy ese soldado? Me acerco. Al costado, en otras fotos, mujeres recibiendo a las tropas con flores. Hombres del bando enemigo marchando en fila. Regreso a la foto del soldado joven. Me ajusto los lentes. Mi nieto me pregunta algo. 
          Además del ruido de aquella mi primera batalla, también silenciamos el ruido de nuestros recuerdos. Tantas cosas en mi interior comenzaron a sonar ante ese jovenzuelo de casco enorme y ropas que parecen ser de una talla mayor. Como si una vieja “sinfonola” se prendiera con un disco rayado: la foto sonaba y crujía. Una lágrima al principio, luego llanto franco. “¿Estás bien abuelo?”.
          Me sacan a tomar aire. Alguien trae una silla de ruedas. Hablan, preguntan. Yo sigo llorando y conmigo, en mí, los rostros de los prisioneros vencidos que ejecutamos en hilera. Se acerca un médico y me toma el pulso. Se parece al joven aquel al que perseguimos y matamos de un tiro en la nuca. También al que se hincó ante nosotros poniendo las fotos de su familia frente a sí; igual lo ejecutamos y su sangre empapó las imágenes. Ni un prisionero con vida había sugerido Patton cuando dijo que los matáramos como a moscas y esa fue nuestra defensa cuando juzgaron aquellas acciones. Pero, ¿y los rostros de las jóvenes que en un principio vieron en nosotros a los libertadores y que en vez de eso fuimos sus violadores? Ese soldado con cara de miedo, casi un adolescente, estaba a pocos pasos de convertirse en despiadado asesino. 
          La corte marcial. El indulto. Luego los pactos de silencio. La foto hablaba, hablaba, hablaba y su voz me venía desde una trinchera como si fuera un reclamo. Mis manos en los oídos y mi memoria, estúpida memoria, llena de ruido, de furia. Y las voces de las muchachas que antes nos daban rosas, llorando con terror, luego con rabia. 


Documentación consultada:

El foro TV. “Crímenes aliados en Alemania”. Canal Intereconomiatube. Grupo Intereconomía. Recuperado el 9  de abril de 2021. Disponible en: https://youtu.be/_HJYUlqh5-Y

Patton, George S. “George Patton’s Speech to the Third U.S. Army”. Patton Museum of Cavalry and Armor. Recuperado el  10 de abril de 2021. Disponible en: https://web.archive.org/web/20060616031308/http://www.knox.army.mil/museum/pattonsp.htm

Ruiz, Nicolás. “Robert Capa: El hombre que inventó la guerra”. En Tierra Adentro 2016. Recuperado. Disponible en: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/robert-capa-el-hombre-que-invento-la-guerra/
Ilustración: Adriana Ge Erre**

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